lunes, 31 de diciembre de 2018

Lecturas 2018


Durante 2018 leí 36 libros, 3 menos que en 2017 pero un poco por encima del promedio desde 2012 (año en que llevo registro de mis lecturas en este blog.)
Siguiendo con algo que empezó en 2017, volví a leer mucho no ficción: 33% este año (36% el año pasado.) Lo principal en no ficción fue historia americana: leí las memorias del general Ulysses S. Grant y 5 de los 12 volúmenes de la Oxford History of the United States. De los 12, no voy a leer los 2 primeros; de los 10 que pienso leer, leí 6 y estoy leyendo el séptimo. Me tuve que saltear 1896-1929 porque no está publicado y voy por 1950.
De ficción (donde incluyo poesía), 31% de los libros fueron escritos por mujeres. Esta proporción es un poco menor a la del año pasado (40%) pero bastante mayor a los primeros años del blog.
En el podio de este año: Alice MunroAndre Agassi y Joyce Carol Oates.
Las tres lecturas más leídas: Julian Barnes, Pablo Ottonello y Argentino contemporáneo. (Pero el post más leído fue Embajador, sobre la despedida de Manu Ginobili.)

La lista completa de lecturas
Ulysses Grant, Personal Memoirs: muy bueno y muy largo.
Jeffrey Eugenides, The Marriage Plot: me gustó mucho.
Richard White, The Republic for Which it Stands: sólido.
Carolina Aguirre, Elamor, el amor, el amor: no me volvió loco.
Julian Barnes, Talking it Over: Julian es siempre un sí.
Mary Oliver, A Handbook of Poetry: me encantó.
Julian Barnes, Love, Etc.: ¿no te dije que sí? 
Robert Middlekaupf, The Glorious Cause: amé. 
Robert Lowell, Notebook, 1967-68: qué se yo... viste cómo es la poesía.
Zadie Smith, The Autograph Man: me gustó bastante. 
Andre Agassi, Open: amé.
Autores varios, Antología Premio Mujica Láinez: desparejo, obviamente.
Pedro Mairal, Elgran surubí: amé.
Romina Paula, ¿Vosme querés a mí?: me gustó mucho pero quizás ya leí demasiado a Paula. 
Eduardo Galeano, Cerrado por fútbol: eh, no, un error no haberlo cambiado.
 Gordon S. Wood, Empire of Liberty: sólido.
Joyce Carol Oates, Black Water: amé.
John Williams, Stoner: está bien, sí, pero no cumplió con el hype.
Abel Lanzac y Christophe Blain, Quai D’Orsay. Crónicas diplomáticas: lindo.
Pablo Ottonello, Veteranos de la guerra del día: Pablito es crack.
Daniel Walker Howe, What Hath God Wrought: sólido. 
Ford Madox Ford, The Good Soldier: did not age that well.
Milena Busquets, Esto también pasará: otro de los que no cumplieron mis expectativas. 
Nicholson Baker, The Anthologist, no me volvió loco.
Argentino contemporáneo, Libro de poesía: no me gustó nada.
Mariana Travacio, Cenizas de Carnaval: no me volvió loco. 
Peggy Noonan, On Speaking Well: superó expectativas, tendría que haberlo leído antes. 
Richard Yates, Eleven Kinds of Loneliness: me gustó mucho.  
Nicholson Baker, Travelling Sprinkler: el extraño caso en el que la secuela gusta más que el primero. 
Zygmunt Miloszewski, La mitad de la verdad: demasiado ajeno, no pude con él. 
David M. Kennedy, Freedom from Fear: muy bueno. 
Norman Mailer, The Naked and the Dead: muy bueno (y muy duro). 
Tulio Halperín Donghi, La larga agonía de la Argentina peronista: es un gran libro... pero esa prosa, maestro...
Federico Stange, ElGauchito Hit: me encantó.
Fernando Aramburu, Patria: me gustó mucho.

lunes, 24 de diciembre de 2018

La desolación del silencio



Me salió un poco excesivo el título para un apunte de lectura de pocas palabras, pero eso me parece que es lo fundamental de Patria, la novela sobre ETA y el nacionalismo vasco de Fernando Aramburu. Y me parece que lo es porque al final es menos una novela sobre ETA y el nacionalismo vasco que una sobre el extremismo político; sobre lo que pasa a una comunidad cuando lo político se va de cauce, cuando lo político nos deshumaniza (contra aquello de que el hombre es un animal político). 
Patria es una novela sobre dos familias vascas que fueron muy cercanas y que se alejaron por política. Dos familias en un pueblo chico, donde se conocen todos, y divididas por la guerra civil. En una península (¿vieron cómo evité decir país?) que ya había tenido una tremenda guerra civil con cientos de miles de muertos, Aramburu parece decirnos en esta novela que hubo otra, de cantidades menores pero quizás de no menor intensidad. Quizás, justamente, de mayor intensidad por estar inscripta en una menor superficie. Y justamente la novela trata de cómo esa guerra civil se inscribe en la superficie emocional y en el entramado social de personas reales. Las dos familias eran muy cercanas: los padres amigos entre sí, las madres amigas entre sí, los niños que se me mezclaban. Pero en una de las familias aparece un terrorista y en la otra aparece una víctima y de un día para el otro dejan de tratarse como personas.
Un día, uno de los padres (el Txato), no le paga el impuesto revolucionario a ETA  y ETA lo identifica como enemigo. “De la noche a la mañana mucha gente del pueblo empezó a negarles el saludo. ¿El saludo? Eso es mucho pedir. Hasta la mirada les negaban. Amigos de toda la vida, vecinos, también algunos niños.” (l. 1059) El nacionalismo se había convertido en algo tan potente que cualquier acusación de ETA era incuestionada por amigos de toda la vida y ahí aparece el silencio y la mentira; y el nacionalismo sin estado casi como un totalitarismo: “en esta tierra nuestra la verdad murió hace mucho tiempo” (l. 3491); “En un país como este lo mejor es callar” (l. 3614); “¡País de mentirosos y cobardes!” (l. 4658); “el país de los callados.” (l. 6371) Ahí es cuando pienso que la historia va más allá de las familias y de Euskadi y se va hacia lo que puede generar la política cuando deja de incluir y pasa a reducirse a la lógica de amigos y enemigos.
Más allá de lo político, Patria es una novela. Y en muchos sentidos muy exitosa en meternos ahí, en ese contexto, en cómo se desarrollan durante décadas dos familias. La novela comienza el día que ETA le da fin a la lucha armada, y de allí va hacia atrás y hacia adelante, una y otra vez, contando qué pasó con esas familias y ese pueblo y todo Euskadi durante el período de lucha armada, y en los años posteriores, donde tanto las víctimas como los contendientes parecen estorbar a una sociedad que quiere dar vuelta la página. Aramburu lo hace con capítulos muy cortos en los que va cambiando el foco de un personaje a otro, usando terceras personas que de pronto mutan en primeras, y yendo hacia atrás y hacia adelante en el tiempo una y otra vez; incluso muchas veces los mismos hechos contados desde distintas perspectivas. Esto no torna confusa a la novela, lo cual es un logro, pero a veces sí un poco repetitiva. Por otra parte, Aramburu cuenta todo esto a veces con humor (“Y la ama, que tiene aproximadamente la misma sensibilidad y la misma empatía que el tubo de escape de una moto” - l. 1109), a veces emocionando y siempre con un español que suena hablado, como si todos estos vascos estuvieran frente a nosotros tratando de hacer de cada memoria individual la memoria colectiva de una sociedad que sufrió, buscando juntar todas esas voces para evitar la desolación del silencio, para ser de vuelta una comunidad, de distintos, juntos.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Un hombre de campo



