lunes, 19 de junio de 2017

Para salvarse hay que contarlo



Lloré y lloré, generalmente en el tren Retiro-Tigre, leyendo Nada es como era, de Mercedes Güiraldes. Es un libro directo y real, en primera persona, sobre la lucha de la autora con el cáncer durante un largo tiempo. La primera vez que me emocioné, a las pocas páginas de haber empezado, hice un dibujito como de un triángulo para abajo en el margen de la página. A partir de ahí hice el triangulito cada vez que quería llorar; sin hacer una estadística muy estricta, resulta que me emocioné cada cuatro o cinco páginas.
¿Por qué tanto? En parte porque el libro está bien contado, sin duda. Güiraldes no busca ni un tono épico ni poético sino directo. Te va contando paso a paso lo que la enfermedad le hacía a su cuerpo, a su espíritu, a su pareja, a su familia, a sus relaciones con sus amigos. Ayuda que incorpora muchas citas (la autora es editora y pone a nuestra disposición su riqueza de lecturas) e incluso mensajes que le escribieron sus amigos. Te lo va contando paso a paso y, entonces, cuando dice “Estaba cansada de sentirme mal todo el tiempo, harta de ver gente sufriendo, del miedo, de la humillación y las indignidades que la enfermedad inflige, del abismo sádico entre el deseo de curarse y la indiferencia de la biología” (p. 172) es una conclusión directa de una construcción lenta y sin vueltas.
También explica mi llanto persistente el hecho de que me identifiqué mucho con la historia. Esto se dio, en parte, porque mi cabeza me había jugado una trampita. Cuando compré el libro algo sabía, o intuía, o creía que sabía respecto del tema del libro y de la autora, pero no lo había pensado demasiado abiertamente. Sólo cuando empecé a leerlo me di cuenta de que conozco al marido y a la familia del marido de Güiraldes y eso hizo que me identificara más con la historia, sobre todo con el personaje (real y concreto) del marido.
Güiraldes explica por qué escribió el libro. Porque, como le había dicho un amigo, “hay dos cosas de las que estoy convencido desde entonces. Una es que para salvarse hay que contarlo. La otra es que nadie se salva solo.” (p. 98) La autora lo escribe para terminar de vivirlo y procesarlo y también porque, así como otras lecturas suyas la ayudaron a transitar este proceso, supone (a mi juicio correctamente) que leer esto puede ayudar a otros en el futuro. Es un libro duro pero que se lee bien, y al terminarlo siento que puedo llegar a entender y a acompañar mejor a quienes pasen directamente o a través de alguien querido por ese proceso de mierda que es un cáncer.

miércoles, 14 de junio de 2017

14 de junio

Hoy se cumple otro aniversario del fin de la guerra de Malvinas. En Facebook, mi amigo Sánchez subió este poema de Wilfred Owen que leí por primera vez en el colegio hace un millón de años. Sánchez y Owen comparten las condiciones de ex combatientes y de poetas. Amo ese poema, pero no me copó la traducción que subió Sánchez, así que le regalo esta otra (y abajo el original).


Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen (traducción de Fernando Santillan)

Doblados como viejos pordioseros bajo bolsas de arpillera,
chuecos, tosiendo como brujas, puteamos en el barro
hasta que vimos las bengalas embrujadas y nos dimos vuelta
y empezamos a arrastrarnos hacia nuestro descanso distante.
Algunos marchaban dormidos. Muchos sin sus botas igual
seguían rengueando, manchados de sangre. Todos débiles, ciegos;
borrachos de fatiga, sordos hasta para los silbidos
de las bombas de gas que caían suavemente detrás.

¡Gas! ¡GAS! ¡Rápido, muchachos! Éxtasis de brazos torpes
poniendo los cascos brutos justo a tiempo,
pero alguien todavía estaba gritando y trastabillando
y yéndose a pique como un hombre bajo fuego o cal.
Lo vi ahogándose como bajo un mar verdoso,
atenuado detrás del visor borroso y la pesada luz verde.

Se me viene encima en cada uno de mis sueños ante
mi mirada inútil, acanalándose, asfixiándose, ahogándose.

Si en algún sueño ardiente vos también pudieras caminar
detrás del carro al que lo tiramos,
y ver sus ojos blancos retorciéndose en su cara,
su cara ahorcada, como la de un diablo cansado del pecado;
si pudieras escuchar con cada sacudida a su sangre
haciendo gárgaras desde pulmones corrompidos por la espuma,
obsceno como el cáncer, amargo como un vómito 
de bilis, llagas incurables en lenguas inocentes,—
entonces, querido amigo, no dirías con ese placer elevado
a niños ardiendo por alguna gloria desesperada
esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.


Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen

Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs,
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots,
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of gas-shells dropping softly behind.

