lunes, 11 de noviembre de 2019

Una mitología para Buenos Aires



En esta segunda etapa de mi proyecto de leer las obras completas de Borges de principio a fin, leí El idioma de los argentinos (1928), Cuaderno San Martín (1929) y Evaristo Carriego (1930 pero con agregados de los años 50).
Una oración del prólogo de El idioma... resume en gran parte algo que vale para estos tres libros, para todo lo que he leído hasta acá de Borges y, por qué no, para toda su obra: dice allí que lo que rige a El idioma... son tres “direcciones cardinales (...) La primera es un recelo, el lenguaje; la segunda es un misterio y una esperanza, la eternidad; la tercera es esta gustación, Buenos Aires.” (p. 263)
Así, el Cuaderno... tiene “Fundación mítica de Buenos Aires”, donde dice que Buenos Aires no puede haber sido fundada donde fue fundada y cuando fue fundada porque es “tan eterna como el agua y el aire” (p. 352); tiene también el poema sobre su abuelo materno, “Isidoro Acevedo”, que al morir en su casa se armó un sueño para morir en batalla (“juntó un ejército de sombras ecuestres / para que lo mataran”); el poema habla no sólo de cómo morir sino también de ese niño que quedó detrás (“yo lo busqué por muchos días por los cuartos sin luz”, p. 358); tiene “Muertes de Buenos Aires”, que compara los cementerios de la Chacarita (que es “conventillo de ánimas”, “montonera clandestina de huesos”, p. 361, y la Recoleta.
Evaristo Carriego es un libro rarísimo en el que piensa un barrio a partir de un escritor. Pero el objetivo no es tanto ni un barrio ni un escritor sino avanzar - como desde el primer día - en una mitología de Buenos Aires. (Dice en "El tamaño de mi esperanza": "Buenos Aires, más que una ciudaá, es un país y hay que encontrarle la poesía y la mística y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen. Ese es el tamaño de mi esperanza", p. 185) En esa mitología deben figurar el tango y el truco, que están presentes en la obra de Borges desde su primer libro, Fervor… La “índole pendenciera” del tango lo hace parte de esta mitología de Buenos Aires (o de la Argentina) “Tal vez la misión del tango sea ésa: dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes, de haber cumplido ya con las exigencias del valor y el honor.” (p. 438)
Además de ser una indagación sobre el lenguaje y la literatura, El idioma... está siempre pensando la tradición argentina. El libro termina con una idea, que ya está en algún texto anterior de Borges, sobre la diferencia de nuestro lenguaje respecto del español. La diferencia radica, dice Borges, en que el idioma argentino es un idioma del futuro, del porvenir: “Vivimos una era de promisión. Mil novecientos veintisiete: gran víspera argentina. (…) El porvenir (cuyo nombre mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones.” (p. 343) Ese porvenir seguía teniendo como eje resolver la dicotomía civilización / barbarie o ciudad / campo, para el primer término. La historia, dice Borges en el Evaristo..., está del lado de la ciudad: “La figura del hombre sobre el caballos es secretamente patética. (...) sus destrucciones y fundaciones son ilusorias. Su obra es efímera como él. Del labrador produce la palabra cultura, pero el jinete es una tempestad que se pierde.” (p. 431) (Por eso creo que El año del desierto es la gran novela argentina de principios del siglo XXI; porque invierte la dirección de la historia: Buenos Aires se convierte en intemperie, la civilización retorna a barbarie y el progreso en regreso a Europa).

lunes, 28 de octubre de 2019

Para nunca más volver



Leí Por qué volvías cada verano, de Belén López Peiró, un libro que es una denuncia, una rebeldía, un acto de curación. Es un libro en el que no importa tanto la forma porque lo que importa es lo que dice, el contenido; las palabras no son acá parte de un acto artístico sino político y curativo.
Todos los veranos, una chica era llevada por sus padres desde Buenos Aires a la casa de unos tíos en un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Todos los veranos, su tío, comisario, violento, golpeador, abusaba de ella (como abusaba también de tantas otras). Años después, y a partir de un episodio en el que el padre de la chica casi descubre in fraganti al tío abusando de su hija, la chica denuncia lo que venía ocurriendo hacía años, lo que despierta movimientos judiciales, familiares e internos.
El libro se construye oralmente con tres tipos de textos. Por un lado, oficios judiciales: declaraciones testimoniales o decisiones judiciales donde se tramita la causa. Por otro lado, diálogos truncados (y esto es probablemente lo más interesante desde lo formal): se leen las alocuciones de un personaje hacia otro sin las respuestas, como si se escuchara solo un lado de una conversación telefónica; digo que esto es lo más interesante porque subraya la subjetividad del punto de vista de cada actor. Y, finalmente, textos de la víctima, de la chica.
Así pasan distintas personas involucradas: la víctima, sus padres, su hermano, la tía, primas, abogados, fiscales, psicólogos, médicos. Así vemos cómo la víctima, la chica, debe enfrentarse al deseo de tantos por callar lo que ella necesita decir; las debilidades o mezquindades o simplemente maldades del mundo judicial, la dificultad de derribar a personas grandes en pueblos chicos; la guerra de intereses dentro de las familias, donde se mezcla lo emocional con lo económico.
Es un libro difícil por su dureza y crudeza pero casi que da culpa decirlo, escribirlo: mucho más crudo y duro fue lo que vivió la víctima, la chica, que era usada “como a un galpón, [él] venía a hacerse chapa y pintura, a poner su pija en remojo”. (p. 10) El libro te oprime el pecho y te despierta bronca por todos los que hicieron y permitieron. En parte, el proceso que relata el libro y el libro mismo son el camino para que la víctima, la chica, pueda permitir que se despierte esa bronca en ella, y que saque la culpa de su interior y la pase afuera: “Lo culpo a él por hijo de re mil puta, la culpo a mi tía por cómplice, los culpo a mis viejos por ausentes, a mi pediatra por no notar mi concha rebanada y también a mi abogado por pelotudo desalmado. Pero nada es suficiente.” (p. 99)
Las palabras pasan a ser parte del proceso curativo. El silencio es enfermedad, la palabra es salud. “Callar fue siempre el peor castigo para ellas, para mí. Hablar libera y eso que todavía no desataron sus cadenas.” (p. 86) La víctima, la chica, necesita hablar para dejar de ser víctima y pasar a ser, o tratar de ser, solo, nada más, nada menos, que chica.