Leí El Gauchito Hit, excelente colección de poemas de mi amigo Federico Stange, con ilustraciones de mi amigo Esteban Serrano y publicado por mis amigas de PAM! Y me gustó mucho más allá de todas esas cadenas de amistades y más de lo que mi corazón quería que me gustara antes de abrir la primera página.
El Gauchito Hit es un libro de poemas de un hombre de campo, y para hablar del libro es casi imposible no empezar por la temática. Me imagino que debe haber poesía ligada con lo rural de José Hernández para acá, pero mi impresión general es que lo rural está subrepresentado en la literatura argentina de los últimos treinta años si lo comparamos con la importancia económica del campo. Entonces, que exista esto, alguien que te cuente del campo del siglo XXI, ya me parece un logro.
Como bien intuyó el amigo Iván Ordóñez, el campo moderno necesitaba quién le escribiera. Por eso él escribió y publicó Campo. El sueño de una Argentina verde y competitiva. Pero el libro de Stange, en vez de explicártelo como un ensayo de no ficción, te lo cuenta desde la literatura. En el centro hay un hombre que lucha con la tierra, con la tecnología, con el clima, con el fisco; un hombre que tiene que organizar la producción, seguir la contabilidad, cuidar el aspecto financiero, seguir los mercados internacionales, lidiar con empleados complicados (como en el poema “Empleada veleta”, buen ejemplo de lo más cómico dentro de la colección).
No creo que pueda ahondar mucho sobre el estilo; no sé mucho de ni leo mucha poesía. Pero acá, de nuevo, hay que hablar sobre el tema; y destacar que me parece que hay algo muy novedoso, divertido, fresco, en escribir sobre negocios, sobre guita, en formato poesía. Estos son poemas en gran medida sobre una actividad económica, y eso me parece notable: la literatura, concentrada tanto en las ideas o los sentimientos, a veces se olvida de lo que hacen las personas para comer. Así, alguien tenía que escribirle, como hace Stange, una oda a la soja de segunda. Hay, por otro lado, un juego divertido con las rimas. En “Mate”, por ejemplo, se lee:

“Le doy mecha a la CPU
y tiembla como un sonajero
como un rastrojero helado
meta cebador al Windows
y al microchip desorientado.”

En una estrofa en la que - como en todo ese poema - se antepone la nueva tecnología a la vieja, poniéndose en cuestión la idea del campo como lo viejo, Stange usa una rima interna (creo) sonajero / rastrojero intercalada con la de helado / desorientado. 

Finalmente, y sobre todo, y más allá de las rimas y del estilo, y la temática del agro, son poemas, como decía, de un hombre de campo. Lo central es que de todo esto sale un hombre, que todo esto sale de un hombre: un hombre orgulloso de su capacidad como empresario (como se ve en “Capital humano”); un hombre que se junta a comer un asado con amigos (“La juntada”); un hombre que se casa y tiene hijos. En esa línea, la decisión de comenzar el libro con un poema en el que el narrador se encuentra casi de manera sorpresiva en los zapatos de padre (“Zapateo paterno”) y concluirlo imaginando a su enamorada entrando de blanco en la capilla en la que se casarán (“en primera regulando, sin frenos” - “Uruguayita”) me parece muy acertada. Con ese comienzo y ese final se redondea lo que me pareció un excelente libro, con ese plus que te da la poesía de poder leerlo y releerlo tantas veces como tengas ganas.

