lunes, 6 de abril de 2026

Un amor imposible


Releí, después de muchísimo tiempo, Fiesta. The Sun Also Rises, de Ernest Hemingway. De Hemingway creo que leí todo, pero casi todo antes del blog, para el que sólo hice una lectura del libro que más me gustó de él, El viejo y elmar. Diré de aquel que sigo pensando que habría que leerlo todos los años.

Releí The Sun Also Rises en el marco de mi proyecto de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial. Aunque ocurre algunos años después y hay pocas referencias directas a la guerra, esta novela es tan o hasta un poco más una novela de la guerra que The Great Gatsby. Casi todos los personajes principales están marcados por ella, y sobre todo su protagonista, Jake Barnes.

La novela, además, comienza con un epígrafe famoso que se conecta con la guerra, el comentario de Gertrude Stein a Hemingway: “Ustedes son una generación perdida”. El concepto quedó: Hemingway, Dos Passos, F. Scott Fitzgerald y los demás de los autores combatientes quedarían englobados bajo esa bandera; y un poco menos los no norteamericanos como Robert Graves, Barbusse, Remarque y otros. Pero todos ellos hablaban en sus libros de algo generacional, sin duda. Y todos ellos quedaron marcados, desilusionados, arruinados, por la guerra.

En otro libro, en A Movable Feast, Hemingway explica aquel epígrafe y lo su desacuerdo con él, y dice que eligió el segundo epígrafe para equilibrar si no refutar el comentario de Stein. Es de la Biblia, de Eclesiastés, y daría la idea de que toda generación tiene lo suyo y que todas, de alguna manera, se levantan: “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.  Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.”

Cuánto se levantan los personajes de Fiesta es discutible. Los principales son cuatro varones –el narrador Jake Barnes, sus amigos Bill Gorton y Mike Cambell y el antagonista Robert Cohn– y una mujer, Brett, Lady Ashley. Cuando encontramos a Brett, de quien Jake está perdidamente enamorado, ella ya se divorció dos veces y se comprometió con Mike; y en los pocos meses en que la vemos en la novela, se va a acostar con Robert Cohn y con un matador jovensísimo, Pedro Romero. En estos meses vemos a Jake en París, donde vive trabajando de periodista, y lo seguimos en un viaje con este grupo al norte de España, primero a pescar y luego a la fiesta de San Fermín en Pamplona. (Hemingway amó muchas cosas en la vida, como los toros y el boxeo y la pesca y la caza, y en sus libros describe con amor esas cosas que amó, y es hermoso aunque a uno lo tengan sin cuidado los toros y el boxeo y la pesca y la caza).

Además de la pesca y los toros, los cuatro varones van alrededor de la reina Brett, a quien podemos amar u odiar o amar y odiar, pero difícilmente pase cerca nuestro sin emoción. Ella está, dice ella, tan enamorada de Jake como él de ella, pero en la guerra, en el frente italiano, Jake fue herido y quedó impotente. “¿No me amás”, le pregunta Jake a Brett, que responde: “¿Amarte? Directamente me convierto en gelatina cuando me tocás.” Jake insiste: “¿Y no hay nada que podamos hacer al respecto?” (p. 30).

Fiesta es, así, la historia de un amor imposible. Es imposible por culpa de la guerra, en el sentido de que es la guerra la que ha dejado a Jake impotente. Pero sobre todo porque parece que Jake y Brett y todos los demás han quedado incapacitados para amar, para vivir, para trabajar. Jake explica que sus problemas vienen de haber conocido a Brett: “Probablemente nunca hubiera tenido problemas si no me hubiera cruzado con Brett cuando me enviaron a Inglaterra. Supongo que ella sólo quería lo que no podía tener. Bueno, las personas son así” (p. 36). La ironía es que Brett no podía tener a Jake tanto como Jake no podía tener a ella. Y, claro, esa es la fuente de muchos problemas para el pobre Jake, quien a lo largo de la novela se la pasa viendo al objeto de su deseo acostarse con otros y se la pasa yendo a su auxilio cada vez que ella se lo pide.

