lunes, 16 de febrero de 2026

Protesto


Leí Le Feu, de Henri Barbusse, la primera gran novela de la Primera Guerra Mundial. Publicada de forma serial en 1916, en el medio de la guerra, ganó el prestigioso Prix Goncourt de ese año a pesar de ser una fuerte crítica de la guerra y del sistema social que sacrificaba a millones de jóvenes en las trincheras. Es considerada, en este sentido, una precursora de la literatura de la “generación perdida”.

Le Feu fue traducido al español como El fuego, y en inglés como Under Fire, que no es lo mismo, claro. Yo la leí en una edición que usa la traducción original al inglés, a cargo de W. Fitzwater Wray, publicada también mientras la guerra continuaba, en 1917. Mientras leía el libro pensaba que la traducción no era muy buena, y al avanzar con esta entrada del blog fui convenciéndome de ello cada vez más. Tanto que fui al original para traducir algunas citas.

Le Feu tiene como subtítulo “Journal d’une escouade”, es decir, “Diario de un escuadrón”, pero no es del todo un diario, porque no hay una sensación de una secuencia de tiempo, sino más bien una compilación de anécdotas que tocan de alguna manera muchas de las experiencias típicas que podía vivir un escuadrón en el frente occidental, cerca del camino de Bethune, cerca de donde estuvo Graves si no me equivoco. (Una gran diferencia es que Graves vivió la experiencia de un oficial de bajo rango, mientras que el narrador de Barbusse es un soldado común; de hecho, en Le Feu casi ni hay oficiales, ni para atacarlos, salvo a los que están lejos del frente). Esas experiencias son el hambre, la lluvia, los muertes, la suciedad, las esperas eternas, la llegada del correo y las cartas que se escriben, el deseo de tener “una herida buena”, las estancias lejos del frente para descanso y recuperación, las muertes de los compañeros, la creciente diferencia y extrañeza con los civiles, las licencias, pasar por un hospital de campaña, sufrir un bombardeo intenso y, claro, el asalto a una trinchera enemiga.

El libro comienza al inicio de la guerra en un sanatorio en los Alpes suizos, probablemente para tuberculosos (como el sanatorio al que iría Hans Castorp en La montaña mágica, novela que describe el espíritu y las ideas previas a la guerra, y que concluye con el joven Castorp yendo a su probable muerte en un asalto a trincheras francesas). En esta escena inicial de Le Feu, enfermos de distintos lugares de Europa piensan correctamente, como lo sintieron tantas personas, que era un momento de quiebre para el continente y el mundo. Y también, como tantos otros, y equivocadamente, que sería la guerra para terminar con la guerra. Es un diálogo fragmentado, sin identificar personajes, algo que se repite a lo largo del libro y que es un rasgo del modernismo que estaba llegando: “¡Guerra! Algunos de los inválidos quiebran el silencio y dicen la palabra nuevamente bajo su respiración, reflexionando que este es el hecho más grande de la época y quizás de todas las épocas. (…) El tercero agrega, “quizás esta sea la última de todas las guerras” (p. 4).

La obra se divide en 24 capítulos además de aquel, llamado “Visión”. Los dos más importantes, el núcleo de la obra, son el que sigue al inicial, “En la tierra”, y “Fuego”, que relata el asalto a unas trincheras enemigas. Entre los dos son más o menos un tercio del libro. “En la tierra” describe la topografía de la guerra –las trincheras, la lluvia, el lodo– y los hombres que sufren y esperan: “Veo sombras que vienen desde esas fosas transversales y que se van moviendo, moles enormes y deformes, como osos, que gruñen y se revuelven. Ellos son ‘nosotros’. Estamos sofocados como esquimales (…) Por más de quince meses, por quinientos días en este lugar del mundo en el que estamos, los rifles y los grandes cañones han estado disparando de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Estamos enterrados en un campo de batalla eterno; pero como el tic tac de los relojes de nuestras casas en esos días que han pasado –en el ahora casi legendario Pasado– sólo oís el ruido cuando escuchás” (p. 8).

