miércoles, 22 de marzo de 2017

Lo que se hereda


Mi amiga C. me dijo que leyera Middlesex, buscó el libro en su biblioteca y me lo dio. No, le dije, después no te veo más y no te lo devuelvo por meses y mejor, me dijo, así tenemos una excusa para vernos. Así y todo, cuando me fui de su casa me dejé el libro ahí. Pero C. no se amedrentó y, como al día siguiente pasaba por casa, me lo dejó. No tengo más remedio que leerlo, pensé, pero después empecé y en la primera página me enteré de que el personaje principal de la novela era un hermafrodita, y me dio un poco de fiaca. ¿En serio tengo que leerlo?, le pregunté a C., quien me contestó: dale cincuenta páginas. Tenía razón.
Middlesex, de Jeffrey Eugenides, es una big fat novel al estilo de Franzen o Chabon. Más de quinientas páginas (con letra chiquita) que cuentan la historia de tres generaciones de una familia que empieza en Grecia y termina en Detroit. Es una novela sobre el género (qué es ser mujer, qué es ser varón, qué es ser una mezcla como la del personaje principal, Callie/Cal) y sobre el pasaje a la adultez: “mi familia descubrió que, contrario a la opinión popular, el género no era tan importante. Mi cambio de chica a chico fue mucho menos dramático que la distancia que recorre cualquiera de la infancia a la adultez.” (p. 520) Es una historia sobre el destino y sobre lo que se hereda, genética y culturalmente: “lo que los humanos olvidan, las células recuerdan. El cuerpo, ese elefante…” (p. 99); pero también “No hay evidencia más persuasiva en contra del determinismo genético que los hijos de los ricos.” (p. 297)
Todo esto está contado con una increíble seguridad. Eugenides hace lo que quiere y te lo dice. Sabés desde el principio que ciertas cosas van a pasar (que Callie va a terminar siendo Cal, que su hermano va a quebrar el negocio familiar, que al final la abuela va a decir “vieron que yo tenía razón”) pero lo sabés de una manera que le pedís como lector que por favor te lo cuente. Está contado genial en una primera persona que a veces se torna tercera pero no cambiando de narrador; son los momentos en los que Cal te invita a mirar su vida con él, juntos lector y narrador. Está contado genial incluso cuando se vuelve inverosímil con ciertas coincidencias (el raid al club y la muerte de Milton, el descubrimiento de Callie/Cal de un documento que no debería haber visto, etc.) y tanto que a veces se acerca al realismo mágico, como la escena de Milton volando sobre el río Detroit en un Cadillac, porque el libro también es una elegía a esa ciudad tan vilipendiada. Es un narrador que se toma libertades y te lo dice, como cuando retoma a un personaje que parecía muerto durante 200 páginas y te dice “viste que lo dejé de lado” y no te molesta porque hay una honestidad en cómo te lo dice.
Y está contado, finalmente, con belleza, como en esta metáfora así: Callie se acerca al objeto de su deseo “Y entonces mi cuerpo comenzó a sonar como una catedral. En el campanario el jorobado había saltado hacia la soga y se estaba balanceando como loco.” (p. 387) O cuando describe así la diferencia en la forma de sentir de varones y mujeres: “En mi experiencia, las emociones no están cubiertas por palabras singulares. No creo en ‘tristeza’, ‘alegría’ o ‘arrepentimiento’. Quizás la mejor prueba de que el lenguaje es patriarcal es que sobresimplifica el sentimiento. Me gustaría tener a mi disposición emociones híbridas complicadas, construcciones germánicas de un vagón tras otro, como, ‘la felicidad que acompaña al desastre’. O: ‘la decepción de acostarse con nuestra fantasía’.” (p. 217)
Finalmente, la novela habla de la literatura sin ser únicamente sobre la literatura y sin molestarme. Sin decirlo enteramente, nos damos cuenta de que Cal cuenta su historia por un fin particular, para explicarle algo a alguien; pero también porque, como dice un personaje, “Así es como vive la gente, Milt (...) contando historias.” (p. 179) Vivir es historiar: “vivir lleva a una persona no hacia el futuro sino hacia el pasado, a la infancia y a antes del nacimiento, finalmente, a comulgar con los muertos. Te ponés más viejo, resoplás en las escaleras, entrás al cuerpo de tu padre. De ahí es apenas un saltito hasta tus abuelos, y ahí antes de que te des cuenta estás viajando en el tiempo. En esta vida vamos para atrás.” (p. 425)
Devolveremos el libro a C. con la alegría de haberle hecho caso y de haber encontrado uno más de los que nos gustan.


