lunes, 21 de abril de 2014

Tiempo, cuerpo y ausencia


¡Fah: el título que pegué! La verdad es que es difícil hablar de "The body artist"de Don DeLillo y no terminar hablando en palabras grandes o metáforas rotas, oraciones que parecen tener mucho sentido o ninguno. "The Body Artist" es una novella rara, críptica, sobre una mujer en duelo, una mujer que trabaja con su cuerpo y que ante la ausencia de su marido lidia con el tiempo.
Lauren y Rey viven en una casa en la playa, alejados de todo. Desayunan y Lauren lo huele. "Era agradable para ella, el olor a tabaco. Era parte de su conocimiento del cuerpo de Rey. Era el aura del hombre, un residuo de humo y de un hábito sin quiebres, una dimensión en la noche, y ella lo lamía de los pelos grises y enrulados de su pecho y lo degustaba en su boca. Era lo que él era en la oscuridad, cigarrillos y un sueño murmurado y cien cosas más de las que pueden nombrarse y de las que no." (p. 21/22)
Rey muere y Lauren queda sola. Una mujer sola en una casa alejada. "El plan era organizar el tiempo hasta que pudiera volver a vivir." (p. 39) Rey pasa a ser recuerdo y pasa a ser nada y todo. "Ahora él era el humo, Rey, la cosa en el aire, que a la deriva vaporosamente tarde o temprano llegaba hasta cada espacio, sin forma, pero con una cara que era de alguna manera parte de la presencia, específica al hombre que merodeaba." (p. 35) Quizás para ayudarse a organizar el tiempo, ante esa ausencia, aparece en la casa un hombre que usa palabras sin hablar; que a veces habla como Lauren, que a veces habla como Rey, que parece el registro grabado de ellos, que parece real y que parece ficticio.
El otro día discutimos sobre la poesía con el grupo de los jueves. Siempre discutimos sobre la poesía. ¿Qué es y qué no es la poesía? ¿La rima, la métrica, la imagen? Hugo, el poeta, decía: en la prosa se dice todo, la poesía es lo que no se dice. DeLillo hace poesía de lo corporal: "estás acostada al lado de tu esposo después de haber hecho el amor y olés el calor de sus sueños impiadosos y te preguntás quién es, sopesás con ternura la verdad que nunca vas a conocer, porque ese es el secreto que protege el sueño en sus profundidades neurales, en sus etapas, sus capas y sus pliegues." (p. 56) DeLillo hace poesía de lo cotidiano: "Lauren llamó a Mariella y respondió el contestador. Una voz sintetizada dijo, Por / fa/vor / de/je / su / men/sa/je / des/pués / del / to/no." (p. 69)
Y al final de esto, una novella o un poema de 120 páginas, sin saber del todo qué pasó y qué va a pasar, anotás después de un párrafo largo "a woman alone is time" / "una mujer sola es el tiempo" y vas a hablar de lo que te pasó al leerlo y decís eso, tiempo cuerpo ausencia, y lo ponés en el título aunque te parece un poco pretencioso.

Originales de las citas usadas
"It was agreeable to her, the smell of tobacco. It was part of her knowledge of his body. It was the aura of the man, a residue of smoke and unbroken habit, a dimension in the night, and she lapped it off the curled gray hairs on his chest and tasted it in his mouth. It was who he was in the dark, cigarettes and mumbled sleep and a hundred other things nameable and not." (p. 21/22)
"Now he was the smoke, Rey was, the thing in the air, vaporous drifting into every space sooner or later, unshaped, but with a face that was somehow part of the presence, specific to the prowling man." (p. 35)
"The plan was to organize time until she could live again." (p. 39)
"you lie next to your husband after you've made love and breath the heat of his merciless dreams and wonder who he is, tenderly ponder the truth you'll never know, because this is the secret that sleep protects in its neural depths, in its stages, layers and folds." (p. 56)
"She called Mariella and got the machine. A synthesized voice said, Please / leave / a mess/age / af/ter / the / tone." (p. 69)
"It was the kind of the day in which you forget words and drop things and wonder what it is you came into the room to get because you are standing here for a reason and you have to tell yourself ii is just a question of sooner or later before you remember because you always remember once you are here." (p. 85)