martes, 11 de diciembre de 2018

Contradicción


Releí, después de bastante tiempo, La larga agonía de la Argentina peronista, un ensayo sobre la dificultad de la Argentina por dejar atrás una forma de sociedad insostenible. El argumento central es que el peronismo creó una estructura social a la vez inviable y en apariencia indestructible. Una economía de sustitución de importaciones cerrada al mundo, alejada de la productividad necesaria para generar mejores condiciones de vida de manera sostenible, pero con una estructura social (“factores de poder”) y política (no limitada al peronismo) que prometía y defendía justamente eso.
Dice Halperín: mientras “la revolución peronista supo crear una fuerza política cuya supervivencia estaba asegurada por sus poderosas raíces en la sociedad que había plasmado, sólo tres años después de la irrupción del peronismo comenzaba ya a hacerse evidente la fragilidad de las raíces económicas de esa nueva sociedad.” (p. 28) Efectivamente, ya en el segundo plan quinquenal impulsado por Perón hay una respuesta a esa fragilidad. Pero el peronismo “había logrado en efecto crear una sociedad nueva, que había adquirido una vida propia y, aunque no tenía modo de perdurar, sencillamente se rehusaba a morir.” (p. 29) Esa sociedad es como uno de esos noviazgos nocivos en los que los enamorados no logran vivir juntos ni separados; y cuyas sucesivas crisis son cada vez más profundas y dolorosas.
Efectivamente, desde entonces, la vida social y política argentina está cruzada por esa contradicción y enfrenta momentos de extremo dolor en busca de una resolución de esa contradicción. El terror del último régimen militar deriva en parte de “los dilemas nunca resueltos que ese perfil de sociedad arrastraba desde su origen” (p. 69) pero tampoco logra cambiar esa estructura social. Y Alfonsín “entendió su mandato” casi exclusivamente como “un reajuste del encuadre institucional” (p. 118), como “la regeneración institucional” y no la transformación “de una sociedad a la que se rehusaba a ver como problemática”. (p. 119)
Si el último régimen militar es la cara política de la contradicción fundamental, la económica es la hiperinflación, la segunda gran crisis. “La hiperinflación constituyó así el momento resolutivo en la interminable agonía, que llegaba así a su términos para la sociedad forjada por la revolución peronista.” (p. 140) A ese momento “debe su fuerza el orden socioeconómico y político” del menemismo, desde donde Halperín escribía este ensayo. ¿Terminó realmente allí aquella agonía? Argentina tendría otra crisis dramática en 2001-2002 y todavía busca consolidar una transformación económica que permita el mejoramiento sostenible de las condiciones de vida.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Hombres con miedo



Mi anteúltima lectura fue Freedom from Fear, deDavid Kennedy, una historia de EE.UU. durante la Depresión y la Segunda Guerra Mundial. De ahí anoté dos libros clásicos para leer: The Grapes of Wrath, de John Steinbeck, que creo haber leído en el secundario; y The Naked and the Dead, de Norman Mailer, que nunca había leído hasta ahora. El primero relata la experiencia de la Depresión, el segundo la de la guerra: David Kennedy la define como “una de las más apasionantes de todas las novelas de la Segunda Guerra Mundial” (p. 813). No sé si eligiría “apasionante” o “atrapante” (“gripping”) pero ciertamente es notable.
Como se ve en el libro de Kennedy, Depresión y Guerra están conectadas por muchos lados. En la novela de Mailer también se lo ve. Mailer describe la experiencia de un pelotón durante una campaña en particular de la guerra del Pacífico; esos hombres que pelean en una selva espantosa son hombres forjados por esa experiencia atroz; hombres que sufrieron y que están preparados para sufrir y obedecer. Como dice Red de Hennessey: “Era tan chico. De los que hacen ahora, todos los chicos querían cumplir las reglas.” (p. 13) O como lo dice más cínicamente el general a cargo de la campaña: “Una nación pelea bien en proporción a la cantidad de hombres y material que tiene. Y la otra ecuación es que el soldado individual de ese ejército es un soldado más efectivo cuanto más pobre haya sido su nivel de vida en el pasado.” (p. 174)
Uno de los temas del libro es lo iguales y lo diferentes que son los hombres en guerra. El ejército une hombres de distintos ámbitos de la vida, religiones, capacidad, nivel educativo, fortaleza física, y hay una paradoja en lo iguales y lo disímiles que son al mismo tiempo. Desde el general al último soldado del pelotón, Mailer va describiendo qué mueve a cada uno. Hay cinismo arriba: “Si el castigo es proporcional a la ofensa en alguna medida el poder se diluye. La única manera en la que generás la actitud correcta de temor reverencial y obediencia es a través de un poder inmenso y desproporcionado” (p. 324). Y hay cinismo abajo, en la resistencia de un sargento a un teniente, en la resistencia de un soldado a su sargento. Cada uno vive lo suyo como único aunque sea universal, como en un flashback a dos amantes que “progresan en el canal más antiguo del mundo y el más engañoso, ya que están seguros de que es exclusivo de ellos” (p. 486).
Los une la fragilidad, la exposición, y los diferencia la manera de decirlo y procesarlo. Un soldado, Red, lo vive así: “Red se estaba dando cuenta, con sorpresa y shock, como si estuviera viendo un cadáver por primera vez, de que un hombre era en realidad una cosa muy frágil.” (p. 216) El teniente Hearn, un hombre inteligente, culto e introspectivo, lo dice así: “Su jeep doblaría en la curva, sería alcanzado por una docena de balas a la vez, y ese sería el final de su historia pequeña de idas a tientas sin foco y de insatisfacciones sin importancia. Y con él de manera igualmente fortuita podría perderse un hombre que puede llegar a ser un genio [el general], un bobo sobrecrecido como Dalleson y un joven chofer nervioso que probablemente fuera un fascista en potencia. Así. Doblando en una curva en el camino.” (p. 108)
Los une el sinsentido de la guerra, que es el sinsentido de la vida a la enésima potencia. Y el sufrimiento, como el de los que llevan a un herido durante días, en medio de la selva y a través de montañas. “Lo llevaban y lo llevaban y no se moría. Su estómago había sido abierto al medio, había sangrado y se había cagado, había nadado en las olas plomizas de la fiebre, había soportado todas las torturas de la litera tosca, el terreno desigual, y así y todo Wilson no había muerto. Así y todo lo llevaban. Había un significado ahí y Goldstein lo buscaba con pesadez, su mente palpitando como las piernas absurdas de un hombre que persigue un tren que ya ha perdido.” (p. 673) Eso de llevar me recordó a otro gran libro de soldados en guerra, The things theycarried, de Tim O’Brien, sobre Vietnam; y ahora que lo pienso, imagino que en el título de O’Brien hay una cita a Mailer.
El libro se hace, por momentos, largo y duro, difícil de leer. ¿Pero no será un poco la idea? ¿Transmitir al lector una fracción mínima de toda la incomodidad y dolor, de ese sufrimiento sin fin aparente? Es verdad que se puede transmitir también con muchas menos palabras, como, por ejemplo, con el clásico poema de Wilfred Owen. Pero hay algo en las páginas interminables que te llevan a querer dejar el libro, quiero irme de acá, te decís, como me dije la primera vez que leí 1984 y no pude pasar las escenas de tortura; quiero irme como todos los hombres de ese pelotón querían irse, salvo un loco. Y en parte eso se construye con el largo, y en parte con una sucesión de terceras primeras no del todo distinguibles de terceras puras, donde el lenguaje y el nivel de abstracción y los sentimientos varían de hombre en hombre y de página en página. Con una prosa generalmente directa y llana, pero con momentos poéticos, con metáforas originales, como la baranda de una escalera que se inclina “como el cadáver de un barco que se pudre en la arena” (p. 608) o: “Todos los cañones de la flota invasora dispararon con dos segundos de diferencia, y la noche se sacudió y tembló como un gran tronco hundiéndose en las olas.” (p. 19) Pero al final el libro se termina. La guerra de los soldados del pelotón no, salvo para quienes han muerto. “La patrulla concluyó, pero igual tenían tan poco para anticipar. Los meses y años por delante eran muy palpables para ellos. Seguían en la cinta sin fin; la miseria, el aburrimiento, el horror dislocado… Ocurrirían cosas y el tiempo pasaría, pero no había esperanza ni anticipación.” (p. 702)

