martes, 24 de mayo de 2016

Trampas


La uruguaya, de Pedro Mairal es una hermosa pequeña novela, de unas 150 páginas, que se puede leer perfectamente bien de una sentada. Es rápida, es divertida y tiene el vuelo del lenguaje que le conocemos al autor: como es habitual, como con Zambra, por ejemplo, la prosa de quienes vienen de la poesía tiene un vuelo distinto, un vuelo que, si yo fuera poeta, caracterizaría a través de una metáfora única. Pero les toqué yo, queridos lectores.
El punto de partida es una pareja que se resquebraja: un "monstruo bicéfalo" que queda sellado "con un lazo eterno" con la llegada de un hijo. "Es pura asfixia la idea." (p. 10) Y la paternidad como ruptura de un orden: "no volvés a dormir ocho horas seguidas nunca más, tu banda sonora permanente pasa a ser La Reina Batata, para coger tenés que programa con un mes de anticipación un fin de semanas sin niños, vas al cine solo a ver películas donde unos peluches hablan en mexicano, y tenés que leer catorce veces por día el librito del rinoceronte." (p. 51)
Pero mucho más que la pareja y la infidelidad, el tema principal de la novela es el de las trampas. Nuestro protagonista, el escritor argentino Lucas Pereyra, es llevado a Uruguay por la necesidad de buscar dólares en un contexto de control de cambios y por el llamado de una uruguaya hermosa, Guerra. La plata que busca es el adelanto de dos libros: un libro de crónicas y una novela de escape a Brasil. Pero el libro que termina escribiendo es una crónica de un escape, de un escape realizado de una forma extraña ya que no es un escape planificado sino provocado por las trampas que se pone Lucas a sí mismo. Como le dice Guerra a Lucas: "Te hace muchas piruetas el cerebro a vos." (p. 122)
Con gran manejo de la intriga, vemos a Lucas en ese día clave en el que por un rato cree estar viviendo su vida: "Basta de sublimar con la literatura, inventando historias." (p. 73) Pero al escribir esta crónica se da cuenta de que todo el enamoramiento se lo había inventado: "Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo." (p. 49)
En el camino, Mairal nos divierte también con sus comentarios sobre la escena literaria local (un encuentro de intelectuales es un lugar "repleto de niños bien jugando a ser mendigos por un mes" - p. 24-; y un amigo de Lucas lo convoca a " armar una revista literaria que se iba a llamar 'N°2' porque, según sus palabras, iba a durar dos números." - p. 47.) Y hay un finísimo tratamiento de la clase social: los chetos hablan con un "salteado de las consonantes adecuadas: coacola por coca cola, caallo por caballo, ivertido por divertido, too ien por todo bien, neecito por necesito... " (p. 64)
La resolución no la cuento, pero el camino es todo. Por la intriga, por el ritmo, por la forma y por el humor. Amé.

martes, 17 de mayo de 2016

Otro libro chiquitito


Alejandro Zambra, el hombre de los libros chiquitos, ha hecho otro libro chiquito: Facsímil. Y como los otros, cuando llegás a la caja y te dicen que ese libro sale lo mismo que otros del doble del tamaño, y sabés perfectamente que te va a durar media hora, o una hora, un poco la dudás. Pero al final lo comprás porque te lo recomendaron tanto o porque querés ver cómo es que lo hace y al final te das cuenta de que lo vuelve a hacer: porque lo leés todo, de una sentada, en un trayecto de tren, en media hora o cuarenta y cinco minutos, pero no te sentís estafado. Como con Bonsái, que amé, Zambra lo ha hecho de nuevo. (Formas de volver a casa, en cambio, me gustó menos.)
Ha hecho, además, algo distinto. El formato del libro es más que original: usa la estructura del examen que se utilizaba en Chile para ingresar a la universidad, un examen con distintos tipos de ejercicios con multiple choice. Algunos son textos súper breves, otros más largos. El libro es difícil de calificar: sin dudas no es una novela; tampoco una colección de cuentos ni un ensayo, aunque la primera oración del libro aclara: "Las palabras facsímil y ensayo se asocian, en Chile, (...) a los exámenes de ingreso a la educación universitaria". Es una exploración, con el registro de la literatura, de un mundo, de la clase media chilena desde Pinochet para acá, pero sobre todo, detrás de la educación y la moral y la política, el tema recurrente es el de padres e hijos. 
El libro es inclasificable pero es por momentos genial: la riqueza del lenguaje, el humor inteligente, irónico, profundo, y las punzadas de verdad que interpelan al lector como padre y como hijo. Alejandro Zambra, el hombre de los libros chiquitos, ha hecho otro pequeño gran libro.