lunes, 14 de abril de 2014

Fortuna y responsabilidad


Hace unos cuantos libros de Roth que me digo que ya está, que tengo que dejar de leerlo, al menos por un rato, pero siempre vuelvo. Estos días leí Némesis, que será, según dijo, su última novela. No sé si ya sabía eso o no antes de leerla o si eso ahora afecta mi juicio, pero mi sensación es que Némesis tiene todo lo bueno que puede tener un libro de un escritor formidable y de tanta experiencia, y todo lo malo también. Es un libro bien estructurado, bien investigado y que plantea una discusión de fondo, pero al mismo tiempo parece un ejercicio demasiado profesional, demasiado pensado.
Némesis vuelve al Newark judío de la niñez de Roth, y retrata la gran epidemia de polio en esa ciudad en medio de la Segunda Guerra Mundial, en 1944. El héroe de esta tragedia es Bucky Cantor, un profesor de educación física que no puede ir a la guerra por problemas de vista. Casi huérfano, Bucky había sido educado en el deber por su abuelo, un inmigrante almacenero durísimo, "para ser un luchador sin miedo, entrenado a pensar que debía ser un hombre de enorme responsabilidad, listo y preparado para defender lo correcto". (p. 173)
La epidemia encuentra a Bucky como coordinador de juegos de un parque, a cargo de un grupo de chicos en el centro geográfico de la epidemia. Bucky sabía qué tenía que hacer. "Cualquier demanda que se le hiciera, él tenía que cumplirla, y la demanda ahora era cuidar a sus chicos del parque, en peligro. Y tenía que cumplirla no sólo por los chicos sino por el respeto a la memoria del tenaz almacenero quien, con toda su dura intensidad y a pesar de todas sus limitaciones, había cumplido todas las demandas que había enfrentado." (p. 90)
Pero Roth pone a Cantor en un problema. Una mujer, su prometida, le ofrece una salida del centro de la epidemia, y Roth ejemplifica esa tentación no con una manzana sino con un durazno que Cantor come con el padre de su prometida mientras busca consuelo por la muerte de algunos niños del parque. En el entierro de uno de ellos, Cantor había comenzado a dudar de su Dios. "Todos acompañaron al rabino recitando la oración de los muertos, alabando a Dios todopoderoso, alabando extravagantemente, sin escatimar esfuerzos, al mismo Dios que había permitido que todo, incluyendo a los niños, fuera destruido por la muerte." (p. 74)
A partir de allí comienza el camino de la tragedia, y en el capítulo final, que ocurre décadas después, aparecen las dos interpretaciones posibles de lo ocurrido. Una es la del propio Bucky, quien a pesar de renegar de su Dios no se perdona su supuesta responsabilidad: "Tiene que convertir su tragedia en culpa. Tiene que encontrar necesidad para lo que ocurre." (p. 265) La otra versión es la del narrador, uno de los niños del parque: "A veces tenés suerte y a veces no. Cualquier biografía es fortuna y, comenzando por la concepción, la fortuna - la tiranía de la contingencia - es todo." (p. 243) Con frialdad, con profesionalidad, Roth cuenta una historia fuerte y con sentido, pero a la que quizás le falta un poco de espontaneidad, de corazón.

