lunes, 13 de abril de 2026

Bestseller bélico



Leí y releí Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, probablemente la novela más famosa de la Primera Guerra Mundial. Hace poco hice por acá una lectura de la secuela, El camino de regreso, y lo digo porque es interesante leerlas juntas –aunque mi recomendación es que sí lean Sin novedad en el frente y que no lean El camino de regreso–.

Sin novedad en el frente sigue a un protagonista y narrador, Paul Bäumer, durante unos años durante la guerra. Desde el alistamiento y la instrucción hasta su muerte, con idas y vueltas del frente, a la retaguardia y a casa de licencia. Usa una cantidad relativamente pequeña de escenas para mostrarnos la monstruosidad de la guerra y la destrucción física y psicológica de una generación, pero también deja cierta esperanza de que la vida tiene una chispa inextinguible, que el hombre se puede adaptar y seguir adelante. La guerra produce cambios fuertísimos también en la sociedad: abre una grieta entre quienes pelearon en el frente y los demás; y para esta generación un distanciamiento con las demás y la pérdida total de confianza en la autoridad y en el futuro.

Lo hace con esa cantidad limitada de escenas, en una primera persona pura y en presente (con la excepción de los dos famosos párrafos del final). Vemos ese mundo de las trincheras y el quiebre con el mundo anterior y con las generaciones precedentes a través de los ojos de Paul y con los pensamientos de Paul, más los de sus compañeros través de diálogos bastante creíbles (en comparación, por ejemplo, con unas disertaciones políticas poco verosímiles en Le Feu y en One Man’s Initiation). Ese relato directo, con poco juicio y opinión, y siempre en presente, ayuda a hacer todo más directo y fáctico, como era la vida de esos chicos.

En ese mostrar y no contar, Remarque produce algo parecido a lo que estaba haciendo su compañero de generación Hemingway: Adiós a las armas y Sin novedad en el frente son de 1929, y Fiesta. The Sun Also Rises había sido publicado en alemán en 1928. No hay una gran poética, salvo en pocos momentos, sino más bien un lenguaje directo, sin contemplaciones, con la dureza que adquieren los soldados frente a la realidad de la guerra. En la traducción de Brian Murdoch de 1994 suena mejor que en la de A. W. Wheen de 1929 (sí, leí las dos), pero no creo que esto cambie demasiado.

El tema principal es la guerra y cómo la guerra destruye los cuerpos y los espíritus de los hombres. Además, hay una clara delimitación de una generación nueva, que rompe totalmente con la anterior y que está “perdida”, que perdió toda confianza en la generación anterior y en el futuro. Aunque Remarque no usa la expresión “generación perdida”, dice “Somos como chicos que han sido abandonados y tenemos la experiencia de los viejos, somos ásperos, infelices y superficiales: yo creo que estamos perdidos” (p. 85). Dice Eksteins: “De todos los libros de la guerra del final de los años veinte (…) el de Remarque demuestra su punto, que esta era realmente una ‘generación perdida’, de manera más directa y emocional, incluso estridente, y este carácter directo y esta pasión están en el centro de su atracción para el público” (Eksteins, s.p.).

Lo único positivo que destaca de la guerra es la camaradería que despierta entre quienes la sufren juntos (y el drama de El camino de regreso es que esa camaradería se resquebraja en el mundo civil). Sin embargo, hay por momentos cierta esperanza, alguna insistencia de que hay una chispa vital y que mientras haya vida, hay esperanza. Más aun, por momentos parece que Paul parece descubrir el camino, que puede haber, a pesar de todo, un futuro, algo después de la guerra.

En un artículo bastante famoso sobre la novela, “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins dice que la novela no es tanto una novela sobre la guerra, sino más bien “un reflejo de la mente de postguerra (…) La novela fue enormemente exitosa no porque fuera una expresión precisa sobre la experiencia de guerra del soldado del frente, sino porque fue una evocación apasionada del sentimiento público del momento, no tanto sobre la guerra en sí sino sobre la existencia en general en 1929”. Y es cierto que en muchos lugares vemos a Paul y a sus compañeros pensando que será de ellos el día después, sabiendo que van a volver física y emocionalmente rotos por todos lados. Dice Paul: “Soy joven, tengo veinte años; pero no sé nada de la vida más que desesperanza, muerte, miedo y la combinación de una superficialidad totalmente vacía con un abismo de sufrimiento (…) toda mi generación está experimentando esto conmigo. (…) Durante años nuestra ocupación ha sido matar –esa fue nuestra primera experiencia–. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué pasará después? ¿Qué puede llegar a suceder con nosotros?” (p. 180).

La gran tragedia de Sin novedad en el frente es que Paul llega a tener una respuesta a esa pregunta. Y es la misma idea que tiene Ernst Birkholz, el personaje que continúa al de Paul en El camino de regreso: convertirse en un escritor pacifista, contarle al mundo lo que sufrió su generación para que la guerra fuera la última guerra (idea muy fuerte durante la Primera Guerra Mundial, que sería la guerra para terminar con todas las guerras). En las trincheras, Paul piensa que de regresar querría “hacer algo (…) que hiciera que todo esto tenga sentido, estar acá bajo fuego y todo lo demás” (p. 61); y cerca de casa, al ver a prisioneros de guerra rusos a quienes le cuesta ver como enemigos, piensa que quizás entender que nada nos separa de los enemigos podría ser “la tarea a la que deberemos dedicar nuestras vidas después de la guerra, para que todos los años de horror hayan tenido sentido” (p. 133). Y en el clímax emocional de la novela, cuando acaba de matar con sus manos a un soldado francés, le dice al cadáver: “Hoy tu turno, mañana el mío. Pero si salgo de esta, amigo, voy a pelear contra las cosas que nos la arruinaron a nosotros dos: tu vida y mi… Sí, mi vida también. Te prometo, amigo. No puede volver a pasar nunca más” (p. 154).

Lo trágico para Paul es que cuando parece comprender un poco, cuando empieza a pensar que puede llegar a hacer algo al volver a casa, muere. Y para el mundo, claro, que no sería ni de cerca la última de las guerras; que sería, más bien, el engendro de la siguiente. En un día calmo, sin nada que informar, Paul muere. Eso que Paul no puede hacer lo hará Remarque, claro. Y terminar con las guerras, buenom nada parece indicar que esté en el horizonte.

 

Un comentario mínimo sobre la película de 2022

Aunque tiene cosas muy buenas –la secuencia inicial del reciclaje de los uniformes de los muertos me pareció genial–, odié la adaptación de 2022, principalmente por dos decisiones que, a mi entender, subvierten temas clave de la novela original.

La primera es que en la película Paul Bäumer y sus amigos se enlistan en el ejército con gran fervor patriótico en 1917 y, por lo que fui leyendo, es muy difícil pensar que hacia 1917 quedaran demasiados alemanes con tal fervor patriótico. El bloqueo inglés venía operando hacía años y Alemania pasaba hambre, y ya casi no había duda de que la guerra estaba perdida. Es difícil creer en esa ilusión, por lo que parece difícil entender que uno de los temas clave de la novela es la desilusión que rompe a esa generación.

La segunda, peor, es que los creadores de la película aran un final totalmente distinto, según el cual la muerte de Paul se produce el día del armisticio, poco antes de la hora señalada, debido a una batalla ordenada por un general loco. Me molesta la batalla inventada, claro. Pero más me molesta que hacer morir a Paul en esa batalla va en contra de la ironía del título del libro. Los dos párrafos finales del libro informan fríamente que Paul murió en un día en el que la burocracia militar informa que no hay novedad en el frente, pero en la película no sólo está la novedad del armisticio, sino también la de la batalla. La ironía del título inicial, que estamos tan acostumbrados a la muerte que la de Paul no es una novedad, se pierde totalmente. Juntando ambas cosas, la película puede estar muy bien, pero no como adaptación de la novela de Remarque.

 

Originales de las citas

“We are like children who have been abandoned and we are as experienced as old men, we are coarse, unhappy and superficial – I think that we are lost.” (p. 85).

“Of all the war books of the late twenties (…) Remarque's made its point, that his was a truly 'lost generation', most directly and emotionally, indeed even stridently, and this directness and passion lay at the heart of its popular appeal.” (Eksteins, s.p.).

“All Quiet was a reflection of the postwar mind (…) The novel became enormously successful not because it was an accurate expression of the frontline soldier's war experience, but because it was a passionate evocation of current public feeling, not so much even about the war as about existence in general in 1929.” (Eksteins, s.p.).

“I am young, I am twenty years of age; but I know nothing of life except despair, death, fear, and the combination of completely mindless superficiality with an abyss of suffering. (…) my whole generation is experiencing this with me. (…) For year our occupation has been killing – that was the first experience we had. Our knowledge of life is limited to death. What will happen afterwards? And what can possibly become of us?” (p. 180).

“if peace really came, what comes to my head is that I’d like to do something (…) that would make it all worthwhile, being out here under fire and all the rest.” (p. 61).

“the task that we must dedicate our lives to after the war, so that all the years of horror will have been worthwhile” (p. 133).

