Leí The Palermo Manifesto, del compañero Esteban Schmidt. La lectura, esta vez, fue por Revista Seúl.
lunes, 18 de agosto de 2025
Todos progresan menos vos
Leí The Palermo Manifesto, del compañero Esteban Schmidt. La lectura, esta vez, fue por Revista Seúl.
lunes, 28 de julio de 2025
Niño, aldea, familia, universo
Leí The Boy from the Sea, hermosa novela de Garrett Carr (Donegal, Irlanda, 1975). La novela trata de un chico abandonado y de la familia que lo adopta, los Bonnar, pero el verdadero protagonista es el narrador, un “nosotros” que nunca se aclara, pero que es igualmente clarísimo, es la comunidad de Killybegs, un pueblo pesquero en el noreste de Irlanda, de la que se habla desde la primera línea: “Éramos gente robusta, criada mirando al Atlántico. Unos pocos miles de hombres, mujeres y niños aferrados a la costa e intentando mantenernos secos. Nuestro pueblo no era sólo un pueblo, era una lógica y un destino. Sabíamos que había lugares más agradables e indulgentes, los veíamos en la televisión, pero parecían mansos en comparación” (p. 1).
En ese pueblo o, más bien, en una de las playas
del pueblo, un buen día aparece flotando medio barril con un niño adentro;
había llegado “el niño del mar”. A los pocos días Ambrose, un pescador de pocas
palabras, decide adoptarlo y su esposa, Christine, no puede más que aceptar. (En
rigor, Ambrose tiene un vocabulario amplio, aunque limitado: “Ambrose tenía
todo el lenguaje necesario para definir con precisión el significado de una nube,
el carácter del mar, una actitud de la lluvia, pero para describir su propio
clima emocional estaba limitado a ‘He estado mejor’, ‘He estado peor’ y ‘Vos ya
sabés’.” –p. 173–. Ambrose no estaba solo: “Los vientos atlánticos nos habían
sacado las palabras a los azotes hasta que aprendimos a vivir sin ellas” –p. 1–,
dice el narrador colectivo).
Este narrador colectivo es un gran logro y
un potencial peligro. En el fondo, se trata de un narrador omnisciente, que
sabe todo lo que pasa en el pueblo, y dentro y fuera de nuestros personajes principales.
El nosotros desde el que habla es en cierto sentido engañoso, porque las
personas de Killybegs no podrían haber reconstruido todo esto charlando durante
semanas en el pub. Puede ser el bardo del pueblo que habla por todos, pero sabe
demasiado y por momentos me hizo ruido eso. En el fondo, sin embargo, no me
importó: yo sé que Carr no me está diciendo que lo escribieron entre todos, que
no me está engañando. Carr me está diciendo que probablemente el pueblo se
podría poner de acuerdo en que las cosas pasaron más o menos así. Más importante,
me está diciendo que vivían juntos, con todas sus limitaciones, que “La vida
era una especie de procesión y todos marchábamos en ella juntos”. (p. 304).
Con un ritmo hermoso, pasan las estaciones y
los años, y con un hermoso canto irlandés, ese narrador nos va contando la
historia de ese chico, de su familia y del pueblo. Ambrose y Christine Bonnar ya
tenían a Declan, de unos pocos años, y vivían muy cerca de la hermana de Christine,
Phyllis, quien abnegadamente cuidaba del padre de ambas, Eunan. Una manera de
ver la novela es cómo, progresivamente, el resto de la familia, y no sólo
Ambrose y Christine, pasan a aceptar realmente al niño del mar, bautizado
Brendan. También es la historia de la lucha de Ambrose, comenzando por la lucha
por la supervivencia económica: “La falta de dinero era la última cosa en la que
pensaban Ambrose y Christine antes de ir a dormir y la primera cosa que les
pegaba por la mañana” (p. 163).
También se trata de su lucha como padre: “Así
que esto era tener una familia: podías tener buenas intenciones, pero
lastimarlos igual, tenían reacciones y sentían desilusiones que no podías predecir”
(p. 68). Y así, describiendo una familia, desde una perspectiva comunitaria, se
habla un poco de todas las familias. Los padres de Killybegs miraban a los Bonnar
sin juzgar: “Estos padres sabían que nunca podés saber cómo va a resultar un
chico, sea naturalmente tuyo o no. Habían aprendido, fundamentalmente, que todo
chico viene del mar, desembarca en los tobillos de sus padres, brazos
extendidos, listo para ser formado por ellos, pero con alguna disposición ya establecida,
profundamente instalada y que jamás puede ser del todo conocida” (p. 98). The
Boy from the Sea, así, parte de un niño para describir a una familia o
todas las familias, una aldea o todas, el mundo entero.
