lunes, 21 de septiembre de 2026

El viaje final



“Últimamente he empezado a pensar sobre la felicidad más de lo que solía hacerlo” (p. 1). Así empieza Be Mine, última novela, por ahora por lo menos, de la serie de Frank Bascombe, de Richard Ford. En esta por ahora pentalogía, Ford sigue la vida de Bascombe en algunos períodos de la vida. Comienza con The Sportswriter (1986), con Bascombe divorciándose y enterrando a un hijo; sigue con un road trip con su hijo Paul en Independence Day (1995), ya siendo agente inmobiliario; en The Lay of the Land estamos en Halloween y Frank tiene 55 años y en Let me be Frank with You tiene 68 años y pasó el huracán Sandy en New Jersey.

Ahora, en Be Mine, estamos en otro holiday gringo, o casi, Valentine’s Day, y en otro road trip con el hijo, pero uno muy distinto. Frank tiene 74 y decide llevar a Paul, que tiene 47 y esclerosis lateral (ELA), a un último viaje, a ver el monte Rushmore, con sus caras de presidentes. El último viaje antes de que Paul (y no demasiado después Frank) emprenda el último es a uno de los lugares más americanos que hay; como dice Paul, “es totalmente ridículo y carente de sentido, pero es genial” (p. 324).

Así, la novela es en gran parte una reflexión sobre la vida (o sobre la muerte o sobre las dos o sobre como una y otra no pueden distinguirse demasiado) y esa podría ser la conclusión de Frank: es inútil, no tiene sentido y es genial. Lo que hacemos no tiene sentido. Como dice en un momento: “Cuánto más ligero en sus pies sería el mundo si tan sólo entendiéramos que casi un carajo de la mierda que hacemos en un día cualquiera hace mucha diferencia, ni el corto ni en el largo plazo” (p. 216). Pero así y todo la felicidad es asequible: “conozco el hueco en el corazón que es la añoranza y el opuesto de la añoranza –hacer el bien porque querés hacer el bien a pesar de lo que sabés que es cierto sobre vos mismo. Sí. La felicidad todavía puede ser tuya, viejo; ya que la felicidad no es un elemento puro como el manganeso o el boro, sino una aleación de metales tanto preciosos como comunes, y durables” (p. 255). En esa línea, “salir por la puerta (…) y no molestarse con ser feliz es darle a la vida menos de lo que merece” (p. 18).

Mientras tanto, por los ojos de Frank y Paul pasa Estados Unidos. La serie de Bascombe puede ser una buena manera de registrar el paso del tiempo de esa monstruosidad hermosa y poliforme, o al menos de cómo la ve un hombre sensible como Ford. Con todo lo ridículo y lo grandioso y la buena gente y de la otra. Pero sobre todo con un comercialismo que reduce todo a algo ridículo y sin sentido, a veces genial. En un momento va a alquilar un RV a un lugar insólito que se llama “A Fool’s Paradise”, que tiene de un lado un “outlet adulto” y del otro una armería que se llama “Gunz” y donde seguramente se puede comprar desde rifles de aire comprimido hasta una AK-47. O la mirada de Rapid City, “una mancha sin alma de mini-malls, grúas torre, restaurantes de cadenas, vendedores de autos” y demás, lo que lo lleva a concluir que “Hubo un tiempo en que sólo California se veía así” (p. 306).

Se me hizo largo Be Mine y un poco demasiado triste también. Pero amamos a Frank, con su estoicismo y su mirada siempre curiosa sobre su país, su vida, sus vínculos, el mundo.

 

Originales de las citas

“Lately, I’ve begun to think more than I used to about happiness” (p. 1).

“It’s completely pointless and ridiculous, and it’s great” (p. 324).

“How much lighter on its feet the world would be if we only understood that precious fuck-all we do on any given day makes much difference in either the long run or the short.” (p. 216).

“to go out the door (…) and not bother with being happy is to give life less than its full due” (p. 18).

“I know the hollow in the heart that is longing and longing’s opposite–doing good because you want to do good and are a good man in spite of what you know is true of you. Yes. Happiness can still be yours, ole chap; since happiness is not a pure element like Manganese or Boron, but an alloy of metals both precious and base, and durable” (p. 255).

“Rapid City, from what I see of it, is a worse place in daylight–soul-less splat of mini-malls, tower cranes, franchise eats, car purveyors and new banks like this one where we’re enjoying breakfast. Once only California looked this way” (p. 306).

 

Otras citas

“Women are incalculable in all that they can supply, then take away in the span of one heartbeat.” / “Las mujeres son incalculables en todo lo que pueden proveer, después lo quitan en el lapso de un latido” (p. 102).

“For passion to thrive, one must be able to envision it.” / “Para que la pasión prospere, uno debe poder visualizarlo” (p. 126).

“Choice usually isn’t choice, only what you’re left with”. / “La elección a menudo no es una elección, solo lo que te quedó” (p. 145).

lunes, 31 de agosto de 2026

Sentimental


Leí The Touchstone, de Edith Wharton (leí hace poco A Son at the Front y hace bastante más su obra más reconocida, The Age of Innocence).

Publicada en 1990, The Touchstone es la primera novella publicada por Wharton, y no es la mejor. Claramente Wharton sabía escribir, y es especialmente agradable leerla si a uno le gusta las oraciones más bien largas y musicales. Pero The Touchstone es flojita: una historia no muy sofisticada con personajes un poco caricaturizados y demasiado sentimental. La historia básica: Glennard, un joven de alta sociedad, pero bajo nivel económico, decide hacer una canallada para poder casarse con la mujer que quiere. Pero el matrimonio estará desde entonces en jaque por ese origen: Glennard se preocupa de que su mujer se entere, le da culpa toda la situación aunque no lo sepa, y así sucesivamente. En pocas palabras: “¿Cómo puede haber surgido tal cosecha de felicidad de un terreno manchado?” (p. 38).

Una cita típica de la música de Wharton (y una muestra de sentimentalismo): “Vivimos en nuestras almas como en una región sin mapa, de la cual hemos limpiado unas pocas hectáreas para vivir, mientras que de la naturaleza de aquellos más cercanos a nosotros conocemos tan sólo las fronteras que marchan con las nuestras” (p. 52/53).

¿Puedo decir que esto me encantó, o me tengo que deconstruir?: “La genialidad es de poca utilidad para una mujer que no sabe arreglarse el pelo” (p. 12).

 

Originales de las citas

“How could such a crop of innocent blessedness have sprung from tainted soil?” (p. 38).

“We live in our own souls as in an unmapped region, a few acres of which we have cleared for our habitation, while of the nature of those nearest us we know but the boundaries that march with ours” (p. 52/53).

“Genius is of small use to a woman who does not know how to do her hair” (p. 12).

lunes, 24 de agosto de 2026

El muy largo Švejk

 

Leí El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, una de las novelas más raras de la Primera Guerra Mundial.

Hašek (1883-1923) fue un personaje bastante extraño, con una vida signada por la inestabilidad y la inconstancia. Nacido en Praga el mismo año que Kafka, fue escritor, periodista y activista político, primero anarquista y luego comunista, y se casó dos veces sin haberse divorciado ni enviudado, aunque en distintos países. Desde más o menos los 20 años se dedicó al periodismo, la escritura y la vida bohemia, además de estar cerca de grupos anarquistas, con períodos de empleo un poco más estable que no duraban mucho. Según su traductor al inglés Cecil Parrott: se dedicó a la escritura y a la vagancia.

Hašek escribió El buen soldado Švejk al volver de la guerra (fue conscripto en el ejército austrohúngaro, pero luego revistó en la Legión Checa y en el Ejército Rojo). Comenzó en 1921 y fue publicando los primeros cuatro tomos, pero la muerte le impidió terminar los últimos dos que tenía planeados. El buen soldado Schvejk es su obra más reconocida, y la obra checa más traducida de la historia. Además de esta novela, Hašek tiene unos 1.200 cuentos publicados conocidos.

El buen soldado Švejk es básicamente una sátira picaresca. El libro sigue el deambular de Švejk más o menos desde el momento en que matan al archiduque Franz Ferdinand y suponemos que terminaría con el fin de guerra. Švejk es un gordito simplón que cuenta historias larguísimas y que muestra tanto entusiasmo por defender al Imperio que todos dudan de si ese entusiasmo es serio o irónico. Quienes más lo conocen, como el teniente Lukáš, se la pasan preguntando, a lo largo del libro, si es idiota o se hace. Ni él ni el lector tiene una respuesta obvia, como veremos.

 

Una de las ilustraciones originales de Josef Lada, gran valor del libro. En esta, Švejk se reporta con el teniente Lukáš, exasperado porque no se puede sacar de encima a su valet, que tantos problemas le trae.

