lunes, 15 de junio de 2026

Una hija

 


Leí ¿Y si no es suficiente?, de Maia Debowicz, uno de esos libritos chiquititos que publica Vinilo Editora (leí Yo también soy una mosca, de Esteban Serrano, El libro de las fobias, colección de autores varios y Match, de Pablo Ottonello).

Digo esto porque el formato hace al libro: Vinilo publica libritos pequeños. En este librito, Maia Debowicz piensa la relación con su padre a través de tres momentos de su relación, en tres capítulos. En el primero, “El peso de los rulos”, Maia es niña y no quiere llevar los rulos que heredó de su padre. Invierte tiempo y dinero en eliminar esa herencia: “Cada vez que pisara una peluquería tendría en la punta de la lengua el pedido de perdón por tener tanto pelo, tantos rulos. Por haber heredado el pelo de mi papá” (p. 18). Al padre no le gusta.

En el segundo, “De qué hablan los adultos”, aunque ella escribe y dibuja y no es organizada ni particularmente buena con el dinero, el padre le ofrece trabajar en su inmobiliaria, cobrando alquileres: “No entendía si lo hacía porque me conocía mucho o porque no me conocía nada”. (p. 39). Sus padres se habían separado, la relación entre padre e hija se había deteriorado, y quizás esa fue la forma de recrear una relación. No fue la mejor: “El motivo de su enojo conmigo era uno; que no me pareciera a él. Al año de trabajar juntos ya no pudo disimular esa desilusión de estar frente a frente con una hija que piensa y actúa diferente de lo que él soñó”. (p. 56).

En el tercero, “La soledad de los secretos”, el hermano del padre se enferma y ella se acerca desde otro lugar. Se termina acercando también a su nueva pareja: “Marisa nunca me había caído bien, pero una sola cosa me hizo respetarla como a ninguna otra madrastra: no hacía absolutamente nada para conquistarme” (p. 75). Como un rulo, el libro vuelve a su lugar inicial, pero llega a otro lado, y lo hace con mucha tranquilidad y gusto para el lector.

lunes, 8 de junio de 2026

Reconciliación

 


Leí A Son at the Front, de Edith Wharton, primera mujer en ganar el Premio Pulitzer, por The Age of Innocence. Wharton vivió prácticamente toda su vida entre EE. UU. y Europa, como su amigo Henry James, y su obra tiene mucho de ese tránsito cultural del Atlántico Norte. Wharton vivió además prácticamente toda la Primera Guerra Mundial en Francia; trabajó en distintas iniciativas de asistencia a refugiados y afectados por la guerra y fue una propagandista del esfuerzo bélico francés y del ingreso de EE. UU. a la guerra, campo en el que se destacan una novella, titulada The Marne y considerada un papelón por algunos críticos, y una colección de artículos titulado Fighting France.

A Son at the Front no es propaganda, aunque a veces se le parece un poco. Los libros que vengo leyendo de combatientes son, en general, bastante mesurados con el enemigo. Para este libro (para sus protagonistas si no para Wharton), los aliados son la civilización y los alemanes son la barbarie. Así, con esas palabras. Para ser propaganda, claro, debió haber sido publicada antes. Wharton empezó a escribir A Son at the Front cerca del final de la guerra, pero luego interrumpió su escritura. Después de publicar dos novelas (su obra maestra en 1920 y The Glimpses of The Moon en 1922), retomó A Son at the Front, que publicó en 1923.

A través de una tercera primera centrada en un artista, John Campton, en este libro Wharton retrata cómo se vivió la guerra en París. A Son at the Front recibió inicialmente críticas mixtas y fue relativamente exitosa comercialmente, pero pasó al olvido por décadas, en gran medida porque se consideraban no del todo válidas las miradas de la guerra que no fueran las de los soldados que la sufrieron, y que expresaran la oposición a la guerra y la desilusión generada en esa supuesta “generación perdida”. Recién en la década de 1990 se la empezó a rescatar, un poco porque se empezó a rescatar la obra de mujeres en general; y otro poco porque en la literatura sobre la guerra en particular se empezó a releer libros que presentaban otras miradas (mujeres, no combatientes, otros países además de los típicos, etc.).

En mi primera lectura, mi conclusión fue que la novela estaba bien olvidada. En esa primera lectura me molestaron algunas cosas que me siguieron molestando un poco en la segunda: el personaje principal (un misántropo mezquino y neurótico); un estilo un poco demasiado siglo XIX, adjetivado y lírico; ciertas subtramas innecesarias (la tarotista española, la interna en la sociedad de amigos de los artistas en la que participa Campton) que la alargan innecesariamente; y cierta sobre explicación de muchas cuestiones, que en parte venía por el uso de esa tercera primera.

En la segunda lectura decidí aceptar más esa tercera primera como si fuera una primera persona, y los melones se me acomodaron. Realmente creo que la novela hubiera sido mucho mejor en primera, pero aceptando más eso, y que todo lo que aparece en el libro viene en verdad de la mente de Campton, todo queda mejor. Me ayudó a eso la introducción de Julie Olin-Ammentorp en mi muy buena edición de Oxford University Press. La crítica cita allí un artículo de Wharton, “The Writing of Fiction”, donde dice que a la hora de elegir al narrador hay que pensar en una mente que nos ayude a reflejar aquello que queremos mostrar.

