lunes, 27 de mayo de 2019

De exiliarse y encontrarse



Leí Americanah, novela de Chimamanda Ngozi Adichie (de quien había leído la colección de cuentos The thing around your neck).
Como en esa colección de cuentos, en esta novela los temas de la raza, nacionalidad y, en menor medida, el género, están en primer plano; la historia de amor que vertebra la novela parece por momentos casi una excusa.
Americanah relata la historia de Ifemelu, una mujer nacida en Nigeria, que vive trece años en Estados Unidos antes de volver a su país, y que descubre en ese ida y vuelta su verdadera identidad. Una identidad racial, nacional, continental, de género y quizás también ligada con el amor.
La novela se convierte así en una especie de Bildungsroman: no es sobre cómo se convirtió en mujer sino cómo pasó a entender quién es, lo que Ifemelu aprende en algún lugar entre el exilio y el desexilio.
En el primer párrafo de la novela, en Estados Unidos, Ifemelu dice que disfruta que en Princeton “podía fingir ser alguien más” (p. 3). Quién es, la propia identidad, es algo que se conoce o se puede conocer de una manera casi racional.
“Si no tenés cuidado, en este país tus hijos se convierten en lo que no conocés”, le dice una emigrada (p. 137); y ella dice de uno de sus novios, Curt, americano, blanco y rico: “Curt y sus amigos nunca serían, en algún nivel, enteramente conocibles para ella.” (p. 256)
La etapa de Ifemelu en EE.UU., donde se convierte en una bloguera escribiendo de raza, tiene momentos excelentes. Como africana, ella dice descubrir la raza en América; y los comentarios sobre las relaciones raciales en Estados Unidos son muy interesantes.
Lo racial es algo que aprendió, porque no es Americana Africana (un americano de raza negra) sino Africana Americana (un africano trasplantado a EE.UU.) Tuvo que leer para conocer las “mitologías americanas”, los “tribalismos americanos - raza, ideología y región”. (p. 167)
Lo racial, como la propia identidad, parece algo que hay que conocer, descubrir, estudiar. Eso me llamó la atención.
(Quizás ligado: hay muchas referencias y casi caricaturescas a las relaciones de los personajes con los libros: los personajes que nos gustan o nos tienen que gustar leen cosas copadas; los que no nos gustan o no nos tienen que gustar no leen o leen cosas que no son copadas.)
Esta crítica social, especialmente a la subtribu de los blancos bienpensantes, lo que en EE.UU. llaman “liberal” y acá es algo así como la progresía, es graciosa y punzante; es lo mejor de la novela.
Lo que menos me gustó es la parte que me cuenta la historia de Obinze, el amor de juventud de Ifemelu en Nigeria, sin ella. La novela está toda en tercera persona, pero muy cercana a ella; y no me parece que la tercera primera en Obinze sea tan convincente.
De hecho, de haber sido el editor de Adichie le habría dicho que la escribiera en primera persona y no me cuente nada de eso. Después de esa parte, todo me costó un poco más, aunque igual la novela se lee bien, con momentos de mucho humor.

Otras citas
Sobre la madre de Curt, una señora blanca muy rica: “parecía del tipo de personas ricas que nunca dan una buena propina.” (p. 244)
Comentario del hijo de una expatriada criado en EE.UU. al llegar por primera vez a Nigeria: “¡A la mierda, primi, nunca vi tantos personas negras en un mismo lugar!” (p. 518)

Originales de las citas
“She liked, most of all, that in this place of affluent ease, she could pretend to be someone else”. (p. 3)
“If you are not a bit careful in this country your children become what you don’t know.” (p. 137)
“Curt and his friends would, on some level, never be fully knowable to her.” (p. 256)
“as she read, American mythologies bagan to take on meaning, American tribalisms - race, ideology, and region - became clear.” (p. 167)
“she seemed like the kind of wealthy person that did not tip well.” (p. 244)
“‘Oh my God, Coz, I’ve never seen so many black people in the same place!’ he said.” (p. 518)

lunes, 13 de mayo de 2019

Un grito que vuelve sin haber salido



Leí Enero, de Sara Gallardo, un libro excepcional de 1958 reeditado el año pasado por Fiordo.
Enero retrata en pocas páginas el sufrimiento de Nefer, la hija de unos puesteros en algún lugar de la Pampa húmeda - “Más al Oeste, el monte de la estancia duerme como un gran barco sombrío, protector de los montecitos de los puestos, que uno tras otro apagan sus luces y se van fundiendo con el llano.” (p. 17) Nefer, que vive en un puesto con sus padres, sufre por un amor no correspondido y porque quedó embarazada y no sabe qué hacer al respecto.
Gallardo transmite con maestría la angustia permanente de su protagonista, una angustia que queda retenida, atrapada. (“Un grito fuerte sube, se detiene en sus dientes y vuelve a bajar sin haber salido.” p. 10-11) En un momento Nefer piensa en la posibilidad de abortar como la de liberarse de una carga y ese me parece que es, en última instancia, el gran tema de la novela; la falta de libertad de esta chica, atrapada entre los mandatos de familia, religión y patrones y los deseos de otros.
Con una prosa ecualizada, la novela logra notablemente ponernos en el campo argentino de mediados de siglo XX. Lo escuchamos en los diálogos (como en el saludo entre Nefer y una ex compañera en la carnicería: “_Qué hacé. / _Qué decí.” - p. 29) y en la radio de fondo, con una comedia o una carrera, mientras olemos el cuero y el barro y el pasto mojado sin que Gallardo nos hable de olores, y que empieza y termina con referencias a una cosecha, una intersección especial entre naturaleza y sociedad.