“‘Your turn today, mine tomorrow. But if I get out of all of this, pal, I’ll fight against the things that wrecked it for both of us: your life, and my – ? Yes, my life too. I promise you, pal. It must never happen again’.” (p. 154).

 

Otras citas seleccionadas

“We have turned into dangerous animals. We are not fighting, we are defending ourselves from annihilation. We are not hurling our grenades against human beings (…) the hands and the helmets that are after us belong to Death himself, and for the first time in three days we are able to look Death in the eyes, for the first time in three days we can defend ourselves against it, we are maddened with fury, not lying there waiting impotently for the executioner any more, we can destroy and we can kill to save ourselves, to save ourselves and to take revenge. (…) We are dead men with no feelings, who are able by some trick, some dangerous magic, to keep on running and keep on killing.” (p. 79/80, c. 6, el ataque).

“They were supposed to be the ones who would help us eighteen-year-olds to make the transition, who would guide us into adult life, into a world of work, of responsibilities, of civilized behaviour and progress – into the future. Quite often we ridiculed them and played tricks on them, but basically we believed in them. In our minds the idea of authority – which is what they represented – implied deeper insights and more humane wisdom. But the first dead man that we saw shattered this conviction. (…) But now we were able to distinguish things clearly, all at once our eyes had been opened. And we saw that there was nothing left of their world. Suddenly we found ourselves horribly alone – and we had to come to terms with It alone as well.” (p. 8/9)

“earlier values don’t count any longer, and nobody really knows how things used to be. The differences brought about by education and upbringing have been almost completely blurred and are now barely recognizable. (…) We are soldiers, and only as an afterthought and in a strange and shamefaced way are still individual human beings. It is a brotherhood on a large scale” (p. 186)

lunes, 6 de abril de 2026

Un amor imposible


Releí, después de muchísimo tiempo, Fiesta. The Sun Also Rises, de Ernest Hemingway. De Hemingway creo que leí todo, pero casi todo antes del blog, para el que sólo hice una lectura del libro que más me gustó de él, El viejo y elmar. Diré de aquel que sigo pensando que habría que leerlo todos los años.

Releí The Sun Also Rises en el marco de mi proyecto de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial. Aunque ocurre algunos años después y hay pocas referencias directas a la guerra, esta novela es tan o hasta un poco más una novela de la guerra que The Great Gatsby. Casi todos los personajes principales están marcados por ella, y sobre todo su protagonista, Jake Barnes.

La novela, además, comienza con un epígrafe famoso que se conecta con la guerra, el comentario de Gertrude Stein a Hemingway: “Ustedes son una generación perdida”. El concepto quedó: Hemingway, Dos Passos, F. Scott Fitzgerald y los demás de los autores combatientes quedarían englobados bajo esa bandera; y un poco menos los no norteamericanos como Robert Graves, Barbusse, Remarque y otros. Pero todos ellos hablaban en sus libros de algo generacional, sin duda. Y todos ellos quedaron marcados, desilusionados, arruinados, por la guerra.

En otro libro, en A Movable Feast, Hemingway explica aquel epígrafe y lo su desacuerdo con él, y dice que eligió el segundo epígrafe para equilibrar si no refutar el comentario de Stein. Es de la Biblia, de Eclesiastés, y daría la idea de que toda generación tiene lo suyo y que todas, de alguna manera, se levantan: “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.  Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.”

Cuánto se levantan los personajes de Fiesta es discutible. Los principales son cuatro varones –el narrador Jake Barnes, sus amigos Bill Gorton y Mike Cambell y el antagonista Robert Cohn– y una mujer, Brett, Lady Ashley. Cuando encontramos a Brett, de quien Jake está perdidamente enamorado, ella ya se divorció dos veces y se comprometió con Mike; y en los pocos meses en que la vemos en la novela, se va a acostar con Robert Cohn y con un matador jovensísimo, Pedro Romero. En estos meses vemos a Jake en París, donde vive trabajando de periodista, y lo seguimos en un viaje con este grupo al norte de España, primero a pescar y luego a la fiesta de San Fermín en Pamplona. (Hemingway amó muchas cosas en la vida, como los toros y el boxeo y la pesca y la caza, y en sus libros describe con amor esas cosas que amó, y es hermoso aunque a uno lo tengan sin cuidado los toros y el boxeo y la pesca y la caza).

Además de la pesca y los toros, los cuatro varones van alrededor de la reina Brett, a quien podemos amar u odiar o amar y odiar, pero difícilmente pase cerca nuestro sin emoción. Ella está, dice ella, tan enamorada de Jake como él de ella, pero en la guerra, en el frente italiano, Jake fue herido y quedó impotente. “¿No me amás”, le pregunta Jake a Brett, que responde: “¿Amarte? Directamente me convierto en gelatina cuando me tocás.” Jake insiste: “¿Y no hay nada que podamos hacer al respecto?” (p. 30).

Fiesta es, así, la historia de un amor imposible. Es imposible por culpa de la guerra, en el sentido de que es la guerra la que ha dejado a Jake impotente. Pero sobre todo porque parece que Jake y Brett y todos los demás han quedado incapacitados para amar, para vivir, para trabajar. Jake explica que sus problemas vienen de haber conocido a Brett: “Probablemente nunca hubiera tenido problemas si no me hubiera cruzado con Brett cuando me enviaron a Inglaterra. Supongo que ella sólo quería lo que no podía tener. Bueno, las personas son así” (p. 36). La ironía es que Brett no podía tener a Jake tanto como Jake no podía tener a ella. Y, claro, esa es la fuente de muchos problemas para el pobre Jake, quien a lo largo de la novela se la pasa viendo al objeto de su deseo acostarse con otros y se la pasa yendo a su auxilio cada vez que ella se lo pide.

Jake, Bill y Mike también se la pasan tomando. El diferente es Cohn, porque no toma, porque no combatió y porque es judío. La pregunta sobre el antisemitismo de Hemingway puede tener respuestas discutibles, pero no hay duda de que Mike y Bill lo son, Jake quizás un poco menos. Sea como fuera, Cohn está celoso de Mike y de Jake, y Jake está celoso de Cohn, y al final lo terminan enfrentando y cebando y Cohn los termina cagando a trompadas a los dos y, después, al joven Romero.

Al final, todos parecen perder, quizás con la excepción de Bill, que pasa por ahí, disfruta, sufre, se emborracha. Brett consigue todo lo que quiere y se siente pésimo por ello. Mike tiene que soportar que Brett se acueste con todos. Cohn pierde a Brett (no podría haber sido de otra manera) y su lugar en el grupo. Jake pierde el respeto de los españoles aficionados de los toros y sigue atrapado por Brett. Aunque quizás, en esa oración final, donde dice que sería lindo pensar que podrían haberla pasado bien con Brett, Hemingway nos deja la impresión de que Jake puede llegar a curarse de la maldición que significa estar enamorado de Brett. Si lo lograra ahí sí podríamos pensar que el texto de Eclesiastés supera al final al de Stein.

Mientras tanto, está esa forma Hemingwayniana, esas oraciones no siempre cortas, pero siempre claras, directas, un poco como un cuchillo siempre afilado. Una oración tras otra y ninguna trabada. La belleza de lo simple, de lo estable, del orden. Está, por ejemplo, este párrafo de dos oraciones, una muy larga, que engloba tanto de la novela y al mismo tiempo es tan precisa y perfecta que me da miedo traducirla: “El toro que mató a Vicente Girones se llamaba Bocanegra, era el Número 118 del establecimiento de cría de toros de Sánchez Tabemo y fue matado por Pedro Romero como el tercer toro de esa misma tarde. Su oreja fue cortada por aclamación popular y fue dada a Pedro Romero quien, a su vez, se la dio a Brett, quien la envolvió en un pañuelo que me pertenecía a mí, y quien dejó tanto oreja como pañuelo, junto con una cantidad de colillas de cigarrillos Muratti, empujados bien al fondo del cajón de la mesa de luz que estaba al lado de su cama en el Hotel Montoya, en Pamplona” (p. 199).

 

 

Originales de las citas

 “Don't you love me?” “Love you? I simply turn all to jelly when you touch me.” “Isn't there anything we can do about it?” (p. 30).

“Probably I never would have had any trouble if I hadn't run into Brett when they shipped me to England. I suppose she only wanted what she couldn't have. Well, people were that way” (p. 36).

“The bull who killed Vicente Girones was named Bocanegra, was Number 118 of the bull-breeding establishment of Sanchez Tabemo, and was killed by Pedro Romero as the third bull of that same afternoon. His ear was cut by popular acclamation and given to Pedro Romero, who, in turn, gave it to Brett, who wrapped it in a handkerchief belonging to myself, and left both ear and handkerchief, along with a number of Muratti cigarette-stubs, shoved far back in the drawer of the bed-table that stood beside her bed in the Hotel Montoya, in Pamplona” (p. 199).

 

Otras citas

“What's the matter with you, anyway?” “I got hurt in the war,” I said. “Oh, that dirty war.” We would probably have gone on and discussed the war and agreed that it was in reality a calamity for civilization, and perhaps would have been better avoided” / “¿Y a vos qué te pasa, entonces?” “Fui herido en la guerra", dije. “Oh, esa sucia guerra”. Probablemente hubiéramos seguido y discutido de la guerra y acordado en que en realidad había sido una calamidad para la civilización, y que quizás hubiera sido mejor haberla evitado” (p. 21).

