Leí Le Feu, de Henri Barbusse, la primera gran novela de la Primera Guerra Mundial. Publicada de forma serial en 1916, en el medio de la guerra, ganó el prestigioso Prix Goncourt de ese año a pesar de ser una fuerte crítica de la guerra y del sistema social que sacrificaba a millones de jóvenes en las trincheras. Es considerada, en este sentido, una precursora de la literatura de la “generación perdida”.
Le Feu fue traducido al español como El
fuego, y en inglés como Under Fire, que no es lo mismo, claro. Yo la
leí en una edición que usa la traducción original al inglés, a cargo de W.
Fitzwater Wray, publicada también mientras la guerra continuaba, en 1917. Mientras
leía el libro pensaba que la traducción no era muy buena, y al avanzar con esta
entrada del blog fui convenciéndome de ello cada vez más. Tanto que fui al
original para traducir algunas citas.
Le Feu tiene como subtítulo “Journal d’une escouade”,
es decir, “Diario de un escuadrón”, pero no es del todo un diario, porque no
hay una sensación de una secuencia de tiempo, sino más bien una compilación de
anécdotas que tocan de alguna manera muchas de las experiencias típicas que
podía vivir un escuadrón en el frente occidental, cerca del camino de Bethune, cerca de donde estuvo Graves si no me equivoco. (Una gran diferencia es que Graves vivió la experiencia de un oficial de bajo
rango, mientras que el narrador de Barbusse es un soldado común; de hecho, en Le
Feu casi ni hay oficiales, ni para atacarlos, salvo a los que están lejos
del frente). Esas experiencias son el hambre, la lluvia, los muertes, la
suciedad, las esperas eternas, la llegada del correo y las cartas que se
escriben, el deseo de tener “una herida buena”, las estancias lejos del frente
para descanso y recuperación, las muertes de los compañeros, la creciente diferencia
y extrañeza con los civiles, las licencias, pasar por un hospital de campaña, sufrir
un bombardeo intenso y, claro, el asalto a una trinchera enemiga.
El libro
comienza al inicio de la guerra en un sanatorio en los Alpes suizos,
probablemente para tuberculosos (como el sanatorio al que iría Hans Castorp en La
montaña mágica, novela que describe el espíritu y las ideas previas a la guerra,
y que concluye con el joven Castorp yendo a su probable muerte en un asalto a trincheras
francesas). En esta escena inicial de Le Feu, enfermos de distintos
lugares de Europa piensan correctamente, como lo sintieron tantas personas, que
era un momento de quiebre para el continente y el mundo. Y también, como tantos
otros, y equivocadamente, que sería la guerra para terminar con la guerra. Es un
diálogo fragmentado, sin identificar personajes, algo que se repite a lo largo
del libro y que es un rasgo del modernismo que estaba llegando: “¡Guerra!
Algunos de los inválidos quiebran el silencio y dicen la palabra nuevamente
bajo su respiración, reflexionando que este es el hecho más grande de la época
y quizás de todas las épocas. (…) El tercero agrega, “quizás esta sea la última
de todas las guerras” (p. 4).
La obra se
divide en 24 capítulos además de aquel, llamado “Visión”. Los dos más
importantes, el núcleo de la obra, son el que sigue al inicial, “En la tierra”,
y “Fuego”, que relata el asalto a unas trincheras enemigas. Entre los dos son
más o menos un tercio del libro. “En la tierra” describe la topografía de la
guerra –las trincheras, la lluvia, el lodo– y los hombres que sufren y esperan:
“Veo sombras que vienen desde esas fosas transversales y
que se van moviendo, moles enormes y deformes, como osos, que gruñen y se
revuelven. Ellos son ‘nosotros’. Estamos sofocados como esquimales (…) Por más
de quince meses, por quinientos días en este lugar del mundo en el que estamos,
los rifles y los grandes cañones han estado disparando de la mañana a la noche
y de la noche a la mañana. Estamos enterrados en un campo de batalla eterno;
pero como el tic tac de los relojes de nuestras casas en esos días que han
pasado –en el ahora casi legendario Pasado– sólo oís el ruido cuando escuchás”
(p. 8).
De aquella experiencia compartida surge ese “nosotros”.