Otras citas que me gustaron
“Much misery results
when a person is unable to simply sit at home most evenings reasonably
contented.” / “Cuando una persona es incapaz de
simplemente sentarse en casa la mayoría de las noches razonablemente contento
el resultado es mucha tristeza” (p. 238).
“Declan was in his
apron and standing in the door to the kitchen. ‘You never get free of a place
like this,’ he said. ‘If you don’t come back, it comes to find you’.” / “Declan estaba con su delantal y parado en la puerta a la cocina. ‘Nunca
te liberás de un lugar como este’, dijo. ‘Si no volvés, él vuelve a encontrarte’.”
(p. 322).
“New men were in touch
with their feminine side, they were nurturing and sensitive. They weren’t afraid
to be ‘vulnerable’, they might talk about their feelings, cry and the like. We
hadn’t seen a new man in reality, they must’ve had them in England and
certain parts of Dublin maybe. They weren’t our sort of thing, but you may
be assured if a new man had accidentally strayed into our town he would’ve
been treated with respect.” / “Los hombres nuevos
estaban en contacto con sus lados femeninos, nutrían y eran sensibles. No
tenían miedo de ser ‘vulnerables’, podían hablar de sus sentimientos, llorar y
todo eso. No habíamos visto un hombre nuevo en la realidad, seguramente tenían
de esos en Inglaterra y en ciertas partes de Dublín, quizás. No eran nuestro
tipo de cosa, pero estate seguro de que si accidentalmente vagaba hacia nuestro
pueblo un hombre nuevo él sería tratado con respeto”. (p. 191)
“A parent remains the
parent until they die and, sadly, a child remains the child even beyond that
point.” / “Un padre permanece padre hasta el día que
muere y, tristemente, un niño permanece un niño aún más allá de ese punto” (p.
232).
Originales de las
citas
“We were a hardy
people, raised facing the Atlantic. A few thousand men, women and children
clinging to the coast and trying to stay dry. Our town wasn’t just a town,
it was a logic and a fate. We knew there were more pleasant and forgiving
places, we saw them on television, but they seemed meek in comparison” (p.
1).
“Ambrose had all the
language required to define precisely the meaning of a cloud, the character of
a sea, an attitude of rain, but to describe his own emotional weather he
was limited to ‘Been better,’ ‘Been worse’ and ‘You know yourself.’” (p.
173).
“Atlantic winds had
whipped away our words until we learned to do without them” (p. 1).
“Life was a sort of
procession and we all marched in it together, you had to keep up” (p. 304).
“Want of money was the last thing Ambrose and
Christine thought of before sleep and the first thing hitting them in the
morning” (p. 163).
“So this was having a
family: you might mean well but hurt them anyway, they had reactions and
felt disappointments you couldn’t predict” (p. 68).
“These parents knew
you can never tell how a child will turn out, naturally yours or not. They
had learned, fundamentally, every child comes in from the sea, washes up
against the ankles of their parents, arms outstretched, ready to be shaped
by them but with some disposition already in place, deep-set and never
quite knowable” (p. 98).
lunes, 21 de julio de 2025
La secuela
Terminé tan absorbido por The Handmaid’s
Tale que fui directo a leer su secuela, The Testaments, que es un
libro muy diferente y mucho menor.
En gran medida The Testaments es como un
apéndice al libro original: además de continuar la historia, de contarnos un
poco qué pasó con Offred después del final de The Handmaid’s Tale, nos
explica más el mundo de Gilead, cómo era, cómo fue que se estableció esa
teocracia sobre una parte de lo que era Estados Unidos y cómo fue que se fue
forjando su élite. En ese sentido, por momentos suena menos como una novela que
como un ensayo sobre los orígenes y el funcionamiento de Gilead, aunque hecho
novela. (Aldous Huxley publicó un libro de ensayos sobre Brave New World
26 años después: Brave New World Revisited).