viernes, 11 de abril de 2014

Ir


En el auto de atrás mío, ella le acaricia la cara a él. Él hace que le molesta, pero acomoda el cachete para facilitarle la tarea. Los dos tienen anteojos de sol muy oscuros. El sol viene de la izquierda, del río, cuando las torres de Vicente López lo dejan pasar.
A la derecha hay un Alfa Romeo T-Spark de 1994 bordó. En el baúl, el emblema de la marca italiana cuelga, torcido. El papá, canoso, maneja en silencio. Al lado suyo, en el asiento del acompañante, su hijo mayor trata de dormir, todo torcido, con sus All Star rojas contra el parabrisas. Atrás, el hermano menor, el que quiere recibirse de ingeniero, chatea con una compañera a quien quiere cambiar de categoría.
En un Hyundai Athos 2003 gris, un narigón, solo y sin radio, tuitea descripciones con poca imaginación.
En la subida de Libertador a General Paz se escuchan bocinas. Quedo al lado de una camioneta oscura. Maneja una mujer que está más cerca de los 50 que de los 40. Está sola esa mujer. Desde atrás de los anteojos negros cae una lágrima. Está sola esa lágrima. Viene de dejar a sus hijos en el colegio. Duda de su esposo. Extraña a su mamá. Es esa lágrima sola. Se concentra en manejar.
En Lugones, hay dos hermanos en una Eco-Sport. Tienen las ventanas bajas y entra el viento fresco desde el río. Son iguales los hermanos, idénticos, salvo que uno es pelirrojo y el otro tiene pelo bien negro. Sangre y luto, son como una bandera de Newell's en movimiento. Hace años que sólo se hablan con miradas y que no faltan a una fiesta de San Patricio en la calle Reconquista. Hace años que amenazan con ir al carnaval de Gualeguaychú.
En Dorrego, una Journey blanca con vidrios polarizados deja ver menos de lo que creemos ver. Pasan cosas ahí, como pasan cosas siempre, nunca sabemos qué está pasando, en el auto familiar.
En el semáforo frente al hipódromo, el flaquito con buzo azul camina toda la fila de autos pero nadie le agarra una copia de El Argentino. Después va a volver a la punta de la cola y va a repetir la bajada, mostrando un diario con su mano derecha y llevando más copias de las que repartirá en todo el día con la izquierda. Doblo a la izquierda y debajo del puente, un pibito muerde una galleta. No hace falta que escuche para saber que no crujió. El sol de otoño pasa por encima del Rosedal y lo abraza. Hace mucho que no lo abrazan.
Hay una señora en un Fiat 500 rojo Ferrari. No hace falta ver más nada para saber que sus zapatos y su cartera combinan a la perfección. La señora hace una maniobra extraña pero no logra cambiarle el humor al barbudo del Toyota, un Toyota gris corporativo, de multinacional. La barba semicanosa baila, va de un lado a otro. No llego a escuchar a qué música baila el barbudo, que no se anima a confesar que ama el tráfico de la mañana y el tráfico de la tarde, de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Llegando a Bellas Artes, un Focus cambia de carril una y otra vez y sigue siempre cerca mío. Él mete los cambios con bronca. Tiene el pelo un poco más largo de lo que suele tenerlo la gente de su edad. Ella se mira las uñas y mira por la ventana y vuelve a sus uñas. Ayer no funcionó nada, nada, nada. Las noches pasan pero no pasan, se acumulan y se suman, y después vienen los días, el trayecto al centro, el auto, el Focus, dónde está el foco. En las uñas.
Dos hermanas en un taxi. Demasiado jóvenes para sus labios con botox. Demasiado viejas para sus flequillos rectos que acomodan con rápidos movimientos de sus manos. Sus anteojos son glam, son los David Bowie de los anteojos. Me acuerdo de mi amigo Axel y su banda, Los Glamorosos Farsantes. Las chicas también lo son. Van camino a la clínica por mamá. El taxista las mira por el espejo retrovisor pero ya no intenta sacar conversación.
Los autos se acumulan en todas las calles. Subo por el nacimiento de Alvear, dejo a la derecha a la Recoleta. Una pickup blanca, Ford, con barro. En la luneta trasera de la doble cabina hay una calcomanía de la chaquetilla de un haras. Adentro huele a fardo y bosta y cuero. Maneja un hombre de 50 con camisa a cuadros de mangas cortas. Agarra el volante con fuerza. Aunque huele a sus caballos no los ve y no los toca y falta mucho para Cañuelas.
El Honda Fit frena frente al semáforo y ella deja el volante y se deja caer sobre él con teatralidad. Sus rulos morochos ocupan todo el auto y él los acaricia con las dos manos y ella sube y mira el semáforo. Los dos bostezan. Ella lo toca en el brazo. Sus uñas son rojas. Ese bostezo compartido dice todo.
Frente al hotel Alvear hay un Fiat Uno blanco de los viejos estacionado a la izquierda. Tiene el baúl abierto y se ven miles de flores. Alguien se casa hoy. Un montón de gente se casa hoy y mañana se van de luna de miel y no van a tener que ir a trabajar por unas semanas y después van a tener que trabajar, cuánto van a tener que trabajar. ¿Dónde están los novios? Se están despertando separados, están abriendo los ojos, pensando en todo lo que tienen que hacer, en que quieren verse, quiero un café pero no estoy seguro de si quiero un café.