Jake, Bill y Mike también se la pasan tomando. El diferente es Cohn, porque no toma, porque no combatió y porque es judío. La pregunta sobre el antisemitismo de Hemingway puede tener respuestas discutibles, pero no hay duda de que Mike y Bill lo son, Jake quizás un poco menos. Sea como fuera, Cohn está celoso de Mike y de Jake, y Jake está celoso de Cohn, y al final lo terminan enfrentando y cebando y Cohn los termina cagando a trompadas a los dos y, después, al joven Romero.

Al final, todos parecen perder, quizás con la excepción de Bill, que pasa por ahí, disfruta, sufre, se emborracha. Brett consigue todo lo que quiere y se siente pésimo por ello. Mike tiene que soportar que Brett se acueste con todos. Cohn pierde a Brett (no podría haber sido de otra manera) y su lugar en el grupo. Jake pierde el respeto de los españoles aficionados de los toros y sigue atrapado por Brett. Aunque quizás, en esa oración final, donde dice que sería lindo pensar que podrían haberla pasado bien con Brett, Hemingway nos deja la impresión de que Jake puede llegar a curarse de la maldición que significa estar enamorado de Brett. Si lo lograra ahí sí podríamos pensar que el texto de Eclesiastés supera al final al de Stein.

Mientras tanto, está esa forma Hemingwayniana, esas oraciones no siempre cortas, pero siempre claras, directas, un poco como un cuchillo siempre afilado. Una oración tras otra y ninguna trabada. La belleza de lo simple, de lo estable, del orden. Está, por ejemplo, este párrafo de dos oraciones, una muy larga, que engloba tanto de la novela y al mismo tiempo es tan precisa y perfecta que me da miedo traducirla: “El toro que mató a Vicente Girones se llamaba Bocanegra, era el Número 118 del establecimiento de cría de toros de Sánchez Tabemo y fue matado por Pedro Romero como el tercer toro de esa misma tarde. Su oreja fue cortada por aclamación popular y fue dada a Pedro Romero quien, a su vez, se la dio a Brett, quien la envolvió en un pañuelo que me pertenecía a mí, y quien dejó tanto oreja como pañuelo, junto con una cantidad de colillas de cigarrillos Muratti, empujados bien al fondo del cajón de la mesa de luz que estaba al lado de su cama en el Hotel Montoya, en Pamplona” (p. 199).

 

 

Originales de las citas

 “Don't you love me?” “Love you? I simply turn all to jelly when you touch me.” “Isn't there anything we can do about it?” (p. 30).

“Probably I never would have had any trouble if I hadn't run into Brett when they shipped me to England. I suppose she only wanted what she couldn't have. Well, people were that way” (p. 36).

“The bull who killed Vicente Girones was named Bocanegra, was Number 118 of the bull-breeding establishment of Sanchez Tabemo, and was killed by Pedro Romero as the third bull of that same afternoon. His ear was cut by popular acclamation and given to Pedro Romero, who, in turn, gave it to Brett, who wrapped it in a handkerchief belonging to myself, and left both ear and handkerchief, along with a number of Muratti cigarette-stubs, shoved far back in the drawer of the bed-table that stood beside her bed in the Hotel Montoya, in Pamplona” (p. 199).

 

Otras citas

“What's the matter with you, anyway?” “I got hurt in the war,” I said. “Oh, that dirty war.” We would probably have gone on and discussed the war and agreed that it was in reality a calamity for civilization, and perhaps would have been better avoided” / “¿Y a vos qué te pasa, entonces?” “Fui herido en la guerra", dije. “Oh, esa sucia guerra”. Probablemente hubiéramos seguido y discutido de la guerra y acordado en que en realidad había sido una calamidad para la civilización, y que quizás hubiera sido mejor haberla evitado” (p. 21).

“It is awfully easy to be hard-boiled about everything in the daytime, but at night it is another thing.” / “De día es tremendamente fácil hacerse el duro sobre todo, pero de noche es otra cosa” (p. 39).

