lunes, 26 de enero de 2026

Clásico vigente

 


Leí Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, libro que había leído ya hace tanto tiempo que todavía no tenía este blog.

Voy a coordinar un taller de lectura sobre novelas relacionadas con la Primera Guerra Mundial, y voy a cerrar con esta novela. Aunque no trata directamente sobre la guerra, la guerra está permanentemente en el aire en esta historia, que ocurre en un día de Londres en 1923. Uno de los personajes clave, el contrapunto de Clarissa Dalloway, es un excombatiente que sufre lo que por esa época comenzaba a conocerse como shell shock y hoy se denominaría estrés post-traumático.

La guerra no sólo está ahí por este personaje (Septimus) y otros que hacen referencia a ella, sino que hay de alguna manera un salto atrás permanentemente en la conciencia de todos los personajes a un pasado casi idílico. No dicen “antes de la guerra”, pero es “antes de la guerra”, cuando Clarrisa y Peter Walsh y casi todos los personajes pasaban veranos en Bourton, la casa de campo de la familia de ella.

Mrs. Dalloway es considerada un clásico del modernismo (otros autores modernistas son Joyce, T.S. Eliot y, ahí cerquita, John Dos Passos). La novela se construye con el fluir de conciencia (típico del modernismo) de distintos personajes mientras van durante ese día por distintos lugares de Londres. La fragmentación, característica típica del modernismo, se da no sólo a través de los distintos personajes, sino un poco también porque ninguno es monolítico: todos van cambiando, todos van cambiando de idea sobre las mismas cosas, con un foco en la subjetividad de cada uno de ellos.

La leí en unos pocos días, dejando que fluyera, sin concentrarme demasiado en cada ida y vuelta, un poco porque sabía que la voy a volver a leer, con mucha más atención y con la computadora en frente, en unos pocos meses cuando esté terminando el taller. Es cierto que alguien que la lea por primera vez y que no se quiera perder nada podría requerir de más atención, pero igual me parece que es un libro hermoso que se lee super bien cien años después.

lunes, 19 de enero de 2026

Nueva historia de una vieja guerra


Leí The First World War: A New History, de Hew Strachan, y un poco me da la sensación de que ahora sé menos que antes de leerlo. En rigor, claro, eso es una buena señal: lo que me deja el libro es que lo que creía que sabía era muy simplificado y en cierto sentido equivocado.

Quizás el punto principal de Strachan es que esa idea que tenemos muchos de que la Primera Guerra Mundial fue una carnicería sin sentido es una interpretación muy simplificada y que no representa cómo la vivieron millones de personas: “buscamos recuperar las miradas de la guerra prevalecientes antes de que cayera en manos de los escritores y novelistas de finales de la década de 1920” (l. 5122). También se cree que tuvo menos sentido porque la guerra que vino después sí pareció “la importante”. Pero la primera guerra no careció de sentido: “se peleó porque estaban en juego temas grandes, algunos de los cuales son conceptos que siguen formando nuestros valores y nuestras miradas del mundo” (l. 5123).

La otra cosa que intenta dejar de lado Strachan es la centralidad del frente occidental. Creo que una gran mayoría de la gente al pensar en la IGM piensa en las trincheras donde Alemania intentó doblegar a Francia e Inglaterra (y después a EE. UU.). Pero la guerra empezó y casi que terminó en los Balcanes. De hecho, fue guerra mundial un poco de casualidad, porque lo que podría muy bien haber sido una guerra limitada entre Austria-Hungría y Serbia terminó escalando: ingresó Rusia del lado de Serbia, ingresó Alemania del lado de Austria-Hungría, entró Francia por su alianza con Rusia y Gran Bretaña por la invasión alemana a Bélgica.

Muchos de estos pasos podrían no haberse dado, pero se dieron y la guerra fue mundial. Al frente occidental, en Bélgica y Francia, se le agrega el oriental, entre Alemania y Austria-Hungría contra Rusia. Austria-Hungría peleaba también contra los serbios y, más adelante, contra los italianos. En los Balcanes entraron luego Bulgaria (del lado de los Poderes Centrales, derrotando a Serbia) y Rumania (del lado de la Entente, contra Bulgaria, siendo derrotada por ellos y los Austor-húngaros). Además, británicos y franceses entraron también en los Balcanes (Salónica, Galípoli). Los alemanes pelearon contra franceses e ingleses en distintos lugares de África. El Imperio Otomano entró con los poderes centrales en Medio Oriente (contra franceses e ingleses). Japón entró del lado de la Entente y le sacó algunas posesiones a Alemania en China. Y hubo guerra naval en el Pacífico y en el Atlántico, y una gran batalla naval a la salida del Báltico.

Fue mucho más que las trincheras de Flanders militarmente y más también. Porque fue “guerra total”, que movilizó a todas la sociedades beligerantes, las industrias fueron reconvertidas, más mujeres entraron a la fuerza laboral y sobre todo al sector industrial. De hecho, los frentes internos tuvieron consecuencias en el frente: en Rusia derivó en la caída del zar y la revolución bolchevique, pero también hubo momentos cuasi revolucionarios en Alemania y Austria, y esa es una de las razones por las que Alemania despuso las armas a pesar de que seguía controlando territorios enemigos en ambos frentes. 

Strachan define a la guerra como “revolucionaria” porque sin dudas cambió el mundo como pocas otras cosas en la historia. “La Primera Guerra rompió los imperios de Alemania, Rusia, Austria-Hungría y Turquía. Motorizó la Revolución Rusa y se constituyó como los cimientos de la Unión Soviética; forzó a un renuente Estados Unidos hacia el escenario internacional y le dio nueva vida al liberalismo. En los bordes de Europa puso las semillas para el conflicto en Medio Oriente. En pocas palabras, le dio forma no sólo a la Europa sino al mundo del siglo veinte. Enfáticamente no fue una guerra sin sentido o propósito.” (l. 5088).

