lunes, 21 de agosto de 2017

Para qué leer


Más o menos a la mitad de la lectura de Tropic of Cancer, aburrido hacía rato, me di cuenta de que ya lo había leído. Hace muchos años, antes de tener un blog donde hago apuntes sobre los libros que leo, leí a Henry Miller. ¿Qué me pareció en aquel momento? No me acuerdo, pero supongo que me llamó la atención que se pudiera escribir así: sin plan aparente, sin continuidad, hablando de sexo, de prostitutas, de enfermedades, sin ningún tipo de decoro.
En París entre las guerras, no hay nada que hacer más que pasar el tiempo y perseguir prostitutas. “Nos está comiendo el cáncer del tiempo. Nuestros héroes se han suicidado, o se están suicidando. El héroe, entonces, no es el Tiempo, sino La Ausencia de Tiempo.” (p. 1) ¿Cómo se sigue de ahí? En serio: si arrancás así en la página 1: ¿para qué seguir? Me pasa un poco lo mismo que con los Beat: si es todo una mierda, ¿para qué me hacés leerte? Decímelo en la primera página y dejame seguir con otro libro. “¿Qué sentido tiene poner palabras una al lado de la otra? ¿Puedo ser escritor sin escribir, o no? ¿Qué pruebo escribiendo un libro? ¿Y al final: para qué queremos libros? Ya hay demasiados libros.” (p. 40) ¿Hace falta leer cuarenta páginas más de deambular por París, ver la decadencia y la degradación para que me digas que no tiene sentido escribir?
Leemos Miller porque es el eslabón perdido entre la Generación Perdida y la Generación Beat. Tiene sentido en términos de la historia de la literatura. Pero esta vez lo dejo en la mitad. Quizás ayudado por esto: “De alguna manera, darme cuenta de que no había esperanza alguna tuvo un efecto saludable sobre mí. Por semanas y meses, por años, de hecho, toda mi vida había estado esperando que algo pasara, algún evento intrínseco que alteraría mi vida, y ahora, de pronto, inspirado por la desesperanza absoluta de todo, me sentí aliviado, me sentí como si un gran peso hubiera sido removido de mis espaldas.” (p. 79) Suficiente peso fue removido de mis hombros como para sentir que no tengo ninguna obligación de terminar este libro, que tengo mucho en la mesa de luz esperándome, incluyendo el Mairal y el Hustvedt que compré el sábado con hija#2.

Citas usadas (y una yapa)
“The cancer of time is eating us away. Our heroes have killed themselves, or are killing themselves. The hero, then, is not Time, but Timelessness.” (p. 1)
“What’s the use of putting words together? I can be a writer without writing, can’t I? What does it prove if I write a book? What do we want with books anyway? There are too many books already.” (p. 40)
“Somehow the realization that nothing was to be hoped for had a salutary effect upon me. For weeks and months, for years, in fact, all my life I had been looking forward to something happening, some intrinsic event that would alter my life, and now suddenly, inspired by the absolute hopelessness of everything, I felt relieved, felt as though a great burden had been lifted from my shoulders.” (p. 79)
“Art consists in going the full length. If you start with the drums you have to end with dynamite, or TNT.” / “El arte consiste en ir hasta el final. Si empezás con tamboras tenés que terminar con dinamita o TNT.” (p. 62)

lunes, 14 de agosto de 2017

Un policial


No me gusta escribir apuntes de libros que no me gustaron. Y menos cuando lo escribió un argentino o una argentina, como este caso. Es más fácil hablar mal del libro de un extranjero y sobre todo de un extranjero consagrado (como Auster o Lessing) que de un compatriota contemporáneo. Una vez lo que hice fue decir todo lo que no me gustó de un libro de un autor (que me gusta) y después no publicar el apunte lectura: lo dejé en draft permanente en este blog, por ahí está todavía. Quizás está mal; en mi defensa, diría que no le debo a nadie una honestidad total, pero no sé si me convenzo.

Habiendo dicho eso, no me gustó mucho Los motivos del Lobo, de Liliana Escliar, un policial puesto en la Buenos Aires de nuestros días (poco más o poco menos). A favor debo decir que tiene buen ritmo, y me gustó que es un especie de homenaje al género policial; también me parece que tiene buenas escenas. Pero al final no me pareció ni un policial negro ni de intriga, sino algo en el medio; y para mí gusto el argumento no se sostiene del todo: en definitiva, y para decirlo sin spoilear, no me convencieron los motivos del lobo.

