martes, 4 de junio de 2013

Corazón (cuento)


No me acuerdo cómo llegó a mi poder, pero desde hace un par de años siempre sé dónde está. Especialmente los domingos.
Es un escudo bordado, del tamaño de la palma de mi mano. El borde blanco tiene cinco puntas arriba y una abajo. El interior es rojo, cruzado por una franja en diagonal blanca que dice ".C.A.I." No sé cómo llegó a mi poder pero es mío.
Hay pocas cosas más mías que ser hincha de Independiente. He hecho claves de Internet con diversos juegos de números que representan momentos o jugadores gloriosos del club. He hecho hincha de Independiente a un amigo de chiquito, y ahora apunto a las nuevas generaciones con mis hijos, sobrinos y ahijados.
De chiquito me llevaba papá. Le rompía las bolas todos los domingos para ir. Papá tuvo plateas, tuvo palcos cerrados y palcos abiertos en el viejo estadio de la Doble Visera en distintos momentos. Me acuerdo un partido contra Chaco For Ever que ganamos 7-0. Con esa victoria y con un gorrito hicimos hincha a Gustavo, mi amigo de siempre. Me acuerdo un día en los ochenta con gases lacrimógenos, me acuerdo que un día la hinchada cantó contra la dictadura y me dije acá pasa algo, me acuerdo el día de 1983 que le ganamos a Racing 2-1, que se fueron a la B y salimos campeones. Y siempre con el escudito en el bolsillo delantero derecho del jean, ahí donde pongo la billetera.
No me quiero ir a la B. Hace como tres años tengo un Excel en mi compu con los promedios. Vengo sufriendo en silencio hace dos años. Y ahora más. Pensé que ya no, que ya no sufriría. Mi último sufrimiento con el fútbol había sido en 2002. Yo estaba enamorado de la selección nacional de Bielsa; al fin, al fin un equipo que quiere ganar siempre, que quiere atacar siempre y que es exitoso, me decía. Hasta el Mundial. Quedamos afuera en primera vuelta por un gol de tiro libre de Anders Svensson. Lo miré recién por Youtube: la pelota le pasa justo por arriba de la cabeza al Piojo López, de Racing.
Hace un tiempo un amigo del Rojo que está en cine me contó que se reunió con Francella, fanático de Racing. Se citaron en un café y, de casualidad, era el día del clásico de Avellaneda. Cada tanto Francella le preguntaba a mi amigo Sebas cómo iba el partido hasta que le preguntó de qué cuadro era hincha. "Del Rojo", dijo Sebas. Francella hizo una pausa, lo miró a los ojos, y le dijo "Está bien. Yo no odio a Independiente. Yo sólo sufro por Racing."
Después del Mundial 2002 decidí no sufrir más por el fútbol. El fútbol ya no valía la pena la inversión de emoción: si te tirabas atrás con dos líneas de cuatro como Inglaterra y Suecia, si lograbas meter un zapatazo de tiro libre como Svensson, o que un delantero livianito como Owen le sacara un penal a Pochettino, pasabas a la próxima ronda. Si querías jugar, si proponías, si buscabas velocidad y precisión, te ibas a tu casa. Yo me fui al básquet. Justo llegó un flaquito de Bahía a la NBA, y se juntó con otros muchachitos para sacarnos subcampeones mundiales y campeones olímpicos. Hice miles de kilómetros para ver a ese bahiense jugar en Mar del Plata, en San Antonio (Texas), en el fucking Madison Square Garden de Nueva York. Y el fútbol que se vaya a la puta que lo parió.
Los que sufrían eran los de Racing. Se fueron a la B y cuando volvieron los jodíamos cada vez con eso. "Vos sos de la B, vos sos de la B." Y después los jodíamos con que no salían campeones, porque pasaron 35 años desde el campeonato de 1966 hasta el de 2001. Les cantábamos el feliz cumple años: toda la hinchada contaba hasta el número que fuera y después arrancaba el feliz cumple años. "Que los cumplas, feliz, que los cumplas, La Academia, que los cumplas feliz." En esa época ellos nos cargaban a nosotros porque no les ganábamos: nos empataban siempre en el último minuto con algún zapatazo del Chelo Delgado, con un cabezazo de Allegue - de Allegue, boludo - y hasta con un gol con la mano del Turco García. Después se quedaron sin club, porque el club quebró y lo gerenciaba una empresa. Le decíamos Ra sin club.
Ahora nos toca a nosotros. Hicimos un estadio nuevo. El diseño es hermoso, pero lo construyeron para la mierda. Y le falta. Y ya salió más de diez veces lo que estaba presupuestado entero. Se afanaron todo, y el club está en convocatoria de acreedores, y al borde del descenso. Y por eso volví. Volvimos.