lunes, 21 de octubre de 2019

Alarde



Ahora les voy a hablar de Borges, con el mismo desparpajo con el que el Borges de los años 20, y de sus 20 años, habló de quien se le cantó y más también. Arranqué estos días el proyecto de leer las obras completas de Borges, de principio a fin y por orden cronológico, y en esta primera entrega hago mi lectura de Fervor de Buenos Aires, Inquisiciones, Luna de enfrente y El tamaño de mi esperanza, libros de 1923 a 1926, dos de poemas y dos de ensayos.
En el prólogo de 1969 a Fervor…, Borges dice que “aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente - ¿qué significa esencialmente? - el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo”, dice. (p. 15) Es cierto y no lo es, seguramente. Es clarísimo que era una bestia. Fervor… es impresionante en la capacidad para desplegar temas, a veces los mismos de siempre (la ciudad, la frontera, el tiempo, el retorno) y de tratarlos con torrentes de metáforas y adjetivaciones únicas. Ese Borges te personifica todo, hasta los colores: “Con la tarde / se cansaron los dos o tres colores del patio” (p. 26); adjetiva como él solo (“el temporal fue unánime” - p. 29 -; “en vano la furtiva noche felina / inquieta los balcones cerrados” - p. 47). Y arma metáforas con verbos: “alguien descrucifica los anhelos / clavados en el piano” (p. 51); él está “albriciado de luz y pródigo espacio” (p. 53), la soledad “se ha remansado alrededor del pueblo” (p. 55). En Fervor… Borges pinta como solo él pudo hacerlo una ciudad viva y el mundo que lo rodea.
El otro libro de poemas de esta entrega es Luna de enfrente. En su prólogo de 1969 dice Borges que allí quiso “ser argentino” (p. 157) El resultado es de nuevo la oposición entre la llanura y la ciudad, y hasta un poema sobre Facundo (“El general Quiroga va en coche a su muerte”) que no puede dejar de ser eso mismo y un llamado a la tradición argentina a través de Sarmiento. La Argentina es el desierto, la distancia: “Insistente, como una pesadilla, carga sobre mí la distancia” (p. 175); “Aquí otra vez la seguridad de la llanura / en el horizonte / y el terreno baldío que se deshace en yuyos y alambres” (p. 159); “La alta ciudad inconocible arrecia sobre el campo” (p. 165).
Al mismo tiempo, tengo la impresión de que este es un Borges distinto del que yo recuerdo de sus libros de más grande. En comparación con aquel más sosegado, este es un Borges que alardea y pontifica, sobre todo en los ensayos de Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza. Inquisiciones es una serie de ensayos sobre distintos autores o sobre la literatura que son, básicamente, una reflexión sobre el lenguaje y sobre la tradición, aunque también hay lugar para otros tópicos típicamente borgeanos (el tiempo, la ciudad, la muerte, el buen morir). Respecto del lenguaje, hay, por ejemplo, una reflexión sobre el origen de la metáfora (“la indigencia del idioma” - p. 97). Y sobre la tradición se prefigura la universalidad del Borges de “El escritor argentino y la tradición”: dice que “Europa nos ha dado sus clásicos, que asimismo son de nosotros.” (p. 70) y cita a Browne diciendo que “Todos los sitios, todos los ambientes, me ofrecen una patria”. (p. 79)
El desparpajo con el que comenta sobre cualquier escritor es digno de su corta edad y, seguramente, de su deseo de hacerse un lugar en el mundo literario. Dice del Ulises de Joyce, confesando “no haber desbrozado las setecientas páginas que lo integran” (p. 71), que el autor “ejerce dignamente esa costumbre de osadía” (p. 71), aunque pueda aburrir: “despliega la única jornada de su héroe sobre muchas jornadas de lector. (No he dicho muchas siestas.)” (p. 72) Con Ascasubi es un poco más directo: dice que en París terminó de ultimar su obra “en ambos sentidos del verbo” (p. 89) y se pregunta “¿Qué diferencia va de la labor de Ascasubi a la de sus continuadores? La que de la imbelleza va a la belleza.” (p. 91) El alarde se extiende del contenido a la forma, desplegando un idioma que por momentos puede resultar antiguo y demasiado florido, alejado al que recuerdo más clínico de los años posteriores. Como ejemplo citaría a la oración con que empieza “Después de las imágenes”, salvo que es demasiado larga; o a esta: “Este concepto abarcador que no desdeña recorrer muchas veces los caminos triviales y que permite la hermanía de la visión de todos y el hallazgo novelero, alcanza innumerable atestación en la segura dualidad de la vida.” (p. 144)
El nivel del desparpajo y el alarde roza la soberbia si no tuviera un poco de ironía y de humor sobre sí mismo: dice ya en El tamaño de mi esperanza: “mientras yo viva, no me faltará quien me alabe” (p. 192). Allí sigue la reflexión sobre el idioma y sobre la argentinidad, lo criollo (“hay espíritu criollo (...) nuestra raza puede añadirle al mundo una alegría y un descreimiento especiales. Ésa es mi criollez. Lo demás - el gauchismo, el quichuismo, el juanmanuelismo - es cosa de maniáticos”, p. 223) y Buenos Aires (que “más que una ciudá, es un país y hay que encontrarle la poesía y la mística y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen.”, p. 185), sobre la tradición y las modas artísticas.
Pero lo central es el lenguaje: “Lo que persigo es despertarle a cada escritor la conciencia de que el idioma apenas si está bosquejado y de que es gloria y deber suyo (nuestro y de todos) el multiplicarlo y variarlo.” (p. 202) “Todo sustantivo es una abreviatura. En lugar de contar frío, filoso, hiriente, inquebrantable, brillador, puntiagudo, enunciamos puñal; en sustitución de alejamiento de sol y profesión de sombra, decimos atardecer.” (p. 204) También hay tiempo para pensar los adjetivos y las metáforas, para discutir sobre la rima y para seguir criticando a Ascasubi (habla de su “bostezabilidá”, p. 210) y a Lugones (menciona no solo su “forasteridá”, p. 211, sino que dice también de él que “ninguna tarea intelectual le es extraña, salvo la de inventar”, p. 235).
Mi sensación, hasta acá, es que este primer Borges es una bestia y un monstruo: no podés creer lo que hace con las palabras y lo que ya era como escritor a los 25 o 26 años, y tampoco el desparpajo de poder decir lo que quisiera de cualquier cosa o escritor. Quizás dentro de dos años, cuando sepa un poco de Borges, podré decir algo distinto.

martes, 8 de octubre de 2019

Un libro curioso



Hace unas semanas, coincidí en una comida con Martín Hadis, autor de Siete guerreros nortumbrios. Enigmas y secretos en la lápida de Jorge Luis Borges. Primero hablamos de su libro y de mi novela y luego hicimos lugar a la antigua práctica del trueque: yo me llevé un ejemplar de ese libro curioso, y él se llevó un ejemplar de Flanders.
Siete Guerreros... es un libro muy curioso; es un libro sobre una lápida pero, por supuesto, es mucho más. El principal argumento de Hadis es que “la lápida de Borges en Ginebra es un objeto literario” (p. 25); es decir, un objeto que se puede leer, que se inscribe en una lectura de la tradición o las tradiciones del autor; que es pasible de interpretación y, más aún, que debe ser interpretado. La “lápida honra y prosigue ese hábito borgiano de presentar lo íntimo y personal a través de alusiones y citas” pero al mismo tiempo, “como ocurre con sus cuentos y poemas, el descifrarla no representa una imposibilidad.” (p. 182-183)
Hadis presenta un argumento muy sólido según el cual la lápida une “varios de los núcleos de la obra de Borges: su predilección por la épica, sus lecturas de antiguos textos sajones y escandinavos, la inspiración que recibía de su propia genealogía, sus encuentros y desencuentros con la fe cristiana, la divergencia de sus dos linajes - criollo e inglés -, y la forma en que éstos, al final de su vida, llegaron a fusionarse.” (p. 14) A partir del estudio de la lápida, Hadis nos lleva a la relación de Borges (y de su obra) con el inglés antiguo, con el escandinavo antiguo y son sus literaturas cruzadas por la épica. Nos lleva, además, a la lucha dentro de Borges entre sus dos linajes: unos ancestros anglosajones ligados con las letras y otros criollos con las armas y su relación con el cristianismo. Finalmente, la lápida enlaza lo escandinavo con su visión sobre el amor y sobre su relación con María Kodama.
En la comida, Hadis me comentó algo que dice también en el prólogo: que este libro “puede servir como una introducción gradual a su universo literario.” (p. 14) En mi caso, ese encuentro y este libro inteligente y divertido, que enlaza con sencillez lo complejo, me dio el empujoncito que necesitaba para, finalmente, emprender una lectura un poco más seria del principal exponente de nuestra tradición.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Un día en la iglesia