De aquella experiencia compartida surge ese “nosotros”. “En nuestro rebaño desordenado, en esta familia sin parentesco, este hogar sin hogar en el que nos reunimos, hay tres generaciones una al lado de la otra, viviendo, esperando, parados, como estatuas no terminadas, como postes” (p. 19). Después de hablar de la gran diversidad entre los personajes del escuadrón, muchos de los cuales morirán en los siguientes capítulos, habla de esto que los une, esta experiencia que los aleja de los civiles, pero los acerca con el enemigo; uno se pregunta si los soldados alemanes “en el fondo no son hombres más o menos como nosotros” (p. 40). (Sobre la muerte de compañeros destaco esta imagen; va saliendo el sol y el narrador cuenta: “Entonces giro de nuevo y miro a esos hombres muertos que el día está exhumando gradualmente, revelando sus formas manchadas y endurecidas. Son cuatro. Son nuestros compañeros Lamuse, Barque, Biquet y el pequeño Eudore. Se pudren muy cerca nuestro, bloqueando una mitad del surco ancho, serpenteante y embarrado que los vivos deben aún defender” – p. 272).

“Fuego”, donde ocurre aquella escena, describe el asalto a una trinchera alemana, casi la definición misma de la locura: “Están más allá de excesos instintivos. No están borrachos, ni física ni moralmente. Es en plena conciencia, como es en plena salud y en plena fuerza, que están amasados acá para lanzarse a sí mismos una vez más hacia ese especie de papel de loco impuesto sobre todos los hombres por el género humano. (…) No son del tipo de héroe que uno piensa, pero su sacrificio tiene más valor del que jamás podrán llegar a entender aquellos que no los han visto” (p. 292). Y si Le feu se destaca por describir decenas y decenas de cadáveres, este capítulo es probablemente el que más lo hacer. Al finalizar el asalto “El suelo está tan lleno de muertos que los desprendimientos de tierra descubren lugares erizados con pies, con esqueletos semivestidos y con osarios de cráneos puestos uno al lado del otro en la empinada cuesta como frascos de porcelana” (p. 325).

Por diseño o por defecto, en Le Feu no hay prácticamente personajes ni arcos narrativos. Los personajes son muy poco desarrollados. Quizás con el que se profundiza más es uno, Poterloo, que le pide al narrador que lo acompañe a ver lo que era su pueblo, Souchez; al llegar ven que no ha quedado nada. Y luego otro que cuenta que fue a ver a su familia y vio a su mujer hablando con un oficial alemán y a su hijo a upa de otro. Pero sobre todo es llamativo lo poco que sabemos del narrador: ni el nombre, ni qué hacía antes de la guerra ni de qué parte de Francia venía. Sabemos que va a escribir, e intuimos que ya era escritor o periodista, por un compañero: “Con su boca llena, y mandando hacia mi lado el vaho de una tienda de dulces, tartamudea: ‘decime, vos, tipo que escribe, más adelante vas a escribir sobre soldados, vas a hablar de nosotros, ¿eh?’ ‘Pero claro, querido, voy a hablar de vos, y de los muchachos, y de nuestra vida’.” (p. 205). Luego aparecen, sí, y como de la nada, sus ideas, en el capítulo final.

Efectivamente, con el correr de los capítulos, los textos pasan de ser más descriptivos a más de denuncia. Y el tema de lo que une a estos hombres pasa a ser cada vez más lo que los diferencia de los otros, de los civiles, de quienes no pelearon, de los que evitaron pelear, de los que los mandaron a pelear. Y el texto se convierte en una gran canción de protesta y un llamado a la revolución.

El capítulo final, “El amanecer”, retoma un poco la línea más filosófica del capítulo inicial (y también la pregunta de si será la última guerra). Después de un día tremendo de barro y agua, distintas voces hablan sobre la naturaleza de la guerra y del lugar del soldado, que es el lugar del pueblo. “Los pueblos no son nada y deberían serlo todo, dijo entonces el hombre que me había interrogado, rescatando sin saberlo una vieja frase histórica de más de un siglo, pero dándole finalmente su gran sentido universal” (p. 407). En este caso fui a la cita en francés y creo que eso ayuda a darle a la cita su verdadero sentido. La cita es al famoso texto “¿Qué es el Tercer Estado?” del Abate Sieyès. Y cuando dice que adquiere finalmente su sentido es porque parece decir que los pueblos deben buscar la revolución, la igualdad, que es el principio que destaca el narrador de los tres principios de 1789. “‘¡Pero sobre todo la igualdad!’ Les digo [¡aparece el narrador!] que la fraternidad es un sueño, un sentimiento nublado e inconsistente; que es contrario a la naturaleza de un hombre odiar a otro a quien no conoce, pero que es igualmente contrario amarlo. No se puede construir nada sobre la fraternidad. Ni sobre la libertad; es demasiado relativa en una sociedad en la que todas las fracciones se enfrentan necesariamente unas con las otras. Pero la igualdad es siempre la misma. La libertad y la fraternidad son dos palabras, mientras que la igualdad es una cosa” (p. 407 - de nuevo me ayudé del original, lo que me confirma que la traducción que usé no es muy buena).

