lunes, 24 de agosto de 2026

El muy largo Švejk

 

Leí El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, una de las novelas más raras de la Primera Guerra Mundial.

Hašek (1883-1923) fue un personaje bastante extraño, con una vida signada por la inestabilidad y la inconstancia. Nacido en Praga el mismo año que Kafka, fue escritor, periodista y activista político, primero anarquista y luego comunista, y se casó dos veces sin haberse divorciado ni enviudado, aunque en distintos países. Desde más o menos los 20 años se dedicó al periodismo, la escritura y la vida bohemia, además de estar cerca de grupos anarquistas, con períodos de empleo un poco más estable que no duraban mucho. Según su traductor al inglés Cecil Parrott: se dedicó a la escritura y a la vagancia.

Hašek escribió El buen soldado Švejk al volver de la guerra (fue conscripto en el ejército austrohúngaro, pero luego revistó en la Legión Checa y en el Ejército Rojo). Comenzó en 1921 y fue publicando los primeros cuatro tomos, pero la muerte le impidió terminar los últimos dos que tenía planeados. El buen soldado Schvejk es su obra más reconocida, y la obra checa más traducida de la historia. Además de esta novela, Hašek tiene unos 1.200 cuentos publicados conocidos.

El buen soldado Švejk es básicamente una sátira picaresca. El libro sigue el deambular de Švejk más o menos desde el momento en que matan al archiduque Franz Ferdinand y suponemos que terminaría con el fin de guerra. Švejk es un gordito simplón que cuenta historias larguísimas y que muestra tanto entusiasmo por defender al Imperio que todos dudan de si ese entusiasmo es serio o irónico. Quienes más lo conocen, como el teniente Lukáš, se la pasan preguntando, a lo largo del libro, si es idiota o se hace. Ni él ni el lector tiene una respuesta obvia, como veremos.

 

Una de las ilustraciones originales de Josef Lada, gran valor del libro. En esta, Švejk se reporta con el teniente Lukáš, exasperado porque no se puede sacar de encima a su valet, que tantos problemas le trae.

 

Como es común con las picarescas, la novela sigue a este personaje en todo tipo de aventuras, sin mucho argumento, con personajes caricaturescos y estereotipos, y con el uso de la ironía y del humor. El humor en general es del tipo más básico y chabacano, incluyendo una inusitada cantidad de referencias a excrementos y vómitos. Por ejemplo, en un hospital al que mandan al bueno de Švejk los médicos ordenan a todos los pacientes, sin importar el diagnóstico, el mismo tratamiento, de aspirinas y enemas, y Švejk concluye que el futuro de “Austria descansa sobre estos enemas” (p. 69).

Lo que convierte a la novela en una sátira es que detrás del humor está la intención de hacer una crítica social y política. Y no simple ni principalmente de la guerra y de lo militar; decía al comienzo que es un libro raro de la Primera Guerra Mundial, y lo es en no poca medida porque en 750 páginas nunca se dispara un tiro y no hay escena alguna de combate. La novela es claramente más que una obra humorística: es una sátira sobre el imperio austrohúngaro, sobre el ejército austrohúngaro, sobre la iglesia y la religión en general. E incluso, más generalmente, sobre la burocracia y el Estado.

El ejército y su oficialidad son constantemente burlados por su corrupción, incompetencia y normas ridículas. Un capítulo empieza así: “El coronel Friedrich Kraus, quien llevaba el título adicional de von Zillergut por una aldea en el distrito de Salzburgo que había sido ya completamente desplumada por sus ancestros en el siglo dieciocho, era un verdaderamente venerable idiota” (p. 201). Describe a unos cuantos generales de pocas luces, incluyendo uno que hacía que los soldados se numeraran sólo con los números uno y dos y otro que ordenaba que todos los soldados fueran a las letrinas a la misma hora y dice que “Austria tenía masas de generales así” (p. 522). También se burla permanentemente de la religión. Uno de los primeros oficiales con los que se relaciona Švejk es un capellán que se la pasa tomando y apostando y que luego sabemos que era judío y que sólo había elegido el sacerdocio como una decisión de carrera. Cuidando en un tren a otro capellán, borracho, Švejk dice que todos los capellanes que conoció “tienen un talento especial derivado de Dios para emborracharse sin límite en cada oportunidad” (p. 318).

