viernes, 14 de marzo de 2025

Realismo con suciedad y poca magia

 


 Antes de irme de su casa, mi amigo Coco, que es un amigo nuevo, me prestó la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Dijo que a él le parecía un gran libro y que la gente lo ama o lo odia y quería saber de qué lado estaba yo.

La trilogía no es una novela en tres tomos ni tres novelas concatenadas, sino tres libros de cuentos (Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer, Sabor a mí) que son un tríptico. Son, si no conté mal, 60 relatos cortos, de los cuales 51, si no conté mal, son en primera persona desde el mismo narrador, Juan Pedro. Los restantes son relatos en tercera persona de otros personajes desde un narrador externo. Pero todos relatan lo mismo, la aldea de Pedro Juan, La Habana, y más en general Cuba, la Cuba sórdida del socialismo real, y todos con el mismo tono y estilo, el del realismo sucio, con el agregado de cierta magia caribeña.

A mí me recordó a Henry Miller (anoté eso en el segundo texto) y hay algo de Bukowski en lo que parece a veces ganas de escandalizar: “El sexo es un intercambio de líquidos, de fluidos, saliva, aliento y olores fuertes, orina, semen, mierda, sudo, microbios, bacterias. O no es.” (p. 11). Bueno, en un punto sí, obvio, pero no sólo eso, ¿no? (También: “Sólo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia” p. 105). En estilo, me parece muy lejano a los exponentes que más conozco de ese “realismo sucio”, como Carver y Wolff, que me parecen más clínicos, más técnicos. Lo que sí hay, claro, es esta disposición o interés o imposición casi a hablar con crudeza de la realidad: “Lo mejor es la realidad. Al duro. La tomas tal como está en la calle. La agarras con las dos manos y, si tienes fuerza, la levantas y la dejas caer sobre la página en blanco. Y ya. Es fácil. Sin retoques.” (p. 103).

Es cierto que no hay muchos retoques. Gutiérrez usa oraciones cortas. Enunciativas. Sin poesía. Y con ese estilo nos pinta a Cuba y especialmente a La Habana como un lugar de sordidez, miseria, violencia, suciedad. Y sexo, mucho sexo: vemos a gente “templando” (cogiendo) en cuartuchos desagradables llenos de ratas y cucarachas, a varones y mujeres hambrientos ejerciendo la prostitución para turistas, a gente masturbándose en la calle, y muchas descripciones (y muchas muy parecidas) de pijas. En general grandes, muy grandes, y con metáforas vegetales (tronco, árbol). La más linda es cuando una amante eventual le dice: “–Ay, Pedro Juan, qué pinga más linda. ¡Está hecha a mano!” (p. 170). Ahí me reí.

Pedro Juan anda por ahí perdido en La Habana, en una ciudad vibrante, pero descompuesta. Desde su azotea, Pedro Juan “ve toda la ciudad, plateada entre el humo, la ciudad oscura y silenciosa, asfixiándose. Semeja una ciudad bombardeada y deshabitada. Se cae a pedazos, pero es hermosa esta cabrona ciudad donde he amado y he odiado tanto” (p. 206). Los textos van en general hacia adelante en el tiempo, pero no conforman necesariamente un hilo. Aún así, parece haber una progresión, donde las cosas están cada vez peor: “El barrio dejó de ser lo que fue. Se llenó de gente vulgar, venida de provincias, de negros incultos, de gente mal vestida, sucia, mal educada. Los edificios se arruinaron por falta de cuidados y poco a poco se convirtieron en cuarterías con miles de personas hacinadas como cucarachas. Personas delgadas, mal alimentadas, sucias, sin empleo, tomando ron a todas horas, fumando mariguana, tocando tambor, reproduciéndose como conejos. Gente sin perspectiva, con un horizonte demasiado corto. Y riéndose de todo” (p. 295/296).