“Somehow it was taken for granted that an American could not have aficion. He might simulate it or confuse it with excitement, but he could not really have it. When they saw that I had aficion, and there was no password, no set questions that could bring it out, rather it was a sort of oral spiritual examination with the questions always a little on the defensive and never apparent, there was this same embarrassed putting the hand on the shoulder, or a “Buen hombre.” But nearly always there was the actual touching. It seemed as though they wanted to touch you to make it certain.” / “De alguna manera se daba por sentado que un americano no podía tener afición. Podía simular tenerla o confundirla con excitación, pero no podía realmente tenerla. Cuando veían que yo realmente tenía afición, y no había una contraseña, no había preguntas cifradas que pudieran definirlo, más bien era una especie de examinación espiritual oral, donde las preguntas eran siempre un poco a la defensiva y nunca evidentes, había esta misma forma de poner la mano en el hombro con vergüenza o un ‘buen hombre’. Pero casi siempre había un tocarme real. Parecía como que querían tocarte para asegurarse” (p. 132).

“‘Here comes Brett’, Bill said. I looked and saw her coming through the crowd in the square, walking, her head up, as though the fiesta were being staged in her honor, and she found it pleasant and amusing.” / “‘Acá viene Brett’, dijo Bill. Miré y la vi viniendo a través de la muchedumbre en la plaza, caminando, su cabeza en alto, como si la fiesta estuviera siendo montada en su honor, y como si ella lo encontrara agradable y divertido” (p. 205).

“The room was in that disorder produced only by those who have always had servants”. / “La habitación estaba en ese desorden producido solo por aquellos que siempre han tenido sirvientes” (p. 240).

 

 

lunes, 30 de marzo de 2026

Otra que no


Leí La presa (La proie), de Irène Némirovsky, y no llegué a odiarla porque simplemente me aburrió. Pero quizás sí un poco la odié.

a presa cuenta la historia de Jean-Luc Daguerne, un ambicioso joven francés que, en el período de entreguerras, hace prácticamente cualquier cosa para conseguir crecer social y profesionalmente, para lograr poder y posición. En ese sentido, es una típica tragedia, porque las mismas cualidades que le permiten crecer (ambición, frialdad, manipulación) son las que finalmente llegan a su ruina cuando aparece algo que no puede controlar. Ese algo, claro, es el amor, sus sentimientos por una mujer. En la escena final, el hermano cita a Benjamin Disraeli, que habría dicho que “que el mundo es difícil de manejar”; y Jean-Luc responde: “Al contrario, es fácil. A la gente se le pueden susurrar sus deseos y hasta sus sueños. Quien es tremendamente difícil de manejar es uno mismo, el propio corazón” (p. 197).

Su caída, por otra parte, había sido anticipada por su padre, a quien Jean-Luc desmerecía. Cuando comienza su crecimiento, a través del casamiento con la hija de un banquero, su padre le advierte: “A tu edad no deberías buscar más que los placeres y las pasiones de la juventud. La ambición, el interés, vendrán más tarde. No hay que... No conviene madurar demasiado deprisa. (…) No debes ahogar la juventud en tu interior. Porque se venga. La ambición y el interés son pasiones de hombre maduro” (p. 52).

Bien, la novela no me gustó nada. No me gustó la trama un poco obvia, no me gustó ese narrador omnisciente que me contaba no sólo lo que sentía Jean-Luc, sino también otros personajes, no me gustaron las descripciones y los pensamientos larguísimos, no vi a los personajes y de la forma qué voy a decir más que que no me gusta leer traducciones.