Gas! GAS! Quick, boys!—An ecstasy of fumbling
Fitting the clumsy helmets just in time,
But someone still was yelling out and stumbling
And flound’ring like a man in fire or lime.—
Dim through the misty panes and thick green light,
As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams, you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil’s sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,—
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.



lunes, 12 de junio de 2017

La aldea, el mundo, la gente



Leí Telegraph Avenue, de Michael Chabon, genio de quien leímos Kavalier and Clay y The Yiddish Policemen's Union. Es una novela compleja, larga, complicada y densa que al ser reseñada no puede hacerse con la tranquilidad de un “esta novela es sobre plin plin plin”. Miré dos reseñas antes de ponerme a escribir: Jennifer Egan (a quien leímos acá) dice que es sobre la paternidad y Attica Locke dice que es sobre la inevitabilidad del paso tiempo, aunque en casi toda su reseña habla del tema de la raza. 
Pero hay mucho más. Estos son algunos de los temas a los que Chabon vuelve una y otra vez y que fui anotando en los márgenes: la paternidad; la raza; la música (y especialmente el jazz y la música negra); las parteras y la maternidad; las relaciones de pareja y la distancia emocional entre hombres y mujeres; el entramado social y económico de un barrio; los barrios y sus personalidades colectivas bajo presión por el cambio del capitalismo homogeneizador; el vinilo como soporte musical; los comics; el cine de autor (y de Tarantino en especial); el coleccionismo; el kung fu; el perdón; la ciudad de Oakland; los vínculos entre varones y especialmente entre padres e hijos; la nostalgia. Por ejemplo:
Paternidad. “La paternidad imponía una obligación que era más que tu plata, tu cuerpo o tu tiempo, una presencia que ni es física ni medible por relojes: con final abierto, eterna e invisible, como el compromiso de la gravedad hacia las estrellas.” (p. 10)
Varones y mujeres. “Cada vez que ella le pedía a Archy que le trajera tampones le venía esta expresión a la cara, algo entre la intimidación, como si por un concepto avanzado de teoría cósmica, y pavor, como si el mero contacto con un tampón pudiera causarle que le creciera espontáneamente una vagina.” (p. 56)
Padres e hijos. “Recientemente y de manera inesperada, el cable de fibra óptica entre los continentes Padre e Hijo había sido cortado por la púa de alguna extraña ancla arrastrada.” (p. 90)
Vínculos masculinos: “tu tienda está llena de este tipo de conversación masculina cancherita, mentirosa, sin sentido y perdedora de tiempo desde hace por lo menos sesenta años y contando.” (p. 351)
Maternidad, parto y parteras. “Una mujer parturienta, sin embargo, mientras soporta su trabajo de parto, está en el centro de algo realmente radiante en cuatro dimensiones; todo nacimiento en todos lados, todos los vectores de la evolución y la migración humanas, tienen su origen y su fin en la separación de sus piernas.” (p. 432)
La novela tiene su centro, todos sus vectores tienen su principio y su fin en una tienda de discos viejos de vinilo que es, a su vez, el soporte para un cuadrado de vínculos que estructuran esta novela. Nat, hombre blanco, casado con Aviva, mujer blanca, socia de Gwen, mujer negra, casada con Archy, hombre negro, socio de Nat. Los varones son socios en la vinilería; las mujeres son parteras. Y a partir de esa tienda y ese cuadrado emocional se desarrollan los temas, se construye una catedral, se arregla un coro, se pinta un mundo.
Se lo pinta gloriosamente, aunque no sin momentos de exageración (crítica que le hace Egan y que hizo que me costara mucho el comienzo, hasta que decidí avanzar aunque me perdiera mucho, poquito o nada.) El libro por momentos es difícil de leer, de seguir. Pero de alguna manera lo logra, creo que, básicamente, porque Chabon es un genio, como cuando escribe una oración de 12 páginas en la que vemos al barrio y a casi todos los personajes de la novela en el vuelo de un loro. Chabon tira referencias culturales y metáforas, imágenes y sonidos y sensaciones sin parar. ¿Cuántas entran en estas dos oraciones? “Se peleó con el sillón, resistiendo su invitación a conformar su forma a la armadura de su dolor. El dolor en sí mismo era un tipo de silla, ancho e indulgente, que podría envolverte suavemente en sus alas y después devorarte, apropiarse de vos como de un manojo de monedas.” (p. 205) ¿La cancherea un poco Chabon? Puede ser, pero eso es parte de esa masculinidad cancherita que retrata, esos diálogos Tarantinescos, una suspensión de la verosimilitud que a mí no me molestó sino que me sumó por el lado del humor.
Telegraph Road es una exageración pero así se construye un mundo, un pequeño mundo como puede ser cualquier barrio, cualquier comunidad. Yo creo que al final del día Egan y Locke tienen un poco de razón, que es sobre todo sobre la nostalgia, el paso del tiempo y la paternidad, que siempre están un poco mezcladas. Pero aunque resulte una obviedad, es sobre ser humano en general, sobre ese bicho que sólo puede vivir junto a otros, en comunidades, en barrios, en familias, en amistades. Chabon pinta esa aldea y así pinta al mundo que habitamos: “Se trataba sobre todo del barrio, ese espacio donde el dolor compartido podría ahogarse en una pasión compartida mientras la charla se hacía cada vez más académica y salvaje.” (p. 465)


