jueves, 15 de septiembre de 2016

Lado B


En una época leí un libro de Carver tras otro hasta que me quedé sin o me llené, como cuando comés pochoclo de un receptáculo gigante de cartón viendo una peli y en un momento te das cuenta que no hay más lugar en el mundo para el pochoclo. La semana pasada leí una colección que compré en algún momento, Where I’m Calling From, con cuentos de distintas colecciones y ahora tengo la impresión de que nunca me pude haber llenado, que las 500 páginas podrían haber sido 700 o 900 también. No descubro nada pero lo digo igual: Carver es un titán.
Temáticamente, los cuentos siempre recorren el lado B del sueño americano: los moteles que se vienen abajo, los bares de segunda, los alcohólicos, los violentos, las relaciones rotas, la falta de comunicación y empatía, gente insomne y desesperada, apremiada económicamente. Los personajes de Carver no controlan su destino; como dice la narradora de “So much water so close to home”: “nada jamás será realmente distinto. Eso creo. Ya tomamos nuestras decisiones, nuestras vidas se pusieron en movimiento, y seguirán y seguirán hasta que paren.” (p. 223) De otro personaje se dice que venía bien hasta que “Por alguna razón – quién sabe por qué hacemos lo que hacemos – empieza a tomar ritmo su bebida.” (p. 284)
Pequeños momentos aparentemente menores ponen en movimiento procesos complejos que dejan a los personajes sin respuestas, como el narrador de “Menudo”, que se pregunta por la historia de sus parejas y dice: “Pero ahora no sé en qué creer. No me estoy quejando, simplemente afirmando un hecho. No me queda nada. Y tengo que seguir así. Sin destino. Simplemente lo que siga, que significará lo que creas que signifique. Compulsión y error, igual que todos los demás.” (p. 460-461).
En algunos pocos cuentos, contarlo libera. Es lo que sucede en “Fever”. La mujer deja al protagonista sólo con los hijos; después de mucho buscar, el señor consigue una babysitter confiable, una señora que se encarga de todo. Justo el día que la señora le tiene que decir que se muda a otra ciudad, el protagonista tiene una fuerte fiebre y en ese estado afiebrado le cuenta a la señora toda su historia con su ex mujer. Ese contar lo cura, de la fiebre, y del bajón por la ida de la esposa, y hay algo raro en Carver, un momento de luz: “sintió que algo llegaba a su fin.” (p. 331) En “A Small Good Thing” este contar es más complejo; arranca por la incomunicación entre un panadero y una pareja que le encargó una torta y que está viviendo un momento tremendo, pero terminan unidos por una historia; el panadero les habla y los alimenta y eso cura: “Entonces él empezó a hablar. Ellos escucharon con atención.” (p. 405) También está el caso en el que la literatura en vez de curar hiere, como en “Intimacy”, en el que la ex de un escritor primero se queja y enoja por haber sido expuesta públicamente y luego termina liberándolo, aunque termina diciendo “Bien pronto te vas a empezar a sentir mal de vuelta.” (p. 452-453)
En la forma, Carver es el cuidado permanente por la economía, por decir lo mínimo posible: el rey del understatement. También las imágenes que muestran poco sin decir mucho: un personaje tiene “dedos largos, gruesos, cremosos” (p. 64); otra en un momento “Se sienta en el sofá y acerca sus rodillas arriba hasta debajo de su pera” (p. 142) Pero como norma es simplemente una oración simple detrás de otra, las imágenes del fin del sueño americano llegando por pequeñas oleadas sucesivas y no a través de un megáfono.


Originales de las citas usadas
“nothing will ever be really different. I believe that. We have made our decisions, our lives have been set in motion, and they will go on and on until they stop.” (p. 223)
“But for some reason – who knows why we do what we do – his drinking picks up.” (p. 284)
“But now I don’t know what to believe in. I’m not complaining, simply stating a fact. I’m down to nothing. And I have to go on like this. No destiny. Just the next thing meaning whatever you think it does. Compulsion and error, just like everybody else.” (p. 461)
“he felt something come to an end.” (p. 331)
“Then he began to talk. They listened carefully.” (p. 405)
“Pretty soon you’ll start feeling bad again.” (p. 452-453)
“long, thick, creamy fingers” (p. 64)
“She sits on the sofa and draws her knees up to under her chin.” (p. 142)