“It is awfully easy to be hard-boiled about everything in the daytime, but at night it is another thing.” / “De día es tremendamente fácil hacerse el duro sobre todo, pero de noche es otra cosa” (p. 39).

“Somehow it was taken for granted that an American could not have aficion. He might simulate it or confuse it with excitement, but he could not really have it. When they saw that I had aficion, and there was no password, no set questions that could bring it out, rather it was a sort of oral spiritual examination with the questions always a little on the defensive and never apparent, there was this same embarrassed putting the hand on the shoulder, or a “Buen hombre.” But nearly always there was the actual touching. It seemed as though they wanted to touch you to make it certain.” / “De alguna manera se daba por sentado que un americano no podía tener afición. Podía simular tenerla o confundirla con excitación, pero no podía realmente tenerla. Cuando veían que yo realmente tenía afición, y no había una contraseña, no había preguntas cifradas que pudieran definirlo, más bien era una especie de examinación espiritual oral, donde las preguntas eran siempre un poco a la defensiva y nunca evidentes, había esta misma forma de poner la mano en el hombro con vergüenza o un ‘buen hombre’. Pero casi siempre había un tocarme real. Parecía como que querían tocarte para asegurarse” (p. 132).

“‘Here comes Brett’, Bill said. I looked and saw her coming through the crowd in the square, walking, her head up, as though the fiesta were being staged in her honor, and she found it pleasant and amusing.” / “‘Acá viene Brett’, dijo Bill. Miré y la vi viniendo a través de la muchedumbre en la plaza, caminando, su cabeza en alto, como si la fiesta estuviera siendo montada en su honor, y como si ella lo encontrara agradable y divertido” (p. 205).

“The room was in that disorder produced only by those who have always had servants”. / “La habitación estaba en ese desorden producido solo por aquellos que siempre han tenido sirvientes” (p. 240).

 

 

lunes, 30 de marzo de 2026

Otra que no


Leí La presa (La proie), de Irène Némirovsky, y no llegué a odiarla porque simplemente me aburrió. Pero quizás sí un poco la odié.

a presa cuenta la historia de Jean-Luc Daguerne, un ambicioso joven francés que, en el período de entreguerras, hace prácticamente cualquier cosa para conseguir crecer social y profesionalmente, para lograr poder y posición. En ese sentido, es una típica tragedia, porque las mismas cualidades que le permiten crecer (ambición, frialdad, manipulación) son las que finalmente llegan a su ruina cuando aparece algo que no puede controlar. Ese algo, claro, es el amor, sus sentimientos por una mujer. En la escena final, el hermano cita a Benjamin Disraeli, que habría dicho que “que el mundo es difícil de manejar”; y Jean-Luc responde: “Al contrario, es fácil. A la gente se le pueden susurrar sus deseos y hasta sus sueños. Quien es tremendamente difícil de manejar es uno mismo, el propio corazón” (p. 197).

Su caída, por otra parte, había sido anticipada por su padre, a quien Jean-Luc desmerecía. Cuando comienza su crecimiento, a través del casamiento con la hija de un banquero, su padre le advierte: “A tu edad no deberías buscar más que los placeres y las pasiones de la juventud. La ambición, el interés, vendrán más tarde. No hay que... No conviene madurar demasiado deprisa. (…) No debes ahogar la juventud en tu interior. Porque se venga. La ambición y el interés son pasiones de hombre maduro” (p. 52).

Bien, la novela no me gustó nada. No me gustó la trama un poco obvia, no me gustó ese narrador omnisciente que me contaba no sólo lo que sentía Jean-Luc, sino también otros personajes, no me gustaron las descripciones y los pensamientos larguísimos, no vi a los personajes y de la forma qué voy a decir más que que no me gusta leer traducciones.

Me decepcionó también porque no cumplió con la razón por la que la leí. Me habían dicho que era una de tres novelas de Némirovsky relacionadas con la guerra. Según David Budgen, La presa (1938), El peón en el tablero (1934) y Dos (1939) reflejan “un malestar explícita y repetidamente ligado con la Primera Guerra Mundial”. En el caso de La Presa, el malestar es obvio, pero no está tan explícitamente ligado a la guerra, que es mencionada directamente muy pocas veces: que la casa del padre de Jean-Luc, el protagonista, era una construcción anterior a la guerra; que el padre tenía una enfermedad contraída “durante su cautiverio en Alemania” (p. 7); y que el padre había llorado al llevar a Jean-Luc “al internado, al partir hacia el frente” (p. 31). Así que por ese lado me decepcionó. Dicen que lo bueno de Némirovsky es la Suite Francesa. No creo que la vaya a leer.

 

Otras citas

Este estilo me resultó molesto desde el principio: “De vez en cuando se la llevaba a los labios y aspiraba su olor. Édith... Aquella chica adinerada, criada y educada en un mundo que él no conocía, que apenas si era capaz de imaginar, un mundo de financieros y políticos —ella era hija del banquero Abel Sarlat—, aquella chica que nadaba en la abundancia sería su mujer.” (p. 19).

Esto me suena a telenovela: “Enamorado... Amor... Las palabras mismas le daban vergüenza. Su espíritu, su carácter, lo más firme, lo más apasionado que había en él, se negaba a conocer, a interesarse más que por el lado viril de la vida, por la política, el éxito, las intrigas... Pero su corazón sólo deseaba una cosa: sólo reclamaba la presencia de Marie.” (p. 166).

Esto me gustó: “Desengáñese, poca gente se mata por haber perdido dinero. Es más fácil que lo haga para no desmerecer en la consideración de los demás. Es lo que antaño se llamaba el miedo al deshonor. Es la vanidad. La gente nunca se ve tal como es.” (p. 80).

Esto es muy citable: “Para saber cómo reaccionan los seres humanos sólo hace falta inteligencia. Para saber cómo reaccionará uno mismo, hace falta experiencia.” (p. 181.)

lunes, 16 de marzo de 2026

Segundas partes…

 


Leí The Way Back, de Erich Maria Remarque, secuela de All Quiet on the Western Front, y debo decir que cumplió con la vieja idea de que las segundas partes difícilmente están a la altura de las originales.

All Quiet… nos cuenta la guerra desde la perspectiva de un grupo de estudiantes que se convierten en soldados, y nos describe un poco qué hizo la guerra con estos muchachos, en una perspectiva muy generacional. The Way Back sigue a esos muchachos –aunque muchos estén muertos y los nombres cambien, son en términos generales los mismos– en su regreso a casa y sus primeros meses de vuelta. Y lo que pasa con ellos no es bueno: son pocos los que pueden ajustarse de nuevo a la vida civil; uno de ellos asesina a un hombre que le saca la novia, dos se suicidan, casi todos tienen desajustes psicológicos de mayor o menor magnitud. (Una escena muy buena es cuando Ernst lleva al perro que se trajo de las trincheras por un campo y el perro, sin que nadie le enseñe nada, logra conducir a unas ovejas instintivamente; para la mayoría de los soldados, no hay nada instintivo en la reinserción al mundo civil).

Los temas principales ya estaban en All Quiet…: los tremendos efectos físicos y psicológicos de la guerra sobre esta generación; la pérdida de autoridad de la generación anterior; el cisma que se abre entre civiles y soldados; el vínculo que se forma entre quienes luchan juntos (aunque en The Way Back no es cómo se forma, sino cómo se rompe o erosiona ese vínculo). No hay mucho nuevo acá.

En “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins comenta que, aunque pocos lo hubieran visto, “All Quiet… no era un libro sobre los eventos de la guerra –no eran memorias– sino una declaración enojada hecha después de la guerra sobre los efectos de la guerra sobre la joven generación que la había vivido”. Más aún, dice que Remarque encuentra en la experiencia de la guerra una explicación sobre un malestar personal que, de hecho, era anterior a la guerra: “La novela era una emocionada condena, una aseveración de instinto, un cri d'angoisse de una persona descontenta, de un hombre que no podía encontrar su nicho en la sociedad o las profesiones”, y que tenía, según Eksteins, esa predisposición antes de la guerra (como un poco la tenían los narradores de ambas novelas).

The Way Back es básicamente más de eso. Pero perdiendo lo mejor de All Quiet… La novela inicial tiene el gran logro de mostrarnos estas cosas sin gritárnoslas en la cara. Nos lo muestra a través de un conjunto de escenas, en un lenguaje muy directo, en primera persona (salvo el último párrafo) y en presente, a lo sumo con algunos pensamientos del personaje principal. Acá se lo grita, se lo declama, un poco como se declama la necesidad de que la guerra termine en una revolución social en Le Feu de Barbusse y One Man’s Initiation: 1917 de Dos Passos. Y de pronto pierde la narración en primera persona de Ernst Birkholz, sin mucho sentido, en mi humilde opinión.