Pedro Juan no es muy distinto a ellos, sólo que puede verlo y relatarlo, como experiodista, lo que no es poco, claro. Vive en un cuartucho en una azotea, está sucio porque no hay agua ni jabón, flaco por falta de alimento, tomando y fumando y cogiendo con media Habana, pasando de un empleo a otro y sin otra perspectiva que sobrevivir y seguir cogiendo y cuidarse de no ser domesticado: “Si me descuidaba, me engatusaba y tenía que ponerme a trabajar y a criar pollos junto a ella, bien aburrido todo el día, y de paso ayudándole a criar su prole. Eso no era para mí. Además, no me gustan las viejas. Para viejo yo” (p. 191). Pedro Juan escribe entre 1994 y 1997, cuando cambiaron un poco las condiciones en la isla, y se armó cierta economía de subsistencia (o de no subsistencia) y cada uno tiene que ver cómo sobrevive mientras miles se suben a las balsas: “Estuvimos encerrados treinta y cinco años en las jaulas del Zoo. Nos daban alguna comidita y alguna medicina, pero ni idea de cómo era todo más allá de los barrotes. Y de pronto hay que saltar a la selva” (p. 139). Lo que queda de la gran revolución es suciedad, miseria, sordidez, que Pedro Juan describe con su propia experiencia, y no con un tratado político: “En mi vida siempre se descuartiza el cabrón triángulo: amor, salud, dinero. El amor es una mentira, el dinero un pájaro volando, la salud se arruina en un minuto. Así estoy. Regresando de muchos caminos. Viven en la utopía y la utopía se desmorona” (p. 318).

Espero devolverle pronto el libro a Coco, tomar un vino y contarle que no me volvió loco. Le voy a decir que lea a Wolff, si no lo leyó.

jueves, 13 de marzo de 2025

Un primer paso

 


Tengo la fantasía de, algún día, conocer Japón. Cuando fui a Alemania leí un libro, cuando fui a Italia leí un libro, cuando fui a Escocia leí un libro. Para ir a Japón creo que hay que leer por lo menos veinte. ¿Por qué veinte y no diecinueve? No lo sé. Pero el punto es que el primer paso en ese camino fue leer Japan. A Short History, de Mikiso Hane, profesor americano-japonés (1922-2003). No me volvió loco, pero me quedo tranquilo de que es sólo un primer paso.

¿Qué me llevo? Primero, una idea general, empezando por una periodización básica (muy básica, y reconstrucción mía). Un gran período que yo llamo pre-moderno; luego de 1600 a 1867 (la era Tokugawa), con similitudes al feudalismo europeo. Caracterizaba a este período un “rígido sistema de clases” (p. 39) y un fuerte aislamiento con el exterior y aversión a Occidente: “el país estaba virtualmente aislado del mundo exterior, en especial de Occidente” (p. 46).

En 1853 los americanos llegaron con cuatro buques de guerra y Japón no tuvo más remedio que abrir sus fronteras, y en 1854 se firmó el tratado de Kanagawa: “un punto de inflexión histórico para Japón. Significó el fin de la política de aislamiento, el nacimiento de Japón como estado moderno y su emergencia en el teatro internacional” (p. 61). Pocos años después se firmarían tratados con el resto de las principales potencias europeas, y esta apertura fue una de las causas principales de la restauración del poder político en el emperador: así comienza el período Meiji (1868-1912), caracterizado por la centralización del poder y la búsqueda de fukoku kyohei (nación rica, fuerzas armadas poderosas). Fukoku kyohei chocaba al menos en parte con la línea nacionalista que se oponía a la apertura a Occidente sonno (venerar al emperador) - joi (repeler a los bárbaros).

Entre 1853/1867 y 1945 el régimen se basó en el emperador, aunque el poder era en general detentado por otras personas cercanas a él; con una constitución (1889) basada en la Alemania de Bismarck; esto es, con sólo algunos tintes democráticos, y con el mantenimiento del poder por los “oligarcas” (p. 77); y con la progresiva modernización en términos del sistema de clases, el sistema legal, la economía y la industria, etc. Es también el momento de surgimiento de los grandes conglomerados económicos (zaibatsu), del despegue económico y de la proyección colonial, sobre todo en Corea y China. La principal causa de la guerra sino-japonesa (1894-1895) fue el expansionismo japonés en Corea y su principal consecuencia, a través de un acuerdo que muchos encontraron desfavorable, fue el exacerbamiento del nacionalismo. La guerra “puede ser vista como un evento fundamental que despertó y fomentó el militarismo y el imperialismo japonés. De allí en más la política exterior japonesa adquiriría un giro mucho más agresivo, chauvinista” (p. 107). Algo parecido puede decirse de la guerra ruso-japonesa (1905). En 1910, Japón anexó Corea.