sábado, 27 de agosto de 2016

Utopía conservadora


Mi amigo H. me regaló El despertar de la señorita Prim. Me llegó en una bolsa a mi oficina, con una tarjeta que decía "espero que te interese". El libro no me gustó, pero me interesó.
El despertar es, básicamente, una novela de ideas. Prudencia Prim, una joven moderna y ultra-capacitada, responde a un extraño pedido de empleo como bibliotecaria en un pueblo. El pueblo resulta ser San Irineo de Arnois, "una floreciente colonia de exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural." (p. 15) Los líderes de San Irineo son un viejo monje y el jefe de Prim, un erudito que educa a sus sobrinos en los clásicos y las viejas formas, y cuya biblioteca es tarea de Prim ordenar.
San Irineo es una utopía conservadora en el siglo XXI. "Una tranquila y pacífica comunidad de propietarios" (p 89) "cuyo objetivo es huir, literalmente, del dragón. Quieren proteger a sus hijos del influjo del mundo, volver a la pureza de costumbres, recuperar el esplendor de la vieja cultura." (p. 91) Gran parte de la discusión es en torno de la educación (los colegios se han transformado en "fábricas de indisciplina, criadores de monstruos ignorantes y maleducados." - p. 300) pero en el fondo es algo más profundo, es un enjuiciamiento de la modernidad y la defensa de una vida cristiana. Para San Irineo, la historia es "una inmensa cadena de errores repetidos a través de los siglos (...) adornados con distintos ropajes, ocultos tras diversas caretas, camuflados bajo una multitud de disfraces, siempre los mismos". (p. 304)
No me preocupa tanto la inconsistencia y la falta de verosimilitud del planteo (la supervivencia económica de San Irineo es difícil de creer pero de serlo sólo sería imposible porque hay modernidad) sino su parcialidad: en El despertar... nadie defiende a la modernidad, para lo cual podría hablarse de los avances de la ciencia, de la calidad de vida (medida por ejemplo en la expectativa de vida) y de la igualdad. Por eso el conflicto central de la novela, entre la modernidad de Prim y el apego de San Irineo a las viejas formas, tiene gusto a poco, empezando por el hecho de que su resolución ya está anunciada en el título del libro.
En cuanto a la forma, en la página 23 escribí en el margen "mucho adjetivo pero me gusta el ritmo". Para la página 102 ya había anotado "¡pará de adjetivar todo!" El ritmo no se pierde, y por eso llegué al final a pesar de la creciente irritación que me producía la forma y la defensa de esa "belleza que ya no existe" (p. 97) sin aceptar ni por un segundo los logros de la modernidad. Por algo los buenos vecinos de San Irineo se escribían cartas y no aparece en todo el libro ni una computadora ni un teléfono. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Liberación


¡Qué momento liberador cuando dejás ese libro que te está aburriendo! Venís luchando, porque te parece que tiene que ser que hay algo mal con vos, porque este autor es universal, o porque dicen los que saben que es un monstruo, que el libro es profundo o inspirador o genial o maravilloso o divertido pero vos no podés más. Y si estás en tu casa, antes que agarrar el libro ponés los Juegos Olímpicos (¡uh, están las chicas del nado sincronizado!, te decís) o te ponés a browsear en Netflix (donde nunca jamás encontrás realmente lo que estabas buscando) y si estás en el tren sacás el celular, o te ponés a ver qué está leyendo el flaco de al lado, o a mirar cómo se pinta la chica sentada en el asiento de la ventana, cualquier cosa menos leer este libro, pero le ponés huevo y de repente no sabés si el párrafo este ya lo leíste o no lo leíste. ¡Listo! ¡Dejalo! Liberate.
Eso me pasó la semana pasada con una colección de cuentos de Anton Chekhov, un consagrado, un grande pero, para mí, al menos la semana pasada, un embole. Porque eso también hay que tener en cuenta: quizás en dos meses lo agarrás de nuevo y lo amás, porque vos estás en otro lugar. En esa línea, lo peor que podés hacer es insistir, porque sólo vas a lograr agarrarle bronca. Y no quiero agarrarle bronca a Chekhov y sus cuentos sobre la vida rusa, sobre siervos y amos y la naturaleza, sobre cómo viaja la información dentro de una comunidad y sobre el tedio, el tedio matrimonial, el aburrimiento como fuente de todo tipo de problemas e historias.
Además, tiene cosas buenísimas, como esto de “La noche antes de Pascuas”: “Jerónimo tomó el cable con sus dos manos, se dobló en la forma de un signo de interrogación, y gimió.” (p. 8) O esto otro de “Sueños”: “El alma de otro hombre es como un bosque en penumbras.” (p. 66) Leí la historia de un viudo que intenta educar a su hijo, todo impotencia y desconocimiento. Leí “Champagne”, la historia de un hombre que equivocadamente cree que nada peor le puede suceder, y que tiene un tono notablemente moderno por todo lo que deja sin decir. (También suena moderna la interrupción del crítico dentro de un relato que se produce en “Muerte de un funcionario”: “Pero repentinamente (es común encontrar este ‘repentinamente’ en cuentos; los escritores tienen razón - la vida está llena de lo inesperado” - p. 71 - es difícil imaginar un autor del siglo XIX con algo así). Noté la incapacidad total de comunicación entre un simple hombre de campo que sacó una tuerca de las vías del tren para usar de plomada para pescar y el juez que ve en eso un sabotaje en “El malefactor”, similar a “Demasiado experimentado”, en el que un pasajero asustado se hace el malo para que el chofer no se anime a robarle y que de tanto hacerse el malo asusta al chofer, que sale corriendo y lo deja solo en el medio del bosque. Otra parejita de cuentos, tristísimos, son “El ajuar”, la historia de una familia que lucha por mantener su lugar social, concentrando todos sus esfuerzos en preparar un ajuar que nunca será usado; y “El pequeño Jack”, un aprendiz huérfano que vive en pésimas condiciones y le escribe una carta a su abuelo pidiendo que lo rescate y que antes de poner el sobre en el buzón escribe “Para mi abuelo en la aldea” (p. 62).
Para algunos, Chekhov es uno de los más grandes cuentistas de la historia y puede ser, pero casi nunca vale la pena insistir cuando el libro no te agarra del cogote y te dice leeme. Ya volverás a leerlo, si llega el momento. A veces nuestra propia alma lectora es también un poco un bosque en penumbras.