Me decepcionó también porque no cumplió con la razón por la que la leí. Me habían dicho que era una de tres novelas de Némirovsky relacionadas con la guerra. Según David Budgen, La presa (1938), El peón en el tablero (1934) y Dos (1939) reflejan “un malestar explícita y repetidamente ligado con la Primera Guerra Mundial”. En el caso de La Presa, el malestar es obvio, pero no está tan explícitamente ligado a la guerra, que es mencionada directamente muy pocas veces: que la casa del padre de Jean-Luc, el protagonista, era una construcción anterior a la guerra; que el padre tenía una enfermedad contraída “durante su cautiverio en Alemania” (p. 7); y que el padre había llorado al llevar a Jean-Luc “al internado, al partir hacia el frente” (p. 31). Así que por ese lado me decepcionó. Dicen que lo bueno de Némirovsky es la Suite Francesa. No creo que la vaya a leer.

 

Otras citas

Este estilo me resultó molesto desde el principio: “De vez en cuando se la llevaba a los labios y aspiraba su olor. Édith... Aquella chica adinerada, criada y educada en un mundo que él no conocía, que apenas si era capaz de imaginar, un mundo de financieros y políticos —ella era hija del banquero Abel Sarlat—, aquella chica que nadaba en la abundancia sería su mujer.” (p. 19).

Esto me suena a telenovela: “Enamorado... Amor... Las palabras mismas le daban vergüenza. Su espíritu, su carácter, lo más firme, lo más apasionado que había en él, se negaba a conocer, a interesarse más que por el lado viril de la vida, por la política, el éxito, las intrigas... Pero su corazón sólo deseaba una cosa: sólo reclamaba la presencia de Marie.” (p. 166).

Esto me gustó: “Desengáñese, poca gente se mata por haber perdido dinero. Es más fácil que lo haga para no desmerecer en la consideración de los demás. Es lo que antaño se llamaba el miedo al deshonor. Es la vanidad. La gente nunca se ve tal como es.” (p. 80).

Esto es muy citable: “Para saber cómo reaccionan los seres humanos sólo hace falta inteligencia. Para saber cómo reaccionará uno mismo, hace falta experiencia.” (p. 181.)

lunes, 16 de marzo de 2026

Segundas partes…

 


Leí The Way Back, de Erich Maria Remarque, secuela de All Quiet on the Western Front, y debo decir que cumplió con la vieja idea de que las segundas partes difícilmente están a la altura de las originales.

All Quiet… nos cuenta la guerra desde la perspectiva de un grupo de estudiantes que se convierten en soldados, y nos describe un poco qué hizo la guerra con estos muchachos, en una perspectiva muy generacional. The Way Back sigue a esos muchachos –aunque muchos estén muertos y los nombres cambien, son en términos generales los mismos– en su regreso a casa y sus primeros meses de vuelta. Y lo que pasa con ellos no es bueno: son pocos los que pueden ajustarse de nuevo a la vida civil; uno de ellos asesina a un hombre que le saca la novia, dos se suicidan, casi todos tienen desajustes psicológicos de mayor o menor magnitud. (Una escena muy buena es cuando Ernst lleva al perro que se trajo de las trincheras por un campo y el perro, sin que nadie le enseñe nada, logra conducir a unas ovejas instintivamente; para la mayoría de los soldados, no hay nada instintivo en la reinserción al mundo civil).

Los temas principales ya estaban en All Quiet…: los tremendos efectos físicos y psicológicos de la guerra sobre esta generación; la pérdida de autoridad de la generación anterior; el cisma que se abre entre civiles y soldados; el vínculo que se forma entre quienes luchan juntos (aunque en The Way Back no es cómo se forma, sino cómo se rompe o erosiona ese vínculo). No hay mucho nuevo acá.

En “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins comenta que, aunque pocos lo hubieran visto, “All Quiet… no era un libro sobre los eventos de la guerra –no eran memorias– sino una declaración enojada hecha después de la guerra sobre los efectos de la guerra sobre la joven generación que la había vivido”. Más aún, dice que Remarque encuentra en la experiencia de la guerra una explicación sobre un malestar personal que, de hecho, era anterior a la guerra: “La novela era una emocionada condena, una aseveración de instinto, un cri d'angoisse de una persona descontenta, de un hombre que no podía encontrar su nicho en la sociedad o las profesiones”, y que tenía, según Eksteins, esa predisposición antes de la guerra (como un poco la tenían los narradores de ambas novelas).