Leí Go Tell It on the Mountain, de James Baldwin, un clásico de la literatura afro-americana publicado en 1953. Como Invisible Man, de Ralph Ellison, publicada un año antes, Go Tell It on the Mountain me pareció más interesante que divertida, y más interesante por los temas que por la forma.
La novela cuenta la historia de John Grimes, un chico negro de Harlem en la década de 1930 de quien se decía: “Ese sí que es pobre chiquito” (p. 220) John es un pobre chiquito porque es negro (“Todo los negros fueron condenados, la voz irónica le recordaba” - p. 200), porque tiene un cuerpo poco agraciado, porque (se sugiere) le gustan los chicos y, sobre todo, por su situación familiar: nació como un hijo bastardo, su padre se suicidó, y su madre se casó con un predicador que resultó un padrastro difícil y duro.
Estructurada a partir de un día específico en el que hay un servicio religioso en el que John se bautiza al estilo del Pentecostalismo, la novela va hacia atrás en el tiempo contando las vidas de su madre, padre y padrastro. Así, cuenta del segundo gran movimiento de los afro-americanos; el primero, esclavizados, desde África hacia América; el segundo, el exilio más o menos libre desde el Sur hasta el Norte: “Al final de cuentas, no había tanta diferencia entre el mundo del Norte y el del Sur del que ella había escapado; solo había esta diferencia: el Norte prometía más. Y esta similitud: lo que prometía no lo daba, y lo que daba con una mano, lentamente y a regañadientes, lo quitaba con la otra.” (p. 164)
Y cuenta, sobre todo, y a partir de la vida de este pobre chico, la influencia de la religión en esta comunidad, por un lado opresiva desde lo personal y por el otro generadora, justamente, de comunidad. Esta ambivalencia se ve en el propio John, que en un momento le dice a su hermanita bebé “Bueno, escuchá a tu hermano mayor que te va a decir algo, bebé. Apenas vos puedas pararte en tus propios pies, te vas corriendo de esta casa, corré bien lejos.” (p. 38) “¿Por qué lloraba su madre? ¿Por qué fruncía el ceño su padre? ¿Si el poder de Dios era tan grande, por qué tenían vidas tan afligidas?” (p. 143) Por un lado quiere bautizarse, seguir la religión del padrastro y seguir su destino de predicador como él, y “Sin embargo, temblando, sabía que esto no era lo que quería. No quería amar a su padre; quería odiarlo, abrigar ese odio, y darle algún día palabras a ese odio.” (p. 146) 
Eso es, al fin de cuentas, lo que hace esta novela, que es de fuerte contenido autobiográfico: le da palabras al odio por el padre. Y lo hace, por momentos, adquiriendo la poesía de un predicador sureño, con música, con metáforas que caen de las colinas, “y las voces surgieron de nuevo, y la música fluyó de nuevo, como el fuego, o la inundación, o el juicio” (p. 8), y por otros momentos, simplemente, cansando un poco.

Originales de las citas usadas
“That sure is a sorry little boy.” (p. 220)
“All niggers had been cursed, the ironic voice reminded him” (p. 200)
“There was not, after all, a great difference between the world of the North and that of the South which she had fled; there was only this difference: the North promised more. And this similarity: what it promised it did not give, and what it gave, at length and grudgingly with one hand, it took back with the other.” (p. 164)
“John laughed at her so ancient-seeming distress—he was very fond of his baby sister—and whispered in her ear as he started back to the living-room: “Now, you let your big brother tell you something, baby. Just as soon as you’s able to stand on your feet, you run away from this house, run far away.” (p. 38)
“Why did his mother weep? Why did his father frown? If God’s power was so great, why were their lives so troubled?” (p. 143)
“Yet, trembling, he knew that this was not what he wanted. He did not want to love his father; he wanted to hate him, to cherish that hatred, and give his hatred words one day.” (p. 144)
“and the voices rose again, and the music swept on again, like fire, or flood, or judgment.” (p. 8)

Otras citas
“Looking at his face, it sometimes came to her that all women had been cursed from the cradle; all, in one fashion or another, being given the same cruel destiny, born to suffer the weight of men.” (p. 78)
“He had sinned. In spite of the saints, his mother and his father, the warnings he had heard from his earliest beginnings, he had sinned with his hands a sin that was hard to forgive. In the school lavatory, alone, thinking of the boys, older, bigger, braver, who made bets with each other as to whose urine could arch higher, he had watched in himself a transformation of which he would never dare to speak.” (p. 11) 

lunes, 16 de septiembre de 2019

Lengua



Leí Mona, de Pola Oloixarac, una novela que es una sátira sobre la literatura y una reflexión sobre la lengua. Mona es una escritora peruana “con una novela debut y una obra maestra inconclusa atrapada en su computadora.” (p. 13) Mona trabaja en una universidad americana de élite y un día se despierta golpeada, magullada e intoxicada en la estación del Caltrain de Palo Alto. Después de bañarse, recuerda que debe viajar a Suecia a un festival literario, donde se dirimirá el ganador de un premio literario al que ha sido nominada. La trama se sustenta un poco en esa pregunta, la de quién ganará, y otro poco en develar qué le pasó a Mona antes de viajar a Suecia, mientras se va narrando la estadía de Mona, casi siempre con algún tipo de intoxicación, en ese festival literario.
La descripción satírica del mundo académico norteamericano (como “latina sobreeducada (...) Tenía el glamour de ser un animalito en extinción” - p. 14) y del mundo literario, entre las grandes teorías y las pequeñas miserias, divierte. Ser escritor es, por momentos, crear mundos, y por otros “es como ser un profesor o un abogado. Venir a un congreso de escritores es como ir a un congreso de dentistas.” (p. 51) Una profesión como cualquier otra. Detrás de esa sátira hay una reflexión sobre el lenguaje y sobre la identidad asentada en la lengua. “Eran las armas de la world lit, el modo en que cada uno se apropiaba de su localismo y desde esa atalaya jugaba a su porción del universal literario.” (p. 118)
 “Un lenguaje es siempre inventar el mundo desde cero, aun si solo se trata de un padre y su hijo.” (p. 45) Y cada escritor es un personaje creado por ese escritor. Los personajes se hacen con la lengua, y se hacen individualmente; cada uno de estos escritores se hace a sí mismo como quiere, con el lenguaje que quiere. Tenemos a Lena, nacida en Burdeos, quien “ya había formado su carácter y su acento castellano” (p. 75); está Abdullah, el iraní que aprendió a escribir en danés; Gemma, “la joven escritora alemana” con “una infancia de judía rusa en Azerbaiyán”. (p. 90) Y hasta, fuera de la novela, en la tapa del libro, está Pola, la argentina que escribe en peruano. La lengua juega también un papel metafórico (“apenas entraban los lengüetazos de la noche blanca interminable”. - p. 139) y sexual, en una novela donde la sexualidad está siempre presente: hay una descripción de casi tres páginas de un cunnilingus en el que juegan lengua, sexo y lenguaje, incluso poesía.
Finalmente, hay algo más íntimo y a la vez genérico y político en relación con la sexualidad, que viene mezclada con la violencia y el miedo: “se excitaba en presencia del temor” (p. 83). Mona está siempre consciente de su sexualidad aún cuando busca, no siempre con claridad - “Estaba claramente colocada, el cerebro anestesiado relamiéndose como un gato en su salón mental.” (p. 122) - la respuesta a la pregunta antes de que lo sobrenatural termine con la literatura.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Pensar el mundo desde Argentina