Por otro lado, The Testament es una
novela. La novela está construida con los testimonios de tres mujeres: dos
testimonios como testigos de dos mujeres jóvenes que sufrieron a Gilead, y el
testimonio escrito de una de las principales autoridades femeninas del régimen.
Y está muy bien construida y se lee muy bien y es notable cómo ecualiza los distintos
tiempos de los tres relatos. La disfruté y la leí en muy pocos días porque no
la quería dejar. Pero no es verdaderamente una novela distópica porque hay salida,
porque las tres mujeres, de alguna forma, logran mantener su humanidad, su voluntad,
y arriesgan todo para enfrentar el régimen. En ese sentido, un poco me
desilusionó; mi sensación es que agregando explicaciones y argumento hacia
adelante se desmerece un poco lo construido en la novela original, que este
libro reduce en vez de aumentar.
Algunas citas y comentarios
“Cada una tenía un lugar en Gilead, cada una prestaba
servicio en su manera y todas eran iguales en los ojos de Dios, pero algunas
tenían dones que eran diferentes de los dones de otras” (p. 164) “Everyone had
a place in Gilead, everyone served in her own way, and all were equal in the
sight of God, but some had gifts that were different from the gifts of others”.
Es casi una cita directa a Animal Farm”: todos los animales son iguales,
pero algunos son más iguales que otros.
“Gilead tiene un problema desde hace mucho
tiempo, querido lector: para ser el reino de Dios en la tierra, tiene una tasa
de emigración vergonzosamente elevada.” (p. 112) “Gilead has a long-standing
problem, my reader: for God’s kingdom on earth, it’s had an embarrassingly high
emigration rate”. Es el argumento más obvio que se hacía a los países detrás
de la cortina de hierro y que aún se hace a Cuba.
“Creemos que usted, con su entrenamiento privilegiado,
está bien calificada para ayudarnos en mejorar la preocupante carga sobre las
mujeres que ha sido causada por la sociedad decadente y corrupta que estamos aboliendo
ahora” (p. 174). “We believe that you, with your privileged training, are well
qualified to aid us in ameliorating the distressing lot of women that has been
caused by the decadent and corrupt society we are now abolishing.” La gran
ironía de los regímenes totalitarios es cuánto tienden a justificar su
existencia los grupos humanos a quienes terminan por oprimir.
“Reino del terror, solían decir, pero el
terror no reina, precisamente. En cambio: paraliza. Por eso el silencio no
natural” (p. 277). “Reign of terror, they used to say, but terror does not
exactly reign. Instead it paralyzes. Hence the unnatural quiet.” Parece
sacado de Arendt.
“Obediencia, sumisión, docilidad: estas eran
las virtudes requeridas” (p. 291). “Obedience, subservience, docility: these
were the virtues required.”
lunes, 14 de julio de 2025
Resistir con palabras
Leí The Handmaid’s Tale (1985), de Margaret Atwood (de quien leímos también Life Before Man, de 1979, y Alias Grace, de 1996). Las tres son novelas que podríamos llamar feministas, pero lo son de maneras muy distintas. La primera es básicamente un triángulo amoroso, casi una novela “normal”, para decirlo de alguna manera, pero donde casi toda agencia está en las mujeres. La segunda es una reconstrucción de un crimen real cometido por una mujer, y en donde la cuestión de género está muy presente, es una historia de crimen reconstruida como novela. The Handmaid’s Tale es, finalmente, una distopía dramática en la que Estados Unidos ha desparecido para dar lugar a Gilead, una teocracia totalitaria patriarcal que le quita todo derecho a las mujeres, al punto tal de obligar a un conjunto de ellas a procrear hijos de los hombres más importantes del país (los “comandantes”).
Para mí fue
imposible leer The Handmaid’s Tale (nunca la había leído antes y conscientemente
no vi la serie ni la película para leer la novela antes) sin pensar en las
otras grandes distopías que he leído. Y se me ocurrió hacer un taller de
lectura de distopías sumando a esa Brave New World de Aldous Huxley
(1932), 1984 de George Orwell (1949), Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (1953) y
The Road de Cormac McCarthy (2006). Ampliaremos. Pero lo que resalto acá como idea,
quizás como hipótesis, es que las distopías comparten generalmente la idea de
la deshumanización, que el individuo inserto en una distopía, ya sea un régimen
totalitario como el de Orwell o el de Atwood, o un mundo en estado de naturaleza
postapocalíptico como en McCarthy, va perdiendo el carácter humano.
