Leí The Way Back, de Erich Maria Remarque, secuela de All Quiet on the Western Front, y debo decir que cumplió con la vieja idea de que las segundas partes difícilmente están a la altura de las originales.
All Quiet… nos
cuenta la guerra desde la perspectiva de un grupo de estudiantes que se
convierten en soldados, y nos describe un poco qué hizo la guerra con estos
muchachos, en una perspectiva muy generacional. The Way Back sigue a
esos muchachos –aunque muchos estén muertos y los nombres cambien, son en
términos generales los mismos– en su regreso a casa y sus primeros meses de
vuelta. Y lo que pasa con ellos no es bueno: son pocos los que pueden ajustarse
de nuevo a la vida civil; uno de ellos asesina a un hombre que le saca la
novia, dos se suicidan, casi todos tienen desajustes psicológicos de mayor o
menor magnitud. (Una escena muy buena es cuando Ernst lleva al perro que se
trajo de las trincheras por un campo y el perro, sin que nadie le enseñe nada,
logra conducir a unas ovejas instintivamente; para la mayoría de los soldados,
no hay nada instintivo en la reinserción al mundo civil).
Los temas
principales ya estaban en All Quiet…: los tremendos efectos físicos y
psicológicos de la guerra sobre esta generación; la pérdida de autoridad de la
generación anterior; el cisma que se abre entre civiles y soldados; el vínculo
que se forma entre quienes luchan juntos (aunque en The Way Back no es
cómo se forma, sino cómo se rompe o erosiona ese vínculo). No hay mucho nuevo
acá.
En “All
Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins comenta
que, aunque pocos lo hubieran visto, “All Quiet… no era un libro sobre
los eventos de la guerra –no eran memorias– sino una declaración enojada hecha
después de la guerra sobre los efectos de la guerra sobre la joven generación
que la había vivido”. Más aún, dice que Remarque encuentra en la experiencia de
la guerra una explicación sobre un malestar personal que, de hecho, era
anterior a la guerra: “La novela era una emocionada condena, una aseveración de
instinto, un cri d'angoisse de una persona descontenta, de un hombre que
no podía encontrar su nicho en la sociedad o las profesiones”, y que tenía, según
Eksteins, esa predisposición antes de la guerra (como un poco la tenían los
narradores de ambas novelas).
The Way
Back es básicamente
más de eso. Pero perdiendo lo mejor de All Quiet… La novela inicial
tiene el gran logro de mostrarnos estas cosas sin gritárnoslas en la cara. Nos
lo muestra a través de un conjunto de escenas, en un lenguaje muy directo, en
primera persona (salvo el último párrafo) y en presente, a lo sumo con algunos
pensamientos del personaje principal. Acá se lo grita, se lo declama, un poco
como se declama la necesidad de que la guerra termine en una revolución social
en Le Feu de Barbusse y One Man’s Initiation: 1917 de Dos Passos.
Y de pronto pierde la narración en primera persona de Ernst Birkholz, sin mucho
sentido, en mi humilde opinión.
Son pocas
las escenas en las que siento que nos muestra bien lo que nos quiere mostrar. La
escena con los maestros está bastante bien; allí el director de la escuela a la
que vuelven hace un discurso con la típica pompa prebélica sobre los héroes
caídos que duermen un “sueño eterno” bajo “verdes céspedes”; Willy le responde:
“Verdes céspedes… verdes céspedes (…) ¿Sueño eterno? Están tirados en la basura
en el fondo de un cráter de bomba, hechos pedazos, desgarrados, hundidos en una
ciénaga… ¡Verdes céspedes! ¿Qué piensa que es esto, un ensayo de himnos religiosos?”
(p. 103). En cambio, en la escena del juicio Ernst hace un discurso larguísimo
sobre la generación perdida. “Escúchenme, se los voy a gritar lo más fuerte que
pueda: ¡la juventud del mundo se levantó, y en todos los países pensaron que
peleaban por la libertad! Y en todos los países fueron engañados y abusados, en
todos los países estaban peleando por intereses creados y no por ideas, en
todos los países fueron acribillados y se destruyeron los unos a los otros. (…)
Se ha aniquilado a una generación. ¡Una generación llena de esperanza, convicción,
voluntad, fuerza y habilidad, todos hipnotizados en dispararse los unos a los
otros, aunque todos tenían los mismos objetivos en los diferentes países!” (p.
179). Un poco demasiado.