Y termina con un alegato populista: “si naciones enteras van al matadero ordenadas en ejércitos para que los de la casta engalonada puedan escribir sus nombres principescos en la historia, para que otras personas doradas del mismo rango puedan meter mano en más negocios, y crecer en empleados y tiendas… veremos, apenas abramos los ojos, que las divisiones entre los hombres no son las que creíamos, y que aquellas que creíamos no son divisiones” (p. 410).  “Y con ellos están todos los curas, que buscan excitarte y dormirte con la morfina de su Paraíso, para que nada cambie. Están los abogados, los economistas, los historiadores –¿y cuántos más?– que te enredan con sus frases de teoría” (p. 413). Son “todas esas personas que no pueden ni quieren hacer la paz en la tierra; todos los que, por una u otra razón, se agarran al viejo estado de las cosas donde ellos encuentran o inventan las excusas: ¡esos son tus enemigos!” (p. 414) Y contra esos habrá que hacer la revolución.

El lector que haya llegado hasta acá se habrá dado cuenta de que el libro no me volvió loco. O sea, es increíble porque ahí en medio de la guerra, Barbusse la describió notablemente y logró captar el espíritu revolucionario que arrasaría a buena parte de Europa (y especialmente, claro, a Alemania y a Rusia, derivando en la revolución bolchevique). Como novela no corre demasiado, y termina con algo que es más política que literatura. Antes que yo lo dijo Hemingway: “El único buen libro que salió durante la última guerra fue Fuego de Henri Barbusse. Fue el primero en mostrarnos a nosotros, los chicos que fuimos directo de la escuela o la universidad a la guerra, de que podías protestar en otras cosas además de la poesía contra la inútil y gigantesca matanza y falta de incluso la más elemental inteligencia en los generales que caracterizó la conducción de la guerra por los Aliados entre 1915 y 1917 (…) Pero cuando querías leerlo de nbuevo para tratar de sacar algo permanente y representativo de él, el libro no se sostenía. Su mayor cualidad era su coraje en escribirlo cuando lo escribió (…) Barbusse había aprendido a decir la verdad sin gritar” (pero un poco grita al final, digo yo). En fin: un libro más importante que placentero.


Mínimo apunto sobre otras obras en Le Feu

Además de ese comienzo que me hizo recordar a La Montaña Mágica, hay dos momentos que me hicieron pensar en sendas obras bélicas. Hay una escena en la que, lejos del frente, en un granero donde descansan, los miembros de la escuadra se muestran las cosas que llevan, los elementos que están dispuestos a guardar y llevar a pesar del peso extra que suponen porque piensan que les pueden ser útiles. “Son pertenencias tristes, ciertamente. Todo lo hecho para el soldado es feo o de mala calidad” (p. 217). Esto me hizo recordar a What they carried, de Tim O’Brien. Y en otro momento se habla de un soldado que tiene cinco hermanos, y que todos murieron en la guerra, lo cual me recordó a Salvando al soldado Ryan.

 

Originales de las citas

“War! Some of the invalids break the silence, and say the word again under their breath, reflecting that this is the greatest happening of the age, and perhaps of all ages. Jan 28, 2026 Page 5 | Highlight (Yellow) The third adds, ‘Perhaps it is the last war of all’.” (p. 4).

“I see shadows coming from these sidelong pits and moving about, huge and misshapen lumps, bear-like, that flounder and growl. They are "us." We are muffled like Eskimos.” (p. 8)

“For more than fifteen months, for five hundred days in this part of the world where we are, the rifles and the big guns have gone on from morning to night and from night to morning. We are buried deep in an everlasting battlefield; but like the ticking of the clocks at home in the days gone by—in the now almost legendary Past—you only hear the noise when you listen” (p. 8).

“In our ill-assorted flock, in this family without kindred, this home without a hearth at which we gather, there are three generations side by side, living, waiting, standing still, like unfinished statues, like posts.” (p. 19)

“’Ah, mon vieux,’ says Tirloir, ‘we talk about the dirty Boche race; but as for the common soldier, I don't know if it's true or whether we're codded about that as well, and if at bottom they're not men pretty much like us’.” (p. 40)

“Then I turn again and look upon these dead men whom the day is gradually exhuming, revealing their stained and stiffened forms. There are four of them. They are our comrades, Lamuse, Barque, Biquet, and little Eudore. They rot there quite near us, blocking one half of the wide, twisting, and muddy furrow that the living must still defend” (p. 272).