lunes, 7 de agosto de 2017

Autobiografía no autorizada


Maniobras de evasión, de Pedro Mairal, es algo así como una autobiografía literaria no autorizada. En 39 textos cortos, Mairal nos habla de momentos de su formación como escritor; hace foco en algunos hitos que lo marcaron como escritor; se recuerda a sí mismo que escribir le hace bien, se castiga por no escribir suficiente y se intenta convencer de que “la literatura no existe más, al menos para mí, y me alegra” (p. 11); nos cuenta algunas maniobras para evitar evadirse de escribir, reflexiona sobre el lenguaje; convoca pero mantiene a raya a la melancolía; se ríe del mundo que rodea al escritor, de la “máquina de vender libros” (p. 63), de los congresos, de las charlas, de los encuentros entre escritores, de las fiestas y los tiroteos nocturnos; pero también de momentos de su niñez, de su madre, de un accidente que lo marcó, de sus relaciones, de sus hijos.
En el primer texto del libro (“Quiero escribir pero me sale espuma”) dice que está “tratando de ver si hay un libro en todo lo que escribí estos últimos cinco años, un libro que se llame ‘La novela que no estoy escribiendo’, pero no sé todavía, no sé lo que mantiene unida en papel toda esa masa de textos.” (p. 13) El cemento, además de la propia vida de Mairal, son las reflexiones sobre la palabra y sobre el lugar del escritor. Está, por ejemplo, la idea de la imposibilidad de escribir: “Siempre siento que es imposible superar al gran guionista del mundo.” (p. 158); “no hay que escribir más, ¿para qué? No hay que leer tampoco. Hay que asombrarse, nomás.” (p. 159); la idea de que eso que tenemos en la cabeza siempre termina pareciendo torpe y pobre cuando finalmente llegamos al teclado. Segundo, el lugar confuso del escritor: “Se renuncia a ser una persona real, que trabaja y gana plata y construye algo palpable, y se acepta esa condición algo fantasma, del que no va, falta, se sienta a escribir, entra en la experiencia paralela, redacta, lee, no está presente.” (p. 234) Ese lugar que es en la vida y en los propios textos, y cómo lo escrito vuelve y afecta la vida real. En tercer lugar, se puede hacer literatura con todo, con cualquier cosa, está todo allí disponible si escuchamos y miramos lo que nos propone aquel gran guionista.
Digo que es una autobiografía literaria no autorizada porque da la impresión de que el autor no se autoriza a sí mismo a ir tan lejos, que no se toma a sí mismo tan en serio. Pero al mismo tiempo, esto es lo que uno puede esperar de un escritor, esto es lo que queremos los que leemos literatura. El crítico podría hacer esa biografía, para el escritor no puede haber algo tan cerrado, tiene que quedar algo sin acabar, tiene que haber algo caleidoscópico y contradictorio porque así es la subjetividad, y algo intersubjetivo junto a toda esa tribu de escritores de su misma generación (y de lectores que andamos por ahí cerca).

Cada vez que leo a Mairal (en el blog hablamos de Una noche con Sabrina Love, El año del desierto y La uruguaya) me hace sentir al mismo tiempo que escribir es fácil, que por qué no escribo más si es una boludez, y que no tengo chance, de que nunca voy a lograrlo, de que es imposible llegar a ese equilibrio entre la tradición y la propia época, entre el lenguaje preciso y elaborado y que los relatos suenen reales y los personajes parezcan personas y no caricaturas. Al final del día, quizás tenga que resignarme a escribir sin que me importe el resultado, a que no puedo escaparle a esa necesidad y que entonces logre hacerlo, como Mermet según Marial, “sin pretender nada a cambio: ni reconocimiento, ni lectores, ni aplausos, ni premios, ni publicaciones.” (p. 107) Esperando que al final se ordene todo.