¿Cómo se explica que Trump haya llegado a la presidencia norteamericana? ¿Por qué decidieron los británicos salir de la Unión Europea? ¿Qué explica el surgimiento de líderes como Salvini y Modi y las dificultades de otros como Macron y Merkel? En La rebelión de las naciones. Crisis del liberalismo y auge del conservadurismo popular, mi amigo Francisco de Santibañes le da una respuesta coherente a algunas de las principales preguntas políticas de nuestro tiempo, piensa las consecuencias para el sistema internacional y reflexiona sobre el caso argentino, en un libro que hace algo inusual: pensar el mundo desde la Argentina.
En pocas palabras, “las transformaciones que estamos observando son el producto de un movimiento global al que denomino conservadurismo popular”. (p. 17) El corazón del libro, desarrollado en sus primeras dos partes, es la conceptualización de este movimiento que engloba a Trump, los brexiteers y líderes como Bolsonaro, Erdogan, Orban y hasta Modi. Según de Santibañes, después de la Segunda Guerra mundial, ante la amenaza de la Unión Soviética y del comunismo, se desarrolló una alianza entre dos bloques hasta entonces en disputa, el liberalismo y el conservadurismo. Terminada la Guerra Fría y caído el enemigo en común, se cayó dicha alianza y “el liberalismo pudo ‘liberarse’ de las limitaciones que le imponía el pensamiento conservador” y acercarse al progresismo. (p. 58) Se trata de una combinación de “una agenda liberal en lo económico con un progresismo cultural”: capitalismo, globalización, proyectos supranacionales como la Unión Europea, menos límites a la inmigración, menos lugar para los valores tradicionales y las religiones, agenda de género y política identitaria, etc.
Es frente a esta agenda de las elites liberales-progresistas que surge el conservadurismo popular, o la rebelión de las naciones. Los conservadurismos populares son movimientos que rechazan a las elites liberales y al cosmopolitismo, que promueven el “retorno al nacionalismo, a la religión y a las tradiciones” (p. 18), más comunitaristas que individualistas, son democráticos pero no liberales y son capitalistas que aceptan límites al capitalismo y a la globalización. Logran obtener apoyo de sectores tradicionalmente de la derecha, pero también de sectores de izquierda que ven que las elites liberales no responden a sus intereses en cuestiones clave como la inmigración. En definitiva, el conservadurismo popular es una respuesta a las elites liberales que se separaron de sus pueblos y frente a un malestar social de raíces económicas y sociales: la globalización y la automatización perjudican a los sectores más bajos de los países centrales y la decadencia de instituciones tradicionales como la familia y la religión dejó desprotegidos a individuos aislados.
En la tercera parte del libro, de Santibañes vuelve a su primer amor, que son las relaciones internacionales. ¿Qué significa esta nueva realidad, que se da junto con “el traspaso de poder económico y militar desde Occidente hacia Oriente” (p. 157) para el sistema internacional? Desde las ideas, fortalece al realismo frente al liberalismo. En “un mundo bipolar en donde el surgimiento de China como potencia pone en peligro la hegemonía estadounidense” (p. 179), la política exterior de Trump adquiere sentido desde una perspectiva realista: intenta mantener la hegemonía en su hemisferio e impedir que China haga lo propio en el suyo. Y lo mismo hace China, de modo que “hasta ahora tanto China como Estados Unidos se están comportando de la manera en que el realismo predice que deberían hacerlo.” (p. 186) En definitiva, se ve una declinación de los proyectos supranacionales y del poder de las instituciones multilaterales, es previsible cierto proteccionismo, se dificulta la cooperación internacional (dificultando a su vez la solución en temas clave como el cambio climático) y se hace probable una nueva “guerra fría” que puede llegar a reducir la incertidumbre y la conflictividad pero con riesgos de una “competencia estratégica” entre los dos polos. (p. 205)
La cuarta “parte del libro es la más personal de todas” (p. 211), y es “Una advertencia desde Buenos Aires” a los conservadores populares respecto de la inconveniencia de desechar a las elites. Volviendo a un libro anterior (La Argentina y el mundo. Claves para una integración exitosa), de Santibañes esboza una teoría de la decadencia argentina centrada en la falta de una elite gobernante (política, intelectual y empresarial), lo que llevó a “la incapacidad del país para mantener a lo largo del tiempo una clara estrategia de inserción internacional” (p. 228) y de políticas de largo plazo. En ese sentido, advierte al conservadurismo popular que eliminar las elites puede ser contraproducente, y concluye que “el desafío de nuestro tiempo consiste en forjar elites capaces de defender una visión estratégica sin alejarse, en el proceso, de los valores de sus pueblos.” (p. 253)

lunes, 2 de septiembre de 2019

Inminencia del mal



Leí Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, y me pasó algo parecido a lo que me pasó con sucolección de cuentos, El núcleo del disturbio. Con ese libro pensé no es el tipo de literatura que más me interpela, no me vuelve loco, incluso diría que no me gusta, pero está bien. Con Distancia de rescate la sensación fue más clara respecto de lo que está bien. Nuevamente, no me vuelve loco, pero me parece un libro excelentemente logrado, con un tono y un clima que llevan al lector a la angustia, y eso es notable.
La novela se construye enteramente con diálogos en los que se reconstruye algo que pasó y algo que está ocurriendo entre dos madres (Amanda y Carla) y dos hijos (Nina y David) en algún pueblo rural. Pasaron y están pasando cosas dramáticas, sabemos desde el principio que hay peligro, que “tarde o temprano sucederá algo terrible.” (p. 89) Y pensamos desde el primer momento que, aunque está permanentemente en guardia para evitar ese peligro, Amanda no lo logrará: “Lo llamo ‘distancia de rescate’. Así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.” (p. 22)
Lo que ocurre no es del todo claro. La distancia y el tiempo se confunden y no es claro si el peligro es natural, si es agua viciada, o sobrenatural. Y hay algo realmente angustiante en esta sensación de impotencia, de una fatalidad inminente, a lo que se le suma esa confusión. Los diálogos van y vienen, cambian los oradores y las referencias temporales, todo está dicho en presente y todo es confuso a pesar de un lenguaje muy preciso y económico. “Estoy confundida, confundo los tiempos” (p. 77), dice Amanda, tratando de reconstruir lo que la llevó a un destino que parece imposible de torcer, más allá de la posibilidad de rescate.