Son pocas las escenas en las que siento que nos muestra bien lo que nos quiere mostrar. La escena con los maestros está bastante bien; allí el director de la escuela a la que vuelven hace un discurso con la típica pompa prebélica sobre los héroes caídos que duermen un “sueño eterno” bajo “verdes céspedes”; Willy le responde: “Verdes céspedes… verdes céspedes (…) ¿Sueño eterno? Están tirados en la basura en el fondo de un cráter de bomba, hechos pedazos, desgarrados, hundidos en una ciénaga… ¡Verdes céspedes! ¿Qué piensa que es esto, un ensayo de himnos religiosos?” (p. 103). En cambio, en la escena del juicio Ernst hace un discurso larguísimo sobre la generación perdida. “Escúchenme, se los voy a gritar lo más fuerte que pueda: ¡la juventud del mundo se levantó, y en todos los países pensaron que peleaban por la libertad! Y en todos los países fueron engañados y abusados, en todos los países estaban peleando por intereses creados y no por ideas, en todos los países fueron acribillados y se destruyeron los unos a los otros. (…) Se ha aniquilado a una generación. ¡Una generación llena de esperanza, convicción, voluntad, fuerza y habilidad, todos hipnotizados en dispararse los unos a los otros, aunque todos tenían los mismos objetivos en los diferentes países!” (p. 179). Un poco demasiado.

Al final, sin embargo, Ernst parece poder ajustarse, o al menos encontrar la punta del ovillo. En la última escena está en una posada y parece decidir algo, aunque es bastante poco claro: “Quiero trabajar sobre mí mismo y estar preparado, quiero usar mis manos y mis pensamientos, no quiero tomarme a mí mismo demasiado en serio, y voy a seguir incluso cuando algunas veces simplemente quiera parar. Hay mucho que hay que reconstruir, y casi todo debe ser reparado, hay trabajo por hacer, y cosas que hay que volver a excavar, cosas que fueron enterradas en los años de las bombas y las balas de las ametralladoras. No todos debemos estar en el primer plano, también serán necesarias manos menos poderosas y fuerzas menores. Ahí es donde buscaré mi lugar en todo esto. Y entonces los muertos harán silencio y el pasado dejará de perseguirme y comenzará a ayudarme.” Y ahí Ernst no es tanto Ernst, ni Paul Bäumer, el de All Quiet… sino, me parece, el propio Remarque decidiendo dedicarse a escribir libros pacifistas sin tomarse a sí mismo demasiado en serio.

 

Originales de las citas usadas

“Very few contemporary reviewers noted, and even later critics have generally ignored, that All Quiet was not a book about the events of the war - it was not a memoir'4- but an angry postwar statement about the effects of the war on the young generation that lived through it.”

“The novel was an emotive condemnation, an assertion of instinct, a cri d'angoisse from a malcontent, a man who could not find his niche in society or the professions.”

“‘Verdant grasses – verdant grasses,’ he stutters. ‘Eternal sleep? They’re lying in the filth at the bottom of a shell-hole, shot to pieces, ripped apart, sunk down in a bog – verdant grasses! What do you think this is, hymn practice?’” (p. 103).

“‘Listen to me, I’ll shout it at you as loudly as I can: the youth of the world rose up, and in every country they thought they were fighting for freedom! And in every country they were deceived and abused, in every country they were fighting for vested interests rather than for ideas, in every country they were mown down, and they destroyed each other. (…) A generation has been wiped out. A generation full of hope, belief, will, strength and ability, all hypnotised into shooting one another down, even though they all had the same goals in all the different countries!’” (p. 179).

“I want to work on myself and be ready, I want to use my hands and my thoughts, I don’t want to take myself too seriously, and I’ll carry on even when sometimes I might want just to stop. There is a lot to be built up again, and practically everything to repair, there is work to be done, and things to be dug out again that were buried in the years of shellfire and machine-gun bullets. Not everyone needs to be at the forefront, less powerful hands and smaller strengths will also be needed. That’s where I’ll look for my place in it all. Then the dead will be silent and the past will stop persecuting me and start to help me.” (p. 284).

 

Otras citas

“Ella veía a la guerra simplemente como una horda de animales peligrosos que amenazaban la vida de su niño en peligro. Nunca le pasó por la cabeza que su niño en peligro podía ser un animal igualmente amenazante para los noños de otras madres. Saco la mirada de sus manos y miro las mías. Con ellas apuñalé a un francés en mayo de 1917. (…) ‘Ernst’, me dice suavemente, ‘te quería decir esto hace mucho tiempo: cambiaste mucho. Estás tan inquieto’. Sí, pienso amargamente, he cambiado. ¿Cuánto me conocés realmente, madre? Sólo tenés un recuerdo, nada más que un recuerdo del joven silencioso y soñador que solía ser. Nunca, jamás, deberías saber lo de los últimos años, nunca deberías siquiera sospechar cómo fue realmente y en qué me convirtió. La más pequeña porción de eso te rompería el corazón, dado que estás temblando de vergüenza por una única vulgaridad que ya te sacudió la imagen que tenías de mí” (p. 121).

“She saw the war simply as being like a horde of dangerous animals, threatening the life of her endangered child. It never entered her head that her endangered child might be an equally threatening animal as far as other mothers’ children were concerned. I look away from her hands and down at my own. In May 1917 I stabbed a Frenchman with them. (…) ‘Ernst,’ she says softly, ‘I’ve wanted to say this for a long time: you’ve changed a lot. You’ve become so restless.’ Yes, I think bitterly, I’ve changed. How well do you actually know me now, Mother? All you have is a memory, nothing more than the memory of the quiet and dreamy youngster I used to be. You must never, ever find out about the last few years, you must never even suspect what it was really like and what it turned me into. The tiniest fraction of it would break your heart, since you are trembling with shame at a single vulgarity which has already shaken your image of me.” (p. 121).

lunes, 9 de marzo de 2026

Bildungsroman revolucionario

 


Leí One Man’s Initiation: 1917, de John Doss Passos, un libro sobre la Primera Guerra Mundial y sobre el germen revolucionario que despertó en una generación.

Hace unos años leí bastante de Dos Passos, pero como fue antes de que existiera este blog, que ya cumplió quince años, no tengo registro de esas lecturas. (Lo cual es, claro, una confirmación de que este blog es un gran recurso para mí como lector). Recuerdo que leí Three Soldiers, la USA Trilogy y Manhattan Transfer y recuerdo que me impresionó particularmente este último libro, ícono modernista que tengo ganas de releer: me olvidé mucho, pero lo que más recuerdo es el uso de muchas voces, y de voces que replican el acento de los inmigrantes, que al leer sabías si hablaba un irlandés o un italiano.

Como Vargas Llosa, Dos Passos es un autor que comenzó su vida o su carrera de escritor del lado de la izquierda y lo terminó firmemente en la derecha. (Mihente). Y One Man’s Initiation: 1917 es claramente un libro de la juventud, en el que a fin de cuentas se piensa a la guerra como una iniciación que haría que toda una generación se volcara a la revolución. Y un poco pasó, claro. Más allá de la revolución rusa, exitosa en conquistar el poder y retenerlo durante décadas, hubo intentos revolucionarios de mayor o menor fuerza en prácticamente toda Europa con efectos diversos. Esto está muy presente en la literatura de la Primera Guerra Mundial: Le Feu, de Barbusse, que Dos Passos leyó mientras era ambulancista durante la guerra, termina siendo un alegato comunista; The Way Back, la “continuación” de Sin novedad en el frente, de Remarque, relata la extrañeza de los soldados que retornan y se encuentran con Alemania en estado revolucionario. Entiendo que en The Case of Sergeant Grischa de Arnold Zweig y Men in Battle de Andreas Latzko también hay personajes que promueven activamente revoluciones.

Algo así pasa en One Man’s Initiation: 1917. El personaje principal, Martin Howe, comienza el libro en el barco que lo llevará a Europa, feliz de ser parte de la guerra en el servicio de ambulancias: “Martin está estirado en la cubierta en la popa del barco con un libro sin abrir a su lado. Nunca en su vida ha estado tan feliz. El futuro no es nada para él, el pasado no es nada para él” (p. 2). Es una imagen común: jóvenes de toda Europa y de EE. UU. yendo a la aventura. En la “iniciación” que supone la guerra, Martin perderá inocencia y parece ganar fe en la revolución socialista.

El tema de la pérdida de inocencia no es el único que nos remite a otros libros sobre la guerra. Está el aburrimiento, el tiempo de espera para que ocurra algo y lo que hacen los hombres para soportarlo; la angustia por matar a otro hombre, sobre todo si es mano a mano; la desacralización de la muerte –como en All Quiet… con el tema de qué hacer con las botas de un muerto–; el ridículo y el azar. Pero no es tanto un libro sobre la guerra, sino sobre lo que implica políticamente.