Originales de las citas usadas
“He was such a kid. The way they turned them out now, all the kids wanted to obey the rules.” (p. 13)
“A nation fights well in proportion to the amount of men and materials it has. And the other equation is that the individual soldier in that army is a more effective soldier the poorer his standard of living has been in the past.” (p. 174)
“If punishment is at all proportionate to the offense, then power becomes watered. The only way you generate the proper attitude of awe and obedience is through immense and disproportionate power.” (p. 324)
“in the complicated, relished, introspective web of young lovers, or more exactly, young petters, they progress along the oldest channel in the world and the most deceptive, for they are certain it is unique to them”. (p. 486)
“Red was realizing with surprise and shock, as if he were looking at a corpse for the first time, that a man was really a very fragile thing.” (p. 216)
“Their jeep would round the bend, be hit by a dozen bullets at once, and that would be the end of his petty history of unfocused gropings and unimportant dissatisfactions. And with him quite as casually would be lost a man who might be a genius, and an overgrown oaf like Dalleson, and a young nervous driver who was probably a potential Fascist. Like that. Turning a curve in the road.” (p. 108)
“They were carrying him on and on, and he would not die. His stomach had been ripped apart, he had bled and shit, wallowed through the leaden swells of fever, endured all the tortures of the rough litter, the uneven ground, and still Wilson had not died. They still carried him. There was a meaning here and Goldstein lumbered after it, his mind pumping like the absurd legs of a man chasing a train he has missed.” (p. 673)
“the banister is broken and yaws over undependably like the carcass of a ship rotting on the sands.” (p. 608)
“All the guns of the invasion fleet went off within two seconds of each other, and the night rocked and shuddered like a great log foundering in the surf.” (p. 19)
“The patrol was over and yet they had so little to anticipate. The months and years ahead were very palpable to them. They were still on the treadmill; the misery, the ennui, the dislocated horror . . . Things would happen and time would pass, but there was no hope, no anticipation.” (p. 702)