Se burla también de Austria Hungría en general (“Una monarquía tan idiota como esta no debería ni existir”, p. 208), pero en el fondo la burla es a toda burocracia, a toda institución que busca controlar y regir a los hombres. Švejk se la pasa siendo mandado y disciplinado por estructuras militares, médicas o judiciales, y siempre lo afronta con una sonrisa tonta, pero al hacerlo nos muestra la ridiculez del sistema. En una escena tribunalicia, Hašek nos dice: “Todo el establecimiento de la oficina del fiscal militar era magnífica. Todo estado al borde del colapso político, económico y moral tiene un establecimiento así. El aura del poder y la gloria pasados se adhiere a sus cortes, policía, gendarmería y banda de informantes venales” (p. 79). Y la oficina de otro fiscal militar, Ruller: “Tenía un tomo del código legal frente a él, y arriba de él descansaba una taza de té mitad consumida. En la mesa de la derecha había un crucifijo hecho de imitación de marfil con un Cristo polvoriento, quien miraba desesperanzado el pedestal de su cruz, donde había cenizas y colillas de cigarrillos” (p. 388); el símbolo de la ley usado como posavasos y el de la religión como cenicero. La Biblia junto al calefón.

Cabe recordar que en la misma época y básicamente en el mismo lugar, Franz Kafka escribía El proceso. Es curioso, porque Kafka y Hašek viven casi en el mismo tiempo y en el mismo lugar, pero nunca se cruzan. Vivían en Pragas totalmente distintas; la burguesa, judía y en idioma alemán de Kafka, y la proletaria y checa de Hašek. Uno iba a cafés, el otro a tabernas y burdeles. Hašek no leía alemán y Kafka publicó muy poco en vida, por lo que es casi imposible que el checo lo haya leído. Y es posible que Kafka haya leído algún cuento de Hašek, pero no hay documentación de ello. Pero hay dos puntos en que se cruzan; en que Max Brod, el amigo de Kafka responsable de su publicación póstuma fue quien primero tradujo parte de la novela de Hašek; y en la temática: los dos escriben en gran medida sobre lo mismo (el hombre aplastado por la burocracia), aunque con abordajes totalmente distintos.

Y en idiomas distintos. Sin duda, todos los que lo leemos en traducción nos perdemos muchísimo. El original está escrito en varios idiomas. Prácticamente todos los diálogos están escritos en el checo informal de las clases populares; es un idioma con gramática no estándar, palabras alteradas y con muchas palabras prestadas del alemán. En cambio, la voz del narrador y de todo lo que es oficial (telegramas, cortes marciales, proclamas) está en checo formal. Además, Hašek incluye mucho texto en alemán, porque el ejército se manejaba en parte en alemán, más allá de la lengua de cada regimiento; y porque los oficiales por momentos hablan en alemán. Finalmente, hay algo de diálogo en otros de los idiomas del imperio (húngaro, serbo-croata y polaco).

Hašek es un innovador en usar el checo informal en literatura, y habla de esto explícitamente en el epílogo del primer libro. El punto es defender el checo coloquial, el que hablan las clases populares, para que no quede relegado por el checo formal que quieren imponer los constructores de la nueva nación y cultura checoeslovaca. Es otra manera de defender al individuo frente al Estado. En esa misma línea, la insistencia en el chiste fácil y en las funciones corporales también tiene un sentido. No sólo porque es el chiste popular y fácil de entender de la “baja comedia”. También porque ayuda a poner en ridículo a la burocracia con un ejercicio muy simple: contraponer el absurdo de la burocracia y ese lenguaje pomposo y grandilocuente con lo más básico que nos une a todos, nuestras necesidades básicas, nuestros cuerpos endebles. Así, por ejemplo, el narrador describe un momento: “Y mientras las tropas pasaban y acampaban en los alrededores podía verse por todos lados pequeñas pilas de excremento humano de extracción internacional perteneciente a todos los pueblos de Austria, Alemania y Rusia. El excremento de solados de todas las nacionalidades y confesiones yacía uno lado al lado o uno encima del otro sin ocasionar ninguna pelea” (p. 598).