Citas usadas
“Fathering imposed an obligation that was more than your money, your body, or your time, a presence neither physical nor measurable by clocks: open-ended, eternal, and invisible, like the commitment of gravity to the stars.” (p. 10)
“Whenever she asked Archy to bring her a Tampax, he always got this look on his face, somewhere between intimidation, as by an advanced concept of cosmic theory, and dread, as if mere contact with a tampon might cause him spontaneously to grow a vagina.” (p. 56)
“Recently and unexpectedly, the fiber-optic cable between the continents of Father and Son had been severed by the barb of some mysterious dragging anchor.” (p. 90)
“your store been full of time-wasting, senseless, lying, boastful male conversation for going on sixty years, at least.” (p. 351)
“He fought the armchair, resisting its invitation to conform his frame to its armature of grief. Grief was itself a kind of chair, wide and forgiving, that might enfold you softly in its wings and then devour you, keep you like a pocketful of loose change.” (p. 205)

“It was all about the neighborhood, that space where common sorrow could be drowned in common passion as the talk grew ever more scholarly and wild.” (p. 465)

lunes, 29 de mayo de 2017

El sentido del trabajo



Bueno, es así: leí ¿Para qué trabajamos?, de Sergio Sinay. Me lo recomendaron y me prestaron un libro que no hubiera leído, y sobre el que tenía prejuicios. Muchos de esos prejuicios se confirmaron; pero así y todo leí cosas que me hicieron pensar. Acá va mi subrayado, sin opinión ni desarrollo.
“es urgente reflexionar sobre lo que el trabajo hace de nuestras vidas y de nuestras mentes, y sobre lo que hemos hecho del trabajo en su práctica cotidiana. A lo largo de las páginas que siguen se leerá una y otra vez que trabajar es una necesidad humana esencial. Que los humanos somos seres transformadores por naturaleza.” (p. 16)
“Quien encuentra un sentido en su trabajo halla una pista que lo orienta en el descubrimiento del sentido de su vida.” (p. 18)
“El mundo del trabajo es hoy, en una medida grande e inquietante, y aunque se lo disimule de mil maneras, un mundo de suicidas en potencia, de seres desvinculados, de autómatas despojados de su libertad última, de criaturas que, en su mayoría, navegan en el sinsentido, en el absurdo, en el vacío existencial, aunque, para disimularlo, se refugien detrás de bienes materiales, de supuestos logros económicos o profesionales, de excusas esforzadas.” (p. 30-31)
“El vaciamiento espiritual del trabajo, la creencia de que este tiene un solo y único fin (ganar dinero, producir réditos y beneficios económicos) y que cualquier otro propósito debe subordinarse a aquel está ampliamente extendida”. (p. 36)
“Trascender es ir más allá de uno mismo, encontrarse como parte de un todo que es más que la suma de sus partes y comprender que solo en ese contexto se es alguien.” (p. 47)
“Un ser humano puede contar con recursos diferentes, con más o menos recursos, con recursos adecuados o inadecuados. Pero jamás puede ni debe ser él mismo un recurso. Si se lo concibe como tal, difícilmente amará su trabajo.” (p. 59)
“En el compromiso con un quehacer (…) se tejen y enriquecen vínculos y tramas humanas, se experimentan la permanencia y la pertenencia (…), se accede a la vivencia de la disciplina (…), se entrena en el compromiso, se profundiza en el ejercicio del respeto (…) y se gana en experiencia (…) el espacio de trabajo (…) es un campo de forja de la personalidad”. (p. 71)
“La conexión es la nueva taylorización. La conexión es la cadena que ata al esclavo moderno a la noria que debe mantener girando.” (p. 72)
“Horas de trabajo, hoy, son todas.” (p. 76)
“Los aspectos más significativos del trabajo, a pesar de todo, siguen sin tener que ver con la economía. Son cuestiones existenciales.” (p. 81)
“el sentido de la vida no se inventa, no se crea, sino que se encuentra.” (p. 91)
Pertenencia. Permanencia. Respeto. Disciplina. Experiencia. Vínculos. Sentido. Siete atributos que el trabajo abordado con conciencia y con propósito forja en las personas.” (p. 92)
“Si solo trabajamos para ‘ganarnos la vida’, no nos introducimos ni un milímetro en el sentido de la misma, disociamos trabajo y vida, y ambos se transforman en espacios vacíos.” (p. 111)
“se trata de poner lo más auténtico de nosotros en aquello a lo que nos dedicamos, de no confundir ese hacer con nuestra identidad (aunque esta deba expresarse allí), de no disociar el escenario laboral del resto de los espacios existenciales, sino de entenderlo como uno más entre ellos.” (p. 113)
“no se trata de hacer una determinada tarea; se trata de hacer, de transformar, de involucrarse en el ritmo del mundo.” (p. 114)
“vocación y aptitud no son la misma cosa. (…) El mundo está habitado por muchísimas personas que no son felices con lo que hacen pero que lo siguen haciendo porque tienen facilidad natural para ello.” (p. 130)
“La espiritualidad riega el trabajo a través de tres canales: el que lo convierte en una forma de exploración y búsqueda del sentido de la propia vida; el de construir un contexto ético en el cual el trabajo, se trate del que se trate, resulte una actividad moral; y el de hacer del mismo una contribución al mejor desarrollo de la sociedad.” (p. 133)
“Trabajamos para trascender. Trascender es ir más allá de nosotros, plasmar el encuentro con otro y, en ese encuentro, enaltecer el espacio en el que existimos, honrarlo, dejar en él una huella que siempre estará ante ojos que la vean.” (p. 141)
“Somos humanos y trabajamos. No lo hacemos por estúpidos ni porque nos gusta que nos exploten. Lo hacemos porque necesitamos pertenecer, ser parte de algo, sentirnos partícipes del mundo que habitamos, transformarlo, explorarlo, conocerlo, bucear la razón de nuestra presencia en él.” (p. 152)
“vivir para trabajar equivale a postergar todas las necesidades más profundas y a cerrar los horizontes existenciales; trabajar para vivir nos conecta con la pregunta acerca de cómo queremos vivir, qué sentido encontramos en ello, cómo hacerlo de una manera moral y trascendente”. (p. 159)
“Preguntas orientadoras.
1. ¿Estoy haciendo lo que quiero o lo que debo?
2. ¿Estoy atendiendo mis deseos o mis necesidades?
3. ¿Soy lo que hago o hago lo que soy?
4. ¿Los valores de mi vida son los valores de mi trabajo?
5. ¿Está reflejado en mi actividad el sentido de mi vida?
6. ¿Qué me gustaría hacer si no dependiera de eso ganarme la vida?
7. ¿A través de mi trabajo trato de llegar más alto o más profundo?
8. ¿Están mis emociones y mis sentimientos presentes y representados en lo que hago?
9. ¿De qué manera y en qué aspectos mi trabajo enriquece mi vida?
10. ¿De qué manera lo que hago mejora el mundo?” (p. 161-162)
“tres dimensiones del trabajo: 1) que es inherente a nuestra naturaleza, dado que somos seres esencialmente transformadores; 2) que la experiencia de trabajar es una a través de la cual (…) exploramos el sentido de nuestra vida personal; 3) que hay una relación estrecha entre el trabajo y la moral”. (p. 167)