 

Como es común con las picarescas, la novela sigue a este personaje en todo tipo de aventuras, sin mucho argumento, con personajes caricaturescos y estereotipos, y con el uso de la ironía y del humor. El humor en general es del tipo más básico y chabacano, incluyendo una inusitada cantidad de referencias a excrementos y vómitos. Por ejemplo, en un hospital al que mandan al bueno de Švejk los médicos ordenan a todos los pacientes, sin importar el diagnóstico, el mismo tratamiento, de aspirinas y enemas, y Švejk concluye que el futuro de “Austria descansa sobre estos enemas” (p. 69).

Lo que convierte a la novela en una sátira es que detrás del humor está la intención de hacer una crítica social y política. Y no simple ni principalmente de la guerra y de lo militar; decía al comienzo que es un libro raro de la Primera Guerra Mundial, y lo es en no poca medida porque en 750 páginas nunca se dispara un tiro y no hay escena alguna de combate. La novela es claramente más que una obra humorística: es una sátira sobre el imperio austrohúngaro, sobre el ejército austrohúngaro, sobre la iglesia y la religión en general. E incluso, más generalmente, sobre la burocracia y el Estado.

El ejército y su oficialidad son constantemente burlados por su corrupción, incompetencia y normas ridículas. Un capítulo empieza así: “El coronel Friedrich Kraus, quien llevaba el título adicional de von Zillergut por una aldea en el distrito de Salzburgo que había sido ya completamente desplumada por sus ancestros en el siglo dieciocho, era un verdaderamente venerable idiota” (p. 201). Describe a unos cuantos generales de pocas luces, incluyendo uno que hacía que los soldados se numeraran sólo con los números uno y dos y otro que ordenaba que todos los soldados fueran a las letrinas a la misma hora y dice que “Austria tenía masas de generales así” (p. 522). También se burla permanentemente de la religión. Uno de los primeros oficiales con los que se relaciona Švejk es un capellán que se la pasa tomando y apostando y que luego sabemos que era judío y que sólo había elegido el sacerdocio como una decisión de carrera. Cuidando en un tren a otro capellán, borracho, Švejk dice que todos los capellanes que conoció “tienen un talento especial derivado de Dios para emborracharse sin límite en cada oportunidad” (p. 318).

Se burla también de Austria Hungría en general (“Una monarquía tan idiota como esta no debería ni existir”, p. 208), pero en el fondo la burla es a toda burocracia, a toda institución que busca controlar y regir a los hombres. Švejk se la pasa siendo mandado y disciplinado por estructuras militares, médicas o judiciales, y siempre lo afronta con una sonrisa tonta, pero al hacerlo nos muestra la ridiculez del sistema. En una escena tribunalicia, Hašek nos dice: “Todo el establecimiento de la oficina del fiscal militar era magnífica. Todo estado al borde del colapso político, económico y moral tiene un establecimiento así. El aura del poder y la gloria pasados se adhiere a sus cortes, policía, gendarmería y banda de informantes venales” (p. 79). Y la oficina de otro fiscal militar, Ruller: “Tenía un tomo del código legal frente a él, y arriba de él descansaba una taza de té mitad consumida. En la mesa de la derecha había un crucifijo hecho de imitación de marfil con un Cristo polvoriento, quien miraba desesperanzado el pedestal de su cruz, donde había cenizas y colillas de cigarrillos” (p. 388); el símbolo de la ley usado como posavasos y el de la religión como cenicero. La Biblia junto al calefón.

Cabe recordar que en la misma época y básicamente en el mismo lugar, Franz Kafka escribía El proceso. Es curioso, porque Kafka y Hašek viven casi en el mismo tiempo y en el mismo lugar, pero nunca se cruzan. Vivían en Pragas totalmente distintas; la burguesa, judía y en idioma alemán de Kafka, y la proletaria y checa de Hašek. Uno iba a cafés, el otro a tabernas y burdeles. Hašek no leía alemán y Kafka publicó muy poco en vida, por lo que es casi imposible que el checo lo haya leído. Y es posible que Kafka haya leído algún cuento de Hašek, pero no hay documentación de ello. Pero hay dos puntos en que se cruzan; en que Max Brod, el amigo de Kafka responsable de su publicación póstuma fue quien primero tradujo parte de la novela de Hašek; y en la temática: los dos escriben en gran medida sobre lo mismo (el hombre aplastado por la burocracia), aunque con abordajes totalmente distintos.

Y en idiomas distintos. Sin duda, todos los que lo leemos en traducción nos perdemos muchísimo. El original está escrito en varios idiomas. Prácticamente todos los diálogos están escritos en el checo informal de las clases populares; es un idioma con gramática no estándar, palabras alteradas y con muchas palabras prestadas del alemán. En cambio, la voz del narrador y de todo lo que es oficial (telegramas, cortes marciales, proclamas) está en checo formal. Además, Hašek incluye mucho texto en alemán, porque el ejército se manejaba en parte en alemán, más allá de la lengua de cada regimiento; y porque los oficiales por momentos hablan en alemán. Finalmente, hay algo de diálogo en otros de los idiomas del imperio (húngaro, serbo-croata y polaco).

Hašek es un innovador en usar el checo informal en literatura, y habla de esto explícitamente en el epílogo del primer libro. El punto es defender el checo coloquial, el que hablan las clases populares, para que no quede relegado por el checo formal que quieren imponer los constructores de la nueva nación y cultura checoeslovaca. Es otra manera de defender al individuo frente al Estado. En esa misma línea, la insistencia en el chiste fácil y en las funciones corporales también tiene un sentido. No sólo porque es el chiste popular y fácil de entender de la “baja comedia”. También porque ayuda a poner en ridículo a la burocracia con un ejercicio muy simple: contraponer el absurdo de la burocracia y ese lenguaje pomposo y grandilocuente con lo más básico que nos une a todos, nuestras necesidades básicas, nuestros cuerpos endebles. Así, por ejemplo, el narrador describe un momento: “Y mientras las tropas pasaban y acampaban en los alrededores podía verse por todos lados pequeñas pilas de excremento humano de extracción internacional perteneciente a todos los pueblos de Austria, Alemania y Rusia. El excremento de solados de todas las nacionalidades y confesiones yacía uno lado al lado o uno encima del otro sin ocasionar ninguna pelea” (p. 598).

Ese narrador es a veces medio molesto, porque tiene un registro totalmente distinto de los personajes y a veces se pasa en la bajada de línea. Es una manera de decirnos que esto es más que una picaresca, una farsa, que estamos hablando de temas importantes. Pero se hace un poco pomposo. Y la novela se hace larga. Muy larga. Como dice su traductor al inglés, Cecil Parrott, Hašek escribía rápido y desprolijo, y quizás borracho. Los lectores, decía antes, no sabemos si Švejk es idiota o se hace, y no queda claro si eso es por diseño o por defecto. Y sin duda al libro le sobran muchas páginas, muchas aventuras, muchas historias contadas por Švejk. Al libro le faltó un editor que tuviera tijera fácil. Igualmente, es un libro divertido e interesante, una manera muy distinta de contar la experiencia de la guerra. Y aunque es cierto que no es estrictamente una novela de la guerra, sirve para recordar que Austria Hungría, que es probablemente el país más responsable de que esa matanza ridícula haya ocurrido, era un poco esa compleja mezcla de nacionalidades y religiones, de incompetencia y corrupción.


Originales de las citas

“Try hard to think that Austria rests on these enemas and victory is ours” (p. 69).

“Colonel Friedrich Kraus, who bore the additional title of von Zillergut after a village in the district of Salzburg which his ancestors had already completely fleeced in the eighteenth century, was a most venerable idiot” (p. 201).

“Austria had masses of generals like that” (p. 522).

“All these chaplains, never mind whether they’re senior or junior, have a special gift from God of getting themselves stinking drunk at every opportunity” (p. 318).

“A monarchy as idiotic as this ought not to exist at all” (p. 208).

“The whole establishment of the office of the judge advocate was magnificent. Every state on the brink of total political, economic and moral collapse has an establishment like this. The aura of past power and glory clings to its courts, police, gendarmerie and venal pack of informers” (p. 79).

 “A volume of the legal code lay before him, and a half-consumed glass of tea stood on top of it. On the table of the right stood a crucifix made out of imitation ivory with a dusty Christ, who looked despairingly at the pedestal of his cross, on which were ashes and cigarette stubs” (p. 388).

“And as the troops passed through and camped in the neighbourhood there could be seen everywhere little heaps of human excrement of international extraction belonging to all peoples of Austria, Germany and Russia. The excrement of soldiers of all nationalities and of confessions lay side by side or heaped on top of another without quarrelling among themselves” (p. 598).