viernes, 13 de mayo de 2016

Amistad puesta a prueba


No me volvió loco Papeles en el viento, de Eduardo Sacheri, pero si llegué al final no fue sólo porque me la regalaron mi mujer y mis hijas para mi cumpleaños ni porque el autor y los protagonistas sean del Rojo. Supongo que las dos cosas ayudaron, pero sobre todo quería ver cómo llegaba al final, cómo se resolvía, y en el mientras tanto había algo del humor que funcionaba.
Otras cosas me funcionaron menos. La novela relata las desventuras de tres amigos (Fernando, el Ruso y Mauricio) por lograr vender los derechos de un jugador de fútbol que había comprado un cuarto amigo (el Mono) que había muerto poco antes y así, con la plata, poder ayudar a la hija del Mono. El estilo no me funcionó mucho, me pareció un poco demasiado formal, un registro lejano. Tampoco la estructura; el autor intercala los capítulos del presente, escrito en el presente y siempre en tercera, con capítulos del pasado de los cuatro amigos: la historia del presente me enganchó, pero los capítulos del pasado se me hicieron algo densos.
Al mismo tiempo, esa parte es importante, porque el libro es sobre todo una historia sobre la amistad. La venta del jugador significa un conflicto que pone en juego esa amistad de toda la vida, esa amistad del barrio. Así y todo, se me hizo un poco pesada la nostalgia del barrio, de la misma manera que en cine se me hizo meloso el tema en Luna de Avellaneda, para encontrar una comparación. Igual, esta literatura no deja de ser una aproximación a un mundo: si Leonardo Oyola es el conurbano de la pobreza y la marginalidad, Sacheri es acá el conurbano de la clase media, que sobrevive a duras penas a veces gracias a cierto capital social (Fernando), que dilapida el poco capital económico acumulado por otra generación (el Ruso) o que aún deja lugar para la movilidad ascendente (Mauricio). (El único rico que aparece, Williams, es un garca, obviamente.)
El humor y los personajes hacen que te vaya divirtiendo en el camino, además de los detalles del mundillo del fútbol, desde los papeles arremolinados en una popular que le dan el título al libro hasta personajes como el representante, el técnico del ascenso y los periodistas deportivos. El personaje del Ruso, sobre todo, es gracioso, y hay escenas muy bien logradas (como la de Fernando pidiéndole un celular a una travesti en Costanera Sur). Pero sobre todo quería saber cómo terminaba la historia, si la amistad del barrio perduraba o no frente al conflicto. Y no digo más nada porque en una de esas quieren llegar ustedes hasta el final y saber qué paso con ese jugador de fútbol cuyo pase tenían los muchachos, Mario Juan Bautista Pittilanga.

martes, 3 de mayo de 2016

El abrazo de las palabras


Soldados de Salamina, de Javier Cercas, es un relato real centrado alrededor de un suceso de la Guerra Civil española, es un libro sobre la escritura de un relato real centrado alrededor de un suceso de la Guerra Civil española y es, al final de cuentas, un libro sobre la escritura en sí.
El suceso central del libro es un fusilamiento masivo, pocos días antes del fin de la guerra, de prisioneros rebeldes por parte de los rojos, en el que sobrevive Rafael Sánchez Mazas. Dice Cercas que "Sánchez Mazas es un buen poeta; un buen poeta menor". (p. 78), el "principal ideólogo y propagandista" de la Falange (p. 81) y "más responsable de la victoria de las armas franquistas que todas las ineptas maniobras militares de aquel general decimonónico que fue Francisco Franco." (p. 49) El otro personaje principal aparecerá casi de sorpresa, más tarde en el libro, pero será el que le dará su carácter emotivo.
El hecho de que se trata también de un libro sobre el libro se sabe en el primer párrafo. En la primera oración, Cercas comenta cuándo fue que él oyó hablar por primera vez del objeto de estudio de su libro; y en la segunda oración sitúa ese hecho no en relación con la historia de España sino en la de su propia biografía: "Tres cosas acababan de ocurrir por entonces: la primera es que mi padre había muerto; la segunda es que mujer me había abandonado; la tercera es que yo había abandonado mi carrera de escritor." (p. 15)
Ese es el dispositivo por el que Cercas es famoso: el narrador es el escritor y está presente todo el tiempo en el relato, más allá de que se trate de algo que ocurrió sesenta años atrás. Como le dice el Cercas personaje a su novia en una comida que relata el Cercas escritor, el libro "Será como una novela (...) Sólo que, en vez de ser todo mentira, todo es verdad." (p. 66) Así, el libro es también la hoja de ruta de la investigación; las dudas y las preguntas del investigador a las fuentes están siempre presentes; pero además el escritor está involucrado personal y explícitamente.
En tercer lugar, es una defensa del oficio de escribir relacionada con la memoria, con recordar a quienes ya no están. Aunque sea cierto que la escritura siempre incomoda ("la escritura y la plenitud son incompatibles" - p. 138), hay algo ahí; y no es sólo una obsesión, aunque la obsesión es necesaria ("el personaje y su historia se habían convertido con el tiempo en una de esas obsesiones que constituyen el combustible indispensable de la escritura" - p. 48). Pero Cercas nunca se acerca a Sánchez Mazas; esa obsesión está bien lejos de la emoción, que queda reservada para la contraparte, un viejo soldado rojo, Miralles. Al final del día, el libro se justifica por él, porque "mientras yo contase su historia Miralles seguiría de algún modo viviendo" (p. 206) y es él y no Sánchez Maza el que es digno de ser un soldado de Salamina. Y para cerrar el círculo, ese recordar a Miralles es recordar también a su padre: de las tres cosas que mencionaba al comienzo del libro (la muerte del padre, el abandono de la escritura y el abandono de su mujer), Cercas resuelve de alguna manera dos a través de este libro.
Además de leerse muy bien (aunque entiendo que pueda molestar esa intromisión permanente de este narrador/escritor en el relato mismo), el libro tiene momentos bellos, como cuando frente a una gran vieja casa rural abandonada dice: "su aire común de desamparo, de esqueletos en piedra entre cuyos costillares descarnados gime el viento en las tardes de otoño, no contenía una sola sugestión de que alguien, alguna vez, hubiera vivido en ella." (p. 69) Y momentos emotivos, especialmente en el encuentro con Miralles, donde Cercas parece poder volver a tener a su padre por unos segundos, gracias a la fuerza del abrazo de las palabras.