The Way Back es básicamente más de eso. Pero perdiendo lo mejor de All Quiet… La novela inicial tiene el gran logro de mostrarnos estas cosas sin gritárnoslas en la cara. Nos lo muestra a través de un conjunto de escenas, en un lenguaje muy directo, en primera persona (salvo el último párrafo) y en presente, a lo sumo con algunos pensamientos del personaje principal. Acá se lo grita, se lo declama, un poco como se declama la necesidad de que la guerra termine en una revolución social en Le Feu de Barbusse y One Man’s Initiation: 1917 de Dos Passos. Y de pronto pierde la narración en primera persona de Ernst Birkholz, sin mucho sentido, en mi humilde opinión.

Son pocas las escenas en las que siento que nos muestra bien lo que nos quiere mostrar. La escena con los maestros está bastante bien; allí el director de la escuela a la que vuelven hace un discurso con la típica pompa prebélica sobre los héroes caídos que duermen un “sueño eterno” bajo “verdes céspedes”; Willy le responde: “Verdes céspedes… verdes céspedes (…) ¿Sueño eterno? Están tirados en la basura en el fondo de un cráter de bomba, hechos pedazos, desgarrados, hundidos en una ciénaga… ¡Verdes céspedes! ¿Qué piensa que es esto, un ensayo de himnos religiosos?” (p. 103). En cambio, en la escena del juicio Ernst hace un discurso larguísimo sobre la generación perdida. “Escúchenme, se los voy a gritar lo más fuerte que pueda: ¡la juventud del mundo se levantó, y en todos los países pensaron que peleaban por la libertad! Y en todos los países fueron engañados y abusados, en todos los países estaban peleando por intereses creados y no por ideas, en todos los países fueron acribillados y se destruyeron los unos a los otros. (…) Se ha aniquilado a una generación. ¡Una generación llena de esperanza, convicción, voluntad, fuerza y habilidad, todos hipnotizados en dispararse los unos a los otros, aunque todos tenían los mismos objetivos en los diferentes países!” (p. 179). Un poco demasiado.

Al final, sin embargo, Ernst parece poder ajustarse, o al menos encontrar la punta del ovillo. En la última escena está en una posada y parece decidir algo, aunque es bastante poco claro: “Quiero trabajar sobre mí mismo y estar preparado, quiero usar mis manos y mis pensamientos, no quiero tomarme a mí mismo demasiado en serio, y voy a seguir incluso cuando algunas veces simplemente quiera parar. Hay mucho que hay que reconstruir, y casi todo debe ser reparado, hay trabajo por hacer, y cosas que hay que volver a excavar, cosas que fueron enterradas en los años de las bombas y las balas de las ametralladoras. No todos debemos estar en el primer plano, también serán necesarias manos menos poderosas y fuerzas menores. Ahí es donde buscaré mi lugar en todo esto. Y entonces los muertos harán silencio y el pasado dejará de perseguirme y comenzará a ayudarme.” Y ahí Ernst no es tanto Ernst, ni Paul Bäumer, el de All Quiet… sino, me parece, el propio Remarque decidiendo dedicarse a escribir libros pacifistas sin tomarse a sí mismo demasiado en serio.

 

Originales de las citas usadas

“Very few contemporary reviewers noted, and even later critics have generally ignored, that All Quiet was not a book about the events of the war - it was not a memoir'4- but an angry postwar statement about the effects of the war on the young generation that lived through it.”

“The novel was an emotive condemnation, an assertion of instinct, a cri d'angoisse from a malcontent, a man who could not find his niche in society or the professions.”

“‘Verdant grasses – verdant grasses,’ he stutters. ‘Eternal sleep? They’re lying in the filth at the bottom of a shell-hole, shot to pieces, ripped apart, sunk down in a bog – verdant grasses! What do you think this is, hymn practice?’” (p. 103).

