lunes, 12 de enero de 2026

Y punto



Hace un mes en un grupo con el que hago teatro nombraron a otra persona como “el nerd del grupo” y un poco me ofendí. ¿Cómo va a ser Tomi más nerd que yo? Bueno, ahora tengo una prueba irrefutable de nerditud: me regalaron un libro sobre la historia de la puntuación. Más aún, lo leí; entero. Se trata de Cómo la puntuación cambió la historia, de Bard Borch Michaelsen (traducción del noruego de Christian Kupchik).

El argumento central del libro es que la puntuación es “la coronación final de los lenguajes escritos en Europa (…) no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental” (p. 14). Los primierostextosseescribíanasí, sin espacios y sin signos de puntuación; eso venía asociado con la lectura en voz alta, donde una persona, normalmente dotada de cierta jerarquía, como un cura, interpretaba cómo debía ser leído un texto. La incorporación de espacios y signos permite pasar a la lectura silenciosa e individual: al “disponerse de manera accesible, de conformidad con las convenciones relacionadas con la puntuación”, los libros podían ser comprendidos por cualquiera.

El libro también trae una breve historia de la puntuación. Un hito se da en Egipto, donde Aristófanes de Bizancio (257-180 a. C.) desarrolla “el primer sistema de puntuación del mundo” (p. 23), con tres distinctiones que marcaban tres tipos de pausas distintas a realizar en el texto. Gran parte de eso se perdió, aunque algo se mantuvo en los monasterios irlandeses. El segundo hito es Alcuino de York (735-804 d. C.), quien trabajaba para Carlomagno y creó un sistema similar al de Aristófanes, con una distinctio (como el punto) y una subdistinctio (como la coma). Algo similar creó Boncompagno da Signa (ca. 1170-1240), con una vírgula planus - (afín al punto) y una vírgula suspensiva / (afín a la coma).

El verdadero héroe, sin embargo, sería Aldo Manuzio (1449/50-1515), un impresor al que Michaelsen equipara con Steve Jobs: “Gutemberg inventó el arte de la impresión, pero fue Manuzio quien hizo uso de esa tecnología y la desarrolló aún más” (p. 50). “Lo que llevó a cabo Manuzio en 1514 no solo fue crear nuevas formas de representar los signos de puntuación, sino también implementar la estandarización de un sistema que ayudó a hacer del lenguaje escrito un medio de comunicación fundamental” (p. 50/51). Su nieto Aldo publicó en 1566 el primer manual de puntuación, donde se indicaba que “el propósito de las comas, puntos, dos puntos y punto y coma era aclarar la sintaxis, es decir, la forma en que estaban estructuradas las oraciones”; y que el propósito no era “retórico”, es decir, indicaciones sobre cómo leer en voz alta los textos. El debate de las funciones (retórica o gramática) sigue hasta cierto punto hasta nuestros días.

La segunda parte del libro recorre los distintos signos (punto, punto y coma, coma, signos de exclamación e interrogación,) describiendo un poco para qué sirve y contando algo de la historia. Por momentos Michaelsen parece querer ser gracioso, pero no le sale mucho, queda un poco goofy y se repite un poco. Y en la tercera parte un poco que vuelve a todos los temas vistos anteriormente, por lo que me da la impresión que más que un libro, debió haber sido un artículo largo. En definitiva, la idea central es que “Los códigos comunes del lenguaje fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años, y el sistema de puntuación común una de sus bases fundamentales” (p. 154). La tesis tiene sentido en términos generales, pero me parece un poco exagerada.

Igual me divirtió, porque soy un nerd, claro.


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