Originales de las citas usadas
“my family found out that, contrary to popular opinion, gender was not all that important. My change from girl to boy was far less dramatic than the distance anybody travels from infancy to adulthood.” (p. 520)
“But what humans forget, cells remember. The body, that elephant...” (p. 99)
“There is no evidence against genetic determinism more persuasive than the children of the rich.” (p. 297)
"And then my body, like a cathedral, broke out into ringing. The hunchback in the belfry had jumped and was swinging madly on the rope.” (p. 387)
“Emotions, in my experience, aren’t covered by single words. I don’t believe in ‘sadness’, ‘joy’, or ‘regret’. Maybe the best proof that the language is patriarchal is that it oversimplifies feeling. I’d like to have at my disposal complicated hybrid emotions, Germanic train-car constructions like, say, ‘the happiness that attends disaster’. Or: ‘the disappointment of sleeping with one’s fantasy’.” (p. 217)
 “That’s how people live, Milt” – Michael Antoniou again, still kindly, gently – “by telling stories.” (p. 179)
“living sends a person not into the future but into the past, to childhood and before birth, finally, to commune with the dead. You get older, you puff on the stairs, you enter the body of your father. From there it’s only a quick jump to your grandparents, and then before you know it you’re time-travelling. In this life we go backwards.” (p. 425)

martes, 7 de marzo de 2017

Duelos


Me gustó mucho mucho Agosto, de Romina Paula, una novela a la vez muy interna y muy generacional sobre una chica, Emilia, en el tránsito de una serie de duelos. Desde el comienzo sabemos que murió alguien muy cercano a ella, que al principio parece una pareja pero que luego descubrimos que es una amiga, Andrea; luego vemos otras pérdidas, la madre, el novio, la infancia, ese lugar de origen en la Patagonia a la que ahora cuesta volver porque hacerlo “tiene la lógica del vértigo” (p. 97).
Armada en una segunda persona, como una carta a o una charla con esa amiga muerta, Agosto tiene siempre un tono personal, de la subjetividad de esta chica de veinticortos que me resultó totalmente creíble (salvo una crítica que no quiero hacerle porque realmente esta novela me gustó mucho mucho.) Emilia nos da (casi) todos los ladrillos necesarios para que los lectores construyamos su biografía afectiva, pero mostrando, sin explicar; la madre, el padre, el ex novio, el novio actual, la amiga, más allá de que calla cosas, que hay indicios de cosas que no se cuentan pero que intuimos, está todo ahí para mostrarnos a una chica que sufre, que busca, que no sabe del todo si hizo bien o no ni qué hacer y que pide casi a gritos “Que por favor alguien me diga lo que tengo que hacer.” (p. 84)
Junto o al costado o en el medio de ese tono personalísimo, que hasta nos cuenta lo que siente físicamente frente a una excitación sexual o nos da su opinión sobre distintos tipos de toallitas femeninas, la voz de Emilia es también la voz de una generación, de mi generación. Los consumos culturales, desde Six Feet Under a Generación X, o de Counting Crows y The Police hasta Bob Marley, sirven para contar la historia y para darle un lugar en el mundo a Emilia, quien describe a una remera como “medio ratablancosa” (p. 66) y logra que yo entienda perfectamente de qué me está hablando.
El personaje es muy creíble porque mantiene casi siempre una voz que suena totalmente oral, cero impostada, como si realmente le estuviera contando a la amiga qué es lo que le pasó en ese viaje a su pueblo. El libro está realmente bien escrito, como cuando nos cuenta un sueño sin tener que decir nunca que es un sueño; o cuando cuenta un asado con la familia de Andrea, relatando una conversación de una manera sencilla y totalmente oral.
En esta búsqueda en la que estoy de escritoras argentinas contemporáneas, encontré acá una que quiero seguir leyendo.