martes, 23 de mayo de 2017

"Susurré racismo"


The Sellouts (El vendido) es un libro notable. Con un humor ácido que me hizo reír a carcajadas en más de una oportunidad, Paul Beatty nos habla de algo profundamente triste, que podría denominarse la muerte de los Estados Unidos post-raciales. (Suena mejor en inglés: "The death of post-racial America." Al que quiera leer algo más de esto pero fuera del marco de la ficción le recomiendo leer a Ta-Nehisi Coates: “The Case for Reparations”, o “My President was black”. También se puede guglear esa frase y aparecen notas en diarios importantes y hasta su propia entrada en Wikipedia.)
El libro funciona bien como ficción, pero es sobre todo un libro de ideas. A veces, como en Beloved para este mismo tema, la ficción enseña más fácilmente. La esclavitud dejó huellas imborrables y no hay corrección política que lo pueda corregir. En dos citas:
Decime si no preferís estar acá que en África. La carta de triunfo de todos los nativistas estrechos. Si pusieras un cupcake en mi cabeza, sin duda, preferiría estar acá antes que en cualquier lugar de África (...) Pero no soy tan egoísta como para creer que mi relativa felicidad, incluyendo, pero no limitado a, tener acceso 24 horas a hamburguesas de chili, Blu-ray y sillas de oficina Aeron, valgan el sufrimiento de generaciones.” (p. 219)
“Toda esta ciudad [Washington] es un fallido freudiano, una pija parada de cemento por los hechos y las fechorías de este país. ¿Esclavitud? ¿Destino manifiesto? ¿Laverne & Shirley? ¿No levantar un dedo mientras Alemania trataba de matar a todos los judíos de Europa? Pero si algunos de mis mejores amigos son el Museo de Arte Africano, el Museo del Holocausto, el Museo del Indio Americano y el Museo Nacional de las Mujeres en las Artes... Más aún, y para que lo sepas, mi hermana se casó con un orangután.” (p. 5)
El libro comienza con el protagonista, Bombon, el vendido de su raza, esperando a que la Corte Suprema escuche su caso. Su crimen fue sencillo: “Susurré ‘Racismo’ en un mundo post-racial.” (p. 262) Lo hizo, en una trama con ribetes surrealistas, con “una campaña de apartheid localizado de seis meses”. (p. 233) La novela está situada en Dickens, California, un ficticio ghetto semi-rural en las afueras de Los Ángeles, donde el padre de Bombon lo educó en la casa con una mezcla de psicología experimental e historia de los negros en Estados Unidos. Bombon se rebela contra la idea de que la experiencia del activismo negro haya tenido algún éxito y busca probarlo reinstaurando la segregación racial en Dickens, experimento que irónicamente produce una mejora de todos los indicadores sociales y educativos.
¿Por qué funciona poner una imagen de una escuela de blancos frente a una escuela sólo para negros? Porque “incluso en estos tiempos de igualdad racial, cuando alguien más blanco que nosotros, más rico que nosotros, más negro que nosotros, más chino que nosotros, mejor que nosotros, viene y nos enrostra su igualdad en nuestras caras, saca nuestra necesidad de impresionar, de portarnos bien, de poner nuestras camisas dentro de los pantalones, hacer la tarea, llegar a horario, meter los tiros libres, enseñar y probar nuestro valor con la esperanza de que no nos echen, arresten ni nos lleven en un camión y nos peguen un tiro. (...) Creeme, no es coincidencia que Jesús, los comisionados de la NBA y de la NFL y las voces de tu GPS (incluso la que habla en japonés), sean blancos.” (p. 208/9)
Además de esto, The Sellout es la historia de un hijo luchando contra el recuerdo de su padre y una permanente crítica cultural a Estados Unidos, y aunque es muy gracioso, es tremendamente triste. Porque “Ese es el problema con la historia, nos gusta pensar que es un libro – que podemos pasar la hoja e irnos a la mierda. Pero la historia no es el papel en la que está impresa. Es la memoria, y la memoria es tiempo, emociones y canciones. La historia es las cosas que se quedan con vos.” (p. 115)

