La trilogía
no es una novela en tres tomos ni tres novelas concatenadas, sino tres libros de
cuentos (Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer, Sabor a
mí) que son un tríptico. Son, si no conté mal, 60 relatos cortos, de los
cuales 51, si no conté mal, son en primera persona desde el mismo narrador,
Juan Pedro. Los restantes son relatos en tercera persona de otros personajes
desde un narrador externo. Pero todos relatan lo mismo, la aldea de Pedro Juan,
La Habana, y más en general Cuba, la Cuba sórdida del socialismo real, y todos
con el mismo tono y estilo, el del realismo sucio, con el
agregado de cierta magia caribeña.
A mí me
recordó a Henry Miller (anoté eso en el segundo texto) y hay algo de Bukowski
en lo que parece a veces ganas de escandalizar: “El sexo es un intercambio de
líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda,
sudo, microbios, bacterias. O no es.” (p. 11). Bueno, en un punto sí, obvio,
pero no sólo eso, ¿no? (También: “Sólo un arte irritado, indecente, violento,
grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca
queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia” p. 105). En estilo,
me parece muy lejano a los exponentes que más conozco de ese “realismo sucio”,
como Carver y Wolff, que me parecen más clínicos, más técnicos. Lo que sí hay,
claro, es esta disposición o interés o imposición casi a hablar con crudeza de
la realidad: “Lo mejor es la realidad. Al duro. La tomas tal como está en la
calle. La agarras con las dos manos y, si tienes fuerza, la levantas y la dejas
caer sobre la página en blanco. Y ya. Es fácil. Sin retoques.” (p. 103).
Es cierto
que no hay muchos retoques. Gutiérrez usa oraciones cortas. Enunciativas. Sin
poesía. Y con ese estilo nos pinta a Cuba y especialmente a La Habana como un
lugar de sordidez, miseria, violencia, suciedad. Y sexo, mucho sexo: vemos a
gente “templando” (cogiendo) en cuartuchos desagradables llenos de ratas y
cucarachas, a varones y mujeres hambrientos ejerciendo la prostitución para turistas,
a gente masturbándose en la calle, y muchas descripciones (y muchas muy
parecidas) de pijas. En general grandes, muy grandes, y con metáforas vegetales
(tronco, árbol). La más linda es cuando una amante eventual le dice: “–Ay,
Pedro Juan, qué pinga más linda. ¡Está hecha a mano!” (p. 170). Ahí me reí.
Pedro Juan
anda por ahí perdido en La Habana, en una ciudad vibrante, pero descompuesta.
Desde su azotea, Pedro Juan “ve toda la ciudad, plateada entre el humo, la
ciudad oscura y silenciosa, asfixiándose. Semeja una ciudad bombardeada y
deshabitada. Se cae a pedazos, pero es hermosa esta cabrona ciudad donde he
amado y he odiado tanto” (p. 206). Los textos van en general hacia adelante en
el tiempo, pero no conforman necesariamente un hilo. Aún así, parece haber una
progresión, donde las cosas están cada vez peor: “El barrio dejó de ser lo que
fue. Se llenó de gente vulgar, venida de provincias, de negros incultos, de
gente mal vestida, sucia, mal educada. Los edificios se arruinaron por falta de
cuidados y poco a poco se convirtieron en cuarterías con miles de personas
hacinadas como cucarachas. Personas delgadas, mal alimentadas, sucias, sin
empleo, tomando ron a todas horas, fumando mariguana, tocando tambor,
reproduciéndose como conejos. Gente sin perspectiva, con un horizonte demasiado
corto. Y riéndose de todo” (p. 295/296).
Pedro Juan
no es muy distinto a ellos, sólo que puede verlo y relatarlo, como experiodista,
lo que no es poco, claro. Vive en un cuartucho en una azotea, está sucio porque
no hay agua ni jabón, flaco por falta de alimento, tomando y fumando y cogiendo
con media Habana, pasando de un empleo a otro y sin otra perspectiva que
sobrevivir y seguir cogiendo y cuidarse de no ser domesticado: “Si me descuidaba,
me engatusaba y tenía que ponerme a trabajar y a criar pollos junto a ella, bien
aburrido todo el día, y de paso ayudándole a criar su prole. Eso no era para mí.
Además, no me gustan las viejas. Para viejo yo” (p. 191). Pedro Juan escribe entre
1994 y 1997, cuando cambiaron un poco las condiciones en la isla, y se armó
cierta economía de subsistencia (o de no subsistencia) y cada uno tiene que ver
cómo sobrevive mientras miles se suben a las balsas: “Estuvimos encerrados
treinta y cinco años en las jaulas del Zoo. Nos daban alguna comidita y alguna
medicina, pero ni idea de cómo era todo más allá de los barrotes. Y de pronto
hay que saltar a la selva” (p. 139). Lo que queda de la gran revolución es
suciedad, miseria, sordidez, que Pedro Juan describe con su propia experiencia,
y no con un tratado político: “En mi vida siempre se descuartiza el cabrón
triángulo: amor, salud, dinero. El amor es una mentira, el dinero un pájaro
volando, la salud se arruina en un minuto. Así estoy. Regresando de muchos
caminos. Viven en la utopía y la utopía se desmorona” (p. 318).
Espero
devolverle pronto el libro a Coco, tomar un vino y contarle que no me volvió
loco. Le voy a decir que lea a Wolff, si no lo leyó.