La idea de iniciación es, primero, individual, de Howe: “Voy a hacer algo algún día, pero primero tengo que ver. Quiero ser iniciado en todos los círculos del infierno” (p. 47), le dice a Merrier, el aspirante a oficial, cuando se conocen. También es generacional, es el de una generación que tiene un despertar y que va a hacer algo con eso, una revolución. Y es también, aunque no sea bueno para la izquierda, la de un país, un país que ha sido iniciado para el mal; en palabras de Tom Randolph, el amigo de Howe, “nuestra entrada a la guerra es una tragedia. (…) Ahora somos una nación militar, un pirata organizado como Francia e Inglaterra y Alemania” (p. 80). Parece raro hoy, en medio de la guerra con Irán, pero hasta esta guerra EE. UU. vivía en cierta aislación del mundo (aunque menor de la que creían). Esta cita ilustra muy bien que la Primera Guerra Mundial marca la entrada de EE. UU. al escenario internacional, en un papel que sólo crecerá en los cien años que le siguen.

Randolph dice eso en la escena ideológicamente central del libro. Randolph y Howe entran a una casa de campo y se encuentran con cuatro soldados franceses, con quienes tienen un largo diálogo político. Hay un anarquista, Lully, que dice que al abolir la propiedad se elimina al Estado y la guerra. Está Chenier, el normando, quien comienza diciendo que la única solución es el gobierno de la Iglesia. Está Merrier, que es socialista y quiere la extinción de los ricos, y que tiene “demasiada poca fe para ser anarquista, pero (…) demasiada para creer en la religión” (p. 84). Y Dubois, quien, cansado de tantas palabras, pide acción y cuenta que tiene un arma alemana con 300 balas para aportar a la revolución. Todos terminan acordando, brindan “Por la revolución, la anarquía y el estado socialista” (p. 86), y Howe y Randolph se van esperanzados y diciendo que deben volver a ver a estos hombres: “Con gente así no debemos desesperar de la civilización”, dice Howe (p. 87). Claro que, pocas páginas después, en el último capítulo, Howe va a asistir a un Chenier herido de muerte, quien responde a las preguntas de Howe diciendo que todos los demás ya están muertos. Quizás ahí, en ese final, está prefigurado lo que pasaría con la fe socialista de Dos Passos:

“‘Están todos muertos. Vos estás muerto, ¿o no?’

‘No, yo estoy vivo, y vos. Un poco de valor… Tenemos que poner buen humor’.

‘No por mucho. Mañana, pasado mañana…’

Y los párpados azules resbalan de nuevo sobre los ardientes ojos locos y la cara vuelve a tomar la cérea imagen de la muerte” (p. 91).

 

Originales de las citas

“Martin is stretched on the deck in the bow of the boat with an unopened book beside him. He has never been so happy in his life. The future is nothing to him, the past is nothing to him” (p. 2).

“I am going to do something some day, but first I must see. I want to be initiated in all the circles of hell” (p. 47).

“To me our entrance into the war is a tragedy (…) Now we’re a military nation, an organised pirate like France and England and Germany” (p. 80).

“I have too little faith to be an anarchist, but I have too much to believe in religion” (p. 84).

“‘To Revolution, to Anarchy, to the Socialist state’, they all cried, drinking down the last of the champagne” (p. 86).

“‘With people like that we needn't despair of civilisation’,” said Howe.” (p. 87).

“‘Everybody's dead. You're dead, aren't you?’

‘No, I'm alive, and you. A little courage.... We must be cheerful.’

‘It's not for long. To-morrow, the next day....’

The blue eyelids slip back over the crazy burning eyes and the face takes on again the waxen look of death” (p. 91).



 

lunes, 2 de marzo de 2026

Fútbol, fútbol, fútbol

 


Leí Fútbol, eclipse de la razón, de Diego Vannucchi, con quien creo que compartimos el amor por el fútbol, pero no las ideas políticas (ampliaremos).

El libro me lo regaló mi esposa, después de una visita a una librería especial. ¡Qué lindas las librerías especiales, con magia! Creo que le bastó el título para decidir el regalo: después de más de treinta años juntos, todavía, creo, no logra comprender cómo su marido, una persona muy racional, casi nerd, puede convertirse en un ser bastante diferente durante 90 minutos frente al televisor. El título, en ese sentido, es muy bueno: para muchos, el fútbol eclipsa momentáneamente la razón. De hecho, hace poco decidí no ir a la cancha porque tenía otros programas que me divertían más y lo consideré un avance en mi saludmental.

Además del título, el libro tiene cosas muy buenas. Es un conjunto de relatos muy relacionados con el fútbol (y algunos bastante con la política). Unos cuantos son reconstrucciones de hechos reales: “El Chino” relata el “partido fantasma” entre Chile y la URSS en 1973, y el no saludo a Pinochet de uno de los jugadores; “Berna” cuenta cómo unos militantes pusieron una bandera en contrade Videla en un partido de la selección jugado en Suiza en 1979; “El otro” recrea el cuento de Borges, pero con el día que J. J. López jugó un superclásico para Boca; “Tríptico” relata la muerte de un chico en el estadio Nacional de Lima por una bengala; “Dejarla correr” reconstruye la jugada en que Tevez lesiona a Ezequiel Ham en 2015. El resto son, hasta donde sé, ficticios (¿no lo es todo?), incluyendo picados, barrabravas, chicos que se van a probar, a veces con relatos muy realistas, otros con más realismo mágico (dobles, tiempos superpuestos). Todos se leen realmente muy bien.

En lo temático, hay, como decía, también bastante política, y política setentista. Está el que se enfrentó a Pinochet, los de la bandera, soldados jugando al fútbol en Malvinas a pesar de oficiales hijos de puta, un chico que es levantado arbitrariamente con un Ford Falcon, etc. No me molesta por estar contra Videla o Pinochet, claro, sino porque me parece que el setentismo ya está bien tratado, personalmente me aburre un poco. Habiendo dicho esto, no me molestó en la lectura, ni redujo el placer obtenido de este libro sobre una de las cosas que más me gustan en este mundo, hasta eclipsarme un poco la razón.

martes, 24 de febrero de 2026

Taller de lectura: El mejor de los mundos

 


Leyendo The Handmaid’s Tale de Margaret Atwood me puse a pensar en otras distopías que había leído y en que hay algo distópico en el aire de nuestros tiempos. Yuval Harari, por ejemplo, dice que la humanidad está en un punto de inflexión a partir del cual pueden cambiar los fundamentos no sólo de nuestras sociedades, sino hasta de nuestra biología. Con los avances de la biotecnología y la inteligencia artificial, dice, puede venir el fin del homo sapiens y la llegada de homo deus. Y otra lectura reciente, “AI 2027”, despierta el temor de un mundo dominado por dos grandes inteligencias artificiales, una en China y otra en EE. UU.

Esta confluencia me hizo querer releer algunas novelas distópicas que había leído hace ya mucho tiempo y ahí apareció la idea de este taller, en el que vamos a pensar cinco novelas en términos de la tradición de distopías, de sus propios méritos como obras literarias y de su relación con las realidades políticas y sociales en las que se escribieron. Primero pensé en ponerle algún título ligado con lo deprimente que parecía el tema. Pero después pensé que estas lecturas nos pueden hacer pensar que, al final de cuentas, este mundo, si no es el mejor de los posibles, tampoco es tan malo como algunas alternativas imaginables.

Propongo entonces seis encuentros virtuales. En el primero, más introductorio, y hasta casi “teórico”, vamos a poner un poco el marco que nos ayude a pensar estas obras. Y luego haremos cinco encuentros más, en cada uno de los cuales discutiremos una de las grandes novelas distópicas de la historia, según el siguiente detalle.

● Lunes 16 de marzo (19:30 a 21:00). Introducción y bienvenida: ¿qué es una distopía?

● Lunes 20 de abril (19:30 a 21:00). Un mundo feliz, Aldous Huxley (1932).

● Lunes 18 de mayo (19:30 a 21:00). 1984, George Orwell (1949).

● Lunes 22 de junio (19:30 a 21:00). Fahrenheit 451, Ray Bradbury (1953).

● Lunes 24 de agosto (19:30 a 21:00). El cuento de la criada, Margaret Atwood (1985).

● Lunes 21 de septiembre (19:30 a 21:00). La carretera, Cormac McCarthy (2006).

Aunque las novelas fueron escritas en inglés, las discutiremos en español y cada uno decidirá si la lee en uno u otro idioma. Además, para quienes se pierdan alguna sesión, los encuentros serán grabados para que los puedan ver asincrónicamente.

Algunas preguntas que nos pueden guiar en el camino. ¿Qué une a estas novelas? ¿Cuáles son sus diferencias? ¿Hay disparadores de las realidades sociales y políticas de sus autores para estas novelas? ¿Hay algo contra lo cual se esté escribiendo? ¿Hay algo que se esté defendiendo? ¿Hay una idea del hombre, de lo político? ¿Hay una idea de la literatura, de la palabra, del lenguaje? ¿Hay recursos literarios apoyando ese proyecto?

Si te interesa escribime a fsantillan@reddognarratives.net

lunes, 23 de febrero de 2026

Gatsby vive

 


Volví a leer después de bastante tiempo The Great Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Es una gran pequeña novela sobre sueños rotos y los límites del voluntarismo.

La volví a leer porque estoy preparando un taller de lectura sobre novelas de la Primera GuerraMundial, y la vi en un texto sobre literatura de la guerra. Eso llevó a un interesante intercambio con Gemini que comento como addenda (y con spoilers) abajo.