Ese narrador es a veces medio molesto, porque tiene un registro totalmente distinto de los personajes y a veces se pasa en la bajada de línea. Es una manera de decirnos que esto es más que una picaresca, una farsa, que estamos hablando de temas importantes. Pero se hace un poco pomposo. Y la novela se hace larga. Muy larga. Como dice su traductor al inglés, Cecil Parrott, Hašek escribía rápido y desprolijo, y quizás borracho. Los lectores, decía antes, no sabemos si Švejk es idiota o se hace, y no queda claro si eso es por diseño o por defecto. Y sin duda al libro le sobran muchas páginas, muchas aventuras, muchas historias contadas por Švejk. Al libro le faltó un editor que tuviera tijera fácil. Igualmente, es un libro divertido e interesante, una manera muy distinta de contar la experiencia de la guerra. Y aunque es cierto que no es estrictamente una novela de la guerra, sirve para recordar que Austria Hungría, que es probablemente el país más responsable de que esa matanza ridícula haya ocurrido, era un poco esa compleja mezcla de nacionalidades y religiones, de incompetencia y corrupción.


Originales de las citas

“Try hard to think that Austria rests on these enemas and victory is ours” (p. 69).

“Colonel Friedrich Kraus, who bore the additional title of von Zillergut after a village in the district of Salzburg which his ancestors had already completely fleeced in the eighteenth century, was a most venerable idiot” (p. 201).

“Austria had masses of generals like that” (p. 522).

“All these chaplains, never mind whether they’re senior or junior, have a special gift from God of getting themselves stinking drunk at every opportunity” (p. 318).

“A monarchy as idiotic as this ought not to exist at all” (p. 208).

“The whole establishment of the office of the judge advocate was magnificent. Every state on the brink of total political, economic and moral collapse has an establishment like this. The aura of past power and glory clings to its courts, police, gendarmerie and venal pack of informers” (p. 79).

 “A volume of the legal code lay before him, and a half-consumed glass of tea stood on top of it. On the table of the right stood a crucifix made out of imitation ivory with a dusty Christ, who looked despairingly at the pedestal of his cross, on which were ashes and cigarette stubs” (p. 388).

“And as the troops passed through and camped in the neighbourhood there could be seen everywhere little heaps of human excrement of international extraction belonging to all peoples of Austria, Germany and Russia. The excrement of soldiers of all nationalities and of confessions lay side by side or heaped on top of another without quarrelling among themselves” (p. 598).

 

lunes, 3 de agosto de 2026

Marines en acción

 


Nunca pensé que iba a leer libros de historia militar, pero las búsquedas a veces nos llevan a lugares inesperados. (Ahora que lo pienso, en algún momento sí leí otro libro de historia militar, "Comandos en Acción", de Isidoro Ruiz Moreno, pero antes de la existencia de este blog). El año pasado decidí coordinar un taller de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial, y así fue que estos últimos meses leí el libro de Strachan y novelas varias desde Le Feu a El Gran Gatsby, Adiós a las armas (y Fiesta), Sin novedad en el frente (y El camino de regreso), 1917, Goodbye to All That y Mrs. Dalloway. En ese camino, uno de los participantes del taller me dijo que me iba a prestar el libro de su hermano, y así fue como leí To the Limit of Endurance, de Peter Owen, teniente coronel en los Marines de EE. UU. y hermano de mi amigo.

To the Limit of Endurance relata la participación de un batallón específico de Marines en la Primera Guerra Mundial, el segundo batallón del sexto regimiento. Un batallón es una unidad de unos 1.000 soldados, generalmente compuesto por cuatro compañías de cuatro pelotones cada uno. Valiéndose de básicamente tres tipos de fuentes, Owen sigue a este batallón, el 2-6, desde su reclutamiento y entrenamiento hasta los seis enfrentamientos que tiene en el frente occidental. Las fuentes son los registros de los propios Marines, los de los regimientos alemanes que los enfrentaron en esas batallas y una cantidad de cartas y memorias de los propios combatientes.