 

lunes, 3 de agosto de 2026

Marines en acción

 


Nunca pensé que iba a leer libros de historia militar, pero las búsquedas a veces nos llevan a lugares inesperados. (Ahora que lo pienso, en algún momento sí leí otro libro de historia militar, "Comandos en Acción", de Isidoro Ruiz Moreno, pero antes de la existencia de este blog). El año pasado decidí coordinar un taller de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial, y así fue que estos últimos meses leí el libro de Strachan y novelas varias desde Le Feu a El Gran Gatsby, Adiós a las armas (y Fiesta), Sin novedad en el frente (y El camino de regreso), 1917, Goodbye to All That y Mrs. Dalloway. En ese camino, uno de los participantes del taller me dijo que me iba a prestar el libro de su hermano, y así fue como leí To the Limit of Endurance, de Peter Owen, teniente coronel en los Marines de EE. UU. y hermano de mi amigo.

To the Limit of Endurance relata la participación de un batallón específico de Marines en la Primera Guerra Mundial, el segundo batallón del sexto regimiento. Un batallón es una unidad de unos 1.000 soldados, generalmente compuesto por cuatro compañías de cuatro pelotones cada uno. Valiéndose de básicamente tres tipos de fuentes, Owen sigue a este batallón, el 2-6, desde su reclutamiento y entrenamiento hasta los seis enfrentamientos que tiene en el frente occidental. Las fuentes son los registros de los propios Marines, los de los regimientos alemanes que los enfrentaron en esas batallas y una cantidad de cartas y memorias de los propios combatientes.

Mi primera reacción al libro fue que me parece un verdadero logro que Owen haya podido hilvanar una narración bastante clara y llevadera de lo que ocurrió. No se lee como una novela, porque no hay prácticamente referencias a la vida interna de los personajes, pero sí como una crónica muy clara y directa. Para la historia militar, el libro tiene una importancia que yo no puedo juzgar; tercia sobre debates y discusiones de la historia de la participación de EE. UU. en la guerra y de cuestiones tácticas y operativas para las fuerzas que claramente no estoy en condiciones de juzgar. Pero para alguien que está leyendo novelas sobre la guerra, resulta más que interesante para tener una mirada más militar, si se quiere, del conflicto.

Complemento así lo que decía al comienzo. No sólo las búsquedas nos llevan a lugares extraños, sino que de esos terminamos obteniendo perspectivas que no suponíamos necesitábamos.

lunes, 13 de julio de 2026

Memorias de un guerrero

 


Leí Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los oficiales alemanes más condecorados de la Primera Guerra Mundial. Es uno de los libros que había incluido en el taller de novelas de la Gran Guerra, pero claro, no es una novela, sino memorias. Pero no unas memorias que incluyen el paso del autor por la guerra como parte de la historia más amplia del narrador, como puede ser Goodbye to All That, de Robert Graves, sino un libro absolutamente centrado en la guerra: no está el pasado ni el futuro del narrador, ni prácticamente otros personajes más que el narrador. Está la guerra. Por si queda alguna duda, el libro comienza cuando se bajan del tren en Francia y termina cuando, de regreso, Jünger recibe la medalla Pour le Meritè.

A Jünger se lo ha acusado de glorificar la guerra. No creo que sea así. También hay lugar para el reconocimiento del horror y para otros tópicos comunes de la literatura bélica (la extrañeza de que la naturaleza siga adelante en medio del horror, el papel del azar en definir si un hombre vive o muere), pero la mirada no es la de la desilusión. Jünger parece ver a la guerra como una gran aventura. Por momentos incluso casi un viaje de egresados, un grupo de muchachos que la pasan bien juntos: “Éramos cuatro oficiales, incluyendo al comandante de la compañía, y vivíamos juntos muy armoniosamente, tomando café en uno u otro de nuestros refugios, o cenando juntos, a menudo con una botella o dos, fumando, jugando a las cartas, y disfrutando de grandes conversaciones” (p. 63). Formateados por la literatura de la generación perdida, a veces nos cuesta creerlo, pero hubo otras maneras de experimentar la guerra. Para muchos hombres de clase trabajadora, la guerra era una experiencia mejor que las minas de carbón o las fábricas, y para muchos jóvenes una forma de vida excitante.

Tempestades de acero no es, sin embargo, meramente un libro de aventuras. El traductor Michael Hofmann –se recomienda muy fervientemente esta traducción y no la vieja de Basil Creighton– dice en la introducción a mi edición que se trata de una épica. Y creo que tiene razón. En varios momentos Jünger habla de la guerra como una gran aventura, como una prueba del cuerpo y espíritu del soldado. Así, dice de una patrulla: “Estas pequeñas expediciones, cuando un hombre toma su vida en sus manos, eran una buena manera de probar nuestro temple y de interrumpir la monotonía de la vida de trincheras. No hay nada peor para un soldado que el aburrimiento” (p. 88-89).

Los personajes de los libros típicos de la guerra, los de la desilusión y de la supuesta “generación perdida”, no temen el aburrimiento. Más bien rezan por un “sector tranquilo”, por un sector aburrido. Pero para Jünger no había nada peor que el aburrimiento. En otro momento dice: “Después de semanas de bombardeo, estaba por comenzar la batalla de infantería; habíamos llegado en el momento correcto” (p. 161). Los personajes de Sin novedad en el frente, por ejemplo, hubieran dicho que llegaron en el peor momento. En el prólogo a mi edición, el escritor y veterano de Vietnam Karl Marlantes se refiere a Jünger como “un soldado innato”, y algo de eso hay.

Como en las viejas épicas, la guerra es el campo donde se mide el valor de los hombres. Relacionado con esto, no hay odio al enemigo, y por momentos hasta hay admiración. Casi como si se tratara de un enfrentamiento deportivo. En un momento habla del encuentro con un oficial inglés en medio de un alto el fuego extraoficial y dice que tenían “casi una admiración de buenos deportistas el uno por el otro, y no tengo dudas de que nos hubiera gustado intercambiar mementos” (p. 57). Poco después resume: “A lo largo de la guerra siempre intenté ver a mi oponente sin animadversión, y formar una opinión de él como hombre sobre la base del coraje que mostrara. Siempre intentaría buscarlo en combate y matarlo, y no esperaba nada menos de él. Pero nunca tuve pensamientos malos sobre él” (p. 58). Es extraordinario: no tengo pensamientos malos sobre él, pero quiero matarlo.

Detrás de esas aventuras y esas pruebas está el valor del patriotismo. Como Aquiles peleando por Grecia, Jünger pelea por Alemania. Volviendo al frente después de una de sus estadías en el hospital (Jünger sufrió 14 heridas de importancia), reflexiona: “Qué país hermoso que era, y eminentemente digno de nuestra sangre y de nuestras vidas. (…) por primera vez tuve la sensación de que esta guerra era más que sólo una gran aventura” (p. 33). O, en uno de los pocos pasajes más poéticos: “Cada tanto, por la luz de una bengala, veía casco de acero contra casco de acero, hoja por hoja brillante, y me sobrecogía un sentimiento de invulnerabilidad. Podíamos ser aplastados, pero sin dudas no podríamos ser conquistados” (p. 99). Y la guerra se pelea con una sensación del honor; así, al final, cuando Alemania retrocede con acciones de tierra arrasada, Jünger lo juzga negativamente: eran “malas para la moral y el honor de los hombres. (…) hace más daño que bien para quien destruye y deshonra al soldado” (p. 128). En definitiva, es una épica, y la guerra tiene un sentido. “La batalla decisiva, el último asalto, había llegado. Aquí se decidirían los destinos de las naciones, lo que estaba en juego era el futuro del mundo. Sentía el peso de la hora, y creo que todos sentimos disolverse lo individual dentro nuestro y al miedo irse” (p. 231).

Borges leyó Tempestades de acero, pero no dejó algo escrito sobre estas memorias hasat donde sé. En 1937 sí publicó una reseña bastantecrítica sobre un ensayo de Jünger, “La guerra como una experiencia interior”. Según Borges, Jünger define allí a la guerra como “una especie de arte minoritario o de religión esotérica. Muchos son los llamados –a veces, todos: por ejemplo, durante el bombardeo de una ciudad,– y pocos, o ninguno, los elegidos”. Al mismo tiempo, le critica “la vana acumulación de metáforas insensatas”. En esa reseña Borges habla de Tempestades de acero; la llama Entre los huracanes de acero y dice “que alaba y agradece la guerra” y que era un libro “narrativo”.

En 1982 Borges visitó a Jünger en Alemania. Según el alemán, hablaron en una mezcla de alemán, español, francés e inglés sobre “Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, Don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert”. Jünger dice en sus memorias que “Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino”. Borges le habría dicho que esa lectura fue “una erupción volcánica”.

