Leí A Son at the Front, de Edith Wharton, primera mujer en ganar el Premio Pulitzer, por The Age of Innocence. Wharton vivió prácticamente toda su vida entre EE. UU. y Europa, como su amigo Henry James, y su obra tiene mucho de ese tránsito cultural del Atlántico Norte. Wharton vivió además prácticamente toda la Primera Guerra Mundial en Francia; trabajó en distintas iniciativas de asistencia a refugiados y afectados por la guerra y fue una propagandista del esfuerzo bélico francés y del ingreso de EE. UU. a la guerra, campo en el que se destacan una novella, titulada The Marne y considerada un papelón por algunos críticos, y una colección de artículos titulado Fighting France.
A Son at the Front no es propaganda, aunque a veces se
le parece un poco. Los libros que vengo leyendo de combatientes son, en
general, bastante mesurados con el enemigo. Para este libro (para sus
protagonistas si no para Wharton), los aliados son la civilización y los alemanes
son la barbarie. Así, con esas palabras. Para ser propaganda, claro, debió
haber sido publicada antes. Wharton empezó a escribir A Son at the Front cerca
del final de la guerra, pero luego interrumpió su escritura. Después de publicar
dos novelas (su obra maestra en 1920 y The Glimpses of The Moon en
1922), retomó A Son at the Front, que publicó en 1923.
A través de una tercera primera
centrada en un artista, John Campton, en este libro Wharton retrata cómo se
vivió la guerra en París. A Son at the Front recibió inicialmente
críticas mixtas y fue relativamente exitosa comercialmente, pero pasó al olvido
por décadas, en gran medida porque se consideraban no del todo válidas las
miradas de la guerra que no fueran las de los soldados que la sufrieron, y que
expresaran la oposición a la guerra y la desilusión generada en esa supuesta
“generación perdida”. Recién en la década de 1990 se la empezó a rescatar, un
poco porque se empezó a rescatar la obra de mujeres en general; y otro poco
porque en la literatura sobre la guerra en particular se empezó a releer libros
que presentaban otras miradas (mujeres, no combatientes, otros países además de
los típicos, etc.).
En mi primera lectura, mi conclusión
fue que la novela estaba bien olvidada. En esa primera lectura me molestaron
algunas cosas que me siguieron molestando un poco en la segunda: el personaje
principal (un misántropo mezquino y neurótico); un estilo un poco demasiado
siglo XIX, adjetivado y lírico; ciertas subtramas innecesarias (la tarotista
española, la interna en la sociedad de amigos de los artistas en la que
participa Campton) que la alargan innecesariamente; y cierta sobre explicación
de muchas cuestiones, que en parte venía por el uso de esa tercera primera.
En la segunda lectura decidí aceptar
más esa tercera primera como si fuera una primera persona, y los melones se me
acomodaron. Realmente creo que la novela hubiera sido mucho mejor en primera,
pero aceptando más eso, y que todo lo que aparece en el libro viene en verdad
de la mente de Campton, todo queda mejor. Me ayudó a eso la introducción de
Julie Olin-Ammentorp en mi muy buena edición de Oxford University Press. La
crítica cita allí un artículo de Wharton, “The Writing of Fiction”, donde dice
que a la hora de elegir al narrador hay que pensar en una mente que nos ayude a
reflejar aquello que queremos mostrar.
Haciendo
eso, resulta un libro interesante para entender cómo se vivió la guerra desde
París, y especialmente por la comunidad americana de París. Sobre todo, se la
vio colectivamente como algo que cambió todo: “Hace dos días todavía estábamos
en la vieja y tranquila Europa en la que uno podía hacer planes, contratar
pasajes en trenes y vapores, discutir sobre pinturas, libros, teatros, ideas,
sacar toda la plata que uno quisiera del banco (…) Y acá estaban sentados en
sus mismos trajes de noche, alrededor de la misma reluciente mesa de caoba,
aparentemente el mismo grupo de hombres jóvenes y viejos libres e
independientes, pero en verdad prisioneros, cada uno de ellos, esposados a este
espantoso matón enmascarado de la ‘Guerra’!” (p. 48). Es
también una manera de ver la entrada de EE. UU. a la guerra. La parábola de
Campton, que aprende a aceptar que su hijo esté peleando y a apoyar el ingreso
de su país a la guerra, es la de millones de americanos.
Finalmente es
una declaración de amor. A París: “La guerra seguía; París seguía. Había tenido
su gran hora de resistencia cuando, sola, expuesta e indefensa, había contenido
al enemigo y quebrado su fuerza” (p. 67). Y a Francia: “Una Idea: eso es lo que
Francia, desde que había existido, había sido siempre en la historia de la civilización;
un punto luminoso alrededor del cual podían reunirse visiones y propósitos en
pugna. Y en ese sentido había sido un hogar espiritual para Campton tanto como
para Dastrey; para pensadores, artistas, para todos los creadores, ella siempre
había sido un segundo país. Si Francia se perdía, la civilización occidental se
perdía con ella; y entontes todo aquello en lo que habían creído y lo que los
había guiado moriría” (p. 211/212).
¿Es lo mejor de Wharton? Claramente
mi respuesta es que no, pero vale la pena igual, sobre todo si te interesa la
Primera Guerra Mundial.
Originales
de las citas
“Two days ago they were
still in the old easy Europe, a Europe in which one could make plans, engage
passages on trains and steamers, argue about pictures, books, theatres, ideas,
draw as much money as one chose out of the bank (…) And here they sat in their
same evening clothes, about the same shining mahogany writing-table, apparently
the same group of free and independent youths and elderly men, and in reality
prisoners, every one of them, hand-cuffed to
this hideous masked bully of “War”!” (p. 48).
“The war went on; Paris
went on. She had had her great hour of resistance, when, alone, exposed and
defenceless, she had held back the enemy and broken his strength” (p. 67).
“An Idea: that was what
France, ever since she had existed, had always been in the story of
civilization; a luminous point about which striving visions and purposes could
rally And n that sense she had been as much Campton’s spiritual home as
Dastrey’s; to thinkers, artists, to all creators, she had always been a second
country. If France went, Western civilization went with her; and then all they
had believed in and been guided by would perish” (p. 211/212).

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