martes, 28 de febrero de 2017

Profesional


Leí Nocturnes, de Kazuo Ishiguro, y me entretuvo. Qué cosa fea para decir de un libro, ¿no? Me entretuvo… parece casi peor que decir lo odié. Pero la verdad es que no lo odié.
El planteo es interesante: son cinco cuentos unidos por la música, porque los personajes principales son músicos, y por la noche o el ocaso. Y el tono es siempre amigable, como un paseo por el parque. Cada tanto tiene alguna observación que te saca una sonrisa. Como el tipo que se fue quedando y “Antes de que te des cuenta, tenés 47 años, y la gente con la que empezaste fue reemplazada hace tiempo por una generación que chusmea de cosas distintas, toma otras drogas y escucha otra música.” (p. 40) O el chico que no fue a la universidad y que, al volver a su pueblo, que dice: “alguien que conocía de la escuela se me acercaba y se me ponía a hablar en su nueva voz ‘universitaria’, quizás haciendo una disección de la última película de Batman con un lenguaje súper inteligente.” (p. 94)
No lo odié, entonces, me llevó y terminé los cinco cuentos. Pero no terminé de ver del todo a ninguno de los personajes. Las voces me parecieron lejanas. Al libro, a mi gusto, le faltó algo de carácter. En dos momentos del libro se usa la palabra “profesional” de forma despectiva. En “Nocturne”, Lindy le dice a Steve que tocó una canción de manera profesional y Steve la quiere matar: profesional significa sin alma. Y en “Chelistas”, Eloise le dice a Tibor que no tiene que escuchar tanto a maestros demasiado profesionales. Algo de eso me pasó con Nocturnes: está bien, es profesional, me entretuvo, más o menos como los músicos de bares y restaurantes retratados en los cuentos, pero no mucho más.


Originales de las citas
“Then before you know it, you’re forty-seven years old, and the people you started out with have long ago been replaced by a generation who gossip about different things, take different drugs and listen to different music.” (p. 40)

“someone I’d known at school would come in and start talking to me in their new ‘university’ voice, maybe dissecting the latest Batman film in clever-clever language.” (p. 94)

martes, 21 de febrero de 2017

Lo que no leo



Leí El Romance de la Negra Rubia, de Gabriela Cabezón Cámara, y aunque es un libro que normalmente no hubiera leído, hay mucho que me gustó ahí.
Tras un fin de semana de droga y alcohol en un predio ocupado, la Negra, una poeta, reacciona frente al desalojo policial prendiéndose fuego. A partir de eso (“el sacrificio fundante” – p. 32) se convierte en la santa y líder de un movimiento de ocupación de tierras / vivienda / artístico que llega a su cénit cuando la propia Negra es expuesta en la Bienal de Venecia como parte de una instalación sobre estas luchas populares.
Hay en la Negra Rubia una reflexión sobre la santidad y el martirio. En unas “Notas sobre el sacrificio”, dice que “no importa el deseo: hemos de considerar santos a todos los que muriendo nos reportaron ganancias.” (p. 74) Los mártires son útiles para los movimientos sobre todo en esta era de la información: “las cámaras, carroñeras y caranchas” (p. 19) van directo hacia ellos y ahí se genera poder. El mundo militante es defendido pero no sin cierta ironía: “Levantaba una villa y ubicaba a la gente en casas buenas y enseguida me brotaban como gremlins en el agua unas diez más.” (p. 63)
Después de leer a Hornby protestar contra la literatura sobre la literatura, me molestó un poco la vuelta literaria del libro. En el epílogo, la Negra dice: “desde acá mismo, me relato mi vida porque creo que es un libro. Porque siempre quise escribir uno y ha de ser que soy una de esas personas que no pueden separar arte de vida y la vida me quedó así, medio barroca”. (p. 68) Y antes: “cualquier perspectiva es un lugar conseguido, yo no creo que haya un lugar totalmente regalado: se llega a la perspectiva, lo que organiza el relato, y si se puede contar es que algo de bueno habrá ahí donde estás parado y si se quiere contar es que algo se está buscando.” (p. 29) Como lector, me pregunto si necesito eso para que me hable este personaje, si al final de cuentas no le quita fuerza a su testimonio.
Decía que es un libro que normalmente no leería. Cuando leí la primera oración me molestó, me pareció innecesariamente compleja y literaria, y si la hubiera leído en la librería quizás no lo compraba. Pero al mismo tiempo, es justamente en el manejo del lenguaje, en la poesía y a veces en la exageración donde encontré el placer de leer este libro. Hay algo en los ritmos, en el arrebato pero al mismo tiempo el cuidado, que crea sonidos únicos: “Mi Elena, la dorada la firme la poderosa, la diosa recia de uñas cortas, mi yegua mi belleza, mi agua mi carne mi ternura, mi Elena mi amor mi vida mi aliento, mi mujer mi marido mi toro mi doncella, mi hermana mi amante estaba enferma.” (p. 54)

