Leí ¿Y si no es suficiente?, de Maia Debowicz, uno de esos libritos chiquititos que publica Vinilo Editora (leí Yo también soy una mosca, de Esteban Serrano, El libro de las fobias, colección de autores varios y Match, de Pablo Ottonello).
Digo esto porque
el formato hace al libro: Vinilo publica libritos pequeños. En este librito,
Maia Debowicz piensa la relación con su padre a través de tres momentos de su
relación, en tres capítulos. En el primero, “El peso de los rulos”, Maia es
niña y no quiere llevar los rulos que heredó de su padre. Invierte tiempo y
dinero en eliminar esa herencia: “Cada vez que pisara una peluquería tendría en
la punta de la lengua el pedido de perdón por tener tanto pelo, tantos rulos.
Por haber heredado el pelo de mi papá” (p. 18). Al padre no le gusta.
En el
segundo, “De qué hablan los adultos”, aunque ella escribe y dibuja y no es
organizada ni particularmente buena con el dinero, el padre le ofrece trabajar en
su inmobiliaria, cobrando alquileres: “No entendía si lo hacía porque me
conocía mucho o porque no me conocía nada”. (p. 39). Sus padres se habían
separado, la relación entre padre e hija se había deteriorado, y quizás esa fue
la forma de recrear una relación. No fue la mejor: “El motivo de su enojo
conmigo era uno; que no me pareciera a él. Al año de trabajar juntos ya no pudo
disimular esa desilusión de estar frente a frente con una hija que piensa y
actúa diferente de lo que él soñó”. (p. 56).
En el
tercero, “La soledad de los secretos”, el hermano del padre se enferma y ella
se acerca desde otro lugar. Se termina acercando también a su nueva pareja: “Marisa
nunca me había caído bien, pero una sola cosa me hizo respetarla como a ninguna
otra madrastra: no hacía absolutamente nada para conquistarme” (p. 75). Como un
rulo, el libro vuelve a su lugar inicial, pero llega a otro lado, y lo hace con mucha tranquilidad y gusto para el lector.

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