La historia es así: después de la guerra, Nick Carraway, un chico del Midwest, se va a Nueva York a trabajar en finanzas. Alquila una casita al lado de una mansión, y así conoce al dueño, un tal Jay Gatsby. Y Nick nos cuenta la historia de Jay, de cómo se hizo rico, de cómo se enamoró y de cómo eso no alcanzó. Porque a pesar de la guerra, las divisiones de clase son demasiado fuertes. El sueño americano es una mentira, o por lo menos tiene fuertes límites, nos dice. Mientras tanto, la novela se lee espectacular, es hermosa, y nos trasplanta por un tiempo a EE. UU. en los años veinte. No viene mal leerla y releerla.

También releí mi apunte de ese entonces y no está mal: sueños rotos, generación perdida. Ah, y leí otras cosas por ahí y sí, me gusta la idea de que en el fondo Nick es medio gay y está medio enamorado de Jay, aunque no se da del todo cuenta.

 

Discutiendo con Gemini: el cliente siempre tiene la razón

Yo no me acordaba que la guerra figurara en Gatsby; le pregunté a Gemini, la IA de Google y me dijo que sí, que era fundamental porque el hecho de que el narrador (Nick Carraway) y el personaje principal (Gatsby) hubieran combatido los ayuda a “crear un vínculo”; que la guerra le permitió a James Gatz convertirse en Jay Gatsby; que la guerra es lo que explica que hubiera perdido a Daisy en primer lugar; y que es lo que explica la atmósfera general de la novela. Concluye que “En The Great Gatsby la Primera Guerra Mundial es la causa de todo lo que ocurre.”

Si fuera Chequeado diría: EXAGERADO. Entonces le volví a preguntar. Le pregunté si no le parecía que la guerra era más el decorado que lo fundamental de la novela. Y Gemini dio mil volteretas para explicar que yo tengo razón y ella un poco también. “En la superficie, The Great Gatsby es indudablemente una novela sobre el Sueño Americano, la rígida división de clase entre los ‘viejos ricos’ y los ‘nuevos ricos’ y un romance obsesivo trágico. Absolutamente no es una ‘novela de la guerra’ en la manera en que sí lo son A Farewell to Arms de Hemingway o Three Soldiers de Dos Passos.” Pero después me dice que igual es “fundamental” como “catalizador” por tres razones: que James Gatz sólo pudo salir con Daisy porque estaba de uniforme; por el contexto de los años 20; y porque Carraway era un personaje desilusionado y por eso no vuelve al Midwest. Y concluye que la guerra es fundamental porque fue el “terremoto” que generó la fractura en la sociedad que le permitió a Gatsby ascender.

Me volvió a parecer exagerado. Y le dije que, a fin de cuentas, la victoria de Gatsby fue apenas momentánea. Que terminó muerto, por causa de Tom y Daisy Buchanan, y con sólo tres personas en el funeral. Y ahí me dio toda la razón. “Tenés toda la razón: la guerra proporcionó la ilusión de la movilidad social, pero no la realidad de ella. Le permitió a Gatsby colarse brevemente a la fiesta, pero nunca le dio realmente un asiento permanente en la mesa.”  

jueves, 19 de febrero de 2026

Taller de lectura: Dulce et decorum est



Dulce et decorum est: taller de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue uno de los eventos más dramáticos de la historia de la humanidad: fue la primera guerra auténticamente mundial y produjo entre 9 y 10 millones de muertos en combate (triplicando en un tercio del tiempo a la guerra anterior con más muertes); significó un cambio fundamental en el mapa mundial, con la destrucción de cuatro imperios; y dio fin a un período caracterizado por una gran confianza en el progreso de la humanidad, e inicio al siglo más violento y destructivo de la historia. Además, engendró una importante producción literaria por cantidad y calidad. 

Obviamente, no podemos leer todo, así que elegí algunos libros buscando que sean representativos de algunas líneas y de distintos teatros de la guerra. Propongo comenzar por una clase introductoria sobre la Primera Guerra y su lugar en la historia y lo que significó para la literatura y después discutir juntos un libro por mes. Será el primer lunes de cada mes de 19:30 a 21:00 de Argentina (salvo la sesión de agosto que sería el segundo lunes), de forma virtual, grabándose las clases para quien las quiera ver asincrónicamente. En definitiva, el cronograma sería el siguiente.

● Lunes 2 de marzo: introducción y presentación.

● Lunes 6 de abril: Sin novedad en el frente, Erich Maria Remarque (1929), ~74.000 palabras.

● Lunes 4 de mayo. Adiós a las armas, Ernest Hemingway (1929), ~89.000 palabras.

● Lunes 1 de junio. Un hijo en el frente, Edith Wharton (1923), ~63,000 palabras.

● Lunes 6 de julio. Tempestades de acero, Ernst Jünger (1920), ~72.000 palabras.

● Lunes 10 de agosto. El buen soldado Schweik, Jaroslav Hašek (1921-1923), ~188.000 palabras.

● Lunes 7 de septiembre. La señora Dalloway, Virginia Woolf (1929), ~50,000 palabras.

Interesados escribir a fsantillan@reddognarratives.net

De yapa va el poema que le da el título al taller, con una traducción veloz mía.


Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen (1893-1918)

Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of tired, outstripped Five-Nines that dropped behind.
Gas! Gas! Quick, boys!—An ecstasy of fumbling,
Fitting the clumsy helmets just in time;
But someone still was yelling out and stumbling
And flound'ring like a man in fire or lime...
Dim, through the misty panes and thick green light,
As under a green sea, I saw him drowning.
In all my dreams, before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.
If in some smothering dreams you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil's sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,—
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

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Doblados al medio, como viejos mendigos debajo de bolsas
Patizambos, tosiendo como brujas, puteamos en el barro,
Hasta que ante las fantasmales bengalas dimos nuestras espaldas
Y hacia nuestro distante descanso comenzamos a fatigar.
Hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas
Pero seguían rengueando, ensangrentados. Todos débiles; todos ciegos;
Borrachos de fatiga; sordos hasta para el ulular
De las cansadas, superadas, Cinco-Nueves que caían detrás.
¡Gas! ¡Gas! ¡Rápido, chicos! Un éxtasis de chapucería,
Poniéndonos los torpes cascos justo a tiempo;
Pero uno seguía aún gritando y tropezando
Y luchando como un hombre en el fuego o el fango---
Tenue, a través de los vidrios empañados y la densa luz verde,
Como bajo un mar verde, lo vi ahogándose.
En todos mis sueños, bajo mi mirada inútil.
Se zambulle hacia mí, derritiéndose, atragantándose, ahogándose.
En algunos sueños sofocantes vos también podrías caminar
Detrás del carro al que lo lanzamos,
Y ver los ojos blancos retorciéndose en su cara,
Su cara colgante, como la de un demonio harto del pecado;
Si pudieras escuchar, con cada sacudón, la sangre
Saliendo con gárgaras de los pulmones corrompidos de espuma,
Obscena como el cáncer, amarga como el bolo
De bilis, llagas incurables en lenguas inocentes,–
Amigo, no le dirías con tan altivo placer
A niños ardientes por alguna gloria desesperada,
La vieja Mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

lunes, 16 de febrero de 2026

Protesto


Leí Le Feu, de Henri Barbusse, la primera gran novela de la Primera Guerra Mundial. Publicada de forma serial en 1916, en el medio de la guerra, ganó el prestigioso Prix Goncourt de ese año a pesar de ser una fuerte crítica de la guerra y del sistema social que sacrificaba a millones de jóvenes en las trincheras. Es considerada, en este sentido, una precursora de la literatura de la “generación perdida”.

Le Feu fue traducido al español como El fuego, y en inglés como Under Fire, que no es lo mismo, claro. Yo la leí en una edición que usa la traducción original al inglés, a cargo de W. Fitzwater Wray, publicada también mientras la guerra continuaba, en 1917. Mientras leía el libro pensaba que la traducción no era muy buena, y al avanzar con esta entrada del blog fui convenciéndome de ello cada vez más. Tanto que fui al original para traducir algunas citas.

Le Feu tiene como subtítulo “Journal d’une escouade”, es decir, “Diario de un escuadrón”, pero no es del todo un diario, porque no hay una sensación de una secuencia de tiempo, sino más bien una compilación de anécdotas que tocan de alguna manera muchas de las experiencias típicas que podía vivir un escuadrón en el frente occidental, cerca del camino de Bethune, cerca de donde estuvo Graves si no me equivoco. (Una gran diferencia es que Graves vivió la experiencia de un oficial de bajo rango, mientras que el narrador de Barbusse es un soldado común; de hecho, en Le Feu casi ni hay oficiales, ni para atacarlos, salvo a los que están lejos del frente). Esas experiencias son el hambre, la lluvia, los muertes, la suciedad, las esperas eternas, la llegada del correo y las cartas que se escriben, el deseo de tener “una herida buena”, las estancias lejos del frente para descanso y recuperación, las muertes de los compañeros, la creciente diferencia y extrañeza con los civiles, las licencias, pasar por un hospital de campaña, sufrir un bombardeo intenso y, claro, el asalto a una trinchera enemiga.