Así, Offred
se da cuenta del verdadero poder de Gilead cuando ve que está dispuesta a cualquier
cosa para sobrevivir, casi como un animal: “No quiero ser una muñeca colgando
de la Pared, no quiero ser un ángel sin alas. Quiero seguir viviendo, en
cualquier forma. Renuncio libremente a mi cuerpo, a los usos de otros. Pueden hacer
lo que quieran conmigo. Soy abyecta.
Siento, por
primera vez, su verdadero poder” (p. 294). Cuando Hannah Arendt escribe sobre
el totalitarismo se refiere a esto, a regímenes opresivos que buscan negar la esencia
humana, incluyendo la capacidad de amar. En el régimen de Gilead no parece estar
permitido amar, y eso los deja al borde de la muerte: “nadie se muere por falta
de sexo. Es por falta de amor que nos morimos” (p. 109).
Mi segundo comentario
es que, mientras nos oprime, la novela de Atwood no deja de darnos belleza. Me
parece brillante una escena en que la Esposa le pide a Offred que la ayude con
su madeja de lana, y así nos metaforiza con una imagen la opresión del régimen:
“Coloca la madeja de lana sobre mis dos brazos extendidos, comienza a enrollar,
estoy amarrada, parece, esposada; entelarañada, sería más cercano” (p. 209). O
esta manera en que hasta lo natural parece oprimido: “La luna en el pecho de la
nieve recién caída. El cielo está claro pero es difícil distinguirlo, debido a
los reflectores, pero sí, en el cielo oscurecido sí flota una luna, recientemente,
una luna que desea, una fina rodaja de piedra antigua, una diosa, un guiño” (p.
104).
Y el tercer
comentario es sobre la historia, sobre contar la historia. En The Handmaid’s
Tale (como en su continuación The Testaments, ampliaremos), quizás contar lo que
se vive o se vivió, rescatar la palabra, aun con el temor de que nadie jamás
lea o escuche sus palabras, es de lo último que se pueden agarrar los
narradores para sobrevivir, para mantenerse humanos. La palabra como el último
salvavidas en un naufragio. No es casualidad, claro, que en el nuevo régimen se
prohíba a las mujeres leer y escribir:
“Si es una
historia lo que estoy contando, entonces yo tengo control sobre el final.
Entonces habrá un final, de la historia, y la vida real vendrá después.
No es una historia
lo que estoy contando.
También es
una historia lo que estoy contando, en mi cabeza, mientras sigo adelante” (p.
45). Y contar la historia es también un antídoto contra la soledad, aunque sea totalmente imaginario: “Al contarte cualquier cosa estoy por lo menos creyendo
en vos, creo que estás ahí, con mi creencia en vos te hago existir. Porque te
cuento esta historia mi voluntad crea tu existencia. Cuento, por lo tanto sos”
(p. 275).
Al final,
siempre, la literatura nos salva.
Detalle
Alguien, creo que @hernanii, decía hace poco que le divertía de la ciencia ficción la diferencia entre aquello que parecía obvio que existiría en ese futuro imaginado y no existe (por ejemplo, autos voladores) y entre lo que a nadie se le ocurrió que existiría y hoy sí existe. Pues bueno, los historiadores del año 2159 de “The Handmaid’s Tale” reconstruyen un aparato para escuchar cassettes del pasado, pero luego deben encargarse del “meticuloso trabajo de transcripción”. En 2025, claro, la IA te transcribe horas de audio en minutos.
“I don’t want to be a doll hung up on the Wall, I don’t want to be a wingless angel. I want to keep on living, in any form. I resign my body freely, to the uses of others. They can do what they like with me. I am abject.
I feel, for the first
time, their true power” (p. 294).
“nobody dies from lack
of sex. It’s lack of love we die from” (p. 109).
“She fits the skein of
wool over my two outstretched hands, starts winding, I am leashed, it looks
like, manacled; cobwebbed, that’s closer” (p. 209).