lunes, 26 de agosto de 2019

Una historia de amor



“¿Preferirías amar más y sufrir más, o amar menos y sufrir menos? Esa es, creo yo, al final de cuentas, la única pregunta que importa.” (p. 3) Así, directo, comienza Julian Barnes The Only Story, una novela sobre el amor y la memoria basada en la desgarradora historia de Susan y Paul.
Es una novela sobre el amor y la memoria, y sobre la narración. En la primera página del libro, el narrador, que es siempre Paul aunque vaya cambiando y use primera, segunda y tercera persona, dice algo que después vemos que le dijo Susan; que “La mayoría de nosotros tiene solo una historia para contar. (...) sólo una importante, sólo una que al final de cuentas valga la pena contar.” (p. 3) La historia de Paul, la terrible historia de Paul, es que, a los 19, se enamoró de una mujer mucho mayor, y una mujer que sufrirá y lo hará sufrir.
Así, el libro toma un vuelco importante, desde un inicio lleno de humor y efervescencia juvenil a un nudo tan duro y triste que se me hizo difícil continuar, y un final angustiante de impotencia. Pero lo hace tan bien, con tanta belleza y tanta inteligencia que uno sigue adelante. El juego de las personas y los tiempos es genial. Toda la primera parte es en primera persona y en gran medida en presente. ¿Por qué? Porque “el primer amor siempre ocurre en la apabullante primera persona. ¿Cómo podría no ser así? Además, en el apabullante tiempo presente.” (p. 71) En la segunda sección, de pronto pasa a segunda persona, quizás porque es lo más arduo y el narrador quiera distanciarse. Al final, ya de vuelta, pasa a la tercera. Paul piensa que ya no va a tener sexo, porque “El sexo es de a dos. Dos personas, primera persona y segunda persona: vos y yo. Pero en estos días, la estridencia de la primera persona adentro suyo estaba silenciada. Era como si viera, y viviera, su vida en la tercera persona.” (p. 162)
La memoria está siempre presente. Ya de grande, Paul considera que una de sus últimas tareas en la vida es “recordarla correctamente (...) su último deber, para ambos, era recordarla y tenerla como ella había sido en la época en que recién se conocían.” (p. 163) Pero la memoria nunca es tan confiable: “A veces él se hacía una pregunta sobre la vida. ¿Cuáles son más verdaderos, los recuerdos felices o los infelices? Decidió, al final de cuentas, que la pregunta era imposible de responder.” (p. 161)
Tratando de recordar y tratando de darle sentido a los recuerdos, Paul se pregunta también por la naturaleza del amor. En un momento, ya de grande, lleva una libreta donde anota definiciones del amor que encuentra interesantes o iluminadoras. Luego, las va tachando en la medida en que ya no las encuentra certeras. Con un instrumento tan lábil como la memoria y un tema tan inabarcable como el amor, sólo queda la narración como mecanismo de acercamiento y de contención (la comprensión y la cura parecen inalcanzables): “Quizás el amor nunca podría ser capturado en una definición; sólo podría ser capturado en una historia.” (p. 206)

Otras lecturas mías de Barnes


Originales de las citas usadas
“Would you rather love the more, and suffer the more; or love the less, and suffer the less? That is, I think, finally, the only real question.” (p. 3)
“Most of us have only one story to tell. (...) only one that matters, only one finally worth telling.” (p. 3)
“first love always happens in the overwhelming first person. How can it not? Also, in the overwhelming present tense.” (p. 71)
“Sex involved two people. Two persons, first person and second person: you and I, you and me. But nowadays, the raucousness of the first person within him was stilled. It was as if he viewed, and lived, his life in the third person.” (p. 162)
“As he saw it, one of the last tasks of his life was to remember her correctly. (...) it was his final duty, to both of them, to remember and hold her as she had been when they were first together.” (p. 163)
“He sometimes asked himself a question about life. Which are the truer, the happy memories, or the unhappy ones? He decided, eventually, that the question was unanswerable.” (p. 161)
“Perhaps love could never be caught in a definition; it could only ever be captured in a story.” (p. 206)

miércoles, 21 de agosto de 2019

En el mismo laberinto



Leí, poco antes de las elecciones primarias del 11 de agosto, la reedición de Los deseos imaginarios del peronismo de Juan José Sebreli. Y vale la pena la aclaración porque ya en el prólogo el autor afirma que espera que el libro “contribuya, a su manera, a la batalla cultural siempre oscilante e inconclusa, entre la democracia republicana y la libertad de los ciudadanos, contra el populismo irracional autoritario (...) En las elecciones de 2019 no se trata tan sólo de un cambio de hombres, ni siquiera de partidos; se trata de un punto nodal, del pasaje crucial de un sistema político, social, económico y ético regido por el estatismo antidemocrático y aislado del mundo, en dirección de una república integrada al mundo democrático.” (l. 44-50)
El libro tiene las ventajas y las desventajas de un planteo simple. El autor pasa por definir ciertas categorías de regímenes políticos y luego busca encasillar al peronismo en alguna de esas categorías. “Los regímenes que por apartarse de la democracia parlamentaria, característica de las sociedades capitalistas “normales”, se han dado en llamar “Estado de excepción”, pueden clasificarse en tres tipos: dictadura militar tradicional, bonapartismo y fascismo.” (l. 288-290) “No hay una contraposición excluyente entre bonapartismo y fascismo. El bonapartismo es una forma atenuada del fascismo, y el fascismo, una exacerbación del bonapartismo. Si bien no todo bonapartismo es fascismo, siempre hay en él gérmenes de fascismo. El peronismo participó en realidad de los tres tipos del Estado de excepción, surgió como una dictadura militar de corte clásico, derivó hacia el bonapartismo, aspiró siempre a ser un fascismo y realizó la mayor cantidad de fascismo que le permitieron la sociedad argentina y la época en que le tocó actuar.” (l. 346-350)
La otra simplificación es que, siguiendo una perspectiva marxista, los actores son actores colectivos, las clases sociales o determinadas corporaciones, y las personas, incluso las que lideran, son secundarias. “En los años 1943-1945 (...) La dictadura militar bonapartista-fascista estaba en el aire y Perón no hizo sino ocupar un lugar preexistente y no creado por él. La historia no es, como pretenden los ideólogos del bonapartismo, el producto de la acción extraordinaria del Grande Hombre, el hombre del destino, el superhombre, el genio individual, la personalidad creadora, el salvador supremo. Por el contrario, muy frecuentemente los conductores de pueblos son personajes insignificantes. La biografía de Perón lo muestra como un pequeñoburgués diletante, de vida sedentaria y mediocre hasta los cincuenta años, de ideas simples y estereotipadas y de gustos vulgares (...) La relación entre el personaje y la circunstancia histórica es sumamente compleja, porque en la historia la necesidad está indisolublemente ligada al azar.” (l. 459-471)
Para decirlo en pocas palabras, el peronismo sería un fascismo en el sentido de ser un movimiento conservador de masas, un mecanismo por el cual se moviliza a las masas para preservar a la burguesía de la verdadera revolución proletaria. “El papel doble jugado por el bonapartismo peronista consistía en presentarse a la clase trabajadora como portavoz de sus reclamos a la burguesía, haciéndole sentir a ésta la presión de las masas detrás de ella, pero a la vez ofrecerse a la burguesía como el único capacitado para frenar a las masas y evitar el desborde, y, por lo tanto, el verdadero protector de las clases burguesas contra las masas, como el defensor del capitalismo ante la posible revolución social”. (l. 720-724) Y para ello el peronismo habría adoptado, hasta donde pudo, las características del “fascismo clásico (...): apoyo y movilización de masas, formación de una elite del poder compuesta en gran parte por marginales, creación de una ideología nueva aparentemente opuesta a la tradicional, intento de estructurar un Estado totalitario alrededor del partido único y del jefe carismático.” (l. 1119-1122)
El resultado fue una transformación radical de la economía y la sociedad argentinas (que se explica muy bien en La larga agonía de laArgentina peronista de Tulio Halperín Donghi). “Las causas de la crisis económica estructural a partir del peronismo deben buscarse no, como gusta la derecha, en el obrerismo —al fin el distribucionismo fue frenado ya en 1949— sino en la protección a esa pequeña y mediana burguesía industrial. El predominio de la industria ligera sobre la pesada, de la industria de bienes de consumo sobre la generadora de bienes de producción, del mercado interno sobre el comercio exterior, provocó el desequilibrio permanente de la balanza de pagos, la escasez de divisas, la inflación, lo que trajo a su vez la incapacidad para importar bienes de capital, maquinarias y equipos. El rezago tecnológico y los altos costos de la producción impedirían a la industria argentina elaborar bienes exportables, competir en el mercado internacional, subordinándola cada vez más a la sobreprotección del Estado —créditos, exención de impuestos, barreras aduaneras— y, lo que resulta paradójico, haciéndola dependiente de las exportaciones agropecuarias, que se habían desalentado para beneficiar a los industriales.” (l. 2751-58)
El cambio excede lo sociológico: “La historia argentina del último medio siglo, donde los débiles y vacilantes regímenes democráticos fueron esporádicos y fugaces, siendo el resto dictaduras reaccionarias surgidas de golpes militares o regímenes semifascistas plebiscitados, nos permite definir a la Argentina como una sociedad política autoritaria con fuertes tendencias al totalitarismo que forma a una sociedad civil sumisa y conformista, acostumbrada a que le den órdenes y decidan por ella, y a la vez plena de odio y fanatismo, proclive a estallidos de violencia irracional.” (l. 3860-3865) Por eso el desafío de fondo es tan complejo, porque se trata de “democratizar una sociedad que desde hace décadas es esencialmente antidemocrática” (l. 4119-4120) Para el autor, seguramente, el primer paso electoral de 2019 no es alentador en este “momento crucial en la historia argentina” en la que se produce “una nueva confrontación entre la república democrática y el paso a un régimen autoritario con visos totalitarios.” (l. 4366-4367)