Otras citas
“con la mano arrea modestos rebaños de miguitas por el hule gastado de la mesa.” (p. 9)
“El alma está negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo la tierra.” (p. 15)

lunes, 29 de abril de 2019

La cuestión del otro


Alerta de autobombo: en este post a domicilio, mi amiga Noelia Torres (@violetaviolento) reseña mi propia novela.


Leí este libro antes de que estuviera impreso, lo leí antes de que fuera lo que es ahora, mucho antes de que tomara la forma definitiva que tiene en este momento: tapa, contratapa, color, páginas, una historia. Esta es mi lectura en este ahora sólido y referencial.
La historia de su protagonista, Javier, es el recorrido viral y contemporáneo de un hombre que va camino hacia ninguna destrucción material, importante o decisiva. Simplemente está envejeciendo, simplemente sucede que está casado.
La vida que se cuenta en esta novela en primera persona - digo novela pero podría clasificarla como una comedia romántica de enredos amorosos durante la crisis de la mediana edad - es una que ocurre en un rincón específico de Buenos Aires, de Chile, del mundo, en el espacio cuneiforme del corazón donde se encuentran las emociones y los deseos de los que desean el amor - personajes, lectores, todos - aunque sepan muy bien cómo definir ese deseo o a ese concepto tan raro como combustible.
Leí la historia de un hombre que no se rebela en el sentido causal de la molestia cotidiana, si no en el sentido de aquel que muestra ese lado que tenía escondido hasta para sí mismo. Hasta se fabrica a sí mismo un altillo-escondite.
Todos los personajes de esta novela se encuentran y se pierden a sí mismos entre otros y por otros. Esa es la cuestión del otro. Está ahí, no podemos negarlo porque al mismo tiempo queremos cosas con ellos y de ellos. Javier, Elena, Ana, las hijas, los jefes, las y los amantes, los granos de arena en las playas febriles y estáticas de las vacaciones familiares.
Stanley Cavell en su libro “Pursuit of Happiness” titula la introducción con esta frase “Palabras para una conversación” y en él desglosa los mecanismos de las películas románticas de Hollywood de la década del 30 y 40.
Los mismos 40 que tiene Javier y como las olas de sus playas familiares llegan para recordarle o hacerle olvidar algunas cuestiones propias y ajenas.
Palabras que significan palabras, palabras que forman discursos, palabras que forman novelas, palabras que dicen sí quiero, sí acepto, hasta que la muerte o el divorcio nos separe. Estas respuestas no son, me parece, más que preguntas que tenemos que conocer para lograr entender su valor.
La enseñanza del mundo occidental contemporáneo pareciera ser algo así: las cosas cuestan, el amor y el matrimonio cuestan.
Pero esta novela nos dice finalmente algo como esto, que el amor solo se trata de amor. Y el matrimonio también.
Leí este libro y pensé en eso.
En amor.

lunes, 15 de abril de 2019

El arte de vivir



Leí El nervio óptico, de María Gainza, un libro raro, a mitad de camino entre la historia del arte y la narrativa, y entre la novela y un conjunto de relatos. Es la historia de una narradora que es oveja negra del patriciado argentino e historiadora del arte, y va y viene siempre entre esas cosas: lo que le pasa como hija del patriciado argentino y como historiadora del arte, apuntes sobre cuadros y pintores, regreso a su propia historia personal, y la imbricación entre una y otra cosa.
De hecho, el libro está construido en díadas. Es un conjunto de once textos, cada uno de los cuales junta un pintor con una persona de la vida de la narradora. La vida artística y la vida real, digamos así. Porque esa es la vida de esta narradora, que está cruzada siempre por el arte. De hecho, el libro empieza con un equívoco que no lo es: “A Dreux lo conocí un mediodía de otoño” (p. 11). Pero Dreux es un pintor que murió en 1860: la narradora nunca lo conoció, conoció su obra, pero para ella una cosa y la otra es casi lo mismo. Ese primer capítulo del libro termina con esta otra oración: “tampoco sé por qué lo estoy contando ahora, pero supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa”. (p. 20) Ella escribe de su vida para contar de sus cuadros o, más bien, habla de sus cuadros para contar su vida: “así de ambiguas me resultan las cosas de este mundo, siempre admiten por lo menos dos lecturas.” (p. 26) Además, “terminar de entender las cosas vuelve rígida la mente.” (p. 51)
Hay algo que hace que a mí me cueste entender, más allá de que el problema, mi problema, según la narradora, parece ser justamente eso de intentar entender. Lo que me cuesta es que a mí no me pasa con la pintura algo ni remotamente parecido a lo que le pasa a la narradora. De viaje voy cada tanto a algún museo, pero en mi ciudad casi no lo hago. La narradora puede decir que “Rothko no te entra por los ojos sino como un fuego a la altura del estómago” (p. 90) o de un cuadro de Rousseau que “dicen que hace temblar el piso bajo tus pies”. (p. 118) Más aún, puede describir poéticamente un cambio en la trayectoria de un pintor: “Una noche de invierno, un viento helado comenzó a soplar a través de sus imágenes” (p. 140), dice de El Greco.
A mí nunca me pasó algo así con un cuadro. Como lector, ese es un aprendizaje: hay un poco de envidia porque no logro vivir eso, pero sobre todo se agranda mi mundo, entiendo que hay gente que vibra así. Por lo demás, hay temas que se repiten: los ojos y la mirada; los animales, hay animales por todo el libro, y la narradora dice hacia el final que ella misma ha “vivido como un animal acosado” (p. 155); y la clase, la clase como una jaula: “Una jaula es perversa: no te sofoca sino que te acostumbra a vivir con la mínima cantidad de aire indispensable.” (p. 105) Pero al final del día, es un libro sobre el arte y sobre cómo nos puede ayudar a vivir mejor: “¿Acaso una buena obra no transforma la pregunta ‘qué está pasando’ en ¿qué me está pasando’?” (p. 124)