lunes, 31 de julio de 2017

Más sueños rotos


Releí, después de muchos años, Of Mice and Men, clásico de John Steinbeck que había leído en el secundario. Es una novella hermosa, concisa, directa y que fluye como un río ancho: parece manso pero en el centro del cauce hay corrientes fuertes.
George y Lennie son trabajadores rurales migrantes que tienen el sueño de llegar a tener un pedazo de tierra suyo. Pero como casi todos los planes de ratones y hombres (el título de la novela surge de un poema de Robert Burns que dice básicamente esto), los sueños de estos muchachos terminan mal. No son los únicos: otros personajes también tienen sueños destinados al fracaso o que ya se hundieron (como el de la mujer de Curley de ser estrella de cine). Hasta Crooks, el negro que perdió toda esperanza, tiene un momento de ilusión. Al escuchar el sueño de Lennie primero dice: “Ví a cientos de hombres venir ‘e la calle a los campos, con sus bultos a la espalda y esa misma mierda en sus cabezas. Cientos. (...) cada uno ‘e ellos tiene ese cacho ‘e tierra en su cabeza. Y ni un puto ‘e ‘llos lo logra. Como el cielo. Todos quieren un cacho ‘e tierra. Leí una pila de libros acá. Nunca nadie llega al cielo, y nadie recibe ninguna tierra.” (p. 49) Pero después  el mismo Crooks quiere sumarse a ese mismo sueño, a ese proyecto, se ilusiona por unos minutos.
El libro va así a un tema central de toda la literatura americana, que una y otra vez vuelve a los sueños rotos, al fracaso del sueño americano. Un paso más allá, Steinbeck nos dice que soñar es lo propio de lo humano. Una cosa que me llamó mucho la atención es la permanente referencia al mundo animal. El libro comienza con la descripción de un recoveco en el río Salinas; Steinbeck nos describe el río, las montañas, los árboles y hace referencia a los animales que pasan por allí (conejos, lagartijas, ciervos, perros, mapaches). Justo antes de que entren en escena George y Lennie nos muestra una garza. El libro termina en ese mismo lugar, en el que el desenlace de la historia de estos hombres es precedido por la imagen de una garza comiéndose a una anguila. Los sueños de la anguila truncos como los de Lennie y George. El mismo Lennie, un chico grandote con evidentes déficits intelectuales, es descripto como un animal: como un “terrier” (p. 7), a sus manos como garras. (p. 3) La mujer de Lennie, en la escena del granero, se “desploma como un pescado”. Sólo los humanos sueñan, y sólo los humanos sufren la soledad, otro gran tema del libro. Finalmente, el desenlace de Lennie es como el de la vieja perra de Candy, otro de los trabajadores del rancho, y en un sentido, inevitable, como dice Slim al final.
Amé volver a leer este libro y su cadencia perfecta, su estilo directo, su ritmo, la ausencia casi total de juicio y de pensamiento. Está todo afuera, en acciones, en descripciones y en diálogos (salvo un “ominoso” en la p. 18 que yo hubiera borrado). Un hermoso relato sobre un tema universal.

Original de la cita usada
“I seen hunderds of men come by on the road an’ on the ranches, with their bindles on their back an’ that same damn thing in their heads. Hunderds of them. They come, an’ they quit an’ go on; an’ every damn one of ’em’s got a little piece of land in his head. An’ never a God damn one of ’em ever gets it. Just like heaven. Ever’body wants a little piece of lan’. I read plenty of books out here. Nobody never gets to heaven, and nobody gets no land.

martes, 25 de julio de 2017

Buena terrorista, mala lectura


Leí The Good Terrorist, de Doris Lessing, y me aburrió. Se me hizo largo y no me agarró ninguno de los personajes. El planteo general no está mal: en la Inglaterra de Thatcher, en medio de la Guerra Fría y con la IRA aún activa, un grupo de jóvenes vive en casas ocupadas, participa de manifestaciones, fantasea con una revolución y coquetea con el terrorismo. Son chicos perdidos, sin idea de nada, sin método ni visión.
Sólo con uno de los personajes, Alice, tenemos una mirada un poco más profunda de por qué está ahí. Alice tiene 36 años y defiende la causa de los trabajadores aunque nunca trabajó; es hija de un padre socialista devenido en pequeño empresario y de una madre ama de casa de origen obrero. Alice se va metiendo en este mundo difícil un poco por ingenuidad y desconocimiento, otro poco por una rebeldía tardía y no demasiado bien llevada contra sus padres y por cierto bloqueo sexual. El catalizador para esto es Jasper, un amateur de la revolución y homosexual a escondidas que es admirado únicamente por Alice, que se mantiene sometida a él de manera inexplicable para todos los demás.
“¿Es todo esto simplemente miedo al sexo?” (p. 103) se pregunta Alice de manera demasiado directa (como en muchas otras partes donde, a mi gusto, Lessing explica demasiado). Que la chica que le tiene terror al sexo se enganche fatalmente con un homosexual es parte de la explicación. La otra es un rechazo a sus padres, que no impide que Alice termine haciendo para los chicos de la casa tomada lo mismo que su madre hiciera para su familia de clase media; como le dice la madre a la hija: “resulta que te pasás la vida haciendo exactamente lo mismo que yo. Cocinando y haciendo de niñera para otros. Un burrito de carga todoterreno femenino.” (p. 334)
Al final del día, todo esto me pareció poco y largo y tampoco me dio alegrías por el lado de la forma. ¿Habrá que leer algo más de Lessing para ver qué hay ahí?

Originales de las citas usadas
“is it all just fear of sex?” (p. 103)
“But it turned out that you spend your life exactly as I did. Cooking and nannying for other people. An all-purpose female drudge.” (p. 334)