“The moon on the
breast of the new-fallen snow. The sky is clear but hard to make out, because
of the searchlights, but yes, in the obscured sky a moon does float, newly, a
wishing moon, a sliver of ancient rock, a goddess, a wink” (p. 104).
“If it’s a story I’m
telling, then I have control over the ending. Then there will be an ending, to
the story, and real life will come after.
It isn’t a story I’m
telling.
It’s also a story I’m
telling, in my head, as I go along” (p. 45).
“By telling you
anything at all I’m at least believing in you, I believe you’re there, I
believe you into being, Because I’m telling you this story I will your
existence. I tell, therefore you are” (p. 275).
domingo, 6 de julio de 2025
Black Sabbath (cuento)
Debuté el
13 de febrero de 1992 en la sala de calderas del Edificio Baleares, en la
parada 4 de la Mansa, Punta del Este, Maldonado, República Oriental del
Uruguay; un pedazo de tierra muy cercano a la Argentina pero, en esa fecha, un
pedazo extraoficial del Estado de Israel. Como me dijo mi colega Sergio
Butelman tomando un café en El Greco muchos años después de aquel debut, un día
en el que estaba intentando convencerme de que dejara la agencia multinacional
en la que laburaba para ir a la agencia boutique que él estaba armando: podemos
negociar las alturas de Golán y la Franja de Gaza, pero Punta del Este en
febrero es nuestro.
Recuerdo
con precisión la fecha de mi debut porque era el cumpleaños de mi papá. El
último cumpleaños de papá, que hoy hubiera cumplido 77 años, pero no quiero
hablar de eso, sino de ese otro aniversario que se cumple hoy.
Mi novia se
llamaba Daniela, Daniela Grunwald, y era muy linda de una manera no
convencional. Tenía una nariz un poco más grande de lo que su cara permitía,
quizás demasiado ancha, pero siempre me pareció que eso le daba carácter,
aunque también hacía más difícil nuestros besos: yo soy decididamente narigón,
así que las apretadas con Dani a veces se ponían un poco incómodas en ese
sector; se rozaban cosas que no debían rozarse. Dani tenía labios grandes,
repletos de ganas y juventud, y ojos verdes; no era pelirroja, pero tampoco
rubia, algo en el medio, pero no una mezcla. La combinación era rara, una cara
exótica. Cuando con los chicos del colegio se hacían listas de las cinco más
lindas y de las cinco más feas, no era inusual que Dani apareciera en listas de
los dos tipos.
Con Dani
habíamos empezado a salir el año anterior, en cuarto año del colegio. A mí me
gustaba desde hacía mucho tiempo, pero no me animaba mucho a encararla. No, no
es así. Me corrijo. La verdad es que me daba un poco de vergüenza. Hoy me da
vergüenza decirlo, pero en ese momento me daba vergüenza encararla porque sabía
que muchos amigos me iban a joder con que estaba saliendo con una mina fea.
Gabi se está apretando a un bagayo. Además, se decía que era rapidita. Y como
si eso fuera poco, y esto es lo que realmente me avergüenza: muchos de mis
amigos eran antisemitas culturales; quiero decir, jamás hubieran aceptado su
antisemitismo, pero tampoco hubieran aceptado a Dani. Y yo lo sabía. Y como era
un cagón (o soy un cagón, no sé, por algo veinte años después, hoy, acá, en vez
de pensar en mi papá trato de pensar en Dani) no la encaraba.
Igual, para
ser honesto, hay que decir que no la encaré. Siempre me costó un poco eso, así
que mis planes eran más complicados, y tenían que ver con tratar de forzar
situaciones como para que estar juntos fuera la conclusión casi natural de lo
que había ocurrido hasta allí. De más está decir que eso significó un track
record lamentable de mi parte. En este caso las cosas sucedieron de manera
menos ligada con la voluntad que con el azar. Tampoco es que la jugué de amigo;
teníamos buena onda y compartíamos banco en una electiva (historia en inglés,
nivel avanzado, con un profesor irlandés, pelirrojo y barbudo), pero no es que
teníamos charlas y ese tipo de cosas como yo sí tenía con otras chicas.