Al final,
sin embargo, Ernst parece poder ajustarse, o al menos encontrar la punta del
ovillo. En la última escena está en una posada y parece decidir algo, aunque es
bastante poco claro: “Quiero trabajar sobre mí mismo y estar preparado, quiero usar
mis manos y mis pensamientos, no quiero tomarme a mí mismo demasiado en serio,
y voy a seguir incluso cuando algunas veces simplemente quiera parar. Hay mucho
que hay que reconstruir, y casi todo debe ser reparado, hay trabajo por hacer,
y cosas que hay que volver a excavar, cosas que fueron enterradas en los años
de las bombas y las balas de las ametralladoras. No todos debemos estar en el
primer plano, también serán necesarias manos menos poderosas y fuerzas menores.
Ahí es donde buscaré mi lugar en todo esto. Y entonces los muertos harán
silencio y el pasado dejará de perseguirme y comenzará a ayudarme.” Y ahí Ernst
no es tanto Ernst, ni Paul Bäumer, el de All Quiet… sino, me parece, el propio
Remarque decidiendo dedicarse a escribir libros pacifistas sin tomarse a sí
mismo demasiado en serio.
Originales de las
citas usadas
“Very few contemporary
reviewers noted, and even later critics have generally ignored, that All Quiet
was not a book about the events of the war - it was not a memoir'4-
but an angry postwar statement about the effects of the war on the young
generation that lived through it.”
“The novel was an
emotive condemnation, an assertion of instinct, a cri d'angoisse from a
malcontent, a man who could not find his niche in society or the professions.”
“‘Verdant grasses – verdant grasses,’ he
stutters. ‘Eternal sleep? They’re lying in the filth at the bottom of a
shell-hole, shot to pieces, ripped apart, sunk down in a bog – verdant grasses!
What do you think this is, hymn practice?’” (p. 103).
“‘Listen to
me, I’ll shout it at you as loudly as I can: the youth of the world rose up,
and in every country they thought they were fighting for freedom! And in every
country they were deceived and abused, in every country they were fighting for
vested interests rather than for ideas, in every country they were mown down,
and they destroyed each other. (…) A generation has been wiped out. A
generation full of hope, belief, will, strength and ability, all hypnotised
into shooting one another down, even though they all had the same goals in all
the different countries!’” (p. 179).
“I want to work on myself and be ready, I want
to use my hands and my thoughts, I don’t want to take myself too seriously, and
I’ll carry on even when sometimes I might want just to stop. There is a lot to
be built up again, and practically everything to repair, there is work to be
done, and things to be dug out again that were buried in the years of shellfire
and machine-gun bullets. Not everyone needs to be at the forefront, less
powerful hands and smaller strengths will also be needed. That’s where I’ll look
for my place in it all. Then the dead will be silent and the past will stop
persecuting me and start to help me.” (p. 284).
Otras citas
“Ella veía a la guerra simplemente como una
horda de animales peligrosos que amenazaban la vida de su niño en peligro. Nunca
le pasó por la cabeza que su niño en peligro podía ser un animal igualmente
amenazante para los noños de otras madres. Saco la mirada de sus manos y miro
las mías. Con ellas apuñalé a un francés en mayo de 1917. (…) ‘Ernst’, me dice
suavemente, ‘te quería decir esto hace mucho tiempo: cambiaste mucho. Estás tan
inquieto’. Sí, pienso amargamente, he cambiado. ¿Cuánto me conocés realmente,
madre? Sólo tenés un recuerdo, nada más que un recuerdo del joven silencioso y
soñador que solía ser. Nunca, jamás, deberías saber lo de los últimos años,
nunca deberías siquiera sospechar cómo fue realmente y en qué me convirtió. La
más pequeña porción de eso te rompería el corazón, dado que estás temblando de
vergüenza por una única vulgaridad que ya te sacudió la imagen que tenías de mí”
(p. 121).
“She saw the war simply as being like a horde
of dangerous animals, threatening the life of her endangered child. It never
entered her head that her endangered child might be an equally threatening
animal as far as other mothers’ children were concerned. I look away from her
hands and down at my own. In May 1917 I stabbed a Frenchman with them. (…)
‘Ernst,’ she says softly, ‘I’ve wanted to say this for a long time: you’ve
changed a lot. You’ve become so restless.’ Yes, I think bitterly, I’ve changed.
How well do you actually know me now, Mother? All you have is a memory, nothing
more than the memory of the quiet and dreamy youngster I used to be. You must
never, ever find out about the last few years, you must never even suspect what
it was really like and what it turned me into. The tiniest fraction of it would
break your heart, since you are trembling with shame at a single vulgarity
which has already shaken your image of me.” (p. 121).

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