El libro comienza al inicio de la guerra en un sanatorio en los Alpes suizos, probablemente para tuberculosos (como el sanatorio al que iría Hans Castorp en La montaña mágica, novela que describe el espíritu y las ideas previas a la guerra, y que concluye con el joven Castorp yendo a su probable muerte en un asalto a trincheras francesas). En esta escena inicial de Le Feu, enfermos de distintos lugares de Europa piensan correctamente, como lo sintieron tantas personas, que era un momento de quiebre para el continente y el mundo. Y también, como tantos otros, y equivocadamente, que sería la guerra para terminar con la guerra. Es un diálogo fragmentado, sin identificar personajes, algo que se repite a lo largo del libro y que es un rasgo del modernismo que estaba llegando: “¡Guerra! Algunos de los inválidos quiebran el silencio y dicen la palabra nuevamente bajo su respiración, reflexionando que este es el hecho más grande de la época y quizás de todas las épocas. (…) El tercero agrega, “quizás esta sea la última de todas las guerras” (p. 4).

La obra se divide en 24 capítulos además de aquel, llamado “Visión”. Los dos más importantes, el núcleo de la obra, son el que sigue al inicial, “En la tierra”, y “Fuego”, que relata el asalto a unas trincheras enemigas. Entre los dos son más o menos un tercio del libro. “En la tierra” describe la topografía de la guerra –las trincheras, la lluvia, el lodo– y los hombres que sufren y esperan: “Veo sombras que vienen desde esas fosas transversales y que se van moviendo, moles enormes y deformes, como osos, que gruñen y se revuelven. Ellos son ‘nosotros’. Estamos sofocados como esquimales (…) Por más de quince meses, por quinientos días en este lugar del mundo en el que estamos, los rifles y los grandes cañones han estado disparando de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Estamos enterrados en un campo de batalla eterno; pero como el tic tac de los relojes de nuestras casas en esos días que han pasado –en el ahora casi legendario Pasado– sólo oís el ruido cuando escuchás” (p. 8).

De aquella experiencia compartida surge ese “nosotros”. “En nuestro rebaño desordenado, en esta familia sin parentesco, este hogar sin hogar en el que nos reunimos, hay tres generaciones una al lado de la otra, viviendo, esperando, parados, como estatuas no terminadas, como postes” (p. 19). Después de hablar de la gran diversidad entre los personajes del escuadrón, muchos de los cuales morirán en los siguientes capítulos, habla de esto que los une, esta experiencia que los aleja de los civiles, pero los acerca con el enemigo; uno se pregunta si los soldados alemanes “en el fondo no son hombres más o menos como nosotros” (p. 40). (Sobre la muerte de compañeros destaco esta imagen; va saliendo el sol y el narrador cuenta: “Entonces giro de nuevo y miro a esos hombres muertos que el día está exhumando gradualmente, revelando sus formas manchadas y endurecidas. Son cuatro. Son nuestros compañeros Lamuse, Barque, Biquet y el pequeño Eudore. Se pudren muy cerca nuestro, bloqueando una mitad del surco ancho, serpenteante y embarrado que los vivos deben aún defender” – p. 272).

“Fuego”, donde ocurre aquella escena, describe el asalto a una trinchera alemana, casi la definición misma de la locura: “Están más allá de excesos instintivos. No están borrachos, ni física ni moralmente. Es en plena conciencia, como es en plena salud y en plena fuerza, que están amasados acá para lanzarse a sí mismos una vez más hacia ese especie de papel de loco impuesto sobre todos los hombres por el género humano. (…) No son del tipo de héroe que uno piensa, pero su sacrificio tiene más valor del que jamás podrán llegar a entender aquellos que no los han visto” (p. 292). Y si Le feu se destaca por describir decenas y decenas de cadáveres, este capítulo es probablemente el que más lo hacer. Al finalizar el asalto “El suelo está tan lleno de muertos que los desprendimientos de tierra descubren lugares erizados con pies, con esqueletos semivestidos y con osarios de cráneos puestos uno al lado del otro en la empinada cuesta como frascos de porcelana” (p. 325).

Por diseño o por defecto, en Le Feu no hay prácticamente personajes ni arcos narrativos. Los personajes son muy poco desarrollados. Quizás con el que se profundiza más es uno, Poterloo, que le pide al narrador que lo acompañe a ver lo que era su pueblo, Souchez; al llegar ven que no ha quedado nada. Y luego otro que cuenta que fue a ver a su familia y vio a su mujer hablando con un oficial alemán y a su hijo a upa de otro. Pero sobre todo es llamativo lo poco que sabemos del narrador: ni el nombre, ni qué hacía antes de la guerra ni de qué parte de Francia venía. Sabemos que va a escribir, e intuimos que ya era escritor o periodista, por un compañero: “Con su boca llena, y mandando hacia mi lado el vaho de una tienda de dulces, tartamudea: ‘decime, vos, tipo que escribe, más adelante vas a escribir sobre soldados, vas a hablar de nosotros, ¿eh?’ ‘Pero claro, querido, voy a hablar de vos, y de los muchachos, y de nuestra vida’.” (p. 205). Luego aparecen, sí, y como de la nada, sus ideas, en el capítulo final.

Efectivamente, con el correr de los capítulos, los textos pasan de ser más descriptivos a más de denuncia. Y el tema de lo que une a estos hombres pasa a ser cada vez más lo que los diferencia de los otros, de los civiles, de quienes no pelearon, de los que evitaron pelear, de los que los mandaron a pelear. Y el texto se convierte en una gran canción de protesta y un llamado a la revolución.

El capítulo final, “El amanecer”, retoma un poco la línea más filosófica del capítulo inicial (y también la pregunta de si será la última guerra). Después de un día tremendo de barro y agua, distintas voces hablan sobre la naturaleza de la guerra y del lugar del soldado, que es el lugar del pueblo. “Los pueblos no son nada y deberían serlo todo, dijo entonces el hombre que me había interrogado, rescatando sin saberlo una vieja frase histórica de más de un siglo, pero dándole finalmente su gran sentido universal” (p. 407). En este caso fui a la cita en francés y creo que eso ayuda a darle a la cita su verdadero sentido. La cita es al famoso texto “¿Qué es el Tercer Estado?” del Abate Sieyès. Y cuando dice que adquiere finalmente su sentido es porque parece decir que los pueblos deben buscar la revolución, la igualdad, que es el principio que destaca el narrador de los tres principios de 1789. “‘¡Pero sobre todo la igualdad!’ Les digo [¡aparece el narrador!] que la fraternidad es un sueño, un sentimiento nublado e inconsistente; que es contrario a la naturaleza de un hombre odiar a otro a quien no conoce, pero que es igualmente contrario amarlo. No se puede construir nada sobre la fraternidad. Ni sobre la libertad; es demasiado relativa en una sociedad en la que todas las fracciones se enfrentan necesariamente unas con las otras. Pero la igualdad es siempre la misma. La libertad y la fraternidad son dos palabras, mientras que la igualdad es una cosa” (p. 407 - de nuevo me ayudé del original, lo que me confirma que la traducción que usé no es muy buena).

Y termina con un alegato populista: “si naciones enteras van al matadero ordenadas en ejércitos para que los de la casta engalonada puedan escribir sus nombres principescos en la historia, para que otras personas doradas del mismo rango puedan meter mano en más negocios, y crecer en empleados y tiendas… veremos, apenas abramos los ojos, que las divisiones entre los hombres no son las que creíamos, y que aquellas que creíamos no son divisiones” (p. 410).  “Y con ellos están todos los curas, que buscan excitarte y dormirte con la morfina de su Paraíso, para que nada cambie. Están los abogados, los economistas, los historiadores –¿y cuántos más?– que te enredan con sus frases de teoría” (p. 413). Son “todas esas personas que no pueden ni quieren hacer la paz en la tierra; todos los que, por una u otra razón, se agarran al viejo estado de las cosas donde ellos encuentran o inventan las excusas: ¡esos son tus enemigos!” (p. 414) Y contra esos habrá que hacer la revolución.

El lector que haya llegado hasta acá se habrá dado cuenta de que el libro no me volvió loco. O sea, es increíble porque ahí en medio de la guerra, Barbusse la describió notablemente y logró captar el espíritu revolucionario que arrasaría a buena parte de Europa (y especialmente, claro, a Alemania y a Rusia, derivando en la revolución bolchevique). Como novela no corre demasiado, y termina con algo que es más política que literatura. Antes que yo lo dijo Hemingway: “El único buen libro que salió durante la última guerra fue Fuego de Henri Barbusse. Fue el primero en mostrarnos a nosotros, los chicos que fuimos directo de la escuela o la universidad a la guerra, de que podías protestar en otras cosas además de la poesía contra la inútil y gigantesca matanza y falta de incluso la más elemental inteligencia en los generales que caracterizó la conducción de la guerra por los Aliados entre 1915 y 1917 (…) Pero cuando querías leerlo de nbuevo para tratar de sacar algo permanente y representativo de él, el libro no se sostenía. Su mayor cualidad era su coraje en escribirlo cuando lo escribió (…) Barbusse había aprendido a decir la verdad sin gritar” (pero un poco grita al final, digo yo). En fin: un libro más importante que placentero.