lunes, 1 de abril de 2019

El progreso y sus enemigos



Leí Enlightenment Now, de Steven Pinker, un libro maravilloso y monumental que defiende los logros de la civilización occidental en un momento en el que abunda el pesimismo cultural. Esos logros, dice Pinker, se remiten a un momento específico de la humanidad, la Ilustración, que inauguró una avenida de progreso a partir de cuatro valores: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. “El principio de la Ilustración de que podemos aplicar la razón y la simpatía para aumentar el florecimiento humano puede parecer obvio, remanido, viejo. Escribí este libro porque me he dado cuenta de que no lo es. Más que nunca, los ideales de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso necesitan una defensa incondicional.” (p. 4) Eso es lo que hace Pinker en las 400 páginas que siguen de una manera sistemática y profunda, con una prosa clara, con humor y alegría y empatía hacia todos los que habitamos y hemos habitado este planeta.
Es cierto, también, que se me hizo largo; aunque en parte eso se dio porque tengo hoy peores condiciones de lectura que hace unos meses (¡qué vuelva el tren a Retiro pronto!), yo recomendaría saltearse algunos capítulos, sobre todo de la segunda parte. En la primera sección, Pinker establece algunas bases teóricas. Primero define a trazos gruesos la Ilustración y luego algunas de las fuerzas básicas que enfrenta la humanidad: la entropía (que en una visión muy básica significa que las cosas decaen); la evolución y la naturaleza; y la información o inteligencia. Como síntesis, el humano es un producto de la evolución que usa la inteligencia para combatir la entropía: “Volviendo a la evolución, un cerebro armado por información en el genoma para realizar computaciones sobre información que viene de los sentidos podría organizar la conducta del animal de una manera que le permitiera capturar energía y resistir la entropía.” (p. 21) La Ilustración, dice Pinker, es lo que logró una explosión de los logros de la inteligencia para resistir la entropía.
La segunda parte es la que se me hizo más larga. En contra de lo que dicen algunos contrincantes de la Ilustración (movimientos religiosos, nacionalistas o culturales), la Ilustración funcionó. En 17 capítulos, Pinker discute sus logros en términos de aumento de la expectativa de vida, mejoras de la salud y del sustento, aumento de la riqueza, reducción de la pobreza y de la desigualdad, menos guerras y más seguridad, menos terrorismo, más democracia, igualdad de derechos, más conocimiento y mejor calidad de vida. La evidencia es abrumadora. Esto no implica, dice Pinker, que todo sea perfecto; tenemos problemas (donde los ambientales son quizás los más obvios), pero lo que ha demostrado el ser humano es la capacidad de ir resolviendo esos problemas a través de la razón.
¿Por qué no vemos este progreso si es tan evidente? Por un lado, porque “la naturaleza del periodismo interactúa con la naturaleza de la cognición para hacernos creer” (p. 41) que el mundo está peor. Además, porque hay una actividad humana particularmente importante que es particularmente refractaria a la razón: la política electoral, que fomenta el tribalismo en lugar de la discusión informada. Pero “no debemos dejar que la existencia de sesgos cognitivos y emocionales o los espasmos de la irracionalidad del campo político nos disuadan del ideal de la Ilustración de perseguir implacablemente la razón y la verdad.” (p. 383) En definitiva, “La recompensa de una democracia secular cosmopolita está ahí a la vista de todos. Igualmente, la atracción de las ideas regresivas es perenne, y por ello siempre hay que defender a la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.” (p. 452)