Cuando mi viejo dejó de ir a la cancha pasaron unos años hasta que me animé a ir solo. Tenía 15 o 16 y por un rato me sacaba todos los distintivos de mi origen de clase para seguir al Rojo: afuera las Nike y adentro las Topper; usaba los jeanes rotos y decía "sho" en vez del "cho" medio cheto que me sale. Los fines de semana mis viejos se iban al country y yo aprovechaba. Los sábados me iba en tren a jugar al rugby y cuando volvía a la tarde disfrutaba de tener la casa sólo para mí. Hoy, cuando mi mujer y mis hijos no están, siento una libertad igual, una soledad encantadora. A la noche, si tenía suerte, convencía a alguna noviecita a que viniera a casa y quedábamos siempre al borde de coger. Al día siguiente leía el diario sin que papá me jodiera con las secciones que él quería leer, miraba algún partido en televisión (pero no había tantos como ahora) y me hacía unos patys a la plancha antes de salir para la cancha. Me vestía siempre igual, con jeans, la remera del Rojo y, en invierno, un buzo rojo con capucha. En el bolsillo derecho, siempre, el escudito.
Por esos años el escudito y yo conocimos todas las canchas de la región metropolitana: River, Boca, Huracán, Vélez, San Lorenzo, Platense, Banfield, Lanús, Racing, Deportivo Español, Gimnasia y Estudiantes de la Plata, Ferro. ¡Qué linda la cancha de Ferro! La popular de tablón, con toda la gente saltando, hacía que los tablones te impulsaban al cielo, y yo me preocupaba de que se me saliera el encendedor del bolsillo, o el escudo. Después de ponerlo en el bolsillo, y de tomarme el bondi o los bondis necesarios, compraba la popular evitando a los morochos que te pedían "un peso pa' la hinchada", "pa' los trapos", y entraba, siempre al mismo lugar: el para-avalanchas de la derecha en la popu local. En esa época el escudito quedaba ahí salvo en dos ocasiones previamente estipuladas. Justo antes de que empezaran ambos tiempos lo ponía entre mis dos manos, subía las dos manos hasta cubrirme parte de la nariz, la boca y la pera. Entonces le daba un beso al escudo y susurraba "vamos Rojo". Después de eso, el escudito volvía al bolsillo, y cuando llegaba de vuelta a casa lo ponía en el mismo lugar: en el mueblecito blanco del baño, en el estante de más arriba y bien al fondo, para lo que tenía que llevar un banquito desde mi cuarto.
Antes de irme de la casa de los viejos ya había dejado de ir regularmente a la cancha. Durante muchos años fui poco y sin el escudo. Ahora que lo pienso, no sé dónde estuvo ese escudo durante mucho tiempo. Hace un par de años, sin embargo, apareció, y lo dejé en un cajón de mi escritorio. Mi escritorio, que da una ventana que mira a la pileta, en la casa que tenemos en Adrogué, en el antiguo barrio de mi mujer, lejos de mis orígenes, es un mueble grande y pesado de madera oscura. Tiene una cajonera a la izquierda y una a la derecha. Un día apareció en el cajón de abajo a la izquierda, el que menos abro, el que tiene fotos viejas, las revistas amateurs que hacíamos del campeonato de fútbol interno en el secundario, cables de equipos de música que ya no existen y cosas así. Un día, todo boludo porque cumplía 20 años de egresado, me puse a buscar la foto de mi noviecita del secundario, que estaba seguro que estaría ahí en ese cajón. La foto no apareció, pero sí el escudo.
Estaba a punto de empezar el campeonato Inicial 2012. Mi Excel, que llevaba en ese mismo escritorio donde apareció el escudo, mostraba que el año futbolístico que comenzaba sería terrible. River acababa de volver a la A, pero se había ido. Ya no era imposible suponer que un grande se iría. Nos podíamos ir. Un día, en el baño, mientras nos lavábamos los dientes, y por millonésima vez mi mujer me puteaba por meter el cepillo de dientes debajo del agua mientras ella todavía no había terminado, le dije que la necesitaba más que nunca. "Se viene un año difícil", le dije. "¿Por qué decís? ¿Se viene una crisis económica, quilombo político?" "No, no, el Rojo. Nos podemos ir a la B y necesito que me acompañes." Se me cagó de la risa.