Citas usadas
You’d rather be here than in Africa. The trump card all narrow-minded nativists play. If you put a cupcake to my head, of course, I’d rather be here than any place in Africa (…) However, I’m not so selfish as to believe that my relative happiness, including, but not limited to, twenty-four-hour access to chili burguers, Blu-ray, and Aeron office chairs is worth generations of suffering.” (p. 219)
“This whole city’s a Freudian slip of the tongue, a concrete hard-on for America’s deeds and misdeeds. Slavery? Manifest Destiny? Laverne & Shirley? Standing by ildly while Germany tried to kill every Jew in Europe? Why some of my best friends are the Museum of African Art, the Holocaust Museum, the Museum of the American Indian, the National Museum of Women in the Arts. And furthermore, I’ll have you know, my sister is married to an orangutan.” (p. 5)
“I’ve whispered ‘Racism’ in a post-racial world.” (p. 262)
“six-month campaign of localized apartheid”. (p. 233)
“even in these times of racial equality, when someone whiter than us, richer than us, blacker than us, Chineser than us, better than us, whatever than us, comes around showing their equality in our faces, it brings out our need to impress, to behave, to tuck in our shirts, do our homework, show up fon time, make our free throws, teach, and prove our self-worth in hopes that we won’t be fired, arrested, or trucked away and shot. (…) Believe me, it’s no coincidence that Jesus, the commissioners of the NBA and NFL, and the voices on your GPS (even the Japanese one) are white.” (p. 208/9)

“That’s the problem with history, we like to think it’s a book – that we can turn the page and move the fuck on. But history isn’t the paper it’s printed on. It’s memory, and memory is time, emotions, and song. History is the things that stay with you.” (p. 115)

lunes, 8 de mayo de 2017

Lo que nos apasiona


Klaus Gallo, historiador de Oxford y profesor de Di Tella, un tipo serio que escribió libros sobre las invasiones inglesas y Rivadavia (que leímos por acá), se puso a escribir sobre lo que imagino que más le gusta, el fútbol y el rock, en el marco de uno de sus temas de investigación (las relaciones entre Argentina e Inglaterra). Así nació Las invasiones argentinas. Nuestros futbolistas en Inglaterra, una crónica de la inserción de futbolistas argentinos en Inglaterra que me regalaron para mi cumpleaños y que leí en tres o cuatro días.
Si no te gusta el fútbol podés parar de leer acá. Pero si te gusta el fútbol, y sobre todo si te gusta el fútbol inglés, como a mí, es un libro super divertido. En este sentido, aplaudo la decisión de Klaus de no incluir ni una nota al pie ni un apéndice metodológico sobre las fuentes: así el libro se lee con la velocidad de un pique de Tévez o de un pelotazo de Verón, para nombrar a dos de los más exitosos de los personajes del libro. Es obvio que Klaus se tomó el tiempo de investigar e imagino que se debe haber planteado la decisión de incluir más datos sobre las fuentes, pero creo que no hacerlo ayuda mucho al libro.
Lo que más lo ayuda es que se respira el amor por el tema: por el fútbol, por las tradiciones específicas del fútbol inglés, y por sus interacciones con el rock, que hace que nos enteremos, por ejemplo, que en la ciudad de Sheffield hubo una banda de indie-rock llamada Sabella, por el ex jugador y entrenador de la selección. (p. 45) Klaus cuenta de una manera super dinámica la historia de los jugadores argentinos en Inglaterra desde Ardiles en la década de 1980 hasta el Kun Agüero hoy, y lo que estos jugadores despertaron en ese público tan particular, tan apasionado y respetuoso a la vez. Pasan así desde los casos más fulgurantes (Verón, Agüero, Mascherano, Tévez y compañía), hasta el caso de dos argentinos que fueron capitán y vicecapitán en el Newcastle (Fabricio Coloccini y Jonás Gutiérrez) y casos notables como el de Julián Speroni, un arquero casi desconocido acá pero tan amado por la gente del Crystal Palace que además de bautizarlo the “Hands of God” le pusieron su nombre al restaurante del estadio del club (p. 180-181). 
El libro, me parece a mí, funciona un poco menos en las introducciones a los capítulos, donde se habla de la política en cada país y de las relaciones entre los países en el período en cuestión, pero son pasajes siempre cortos y Klaus pasa rápido a lo que más nos apasiona, algo para lo cual quizás lo mejor sea recordar el que fue por ahora, quizás, el gol más memorable de un argentino en la liga inglesa:


martes, 2 de mayo de 2017

Quienes somos


Vos decís que estás leyendo las memorias de la guerra de Vietnam de alguien y medio que te miran con cara rara. Seguramente el otro imagina muerte, destrucción, bombas, acción, acciones violentas. Pero si el que escribe esas memorias es Tobias Wolff, lo que vas a tener es algo muy distinto: es la mirada a la vez profunda y compasiva sobre sí mismo y sobre la guerra de alguien con una sensibilidad especial y capaz de un tono único.
En un momento, Wolff dice que si le hubiera escrito a su novia, como ella le pidió, “sobre su vida interna con honestidad, hubiera escrito sobre el aburrimiento, el temor, a veces directamente el terror, y el hambre sexual que ese miedo deja hirviendo en su camino.” (p. 81) Hay más que eso en In Pharaoh’s Army.
Hay una mirada sobre la crisis del imperio: “En Dong Tam vi algo para lo que no había lugar en nuestro mito nacional - nuestra capacidad para desesperar colectivamente. (...) La determinada voluntad imperial estaba toda desgastada acá en los márgenes del imperio, perdida en el rencor y en el barro. Acá estaban sepultadas las carrozas del faraón; sus jinetes confundidos; su magnificencia abatida. Un pozo de mierda.” (p. 23)
Hay una mirada sobre lo que la guerra le hace al hombre: la mirada cínica y la pérdida de valores y de humanidad. En una de las primeras escenas que relata Wolf, él está manejando un camión y, para reducir riesgo, pasa por arriba de las bicicletas de unos civiles vietnamitas: “Siete meses atrás, al comienzo de mi período de servicio, cuando todavía los llamaba personas y no campesinos, no hubiera pasado por encima de sus bicis.” (p. 4) Hay al menos dos episodios más que relata (el helicóptero y el tazón de porcelana) en donde, por una u otra razón, él hace algo moralmente reprochable, que él se reprocha. E impresiona cómo se reprocha y comprende al mismo tiempo, ni juzga ni perdona. Al volver a la vida civil “Me sentía moralmente avergonzado. No podría haber dicho por qué, pero me había embargado una sensación de deficiencia, incluso de estar arruinado. En Vietnam apenas lo había notado, pero acá, entre gente que no daba por sentada la corrupción y la brutalidad, empecé a comprender que sí lo veía, y que esto me separaba de los demás.” (p. 187)
Esto significa todo un viraje desde su ingreso al ejército; quería ir a la guerra porque quería ser escritor y “los escritores que admiraba - Norman Mailer, Irwin Shaw, James Jones, Erich Maria Remarque, y por supuesto Hemingway” habían combatido - p. 41); pero también porque “Yo quería ser un hombre de honor.” (p. 43) No sólo no hay honor en la guerra sino que tampoco enseña a vivir; porque a vivir se aprende viviendo, luchando: “Perdé la fe. Rezá igual. Persistí. Estamos hechos para persistir, para completar el período. Así es como descubrimos quienes somos.” (p. 209)

Originales de las citas usadas
“If, as she’d asked me to do, I had written truthfully about my inner life, I would have written about boredom, dread, occasional outright fear, and the sexual hunger that fear left boiling in its wake.” (p. 81)
“At Dong Tam I saw something that wasn’t allowed for in the national myth - our capacity for collective despair. (...) The resolute imperial will was all played out here at empire’s fringe, lost in rancor and mud. Here were pharaoh’s chariots engulfed; his horsemen confused; all his magnificence dismayed. A shithole.” (p. 23)
“Seven months back, at the beginning of my tour, when I was still calling them people instead of peasants, I wouldn’t have run over their bikes.” (p. 4)
“I felt morally embarrassed. Why this was so I couldn’t have said, but a sense of deficiency, even blight, had taken hold of me. In Vietnam I’d barely noticed it, but here, among people who did not take corruption and brutality for granted, I came to understand that I did, and that this set me apart.” (p. 187)
“The men I’d respected when I was growing up had all served, and most of the writers I looked up to - Norman Mailer, Irwin Shaw, James Jones, Erich Maria Remarque, and of course Hemingway, to whom I looked for guidance in all things.” (p. 41)
“I wanted to be a man of honor.” (p. 43)
“Lose faith. Pray anyway. Persist. We are made to persist, to complete the whole tour. That’s how we find out who we are.” (p. 209)

Otras citas
“Mostly I was glad to find out that I could write at all. In writing you work toward a result you won't see for years, and can’t be sure you’ll ever see. It takes stamina and self-mastery and faith.” (p. 204) “Sobre todo estaba contento porque me daba cuenta de que podía escribir. Cuando escribís trabajas en vista de un resultado que no vas a ver por años, y que ni podés estar seguro de que verás en algún momento. Requiere aguante, dominio de uno mismo y fe.”
“What can be faked will be faked.” (p. 17) “Lo que puede ser falsificado será falsificado.”
“Hatred sustains itself very well without benefit of cause.” (p. 38) “El odio se sostiene a sí mismo más que bien sin el beneficio de una causa.”
“In a world where the most consequential things happen by chance, or from unfathomable causes, you don’t look for reason for help. You consort with mysteries. You encourage yourself with charms, omens, rites of propritiation.” (p. 93) “En un mundo en el que las cosas más significativas suceden por azar, o por causas imposibles de desentrañar, no buscás ayuda en la razón. Te amigás con los misterios. Te das ánimo con amuletos, augurios, ritos de propiciación.”
“They spoke, it seemed to me, not as snobs but as canny observers of their tribe.” (p. 138) “Hablaban, me parecía a mí, no como snobs sino como astutos observadores de su tribu.”