Originales de las citas usadas
“The Enlightenment principle that we can apply reason and sympathy to enhance human flourishing may seem obvious, trite, old-fashioned. I wrote this book because I have come to realize that it is not. More than ever, the ideals of reason, science, humanism, and progress need a wholehearted defense.” (p. 4)
“Getting back to evolution, a brain wired by information in the genome to perform computations on information coming in from the senses could organize the animal’s behavior in a way that allowed it to capture energy and resist entropy.” (p. 21)
“Whether or not the world is really getting worse, the nature of news will interact with the nature of cognition to make us think that it is.” (p. 41)
“However long it takes, we must not let the existence of cognitive and emotional biases or the spasms of irrationality in the political arena discourage us from the Enlightenment ideal of relentlessly pursuing reason and truth.” (p. 383)
“The bounty of a cosmopolitan secular democracy is there for everyone to see. Still, the appeal of regressive ideas is perennial, and the case for reason, science, humanism, and progress always has to be made.” (p. 452)

viernes, 15 de marzo de 2019

lunes, 25 de febrero de 2019

Amor libre



Leí los Pornosonetos de Pedro Mairal, una compilación de sonetos que fue publicando en distintos lugares bajo el seudónimo Ramón Paz, y que tienen en su gran mayoría, y como el título lo indica, una temática sexual. 
El libro me pareció maravilloso. A mi amiga M.P. no le gustó: ¿será un guy thing?, me preguntó, y a mí me parece que no. Es verdad que unos cuantos de los sonetos pueden parecer de joven adolescente obnubilado por el sexo; son los más explícitamente pornográficos, los que se limitan al acto y a su descripción más cruda. Limitarse a eso, sin embargo, me parece un error; hay mucho más en los Pornosonetos que pornografía, y ese es uno de los dos comentarios que tengo sobre el libro: el de la gran diversidad de temas que se rozan en estos poemas sobre lo sexual. Hay en esta colección poemas sobre novias, amantes y encuentros ocasionales; sobre el amor perdido, el amor correspondido y el amor apenas imaginado; recuerdos que ya no se comprenden y melancolía por lo perdido, extrañeza por el paso del tiempo, meditación sobre el envejecimiento (después de un encuentro en la ducha “ya no somos los mismos amor mío” - p. 24; “ya no estoy para el garching en el piso” - p. 113); descripciones de chanchadas puras y calentura y momentos de enorme ternura; hay una preocupación por la vida y por la muerte (“no hablés tanto de muerte pará un poco” - p. 111); desde lo más concreto y literal hasta poemas surreales (como uno donde un tal Ricardo se muda al culo de una morocha de por vida - p. 62). Hay mucho más que sexo en el sexo. (¿La relación sexual no existe, decía Lacan?)
El segundo gran comentario que tenía es sobre la libertad. En la contratapa Mairal dice que su seudónimo / alter ego Ramón Paz tiene más libertad que él. Quizás lo más llamativo del libro es cómo se puede escribir tan libremente en el formato tan encorsetado del soneto. Quizás lo más llamativo del sexo es cómo se lo puede ejercer tan libremente en el formato tan encorsetado de la animalidad del humano. En más de un lugar Mairal juega con esa rareza del humano como un animal que tiene sexo como parte de la evolución (“cadena de polvos que nos trajo / desde el fondo del tiempo” - p. 86), como animales (“no paran como bestias zoofornican” - p. 35) pero de maneras que los animales no hacen y con esta cosa tan  humana y poco animal como el amor: “me entrego a la ignorancia enamorado / de este raro animal que duerme al lado” (p. 84). Esta libertad dentro del encorsetamiento del soneto se ve, además, en rimas insólitas; para nombrar un par, “beautiful garchada” con “bandera idolatrada” (p. 44) y “ano” con “presbiteriano” (p. 105).
Los Pornosonetos me resultaron divertidos; me reí muchas veces con imágenes o rimas o situaciones que quizás, sí, resultan más graciosas a una mirada masculina; pero hay mucho más que eso allí. Hay una reflexión sobre la vida, eso que se genera de esa manera, sobre la muerte, sobre el amor y sobre el lenguaje.

lunes, 18 de febrero de 2019

Historiador del yo



Leí La caja Topper, de mi amigo Nicolás Gadano, y les recomiendo que dejen lo que están haciendo y corran a la librería más cercana para comprarlo. El planteo es sencillo: un hombre que está más cerca de los 50 que de los 40 recibe una caja con recuerdos de su madre recientemente fallecida; son documentos que informan la vida de su madre y su padre, una pareja de ex montoneros, y de sus hijos, el autor y su hermano. A través de la indagación consciente, meticulosa, precisa, de esos documentos, el autor se pregunta por su vida y la de sus padres, y por el propio sentido de la vida.
Aunque es el libro de una familia marcada por el exilio, no es un libro sobre los setenta. Obviamente lo que pasó importa, y a veces impacta: “Durante mi primer verano de vida, mi viejo se pasó cuatro meses de entrenamiento guerrillero en La Habana y la sierra cubana, mientras su esposa y sus dos hijos lo esperábamos en Buenos Aires.” (p. 53) O sorprende. A los que vivimos en épocas más pacíficas nos parece incomprensible que se haya puesto en peligro a hijos en nombre de… ¿de qué? Porque lo que se pregunta el autor no es tanto “qué nos pasó en la vida” sino “para qué vivimos”. ¿Para qué se convirtió papá en terrorista? ¿Fue por el horizonte de una revolución o para evitar el tedio de una vida burguesa? Y de la vida del padre a la propia; para qué o por qué hacemos lo que hacemos. Por una esperanza: “Esa esperanza de hacer algo grande y único que me acompaña desde chico, esa ilusión que es mi motor: jugar al fútbol y ser una estrella; componer grandes canciones; ser ministro, diputado o senador; escribir un libro emocionante y perdurable.” (p. 219)
Así, en la reconstrucción de la historia de sus padres, de su historia familiar, no sólo se reconstruye la vida ajena sino la propia. Y en esa reconstrucción se busca darle sentido a la experiencia de vivir. Escribir es un poco eso mismo: escribir es buscar el sentido de vivir, y buscar el sentido de vivir es vivir. Esto no es poco común; una gran cantidad de la literatura actual pasa por este carril. Lo que es original en La caja Topper, además de la particular historia del autor, es el método: Gadano se enfrenta a los recuerdos de su madre como un historiador frente a fuentes primarias; indaga a cada una de esas fuentes con sensibilidad, inteligencia y precisión; y somete a crítica a cada uno de los personajes que pasan por la caja y por el libro, hasta a él mismo (por ejemplo: “Me empieza a agarrar bronca con ese Nico del ‘84.” - p. 151) Gadano se convierte en algo así como un historiador de sí mismo, lo cual se potencia con la precisión con la que relata cosas que ya no existen pero que fueron parte de la vida de una generación: cómo se grababa un cassette para después escucharlo en un walkman, cómo se hacía una llamada internacional desde las oficinas de Entel de Av. Corrientes y Maipú, cómo se viajaba por la ciudad antes de Google Maps.
La caja Topper es un libro sensible, inteligente, emocionante y muchas veces gracioso - aunque en un momento Gadano le aclara directamente a sus lectores: “No estoy buscando que se rían” (p. 124) - y armado a través de una estructura de textos breves que lo convierte en un libro de excelente lectura. Un gran logro.