Al día siguiente busqué un video en You Tube y le llevé la laptop al cuarto. "Mirá", le dije. "¿Qué es esto? ¿Me traés porno de vuelta? Ya te dije que no me interesa..." "No, boluda, mirá, vos mirá." Fue mirando y se cagaba de la risa. Era el Tano Pasman, el hincha de River que puteaba como loco, filmado por sus hijos, mirando la hecatombe de su equipo. La mina se cagaba de la risa. "¿Qué es esto? ¿Quién es ese pibe?" "Ese tipo puedo ser yo", le dije, y dejó de reírse. "Necesito que estés atenta y que me acompañes, ¿OK?" Ahí entendió.
Está siendo un año muy complicado y ella ya no me acompaña. El segundo partido del año, el segundo partido de ese Campeonato Inicial 2012, escuché que mi hija le decía a mi mujer: "mami, papá le está gritando a la tele de vuelta". Ahí me di cuenta de que no podía seguir así. Llamé a mi amigo Alberto: "Toto, ¿tenés lugar en el palco? Esto me está haciendo muy mal..." "A mí ni me lo digas: mi médico me recetó Alplax; me tomo una pastilla antes de cada partido." Empecé a ir con ellos todos los partidos de local, y volvió el escudito.
Me convertí en un enfermo. Me visto siempre igual y llevo el escudito, ahora en el bolsillo izquierdo. Un día, de casualidad, me llevé a la cancha un muñequito de juguete de mi hijo; hurgué en el bolsillo para buscar el escudo y apareció el muñeco. Es un muñeco de plástico de una sola pieza, tiene un gorrito rojo y blanco en la cabeza y en la mano un tenedor. Ese día le ganamos 2 a 0 Racing y desde ese momento el muñeco va a la cancha todos los domingos junto con el escudo. Y cuando llego a casa los guardo juntos. Lo más raro de todo es que estoy viviendo en casa de mis viejos, porque me separé. Mi mujer no se bancó más los viajes, no se bancó más que sólo le hablara de eso. Y yo no me banqué más a mi mujer, que me rompía las bolas cada día de partido. Además, luchando por el descenso todos los días todo el tiempo hay partido: San Martín de San Juan, Quilmes, Rafaela, Argentinos, Unión, siempre hay un resultado que importa. Así que empecé a dejar el escudito en el mismo lugar de antes: en el mueble del baño, en el estante de más arriba, en el fondo, y ahí apareció la foto de mi ex novia del secundario. La saqué, la miré, la tiré y dejé ese lugar para el escudo y el muñequito.
Ahora ya no tengo momentos preestablecidos para el escudito: ya no es más con los pitazos iniciales. Lo saco cuando está por empezar el partido y lo tengo conmigo hasta que termina. Lo tengo entre mis manos, y lo llevo a los labios y le hablo durante todo el partido. "Vamos, Rojito, vamos", le digo, "te llevamos en el corazón, te queremos ver campeón". Lo tengo un poco como mi hija tenía su peluche cuando era chiquitita, para olerlo y chuparse el dedo. No me chupo el dedo, no, pero sí lo huelo. Huele a cancha, huele a mi niñez, huele a mi papá, huele a tabaco, a maní y a mostaza, huele a esperanza y al temor de ya no ser de primera.
Yo no creo que haya dejado de ser de primera. Es verdad que ya no trabajo, que casi no veo a mis hijos y que vivo en lo de mis papás. Pero es transitorio. Voy a volver, como volverá el Rojo si nos vamos. Mientras tanto, tengo el escudo conmigo todo el tiempo. Sobre todo en la cancha. Lo huelo, lo llevo a mi cara, acaricio su superficie con la uña de mi dedo gordo. Como tiene filas de tela, mi uña hace ruidito, un ruidito que me acompaña todo el partido. Para arriba y para abajo, pero no vamos a bajar, no, y si bajamos volveremos a subir, Rojo.
No lo dejo más al escudito, ahora, ni siquiera en la semana. Lo tengo siempre en el bolsillo, y lo llevo a la cama a la noche, lo pongo debajo de la almohada y sueño y recuerdo. Me acuerdo de los pases del Bocha en los ochenta, entre bosques de piernas pasaba una pelota en cámara lenta para dejar sólo a Percudani. Me acuerdo del campeonato de 1989, con el Gallego Insúa y Alfaro Moreno, el partido final en la cancha de Ferro. El campeonato de 1994, con Gustavito López y el Palomo Usuariaga, y el de 2002, con el otro Insúa, el Pocho, y el Rolfi Montenegro. Les hablo a todos ellos a la noche, y les digo que los extraño, que lo quiero de vuelta en el Rojo, porque no podemos descender, no. Pero si me voy para abajo, me voy con el escudito.