“They are above instinctive excesses. They are not drunk, either physically or morally. It is in full consciousness, as in full health and full strength, that they are massed there to hurl themselves once more into that sort of madman's part imposed on all men by the madness of the human race. (…) They are not the kind of hero one thinks of, but their sacrifice has greater worth than they who have not seen them will ever be able to understand.” (p. 292).

“The ground is so full of dead that the earth-falls uncover places that bristle with feet, with half-clothed skeletons, and with ossuaries of skulls placed side by side on the steep slope like porcelain globe-jars.” (p. 325).

“With his mouth full, and wafting me the odor of a sweetshop, he stammers—'Tell me, you writing chap, you'll be writing later about soldiers, you'll be speaking of us, eh?’ ‘Why yes, sonny, I shall talk about you, and about the boys, and about our life.’” (p. 205)

“‘The people—they're nothing, though they ought to be everything,’ then said the man who had questioned me, recalling, though he did not know it, an historic sentence of more than a century ago, but investing it at last with its great universal significance.” / “Les peuples, c'est rien et ça devrait être tout, dit en ce moment l'homme qui m'avait interrogé, reprenant sans le savoir une phrase historique vieille de plus d'un siècle, mais en lui donnant enfin son grand sens universel.” (p. 407)

“’But principally equality!’ I tell them that fraternity is a dream, an obscure and uncertain sentiment; that while it is unnatural for a man to hate one whom he does not know, it is equally unnatural to love him. You can build nothing on fraternity. Nor on liberty, either; it is too relative a thing in a society where all the elements subdivide each other by force. But equality is always the same. Liberty and fraternity are words while equality is a fact.” / “Mais surtout l'égalité ! Je leur dis que la fraternité, c'est un rêve, un sentiment nuageux, inconsistant ; qu'il est contraire à la nature de l'homme de haïr un inconnu, mais qu'il lui est également contraire de l'aimer. On ne peut rien asseoir sur la fraternité. Ni sur la liberté non plus : c'est trop relatif dans une société où toutes les fractions se gênent forcément les unes les autres. Mais l'égalité est toujours la même. La liberté et la fraternité sont des mots, tandis que l'égalité est une chose.” (p. 407).

“if whole nations go to slaughter marshaled in armies in order that the gold-striped caste may write their princely names in history, so that other gilded people of the same rank can contrive more business, and expand in the way of employees and shops—and we shall see, as soon as we open our eyes, that the divisions between mankind are not what we thought, and those one did believe in are not divisions.” / “Si des peuples entiers vont à la boucherie, rangés en armées, pour que la caste galonnée puisse écrire ses noms de princes dans l'histoire, pour que d'autres gens dorés de la même classe puissent tripoter plus d'affaires, et s'étendre en fait de fonctionnaires et de boutiques... on verra, dès qu'on ouvrira les yeux, que les divisions entre les hommes ne sont pas celles qu'on croyait, et que celles qu'on croyait ne sont pas des divisions.” (p. 410).

“With them are all the parsons, who seek to excite you and to lull you to sleep with the morphine of their Paradise, so that nothing may change. There are the lawyers, the economists, the historians—and how many more?—who befog you with the rigmarole of theory” (p. 413).

“all those people who cannot or will not make peace on earth; all those who for one reason or another cling to the ancient state of things and find or invent excuses for it—they are your enemies!” / “tous ces gens-là qui ne peuvent pas ou ne veulent pas faire la paix sur la terre ; tous ceux qui, pour une raison ou pour une autre, s'accrochent à l'ancien état des choses et lui trouvent ou lui inventent des excuses — ce sont vos ennemis !” (p. 414)

“The only good war book to come out during the last war was Under Fire by Henri Barbusse. He was the first to show us, the boys who went from school or college to the last war, that you could protest in anything besides poetry, the gigantic useless slaughter and lack of even elemental intelligence in generalship that characterized the Allied conduct of that war from 1915 to 1917... But when you came to read it over to try to take something permanent and representative from it the book did not stand up. Its greatest quality was his courage in writing it when he did... [Barbusse] had learned to tell the truth without screaming.”

“They are mournful belongings, indeed. Everything made for the soldier is commonplace, ugly, and of bad quality” (p. 217).

 

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