“En nuestro rebaño desordenado, en esta familia sin parentesco, este hogar sin hogar
en el que nos reunimos, hay tres generaciones una al lado de la otra, viviendo,
esperando, parados, como estatuas no terminadas, como postes” (p. 19). Después
de hablar de la gran diversidad entre los personajes del escuadrón, muchos de
los cuales morirán en los siguientes capítulos, habla de esto que los une, esta
experiencia que los aleja de los civiles, pero los acerca con el enemigo; uno
se pregunta si los soldados alemanes “en el fondo no son hombres más o menos
como nosotros” (p. 40). (Sobre la muerte de compañeros destaco esta imagen; va
saliendo el sol y el narrador cuenta: “Entonces giro de nuevo y miro a esos
hombres muertos que el día está exhumando gradualmente, revelando sus formas
manchadas y endurecidas. Son cuatro. Son nuestros compañeros Lamuse, Barque,
Biquet y el pequeño Eudore. Se pudren muy cerca nuestro, bloqueando una mitad
del surco ancho, serpenteante y embarrado que los vivos deben aún defender” –
p. 272).
“Fuego”, donde ocurre aquella escena, describe
el asalto a una trinchera alemana, casi la definición misma de la locura: “Están
más allá de excesos instintivos. No están borrachos, ni física ni moralmente.
Es en plena conciencia, como es en plena salud y en plena fuerza, que están
amasados acá para lanzarse a sí mismos una vez más hacia ese especie de papel
de loco impuesto sobre todos los hombres por el género humano. (…) No son del
tipo de héroe que uno piensa, pero su sacrificio tiene más valor del que jamás
podrán llegar a entender aquellos que no los han visto” (p. 292). Y si Le feu
se destaca por describir decenas y decenas de cadáveres, este capítulo es probablemente
el que más lo hacer. Al finalizar el asalto “El suelo está tan lleno de muertos
que los desprendimientos de tierra descubren lugares erizados con pies, con
esqueletos semivestidos y con osarios de cráneos puestos uno al lado del otro
en la empinada cuesta como frascos de porcelana” (p. 325).
Por diseño o por defecto, en Le Feu no
hay prácticamente personajes ni arcos narrativos. Los personajes son muy poco desarrollados.
Quizás con el que se profundiza más es uno, Poterloo, que le pide al narrador
que lo acompañe a ver lo que era su pueblo, Souchez; al llegar ven que no ha
quedado nada. Y luego otro que cuenta que fue a ver a su familia y vio a su
mujer hablando con un oficial alemán y a su hijo a upa de otro. Pero sobre todo
es llamativo lo poco que sabemos del narrador: ni el nombre, ni qué hacía antes
de la guerra ni de qué parte de Francia venía. Sabemos que va a escribir, e
intuimos que ya era escritor o periodista, por un compañero: “Con su boca
llena, y mandando hacia mi lado el vaho de una tienda de dulces, tartamudea: ‘decime,
vos, tipo que escribe, más adelante vas a escribir sobre soldados, vas a hablar
de nosotros, ¿eh?’ ‘Pero claro, querido, voy a hablar de vos, y de los muchachos,
y de nuestra vida’.” (p. 205). Luego aparecen, sí, y como de la nada, sus
ideas, en el capítulo final.
Efectivamente, con el correr de los capítulos,
los textos pasan de ser más descriptivos a más de denuncia. Y el tema de lo que
une a estos hombres pasa a ser cada vez más lo que los diferencia de los otros,
de los civiles, de quienes no pelearon, de los que evitaron pelear, de los que
los mandaron a pelear. Y el texto se convierte en una gran canción de protesta
y un llamado a la revolución.
El capítulo final, “El amanecer”, retoma un
poco la línea más filosófica del capítulo inicial (y también la pregunta de si
será la última guerra). Después de un día tremendo de barro y agua, distintas
voces hablan sobre la naturaleza de la guerra y del lugar del soldado, que es
el lugar del pueblo. “Los pueblos no son nada y deberían serlo todo, dijo
entonces el hombre que me había interrogado, rescatando sin saberlo una vieja frase
histórica de más de un siglo, pero dándole finalmente su gran sentido universal”
(p. 407). En este caso fui a la cita en francés y creo que eso ayuda a darle a
la cita su verdadero sentido. La cita es al famoso texto “¿Qué es el Tercer Estado?”
del Abate Sieyès. Y cuando dice que adquiere finalmente su sentido es porque parece
decir que los pueblos deben buscar la revolución, la igualdad, que es el
principio que destaca el narrador de los tres principios de 1789. “‘¡Pero sobre
todo la igualdad!’ Les digo [¡aparece el narrador!] que la fraternidad es un sueño,
un sentimiento nublado e inconsistente; que es contrario a la naturaleza de un
hombre odiar a otro a quien no conoce, pero que es igualmente contrario amarlo.