“‘Listen to me, I’ll shout it at you as loudly as I can: the youth of the world rose up, and in every country they thought they were fighting for freedom! And in every country they were deceived and abused, in every country they were fighting for vested interests rather than for ideas, in every country they were mown down, and they destroyed each other. (…) A generation has been wiped out. A generation full of hope, belief, will, strength and ability, all hypnotised into shooting one another down, even though they all had the same goals in all the different countries!’” (p. 179).

“I want to work on myself and be ready, I want to use my hands and my thoughts, I don’t want to take myself too seriously, and I’ll carry on even when sometimes I might want just to stop. There is a lot to be built up again, and practically everything to repair, there is work to be done, and things to be dug out again that were buried in the years of shellfire and machine-gun bullets. Not everyone needs to be at the forefront, less powerful hands and smaller strengths will also be needed. That’s where I’ll look for my place in it all. Then the dead will be silent and the past will stop persecuting me and start to help me.” (p. 284).

 

Otras citas

“Ella veía a la guerra simplemente como una horda de animales peligrosos que amenazaban la vida de su niño en peligro. Nunca le pasó por la cabeza que su niño en peligro podía ser un animal igualmente amenazante para los noños de otras madres. Saco la mirada de sus manos y miro las mías. Con ellas apuñalé a un francés en mayo de 1917. (…) ‘Ernst’, me dice suavemente, ‘te quería decir esto hace mucho tiempo: cambiaste mucho. Estás tan inquieto’. Sí, pienso amargamente, he cambiado. ¿Cuánto me conocés realmente, madre? Sólo tenés un recuerdo, nada más que un recuerdo del joven silencioso y soñador que solía ser. Nunca, jamás, deberías saber lo de los últimos años, nunca deberías siquiera sospechar cómo fue realmente y en qué me convirtió. La más pequeña porción de eso te rompería el corazón, dado que estás temblando de vergüenza por una única vulgaridad que ya te sacudió la imagen que tenías de mí” (p. 121).

“She saw the war simply as being like a horde of dangerous animals, threatening the life of her endangered child. It never entered her head that her endangered child might be an equally threatening animal as far as other mothers’ children were concerned. I look away from her hands and down at my own. In May 1917 I stabbed a Frenchman with them. (…) ‘Ernst,’ she says softly, ‘I’ve wanted to say this for a long time: you’ve changed a lot. You’ve become so restless.’ Yes, I think bitterly, I’ve changed. How well do you actually know me now, Mother? All you have is a memory, nothing more than the memory of the quiet and dreamy youngster I used to be. You must never, ever find out about the last few years, you must never even suspect what it was really like and what it turned me into. The tiniest fraction of it would break your heart, since you are trembling with shame at a single vulgarity which has already shaken your image of me.” (p. 121).

lunes, 9 de marzo de 2026

Bildungsroman revolucionario

 


Leí One Man’s Initiation: 1917, de John Doss Passos, un libro sobre la Primera Guerra Mundial y sobre el germen revolucionario que despertó en una generación.

Hace unos años leí bastante de Dos Passos, pero como fue antes de que existiera este blog, que ya cumplió quince años, no tengo registro de esas lecturas. (Lo cual es, claro, una confirmación de que este blog es un gran recurso para mí como lector). Recuerdo que leí Three Soldiers, la USA Trilogy y Manhattan Transfer y recuerdo que me impresionó particularmente este último libro, ícono modernista que tengo ganas de releer: me olvidé mucho, pero lo que más recuerdo es el uso de muchas voces, y de voces que replican el acento de los inmigrantes, que al leer sabías si hablaba un irlandés o un italiano.