Revisando todo lo que leí, y más allá de que me queda todo un poco revuelto, entiendo que eso es normal porque fue un proceso realmente complejo y confuso. En ese sentido, pensándolo, me parece realmente increíble cómo Strachan va hilvanando toda esa gran cantidad de temas y los frentes de la guerra en una narrativa coherente. Tendré que leer más, pero es una gran lectura.


lunes, 12 de enero de 2026

Y punto



Hace un mes en un grupo con el que hago teatro nombraron a otra persona como “el nerd del grupo” y un poco me ofendí. ¿Cómo va a ser Tomi más nerd que yo? Bueno, ahora tengo una prueba irrefutable de nerditud: me regalaron un libro sobre la historia de la puntuación. Más aún, lo leí; entero. Se trata de Cómo la puntuación cambió la historia, de Bard Borch Michaelsen (traducción del noruego de Christian Kupchik).

El argumento central del libro es que la puntuación es “la coronación final de los lenguajes escritos en Europa (…) no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental” (p. 14). Los primierostextosseescribíanasí, sin espacios y sin signos de puntuación; eso venía asociado con la lectura en voz alta, donde una persona, normalmente dotada de cierta jerarquía, como un cura, interpretaba cómo debía ser leído un texto. La incorporación de espacios y signos permite pasar a la lectura silenciosa e individual: al “disponerse de manera accesible, de conformidad con las convenciones relacionadas con la puntuación”, los libros podían ser comprendidos por cualquiera.

El libro también trae una breve historia de la puntuación. Un hito se da en Egipto, donde Aristófanes de Bizancio (257-180 a. C.) desarrolla “el primer sistema de puntuación del mundo” (p. 23), con tres distinctiones que marcaban tres tipos de pausas distintas a realizar en el texto. Gran parte de eso se perdió, aunque algo se mantuvo en los monasterios irlandeses. El segundo hito es Alcuino de York (735-804 d. C.), quien trabajaba para Carlomagno y creó un sistema similar al de Aristófanes, con una distinctio (como el punto) y una subdistinctio (como la coma). Algo similar creó Boncompagno da Signa (ca. 1170-1240), con una vírgula planus - (afín al punto) y una vírgula suspensiva / (afín a la coma).

El verdadero héroe, sin embargo, sería Aldo Manuzio (1449/50-1515), un impresor al que Michaelsen equipara con Steve Jobs: “Gutemberg inventó el arte de la impresión, pero fue Manuzio quien hizo uso de esa tecnología y la desarrolló aún más” (p. 50). “Lo que llevó a cabo Manuzio en 1514 no solo fue crear nuevas formas de representar los signos de puntuación, sino también implementar la estandarización de un sistema que ayudó a hacer del lenguaje escrito un medio de comunicación fundamental” (p. 50/51). Su nieto Aldo publicó en 1566 el primer manual de puntuación, donde se indicaba que “el propósito de las comas, puntos, dos puntos y punto y coma era aclarar la sintaxis, es decir, la forma en que estaban estructuradas las oraciones”; y que el propósito no era “retórico”, es decir, indicaciones sobre cómo leer en voz alta los textos. El debate de las funciones (retórica o gramática) sigue hasta cierto punto hasta nuestros días.

La segunda parte del libro recorre los distintos signos (punto, punto y coma, coma, signos de exclamación e interrogación,) describiendo un poco para qué sirve y contando algo de la historia. Por momentos Michaelsen parece querer ser gracioso, pero no le sale mucho, queda un poco goofy y se repite un poco. Y en la tercera parte un poco que vuelve a todos los temas vistos anteriormente, por lo que me da la impresión que más que un libro, debió haber sido un artículo largo. En definitiva, la idea central es que “Los códigos comunes del lenguaje fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años, y el sistema de puntuación común una de sus bases fundamentales” (p. 154). La tesis tiene sentido en términos generales, pero me parece un poco exagerada.

Igual me divirtió, porque soy un nerd, claro.


lunes, 5 de enero de 2026

Lecturas 2025

En 2025 leí bastante, y bastante mejor que el año pasado.

En lo estadístico, leí 40 libros, convirtiéndose en el máximo desde que sigo mis lecturas en este blog (¡2012!). Con este año, el promedio llega a 31,5 libros por año, con un mínimo de 22 (2022) y un máximo de 40 (2025). Poco menos de tres cada cuatro fueron libros de ficción. En términos de género, casi dos cada tres fueron de autores varones (el promedio desde 2012 es 76%). Y también casi dos de cada tres libros fueron en idioma inglés (el promedio desde 2012 es 56%). El cuadrante mujeres en español fue casi siempre el más bajo, lo que me llevó por momentos a buscar explícitamente leer más mujeres en español: en 7 de los 13 años no llegué al 10%. Este año, con 18% de las lecturas siendo de mujeres en español, está claramente por encima del promedio.

Hoy diría que los cinco libros que más disfruté fueron los siguientes:

Consider the Lobster, de David Foster Wallace;

Kingmaker, de Sonia Purnell;

The Heart in Winter, de Kevin Barry;

Walk the Blue Fields, de Claire Keegan; y

The Road, Cormac McCarthy.

Cierro con mis deseos de buenas lecturas para mis preciados (y no sólo por su reducido número) lectores.