lunes, 12 de noviembre de 2018

Nace un gigante



Después de saltearme el volumen de 1896-1929, el período que probablemente más me interesa, porque el libro todavía no se publicó, seguí con el proyecto de leer la Oxford History de EE.UU. completa con Freedom from Fear: The American People in Depression and War, 1929-1945, de David M. Kennedy. Es, sin duda, un esfuerzo monumental, por la magnitud de los cambios ocurridos y porque hacia el final del período EE.UU. pasa a tomar una escala global que no tenía al comienzo. A diferencia de muchos de los otros volúmenes, a este le faltó un poco más de historia “desde abajo”: es una historia escrita mucho más desde los líderes, quizás en parte por la naturaleza de los problemas y en otra parte porque sabemos más de esas historias que lo que sabemos de la gente de, por ejemplo, 1776. Digo, cualquiera de nosotros tiene más información de lo que vivió un soldado americano en la segunda guerra que en la guerra civil a través del cine, la literatura, etc.
El primer tema que quiero destacar es el de la centralidad de la primera guerra mundial como nudo explicativo de todo lo que vendría después. El ascenso de Hitler, Mussolini e incluso de Stalin y la búsqueda de revancha de Alemania y, así, el surgimiento de la segunda guerra, son consecuencia directa de la primera. (De hecho, el libro empieza contando en qué andaban al final de la primera guerra los personajes principales de la segunda: Hitler, Churchill, Stalin y Roosevelt.) También explica, en parte, la búsqueda de expansión de Japón y su deseo de una “Asia para los asiáticos” y, así, de la guerra del Pacífico, que fue “una guerra en paralelo, peleada en simultáneo con el conflicto en Europa pero casi nunca tocándolo de manera directa.” (p. 809) La primera guerra también está involucrada causalmente con el surgimiento de la Depresión a través del problema de las reparaciones alemanas y de las deudas de los aliados.
En segundo lugar, el libro me sirvió para terminar con dos mitos. El primero es el del New Deal. Lo que yo tenía en la cabeza era algo así: que había sido un programa más o menos consciente en línea con el por entonces novedoso keynesianismo y que su aplicación más o menos metódica sacó a Estados Unidos de la Depresión. Pues ni uno ni lo otro; ni fue tan consciente ni fue exitoso en terminar con la Depresión, cosa que ocurrió sólo con el advenimiento de la guerra en la medida en que los recursos económicos de EE.UU. se ponían en marcha para convertirse en el “arsenal de la democracia”.
La Depresión fue pavorosa: “En 1933 el producto bruto nacional había caído a la mitad de su nivel de 1929” (p. 163). Eso generó una miseria nunca antes ni después vista en EE.UU., capturada notablemente por Lorena Hickok en reportes al gobierno y a Eleanor Roosevelt. “La nación más rica de la historia, la altiva ciudadela de la eficiencia capitalista, que hacía sólo cuatro años era el modelo de una prosperidad aparentemente perpetua, la tierra del orgullo de los peregrinos, de sueños de inmigrantes y fronteras invitantes, EE.UU. yacía tensa e inmóvil, un páramo de devastación económica.” (p. 133) La respuesta, sin embargo, no fue monolítica; de hecho, en 1938, ya en la segunda presidencia de Roosevelt, todavía había un debate dentro del gobierno entre los “equilibradores del presupuesto contra los gastadores, los conciliadores con las empresas y generadores de confianza contra los reguladores y anti-monopolistas.” (p. 356)
El New Deal tenía tres objetivos más o menos alineados y en conflicto: “reforma social, realineamiento político y recuperación económica”. (p. 117) El New Deal fue casi nada exitoso en la recuperación económica; algo exitoso en el realineamiento político, en el sentido que potenció a los sindicatos y los asoció al partido Demócrata, pero sin lograr desplazar dentro del partido a los conservadores del Sur. Y, sobre todo, fue muy exitoso en la reforma social a través, fundamentalmente, de la Social Security Act de 1935, pero también por un conjunto de regulaciones que darían más seguridad y equidad al funcionamiento del capitalismo. “El patrón se puede resumir en una sola palabra: seguridad - seguridad para individuos vulnerables (...) para capitalistas y consumidores, para trabajadores y empleadores, para grandes empresas y granjas y propietarios y banqueros y constructores también.” (p. 365)
El segundo mito fue el de la segunda como “la guerra buena”. Sin duda, fue “buena” en el sentido de que del otro lado estaba Hitler. Y fue “buena” para EE.UU. en tanto, a su fin, quedaba como única gran potencia y con el campo abierto para una prosperidad de años para su gente. Mientras el resto de las poblaciones civiles de los países beligerantes sufrían, “La mayoría de los americanos nunca habían estado tan bien” (p. 646); al terminar la guerra EE.UU. tenía más o menos la mitad de la capacidad industrial del mundo, producía más del doble del petróleo que el resto del mundo combinado y mucho más (l. 14678); y a la salida de la guerra comenzaría un notable proceso de crecimiento. Todo eso es cierto, pero los americanos, dice Kennedy, también prefirieron pensar en “la guerra buena” y olvidarse un poco de lo otro. De lo que tardaron en oponerse a Hitler y de lo poco que colaboraron con los judíos; de cómo pusieron material a disposición de la guerra mientras Rusia ponía millones de muertos; de la bestialidad que supieron adoptar en la guerra del Pacífico, que pusieron a miles de ciudadanos americanos de origen japonés en campos de concentración y que pelearon segregando a los negros; de cómo “mancillaron los estándares morales de su nación con los bombardeos terroristas en los últimos meses de la guerra (...) [y con] la incineración de cientos de miles de japoneses ya derrotados, primero en ataques incendiarios y después con explosiones nucleares”. (l. 14660)
Finalmente, dos grandes consecuencias adicionales del período para EE.UU., relacionadas entre sí. Una es la ganancia de importancia del estado federal en la vida económica, política y social. Si al principio del período el gobierno federal era “un cuerpo distante, tenue y sin movimiento en el firmamento político” (p. 30), desde el New Deal “los americanos comenzaron a suponer que el gobierno federal no tenía sólo un papel, sino una responsabilidad importante, en asegurar la salud de la economía y el bienestar de los ciudadanos.” (p. 377) Ese hecho, traído por la Depresión y el New Deal, se agigantó con la necesaria centralización durante la guerra. Y se prolongó después en la medida que ocurrió el segundo gran cambio: el fin del tradicional aislamiento internacional de EE.UU. Para Kennedy, ese aislacionismo es una de las causas de la guerra: Alemania, Italia y Japón podrían haber sido detenidos antes y con menos sufrimiento con otra política exterior, pero eso era (¿prácticamente?) imposible dado el aislacionismo general de la sociedad americana y de su dirigencia, que hasta Pearl Harbour le ataba las manos al presidente para actuar. En 1918, el Congreso vetó el ingreso de EE.UU. a la Liga de las Naciones propuesta por Woodrow WIlson. En 1945, en cambio, EE.UU. no se retiraría del mundo, ni lo haría, por lo menos, hasta ahora.

Originales de las citas usadas 
“The Pacific War was a parallel war, fought simultaneously with the conflict in Europe but almost never touching it directly.” (p. 809)
“Gross national product had fallen by 1933 to half its 1929 level.” (p. 163)
“History's wealthiest nation, the haughty citadel of capitalist efficiency, only four years earlier a model of apparently everlasting prosperity, land of the pilgrims' pride, of immigrant dreams and beckoning frontiers, America lay tense and still, a wasteland of economic devastation. (p. 133)
“For nearly five more months the debate within the administration churned on, pitting budget-balancers against spenders, business conciliators and confidence-builders against regulators and trust-busters.” (p. 356)
“these three purposes—social reform, political realignment, and economic recovery—flowed and counterflowed through the entire history of the New Deal.” (p. 117)
“That pattern can be summarized in a single word: security—security for vulnerable individuals, to be sure, as Roosevelt famously urged in his campaign for the Social Security Act of 1935, but security for capitalists and consumers, for workers and employers, for corporations and farms and homeowners and bankers and builders as well.” (p. 365)
“Most Americans had never had it so good.” (p. 646)
“on how they had sullied their nation’s moral standards with terror bombing in the closing months of the war (…) the incineration of hundreds of thousands of already defeated Japanese, first by fire raids, the by nuclear blast”. (l. 14660)
“a general unconcern in American culture for the federal government, which remained a distant, dim, and motionless body in the political firmament.” (p. 30)
“ever after, Americans assumed that the federal government had not merely a role, but a major responsibility, in ensuring the health of the economy and the welfare of citizens. That simple but momentous shift in perception was the newest thing in all the New Deal, and the most consequential too.” (p. 377)