Simplemente un día, en la fiesta de Majo Ricciardi, quedamos solos en un lugar
que parecía planificado según mis designios, aunque siendo honesto conmigo
mismo debo decir que no lo fue. Yo me había ido al fondo del jardín de la casa
de los papás de Majo, en Lomas de San Isidro, al costadito de un quincho viejo,
a fumar un pucho lejos de los grandes que custodiaban el evento. (Ahora pienso
que, seguramente, esos grandes, que tendrían diez años más de los que tengo yo,
seguramente estaban menos interesados en custodiarnos que en emborracharse y
tirotearse entre ellos, como me cuenta mi hermanito, mi hermano ya, que se
tirotean las mamis y papis del colegio de sus hijos. En mi vida de soltero todo
es más directo). Me senté en un banco de listones de madera, como los de las
plazas, con la pintura verde inglés descascarándose de a poco, y al rato Dani
apareció medio de la nada y se sentó en el banquito conmigo.
¿Me das una
seca?, me dijo, y le pasé el cigarrillo en silencio. Pitó hondo, exhaló, lo
tiró al fondo, detrás de una planta.
¿A cambio
te puedo dar un beso?, le dije, sin pensarlo, se me impuso, como un bostezo.
Giré la
cabeza hacia la derecha para darle un beso y como vi sus ojos cerrados y los
labios para adelante le di un pico.
Ella abrió
los ojos y me agarró la cabeza con las dos manos y abrió un poco los labios que
parecían una ola perfecta a punto de llegar a una playa y me plantó un hermoso
beso húmedo en los labios. Después se levantó y se fue. Tenía un vestido verde
corto que mostraba mucha pierna; yo me quedé mirando eso, sus piernas cobijadas
por medias negras que tenían algún tipo de dibujo geométrico. Subí la mirada
cuando vi que ella miraba para atrás; sonrió una sonrisa chiquita girando la
cabeza para un lado y para otro y se fue.
Decir que
empezamos a salir ese día sería una exageración. Después de todo, teníamos 16.
Pero bailamos juntos, o por lo menos cerca, en algunas fiestas; a veces
almorzábamos juntos, saliendo del colegio sin darnos la mano. Nos pusimos
oficialmente de novios –porque en mi época pasaba eso; nos poníamos de novios,
el chico tenía que preguntar y la chica responder– el día después del cast
party.
Todos los
años en mi colegio hacíamos una obra de comedia musical, bajo la dirección de
un profesor que era un genio y un loco. Se anotaban los chicos que querían,
había pruebas de canto y de baile, el director elegía los papeles, otros nos
anotábamos para todo lo técnico: escenografía, luces, música. Practicábamos y
trabajábamos por meses, hacíamos unas diez funciones en cuatro fines de semanas
y todo terminaba con una gran fiesta en el salón de actos del colegio. Las cast
parties, fiestas del elenco, eran famosas por estar poco custodiadas por las
autoridades.
El día de
la fiesta de 1991 hicimos con unos amigos un set de cuatro o cinco canciones:
Juan en guitarra y voz, Paqui en batería, Paul con la segunda guitarra, Corcho
en teclados y yo en el bajo. Dani y su amiga Mary hacían los coros. Tocamos
"De música ligera", "Knocking on Heaven's Door" (versión
Guns 'n' Roses), "With or without you" y un par más. Yo era muy malo
tocando, y me estresaba mucho tocar en vivo, no me relajaba. sino que me exigía
todo el tiempo, y siempre me terminaban doliendo los dientes y la mandíbula por
la tensión. El final del set lo sentí como una gran liberación, así que cuando
llegó el turno de saludar a Dani, después de ir haciendo high fives con todos
los compañeros de banda, la abracé y le di un beso. Como no estaba pensando
bien, todavía nervioso y liberado por tocar en vivo, le di un beso largo en la
boca y medio que nos pusimos a apretar ahí parados arriba del escenario. El
nabo de Nacho, que estaba a cargo de las luces, apagó todo y nos apuntó con el
spot, y le hizo una seña a Martín, el DJ, para que apagara la música. Cuando
volvíamos a la casa de Paqui en un 168 casi vacío, Paqui me dijo que durante
algo así como medio minuto, todo el elenco estuvo mirándonos apretar: todo
oscuro, todo silencio, y Gabi y Dani apretando en el escenario bajo la luz del
spot, abrazados, pegados por las bocas y los brazos y las pelvis y las ganas
contenidas durante semanas.
