Leí One Man’s Initiation: 1917, de John Doss Passos, un libro sobre la Primera Guerra Mundial y sobre el germen revolucionario que despertó en una generación.
Hace unos
años leí bastante de Dos Passos, pero como fue antes de que existiera este
blog, que ya cumplió quince años, no tengo registro de esas lecturas. (Lo cual
es, claro, una confirmación de que este blog es un gran recurso para mí como
lector). Recuerdo que leí Three Soldiers, la USA Trilogy y Manhattan
Transfer y recuerdo que me impresionó particularmente este último libro, ícono
modernista que tengo ganas de releer: me olvidé mucho, pero lo que más recuerdo
es el uso de muchas voces, y de voces que replican el acento de los
inmigrantes, que al leer sabías si hablaba un irlandés o un italiano.
Como Vargas
Llosa, Dos Passos es un autor que comenzó su vida o su carrera de escritor del
lado de la izquierda y lo terminó firmemente en la derecha. (Mihente). Y One
Man’s Initiation: 1917 es claramente un libro de la juventud, en el que a
fin de cuentas se piensa a la guerra como una iniciación que haría que toda una
generación se volcara a la revolución. Y un poco pasó, claro. Más allá de la revolución
rusa, exitosa en conquistar el poder y retenerlo durante décadas, hubo intentos
revolucionarios de mayor o menor fuerza en prácticamente toda Europa con
efectos diversos. Esto está muy presente en la literatura de la Primera Guerra
Mundial: Le Feu, de Barbusse, que Dos Passos leyó mientras era
ambulancista durante la guerra, termina siendo un alegato comunista; The Way
Back, la “continuación” de Sin novedad en el frente, de Remarque,
relata la extrañeza de los soldados que retornan y se encuentran con Alemania
en estado revolucionario. Entiendo que en The Case of Sergeant Grischa de
Arnold Zweig y Men in Battle de Andreas Latzko también hay personajes que
promueven activamente revoluciones.
Algo así
pasa en One Man’s Initiation: 1917. El personaje principal, Martin Howe,
comienza el libro en el barco que lo llevará a Europa, feliz de ser parte de la
guerra en el servicio de ambulancias: “Martin está estirado en la cubierta en
la popa del barco con un libro sin abrir a su lado. Nunca en su vida ha estado
tan feliz. El futuro no es nada para él, el pasado no es nada para él” (p. 2).
Es una imagen común: jóvenes de toda Europa y de EE. UU. yendo a la aventura. En
la “iniciación” que supone la guerra, Martin perderá inocencia y parece ganar
fe en la revolución socialista.
El tema de
la pérdida de inocencia no es el único que nos remite a otros libros sobre la
guerra. Está el aburrimiento, el tiempo de espera para que ocurra algo y lo que
hacen los hombres para soportarlo; la angustia por matar a otro hombre, sobre
todo si es mano a mano; la desacralización de la muerte
–como en All Quiet… con el tema de qué hacer con las botas de un
muerto–; el ridículo y el azar. Pero no es tanto un libro sobre la guerra, sino
sobre lo que implica políticamente.
La idea de iniciación es, primero, individual,
de Howe: “Voy a hacer algo algún día, pero primero tengo que ver. Quiero ser
iniciado en todos los círculos del infierno” (p. 47), le dice a Merrier, el
aspirante a oficial, cuando se conocen. También es generacional, es el de una
generación que tiene un despertar y que va a hacer algo con eso, una
revolución. Y es también, aunque no sea bueno para la izquierda, la de un país,
un país que ha sido iniciado para el mal; en palabras de Tom Randolph, el amigo de Howe, “nuestra
entrada a la guerra es una tragedia. (…) Ahora somos una nación militar, un
pirata organizado como Francia e Inglaterra y Alemania” (p. 80). Parece raro
hoy, en medio de la guerra con Irán, pero hasta esta guerra EE. UU. vivía en cierta
aislación del mundo (aunque menor de la que creían). Esta cita ilustra muy bien
que la Primera Guerra Mundial marca la entrada de EE. UU. al escenario
internacional, en un papel que sólo crecerá en los cien años que le siguen.
Randolph
dice eso en la escena ideológicamente central del libro. Randolph y Howe entran
a una casa de campo y se encuentran con cuatro soldados franceses, con quienes
tienen un largo diálogo político. Hay un anarquista, Lully, que dice que al abolir
la propiedad se elimina al Estado y la guerra. Está Chenier, el normando, quien
comienza diciendo que la única solución es el gobierno de la Iglesia. Está
Merrier, que es socialista y quiere la extinción de los ricos, y que tiene “demasiada
poca fe para ser anarquista, pero (…) demasiada para creer en la religión” (p.
84). Y Dubois, quien, cansado de tantas palabras, pide acción y cuenta que
tiene un arma alemana con 300 balas para aportar a la revolución. Todos
terminan acordando, brindan “Por la revolución, la anarquía y el estado
socialista” (p. 86), y Howe y Randolph se van esperanzados y diciendo que deben
volver a ver a estos hombres: “Con gente así no debemos desesperar de la
civilización”, dice Howe (p. 87). Claro que, pocas páginas después, en el
último capítulo, Howe va a asistir a un Chenier herido de muerte, quien responde
a las preguntas de Howe diciendo que todos los demás ya están muertos. Quizás
ahí, en ese final, está prefigurado lo que pasaría con la fe socialista de Dos
Passos:
“‘Están todos muertos. Vos estás muerto, ¿o
no?’
‘No, yo estoy vivo, y vos. Un poco de valor…
Tenemos que poner buen humor’.
‘No por mucho. Mañana, pasado mañana…’
Y los párpados azules resbalan de nuevo sobre
los ardientes ojos locos y la cara vuelve a tomar la cérea imagen de la muerte”
(p. 91).
Originales de las citas
“Martin is
stretched on the deck in the bow of the boat with an unopened book beside him.
He has never been so happy in his life. The future is nothing to him, the past
is nothing to him” (p. 2).
“I am going
to do something some day, but first I must see. I want to be initiated in all
the circles of hell” (p. 47).
“To me our
entrance into the war is a tragedy (…) Now we’re a military nation, an
organised pirate like France and England and Germany” (p. 80).
“I have too
little faith to be an anarchist, but I have too much to believe in religion” (p.
84).
“‘To
Revolution, to Anarchy, to the Socialist state’, they all cried, drinking down
the last of the champagne” (p. 86).
“‘With
people like that we needn't despair of civilisation’,” said Howe.” (p. 87).
“‘Everybody's dead. You're dead, aren't you?’
‘No, I'm alive, and you. A little courage.... We must be cheerful.’
‘It's not for long. To-morrow, the next day....’
The blue eyelids slip back over the crazy burning eyes and the face
takes on again the waxen look of death” (p. 91).

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