Haciendo eso, resulta un libro interesante para entender cómo se vivió la guerra desde París, y especialmente por la comunidad americana de París. Sobre todo, se la vio colectivamente como algo que cambió todo: “Hace dos días todavía estábamos en la vieja y tranquila Europa en la que uno podía hacer planes, contratar pasajes en trenes y vapores, discutir sobre pinturas, libros, teatros, ideas, sacar toda la plata que uno quisiera del banco (…) Y acá estaban sentados en sus mismos trajes de noche, alrededor de la misma reluciente mesa de caoba, aparentemente el mismo grupo de hombres jóvenes y viejos libres e independientes, pero en verdad prisioneros, cada uno de ellos, esposados a este espantoso matón enmascarado de la ‘Guerra’!” (p. 48). Es también una manera de ver la entrada de EE. UU. a la guerra. La parábola de Campton, que aprende a aceptar que su hijo esté peleando y a apoyar el ingreso de su país a la guerra, es la de millones de americanos.

Finalmente es una declaración de amor. A París: “La guerra seguía; París seguía. Había tenido su gran hora de resistencia cuando, sola, expuesta e indefensa, había contenido al enemigo y quebrado su fuerza” (p. 67). Y a Francia: “Una Idea: eso es lo que Francia, desde que había existido, había sido siempre en la historia de la civilización; un punto luminoso alrededor del cual podían reunirse visiones y propósitos en pugna. Y en ese sentido había sido un hogar espiritual para Campton tanto como para Dastrey; para pensadores, artistas, para todos los creadores, ella siempre había sido un segundo país. Si Francia se perdía, la civilización occidental se perdía con ella; y entontes todo aquello en lo que habían creído y lo que los había guiado moriría” (p. 211/212).

¿Es lo mejor de Wharton? Claramente mi respuesta es que no, pero vale la pena igual, sobre todo si te interesa la Primera Guerra Mundial.

 

Originales de las citas

“Two days ago they were still in the old easy Europe, a Europe in which one could make plans, engage passages on trains and steamers, argue about pictures, books, theatres, ideas, draw as much money as one chose out of the bank (…) And here they sat in their same evening clothes, about the same shining mahogany writing-table, apparently the same group of free and independent youths and elderly men, and in reality prisoners, every one of them, hand-cuffed to  this hideous masked bully of “War”!” (p. 48).

“The war went on; Paris went on. She had had her great hour of resistance, when, alone, exposed and defenceless, she had held back the enemy and broken his strength” (p. 67).

“An Idea: that was what France, ever since she had existed, had always been in the story of civilization; a luminous point about which striving visions and purposes could rally And n that sense she had been as much Campton’s spiritual home as Dastrey’s; to thinkers, artists, to all creators, she had always been a second country. If France went, Western civilization went with her; and then all they had believed in and been guided by would perish” (p. 211/212).


lunes, 1 de junio de 2026

Más Hemingway

 


Leí Men Without Women, colección de cuentos de Ernest Hemingway publicada originalmente en 1927. Es decir, después de The Sun Also Rises y antes de A Farewell to Arms (recientemente leí también A Moveable Feast, memorias póstumas).  

En el libro hay toreros y boxeadores (“The Undefeated”, “Banal Story”, “Fifty Grand”); relaciones de pareja complicadas (“Hills like white elephants”, “A Canary for One”): y soldados en el frente italiano (“In Another country”, “A Simple Enquiry”, “Now I Lay Me”). Está el famoso “The Killers” y hay un tríptico de una visita a Italia (“Che ti dice la patria”, “A Meal in Spezia” y “After the Rain” donde se critica al fascismo a la Hemingway; esto es, mostrando y no diciendo. De hecho, termina muy simplemente: “Todo el viaje había tomado apenas diez días. Naturalmente, en un viaje tan corto, no tuvimos oportunidad de ver cómo estaban las cosas para el país o para la gente” (p. 478). Hay un cuento sobre la adicción (“A Pursuit Race”), otro sobre el joven Nick Anderson penando de amor (“Ten Indians”) y un cuento escabroso sobre un cadáver (“An Alpine Idyll”) y hasta una pequeña obra de teatro en la que tres soldados van al bar de un hebreo y toman vino mientras discuten la crucifixión de Jesús.

No voy a decir nada demasiado original. Lo que se destila, primero, es el estilo económico (el show don’t tell y el iceberg). Quizás el ejemplo más claro es el de “Hills Like White Elephants”, donde una pareja discute sobre un posible aborto sin discutir y sin mencionar la posibilidad de un aborto ni un embarazo. El varón apenas dice que es una “operación realmente muy sencilla”, que casi ni es una operación. Dos ejemplos más. No dice que hace frío, sino que “En el restaurante podías ver tu respiración” (p. 475). No dice cuán fuerte pega un boxeador, sino que te lo hace escuchar: “Cada vez que se acerca, Jack lo traba, y después libera una mano y le da un uppercut, pero cuando Walcott libera sus manos le pega a Jack en el cuerpo y lo pueden escuchar afuera en la calle. Es un pegador” (p. 502).

Segundo, hay una ética detrás; algunos personajes están dentro y otros fuera del “código”. Pero no desde el dedito levantado ni siempre siendo todo claro, y con algo de fatalidad. Hay más perdedores que ganadores, pero se puede ganar al perder si se pierde de la manera correcta.

Tercero, la meticulosidad de los relatos. El gran ejemplo es “Now I Lay Me”, donde Nick Anderson está en el hospital recuperándose de una herida a kilómetros del frente y no puede dormir. Hemingway describe minuciosamente las estrategias de Nick para no volverse loco ante el insomnio generado por el estrés post traumático.

En fin, un genio a quien hay que leer siempre.

 

Originales de las citas

“The whole trip had only taken ten days. Naturally, in such a short trip. We had no opportunity to see how things were with country or the people” (p. 478).

“In the restaurant you could see your breath” (p. 475).

“Every time he gets in close, Jack ties him up, then gets one hand loose and uppercuts him, but when Walcott gets his hands loose he socks Jack in the body so they can hear it outside in the street. He’s a socker” (p. 502).