lunes, 11 de febrero de 2019

Visibilizar



Leí Invisible Man, de Ralph Ellison, que me pareció más importante que divertida. Tenía a Ellison en un (larguísimo) listado de autores norteamericanos que quiero leer, listado en el que cuando leo algún libro de algún autor pongo al texto en negrita y en verde. Además, volvió a aparecer en la lectura de Grand Expectations (historia de EE.UU. entre 1945 y 1974) y está bien, porque Invisible Man es una novela fundamental dentro de la historia de la literatura americana: es la primera novela escrita por un negro en ganar el National Book Award, en 1953.
La novela cuenta la historia de un joven negro del sur que es expulsado de una universidad progresista para negros (basada seguramente en el Tuskegee Institute en el que sobresalía Booker T. Washington). De ahí va a Nueva York (“Eso no es un lugar, es un sueño” p. 152, mientras que Washington “No es más que otra ciudad sureña”, p. 154.) y termina militando en Harlem en un movimiento político, la Hermandad, basado en el comunismo, que lucha permanentemente contra un movimiento nacionalista negro. Aparecen así todas las opciones políticas disponibles para un joven negro: el progresismo del tipo de Booker T. Washington, el marxismo y el nacionalismo separatista. Los primeros dos aparecen dominados por los blancos, que nunca logran ver realmente a los negros, y el último aparece como violento y ridículo, apelando a una identidad africana ajena. El personaje termina - como anticipa en el primer capítulo - escondido, hibernando en un agujero oscuro, porque no parece haber solución posible si no es reconociendo “el hermoso absurdo de la identidad americana y de la mía propia.” (p. 559) En esa línea, a veces se cataloga a Ellison como existencialista.
En un mundo de blancos, (“los blancos, la autoridad, los dioses, el destino, las circunstancias - la fuerza que tira de los hilos hasta que te rehúses a que te sigan tirando. El hombre grande que nunca está ahí, donde pensás que está.” - p. 154), el personaje se pregunta dónde se ubica un negro, o los negros, y cuál es su identidad. Y aunque la  respuesta nunca quede lejos del absurdo, el narrador parece decirnos que igual hay que intentar responderla, y que se construye en el discurso, hablando o escribiendo, con palabras.
Leída como una novela de ideas, Invisible Man es más interesante que divertida. Por momentos se me hizo francamente larga. Y a medida que avanzaba sentí que se reducían los momentos más poéticos, con metáforas interesantes, muchas veces corridas (“Las tejas torturadas por el sol descansaban en los techos como juegos de cartas mojados por el agua desplegados para secarse” - p. 46; “Rayos de calor del sol del final de la tarde trepaban desde el concreto gris, brillando como los tonos cansados de un clarín lejano que soplan en el aire calmo de la medianoche.” - p. 98) y me quedaba sólo con las aventuras de este personaje sin nombre y sus cavilaciones excesivas.