Imagino que la fascinación de Borges está en encontrar en Jünger esas dos ramas de su propia historia, la del guerrero de la rama paterna y la del escritor de la rama materna. Además, claro, del título de su obra más conocida. Como se sabe, Borges apreciaba mucho las kenningar, metáforas condensadas típica de la antigua poesía vikinga donde se reemplaza un sustantivo común con una expresión figurativa compuesta. En “Las Kenningar”, artículo publicado en Historia de la eternidad (1953), Borges da algunos ejemplos: “alimento de cuervos” es cadáver, “pradera de la gaviota” es el mar, “rocío de la espada” es la sangre y “tempestad de espadas es la batalla”.  Sabiéndolo o no, Jünger tituló su libro con un kenning, Tempestades de acero, un punto más para pensarlo como una épica, una épica nórdica moderna.

No es un libro particularmente bien escrito, no es de gran factura literaria, si se quiere. El libro pasó por un montón de ediciones que, de una manera extraña, reflejan la historia alemana de postguerra. La primera fue una edición no muy trabajada de los diarios de Jünger durante la guerra. Luego hubo una revisión muy grande, con un contenido más nacionalista. Pero con la llegada del nazismo (que buscó infructuosamente acercar a Jünger a sus fulas), el autor moderó esos aspectos. La versión final, de 1961, es sin duda mucho más trabajada que la inicial, pero sigue sin grandes valores estéticos. El gran valor es el de la autenticidad: Jünger te pone ahí adentro, te lo cuenta de primera mano, sin reflexiones filosóficas o políticas. Hay allí una verdad, y quizás por eso Borges sintió esa erupción volcánica.


Originales

“There were four of us officers, including the company commander, and we lived together very harmoniously, drinking coffee in one or other of our dugouts, or having supper together, often over a bottler or two, smoking, playing cards, and enjoying rather baronial conversations. (…) In the memory, such congenial hours made up for other days of blood, filth and work” (p. 63).

“These short expeditions, when a man takes his life in his hands, were a good means of testing our mettle and interrupting the monotony of trench life. There’s nothing worse for a soldier than boredom” (p. 88/89).

“After weeks of drumming, the infantry battle was about to begin; we had come at the right time” (p. 161).

“an almost sportsmanlike admiration for the other, and I’m sure we should have liked to exchange mementoes” (p. 57).

“Throughout the war it was always my endeavour to view my opponent without animus, and to form an opinion of him as a man on the basis of the courage he showed. I would always try and seek him out in combat and kill him, and I expected nothing else from him. But never did I entertain mean thoughts of him. When prisoners fell into my hands, later on, I felt responsible for their safety, and would always do everything in my power for them” (p. 58).

“What a beautiful country it was, and eminently worth our blood and our loves. (…) for the first time I sensed that this war was more than just a great adventure” (p. 33).

“Now and then, by the light of the flare, I saw steel helmet by steel helmet, blade by glinting blade, and I was overcome by a feeling of invulnerability. We might be crushed, but surely we could not be conquered” (p. 99).

 “They were also, we could see right away, bad for the men’s morale and honour. (…) it does more harm than good for the destroyer, and dishonours the soldier” (p. 128).

“At the sight of the dammed-up masses of men, the breakthrough appeared certain to me. (…) I was confident. The decisive battle, the last charge, was here. Here the fates of nations would be decided, what was at stake was the future of the world. I sensed the weight of the hour, and I think everyone felt the individual in them dissolve, and fear depart” (p. 231).

lunes, 15 de junio de 2026

Una hija

 


Leí ¿Y si no es suficiente?, de Maia Debowicz, uno de esos libritos chiquititos que publica Vinilo Editora (leí Yo también soy una mosca, de Esteban Serrano, El libro de las fobias, colección de autores varios y Match, de Pablo Ottonello).

Digo esto porque el formato hace al libro: Vinilo publica libritos pequeños. En este librito, Maia Debowicz piensa la relación con su padre a través de tres momentos de su relación, en tres capítulos. En el primero, “El peso de los rulos”, Maia es niña y no quiere llevar los rulos que heredó de su padre. Invierte tiempo y dinero en eliminar esa herencia: “Cada vez que pisara una peluquería tendría en la punta de la lengua el pedido de perdón por tener tanto pelo, tantos rulos. Por haber heredado el pelo de mi papá” (p. 18). Al padre no le gusta.

En el segundo, “De qué hablan los adultos”, aunque ella escribe y dibuja y no es organizada ni particularmente buena con el dinero, el padre le ofrece trabajar en su inmobiliaria, cobrando alquileres: “No entendía si lo hacía porque me conocía mucho o porque no me conocía nada”. (p. 39). Sus padres se habían separado, la relación entre padre e hija se había deteriorado, y quizás esa fue la forma de recrear una relación. No fue la mejor: “El motivo de su enojo conmigo era uno; que no me pareciera a él. Al año de trabajar juntos ya no pudo disimular esa desilusión de estar frente a frente con una hija que piensa y actúa diferente de lo que él soñó”. (p. 56).

En el tercero, “La soledad de los secretos”, el hermano del padre se enferma y ella se acerca desde otro lugar. Se termina acercando también a su nueva pareja: “Marisa nunca me había caído bien, pero una sola cosa me hizo respetarla como a ninguna otra madrastra: no hacía absolutamente nada para conquistarme” (p. 75). Como un rulo, el libro vuelve a su lugar inicial, pero llega a otro lado, y lo hace con mucha tranquilidad y gusto para el lector.

lunes, 8 de junio de 2026

Reconciliación

 


Leí A Son at the Front, de Edith Wharton, primera mujer en ganar el Premio Pulitzer, por The Age of Innocence. Wharton vivió prácticamente toda su vida entre EE. UU. y Europa, como su amigo Henry James, y su obra tiene mucho de ese tránsito cultural del Atlántico Norte. Wharton vivió además prácticamente toda la Primera Guerra Mundial en Francia; trabajó en distintas iniciativas de asistencia a refugiados y afectados por la guerra y fue una propagandista del esfuerzo bélico francés y del ingreso de EE. UU. a la guerra, campo en el que se destacan una novella, titulada The Marne y considerada un papelón por algunos críticos, y una colección de artículos titulado Fighting France.

A Son at the Front no es propaganda, aunque a veces se le parece un poco. Los libros que vengo leyendo de combatientes son, en general, bastante mesurados con el enemigo. Para este libro (para sus protagonistas si no para Wharton), los aliados son la civilización y los alemanes son la barbarie. Así, con esas palabras. Para ser propaganda, claro, debió haber sido publicada antes. Wharton empezó a escribir A Son at the Front cerca del final de la guerra, pero luego interrumpió su escritura. Después de publicar dos novelas (su obra maestra en 1920 y The Glimpses of The Moon en 1922), retomó A Son at the Front, que publicó en 1923.

A través de una tercera primera centrada en un artista, John Campton, en este libro Wharton retrata cómo se vivió la guerra en París. A Son at the Front recibió inicialmente críticas mixtas y fue relativamente exitosa comercialmente, pero pasó al olvido por décadas, en gran medida porque se consideraban no del todo válidas las miradas de la guerra que no fueran las de los soldados que la sufrieron, y que expresaran la oposición a la guerra y la desilusión generada en esa supuesta “generación perdida”. Recién en la década de 1990 se la empezó a rescatar, un poco porque se empezó a rescatar la obra de mujeres en general; y otro poco porque en la literatura sobre la guerra en particular se empezó a releer libros que presentaban otras miradas (mujeres, no combatientes, otros países además de los típicos, etc.).

En mi primera lectura, mi conclusión fue que la novela estaba bien olvidada. En esa primera lectura me molestaron algunas cosas que me siguieron molestando un poco en la segunda: el personaje principal (un misántropo mezquino y neurótico); un estilo un poco demasiado siglo XIX, adjetivado y lírico; ciertas subtramas innecesarias (la tarotista española, la interna en la sociedad de amigos de los artistas en la que participa Campton) que la alargan innecesariamente; y cierta sobre explicación de muchas cuestiones, que en parte venía por el uso de esa tercera primera.

En la segunda lectura decidí aceptar más esa tercera primera como si fuera una primera persona, y los melones se me acomodaron. Realmente creo que la novela hubiera sido mucho mejor en primera, pero aceptando más eso, y que todo lo que aparece en el libro viene en verdad de la mente de Campton, todo queda mejor. Me ayudó a eso la introducción de Julie Olin-Ammentorp en mi muy buena edición de Oxford University Press. La crítica cita allí un artículo de Wharton, “The Writing of Fiction”, donde dice que a la hora de elegir al narrador hay que pensar en una mente que nos ayude a reflejar aquello que queremos mostrar.

Haciendo eso, resulta un libro interesante para entender cómo se vivió la guerra desde París, y especialmente por la comunidad americana de París. Sobre todo, se la vio colectivamente como algo que cambió todo: “Hace dos días todavía estábamos en la vieja y tranquila Europa en la que uno podía hacer planes, contratar pasajes en trenes y vapores, discutir sobre pinturas, libros, teatros, ideas, sacar toda la plata que uno quisiera del banco (…) Y acá estaban sentados en sus mismos trajes de noche, alrededor de la misma reluciente mesa de caoba, aparentemente el mismo grupo de hombres jóvenes y viejos libres e independientes, pero en verdad prisioneros, cada uno de ellos, esposados a este espantoso matón enmascarado de la ‘Guerra’!” (p. 48). Es también una manera de ver la entrada de EE. UU. a la guerra. La parábola de Campton, que aprende a aceptar que su hijo esté peleando y a apoyar el ingreso de su país a la guerra, es la de millones de americanos.