Mi primera reacción al libro fue que me parece un verdadero logro que Owen haya podido hilvanar una narración bastante clara y llevadera de lo que ocurrió. No se lee como una novela, porque no hay prácticamente referencias a la vida interna de los personajes, pero sí como una crónica muy clara y directa. Para la historia militar, el libro tiene una importancia que yo no puedo juzgar; tercia sobre debates y discusiones de la historia de la participación de EE. UU. en la guerra y de cuestiones tácticas y operativas para las fuerzas que claramente no estoy en condiciones de juzgar. Pero para alguien que está leyendo novelas sobre la guerra, resulta más que interesante para tener una mirada más militar, si se quiere, del conflicto.

Complemento así lo que decía al comienzo. No sólo las búsquedas nos llevan a lugares extraños, sino que de esos terminamos obteniendo perspectivas que no suponíamos necesitábamos.

lunes, 13 de julio de 2026

Memorias de un guerrero

 


Leí Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los oficiales alemanes más condecorados de la Primera Guerra Mundial. Es uno de los libros que había incluido en el taller de novelas de la Gran Guerra, pero claro, no es una novela, sino memorias. Pero no unas memorias que incluyen el paso del autor por la guerra como parte de la historia más amplia del narrador, como puede ser Goodbye to All That, de Robert Graves, sino un libro absolutamente centrado en la guerra: no está el pasado ni el futuro del narrador, ni prácticamente otros personajes más que el narrador. Está la guerra. Por si queda alguna duda, el libro comienza cuando se bajan del tren en Francia y termina cuando, de regreso, Jünger recibe la medalla Pour le Meritè.

A Jünger se lo ha acusado de glorificar la guerra. No creo que sea así. También hay lugar para el reconocimiento del horror y para otros tópicos comunes de la literatura bélica (la extrañeza de que la naturaleza siga adelante en medio del horror, el papel del azar en definir si un hombre vive o muere), pero la mirada no es la de la desilusión. Jünger parece ver a la guerra como una gran aventura. Por momentos incluso casi un viaje de egresados, un grupo de muchachos que la pasan bien juntos: “Éramos cuatro oficiales, incluyendo al comandante de la compañía, y vivíamos juntos muy armoniosamente, tomando café en uno u otro de nuestros refugios, o cenando juntos, a menudo con una botella o dos, fumando, jugando a las cartas, y disfrutando de grandes conversaciones” (p. 63). Formateados por la literatura de la generación perdida, a veces nos cuesta creerlo, pero hubo otras maneras de experimentar la guerra. Para muchos hombres de clase trabajadora, la guerra era una experiencia mejor que las minas de carbón o las fábricas, y para muchos jóvenes una forma de vida excitante.

Tempestades de acero no es, sin embargo, meramente un libro de aventuras. El traductor Michael Hofmann –se recomienda muy fervientemente esta traducción y no la vieja de Basil Creighton– dice en la introducción a mi edición que se trata de una épica. Y creo que tiene razón. En varios momentos Jünger habla de la guerra como una gran aventura, como una prueba del cuerpo y espíritu del soldado. Así, dice de una patrulla: “Estas pequeñas expediciones, cuando un hombre toma su vida en sus manos, eran una buena manera de probar nuestro temple y de interrumpir la monotonía de la vida de trincheras. No hay nada peor para un soldado que el aburrimiento” (p. 88-89).

Los personajes de los libros típicos de la guerra, los de la desilusión y de la supuesta “generación perdida”, no temen el aburrimiento. Más bien rezan por un “sector tranquilo”, por un sector aburrido. Pero para Jünger no había nada peor que el aburrimiento. En otro momento dice: “Después de semanas de bombardeo, estaba por comenzar la batalla de infantería; habíamos llegado en el momento correcto” (p. 161). Los personajes de Sin novedad en el frente, por ejemplo, hubieran dicho que llegaron en el peor momento. En el prólogo a mi edición, el escritor y veterano de Vietnam Karl Marlantes se refiere a Jünger como “un soldado innato”, y algo de eso hay.