Originales de las citas usadas
“New York!” he said. “That’s not a place, it’s a dream.” (p. 152)
“You going to Washington. It’s just another southern town.” (p. 154)
“knowing now who I was and where I was and knowing too that I had no longer to run for or from the Jacks and the Emersons and the Bledsoes and Nortons, but only from their confusion, impatience, and refusal to recognize the beautiful absurdity of their American identity and mine.” (p. 559)
“They? Why, the same they we always mean, the white folks, authority, the gods, fate, circumstances—the force that pulls your strings until you refuse to be pulled any more. The big man who’s never there, where you think he is.” (p. 154)
“Sun-tortured shingles lay on the roofs like decks of water-soaked cards spread out to dry.” (p. 46)
“Heat rays from the late afternoon sun arose from the gray concrete, shimmering like the weary tones of a distant bugle blown upon still midnight air.” (p. 98)

lunes, 4 de febrero de 2019

Una revolución interna



Días después de leer Grand Expectations, una historia de EE.UU. entre 1945 y 1974 por James Patterson, mi tía María me dijo que tenía que leer Revolutionary Road para ver con cuál de dos Richards quedarme entre Ford y Yates. A Ford lo amamos, sobre todo, por la tetralogía de Frank Bascombe (The SportswriterIndependence DayThe Lay of the Land Let me be Frank with You). A Yates lo había leído sin tanto amor en Eleven Kinds of Loneliness, pero entre la recomendación y la lectura reciente sobre la historia del período que retrata Revolutionary Road, decidí encararlo. Hice muy bien: la novela es excelente (y mucho mejor que la película, que había visto hacía poco tiempo aunque sólo me dí cuenta entrado unas páginas. La película es protagonizada por Di Caprio y Winslet, pero arrasa Kathy Bates como Mrs. Givings.)
En Revolutionary Road, Yates describe muchas de las cosas que Patterson muestra como centrales al período 1945-1974: el proceso de suburbanización; el despertar sexual de una nación que hacia afuera mantiene apariencias de un gran conservadurismo; la era como una era de ansiedades y el auge del psicoanálisis y de los problemas de salud mental. (El gran ausente es quizás el tema más importante del período: el racial, prácticamente sin lugar en la novela.)
Yates retrata esto a partir de la historia de una pareja de jóvenes (llegando a los treinta años) con dos hijos, April y Frank Wheeler. Hace unos años, los Wheeler se mudaron a los suburbios, comprando una casa en Revolutionary Road. (Se la compraron a Mrs. Givings, quien, junto a un marido que baja el volumen de su audífono cuando se cansa de ella y de su hijo, dan una mirada de los Wheeler desde afuera.) La ansiedad suburbana se describe desde la primera escena, con una obra de teatro amateur fallida que protagoniza April, y en muchas instancias. En una escena, después de leerle los chistes del diario a los hijos, Frank “luchó por ponerse de pie, respiró hondo silenciosamente, y se quedó ahí parado en el medio de la alfombra por varios minutos, cerrando con fuerza sus puños dentro de sus bolsillos para contenerse de hacer lo que de pronto pareció la única cosa en el mundo que real y verdaderamente quería hacer: levantar una silla y tirarla por la ventana al jardín.” (p. 59)
Para escapar a lo que Frank llama “el vacío sin esperanza de todo en este país” (p. 200), April embarca a Frank en el plan de mudar a toda la familia a París. Todos ven esta movida como una locura, incluyendo a los Givings y a sus amigos del barrio, Shep y Milly Campbell. El único que apoya y celebra el plan es el hijo de los Givings, que está internado en un manicomio: “hace falta un cierto nivel de huevos para ver el vacío, pero hace falta un buen pedazo más para ver la falta de esperanza” (p. 200), le dice a Frank. Y cuando Frank le dice a April que el plan suena poco realista ella le contesta: “A mí me parece que esto es poco realista. Me parece poco realista que un hombre con una buena cabeza siga año tras año trabajando como un perro en un trabajo que no soporta, volviendo a una casa que no soporta en un lugar que tampoco soporta”. (p. 115)
Más allá de la trama, lo que está muy bien es la construcción de los personajes, y eso es lo que me parece que cuesta más transmitir al cine. En la novela se profundiza más sobre las historias de cada uno de los personajes principales y aparecen sobre todo en la interacción entre ellos: en lo que cada uno opina sobre los demás se ve más sobre el que opina que sobre el observado. Y el influjo del psicoanálisis se ve va más allá de las menciones a la posibilidad de que alguno u otro de los personajes comience terapia. Frank y April, en el fondo, están luchando por evitar la repetición de las vidas de sus padres (o por que sus hijos repitan las de ellos.) En esa línea, el capítulo cinco de la primera parte es genial: comienza con un día de la infancia de Frank en que el padre lo lleva al trabajo y termina con su relación con el padre, con el trabajo y con su idea de qué es ser un hombre. Pero sobre todo lo que me parece notable, y digno de emular en el que quiera escribir, es que Yates escribe a fondo cada escena; se toma su tiempo para contarte el detalle de cada escena y de cada personaje, cómo habla, cómo come, qué hace con sus manos mientras habla; y en esa descripción minuciosa de la vida de sus personajes, Yates nos pinta una época.

* Nota al pie sobre el título (del libro y del post). La definición antigua de la idea de revolución pasa por un quiebre histórico sobre lo anterior. La definición antigua, en cambio, es más bien de un cambio recurrente pero que termina en el mismo lugar: como la revolución de un motor, que es de 360 grados. ¿Cambia verdaderamente algo en la novela? ¿El psicoanálisis es o puede ser revolucionario en sentido moderno? 