Finalmente es una declaración de amor. A París: “La guerra seguía; París seguía. Había tenido su gran hora de resistencia cuando, sola, expuesta e indefensa, había contenido al enemigo y quebrado su fuerza” (p. 67). Y a Francia: “Una Idea: eso es lo que Francia, desde que había existido, había sido siempre en la historia de la civilización; un punto luminoso alrededor del cual podían reunirse visiones y propósitos en pugna. Y en ese sentido había sido un hogar espiritual para Campton tanto como para Dastrey; para pensadores, artistas, para todos los creadores, ella siempre había sido un segundo país. Si Francia se perdía, la civilización occidental se perdía con ella; y entontes todo aquello en lo que habían creído y lo que los había guiado moriría” (p. 211/212).

¿Es lo mejor de Wharton? Claramente mi respuesta es que no, pero vale la pena igual, sobre todo si te interesa la Primera Guerra Mundial.

 

Originales de las citas

“Two days ago they were still in the old easy Europe, a Europe in which one could make plans, engage passages on trains and steamers, argue about pictures, books, theatres, ideas, draw as much money as one chose out of the bank (…) And here they sat in their same evening clothes, about the same shining mahogany writing-table, apparently the same group of free and independent youths and elderly men, and in reality prisoners, every one of them, hand-cuffed to  this hideous masked bully of “War”!” (p. 48).

“The war went on; Paris went on. She had had her great hour of resistance, when, alone, exposed and defenceless, she had held back the enemy and broken his strength” (p. 67).

“An Idea: that was what France, ever since she had existed, had always been in the story of civilization; a luminous point about which striving visions and purposes could rally And n that sense she had been as much Campton’s spiritual home as Dastrey’s; to thinkers, artists, to all creators, she had always been a second country. If France went, Western civilization went with her; and then all they had believed in and been guided by would perish” (p. 211/212).


lunes, 1 de junio de 2026

Más Hemingway

 


Leí Men Without Women, colección de cuentos de Ernest Hemingway publicada originalmente en 1927. Es decir, después de The Sun Also Rises y antes de A Farewell to Arms (recientemente leí también A Moveable Feast, memorias póstumas).  

En el libro hay toreros y boxeadores (“The Undefeated”, “Banal Story”, “Fifty Grand”); relaciones de pareja complicadas (“Hills like white elephants”, “A Canary for One”): y soldados en el frente italiano (“In Another country”, “A Simple Enquiry”, “Now I Lay Me”). Está el famoso “The Killers” y hay un tríptico de una visita a Italia (“Che ti dice la patria”, “A Meal in Spezia” y “After the Rain” donde se critica al fascismo a la Hemingway; esto es, mostrando y no diciendo. De hecho, termina muy simplemente: “Todo el viaje había tomado apenas diez días. Naturalmente, en un viaje tan corto, no tuvimos oportunidad de ver cómo estaban las cosas para el país o para la gente” (p. 478). Hay un cuento sobre la adicción (“A Pursuit Race”), otro sobre el joven Nick Anderson penando de amor (“Ten Indians”) y un cuento escabroso sobre un cadáver (“An Alpine Idyll”) y hasta una pequeña obra de teatro en la que tres soldados van al bar de un hebreo y toman vino mientras discuten la crucifixión de Jesús.

No voy a decir nada demasiado original. Lo que se destila, primero, es el estilo económico (el show don’t tell y el iceberg). Quizás el ejemplo más claro es el de “Hills Like White Elephants”, donde una pareja discute sobre un posible aborto sin discutir y sin mencionar la posibilidad de un aborto ni un embarazo. El varón apenas dice que es una “operación realmente muy sencilla”, que casi ni es una operación. Dos ejemplos más. No dice que hace frío, sino que “En el restaurante podías ver tu respiración” (p. 475). No dice cuán fuerte pega un boxeador, sino que te lo hace escuchar: “Cada vez que se acerca, Jack lo traba, y después libera una mano y le da un uppercut, pero cuando Walcott libera sus manos le pega a Jack en el cuerpo y lo pueden escuchar afuera en la calle. Es un pegador” (p. 502).

Segundo, hay una ética detrás; algunos personajes están dentro y otros fuera del “código”. Pero no desde el dedito levantado ni siempre siendo todo claro, y con algo de fatalidad. Hay más perdedores que ganadores, pero se puede ganar al perder si se pierde de la manera correcta.

Tercero, la meticulosidad de los relatos. El gran ejemplo es “Now I Lay Me”, donde Nick Anderson está en el hospital recuperándose de una herida a kilómetros del frente y no puede dormir. Hemingway describe minuciosamente las estrategias de Nick para no volverse loco ante el insomnio generado por el estrés post traumático.

En fin, un genio a quien hay que leer siempre.

 

Originales de las citas

“The whole trip had only taken ten days. Naturally, in such a short trip. We had no opportunity to see how things were with country or the people” (p. 478).

“In the restaurant you could see your breath” (p. 475).

“Every time he gets in close, Jack ties him up, then gets one hand loose and uppercuts him, but when Walcott gets his hands loose he socks Jack in the body so they can hear it outside in the street. He’s a socker” (p. 502).

lunes, 18 de mayo de 2026

Una historia de amor

 


 Volví a leer después de mucho tiempo A Farewell to Arms, una de las novelas más famosas de la Primera Guerra Mundial, y quizás el primer hit de Ernest Hemingway.

Esta novela fue publicada en 1929, como Sin novedad en el frente y Goodbye to All That, entre muchos otros libros de la Gran Guerra, y tres años después de The Sun Also Rises, que es la novela de lo que viene después de la guerra, aunque con otros personajes. El argumento es relativamente sencillo: el narrador es el americano Frederick Henry, que está en el frente italiano como teniente en el servicio de ambulancias del ejército italiano. Allí conoce a una enfermera británica, Catherine Barkley; después de empezar a verla, Henry termina teniendo un gran amor con ella al ser herido y trasladado a un hospital en Milán, donde ella cuida de él. Con idas y vueltas entre el frente y la retaguardia, una novela de la guerra termina siendo una novela de amor.

Por detrás, claro, hay mucho más, porque en Hemingway siempre hay muchas cosas detrás. Hay, claro, un enjuiciamiento de la guerra, pero de forma mucho menos directa que en otros de los libros que estuve leyendo, incluyendo la citada Sin novedad en el frente, One Man’s Initiation 1917 y Le Feu, por ejemplo. El lugar más claro es el momento en el que Frederick Henry dice: “Siempre me daban vergüenza las palabras sagrado, glorioso y sacrificio y la expresión en vano. Las habíamos escuchado, a veces parados bajo la lluvia casi fuera de rango, de forma que sólo se escuchaban las palabras gritadas, y las habíamos leído, en proclamas que era pegadas en carteles por encima de otras proclamas, hacía un largo tiempo ya, y yo no había visto nada sagrado, y las cosas que eran gloriosas no tenían gloria y los sacrificios eran como los mataderos de Chicago si no se hubiera hecho nada con la carne más que enterrarla. Había muchas palabras que yo no podías soportar escuchar y al final sólo los nombres de los lugares tenían dignidad” (p. 134-135).

Como decía, el tema principal es la historia de amor entre el soldado americano y la enfermera británica. Discutiéndolo en el taller de lectura de novelas de la Primera Guerra, fui el único, creo, que se creyó la historia de amor. Los demás no se la creyeron demasiado. Para mí hay una clara progresión, donde al principio Henry la visita de puro aburrido y de poco se va enamorando. Para mí, hacia el final de la novela, están muertos el uno con el otro; arman un mundo propio, incluyendo mentiras que se entienden como tal, y hacen un hogar de cualquier lugar donde están juntos (un hospital, un hotel, una cabaña en la montaña).

“Nos podíamos sentir solos estando juntos, solos contra los demás. Sólo me pasó así una vez. Me he sentido solo estando con muchas chicas y esa es la manera en que podés sentirte más solitario. Pero nunca estábamos solitarios y nunca con miedo cuando estábamos juntos. Yo sé que la noche no es lo mismo que el día: que todas las cosas son diferentes, que las cosas de la noche no pueden ser explicadas de día, porque ahí no existen, y la noche puede ser un tiempo espantos para personas solitarias una vez que empezó su solitud. Pero con Catherine casi no había diferencia entre la noche scalvo que era un tiempo aún mejor. Si la gente trae tanto coraje a este mundo el mundo tiene que matarlos para romperlos, así que por supuesto los mata. El mundo rompe a todos y después muchos son fuertes en los lugares rotos. Pero a aquellos que no se rompen los mata. Mata a los muy buenos y a los muy amables y a los muy valientes imparcialmente. Si no sos uno de esos podés estar seguir de que te va a matar, pero sin un apuro especial” (p. 182-183).

