Leí La
última piel, de Patricia Gutiérrez, una historia de amor, una novela sobre
el tacto (y los sentidos) y una reflexión sobre lo que pudo haber sido.
Después de
enterrar a su hermana, ya de grande, Nélida recuerda el gran amor de su vida y
reflexiona de alguna manera sobre lo que pudo haber sido. Desde el principio
sabemos que ese amor no llegó a buen puerto, y la novela te atrapa porque
querés entender por qué. Nélida es una costurera hija de inmigrantes españoles,
con sueños de convertirse en modista. Se engancha con León, el hijo rebelde,
músico, de una familia quizás patricia, con padre general y todo. León y Nélida
vienen de lugares muy diferentes, pero eso no parece importar: la atracción es
directa, total, de piel. La novela viene con un epígrafe de Pablo Maurette
sobre el tacto como algo “ineludible, impostergable, imposible de olvidar”. En
el caso de Nélida, esa conexión desde la piel con León nunca se olvida. Pero
algo les permitió, en su momento, postergarlo, eludirlo.
La historia
comienza en 1927 y podría haber tenido como epigrafe esta cita de Borges en El idioma de los argentinos: “Vivimos una era de promisión. Mil
novecientos veintisiete: gran víspera argentina. (…) El porvenir (cuyo nombre
mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones” (tomo I, p. 343). En La
última piel se respira ese espíritu de época. El padre le dice a Nélida que
“El pasado es pasado, mija. No hay nada que recordar. En esta tierra se mira al
futuro y ya” (p. 36); una amiga le dice que vale la pena dejar su trabajo en un
taller para emprender su propio negocio porque “vivimos en un país que te
permite hacerlo” (p. 84); y la misma Nélida dice: “no creo que haya mucha
diferencia entre Nueva York y Buenos Aires” (p. 61).
Nélida y
León y Argentina parecen ser dos proyectos destinados al éxito, pero de alguna
manera ambos fracasan. En la novela no hay una definición ni una hipótesis
sobre el fracaso argentino, ni tiene por qué haberlas, claro está. El lector
puede suponer una subyacente: como la familia de Nélida es yrigoyenista y la de
León es anti-yrigoyenista, y los primeros son buenos y los segundos no tanto,
podemos imaginar algo. Sobre la relación tampoco es tan claro: pareciera que la
relación fracasó porque sus partes no siguieron el llamado de la piel; pero
Nélida construyó igual una vida que parece haber sido, a pesar de ello, exitosa
en sus ojos.
El libro
incluye una dedicatoria a quienes “sueñan con lo que pudo haber sido”. Y lo que
pudo haber sido no es necesariamente mejor o peor, sino un mix distinto de
éxitos y fracasos, de experiencias y de sentidos.

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