lunes, 5 de agosto de 2019

Parar la pelota



Leí Thinking, Fast and Slow, de Daniel Kahneman, psicólogo cognitivo que ganó el premio Nobel en Economía en 2002 por sus estudios sobre economía del comportamiento. Lo central del argumento es que, contrario a los supuestos básicos de la economía, el ser humano es muy poco racional. Y no es que sea lo emocional lo que nos nuble, sino algo así como que pensamos mucho peor de lo que pensamos: “Documentamos errores sistemáticos en el pensamiento de personas normales, y rastreamos esos errores hasta la maquinaria de la cognición más que a la corrupción del pensamiento por la emoción.” (p. 8)
El planteo básico es que usamos poco nuestra capacidad cognitiva profunda (lo que llama Sistema 2) y mucho más lo que llama el Sistema 1, basado en (pre)juicios veloces, sesgos y decisiones inconscientes. Más aún, muy habitualmente el Sistema 2, cuando opera, lo hace sobre un menú presentado por ese Sistema 1. “El Sistema 1 provee las impresiones que muchas veces se convierten en nuestras creencias, y es la fuente de los impulsos que muchas veces se convierten en nuestras elecciones y nuestras acciones. Ofrece una interpretación tácita de lo que te pasa y de lo que pasa alrededor tuyo, ligando el presente con el pasado reciente y con las expectativas sobre el futuro cercano. Contiene el modelo del mundo que evalúa al instante los eventos como normales o sorprendentes. Es la fuente de tus juicios veloces y muchas veces precisos. Y hace la mayor parte de eso sin que vos seas consciente de sus actividades.” (p. 58)
Los dos conceptos básicos para entender este pensar mal son los sesgos y las heurísticas. “La definición técnica de una heurística es un procedimiento simple que ayuda a encontrar respuestas adecuadas, aunque muchas veces imperfectas, a preguntas difíciles.” (p. 98) Ante una pregunta difícil (¿qué pienso sobre Fulano?), el cerebro simplifica con una pregunta más fácil (¿cómo me cae Fulano?) Así, si Fulano me cae bien, voy a decir que es bueno / inteligente / simpático; este es la heurística del afecto. Por otro lado, el Sistema 1 tiene sesgos: lo negativo se ve más fuerte que lo positivo, lo que ocurrió último se magnifica en el recuerdo, etc. Así, ante una pregunta difícil (¿es seguro viajar en avión?), en lugar de pensarlo estadísticamente (sólo hay accidentes en un ínfimo porcentaje de los vuelos) la mente magnificará la información sobre accidentes, etc.
La cabeza se equivoca de maneras que nos parecen inconcebibles. En un experimento, se sometió a dos grupos a un editorial de radio; un grupo tenía que asentir con la cabeza mientras escuchaba y el otro grupo tenía que negar; después se les preguntó si estaban de acuerdo o no con lo que habían escuchado y el grupo que asentía estuvo mucho más de acuerdo que el otro. Cuando uno entra a una negociación y la otra parte pone un número, por más ridículo que sea, fija un ancla. Y muchos ejemplos más de cómo pensamos mal: nos olvidamos de los datos estadísticos básicos, buscamos coherencia cuando no la hay, hasta nos olvidamos de lo que vivimos.
Parte del problema viene de la incertidumbre. Nos cuesta operar bajo incertidumbre y nuestra cabeza busca crear rápidamente historias coherentes para entender el mundo y operar sobre él. Pero la mayor parte del tiempo nos equivocamos, e incluso se equivocan los supuestos especialistas: “la gente que dedica el tiempo y se gana el sustento estudiando un tema en particular produce peores predicciones que monos tirando dardos, que hubieran distribuido sus opciones más o menos parejo sobre las alternativas.” (p. 219) Es que estamos “predispuestos a exagerar la consistencia y la coherencia de lo que vemos. (...) Estamos demasiado inclinados a rechazar la creencia de que mucho de lo que vemos en la vida es aleatorio.” (p. 117)
“¿Qué podemos hacer frente a los sesgos? ¿Cómo podemos mejorar juicios y decisiones, tanto los nuestros como los de las instituciones a las que servimos y que nos sirven? La respuesta corta es que muy poco puede lograrse sin una inversión considerable de esfuerzo. (...) La manera de bloquear los errores que se originan en el Sistema 1 es simple en su principio: reconocer las señales de que estás en un campo minado de cognición, parar la pelota, y pedir refuerzos al Sistema 2.” (p. 417) Pero esto es más fácil de decir que de hacer; los “errores pueden ser prevenidos solo por el monitoreo aumentado y costoso del Sistema 2. Como forma de vida, sin embargo, la vigilancia continua no es necesariamente buena, y es ciertamente impráctica.” (p. 28)

Originales de las citas usadas
“We documented systematic errors in the thinking of normal people, and we traced these errors to the design of the machinery of cognition rather than to the corruption of thought by emotion.” (p. 8)
“System 1 provides the impressions that often turn into your beliefs, and is the source of the impulses that often become your choices and your actions. It offers a tacit interpretation of what happens to you and around you, linking the present with the recent past and with expectations about the near future. It contains the model of the world that instantly evaluates events as normal or surprising. It is the source of your rapid and often precise intuitive judgments. And it does most of this without your conscious awareness of its activities.” (p. 58)
“The technical definition of heuristic is a simple procedure that helps find adequate, though often imperfect, answers to difficult questions.” (p. 98)
“people who spend their time, and earn their living, studying a particular topic produce poorer predictions than dart-throwing monkeys who would have distributed their choices evenly over the options.” (p. 219)
“errors can be prevented only by the enhanced monitoring and effortful activity of System 2. As a way to live your life, however, continuous vigilance is not necessarily good, and it is certainly impractical.” (p. 28) 