El período del emperador Meiji concluyó con su muerte en 1911, pero el sistema continuó con el emperador Taisho (1912-1926) y luego Hirohito (quien asumió interinamente en 1921). En la Primera Guerra Mundial, Japón entró del lado de los aliados para quedarse con territorios alemanes. Y desde entonces empezó a crecer el antagonismo con EE. UU. especialmente por China y a ser una de las potencias del sistema de tratados de armamentos del período de entreguerras. Con el paso del tiempo, Japón se hizo cada vez más nacionalista, con un tipo de “fascismo” propio, Showa, que puso límites a una incipiente democratización (el sufragio universal es de 1925), que tenía al emperador como casi una deidad, sobre la cual se agregaba una educación cada vez más fanática. Por ejemplo, un documento del Departamento de Educación de 1937 “sostenía que el emperador era hijo de la Diosa del Sol y que era el manantial de la vida y moralidad del pueblo. Enfatizaba las virtudes de lealtad, patriotismo, devoción filial, armonía, espíritu marcial y bushido [código del guerrero samurái]” (p. 143). Eso llevaría a la guerra con China por Manchuria (1937), el pacto tripartito con Alemania e Italia (1940) y a Pearl Harbor. Este fue el paroxismo de la violencia: los japoneses cometieron atrocidades diversas en Corea, China, Filipinas y más; y el guerrero kamikaze, suicida, es toda una muestra de llevar la violencia al máximo.

La derrota fue total y absoluta. Japón tuvo más de un millón y medio de muertos en combate, más 650.000 civiles muertos; 57 por ciento de las viviendas de Tokio fueron destruidas y en 1946 su producción industrial era menos de un tercio de la de una década atrás. La ocupación americana duró de 1945 a 1952 y sentó las bases para la democratización, desmilitarización y el crecimiento de Japón, incluyendo una nueva constitución con un papel apenas simbólico del emperador. Con el fin de la ocupación vino la hegemonía hasta 1993 del Partido Democrático Liberal y, en parte gracias a la Guerra de Corea, el gran crecimiento que convirtió a Japón en una de las principales economías del mundo y que, por primera vez, llegó a prácticamente todos los sectores de la población.

Así que, primero, periodización: hasta 1600; 1600-1853/67; 1853/67-1945; 1945-presente. Segundo: llamativo que Japón siempre tuvo mucha influencia cultural externa (de Corea, por migraciones muy tempranas; de China, principalmente el confucionismo; y de Occidente) y a pesar de ello o por ello una gran vertiente nacionalista. Tercero: la imagen de la cultura japonesa refinada, precisa, sutil, casi frágil, que se me opone a la violencia de las atrocidades bélicas.

A seguir leyendo.

 

 

lunes, 10 de marzo de 2025

Intensidad en sordina

 


Leí Often I am happy, de Jens Christian Grøndahl, una novela bella, triste e intensa. La narradora, Ellinore, acaba de enterrar a su segundo marido Georg, y le escribe a su amiga muerta Anna, amante del primer marido de Ellinore, Henning, y primera mujer de Georg.

¿Se entiende? Había dos parejas amigas: Henning y Ellinore por un lado, Georg y Anna por el otro. Hasta que Georg y Ellinore descubren que Henning y Anna eran amantes, el mismo día en que los amantes mueren debido a una avalancha mientras esquiaban. Con el tiempo, los esposos engañados terminan juntos, y Ellinore como madrastra de los hijos mellizos de Anna y Georg. Y cuando Georg muere, quizás treinta años después, envuelta en el dolor –“Sería un comentario superficial decir que estoy de duelo cuando es más bien que el duelo me llena, ese bulto sin forma, que crece sin limitaciones” (p. 11)–, Ellinore le escribe a su amiga muerta, con todo el amor y el enojo, el enojo contenido y cortante, pero todo con un tono tenue, contenido; no contenido en el sentido de que no dice todo, sino que todo lo dice con naturalidad, sin gritar y sin aspaviento, matter-of-factly, y es justamente esa aparente falta de intensidad la que le da intensidad al relato de Ellinore.