lunes, 29 de octubre de 2018

Una verdad



Me regalaron La mitad de la verdad, una novela policial polaca, escrita por un señor cuyo nombre no puedo escribir - Zygmunt Miloszewski pero con una especie de tilde cruzando la l de Miloszewski - y traducido por un señor que imagino español, Francisco Javier Villaverde González. No dudo de la capacidad del señor Villaverde González ni de la del señor Milszewski con l con tilde, pero no pude, no pude, no pude ni por un segundo imaginarme que eso que sonaba tan jodidamente español estuviera ocurriendo en Polonia; ni pude saber si las referencias geográficas polacas tenían algún significado ulterior; ni logré que me interesaran las referencias culturales polacas incluidas en las notas del traductor. 
Hay cosas intraducibles. O, más bien, todo es intraducible pero hay algunas a las que llegamos aunque sea a través de un puente estrecho y sabiendo que perdemos cosas en el camino; la traducción es cruzar un puente colgante de una montaña a otra con bolsos y mochilas y cajas de significados en nuestras espaldas, y algunos bártulos se caen de ese puente colgante hacia una quebrada sin fin pero a veces algo llega. Hace poco me cargaron porque dije en Twitter que no puedo ver series o películas en idiomas que me son totalmente ajenos: en español e inglés me manejo perfecto; en francés, italiano, portugués, entiendo algunas palabras y logro oler un poco las emociones por los sonidos; del alemán o el croata no me llega nada, nada. Mi aprendizaje de La mitad de la verdad, la verdad que saco de ahí habiendo leyendo dos capítulos, es que cuando me regalan estas cosas debo cambiarlas.

lunes, 22 de octubre de 2018

La música del amor




Hace unos meses me recomendaron que leyera The Anthologist, de Nicholson Baker, y la edición de Kindle que compré venía junto con su continuación, Travelling Sprinkler. Rareza: la continuación me gustó más que el original.
En el original, el narrador luchaba por terminar una antología de poesía después de que su novia lo había dejado: sufría por escribir la introducción, sufría por ella y pensaba sobre la poesía. En la segunda novela, el narrador comienza intentando escribir un nuevo libro de poesía y de a poco se va metiendo, en cambio, en el mundo de la música. Compra una guitarra, software para componer, micrófono, de pronto parece que está haciendo lo que le dice el hijo de la vecina: “¿Por qué no escribís un libro sobre el intento de escribir una canción de protesta?’, me dijo. ‘Me parece que medio que es lo que estoy haciendo’, le dije.” (l. 4083)
En el texto se asocia libremente, los temas van y vienen, y algunas cosas vuelven más que otras mientras nos cuenta sus rutinas: las canciones de protesta, la guerra y la CIA son algunos de ellos; un regador que se mueve propulsado por el agua que luego rocía vuelve una y otra vez y le da el nombre a la novela. Pero sobre todo vuelve a la música, que es a esta novela lo que la poesía a la primera: “Llamé a Gene [su agente] y le dije que mi libro de poemas, anteriormente titulado Misery Hat, se estaba convirtiendo en algo distinto. Ahora era un libro sobre la música.” (l. 4259) Así, Paul nos cuenta de sus intentos por componer, nos habla de cuestiones de la historia de la música (y especialmente sobre Debussy), de su pasado como fagotista, de la música de protesta y de la música para bailar.
Por momentos intenta escribir una canción de protesta pero “Lo que quería, como siempre, me parece, era escribir una canción de amor. Mi estribillo va: “Me pregunto, me pregunto un poquito, si el destino nos va a apurar, a un lugar bonito.” (l. 4991) Porque junto con el tema de la música está el de su relación con su ex novia y su intención de que ella vuelva, sobre el remordimiento de no haber tenido un hijo, que ella vuelva con él. En el medio, entre la música y el amor, hay un lenguaje muchas veces hermoso y una mirada poética sobre la vida - “Volví manejando a Portsmouth, por la ruta 95, con mis gomas dando vueltas y vueltas diciendo siempre las mismas cosas al camino una y otra vez. El camino nunca lo entiende, nunca aprende” (l. 2598) Y hay también, como es obvio a un poeta, una reflexión permanente sobre el lenguaje, el hablado y el escrito: “Hay mil maneras distintas de decir ‘hola’, pero hay una sola manera de decirlo en lenguaje impreso. Eso es lo que estamos perdiendo.” (l. 4608)


Originales de las citas usadas 
“He said, ‘Why don’t you write a book about trying to write a protest song?’ ‘I guess I sort of am,’ I said. (l. 4083)
“I called Gene and told him that my book of poems, formerly called Misery Hat, was turning out to be something different. It was now a book about music.” (l. 4259)
“What I wanted, as always, I guess, was to write a love song. My chorus goes, ‘I’m curious, just a bit curious, whether fate will hurry us, to a nice place.’” (l. 4991)
“I drove back to Portsmouth, up Route 95, with my tires going around and around saying the same things to the road over and over again. The road never gets it, never learns.” (l. 2598)
“There are a thousand different ways to say “hello,” but there’s only one way to say it in print. That’s what we’re losing.” (l. 4608)