Originales de las citas usadas
“When the funnies were finished at last he struggled to his feet, quietly gasping, and stood for several minutes in the middle of the carpet, making tight fists in his pockets to restrain himself from doing what suddenly seemed the only thing in the world he really and truly wanted to do: picking up a chair and throwing it through the picture window.” (p. 59)
"it does take a certain amount of guts to see the emptiness, but it takes a whole hell of a lot more to see the hopelessness." (p. 200)
"I happen to think this is unrealistic. I think it’s unrealistic for a man with a fine mind to go on working like a dog year after year at a job he can’t stand, coming home to a house he can’t stand in a place he can’t stand either, to a wife who’s equally unable to stand the same things, living among a bunch of frightened little—my God, Frank, I don’t have to tell you what’s wrong with this environment—I’m practically quoting you." (p. 115)




viernes, 11 de enero de 2019

Explosión de derechos


Archivos en la LBJ Library (Austin, Texas).

Leí Grand Expectations: The United States, 1945-1974, de James T. Patterson, acercándome al objetivo de completar la lectura de la Oxford History de EE.UU. La gran virtud del libro es cómo logra unificar una gran cantidad de temas, tendencias y cambios en una narrativa unificada, en un argumento central. (La contracara es que lo hace, a veces, exagerando en la repetición de dicho argumento central).
Ese argumento es más o menos el siguiente: EE.UU. sale de la Segunda Guerra Mundial como el país más importante del mundo y preparado para un crecimiento económico sin precedentes. Dicho crecimiento genera una mejora de las condiciones de vida también sin precedentes y, a su vez, un aumento cada vez mayor de las expectativas, que se ve reforzado por un optimismo cada vez mayor que produce una revolución de derechos; derechos que son sancionados legalmente y en los tribunales (sobre todo en lo que concierne a la cuestión racial). Las expectativas y los derechos son como un globo que se infla sin pausa desde 1945 hasta 1965-1968, momento a partir del cual explota con una reacción conservadora, generando una sociedad polarizada y con mayores niveles de violencia.
Lo que comienza con una sociedad unida por la guerra, confiada y en crecimiento (aunque obviamente con durísimas inequidades, de vuelta, sobre todo raciales), optimismo que hace pico en el plan de Lyndon Johnson de una “Gran Sociedad”, termina con una economía estancada y con alta inflación, con mayores niveles de violencia (asesinatos de Jack y Bobby Kennedy, Martin Luther King, etc.) y con la confianza destruida en lo que hace a su papel en el mundo (Vietnam) y en su dirigencia (Watergate). Así se termina, de alguna manera, el gran arco liberal (en el sentido americano de opuesto a conservador) inaugurado por Roosevelt: desde 1945 a 1969, sólo gobierna un presidente republicano (Eisenhower), y sólo 23% del tiempo, contra 77% del tiempo para Roosevelt, Truman, Kennedy y Johnson.
En el origen está un boom económico que “catapultó a millones de personas a los niveles de las clases medias propietarias, de alto consumo y mejor educadas.” (l. 1089) “La producción por empleado aumentó en un impresionante 3,3% por año entre 1947 y 1965, a comparación con niveles de entre 2 y 2,5% entre 1900 y 1940 (y de 1,4% entre 1973 y 1977)”. (l. 1101) Esto no es sólo cuantitativo sino cualitativo; es la centralidad del automóvil, la migración del campo a la ciudad y la suburbanización, el auge de la televisión y el consumo masivo. Es “Mad Men”, Cheever, Richard Yates. Esto despertó preocupación en la izquierda sobre un achatamiento cultural y de la derecha por “el aumento de la liberación sexual, la delincuencia juvenil y el cambio generacional.” (l. 5916)
Todo esto se daba con la Guerra Fría como contexto. Guerra Fría que se convirtió en caliente en Corea (1950-1953) y Vietnam, y que generó miedo real de una conflagración nuclear (sobre todo con las crisis de los misiles en 1962 y de Berlín). Un primer punto central en términos de relaciones exteriores es que de la Segunda Guerra salió un consenso: “la opinión pública viró decisivamente hacia la aceptación de un compromiso sustancial de los EE.UU. con el resto del mundo” (l. 1410). Más aún, había un compromiso más sustantivo - al menos hasta Nixon - respecto de ese compromiso: “Prevenir la propagación del comunismo” fue durante todo el período “la estrella guía de la política americana.” (l. 9997) Esa postura y la “teoría del efecto dominó”, es la principal explicación de Vietnam. Al menos desde Kennedy, todos los presidentes tenían claro que era imposible ganar y sin embargo tardaron años (y miles de vidas) en salirse, en gran parte por ese consenso compartido, expresado más sucintamente por la doctrina Truman. (Para la guerra de Vietnam hay que ver este documental.)
A pesar de la Guerra Fría, que tendía a llevar la política americana a la derecha, el rasgo principal de la época fue el creciente impulso del liberalismo (hasta 1965-1968). El desarrollo principal en este sentido fue el movimiento por los derechos civiles de los negros, tratando de concluir lo que la Guerra de Secesión y la “Reconstrucción” habían dejado trunco. El avance en este sentido fue impresionante; al mismo tiempo, sin embargo, fue insuficiente (en el sentido de que generó cada vez más reclamos sustantivos cada vez más difícil de satisfacer) y generó desde el comienzo una gran resistencia en el Sur (y eventualmente una gran reacción en todo el país en la medida que la protesta se tornó cada vez más violenta.) De esta época son la ley de derechos civiles de 1964 (“por lejos la ley más importante en la historia de las relaciones raciales en EE.UU.” - l. 9015) y la ley de derecho al sufragio de 1965. 
Esas dos leyes, más leyes de ayuda federal a la educación y de reforma inmigratoria, marcan el pico del liberalismo, guiado por la maestría legislativa de Lyndon Johnson y el empuje que le dio el asesinato de Kennedy. “A ningún otro presidente le importó tanto la política doméstica y los derechos civiles como a Johnson, y ninguno desde FDR en los años 30 había llegado ni cerca a conseguir tantas leyes, muchas de ellas esperadas por mucho tiempo por los partidarios de la reforma. Hacia mediados de 1965, sin embargo, había señales de que la marea estaba por bajar.” (l. 9750) 1968, con un aumento de la violencia (incluyendo los asesinatos de M. L. King y Bobby Kennedy), fue el punto de inflexión hacia la reacción, que llegó a su auge en 1972 con la elección de Nixon.
(No voy a defender a Nixon, pero es curioso que Patterson, que claramente no quiere a Nixon y lo hace responsable de la creciente polarización, no tiene más opción que marcar algunos de sus éxitos. Por ejemplo, que logró “legislación significativa” entre 1969 y 1972, incluyendo cambios que abren la puerta al “affirmative action” y la creación de la agencia ambiental (EPA). Y en cuestiones internacionales que logró finalmente salir de Vietnam, abrir relaciones con China y cierta pacificación con la Unión Soviética - detente). Sea como fuera, “La escalada de demandas de derechos después de 1965, y especialmente los disturbios urbanos (...) despertó una reacción significativa, la más vívida de muchas consecuencias que surgieron de la polarización de la era. Sobrevivió con creces a los 60.” (l. 11035) Patterson acusa a Nixon de inflamar “esas ansiedades con el objetivo de acercarlos, junto con blancos del sur, al partido Republicano.” (l. 12102) Eso ocurrió, como atestigua la coalición de Reagan años después, en parte por virtud de Nixon, en parte porque el compromiso de Johnson con los derechos civiles expulsó del partido de Lincoln a muchos blancos en el Sur y en el Norte (el mismo Johnson era consciente de esto.)
A pesar de esta reacción, Patterson termina con una mirada optimista. Más allá de la reacción violenta y de la polarización, mucho quedó. Principalmente, “la mayoría de las personas se mantuvieron comprometidas después de 1974 con las leyes de derechos civiles que habían transformado el estatus legal de las minorías desde 1974. (...) Los americanos también continuaron apoyando altos niveles de gasto interno para salud, educación y seguridad social (...) Un tercer legado liberal de la era de la postguerra, los avances en las libertades civiles, también sobrevivieron a los 70. (...) Otro objetivo de muchos americanos (...), mayor elección personal, también avanzó con particular velocidad”. (l. 12944-12961)