Originales de las citas usadas
“Jerome took the cable in both hands, bent himself in the form of a question mark, and gave a grunt.” (p. 8)
“The soul of another is a dark forest.” (p. 66)
“But suddenly (in stories one often finds this suddenly; authors are right - life is full of the unexpected)”. (p. 71)

miércoles, 3 de agosto de 2016

Desde el interés nacional


Leí La Argentina y el mundo. Claves para una integración exitosa, de mi amigo Francisco de Santibañes. El libro es una excelente reflexión sobre el escenario internacional que enfrenta la Argentina y la mejor manera de aprovecharlo para hacer un país grande y que sirva para todos los argentinos.
La principal virtud del libro es que, sin dejar de pensar el mundo tal como es, ancla el análisis desde el interés nacional. No desde lo que le conviene a China, a Estados Unidos, a Europa o a Brasil, sino a lo que nos conviene a nosotros. Más allá de que la definición del interés nacional pueda y deba estar siempre en discusión, el principal mérito de de Santibañes es plantarse desde ese lugar: y justamente ese es el cargo que le hace en términos generales a “la disciplina de las relaciones internacionales en Argentina”, que no se planteó “como cuestión central de análisis cuáles son nuestros intereses nacionales.” (p. 168)
El autor define el interés nacional con tres preceptos: “Es del interés nacional de la Argentina fomentar el fortalecimiento del sistema internacional, y en particular el proceso de integración económica” (p. 168), porque Argentina tiene para ganar con la globalización. “La Argentina debe mantener buenas relaciones con la mayor cantidad de países con los que esto sea posible” (p. 170), porque mayor integración son más oportunidades económicas y políticas. Y “es del interés nacional argentino preservar un elevado grado de autonomía, para lo cual tendremos que evitar involucrarnos en disputas globales que no reflejan nuestros intereses y oponernos al surgimiento de una potencia hegemónica regional.” (p. 170)
En definitiva, dice de Santibañes, con una buena estrategia internacional llevada adelante con paciencia y constancia, Argentina puede "jugar un rol relevante en el concierto de las naciones", lo cual es indispensable "para cumplir con el sueño de tener una nación grande y para todos." (p. 346-347) ¿Qué implica esa estrategia? Implica usar las herramientas del poder "duro" (poderío económico y militar) y "blando" para avanzar el interés nacional. Implica insertarse económicamente a partir de nuestras fortalezas. Implica generar instituciones para ser más predecibles para la inversión y para establecer sociedades comerciales y políticas.
En las últimas décadas, Argentina no avanzó en esa línea, en parte porque "la clase dirigente argentina no ha estado dispuesta a sostener una estrategia de inserción internacional ni las instituciones necesarias para llevarla adelante". (p. 344-345) Eso explica, en gran medida, las tres anomalías que de Santibañes describe en los últimos tres capítulos del libro: la debilidad del empresariado nacional; la debilidad de su sistema de defensa; y la brecha existente entre la retórica que defiende la necesidad de recuperar las Malvinas y el hecho de que "carecemos de una estrategia para recuperarlas". (p. 307)
Más allá de algunos matices o discrepancias en temas concretos, el libro expresa la visión de una parte importante de una nueva generación de argentinos que está más en contacto con el mundo y que quiere una Argentina competitiva y dinámica y que cree que sólo así es posible tener un país con menos pobreza y más oportunidades. Mi principal crítica es que, al poner tanto énfasis en la clase dirigente y en los especialistas en temas internacionales y estratégicos, termina restando el lugar a lo político. (Si no me equivoco, no se menciona ni una vez la palabra “peronismo”.) Como muestra no sólo el caso argentino sino el Brexit y el éxito de Donald Trump, para que esa visión se plasme en la realidad no alcanza con el convencimiento de una élite, sino que una parte cada vez más grande de la sociedad deberá creer en las bondades de la integración y en nuestra propia capacidad de competir en el mundo; o, en palabras de de Santibañes, "recuperar la confianza en nosotros mismos (...) y asumir el rol que está en nosotros jugar." (p. 346)