A veces es bueno leer cosas que normalmente no leeríamos.

martes, 14 de febrero de 2017

El placer de leer


Me gustan los libros y hablar de libros y, como habrán notado, escribir de libros, así que no es sorprendente que alguien me regalara The Complete Polisyllabic Spree. The ... Spree es una colección de columnas sobre lecturas de uno de mis escritores favoritos: Nick Hornby. (Libros de Hornby comentados en el blog: How To BeGood, Juliet, Naked, A Long Way Down, Fever Pitch, Slam).
La columna se llamaba “Stuff I’ve been reading” (“Cosas que estuve leyendo”), se publicaba en una revista que parece haber desaparecido (The Believer) y trataba, entre otras cosas, de las curiosas maneras a través de las cuales nos llegan los libros. Cada columna empezaba por una enumeración de libros comprados y libros leídos, y a veces la conexión entre esas dos columnas era azarosa: porque le regalaban libros, porque una lectura llevaba a otra, porque a veces compramos libros que nunca vamos a leer. Incluso los más obsesivos, que nos trazamos algún tipo de plan de lectura, nos encontramos a veces con desvíos. Por ejemplo, Hornby cuenta que ponía a los libros que nunca iba a leer en un estante determinado; pero de pronto un hijo sacó un libro y se puso a jugar con él en el piso y ahí Hornby lo vio y se puso a leerlo en el acto. “Ser lector es un poco como ser presidente, salvo que supone generalmente menos cenas de Estado. Tenés esta agenda que querés llevar adelante, pero te distraen eventos de la vida, e. g., libros que llegan por correo / la Tercera Guerra Mundial, y sos temporalmente desviado del camino elegido.” (p. 61)
Sobre todo, el libro se trata del placer de leer por el mismo placer de leer. Más allá de cómo llegues a un libro, lo importante es que te haga bien. No hay que leer libros porque pensemos que tenemos que leerlos o porque otros piensen que tenemos que leerlos; tampoco tienen que ser difíciles ni leerse para un supuesto crecimiento personal: “Si la lectura de libros puede sobrevivir como actividad de recreación (...) entonces tenemos que promover las alegrías de la lectura antes que sus (dudosos) beneficios.” (p. 5)
Un corolario de esa postura (o justamente al revés) es una mirada crítica de la distinción entre lo elevado y lo popular, una postura anti-elitista. “Quizás una novela literaria es una novela que en verdad no funciona, y una película artística simplemente una película que la gente no quiere ver.” (p. 60) Hablando de la poesía, dice: “Si algo no te da al menos la posibilidad de ser comprendido en las primeras dos lecturas, entonces mi lema es ‘Al carajo.’” (p. 89) Ligado con esto, Hornby critica que en los temas elegidos haya tanto de literatura, que entre los personajes haya tantos escritores y tan pocos plomeros, oficinistas o empleados de comercio: “¡Pónganse de acuerdo, muchachos! ¡No pueden estar todos escribiendo literatura sobre la literatura!” (p. 161)
Como en todo lo demás que escribe, Hornby es gracioso y sensato y sensible, así que el libro se lee divinamente y el paseo por la mente de un lector es un placer. Y como si fuera poco, me llevé seis libros a mi lista de “libros que me gustaría leer.”


Originales de las citas usadas
“Being a reader is sort of like being president, except reading involves fewer state dinners, usually. You have this agenda you want to get through, but you get distracted by life events, e.g., books arriving in the mail / World War III, and you are temporarily deflected from your chosen path." (p. 61)
“If reading books is to survive as a leisure activity (...) then we have to promote the joys of reading, rather than the (dubious) benefits.” (p. 5)
“Maybe a literary novel is just a novel that doesn’t really work, and an art film merely a film that people don’t want to see…” (p. 60)
“If something doesn’t give you even a shot at comprehension in the first couple of readings, then my motto is ‘Fuck it’”. (p. 89)

“Sort it out, guys! You can’t all write literature about literature!” (p. 161)