Originales de las citas
“the dominant, increasingly celebrated trend of these years was economic progress that ultimately—in the 1950s and 1960s—shot millions of people into the ranks of the home-owning, high-consuming, ever-bettereducated middle classes.” (l 1089)
“Output per employee increased by a remarkable 3.3 percent per year between 1947 and 1965, compared to rates of between 2 and 2.5 percent between 1900 and 1940 (and 1.4 percent between 1973 and 1977).” (l. 1101)
“Much of the hand-wringing about "mass culture" in the 1950s came from the Left. From right-wing contemporaries came different laments: over the rise of sexual liberation, juvenile delinquency, and generational change.” (l. 5916)
“public opinion shifted decisively toward acceptance of substantial American engagement with the rest of the world: the people, following their leaders, developed large expectations about the role of American foreign policy.” (l. 1410)
“Preventing the spread of Communism, after all, remained the guiding star of American policy. Presidents Truman, Eisenhower, and Kennedy had followed it, as had their partisan opponents. All three Presidents had affirmed American support of South Vietnam and enunciated versions of the domino theory as a rationale.” (l. 9997)
“The civil rights act was nonetheless a significant piece of legislation, far and away the most important in the history of American race relations.” (l. 9015)
“No other President cared so much as Johnson did about domestic policies or about civil rights, and none since FDR in the 1930s had come close to securing so many laws, many of them long awaited by reformers. It was a high tide of American liberalism in the postwar era. By mid-1965, however, there were signs that the tide was about to ebb.” (l. 9750)
“The escalating demands for rights after 1965, and especially the riots, did more than bewilder people. They also aroused significant backlash, the most vivid of the many reactions that arose amid the polarization of the era. It long outlasted the 1960s.” (l. 11035)
“Far from trying to muffle the resentments of many in the working and lower-middle classes, Nixon fanned their anxieties in the hope of drawing them, along with southern whites, to the Republican party. Hard-working and patriotic people, he said in 1969, were the "great silent majority" of Americans.” (l. 12102)
“the majority of people remained committed after 1974 to the civil rights statutes that had dramatically transformed the legal status of minorities since 1945. (…) Americans also continued to support higher levels of domestic spending for health, education, and Social Security (…) A third liberal legacy of the postwar era, advances in civil liberties, also survived the 1970s. (…) Another goal of many Americans in the postwar era, greater personal choice, also advanced with special speed”. (l. 12944-12961).