Esa cita une el tema del amor con el tema ético. Más allá de que siempre nos vamos a morir y que somos los únicos animales conscientes de la propia mortalidad, el punto de Hemingway, acá como en muchos otros lados, es que hay una forma buena y otra mala de vivir. A lo largo de la novela Hemingway construye una dualidad: Dualidad: de un lado la montaña, la buena vida, el hogar, el amor y la vida, que en el frente es representado por el cura; del otro lado la planicie, la mala vida, el burdel, la guerra y la muerte, representadas por Rinaldi. Más allá de lo que ocurra al final, Catherine y Frederick Henry eligen el lado correcto. Al comienzo de la novela, el cura y Henry tienen un diálogo en el que el cura lo quiere llevar del lado del bien:

“Lo que me contás de las noches. Eso no es amor. Esos es sólo pasión y lujuria. Cuando amás querés hacer cosas para. Querés sacrificar para. Querés servir.

“Yo no amo.

“Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.” (p. 54).

Catherine y Frederick eligen el lado correcto: la montaña, el amor, el hogar. Y por eso son héroes, más allá de todas sus fallas. Porque lo importante no es ganar o perder, sino jugar de la manera correcta a pesar de todo lo que sabemos, a pesar de la muerte, a pesar de saber que tantos otros juegan mal, a pesar de que perdemos más de las que ganamos.

No es una novela feliz, claro, pero es una lectura feliz. Hemingway escribía realmente muy bien, y en esta novela lo vemos un poco menos “Hemingway” que en otros libros, lo cual está bueno. Hemingway es famoso por su lenguaje austero, por sus oraciones cortas, por todo lo que no dice. Acá lo veo mucho más lírico que en los cuentos cortos e incluso que en The Sun Also Rises. Aunque la base es siempre lo observable, hay mucho pensamiento del narrador, incluso momentos de fluir de conciencia.

Sin duda, una de las grandes novelas de la Primera Guerra y del siglo XX.

 

Originales de las citas

“I was always embarrassed by the words sacred, glorious, and sacrifice and the expression in vain. We had heard them, sometimes standing in the rain almost out of earshot, so that only the shouted words came through, and had read them, on proclamations that were slapped up by bil posters over other proclamations, now for a long time, and I had seen nothing sacred, and the things that were glorious had no glory and the sacrifices were like the stockyards at Chicago if nothing was done with the meat except to bury it. There were many words that you could not stand to hear and final y only the names of places had dignity.” (134-135)

“We could feel alone when we were together, alone against the others. It has only happened to me like that once. I have been alone while I was with many girls and that is the way that you can be most lonely. But we were never lonely and never afraid when we were together. I know the night is not the same as the day: that all things are different, that the things of the night cannot be explained in the day, because they do not then exist, and the night can be a dreadful time for lonely people once their loneliness has started. But with Catherine there was almost no difference in the night except that it was an even better time. If people bring so much courage to this world the world has to kill them to break them, so of course it kills them. The world breaks every one and afterward many are strong at the broken places. But those that will not break it kills. It kills the very good and the very gentle and the very brave impartially. If you are none of these yo u can be sure it will kill you too but there will be no special hurry.” (182-183)

“What you tell me about in the nights. That is not love. That is only passion and lust. When you love you wish to do things for. You wish to sacrifice for. You wish to serve.

“I don’t love.”

“You will. I know you will. Then you will be happy.” 54

 

 

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Viaje interior

 


Leí Estás muy callada hoy, de Ana Navajas, una verdadera belleza. Novela, “diario ficticio” o “ficción del yo”, en palabras de Pedro Mairal en la contratapa, es una narradora que está haciendo, o está preparando para empezar a hacer, el duelo por la muerte de la madre. O, lo que es casi lo mismo, una mujer que encuentra que para hacer el duelo de su madre tiene que escribir. O una mujer que se convierte en escritora haciendo el duelo de la madre.

No es spoiler: la primera oración del libro es “El cementerio donde está enterrada mi mamá es mi jardín favorito” (p. 11) Y la última es…. Ok, no, no, eso sí sería spoiler. Pero rápidamente sabemos, después de aquella primera oración, que se trata de algo más que del duelo, que hay una reflexión interna sobre la familia, sobre la maternidad, sobre ser hija, esposa, hermana. Nos lo dice en la segunda página: “empezamos a coordinar la logística del traslado. Una caravana fúnebre al litoral: después de todos somos especialistas en encadenarnos uno atrás de otro, como esos esclavos con grilletes arrastrándose en fila” (p. 12).

Así, la narradora va y viene. En el espacio, entre algún lugar del litoral donde se cría, donde la narradora era “la nieta del dueño de todo” (p. 93), y que todos imaginamos que es en el interior de Corrientes, y Buenos Aires. Y entre esa infancia y esta adultez de madre de tres hijos, de esposa, a quien la muerte de la madre le abre la pregunta sobre el propio deseo. El libro se convierte así en una investigación sobre la propia vida y la propia familia, y una especie de toque atención sobre el misterio de todo vínculo, y especialmente de lo insondable de lo femenino. Todo esto con un tono entre Hemingway y Virginia Woolf, con dos cortas y una larga, con pequeños saltos de sentido, como un poema de 130 páginas.

Una belleza, la verdad.

lunes, 27 de abril de 2026

Belleza

 


Leí So Late in the Day, selección de tres cuentos de Claire Keegan, quizás mi escritora favorita. En la contratapa de esta hermosa edición hay una cita al NBR: “If [Keegan] has published something that isn’t perfect, I haven’t seen it”. Si Keegan publicó algo que no sea perfecto, yo no lo vi.

Y es más perfecto en una edición como esta. Buen papel, tres cuentos, tapa dura. Leer en una edición linda no es lo mismo que leer en una edición cualquiera. Leer en papel no es lo mismo que leer en formato electrónico. Leo mucho en Kindle porque leo mucho en inglés y en Argentina no es tan fácil conseguir lo que uno quiere; porque accedo a muchos libros electrónicos gratis a través de una biblioteca pública; y porque me fui acostumbrando y me trato de acostumbrar a vivir con menos cosas físicas. Pero no es lo mismo, yo sé que no es lo mismo.

Esta edición incluye tres cuentos, dos que yo ya había leído (“The Long and Painful Death”, publicado en Walk the Blue Fields, y “Antarctica”, publicado en Antarctica) y el que le da el título a la colección, “So Late in The Day”, publicado originalmente en The New Yorker. Los tres cuentos tratan fundamentalmente del encuentro entre un hombre y una mujer.

En el primero, un hombre mira para atrás a una relación que estuvo a punto de terminar en matrimonio, algo que a última hora no ocurrió. Es en una primera tercera en el varón de la pareja, Cathal, un tipo no demasiado conectado y más preocupado por el dinero que por los sentimientos de su pareja. En un momento ella le dice que una colega le dijo que la mayoría de los hombres de la edad de Cathal sólo quieren que las mujeres se callen y les den a ellos lo que ellos quieren. “Él quería negarlo, pero parecía incómodamente cercano a una verdad que él nunca antes había considerado” (p. 34).

En el segundo cuento una escritora va a una casa lejana, anteriormente de un escritor famoso, a una residencia de escritura. Allí es abordada por un hombre que no parece contenta con que ella hubiera ganado la residencia y ella, con eso, hace lo que un buen escritor hace: literatura. Sin que te des cuenta, oración tras oración, Keegan transforma el relato a un relato del relato.

En el tercero, “Antarctica”, una mujer sale a explorar algo sobre sí misma, a extender sus fronteras, y termina descubriendo algo mucho más complejo. De vuelta, lo que me llama la atención ahora, unos días después de haberlo leído, es cómo se puede transformar radicalmente una sensación, una atmósfera, con sutiles cambios de palabras.

Claire Keegan es una genia. Si hay algo que haya publicado que no sea perfecto, no lo conozco.

lunes, 20 de abril de 2026

París era una fiesta


Volví a leer después de décadas A Moveable Feast, unas memorias de Hemingway de sus años en París en la década de 1920. Publicado póstumamente, el libro cuenta un poco la historia de su matrimonio con Hadley y su final, pero sobre todo cimenta el mito de Hemingway como escritor hambriento y presenta de alguna manera una teoría de la escritura basada en la simplicidad, la omisión y el understatement.