Así empieza la novela: “Ahora tu esposo también está muerto, Anna. Tu esposo, nuestro esposo. Me hubiera gustado que yaciera al lado tuyo, pero tenés vecinos, un abogado y una señora que fue enterrada hace un par de años” (p. 1). Y a partir de ahí, con su amiga muerta, su esposo muerto, los hijastros ya grandes y distantes, Ellinore repasa su vida, incluyendo las peculiares circunstancias de su concepción en épocas de la ocupación alemana de Dinamarca, y un poco también de la vida de su amiga Anna: “Tu vida, cualquier vida, se reduce a un puñado de hechos cuando termina. Fue. Pasó esto y aquello, y podemos pensar de ello lo que queramos. Te acostaste con el esposo de tu mejor amiga y permitiste que él te arrastrara a tu muerte” (p. 4). Su concepción, su casamiento con Henning, el descubrimiento y la muerte de los amantes, el acercamiento a Georg y los mellizos, la muerte de Georg y el retiro, el regreso de Ellinore a su lugar, alejada de la familia de Anna y Georg. Es una historia triste la que relata Ellinore con el notable tono que le imprime Grøndahl. Pero Ellinore no lo admite: “Se me hace que mi relato te debe parecer triste, pero no soy una persona triste, y vos lo sabés. A menudo soy feliz, como dice la canción, feliz por dentro, aun si no puedo mostrarlo siempre. Es todo algo que simplemente te pasa de largo” (p. 150).

Así son las cosas. Son como son, y Ellinore no anda buscando eufemismos u ocultando sus sentimientos. Como la relación de sus padres: “No hay por qué exagerar; o, para decirlo de otra manera, buscarías en vano una razón más profunda salvo que era ella, y que era él” (p. 119). Y así, en 150 páginas, Grøndahl construye una novela realmente fuerte y bella.

 

Cita que me gustó

“Self-hatred is a gendered feeling: in a man it makes him a wimp; in a woman it’s the natural order to feel defective. Original sin is our element, Anna; as a Catholic you should know these things. You see, that’s why God blessed us with moodiness, menstrual pain, and hot flashes with a mustache, once we get that far.” / “El auto-desprecio es un sentimiento de género: en un hombre lo convierte en un pelele; en una mujer es el orden natural sentirse defectuosa. El pecado original es nuestro elemento, Anna; como católica deberías saber estas cosas. ¿Viste? Por eso Dios nos bendijo con cambios de humores, dolor menstrual y calores súbitos con bigotes, una vez que llegamos a esa altura.” (p. 50)

 

Originales de las citas usadas en el texto

“It would be glossing over to say that I am in mourning when it is mourning that fills me up, that shapeless lump, growing unrestrainedly.” (p. 11)

“Now your Husband is also dead, Anna. Your husband, our husband. I would have liked him to lie next to you, but you have neighbors, a lawyer and a lady who was buried a couple of years ago.” (p. 1)

“Your life, any life, is reduced to a handful of facts when it ends. It was. This and that happened, and we can make of it what we like. You went to bed with your best friend’s husband and allowed him to drag you to your death.” (p. 4)

“If it started raining, I would simply button up my coat and allow my hair to become wet. It always dries again, Anna. There isn’t a thing that doesn’t pass off. It strikes me that my account must seem sad to you, but I am not a sad person, and you know that. Often I am happy, as the song goes, happy inside, even if I can’t always show it. It is all just something that passes you by.” (p. 150)

“There’s no reason to exaggerate; or, to put it differently, you would search in vain for a deeper reason except that it was her, and that it was him.” (p. 119)

lunes, 3 de marzo de 2025

Política, violencia, cinismo

 


Estuve viendo “Say nothing”, serie de nueve episodios de poco menos de una hora sobre “TheTroubles”, es decir, el conflicto armado político y religioso en torno a Irlanda del Norte. (La serie está disponible en Disney Plus: acá el trailer). La serie, una reconstrucción basada en hechos reales, me pareció muy bien lograda en cómo muestra la locura del fanatismo y del cinismo máximo al que pueden llegar quienes usan políticamente la violencia. Pero también: de que a veces no hay otra manera de hacer política que no sea con cinismo, con una dosis no menor de comportamientos esquizoides. 

Mínimo contexto histórico sobre un tema del que he leído algo, pero hace mucho tiempo: Irlanda, se sabe, es esa isla grande al lado de la isla más grande del Reino Unido, la que tiene a Inglaterra, a Escocia al norte y a Gales al oeste. Esta segunda isla contiene a la república de Irlanda, que consiguió en 1922 su independencia del Reino Unido tras una guerra de independencia, y que es más o menos dos tercios de la isla; y a Irlanda del Norte, en el noreste de la isla, que sigue siendo parte del Reino Unido. Y acá entra la religión: los católicos de Irlanda del Norte quieren unirse a Irlanda, los protestantes, generalmente los descendientes de colonos ingleses y escoceses cuyas familias tienen siglos allí, no quieren saber nada. Y el conflicto tuvo décadas de violencia extrema, con terroristas católicos (principalmente el Ejército Revolucionario Irlandés, IRA) de un lado y militares británicos y paramilitares protestantes del otro lado.