lunes, 29 de julio de 2019

Una vida inverosímil



Leí Churchill: Walking with Destiny, biografía a cargo de Andrew Roberts de uno de los personajes más notables del siglo XX. En palabras de Roberts: “Resulta tan improbable que una sola persona haya sido capaz de vivir una vida tan extraordinaria.” (p. 982) Y es cierto: tuvo acción militar en Sudáfrica, India, Cuba, las trincheras de la Primera Guerra Mundial, condujo a una de las grandes potencias en la Segunda y, de yapa, recibió el premio Nobel de Literatura (en 1953). Un hombre, al mismo tiempo, “más extremo y extravagante que sus contemporáneos” (p. 971) Un personaje único, individual e irrepetible, “uno de los más grandes individualistas de los tiempos modernos, porque en la vida se aproximaba a todo como un individuo y no como parte de un grupo” (p. 980).
Escribir esta biografía parece igualmente improbable y por eso es un logro notable. Porque se lee extraordinariamente bien y trae al lector vívidamente un mundo que ya no existe. O dos. Porque, como dice Roberts, “En el año que nació Churchill [1874], el General Sir Garnet Wolseley firmó un tratado obligando al derrotado Rey Koffee de los Ashanti a terminar con los sacrificios humanos; en el año que murió [1965] la nave espacial Gemini V orbitó la Tierra y los Beatles lanzaron ‘Ticket to Ride’.” (p. 966) Me pregunto, entonces, cómo encarar esta lectura. ¿Voy a resumir una biografía de mil páginas? ¿Voy a contar una carrera política que incluyó pasarse dos veces de un partido a otro, y haber tenido todas las principales posiciones ministeriales - Armada, Guerra, Interior, Economía - antes de ser el primer ministro que condujo a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra? ¿Hablar de sus logros como un escritor tremendamente prolífico? (“La producción de Churchill fue igualmente inmensa. Publicó 6,1 millones de palabras en treinta y siete libros - más que Shakespeare y Dickens sumados - y dio cinco millones de palabras en discursos públicos, sin contar su voluminosa escritura de cartas y memorandos.” - p. 972)
En vez de eso voy a hacer cuatro comentarios más o menos relacionados.
1. Lo que le debemos a Churchill. Más allá de todas las críticas que se le pueden hacer, el mundo occidental, democrático y liberal le debe a Churchill un papel clave en un momento fundamental de la historia. Logró que Gran Bretaña se mantuviera en la guerra cuando el nazismo controlaba prácticamente toda Europa y mientras la Unión Soviética y EE.UU. seguían en paz. “Parte de la genialidad de Churchill en 1940 fue no solo mantener a Gran Bretaña en la guerra, sino también infundir al país la creencia en una eventual victoria sin tener ninguna lógica convincente (...) de cómo podría ocurrir eso.” (p. 604) A Churchill se lo acusó mucho de falta de juicio, dice Roberts, “Pero cuando se trata de las tres grandes amenazas que enfrentó la civilización occidental, las del militarismo prusiano en 1914, la de los nazis en las décadas de 1930 y 1940 y la del comunismo soviético después de la Segunda Guerra Mundial, el juicio de Churchill estuvo bien por encima del de las personas que se burlaban del suyo.” (p. 966)
2. Vivir para contarla. El segundo comentario es sobre la simbiosis entre el Churchill historiador y el Churchill actor histórico. Churchill siempre se creyó destinado a grandes cosas. “El creyó en su destino por lo menos desde los dieciséis años, cuando le dijo a un amigo que él salvaría a Gran Bretaña de una invasión extranjera.” (p. 2) “La razón por la cual el Archivo Churchill en la Universidad de Cambridge es tan extenso es que guardó todo, creyendo desde una temprana edad que iba a ser un gran hombre que tomaría grandes decisiones en grandes momentos de la historia de lo que era en ese momento el mayor imperio de la historia.” (p. 972) Pero Churchill fue un paso más allá; no solo dejó ordenado el material para que alguien escribiera sobre él, sino que escribió él mismo la primera versión de la historia que él mismo ayudó a forjar. Mucho antes del auge de la literatura del yo, Churchill fue un historiador del yo. No se trata tan solo de que estuviera “actuando escenas de su propio drama, sabiendo que las contaría a sus lectores” (p. 973), sino que estaba haciendo historia y redactándola (casi) al mismo tiempo.
3. La importancia de la lengua. El lenguaje está en el centro de la historia de Churchill; de Churchill como escritor, obviamente; como político, destacándose como uno de los más grandes oradores de su época; y de sus ideas, porque es central a su concepción política la idea de una alianza entre los pueblos de habla inglesa. Churchill no llegó a ser el orador que fue por casualidad, sino por el resultado consciente de la búsqueda de un estilo y de un método. Churchill escribía sus propios discursos, luego los resumía y los practicaba, después de un trabajo de años para llegar a ese estilo y método. Su pentálogo: “Palabras bien elegidas; oraciones construidas con cuidado; acumulación de argumentos; uso de analogías; despliegue de extravaganzas: esos eran los cinco andamios de la retórica del más grande orador de su época.” (p. 50) La política se hace con palabras, con persuasión y deliberación. Y surge de la palabra: en las ideas políticas de Churchill era central el lenguaje. Sus ideas políticas tenían dos ejes; la “democracia Tory”, un conservadurismo popular con toques del Estado de Bienestar, y el imperio británico. (“El credo de Disraeli de Imperium et Libertas y las ideas de su padre de una democracia Tory corrieron durante toda su carrera” - p. 950.) Y su fe en el imperio estaba íntimamente relacionada con un pueblo y su lenguaje. “La fe de Churchill en el Imperio Británico no era solamente política sino espiritual. Siendo escéptico del cristianismo, su credo era el Imperio. Churchill había creado, fundamentalmente de sus lecturas de los historiadores Whig, una teoría del progreso histórico que ponía la adopción de la Magna Carta, la Bill of Rights de 1689, la Constitución Norteamericana y las instituciones parlamentarias de los pueblos de habla inglesa como el apogeo del desarrollo civilizatorio”. (p. 977)
4. El biógrafo y su sujeto. Cuanto más pienso en el libro más notable me parece el logro del biógrafo, equilibrando las grandes ideas y los grandes movimientos históricos con el lugar de los grandes personajes. En esa línea, y siguiendo con el comentario anterior, la alianza entre EE.UU. y Gran Bretaña durante la guerra y más allá se sustenta, además de en la gran visión, en una relación personal cimentada en cartas entre Roosevelt y Churchill. Entre 1939 y 1945, Churchill le envío “1.161 mensajes a Roosevelt y recibió 788 en respuesta, un promedio de un intercambio cada dos a tres días por el resto de la vida de Roosevelt.” (p. 467) El libro es notable porque el personaje es único, pero también porque el biógrafo logra un orden y una calidad de escritura impresionantes, lo que te ayuda a seguir adelante en sus casi mil páginas. Y, también, porque en esas páginas se desarrolla una relación afectiva entre biógrafo y sujeto. Roberts hace de Churchill un personaje entrañable, al que le queremos perdonar sus errores y de quien olvidamos por momentos su responsabilidad en hechos trágicos (por ejemplo, los bombardeos masivos a ciudades alemanas) y esa también es una de las razones por las que se convierte en un libro inolvidable, una biografía improbable de una vida inverosímil.