martes, 19 de julio de 2016

El gran matón


"El tiempo es un matón, ¿no?", le dice Bosco a Jules y Stephanie (p. 145); más tarde, Bennie le dice lo mismo a Scotty: "El tiempo es un matón, ¿no? ¿Vas a dejar que ese matón te mandonee?" (p. 370) El tiempo mandonea a todos los personajes de A visit from the goon squad, una extraña novela de Jennifer Egan (que se tradujo como El tiempo es un canalla y que yo hubiera traducido como El escuadrón de matones o Una visita de los matones: si la autora hubiera querido que la palabra tiempo estuviera en el título de esta novela sobre el tiempo la hubiera puesto ahí).
La novela está estructurada alrededor de dos personajes: Bennie, un productor discográfico, y Sasha, quien trabaja con Bennie durante unos diez años. Los trece capítulos del libro tienen como protagonistas a ellos o a personas ligadas con ellos (principalmente a la banda de punk de Bennie - The Flaming Dildos - y su grupo de amigos de los años setenta, y algo de los amigos y la familia de Sasha) y el texto avanza y retrocede en el tiempo, desde los años setenta a los 2020. Mientras nos cuenta estas historias Egan nos regala casi cincuenta años de vida social americana, con estos saltos temporales y geográficos, en un desorden casi perfecto.
Todos esos personajes se cruzan, aparecen y reaparecen más adelante y más atrás en el tiempo; les pasan cosas y los vemos en sus momentos de gloria o de tragedia, vemos a sus hijos y amigos. A veces, Egan te cuenta en un párrafo veinte años en la vida de un personaje secundario, como al pasar, en lo que parece casi una ironía a esos narradores que quieren narrarlo todo, con todos los detalles, como Franzen o Chabon. Esta novela es casi lo opuesto: trece capítulos que en algunos casos podrían ser cuentos auto-sostenidos; algunos en primera y otros en tercera persona, un excelente capítulo en segunda y hasta un capítulo escrito en formato de presentación de PowerPoint.
El tiempo es un matón: nos va a matar a todos y mientras tanto nos va mandoneando. Algunos de los personajes se dan más cuenta de los puntos de quiebre. Uno de ellos, Jules, escribe: "En qué momento preciso te inclinaste apenas, justo fuera de alineación con la vida relativamente normal que estabas disfrutando hasta ese momento, y te inclinaste infinitesimalmente hacia la izquierda o la derecha embarcándote así en la trayectoria que finalmente te depositó en tu paradero actual." (p. 198) Rob, por su parte, se pregunta si su vida hubiera sido distinta de haberse enganchado con Sasha: "Podrías haberte aferrado a Sasha y haberte convertido en alguien más normal a la vez, pero ni siquiera lo intentaste: dejaste pasar la única oportunidad que Dios tiró en tu camino, y ahora es demasiado tarde." (p. 225) Para otros es todo más gradual: "No sé qué es lo que me pasó", dice Alex al final, y Bennie le contesta "Creciste, Alex", "como todos los demás". (p. 378) Una utopía posible.
  
Originales de las citas usadas
"Time's a goon, right?" (p. 145)
"'Time's a goon, right? You gonna let that goon push you around?'" (p. 370).
"At what precise moment did you tip just slightly out of alignment with the relatively normal life you had been enjoying theretofore, cant infinitesimally to the left or the right and thus embark on the trajectory that ultimately deliverd you to your present whereabouts". (p. 198)
"You might have held on to Sasha and become normal at the same time, but you didn't even try - you gave up the one chance God threw your way, and now it's too late." (p. 225)
"'I don't know what happened to me.' (...)'You grew up, Alex'. he said, 'just like the rest of us'." (p. 378)