martes, 25 de abril de 2017

Temores generalizados


Leí Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, y disfruté de su forma más que de su contenido. Son doce cuentos bien construidos y me gusta el sonido de Enríquez, pero la temática no es la que a mí me gusta.
En los cuentos sobresale lo sobrenatural, lo inexplicable y sobre todo el miedo, el horror. Lo que se dice de una familia en uno de los cuentos vale quizás para personajes de todos los cuentos: “Tenían miedo. Siempre tenían miedo.” (p. 55) En los cuentos hay suicidios, mutilaciones, flagelaciones, gente que se hace daño, casos psiquiátricos, obsesiones, pero sobre todo gente con miedo, incluyendo fóbicos que no pueden salir a la calle y gente que se refugia en soledad. (La soledad es un tema recurrente, también, hasta en la sexualidad, con dos o tres cuentos que enfocan sobre mujeres que se masturban furiosamente, con o sin la interacción de hechos supuestamente sobrenaturales).
También hay asquerosidades: gente que caga en la calle, vómitos, gente que come a gente muerta, fetiches con la enfermedad. Todo esto en medio del mundo normal de la clase media del área metropolitana de Buenos Aires, como a la señora a quien “los demás la trataban con deferencia porque mamá era kinesióloga, pero todos pensaban que era médica, y la llamaban doctora.” (p. 43) O ese padre que le dice a su esposa: “¡Que tu vieja deje de contarle pelotudeces a la nena” ¡No quiero que le llene la cabeza, ignorante supersticiosa de mierda!” (p. 59) (¿La superstición es cosa de mujeres?)
Ese contraste entre esa clase media típica y lo inexplicable o monstruoso es sin duda interesante. Y, de nuevo, en general es una prosa que nos va llevando desde su simplicidad y frialdad. Pero no es la temática que más me interesa a mí.

miércoles, 19 de abril de 2017

Sin huella


Cada vez que leo un libro de Cormac McCarthy me digo “uh, este es más oscuro que el anterior”. Todos, o casi, tienen en su corazón una visión fatalista del mundo, al ser humano condenado a esparcir la maldad por una tierra que es perfecta. El mal es permanente: “¿Fue alguna vez diferente?” (p. 180) El dolor no tiene límites: “Pero no hay absolutos respecto de la desgracia humana y las cosas siempre pueden empeorar”. (p. 372) Y el mundo siempre fue y será así: “Escuchó al bombero cerrar la puerta y partir y se sirvió café y revolvió leche de una lata y dio un sorbo y sopló y leyó el salvajismo y la violencia sobre el borde de la taza. Como fue entonces lo es ahora y lo será siempre.” (p. 381)
Algo de eso hay también en Suttree (que es de 1979, aunque dice Wikipedia que tardó 20 años en escribirse); pero también hay algo de redención y algo cristiano en Suttree, un hombre caído pero que siempre parece tener la intención de ayudar al prójimo. Cornelius Suttree es un hombre que abjuró de su origen económico y social para vivir en los bordes de la sociedad. En su delirio internado en un hospital con fiebre tifoidea escucha la denuncia en su contra: 
“Sr. Suttree, es nuestro entendimiento que al toque de queda debidamente decretado por la ley y a la hora en la que la noche llega a su debido fin y el nuevo día comienza, y en forma contraria a la conducta debida por una persona de vuestra estatura, se encaminó usted hacia varios lugares bajos dentro del condado de McAnally y allí procedió a desperdiciar varios años sucesivos en la compañía de ladrones, indeseables, malhechores, parias, cobardes, canallas, gruñones, idiotas, asesinos, jugadores, alcahuetes, prostitutas, putas, bribones, borrachos, mamados, chupandines y archi-chupandines, torpes, libidinosos, renegados, vividores, y otra variedad de libertinos delictivos. Estaba borracho, gritó Suttree.” (p. 457)
En un libro extenso y desestructurado, no tenemos una explicación de por qué Suttree dejó su lugar acomodado para terminar viviendo en una casa-barco en el río, pescando para sobrevivir, tomando y relacionándose con los sectores más oscuros de Knoxville. Sabemos que su hermano mellizo nació muerto; que su madre murió joven; que su padre venía de una familia de estirpe y su madre no (“Se esperaba que yo terminara mal. Mi abuelo decía La sangre siempre habla.” - p. 19) Sabemos que fue a un colegio católico, con años de monaguillo, que fue a la universidad y después a la cárcel, por haber estado en el auto mientras otros robaban una farmacia (“Estaba borracho” - p. 321); que se casó y abandonó a su mujer y su hijo.
La novela, desarmada y desalmada, va hacia adelante y hacia atrás. Como Suttree, que va y viene y sigue en el mismo lugar, como el río, que fluye y queda. Suttree va al entierro del hijo y termina siendo expulsado del pueblo; se junta con un viejo y su familia a extraer perlas de ostras de río y entabla una relación con una de sus hijas; se interna en los bosques de Gatlinburg, queda al borde de la muerte y tiene una epifanía: “Fue apoderado por algo que no había conocido antes, una repentina comprensión de la certeza matemática de la muerte” (p. 295); se relaciona con una prostituta de la que vive por semanas. Se emborracha una y otra vez, queda inmerso en peleas, tiene problemas con la ley, tira un auto de policía al río.
Así y todo, algo lo distingue de los demás: “podría haber sido un pescador de hombres en otro tiempo pero estos pescados parecían ahora suficiente tarea para él.” (p. 14) Algo de ese pescador de hombres le queda, y así lo vemos una y otra vez ayudando a algunos de esos otros vagabundos (sobre todo al joven Harrogate). Y aunque se lanza en el espiral de la falta de sentido, no deja de haber una pregunta sobre la vida. El sheriff que lo echa de aquel pueblo le dice: “Todo importa. Un hombre vive su vida, tiene que hacer que importe. Sea un sheriff de condado de un pueblito o el presidente. O un vago arruinado. Hasta es posible que entiendas eso algún día. No digo que lo hagas. Digo que podrías.” (p. 157) Y cuando visita a una tía en un “loquero”, ella le dice: “A veces no sé para qué son las vidas de las personas.” (p. 433)
Un día Suttree se enferma, casi muere, y tenemos páginas y páginas de sueños mezclados con alucinaciones. Luego se recupera y se va de la ciudad. Hacia algún lado. Con pantalones kaki y remera blanca: “Parecía alguien recién salido del ejército o de la cárcel.” (p. 470) Sin sus amuletos, “había tomado por talismán el simple corazón humano dentro suyo. Caminando por la callecita por última vez sintió que todo se le caía. Hasta que no había nada para perder. Había desaparecido todo. Sin rastro, sin huella.” (p. 468)