Como Vargas Llosa, Dos Passos es un autor que comenzó su vida o su carrera de escritor del lado de la izquierda y lo terminó firmemente en la derecha. (Mihente). Y One Man’s Initiation: 1917 es claramente un libro de la juventud, en el que a fin de cuentas se piensa a la guerra como una iniciación que haría que toda una generación se volcara a la revolución. Y un poco pasó, claro. Más allá de la revolución rusa, exitosa en conquistar el poder y retenerlo durante décadas, hubo intentos revolucionarios de mayor o menor fuerza en prácticamente toda Europa con efectos diversos. Esto está muy presente en la literatura de la Primera Guerra Mundial: Le Feu, de Barbusse, que Dos Passos leyó mientras era ambulancista durante la guerra, termina siendo un alegato comunista; The Way Back, la “continuación” de Sin novedad en el frente, de Remarque, relata la extrañeza de los soldados que retornan y se encuentran con Alemania en estado revolucionario. Entiendo que en The Case of Sergeant Grischa de Arnold Zweig y Men in Battle de Andreas Latzko también hay personajes que promueven activamente revoluciones.

Algo así pasa en One Man’s Initiation: 1917. El personaje principal, Martin Howe, comienza el libro en el barco que lo llevará a Europa, feliz de ser parte de la guerra en el servicio de ambulancias: “Martin está estirado en la cubierta en la popa del barco con un libro sin abrir a su lado. Nunca en su vida ha estado tan feliz. El futuro no es nada para él, el pasado no es nada para él” (p. 2). Es una imagen común: jóvenes de toda Europa y de EE. UU. yendo a la aventura. En la “iniciación” que supone la guerra, Martin perderá inocencia y parece ganar fe en la revolución socialista.

El tema de la pérdida de inocencia no es el único que nos remite a otros libros sobre la guerra. Está el aburrimiento, el tiempo de espera para que ocurra algo y lo que hacen los hombres para soportarlo; la angustia por matar a otro hombre, sobre todo si es mano a mano; la desacralización de la muerte –como en All Quiet… con el tema de qué hacer con las botas de un muerto–; el ridículo y el azar. Pero no es tanto un libro sobre la guerra, sino sobre lo que implica políticamente.

La idea de iniciación es, primero, individual, de Howe: “Voy a hacer algo algún día, pero primero tengo que ver. Quiero ser iniciado en todos los círculos del infierno” (p. 47), le dice a Merrier, el aspirante a oficial, cuando se conocen. También es generacional, es el de una generación que tiene un despertar y que va a hacer algo con eso, una revolución. Y es también, aunque no sea bueno para la izquierda, la de un país, un país que ha sido iniciado para el mal; en palabras de Tom Randolph, el amigo de Howe, “nuestra entrada a la guerra es una tragedia. (…) Ahora somos una nación militar, un pirata organizado como Francia e Inglaterra y Alemania” (p. 80). Parece raro hoy, en medio de la guerra con Irán, pero hasta esta guerra EE. UU. vivía en cierta aislación del mundo (aunque menor de la que creían). Esta cita ilustra muy bien que la Primera Guerra Mundial marca la entrada de EE. UU. al escenario internacional, en un papel que sólo crecerá en los cien años que le siguen.

Randolph dice eso en la escena ideológicamente central del libro. Randolph y Howe entran a una casa de campo y se encuentran con cuatro soldados franceses, con quienes tienen un largo diálogo político. Hay un anarquista, Lully, que dice que al abolir la propiedad se elimina al Estado y la guerra. Está Chenier, el normando, quien comienza diciendo que la única solución es el gobierno de la Iglesia. Está Merrier, que es socialista y quiere la extinción de los ricos, y que tiene “demasiada poca fe para ser anarquista, pero (…) demasiada para creer en la religión” (p. 84). Y Dubois, quien, cansado de tantas palabras, pide acción y cuenta que tiene un arma alemana con 300 balas para aportar a la revolución. Todos terminan acordando, brindan “Por la revolución, la anarquía y el estado socialista” (p. 86), y Howe y Randolph se van esperanzados y diciendo que deben volver a ver a estos hombres: “Con gente así no debemos desesperar de la civilización”, dice Howe (p. 87). Claro que, pocas páginas después, en el último capítulo, Howe va a asistir a un Chenier herido de muerte, quien responde a las preguntas de Howe diciendo que todos los demás ya están muertos. Quizás ahí, en ese final, está prefigurado lo que pasaría con la fe socialista de Dos Passos:

“‘Están todos muertos. Vos estás muerto, ¿o no?’