No se puede construir nada sobre la fraternidad. Ni sobre la libertad; es
demasiado relativa en una sociedad en la que todas las fracciones se enfrentan
necesariamente unas con las otras. Pero la igualdad es siempre la misma. La
libertad y la fraternidad son dos palabras, mientras que la igualdad es una
cosa” (p. 407 - de nuevo me ayudé del original, lo que me confirma que la traducción
que usé no es muy buena).
Y termina con un alegato populista: “si naciones
enteras van al matadero ordenadas en ejércitos para que los de la casta
engalonada puedan escribir sus nombres principescos en la historia, para que otras
personas doradas del mismo rango puedan meter mano en más negocios, y crecer en
empleados y tiendas… veremos, apenas abramos los ojos, que las divisiones entre
los hombres no son las que creíamos, y que aquellas que creíamos no son
divisiones” (p. 410). “Y con ellos están
todos los curas, que buscan excitarte y dormirte con la morfina de su Paraíso,
para que nada cambie. Están los abogados, los economistas, los historiadores –¿y
cuántos más?– que te enredan con sus frases de teoría” (p. 413). Son “todas
esas personas que no pueden ni quieren hacer la paz en la tierra; todos los
que, por una u otra razón, se agarran al viejo estado de las cosas donde ellos
encuentran o inventan las excusas: ¡esos son tus enemigos!” (p. 414) Y contra esos
habrá que hacer la revolución.
El lector que haya llegado hasta acá se habrá
dado cuenta de que el libro no me volvió loco. O sea, es increíble porque ahí en
medio de la guerra, Barbusse la describió notablemente y logró captar el
espíritu revolucionario que arrasaría a buena parte de Europa (y especialmente,
claro, a Alemania y a Rusia, derivando en la revolución bolchevique). Como
novela no corre demasiado, y termina con algo que es más política que
literatura. Antes que yo lo dijo Hemingway: “El único buen libro que salió
durante la última guerra fue Fuego de Henri Barbusse. Fue el primero en
mostrarnos a nosotros, los chicos que fuimos directo de la escuela o la
universidad a la guerra, de que podías protestar en otras cosas además de la
poesía contra la inútil y gigantesca matanza y falta de incluso la más
elemental inteligencia en los generales que caracterizó la conducción de la
guerra por los Aliados entre 1915 y 1917 (…) Pero cuando querías leerlo de
nbuevo para tratar de sacar algo permanente y representativo de él, el libro no
se sostenía. Su mayor cualidad era su coraje en escribirlo cuando lo escribió (…)
Barbusse había aprendido a decir la verdad sin gritar” (pero un poco grita al
final, digo yo). En fin: un libro más importante que placentero.
Mínimo apunto sobre otras obras en Le
Feu
Además de ese comienzo que me hizo recordar a La
Montaña Mágica, hay dos momentos que me hicieron pensar en sendas obras
bélicas. Hay una escena en la que, lejos del frente, en un granero donde
descansan, los miembros de la escuadra se muestran las cosas que llevan, los elementos
que están dispuestos a guardar y llevar a pesar del peso extra que suponen
porque piensan que les pueden ser útiles. “Son pertenencias tristes, ciertamente.
Todo lo hecho para el soldado es feo o de mala calidad” (p. 217). Esto me hizo
recordar a What they carried, de Tim O’Brien. Y en otro momento se habla de un soldado que tiene cinco hermanos, y que todos
murieron en la guerra, lo cual me recordó a Salvando al soldado Ryan.
Originales
de las citas
“War! Some of the
invalids break the silence, and say the word again under their breath,
reflecting that this is the greatest happening of the age, and perhaps of all
ages. Jan 28, 2026 Page 5 | Highlight (Yellow) The third adds, ‘Perhaps it is
the last war of all’.” (p. 4).
“I see shadows coming
from these sidelong pits and moving about, huge and misshapen lumps, bear-like,
that flounder and growl. They are "us." We are muffled like Eskimos.”
(p. 8)
“For more than fifteen
months, for five hundred days in this part of the world where we are, the
rifles and the big guns have gone on from morning to night and from night to
morning. We are buried deep in an everlasting battlefield; but like the ticking
of the clocks at home in the days gone by—in the now almost legendary Past—you
only hear the noise when you listen” (p. 8).
“In our ill-assorted
flock, in this family without kindred, this home without a hearth at which we
gather, there are three generations side by side, living, waiting, standing
still, like unfinished statues, like posts.” (p. 19)
“’Ah, mon vieux,’ says
Tirloir, ‘we talk about the dirty Boche race; but as for the common soldier, I
don't know if it's true or whether we're codded about that as well, and if at
bottom they're not men pretty much like us’.” (p. 40)
“Then I turn again and
look upon these dead men whom the day is gradually exhuming, revealing their
stained and stiffened forms. There are four of them. They are our comrades,
Lamuse, Barque, Biquet, and little Eudore. They rot there quite near us, blocking
one half of the wide, twisting, and muddy furrow that the living must still
defend” (p. 272).