lunes, 7 de abril de 2014

El Dios de la infancia


Conocí a Marcos Crotto en una reunión de trabajo unas horas antes de que presentara su opera prima, Sacramenta (Editorial Paradiso). Me regaló una copia y la tuve en la mesa de luz un tiempo, compartiendo espacio con Roth y Sylvia Molloy y Cervantes y Poe y Hornby. Un día le di una oportunidad y terminé leyéndolo todo en un par de días. 
Sacramenta es un muy lindo libro de cuentos entrelazados (uno de los cuales ganó el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo). El entrelazamiento más obvio y el que le da el título al libro es que cada uno de los cuentos tiene un sacramento: bautismo, casamiento, ordenación. A través de ellos se repiten dos o tres temas. Uno es el encuentro entre lo urbano y lo rural. Otro es el cruce entre tradiciones familiares o condiciones sociales distintas; "Somos muy distintos, es la verdad. Mirá, para darte un ejemplo: en el bautismo le di un chori y el escribano le sacó el pan y le pidió a su mujer que le trajera un plato y unos cubiertos y lo comió con rodajas de tomate. No es fácil, Lagarto." (p. 46) Hay una desacralización de lo religioso, o una mirada casi ingenua, infantil, sobre la tradición católica, como cuando el futbolista confiesa, llorando, actos impuros y "el cura le dijo tranquilo hijo, es común a tu edad, rezá un Ave María y un Padrenuestro. ¿Sólo eso?, preguntó él. Bueno, mejor tres Ave Marías, dijo la voz, yo te absuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo." (p. 28)
En este camino, hay imágenes bonitas; en un casamiento en el campo "El paisano salió del pescante y abrió la puerta. Primero bajó Alfredo, serio en su smoking; le quedaba corto de mangas y se le veían las medias. Después Micaela, enrollándose la cola del vestido en una mano." (p. 18) O la descripción de un cruce del Río de la Plata: "La proa cortaba el agua marrón y la popa ensanchaba la estela de agua, que cicatrizaba bien atrás, despacio. Vi a Buenos Aires achicarse." (p. 53) También momentos más poéticos: "Algunos caminaban lentamente, tomados de la mano de su pareja, agarrándose el sueño el uno al otro" (p. 14) o "la vida de los dos era puro ahora, como la de los árboles". (p. 33)
Más allá de los sacramentos y de los temas, los cuentos se entrelazan de una manera más profunda. Los personajes y las familias vuelven una y otra vez hasta que al final casi logra formarse una novela de iniciación típica. En esa reunión, cuando me dio el libro, Marcos me dijo que a pesar del título el libro no era un libro católico y tiene razón. Es más bien un Bildungsroman donde un paso clave es el momento en que el narrador deja de lado a la religión mientras otro personaje fundamental toma el camino opuesto. La historia quizás se cierra cuando el narrador entra ya como un hombre a la capilla de su antigua escuela y no encuentra allí nada más que pasado: "Estaba solo junto al Dios de mi infancia." (p. 102)