Al día
siguiente, que era sábado, la llamé. Me atendió el papá y corté. Llamé media
hora más tarde: me atendió el papá y pedí por Dani. ¿Quién sos? Gabriel
Marcone. ¿Marcone?, dijo, y me pareció ver una mueca de disgusto. Cortá, papá,
dijo Dani, y escuché el click. Hola. Hola. Fue medio raro lo de ayer, ¿no,
Dani? Sí: muy. Bueno, no sé, pensé... ¿querés ser mi novia? Se hizo un
silencio. Dale, me dijo. Y ese es otro momento en el que podríamos decir que
empezó todo.
Hoy también
podría empezar todo, pero no parece. La cabeza a veces te dice que sí, que hay
tiempo si hay ganas, pero el estómago te dice que estás un poco jugado. Que
lograste lo que lograste, que enderezaste la empresa de tu viejo como para que
tu vieja no quedara en banda; que después hiciste tu camino en publicidad y que
quizás se te pasó lo otro, la familia, que quizás ser tío es suficiente.
Ahí, ese
día, empezó algo y tres meses después la pasé a buscar a pata por el Edificio
Baleares, ya oficialmente de novios. Mis viejos tenían un departamento en la
Punta, no tan lejos del Baleares. Era ese horario extraño en el que por la
rambla Dr. Claudio Williman pasaban autos volviendo de las playas de más lejos,
cruzaban de las playas de la Punta madres con chicos en sus manos, pareos y
ojotas de colores; chicos ya vestidos caminando hacia Gorlero para comer una
pizza en Chopp Garden y jugar unos fichines en FunTime; y, en la otra
dirección, en dirección al templo, chicos de pantalones negros y camisa blanca
con kipás en la cabeza.
Edgardo
Grunwald abrió la puerta y dijo ah, sos vos; pasá flaco. No estaba muy copado
conmigo pápele Grunwald. Pasá, nene, pasá que hace frío, me dijo la mámele,
Adriana, que me quería un poco más. Jamás hubiera aceptado una goi para su hijo
menor, que tenía 11, pero conmigo estaba todo bien. Edgardo tenía una empresa
textil, hacía elásticos para calzoncillos, y Adriana hacía unos knishes de papa
que merecían por lo menos una nota en Radio Jai.
Al rato yo
estaba caminando por la rambla con la mina más linda del mundo. A esa altura se
me había pasado toda la vergüenza y Dani me parecía hermosa, y más esa noche:
se había puesto una pollera y una musculosa negras, se había pintado, tenía la
piel con un color increíble por el sol. Levité hasta uno de los restaurantes
típicos de la zona del puerto, Lo de Tere, en donde mi viejo festejaba
invariablemente su cumpleaños, porque si algo era papá era un hombre de
rutinas. Desde ese día nunca volví a Lo de Tere; cada vez que alguien me dice
de ir logro torcer la elección de restaurante o bajarme del programa.
Me gustaría
poder decir que recuerdo más de esa comida de cumpleaños. Estaban mamá y papá,
por supuesto; mi hermana con su novio de entonces, Alejandro, el mejor novio
que tuvo, el que más la quiso –por supuesto terminó casándose con el opuesto:
el más hosco, el menos sólido, el que se deshilacha día a día–; y mi hermanito.
Sé que papá comió el risotto de mar, porque siempre pedía lo mismo. Mamá estaba
como siempre, mirando todo desde otra dimensión, su cabeza como arriba de un
mangrullo, centinela de la decencia, segura en un mundo que mi viejo le había
construido, mirando a Dani con la seguridad de que no sería más que una novia
pasajera.
Cuando
terminamos. desandamos el mismo camino: desde Lo de Tere al Edificio Baleares.
Volví a caminar muchas veces ese camino, pero nunca más como un hombre virgen.
Esa última caminata virgen por la rambla Williman no fue especial más que por
eso; íbamos charlando, de la mano, hablando mal de ese novio de mi hermana que
ahora me parece tan copado, recordando los interminables partidos de cabeza que
había jugado ese día con mis amigos en la playa, viendo pasar los autos para un
lado y para el otro, el tráfico permanente de Punta del Este en temporada.