En París, Hemingway trabajaba como periodista, pero en un momento dejó de hacerlo para dedicarse enteramente a la escritura. El hambre, dice, era una buena disciplina, y la pobreza una virtud: “no nos veíamos a nosotros mismos como pobres. No lo aceptábamos. Pensábamos que éramos personas superiores y que otras personas a quienes mirábamos con desdén y de quienes desconfiábamos con razón eran ricas” (p. 277). La otra virtud clave era la confianza. “‘No te preocupes. Siempre escribiste en el pasado y vas a escribir ahora. Sólo tenés que escribir una oración verdadera. Escribí la oración más verdadera que conozcas’. Así que al final escribía una oración verdadera, y después seguía desde ahí” (p. 255). Se trataba de escribir “una historia sobre cada cosa sobre lo que sabía” (p. 255).

Más adelante habla de la omisión como una estrategia clave, con dos ejemplos. El primero lo nombra, es el cuento “Out of Season”. El cuento es de una pareja joven que es guiada por un italiano viejo a pescar, aunque están fuera de temporada; pero el verdadero tema es la pelea que hubo entre la pareja antes de esta breve excursión. Además, se omite que después el viejo se suicida (aunque dicen por ahí que Hemingway se enteró de eso después de haber escrito el cuento). Dice: “Era un cuento muy simple llamado ‘Fuera de temporada’ y yo había omitido el final real que era que el viejo se colgaba. Esto se omitió bajo mi nueva teoría de que podías omitir cualquier cosa si vos sabías que lo omitías y la parte omitida fortalecería el cuento y haría que la gente sintiera algo más de lo que entendía” (p. 294). Hemingway se refiere en otro lado a esto como la teoría del iceberg: que se vea una parte y que siete partes queden omitidas.

El otro ejemplo es “Big Two-Hearted River”, que describe sin nombrar: “El cuento era sobre volver de la guerra pero no había mención a la guerra” (p. 295). Efectivamente, el cuento describe minuciosamente una excursión de pesca de un personaje habitual y alter ego de Hemingway, Nick Adams. La idea es que la gran trucha que va por debajo es el trauma de la guerra, y que la meticulosidad y la concentración absoluta de Nick en cada acción de pesca es una manera de lidiar con lo que hoy llamaríamos estrés postraumático. Por un lado es una genialidad; por el otro, si no sabés nada del autor o del personaje, el cuento es tan críptico que lo que tenés es un tipo pescando.

A Movable Feast también presenta el contexto parisino del que saldrá Jake Barnes y el resto de los personajes de Fiesta. The Sun Also Rises, incluyendo a Hemingway ahorrando para hacer el viaje a Pamplona que está en el centro de esa novela. Hemingway también cuenta acá el origen del mote de “generación perdida”, que es uno de los epígrafes de aquella novela. Aparentemente Gertrude Stein fue a un taller a arreglar su auto, y como los mecánicos no habían hecho su trabajo adecuadamente el patrón les dijo que eran una “génération perdue”. “‘Eso es lo que son. Eso son todos ustedes’, dijo la Srta. Stein. ‘Todos ustedes los jóvenes que estuvieron en la guerra. Son una generación perdida’. ‘¿En serio?’, dije. ‘Lo son’, insistió. ‘No respetan nada. Toman hasta morirse’.” (p. 266). Hemingway disputa esa idea, calificándola como una etiqueta fácil y sucia: “Yo pensé que todas las generaciones están perdidas por algo y que siempre lo estuvieron y siempre lo estarán” (p. 267). Pero los muchachos de Fiesta realmente parecen estar tomando hasta morirse. 

Además, A Movable Feast es un hermoso catálogo del arte de injuriar. Borges hubiera aprobado. Van algunos ejemplos.

“En los tres o cuatro años durante los que fuimos buenos amigos, no recuerdo a Gertrude Stein hablando bien de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente sobre su trabajo o hecho algo para avanzar su carrera, excepto por Ronald Firbank y, más adelante, Scott Fitzgerald” (p. 265).

Sobre Wyndham Lewis, pintor y escritor inglés: “no creo haber visto jamás un hombre más desagradable. Algunas personas muestran maldad como un gran caballo de carreras muestra linaje. Tienen la dignidad de un chancro endurecido. Lewis no mostraba maldad; solamente se veía desagradable (…) Bajo el sombrero negro, cuando los había visto por primera vez, los ojos habían sido los de un violador fallido” (p. 315).

A F. Scott Fitzgerald primero lo tilda de loco (“No podías enojarte con Scott, era como enojarse con alguien que estuviera loco” (p. 354); pero después de leer The Great Gatsby dice que decidió ayudarlo en todo lo que pudiera, pero el problema era su mujer, Zelda: “Yo estaba sguro de que si podía escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby podía escribir uno incluso mejor. Yo todavía no conocía a Zelda, así que no sabía las terribles probabilidades que enfrentaba” (p. 363).

 

Originales de las citas

“we did not think ever of ourselves as poor. We did not accept it. We thought we were superior people and other people that we looked down on and rightly mistrusted were rich” (p. 277).

“‘Do not worry. You have always written before and you will write now. All you have to do is write one true sentence. Write the truest sentence that you know.’ So finally I would write one true sentence, and then go on from there” (p. 255).

“Up in that room I decided that I would write one story about each thing that I knew about” (p. 255).

“It was a very simple story called “Out of Season” and I had omitted the real end of it which was that the old man hanged himself. This was omitted on my new theory that you could omit anything if you knew that you omitted and the omitted part would strengthen the story and make people feel something more than they understood” (p. 294).

“The story was about coming back from the war but there was no mention of the war in it. But in the morning the river would be there and I must make it and the country and all that would happen” (p. 295).

“The patron had said to him, ‘You are all a génération perdue.’ ‘That’s what you are. That’s what you all are,’ Miss Stein said. ‘All of you young people who served in the war. You are a lost generation.’ ‘Really?’ I said. ‘You are,’ she insisted. ‘You have no respect for anything. You drink yourselves to death’.” (p. 266).

“But the hell with her lost-generation talk and all the dirty, easy labels” (p. 268).

“I thought that all generations were lost by something and always had been and always would be” (p. 267).

“In the three or four years that we were good friends I cannot remember Gertrude Stein ever speaking well of any writer who had not written favorably about her work or done something to advance her career except for Ronald Firbank and, later, Scott Fitzgerald.” (p. 265)

“I watched Lewis carefully without seeming to look at him, as you do when you are boxing, and I do not think I had ever seen a nastier-looking man. Some people show evil as a great race horse shows breeding. They have the dignity of a hard chancre. Lewis did not show evil; he just looked nasty (…) Under the black hat, when I had first seen them, the eyes had been those of an unsuccessful rapist.” (p. 315)

“You could not be angry with Scott any more than you could be angry with someone who was crazy” (p. 354).

“When I had finished the book I knew that no matter what Scott did, nor how he behaved, I must know it was like a sickness and be of any help I could to him and try to be a good friend. He had many good, good friends, more than anyone I knew. But I enlisted as one more, whether I could be of any use to him or not. If he could write a book as fine as The Great Gatsby I was sure that he could write an even better one. I did not know Zelda yet, and so I did not know the terrible odds that were against him” (p. 363).

lunes, 13 de abril de 2026

Bestseller bélico



Leí y releí Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, probablemente la novela más famosa de la Primera Guerra Mundial. Hace poco hice por acá una lectura de la secuela, El camino de regreso, y lo digo porque es interesante leerlas juntas –aunque mi recomendación es que sí lean Sin novedad en el frente y que no lean El camino de regreso–.

Sin novedad en el frente sigue a un protagonista y narrador, Paul Bäumer, durante unos años durante la guerra. Desde el alistamiento y la instrucción hasta su muerte, con idas y vueltas del frente, a la retaguardia y a casa de licencia. Usa una cantidad relativamente pequeña de escenas para mostrarnos la monstruosidad de la guerra y la destrucción física y psicológica de una generación, pero también deja cierta esperanza de que la vida tiene una chispa inextinguible, que el hombre se puede adaptar y seguir adelante. La guerra produce cambios fuertísimos también en la sociedad: abre una grieta entre quienes pelearon en el frente y los demás; y para esta generación un distanciamiento con las demás y la pérdida total de confianza en la autoridad y en el futuro.

Lo hace con esa cantidad limitada de escenas, en una primera persona pura y en presente (con la excepción de los dos famosos párrafos del final). Vemos ese mundo de las trincheras y el quiebre con el mundo anterior y con las generaciones precedentes a través de los ojos de Paul y con los pensamientos de Paul, más los de sus compañeros través de diálogos bastante creíbles (en comparación, por ejemplo, con unas disertaciones políticas poco verosímiles en Le Feu y en One Man’s Initiation). Ese relato directo, con poco juicio y opinión, y siempre en presente, ayuda a hacer todo más directo y fáctico, como era la vida de esos chicos.