“They are above
instinctive excesses. They are not drunk, either physically or morally. It is
in full consciousness, as in full health and full strength, that they are
massed there to hurl themselves once more into that sort of madman's part
imposed on all men by the madness of the human race. (…) They are not the kind
of hero one thinks of, but their sacrifice has greater worth than they who have
not seen them will ever be able to understand.” (p. 292).
“The ground is so full
of dead that the earth-falls uncover places that bristle with feet, with
half-clothed skeletons, and with ossuaries of skulls placed side by side on the
steep slope like porcelain globe-jars.” (p. 325).
“With his
mouth full, and wafting me the odor of a sweetshop, he stammers—'Tell me, you
writing chap, you'll be writing later about soldiers, you'll be speaking of us,
eh?’ ‘Why yes, sonny, I shall talk about you, and about the boys, and about our
life.’” (p. 205)
“‘The people—they're
nothing, though they ought to be everything,’ then said the man who had
questioned me, recalling, though he did not know it, an historic sentence of
more than a century ago, but investing it at last with its great universal
significance.” / “Les peuples, c'est rien et ça devrait
être tout, dit en ce moment l'homme qui m'avait interrogé, reprenant sans le
savoir une phrase historique vieille de plus d'un siècle, mais en lui donnant
enfin son grand sens universel.” (p.
407)
“’But principally
equality!’ I tell them that fraternity is a dream, an obscure and uncertain
sentiment; that while it is unnatural for a man to hate one whom he does not
know, it is equally unnatural to love him. You can build nothing on fraternity.
Nor on liberty, either; it is too relative a thing in a society where all the
elements subdivide each other by force. But equality is always the same.
Liberty and fraternity are words while equality is a fact.” / “Mais surtout l'égalité ! Je leur dis que la fraternité, c'est un rêve,
un sentiment nuageux, inconsistant ; qu'il est contraire à la nature de l'homme
de haïr un inconnu, mais qu'il lui est également contraire de l'aimer. On ne
peut rien asseoir sur la fraternité. Ni sur la liberté non plus : c'est trop
relatif dans une société où toutes les fractions se gênent forcément les unes
les autres. Mais l'égalité est toujours la même. La liberté et la fraternité
sont des mots, tandis que l'égalité est une chose.” (p. 407).
“if whole nations go
to slaughter marshaled in armies in order that the gold-striped caste may write
their princely names in history, so that other gilded people of the same rank
can contrive more business, and expand in the way of employees and shops—and we
shall see, as soon as we open our eyes, that the divisions between mankind are
not what we thought, and those one did believe in are not divisions.” / “Si des
peuples entiers vont à la boucherie, rangés en armées, pour que la caste
galonnée puisse écrire ses noms de princes dans l'histoire, pour que d'autres
gens dorés de la même classe puissent tripoter plus d'affaires, et s'étendre en
fait de fonctionnaires et de boutiques... on verra, dès qu'on ouvrira les yeux,
que les divisions entre les hommes ne sont pas celles qu'on croyait, et que
celles qu'on croyait ne sont pas des divisions.” (p. 410).
“With them
are all the parsons, who seek to excite you and to lull you to sleep with the
morphine of their Paradise, so that nothing may change. There are the lawyers,
the economists, the historians—and how many more?—who befog you with the
rigmarole of theory” (p. 413).
“all those
people who cannot or will not make peace on earth; all those who for one reason
or another cling to the ancient state of things and find or invent excuses for
it—they are your enemies!” / “tous ces gens-là qui ne peuvent pas ou ne veulent
pas faire la paix sur la terre ; tous ceux qui, pour une raison ou pour une
autre, s'accrochent à l'ancien état des choses et lui trouvent ou lui inventent
des excuses — ce sont vos ennemis !” (p. 414)
“The only good war
book to come out during the last war was Under Fire by Henri
Barbusse. He was the first to show us, the boys who went from school or college
to the last war, that you could protest in anything besides poetry, the
gigantic useless slaughter and lack of even elemental intelligence in
generalship that characterized the Allied conduct of that war from 1915 to
1917... But when you came to read it over to try to take something permanent
and representative from it the book did not stand up. Its greatest quality was
his courage in writing it when he did... [Barbusse] had learned to tell the
truth without screaming.”
“They are
mournful belongings, indeed. Everything made for the soldier is commonplace,
ugly, and of bad quality” (p. 217).
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