Cuando
llegamos al Baleares el ascensor se había roto. Va' satené que caminá, botija,
me dijo el guardia de la noche, que ya era casi un amigo (era hincha de
Nacional y yo estaba tratando de convencerlo de que en Argentina adoptara a
Independiente como su cuadro). Así que agarramos la puertita medio despintada
que daba a las escaleras de servicio, pero en vez de subir guié a Dani con mi
mano derecha hacia las escaleras que iban para abajo, apretándole la mano,
torciéndosela apenas. Los ojos de Dani se abrieron un poco y la cabeza se
inclinó hacia un lado por la sorpresa, pero al toque me sonrió y vino con
ganas.
Al terminar
de bajar llegamos a un pasillo apenas iluminado por dos lamparitas sin aplique,
colgando de un agujero. A unos metros había una puerta que decía sala de
máquinas. Probé y cedió. ¿Te parece, Gabi? Dale, vamos, dije, y entramos. Hacía
calor. En una habitación grande, de unos ocho metros por cinco, había muchos
caños y un par de tanques grandes, las calderas; tachos de pintura, sombrillas
en desuso y ¡gloria al Señor! un par de reposeras con la pintura resquebrajada,
listas para ser lijadas y puestas a punto para el servicio de playa. La sala de
máquinas estaba pintada de gris (la parte de abajo) y blanco (la de arriba), y
apenas iluminada.
Cerré la
puerta con cuidado y llevé a Dani más para adentro. Enfrentados, nos tomamos
las dos manos. Nos besamos. La llevé hacia la pared. Pará, Gabi, me vas a
ensuciar toda la ropa. Me apoyé yo sobre la pared y estuvimos ahí un buen rato.
Dos chicos de 16 pueden estar besándose una temporada entera, parando sólo para
ir a mear cada tanto. En algún momento puse mi mano debajo de la pollera. ¡Cómo
había mirado esa cola esos días en la playa! Ahora la tenía en mis manos. Qué
lindo. A partir de ahí todo fue cada vez más rápido y más rápido y más fuerte,
como en una canción metalera, con el doble bombo. Me arrodillé y le bajé la
bombacha y empecé tocarla y ella me decía que sí o que no, apenas, con un
movimiento, con un susurro, con algo, yo me concentraba para entender las
señales, para leer sus movimientos y sonidos como las notas de una partitura. Y
no lograba asentarme del todo, me temblaba la mano, así sí, así no. Me
desabrochó el jean negro, y puso su mano adentro de mis calzones, lo que me dio
unas cosquillas raras que casi me hicieron acalambrar y me dijo ¿tenés, no?
entre besos y yo le dije que sí, que tenía muchas ganas, que me moría de ganas,
un forro, Gabi, ¿tenés un forro, no? y sí, sí, me acordé de ese forro guardado
hacía meses en la billetera y lo saqué y se me cayó al piso y lo levanté y ahí
fuimos hasta una de las reposeras, yo agarrándola a ella con una mano y a mis
jeans con la otra, con cuidado de no trastabillar.
Volví por
la rambla Williman y en mi cabeza sonaba “Paranoid”, de Black Sabbath. Ese
ritmo rápido, eufórico y euforizante, el rasguido cortito y los dos y uno largo
del final: chaca chaca chaca chaca chaca chaca chaca chaca chaca - cha-cha
chaaaaaa. Caminaba por la rambla pensando en Dani y se me paraba de vuelta, el
Shabat ya en proceso, y yo todavía sin saber que era el último cumpleaños de mi
viejo, mi última noche virgen.
Ahora estoy
en mi departamento, solo, en otro cumpleaños de papá sin papá, en otro
aniversario de mi debut. Miro a la computadora y miro a mi living con las luces
apagadas; veo en los estantes algunos de los premios publicitarios de mi
carrera, las fotos de mis sobrinos, la foto de mis viejos solos; al costado, el
bajo nuevo en el pie y el amplificador, porque sigo tocando mal, pero ahora
suena mejor porque el equipo es mejor. Casi a oscuras, mi laptop me ilumina la
cara como un spot en el escenario. Suena "Paranoid", "Necesito
alguien que me muestre las cosas de la vida que no puede encontrar / debo ser
ciego no veo las cosas que dan felicidad" dice y veo las fotos que subió
Dani a Facebook, una tras otra tras otra tras otra tras otra, su cara igual y
distinta, cambiada e igual y no me decido a mandarle un mensaje y preguntarle
en qué anda.