En ese mostrar y no contar, Remarque produce algo parecido a lo que estaba haciendo su compañero de generación Hemingway: Adiós a las armas y Sin novedad en el frente son de 1929, y Fiesta. The Sun Also Rises había sido publicado en alemán en 1928. No hay una gran poética, salvo en pocos momentos, sino más bien un lenguaje directo, sin contemplaciones, con la dureza que adquieren los soldados frente a la realidad de la guerra. En la traducción de Brian Murdoch de 1994 suena mejor que en la de A. W. Wheen de 1929 (sí, leí las dos), pero no creo que esto cambie demasiado.

El tema principal es la guerra y cómo la guerra destruye los cuerpos y los espíritus de los hombres. Además, hay una clara delimitación de una generación nueva, que rompe totalmente con la anterior y que está “perdida”, que perdió toda confianza en la generación anterior y en el futuro. Aunque Remarque no usa la expresión “generación perdida”, dice “Somos como chicos que han sido abandonados y tenemos la experiencia de los viejos, somos ásperos, infelices y superficiales: yo creo que estamos perdidos” (p. 85). Dice Eksteins: “De todos los libros de la guerra del final de los años veinte (…) el de Remarque demuestra su punto, que esta era realmente una ‘generación perdida’, de manera más directa y emocional, incluso estridente, y este carácter directo y esta pasión están en el centro de su atracción para el público” (Eksteins, s.p.).

Lo único positivo que destaca de la guerra es la camaradería que despierta entre quienes la sufren juntos (y el drama de El camino de regreso es que esa camaradería se resquebraja en el mundo civil). Sin embargo, hay por momentos cierta esperanza, alguna insistencia de que hay una chispa vital y que mientras haya vida, hay esperanza. Más aun, por momentos parece que Paul parece descubrir el camino, que puede haber, a pesar de todo, un futuro, algo después de la guerra.

En un artículo bastante famoso sobre la novela, “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins dice que la novela no es tanto una novela sobre la guerra, sino más bien “un reflejo de la mente de postguerra (…) La novela fue enormemente exitosa no porque fuera una expresión precisa sobre la experiencia de guerra del soldado del frente, sino porque fue una evocación apasionada del sentimiento público del momento, no tanto sobre la guerra en sí sino sobre la existencia en general en 1929”. Y es cierto que en muchos lugares vemos a Paul y a sus compañeros pensando que será de ellos el día después, sabiendo que van a volver física y emocionalmente rotos por todos lados. Dice Paul: “Soy joven, tengo veinte años; pero no sé nada de la vida más que desesperanza, muerte, miedo y la combinación de una superficialidad totalmente vacía con un abismo de sufrimiento (…) toda mi generación está experimentando esto conmigo. (…) Durante años nuestra ocupación ha sido matar –esa fue nuestra primera experiencia–. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué pasará después? ¿Qué puede llegar a suceder con nosotros?” (p. 180).

La gran tragedia de Sin novedad en el frente es que Paul llega a tener una respuesta a esa pregunta. Y es la misma idea que tiene Ernst Birkholz, el personaje que continúa al de Paul en El camino de regreso: convertirse en un escritor pacifista, contarle al mundo lo que sufrió su generación para que la guerra fuera la última guerra (idea muy fuerte durante la Primera Guerra Mundial, que sería la guerra para terminar con todas las guerras). En las trincheras, Paul piensa que de regresar querría “hacer algo (…) que hiciera que todo esto tenga sentido, estar acá bajo fuego y todo lo demás” (p. 61); y cerca de casa, al ver a prisioneros de guerra rusos a quienes le cuesta ver como enemigos, piensa que quizás entender que nada nos separa de los enemigos podría ser “la tarea a la que deberemos dedicar nuestras vidas después de la guerra, para que todos los años de horror hayan tenido sentido” (p. 133). Y en el clímax emocional de la novela, cuando acaba de matar con sus manos a un soldado francés, le dice al cadáver: “Hoy tu turno, mañana el mío. Pero si salgo de esta, amigo, voy a pelear contra las cosas que nos la arruinaron a nosotros dos: tu vida y mi… Sí, mi vida también. Te prometo, amigo. No puede volver a pasar nunca más” (p. 154).

Lo trágico para Paul es que cuando parece comprender un poco, cuando empieza a pensar que puede llegar a hacer algo al volver a casa, muere. Y para el mundo, claro, que no sería ni de cerca la última de las guerras; que sería, más bien, el engendro de la siguiente. En un día calmo, sin nada que informar, Paul muere. Eso que Paul no puede hacer lo hará Remarque, claro. Y terminar con las guerras, buenom nada parece indicar que esté en el horizonte.

 

Un comentario mínimo sobre la película de 2022

Aunque tiene cosas muy buenas –la secuencia inicial del reciclaje de los uniformes de los muertos me pareció genial–, odié la adaptación de 2022, principalmente por dos decisiones que, a mi entender, subvierten temas clave de la novela original.

La primera es que en la película Paul Bäumer y sus amigos se enlistan en el ejército con gran fervor patriótico en 1917 y, por lo que fui leyendo, es muy difícil pensar que hacia 1917 quedaran demasiados alemanes con tal fervor patriótico. El bloqueo inglés venía operando hacía años y Alemania pasaba hambre, y ya casi no había duda de que la guerra estaba perdida. Es difícil creer en esa ilusión, por lo que parece difícil entender que uno de los temas clave de la novela es la desilusión que rompe a esa generación.

La segunda, peor, es que los creadores de la película aran un final totalmente distinto, según el cual la muerte de Paul se produce el día del armisticio, poco antes de la hora señalada, debido a una batalla ordenada por un general loco. Me molesta la batalla inventada, claro. Pero más me molesta que hacer morir a Paul en esa batalla va en contra de la ironía del título del libro. Los dos párrafos finales del libro informan fríamente que Paul murió en un día en el que la burocracia militar informa que no hay novedad en el frente, pero en la película no sólo está la novedad del armisticio, sino también la de la batalla. La ironía del título inicial, que estamos tan acostumbrados a la muerte que la de Paul no es una novedad, se pierde totalmente. Juntando ambas cosas, la película puede estar muy bien, pero no como adaptación de la novela de Remarque.

 

Originales de las citas

“We are like children who have been abandoned and we are as experienced as old men, we are coarse, unhappy and superficial – I think that we are lost.” (p. 85).

“Of all the war books of the late twenties (…) Remarque's made its point, that his was a truly 'lost generation', most directly and emotionally, indeed even stridently, and this directness and passion lay at the heart of its popular appeal.” (Eksteins, s.p.).

“All Quiet was a reflection of the postwar mind (…) The novel became enormously successful not because it was an accurate expression of the frontline soldier's war experience, but because it was a passionate evocation of current public feeling, not so much even about the war as about existence in general in 1929.” (Eksteins, s.p.).

“I am young, I am twenty years of age; but I know nothing of life except despair, death, fear, and the combination of completely mindless superficiality with an abyss of suffering. (…) my whole generation is experiencing this with me. (…) For year our occupation has been killing – that was the first experience we had. Our knowledge of life is limited to death. What will happen afterwards? And what can possibly become of us?” (p. 180).

“if peace really came, what comes to my head is that I’d like to do something (…) that would make it all worthwhile, being out here under fire and all the rest.” (p. 61).

“the task that we must dedicate our lives to after the war, so that all the years of horror will have been worthwhile” (p. 133).

“‘Your turn today, mine tomorrow. But if I get out of all of this, pal, I’ll fight against the things that wrecked it for both of us: your life, and my – ? Yes, my life too. I promise you, pal. It must never happen again’.” (p. 154).

 

Otras citas seleccionadas

“We have turned into dangerous animals. We are not fighting, we are defending ourselves from annihilation. We are not hurling our grenades against human beings (…) the hands and the helmets that are after us belong to Death himself, and for the first time in three days we are able to look Death in the eyes, for the first time in three days we can defend ourselves against it, we are maddened with fury, not lying there waiting impotently for the executioner any more, we can destroy and we can kill to save ourselves, to save ourselves and to take revenge. (…) We are dead men with no feelings, who are able by some trick, some dangerous magic, to keep on running and keep on killing.” (p. 79/80, c. 6, el ataque).

“They were supposed to be the ones who would help us eighteen-year-olds to make the transition, who would guide us into adult life, into a world of work, of responsibilities, of civilized behaviour and progress – into the future. Quite often we ridiculed them and played tricks on them, but basically we believed in them. In our minds the idea of authority – which is what they represented – implied deeper insights and more humane wisdom. But the first dead man that we saw shattered this conviction. (…) But now we were able to distinguish things clearly, all at once our eyes had been opened. And we saw that there was nothing left of their world. Suddenly we found ourselves horribly alone – and we had to come to terms with It alone as well.” (p. 8/9)

“earlier values don’t count any longer, and nobody really knows how things used to be. The differences brought about by education and upbringing have been almost completely blurred and are now barely recognizable. (…) We are soldiers, and only as an afterthought and in a strange and shamefaced way are still individual human beings. It is a brotherhood on a large scale” (p. 186)