lunes, 25 de abril de 2016

Decirlo todo



On Chesil Beach, de Ian McEwan, es una de las novelas más tristes que leí. Y es hermosa, creo que lo más lindo que leí de McEwan, de quien leí también Atonement, Saturday (genial), Amsterdam y Enduring Love.
La novela relata desde la noche de bodas para atrás la historia de una pareja, Edward y Florence. McEwan nos introduce al meollo del conflicto en la primera oración: "Eran jóvenes, educados y los dos vírgenes en esta, su noche de bodas, y vivían en tiempos en los que una conversación sobre dificultades sexuales era sencillamente imposible. Pero nunca es fácil." (p. 3)
On Chesil Beach está armada en una tercera persona que muchas veces se convierte en terceras primeras (cuando hablan desde una tercera persona pero tan cerca de un personaje que es casi primera, una tercera muy subjetiva, digamos), tomando los pensamientos de él y de ella. Así, McEwan se mete en las cabezas de sus personajes mientras se culpan a sí mismos, culpan al otro, se avergüenzan, tienen miedos y ansiedades, siempre sobre un campo de la actividad humana que debería despertar emociones tan distintas: alegría, placer, libertad, compañía. "Donde él meramente sufría de nervios convencionales de primera noche, ella experimentaba un pavor visceral, un desagrado incapacitante tan palpable como un mareo de mar." (p. 8)
A las quince páginas ya sentí una empatía notable con los dos personajes; quería ir ahí y abrazar a Florence, hablarle con una voz muy bajita y decirle que todo va a estar bien; y tomarme un whisky con Edward, decirle que lo entiendo muy bien, que algo en esa línea, aunque mucho menos intenso, nos pasó a muchos hombres de mi generación, y darle un par de ideas. Porque las cosas cambiaron mucho desde entonces, pero como dice esa primera oración: "nunca es fácil." Sobre Florence: "todo su ser se rebelaba contra la posibilidad del entrelazamiento y de la carne; su compostura y su felicidad esencial estaban a punto de ser violadas. Simplemente no quería ser 'entrada' ni 'penetrada'." (p. 10) Edward: "una cierta deshonra mal definida se cernía sobre sus esfuerzos [por seducirla], una sensación de fracaso, de desperdicio y, por supuesto, de soledad." (p. 25)
Yendo para atrás en la historia de la relación y de los personajes, McEwan encuentra algunas claves para entender el fracaso sexual de estos muchachos. Familias acartonadas, padres distantes y, sobre todo, el silencio, la imposibilidad de hablar sobre ciertas cosas y especialmente sobre el sexo.  "No podía haber una discusión. Ella no quería pensar en ello, y esperaba que él lo sintiera igual. ¿Pero de qué otra cosa podrían hablar". (p. 170) "Todavía no se había inventado ese lenguaje". (p. 170) Y ese no hablar determina mucho por delante: "Así es como puede alterarse el rumbo completo de una vida - por no hacer nada." O, más bien, por no decir nada.

Originales de las citas usadas
"They were young, educated, and both virgins on this, their wedding night, and they lived in a time when a conversation about sexual difficulties was plainly impossible. But it is never easy." (p. 3)
"Where he merely suffered conventional first-night nerves, she experienced a visceral dread, a helpless disgust as palpable as seasickness." (p. 8)
"Her problem, she thought, was greater, deeper, than straightforward physical disgust; her whole being was in revolt against a prospect of entanglement and flesh; her composure and essential happiness were about to be violated. She simply did not want to be “entered” or “penetrated.”" (p. 10)
"All the same, a certain ill-defined disgrace hung over his efforts, a sense of failure and waste and, of course, loneliness." (p. 25)
"There could be no discussion. She did not want to think about it, and she hoped he felt the same. But what else were they to talk about? Why else were they out here?" (p. 170)
"Such a language had yet to be invented." (p. 171)
"This is how the entire course of a life can be changed—by doing nothing."  (p. 203)