Bueno, la serie se mete en este tema a través de un conjunto de personajes y dos cuestiones clave: una serie de desapariciones (asesinatos perpetrados por el IRA, principalmente de católicos a quienes consideraban traidores, haciendo desaparecer sus cuerpos) y un famoso atentado con bombas en Londres. Los personajes principales son las hermanas Price, de las primeras mujeres en ser aceptadas por el IRA; Brendan Hughes, un importante miembro del IRA; y Gerry Adams, quien fue durante décadas líder del ala política del republicanismo irlandés, Sinn Féin, además de haber sido acusado de ser miembro del IRA, lo que él niega. En todo esto, a mí me llamaron la atención tres cosas: la primera es la naturalidad con la que se aceptó durante casi treinta años la violencia política, y cómo la vida seguía igual de alguna manera en ese contexto. La segunda es cómo el fanatismo puede coexistir con cierta normalidad: a las hermanas Price se las ve sensibles y queribles y luego pueden participar con la mayor sangre fría de actividades tremendas. Y la tercera es el nivel de cinismo al que puede llegar (y quizás debe llegar) el ser humano cuando llega a lugares de máxima responsabilidad política. ¿Es el personaje de Gerry Adams en la serie un cínico hijo de puta o es un exitoso practicante de la "economía de la violencia"? 

En definitiva, me pareció una serie súper interesante y bien lograda, aunque, claro, no es fácil. Son temas duros y la serie no perdona escenas de violencia y sobre todo de violencia psicológica.

lunes, 24 de febrero de 2025

Lo que se hereda


Leí Fire Exit, de Morgan Talty, también en la lista de los mejores libros de 2024 de The Economist, como Creation Lake y la excelente biografía de Pamela Churchill Harriman. Fire Exit, como Creation Lake, me gustó menos de lo que le gustó a The Economist: no me volvió loco la forma y por momentos le vi demasiada vuelta de trama. Habiendo dicho eso, es un tema interesante y fue una lectura agradable.

El narrador, Charles, es una persona criada en una reserva indígena en el Noreste de Estados Unidos por su madre blanca y su padrastro de la tribu Penobscot. Como tanto su madre como su padre biológico no son Penobscot, al cumplir 18 Charles, que se siente nativo por crianza, debe abandonar la reservación. Para complicar más la cosa –y fortalecer la pregunta de cuánto importa la sangre y cuanto la crianza o los vínculos o la cultura– Charles y Mary, su novia de la juventud, tienen una hija, Elizabeth. Para que a Elizabeth no le ocurra lo mismo que a Charles, para que pueda ser considerada Penobscot y por lo tanto no ser expulsada a los 18, Mary deja a Charles apenas queda embarazada y se casa con un nativo, Roger, sin contarle nunca a Elizabeth que en verdad es hija de Charles. Elizabeth no hereda la “blancura” de Charles, pero sí hereda la depresión de su abuela paterna, la madre de Charles a quien nunca conoció.

Un poco de novela de la tarde, es cierto, pero no deja de hacer unas cuantas preguntas. Sobre la herencia de sangre y la herencia por vínculo. Charles está atrapado en un cuadrado de herencias formado por el padre biológico que nunca conoció, el padrastro de cuya muerte se siente algo responsable, de la madre que se acerca a la muerte y de la hija no reconocida. Ahí en el medio, está solo, con un amigo alcohólico a quien lleva y trae del bar y no mucho más. La segunda es la cuestión de la identidad y la pertenencia: ¿qué es una persona blanca pero criada como indígena, vista por la gente con la que vivió toda la vida como ajeno? Imposible que eso no agrave su sensación de aislamiento y soledad. Y finalmente está la razón legal o política de todo esto, que son las reglamentaciones de “blood quantum” o “cuota desangre”, que determinan quién es o no es indígena para el Estado y para las propias tribus (casi como leyes de pureza racial). Como otro libro que leí de un indígena norteamericano sobre vida en una reserva, The Round House, de Louise Erdrich, hay algo dramático y triste de una manera muy suya allí, y novelas como estas son una manera de entrar a un mundo que nos es ajeno.