lunes, 15 de octubre de 2018

Soledad



Leí Eleven Kinds of Loneliness, de Richard Yates, una colección de once cuentos, generalmente basados en Nueva York en los años siguientes a la segunda guerra mundial, época que algunos caracterizan como la Era de la Ansiedad. Y en esta colección se ve eso: prácticamente todos los personajes tienen algún tipo de soledad, algún tipo de ansiedad sobre su lugar en el mundo. Un recurso excelente para mostrar eso es que en muchos de los cuentos uno empieza pensando que el personaje principal, el solitario y triste, es uno, para después darse cuenta de que hay otro que lo es en la misma medida aunque de distinta manera: todos están de cierta forma perdidos.
En el primer cuento, por ejemplo, "Doctor Jack-o'-lantern", un chico de otra clase social - “Claramente, era de la parte de New York que tenías que atravesar en el tren antes de llegar a Grand Central” (l. 42) - llega a un colegio nuevo y parece solo y perdido pero después nos damos cuenta de que la maestra que lucha por integrarlo quizás está más perdida aún. En "The Best of Everything", Grace y Ralph están a días de casarse y parecen emocionalmente a millones de kilómetros el uno del otro. En dos cuentos ("No Pain Whatsoever" y "Out with the Old" vemos la soledad de tuberculosos internados y las de sus familias y en por lo menos dos vemos lo que puede hacer la experiencia militar: "Jody Rolled The Bones" y “The B.A.R. Man”. Sobre todo, qué les pasa a esos hombres cuando dejan de tener esa institución dándoles sentido: como dice uno de los compañeros de “The B.A.R. Man”, “Lo mejor de la Armada es que sos alguien, ¿entendés lo que digo?” (l. 1784)
En la tradición de Hemingway y F. Scott Fitzgerald, son cuentos que tratan de mostrar en vez de contar. Algunos me gustaron más, otros me aburrieron un poco, pero en general es una muy buena colección. Tienen el realismo de Carver y Cheever, aunque quizás un poco menos de sordidez, con algunos momentos poéticos pero sutiles, como los dos que siguen. 
En "No pain whatsoever", Myra va a visitar al marido, Harry, al pabellón de tuberculosos; va con una pareja de amigos y con su novio, Jack. La visita es amable pero distante, y después del hospital y de dejar al marido, Myra irá a tomar algo y quizás a bailar con quienes la llevaron, pero antes, entre la visita y la subida al auto, Myra llora. “De pronto la garganta de Myra se cerró y las luces de la calle nadaron en sus ojos. Después la mitad de su puño estaba en su boca y ella sollozaba miserablemente, haciendo pequeñas nubecitas de vapor que se iban flotando en la oscuridad.” (l. 1052) 
En “A Glutton for Punishment” (que es el cuento que más recomendaría leer de la colección), el personaje principal es Walter Henderson, un hombre acostumbrado y especializado en perder con dignidad. En el cuento veremos su soledad y la de su mujer (“La rotación ordenada de muchos humores cuidados era su vida, o más bien, en lo que se había convertido su vida.” - l. 1283), pero también logra con una imagen precisa mostrarnos el sufrimiento de Crowell, su jefe, cuando tiene que echarlo. Crowell se lo dice sentado en su silla y con sus manos sobre la tapa de vidrio de su escritorio. Después de decirle, “Crowell se echó para atrás y cuando levantó sus manos su humedad dejó en el vidrio dos impresiones grises perfectas, como las manos de un esqueleto.”

Originales de las citas
“Clearly, he was from the part of New York that you had to pass through on the train to Grand Central” (l. 42)
“The best part about the Navy is, you’re somebody, know what I mean?” (l. 1784)
“All at once Myra’s throat closed up and the streetlights swam in her eyes. Then half her fist was in her mouth and she was sobbing wretchedly, making little puffs of mist that floated away in the dark.” (l. 1052)
“The orderly rotation of many careful moods was her life, or rather, was what her life had become.” (l. 1283)
“Crowell leaned back, and when he raised his hands their moisture left two gray, perfect prints on the glass, like the hands of a skeleton.” (l. 1130)

miércoles, 10 de octubre de 2018

Hablar bien


Hace más de un año invité a un grupo de amigos a comer un asado a casa y uno de ellos, periodista americano, apareció con un libro de regalo en vez de la proverbial botella de vino. Era On Speaking Well, de Peggy Noonan, que fue speechwriter para Ronald Reagan, entre otros.
On Speaking Well es algo así como un manual del escritor de discurso, tanto para el que alguna vez tiene que dar un discurso como para el que escribe para otros. Era un gran regalo: después de todo, en ese momento yo me estaba dedicando a eso. A pesar de ello, tardé como dos años en ponerme a leerlo, supongo que porque tenía la sospecha de que muchos de los consejos estarían reñidos con los lineamientos de comunicación de mi trabajo de entonces.
No estaba tan equivocado. Creo que el libro tiene muy buenos consejos y a partir de él se puede construir algo así como un checklist del discurso. Primero hay que definir el objetivo del discurso: a quién le estamos hablando y qué queremos que se lleven, qué queremos que hagan con eso que les decimos. Segundo, tené lo más claro posible quiénes son esas personas que te están escuchando. Después definí con precisión el tema; idealmente, bajalo a un titular de diario. Escribí lo que vas a decir desde una premisa clave: lo más importante es el contenido (“Lo más movilizante de un discurso es siempre su lógica.” - p. 62); necesitás un argumento sólido, dicho de una manera simple y auténtica, tiene que sonar a vos mismo (o a quien lo vaya a pronunciar). Una vez que lo tenés escrito hay que leerlo en voz alta y “si te trabás, cambiá” (p. 35) y practicar porque eso le da fluidez. Y antes de salir a la cancha hay que tener en cuenta que todo discurso puede ser importante (porque para un político puede haber prensa, por ejemplo, y para un amateur un cliente) pero también que ningún discurso es de vida o muerte.
La gran duda es si el argumento es hoy tan importante. Noonan insiste en esto todo el tiempo: “si no hay substancia, el estilo muere” (p. 78), “no hay discurso grande si no hay una política grande de la cual hablar.” (p. 76) ¿Vale eso hoy con la centralidad de la imagen y la insistencia en transmitir emociones más que argumentos? Imagino que algunos dirán que sí y otros que no. Yo creo que depende a quién le estés hablando. Pero en todo caso, hablar, esa vieja tecnología, sigue teniendo alguna importancia: “la más antigua forma de comunicación: la capacidad de pararse en frente de otros y decirles lo que pensás”. (p. x) Y para muchos públicos, el contenido sigue siendo central.