martes, 25 de marzo de 2014

Problemas tenemos todos


En año nuevo, en Londres, cuatro personas suben a un edificio popular para el suicidio con la intención de saltar. Ahí se encuentran, empiezan a hablar y comienza la novela.
A long way down, de Nick Hornby, es un gran libro, construido con las cuatro voces, en un registro casi oral, de los cuatro personajes principales: Martin, una estrella de segunda de la tele caída en desgracia; Maureen, una señora que dedicó su vida a un hijo discapacitado; JJ, un joven músico americano no demasiado talentoso; y Jesse, una estudiante quemada por una tragedia familiar. A pesar de la situación que los une, la novela es menos sobre la angustia y el suicidio que sobre lo que nos liga a la vida a pesar de sus dificultades, y lo que nos liga son casi siempre vínculos con otros seres humanos. Como dice Jess, en un pasaje difícil de traducir porque tiene un juego de palabras, "La mayoría de la gente tiene una cuerda que los ata a alguien, y esa cuerda puede ser larga o puede ser corta. (Ser corta. Ser parte. ¿Entendés?)" (p. 184)
Cada uno llega a la situación a su propia manera. Como dice Martin al comienzo, "Una mala, tras otra mala, tras otra mala hasta que no te lo bancás más y te vas a un estacionamiento de muchos pisos en el autito familiar con un pedazo de tubo de caucho." (p. 9) O Jess: "Me sentía muy bajoneada, además. Tenía ese sentimiento terrible que te agarra cuando te das cuenta de que estás atrapada con quien sos, y que no hay nada que puedas hacer al respecto." (p. 208)
Como de costumbre, Hornby habla de cosas profundas sin que parezca, apelando al humor y generando imágenes diferentes. Como cuando Martin dice que si sus "palabras estuvieran un poco más cansadas dejarían de tener la energía para reptar hacia arriba por mi garganta y fuera de mi boca. Me las podía imaginar serpenteando para atrás hasta el lugar desde donde habían venido." O cuando JJ se pregunta: "¿Cómo pueden las personas, tipo, no putear? ¿Cómo es posible? El habla está llena de baches donde simplemente tenés que poner un 'carajo'. Te digo quienes son los tipos más admirables del mundo: los presentadores de televisión. Si yo fuera eso, estaría tipo, "Y los hijos de puta volaron el puto avión de lleno a las Torres Gemelas. ¿Cómo evitarlo, si sos un ser humano? Quizás no son admirables. Quizás son robots zombies." (p. 146) O cuando Jess se da cuenta de que una conversación está yendo hacia mal puerto: "Es como un carrito de supermercado con una rueda torcida, porque todo el tiempo estoy pensando, Debería ser fácil avanzar con esto, pero todo lo que digo simplemente me lleva en la dirección equivocada." (p. 293)
Lo cierto es que a pesar de las distintas historias, todos llegan a una situación límite. Porque la vida es dicífil y porque, como dice JJ, "Una cosa que me enseñaron los últimos dos años es que no hay nada que no puedas cagar si intentás con suficiente esfuerzo". Y la vida te lleva a tomar decisiones y eso es siempre difícil. Dice Maureen: "No sé ustedes, pero yo no siempre quiero poder elegir. Podés terminar pasando de un canal a otro, sin mirar ningún programa como corresponde. No sé cómo logran soportarlo las personas que tienen televisión por cable." (p. 173) Al final, ese encuentro fortuito arriba del edificio desde el que se suicidarían les dio un grupo de pertenencia, vínculos que los ligan al mundo, y una nueva perspectiva sobre la vida. Dice Maureen al final del libro, desde esa azotea: "A lo lejos podías ver las luces de esa gran rueda de la fortuna cerca del río, el London Eye. (...) '¿Se está moviendo esa cosa o no?', dijo Martin. 'No me puedo dar cuenta'. La miramos por un rato largo, tratando de descifrarlo. Martin tenía razón. No parecía que se estuviera moviendo, pero debería estar moviéndose, supongo." (p. 333)



Originales de las citas
"Most people have a rope that ties them to someone, and that rope can be short or it can be long. (Be long. Belong. Get it?)" (p. 184)
"Bad thing upon bad thing upon bad thing until you can't take it anymore, and then it's off to the nearest multistory car park in the family hatchback with a length of rubber tubing." (p. 9)
"I felt low, too. I had that terrible feeling you get when you realize that you're stuck with who you are, and there's nothing you can do about it." (p. 208)
"If my words became any wearier, they would no longer have the energy to crawl up my throat and out of my mouth. I could imagine them slithering back down to where they'd come from." (p. 136)
"How do people, like, not curse? How is it possible? There are all these gaps in speech where you just have to put a 'fuck'. I'll tell you who the most admirable people in the world are: newscasters. If that was me, I'd be like, 'And the motherfuckers flew the fucking plane right into the Twin Towers'. How could you not, if you're a human being? Maybe they're not admirable. Maybe they're robot zombies." (p. 146)
"So the whole conversation is going right off course. It's like a supermarket trolley with a wonky wheel, because all the time I'm thinking, This should be easy to push along, and everything I say just takes me in the wrong direction." (p. 293)
"One thing the last couple of years has taught me is that there's nothing you can't fuck up if you try hard enough." (p. 171)
"I don't know about you, but choice isn't always what I want. You can end up flicking between one channel and another, not watching either program properly. I don't know how people with the cable television cope." (p. 173)
"In the distance we could see the lights on that big Ferris wheel down by the river, the London Eye. (...) 'Is that thing actually going round?', said Martin. 'I can't tell'. We stared at it for a long time, trying to work it out. Martin was right. It didn't look as though it was moving, but it must have been, I suppose." (p. 333)