Originales de las citas usadas
“It all seems so improbable that a single person could have lived such an extraordinary life.” (p. 982)
“In the year Churchill was born, General Sir Garnet Wolseley signed a treaty forcing the defeated King Koffee of the Ashanti to end human sacrifice; in the year he died, the spaceship Gemini V orbited the earth and the Beatles released ‘Ticket to Ride’.” (p. 966)
“Churchill was one of the greatest individualists of modern times, because he approached everything in life completely as an individual rather than as part of a group, from the moment he left his officers’ mess in 1899 onwards.” (p. 980)
“Churchill’s written output was similarly immense. He published 6.1 million words in thirty seven books - more than Shakespeare and Dickens combined - and delivered five million in public speeches, not counting his voluminous letter- and memorandum-writing.” (p. 972)
“Part of Churchill’s genius in 1940 was not only keeping Britain in the war, but infusing the country with a belief in ultimate victory while having no convincing rationale – apart from a general belief in bombing – for how it would come about.” (p. 604)
“Churchill’s supposed lack of judgement was hung about his neck throughout his career, sometimes, as we have seen, with good reason. Yet when it came to all three of the mortal threats posed to Western civilization, by the Prussian militarists in 1914, the Nazis in the 1930s and 1940s and Soviet Communism after the Second World War, Churchill’s judgement stood far above that of the people who had sneered at his.” (p. 966)
“He had believed in his own destiny since at least the age of sixteen, when he told a friend that he would save Britain from a foreign invasion.” (p. 2)
“The reason that the Churchill Archive at Cambridge University is so extensive is that he kept everything, believing from an early age that he was going to be a great man taking great decisions at great moments in the history of what was then the greatest empire in history.” (p. 972)
“He was acting out scenes in his own drama, knowing that he would recount them for readers.” (p. 973)
“Well-chosen words; carefully crafted sentences; accumulation of argument; use of analogy; deployment of extravagances: those were the five scaffolds of the rhetoric of the greatest orator of his age.” (p. 50)
“The Disraelian creed of Imperium et Libertas and his father’s ideas of Tory Democracy ran through his career”. (p. 950)
“Churchill’s belief in the British Empire was not just political but also spiritual. Sceptical as he was of Christianity, the Empire was his creed. He had created, largely from his reading of the Whig historians, a theory of historical progress that put the English-speaking peoples’ adoption of Magna Carta, the Bill of Rights of 1689, the American Constitution and parliamentary institutions at the apogee of civilizational development” (p. 977)

lunes, 22 de julio de 2019

De qué barrio sos




Es muy cruel esa canción que le cantan a un club que tuvo que dejar su estadio y construyó otro estadio en otro barrio mucho tiempo después. Un libro, como un club, no puede no tener barrio. Tiene que ser de algún lado, tiene que tener un corazón geográfico y desde ahí puede extenderse al mundo. Barcelona FC es universal desde la particularidad. La máxima de pinta tu aldea y pintarás el mundo parte de ahí; contame la particularidad y llegarás a la universalidad porque todos tenemos algo en común. Pero si querés pasar de lo universal a lo particular, al menos en la literatura, me parece que no va.
Eso me pasó con El amante japonés, de Isabel Allende. Me costó desde el principio; me pareció un poco difícil engancharme con una historia escrita por una autora chilena que ocurre en California y en la que protagonizan una chica de Moldavia (sí, sí, Moldavia), un hijo de inmigrantes japoneses y una judía polaca que emigró justo antes de que su familia muriera en el Holocausto. Intenté igual porque estoy en plan limpiar la mesa de luz de libros que tengo allí hace demasiado tiempo, pero en la página 59 escribí en un margen: “esta prosa no tiene código postal”. De qué barrio sos, amante japonés, pienso ahora, y me acuerdo de una banda de rock argentina formada por hijos de inmigrantes japoneses que se llama Los Tintoreros. Su primer disco se llama Chas Park. ¿Ven lo que hicieron? Le pusieron nombre de barrio, como 2 Minutos con Valentín Alsina. No quiere decir que esos discos sean buenos, pero tienen que empezar sonando auténticos.
“Martha y Sarah, las hijas de los Belasco, vivían en un mundo tan distinto al de Alma, sólo preocupadas por la moda, las fiestas y los posibles novios, que cuando se topaban con ella en los vericuetos de la mansión de Sea Cliff o en las raras cenas formales en el comedor, se sobresaltaban sin poder recordar quién era esa chiquilla y por qué estaba allí.” Esa cita, que comienza en la página 58, me hizo anotar en el margen lo del código postal. La otra manera de decir lo que me pasó con este libro es que es el opuesto a lo que me pasó con El libro de la locura de Anne Sexton traducido por Noe Torres: ahí decía que el libro no parecía traducido, que eran palabras que fluían; en cambio, este libro parece traducido: “nadie podía jactarse de conocerla, hasta que Irina Bazili logró penetrar en la fortaleza de su intimidad.” (p. 33) Y es lógico que parezca traducido, porque si por un segundo imaginamos que esos personajes existen y viven en San Francisco, ¿en qué otro idioma van a hablar sino en inglés? Pero la lógica no lo hace sonar, al menos para mí, menos artificial, y alrededor de la página 100 me di por vencido.

lunes, 15 de julio de 2019

Un amor improbable



Hace unos años, mi amigo Andy Anderson empezó a postear en Facebook diálogos desopilantes con su suegra. Hace unas semanas, tomando un café, me entregó una de las últimas copias de Los diálogos impares, un libro donde recoge esos diálogos. Qué buena idea la de publicarlos, le dije en ese café. Bueno, me respondió, vos fuiste uno de quienes me sugirió que lo hiciera.
No digo esto para darme méritos. No era tan difícil identificar que ahí, en la persona de la suegra y en la relación entre él y ella, había un tema digno de un libro. Si la mitad de lo que dice Andy en el libro es cierto, estamos frente a un personaje francamente único. (Y si no lo es, se trata de un personaje literariamente divertidísimo y verosímil, por lo que, como lector, poco me importa la veracidad.) Lo difícil era darle a esos diálogos, a ese personaje y a esa relación, una forma que fuera más allá de un catálogo de anécdotas divertidas; y hacerlo sin salir del formato básico de diálogos: y Andy lo logra.
Utilizando su expertise de publicista, Andy logra con un puñado de diálogos retratar a una persona única y darle a esta historia un formato casi de novela. Los diálogos impares puede leerse como un Bildungsroman muy particular, en el que el protagonista no es una persona sino una relación; una relación entre una madre y el novio de su hija, una relación que comienza tirante y que va creciendo y madurando. Es la novela de un amor improbable, de una relación que pasa del conflicto puro a la tolerancia y la comprensión y el amor, y que, como tantos Bildungsroman, tiene que terminar con la historia de cómo esa historia se convierte en libro.

lunes, 1 de julio de 2019

Locura



No sé muy bien cómo encarar esto porque leí una traducción del inglés, cosa que hago poco, y de poesía, que leo poco, y no sé hablar de poesía porque yo
prosa.

Pero leí El libro de la locura de Anne Sexton traducido por Noe Torres
porque está traducido por Noe Torres
amiga y
genia.

En general no leo traducciones del inglés porque prefiero leer en el original. Las veces que por alguna razón intento hacerlo me pasa mucho esto: que traduzco de vuelta al inglés, que me pregunto frente a algunas palabras cuál habrá sido la palabra en inglés. Por eso, creo que lo mejor que se puede decir de una traducción es que no parece una traducción; el mejor elogio que se le puede hacer a un traductor es “no te vi ahí”. Y eso le dije a Noe,
amiga y genia,
que por largos momentos de lectura me sumergí en palabras y me olvidé de que eran palabras traducidas y que eran un poco las suyas. El traductor, como el escritor fantasma, arroja las palabras y esconde la mano.

El libro reúne dos partes que yo encuentro muy dispares pero, de vuelta, ¿qué se yo de poesía? La primera parte, “Treinta poemas”, me pareció muy superior a la segunda, “Los papeles de Jesús”, que me pareció laxa, efectista.
Los primeros poemas, en cambio, me convocaron, con sus temas de maternidad, madres, hijas, padres, mujeres, niñas que crecen y ganan y pierden, y locura, muerte, enfermedad.
¿Qué se puede decir de la poesía si no eso?
que te convoque a seguir
que te conmueva
que te asombre
y que agrande tu mirada del mundo
sin saber muy bien cómo
precisamente
logró hacerlo.