Citas utilizadas
“Was it ever any different?” (p. 180)
“But there are no absolutes in human misery and things can always get worse, only Suttree didn’t say so.” (p. 372)
“He heard the fireman clank shut the door and leave and he poured the coffee and stirred in milk from a can and sipped and blew and read of wildeness and violence across the cup’s rim. As it was then, is now and ever shall.” (p. 381)
“Mr Suttree it is our understanding that at curfew rightly decreed by law and in that hour wherein night draws to its proper close and the new day commences and contrary to conduct befitting a person of your station you betook yourself to various low places within the shire of McAnally and there did squander several ensuing years in the company of thieves, derelicts, miscreants, pariahs, poltroons, spalpeens, curmudgeons, clotpolls, murderers, gamblers, bawds, whores, trulls, brigands, topers, tosspots, sots and archsots, lobcocks, smellsmocks, runagates, rakes, and other assorted felonious debauchees. I was drunk, cried Suttree.” (p. 457)
“I was expected to turn out badly. My grandfather used to say Blood will tell.” (p. 19)
"I was with some guys got caught breaking into a drugstore. (…) They were trying to get some drugs. Pills. They got some cigarettes and stuff. I was outside in the car. (…) I was drunk.” (p. 321)
“He was seized with a thing he’d never known, a sudden understanding of the mathematical certainty of death.” (p. 295)
“He said he might have been a fisher of men in another time but these fish now seemed task enough for him.” p. (14)
"Everything’s important. A man lives his life, he has to make that important. Whether he’s a small town county sheriff or the president. Or a busted out bum. You might even understand that some day. I don’t say you will. You might.” (p. 157)
“Me and Elizabeth outlived all the boys and now she’s gone and I’m in the crazy house. Sometimes I dont know what people’s lives are for.” (p. 433)
“He looked like someone just out of the army or jail.” (p. 470)
“He had divested himself of the little cloaked godlet and his other amulets in a place where they would not be found in his lifetime and he’d taken for talisman the simple human heart within him. Walking down the little street for the last time he felt everything fell away from him. Until there was nothing left for him to shed. It was all gone. No trail, no track.” (p. 468)

miércoles, 5 de abril de 2017

Aquella locura



Leí La casa de los conejos, de Laura Alcoba, que es más parte del trabajo de reconstrucción de un pasado histórico que literatura. En parte por ello, y en parte porque no es un período que me interese particularmente, el libro me aburrió un poco. También por un ritmo demasiado pausado, con más comas de las que yo pondría, lo cual puede deberse también al hecho de que es una traducción de un original en francés.
El libro cuenta un caso específico “de la Argentina de los Montoneros, de la dictadura y del terror”. (p. 12) Contado desde la perspectiva de una niña de 7 años, busca “evocar al fin toda aquella locura argentina”, como le dice la autora en la dedicatoria a una de las personas que morirían en el proceso. Es un caso famoso, con enfrentamiento armado, apropiación de una niña y luego, años después de la escritura de este libro, la noticia de la recuperación de la nieta que terminó siendo descartada (gracias @lincuado por la corrección). 
Lo más interesante para mí fue ver “aquella locura” contada desde una chica de 7 años, una chica que es llevada a comportarse como un adulto beligerante, a aprender a mentir, a ocultar y a tener pasiones políticas. La democracia es, también, un sistema político en el que los niños pueden ser niños.