Hace un mes
en un grupo con el que hago teatro nombraron a otra persona como “el nerd del
grupo” y un poco me ofendí. ¿Cómo va a ser Tomi más nerd que yo? Bueno, ahora
tengo una prueba irrefutable de nerditud: me regalaron un libro sobre la
historia de la puntuación. Más aún, lo leí; entero. Se trata de Cómo la
puntuación cambió la historia, de Bard Borch Michaelsen (traducción del
noruego de Christian Kupchik).
El
argumento central del libro es que la puntuación es “la coronación final de los
lenguajes escritos en Europa (…) no son únicamente una parte importante de
nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de
las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización
occidental” (p. 14). Los primierostextosseescribíanasí, sin espacios y sin
signos de puntuación; eso venía asociado con la lectura en voz alta, donde una
persona, normalmente dotada de cierta jerarquía, como un cura, interpretaba
cómo debía ser leído un texto. La incorporación de espacios y signos permite
pasar a la lectura silenciosa e individual: al “disponerse de manera accesible,
de conformidad con las convenciones relacionadas con la puntuación”, los libros
podían ser comprendidos por cualquiera.
El libro
también trae una breve historia de la puntuación. Un hito se da en Egipto,
donde Aristófanes de Bizancio (257-180 a. C.) desarrolla “el primer sistema de
puntuación del mundo” (p. 23), con tres distinctiones que marcaban tres
tipos de pausas distintas a realizar en el texto. Gran parte de eso se perdió,
aunque algo se mantuvo en los monasterios irlandeses. El segundo hito es
Alcuino de York (735-804 d. C.), quien trabajaba para Carlomagno y creó un
sistema similar al de Aristófanes, con una distinctio (como el punto) y una subdistinctio (como la coma). Algo
similar creó Boncompagno da Signa (ca. 1170-1240), con una vírgula
planus - (afín al punto) y una vírgula suspensiva / (afín a la
coma).
El verdadero héroe, sin embargo, sería Aldo
Manuzio (1449/50-1515), un impresor al que Michaelsen equipara con Steve Jobs:
“Gutemberg inventó el arte de la impresión, pero fue Manuzio quien hizo uso de
esa tecnología y la desarrolló aún más” (p. 50). “Lo que llevó a cabo Manuzio en
1514 no solo fue crear nuevas formas de representar los signos de puntuación,
sino también implementar la estandarización de un sistema que ayudó a hacer del
lenguaje escrito un medio de comunicación fundamental” (p. 50/51). Su nieto
Aldo publicó en 1566 el primer manual de puntuación, donde se indicaba que “el
propósito de las comas, puntos, dos puntos y punto y coma era aclarar la
sintaxis, es decir, la forma en que estaban estructuradas las oraciones”; y que
el propósito no era “retórico”, es decir, indicaciones sobre cómo leer en voz
alta los textos. El debate de las funciones (retórica o gramática) sigue hasta
cierto punto hasta nuestros días.
La segunda parte del libro recorre los
distintos signos (punto, punto y coma, coma, signos de exclamación e
interrogación,) describiendo un poco para qué sirve y contando algo de la
historia. Por momentos Michaelsen parece querer ser gracioso, pero no le sale
mucho, queda un poco goofy y se repite un poco. Y en la tercera parte un
poco que vuelve a todos los temas vistos anteriormente, por lo que me da la
impresión que más que un libro, debió haber sido un artículo largo. En
definitiva, la idea central es que “Los códigos comunes del lenguaje fueron sin
dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que
tuvieron lugar en Europa hace quinientos años, y el sistema de puntuación común
una de sus bases fundamentales” (p. 154). La tesis tiene sentido en términos generales, pero me parece un poco exagerada.
Igual me divirtió, porque soy un nerd, claro.

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