Mínimo apunto sobre otras obras en Le Feu

Además de ese comienzo que me hizo recordar a La Montaña Mágica, hay dos momentos que me hicieron pensar en sendas obras bélicas. Hay una escena en la que, lejos del frente, en un granero donde descansan, los miembros de la escuadra se muestran las cosas que llevan, los elementos que están dispuestos a guardar y llevar a pesar del peso extra que suponen porque piensan que les pueden ser útiles. “Son pertenencias tristes, ciertamente. Todo lo hecho para el soldado es feo o de mala calidad” (p. 217). Esto me hizo recordar a What they carried, de Tim O’Brien. Y en otro momento se habla de un soldado que tiene cinco hermanos, y que todos murieron en la guerra, lo cual me recordó a Salvando al soldado Ryan.

 

Originales de las citas

“War! Some of the invalids break the silence, and say the word again under their breath, reflecting that this is the greatest happening of the age, and perhaps of all ages. Jan 28, 2026 Page 5 | Highlight (Yellow) The third adds, ‘Perhaps it is the last war of all’.” (p. 4).

“I see shadows coming from these sidelong pits and moving about, huge and misshapen lumps, bear-like, that flounder and growl. They are "us." We are muffled like Eskimos.” (p. 8)

“For more than fifteen months, for five hundred days in this part of the world where we are, the rifles and the big guns have gone on from morning to night and from night to morning. We are buried deep in an everlasting battlefield; but like the ticking of the clocks at home in the days gone by—in the now almost legendary Past—you only hear the noise when you listen” (p. 8).

“In our ill-assorted flock, in this family without kindred, this home without a hearth at which we gather, there are three generations side by side, living, waiting, standing still, like unfinished statues, like posts.” (p. 19)

“’Ah, mon vieux,’ says Tirloir, ‘we talk about the dirty Boche race; but as for the common soldier, I don't know if it's true or whether we're codded about that as well, and if at bottom they're not men pretty much like us’.” (p. 40)

“Then I turn again and look upon these dead men whom the day is gradually exhuming, revealing their stained and stiffened forms. There are four of them. They are our comrades, Lamuse, Barque, Biquet, and little Eudore. They rot there quite near us, blocking one half of the wide, twisting, and muddy furrow that the living must still defend” (p. 272).

“They are above instinctive excesses. They are not drunk, either physically or morally. It is in full consciousness, as in full health and full strength, that they are massed there to hurl themselves once more into that sort of madman's part imposed on all men by the madness of the human race. (…) They are not the kind of hero one thinks of, but their sacrifice has greater worth than they who have not seen them will ever be able to understand.” (p. 292).

“The ground is so full of dead that the earth-falls uncover places that bristle with feet, with half-clothed skeletons, and with ossuaries of skulls placed side by side on the steep slope like porcelain globe-jars.” (p. 325).

“With his mouth full, and wafting me the odor of a sweetshop, he stammers—'Tell me, you writing chap, you'll be writing later about soldiers, you'll be speaking of us, eh?’ ‘Why yes, sonny, I shall talk about you, and about the boys, and about our life.’” (p. 205)

“‘The people—they're nothing, though they ought to be everything,’ then said the man who had questioned me, recalling, though he did not know it, an historic sentence of more than a century ago, but investing it at last with its great universal significance.” / “Les peuples, c'est rien et ça devrait être tout, dit en ce moment l'homme qui m'avait interrogé, reprenant sans le savoir une phrase historique vieille de plus d'un siècle, mais en lui donnant enfin son grand sens universel.” (p. 407)

“’But principally equality!’ I tell them that fraternity is a dream, an obscure and uncertain sentiment; that while it is unnatural for a man to hate one whom he does not know, it is equally unnatural to love him. You can build nothing on fraternity. Nor on liberty, either; it is too relative a thing in a society where all the elements subdivide each other by force. But equality is always the same. Liberty and fraternity are words while equality is a fact.” / “Mais surtout l'égalité ! Je leur dis que la fraternité, c'est un rêve, un sentiment nuageux, inconsistant ; qu'il est contraire à la nature de l'homme de haïr un inconnu, mais qu'il lui est également contraire de l'aimer. On ne peut rien asseoir sur la fraternité. Ni sur la liberté non plus : c'est trop relatif dans une société où toutes les fractions se gênent forcément les unes les autres. Mais l'égalité est toujours la même. La liberté et la fraternité sont des mots, tandis que l'égalité est une chose.” (p. 407).

“if whole nations go to slaughter marshaled in armies in order that the gold-striped caste may write their princely names in history, so that other gilded people of the same rank can contrive more business, and expand in the way of employees and shops—and we shall see, as soon as we open our eyes, that the divisions between mankind are not what we thought, and those one did believe in are not divisions.” / “Si des peuples entiers vont à la boucherie, rangés en armées, pour que la caste galonnée puisse écrire ses noms de princes dans l'histoire, pour que d'autres gens dorés de la même classe puissent tripoter plus d'affaires, et s'étendre en fait de fonctionnaires et de boutiques... on verra, dès qu'on ouvrira les yeux, que les divisions entre les hommes ne sont pas celles qu'on croyait, et que celles qu'on croyait ne sont pas des divisions.” (p. 410).

“With them are all the parsons, who seek to excite you and to lull you to sleep with the morphine of their Paradise, so that nothing may change. There are the lawyers, the economists, the historians—and how many more?—who befog you with the rigmarole of theory” (p. 413).

“all those people who cannot or will not make peace on earth; all those who for one reason or another cling to the ancient state of things and find or invent excuses for it—they are your enemies!” / “tous ces gens-là qui ne peuvent pas ou ne veulent pas faire la paix sur la terre ; tous ceux qui, pour une raison ou pour une autre, s'accrochent à l'ancien état des choses et lui trouvent ou lui inventent des excuses — ce sont vos ennemis !” (p. 414)

“The only good war book to come out during the last war was Under Fire by Henri Barbusse. He was the first to show us, the boys who went from school or college to the last war, that you could protest in anything besides poetry, the gigantic useless slaughter and lack of even elemental intelligence in generalship that characterized the Allied conduct of that war from 1915 to 1917... But when you came to read it over to try to take something permanent and representative from it the book did not stand up. Its greatest quality was his courage in writing it when he did... [Barbusse] had learned to tell the truth without screaming.”

“They are mournful belongings, indeed. Everything made for the soldier is commonplace, ugly, and of bad quality” (p. 217).

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Lo que pudo haber sido

 


Leí La última piel, de Patricia Gutiérrez, una historia de amor, una novela sobre el tacto (y los sentidos) y una reflexión sobre lo que pudo haber sido.

Después de enterrar a su hermana, ya de grande, Nélida recuerda el gran amor de su vida y reflexiona de alguna manera sobre lo que pudo haber sido. Desde el principio sabemos que ese amor no llegó a buen puerto, y la novela te atrapa porque querés entender por qué. Nélida es una costurera hija de inmigrantes españoles, con sueños de convertirse en modista. Se engancha con León, el hijo rebelde, músico, de una familia quizás patricia, con padre general y todo. León y Nélida vienen de lugares muy diferentes, pero eso no parece importar: la atracción es directa, total, de piel. La novela viene con un epígrafe de Pablo Maurette sobre el tacto como algo “ineludible, impostergable, imposible de olvidar”. En el caso de Nélida, esa conexión desde la piel con León nunca se olvida. Pero algo les permitió, en su momento, postergarlo, eludirlo.

La historia comienza en 1927 y podría haber tenido como epigrafe esta cita de Borges en El idioma de los argentinos: “Vivimos una era de promisión. Mil novecientos veintisiete: gran víspera argentina. (…) El porvenir (cuyo nombre mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones” (tomo I, p. 343). En La última piel se respira ese espíritu de época. El padre le dice a Nélida que “El pasado es pasado, mija. No hay nada que recordar. En esta tierra se mira al futuro y ya” (p. 36); una amiga le dice que vale la pena dejar su trabajo en un taller para emprender su propio negocio porque “vivimos en un país que te permite hacerlo” (p. 84); y la misma Nélida dice: “no creo que haya mucha diferencia entre Nueva York y Buenos Aires” (p. 61).

Nélida y León y Argentina parecen ser dos proyectos destinados al éxito, pero de alguna manera ambos fracasan. En la novela no hay una definición ni una hipótesis sobre el fracaso argentino, ni tiene por qué haberlas, claro está. El lector puede suponer una subyacente: como la familia de Nélida es yrigoyenista y la de León es anti-yrigoyenista, y los primeros son buenos y los segundos no tanto, podemos imaginar algo. Sobre la relación tampoco es tan claro: pareciera que la relación fracasó porque sus partes no siguieron el llamado de la piel; pero Nélida construyó igual una vida que parece haber sido, a pesar de ello, exitosa en sus ojos.  

El libro incluye una dedicatoria a quienes “sueñan con lo que pudo haber sido”. Y lo que pudo haber sido no es necesariamente mejor o peor, sino un mix distinto de éxitos y fracasos, de experiencias y de sentidos.