Originales de las citas usadas
“The most moving thing in a speech is always the logic.” p. 62
“Where you falter, alter.” p. 35
“where there is no substance, the style will perish.” p. 78
“No speech is big without big policy to talk about.” p. 76
“the oldest form of communication: the ability to stand and say what you think in front of others.” p. x

jueves, 4 de octubre de 2018

Igualdad




dicen en Twitter
que el feminismo
es un movimiento social que busca
la equidad e igualdad de derechos
es de las mujeres
es para todo el mundo
es la lucha de las mujeres
es por y para las mujeres
es de todes
es un movimiento exclusivo por y para las mujeres
es sororidad, emancipación, lucha por la justicia
es una conspiración de los hombres
para dejar de abrirnos la puerta del coche
es poder elegir mi rumbo como mujer
es una farsa
es un invento
de Rockefeller
es la resistencia contra el Poder Político de la Derecha
es un movimiento totalitario y violento
carente de argumentos
es una lucha espontánea y parcial
contraria al comunismo
es militancia de izquierda
es transversal a todos los espacios
es también una lucha de clases
es burgués
es solo la degeneración por envejecimiento
de las capacidades psicomotrices del marxismo
es una bolsa de bosta
es un movimiento individual
es de las mejores cosas que me pasaron en la vida
es mucho más
que poner emojis verdes
es sexismo politizado
es una manera de abolir el machismo
es machista
es como el machismo pero al revés
es interseccional o no es nada
es lucha
es una lucha de siglos, incansable
es negarle los derechos a decidir a los demás
es cáncer
es metástasis
es una plaga peor que el homosexualismo
es una enfermedad mental
es absolutamente necesario
es meritocracia
es una moda de pervertidos que hay que combatir
es una filosofía de venganza
es un credo de insuficiencia
es una teoría crítica del poder
es anti macri o no es nada
es para tontos
es una caricatura
de sí mismo
es la religión más cara del estado
es el movimiento antifascista
es justicia
es una lucha y no una excusa
es insufrible
es puro odio a la mujer
es solidario y no deja de lado
a minas como vos

lunes, 1 de octubre de 2018

Locos



Tengo una librera que adoro pero que conmigo no acierta en sus recomendaciones. No sé por qué. No es que me recomiende cosas que no están bien, son cosas que por alguna razón no van conmigo y no estoy seguro si puedo decir por qué no funcionan conmigo. Me pasó con Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, y me pasó ahora con otra Mariana, Travacio, y sus Cenizas de Carnaval.
Son diez cuentos en los que sobresale la temática de la locura. En “Certeza de lo inmóvil”, que tiene algo de Poe, el personaje principal tiene tal nivel de obsesión que no acepta que las cosas se muevan un centímetro de su lugar; la abuela de “Los Osorio” no soporta la felicidad de su familia y emite una carcajada satánica antes de morir; en “Cantero”, un narrador que había perdido a su mujer a la locura se encuentra con otra loca y termina haciendo una locura él mismo; la madre de “Matriz”, el cuento que más me gustó del libro, con una voz realmente distinta, está obsesionada con la suciedad; la narradora de “Parsimonia” dice que pensaremos que es loca porque soportó durante años a un loco; y los padres de “Entre gardenias” parecen haber logrado enloquecer a la pobre hija, Adelaida. El más ordinario de todos los personajes es, quizás, el narrador de “Es de noche y en la otra orilla”; un oficinista que se gana en un sorteo de un supermercado una excursión a Montevideo y que tiene un funcionamiento neurótico hermoso: está permanentemente entre extasiado (por ganar el premio, por lo que viene) y preocupado (porque no es tan bueno el premio, por si algo falla), etc. Es decir, en seis de los diez cuentos hay locura expresa, y en el menos loco de todos está esta locura más doméstica.
¿Es por eso que no me volvió loco, digamos así, el libro? Puede ser. Ni lo temático me agarró del todo ni encontré en la forma algo que me volara la cabeza, pero igual lo leí todo, llegué al final, seguí pensando que el próximo cuento... Como en otros libros que me recomendó mi amiga librera, están bien, está bien, pero hay algo que no me termina de cerrar y no puedo del todo darme cuenta de qué es.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Hice esto


Me escribió una amable señora o señorita de prensa de una editorial para ver si publicaba algo sobre un libro de poesía en mi blog. Obviamente, me emocioné: por un segundo me pareció que alguien lee lo que escribo. Además, a los días me pasó lo mismo con algo que escribí hace años: alguien me dijo que quería charlar conmigo sobre mi tesis de maestría.
Eso emociona un poco, uno se siente un poco menos inútil, porque aunque intuye que puede haber lectores del otro lado, no se hace muchas ilusiones. Entonces me escribió esta señora o señorita y primero me dio cierto orgullo, cierta idea positiva de mí mismo; después, un poco, me dio risa y tristeza; risa pensando en lo chico que es este mundito editorial argentino como para que alguien piense que lo que yo hago acá pueda mover algo el amperímetro. Tristeza por lo chico de ese mundito y porque, al final de cuentas, es un mundito al que no termino de acceder y me gustaría. Finalmente, lo que me produjo todo esto fue un poco de codicia, una codicia menor, obviamente, acorde a las limitadas dimensiones de este mundito: si escribo algo lindo sobre este libro, quizás la editorial se enamore de mí y quiera publicar lo que tengo escrito, una novela, una colección de cuentos, otra novela en la que estoy trabajando.
Así que empecé a leer al libro, tirado en una cama de un hotel tres estrellas en un viaje de trabajo. Y a la segunda página me di cuenta de que no había manera de que me gustara. Pero seguí adelante, pensando que algo copado le podría encontrar y entonces podría hacerme el lindo con la editorial y quién te dice mi novela éxito total en el verano but it only got worse: el libro, además de malo, está mal editado. El tema con la poesía es que vienen las interpretaciones y todas son en principio defendibles: entonces es discutible si, en este caso, la opacidad total del libro, todo críptico y cerrado, sin personajes, sin que sea demasiado posible saber si es un poema, cinco o cincuenta, si son todo parte de lo mismo o cosas separadas, si todo eso es algo copado y súper cool o si es pretencioso y chau. Para mí es lo segundo, no me convenció, no me dio ganas de seguir leyendo, pero bueno, ¿qué sé yo de todo esto…? Es discutible. Pero que la misma palabra (esquiva/o) aparezca en tres secciones del mismo poema a cinco páginas de distancia es un llamado de atención también. Ahora, que falten tildes te hace pensar que faltó un poco de lectura de parte de la editorial.
Entonces le respondí a la buena señora o señorita de prensa y le dije la verdad: que no me gustó el libro y que no quiero hacer una reseña negativa. Así que hice esto.