‘No, yo estoy vivo, y vos. Un poco de valor… Tenemos que poner buen humor’.

‘No por mucho. Mañana, pasado mañana…’

Y los párpados azules resbalan de nuevo sobre los ardientes ojos locos y la cara vuelve a tomar la cérea imagen de la muerte” (p. 91).

 

Originales de las citas

“Martin is stretched on the deck in the bow of the boat with an unopened book beside him. He has never been so happy in his life. The future is nothing to him, the past is nothing to him” (p. 2).

“I am going to do something some day, but first I must see. I want to be initiated in all the circles of hell” (p. 47).

“To me our entrance into the war is a tragedy (…) Now we’re a military nation, an organised pirate like France and England and Germany” (p. 80).

“I have too little faith to be an anarchist, but I have too much to believe in religion” (p. 84).

“‘To Revolution, to Anarchy, to the Socialist state’, they all cried, drinking down the last of the champagne” (p. 86).

“‘With people like that we needn't despair of civilisation’,” said Howe.” (p. 87).

“‘Everybody's dead. You're dead, aren't you?’

‘No, I'm alive, and you. A little courage.... We must be cheerful.’

‘It's not for long. To-morrow, the next day....’

The blue eyelids slip back over the crazy burning eyes and the face takes on again the waxen look of death” (p. 91).



 

lunes, 2 de marzo de 2026

Fútbol, fútbol, fútbol

 


Leí Fútbol, eclipse de la razón, de Diego Vannucchi, con quien creo que compartimos el amor por el fútbol, pero no las ideas políticas (ampliaremos).

El libro me lo regaló mi esposa, después de una visita a una librería especial. ¡Qué lindas las librerías especiales, con magia! Creo que le bastó el título para decidir el regalo: después de más de treinta años juntos, todavía, creo, no logra comprender cómo su marido, una persona muy racional, casi nerd, puede convertirse en un ser bastante diferente durante 90 minutos frente al televisor. El título, en ese sentido, es muy bueno: para muchos, el fútbol eclipsa momentáneamente la razón. De hecho, hace poco decidí no ir a la cancha porque tenía otros programas que me divertían más y lo consideré un avance en mi saludmental.

Además del título, el libro tiene cosas muy buenas. Es un conjunto de relatos muy relacionados con el fútbol (y algunos bastante con la política). Unos cuantos son reconstrucciones de hechos reales: “El Chino” relata el “partido fantasma” entre Chile y la URSS en 1973, y el no saludo a Pinochet de uno de los jugadores; “Berna” cuenta cómo unos militantes pusieron una bandera en contrade Videla en un partido de la selección jugado en Suiza en 1979; “El otro” recrea el cuento de Borges, pero con el día que J. J. López jugó un superclásico para Boca; “Tríptico” relata la muerte de un chico en el estadio Nacional de Lima por una bengala; “Dejarla correr” reconstruye la jugada en que Tevez lesiona a Ezequiel Ham en 2015. El resto son, hasta donde sé, ficticios (¿no lo es todo?), incluyendo picados, barrabravas, chicos que se van a probar, a veces con relatos muy realistas, otros con más realismo mágico (dobles, tiempos superpuestos). Todos se leen realmente muy bien.

En lo temático, hay, como decía, también bastante política, y política setentista. Está el que se enfrentó a Pinochet, los de la bandera, soldados jugando al fútbol en Malvinas a pesar de oficiales hijos de puta, un chico que es levantado arbitrariamente con un Ford Falcon, etc. No me molesta por estar contra Videla o Pinochet, claro, sino porque me parece que el setentismo ya está bien tratado, personalmente me aburre un poco. Habiendo dicho esto, no me molestó en la lectura, ni redujo el placer obtenido de este libro sobre una de las cosas que más me gustan en este mundo, hasta eclipsarme un poco la razón.