Como en las viejas épicas, la guerra es el campo donde se mide el valor de los hombres. Relacionado con esto, no hay odio al enemigo, y por momentos hasta hay admiración. Casi como si se tratara de un enfrentamiento deportivo. En un momento habla del encuentro con un oficial inglés en medio de un alto el fuego extraoficial y dice que tenían “casi una admiración de buenos deportistas el uno por el otro, y no tengo dudas de que nos hubiera gustado intercambiar mementos” (p. 57). Poco después resume: “A lo largo de la guerra siempre intenté ver a mi oponente sin animadversión, y formar una opinión de él como hombre sobre la base del coraje que mostrara. Siempre intentaría buscarlo en combate y matarlo, y no esperaba nada menos de él. Pero nunca tuve pensamientos malos sobre él” (p. 58). Es extraordinario: no tengo pensamientos malos sobre él, pero quiero matarlo.

Detrás de esas aventuras y esas pruebas está el valor del patriotismo. Como Aquiles peleando por Grecia, Jünger pelea por Alemania. Volviendo al frente después de una de sus estadías en el hospital (Jünger sufrió 14 heridas de importancia), reflexiona: “Qué país hermoso que era, y eminentemente digno de nuestra sangre y de nuestras vidas. (…) por primera vez tuve la sensación de que esta guerra era más que sólo una gran aventura” (p. 33). O, en uno de los pocos pasajes más poéticos: “Cada tanto, por la luz de una bengala, veía casco de acero contra casco de acero, hoja por hoja brillante, y me sobrecogía un sentimiento de invulnerabilidad. Podíamos ser aplastados, pero sin dudas no podríamos ser conquistados” (p. 99). Y la guerra se pelea con una sensación del honor; así, al final, cuando Alemania retrocede con acciones de tierra arrasada, Jünger lo juzga negativamente: eran “malas para la moral y el honor de los hombres. (…) hace más daño que bien para quien destruye y deshonra al soldado” (p. 128). En definitiva, es una épica, y la guerra tiene un sentido. “La batalla decisiva, el último asalto, había llegado. Aquí se decidirían los destinos de las naciones, lo que estaba en juego era el futuro del mundo. Sentía el peso de la hora, y creo que todos sentimos disolverse lo individual dentro nuestro y al miedo irse” (p. 231).

Borges leyó Tempestades de acero, pero no dejó algo escrito sobre estas memorias hasat donde sé. En 1937 sí publicó una reseña bastantecrítica sobre un ensayo de Jünger, “La guerra como una experiencia interior”. Según Borges, Jünger define allí a la guerra como “una especie de arte minoritario o de religión esotérica. Muchos son los llamados –a veces, todos: por ejemplo, durante el bombardeo de una ciudad,– y pocos, o ninguno, los elegidos”. Al mismo tiempo, le critica “la vana acumulación de metáforas insensatas”. En esa reseña Borges habla de Tempestades de acero; la llama Entre los huracanes de acero y dice “que alaba y agradece la guerra” y que era un libro “narrativo”.

En 1982 Borges visitó a Jünger en Alemania. Según el alemán, hablaron en una mezcla de alemán, español, francés e inglés sobre “Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, Don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert”. Jünger dice en sus memorias que “Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino”. Borges le habría dicho que esa lectura fue “una erupción volcánica”.

Imagino que la fascinación de Borges está en encontrar en Jünger esas dos ramas de su propia historia, la del guerrero de la rama paterna y la del escritor de la rama materna. Además, claro, del título de su obra más conocida. Como se sabe, Borges apreciaba mucho las kenningar, metáforas condensadas típica de la antigua poesía vikinga donde se reemplaza un sustantivo común con una expresión figurativa compuesta. En “Las Kenningar”, artículo publicado en Historia de la eternidad (1953), Borges da algunos ejemplos: “alimento de cuervos” es cadáver, “pradera de la gaviota” es el mar, “rocío de la espada” es la sangre y “tempestad de espadas es la batalla”.  Sabiéndolo o no, Jünger tituló su libro con un kenning, Tempestades de acero, un punto más para pensarlo como una épica, una épica nórdica moderna.

No es un libro particularmente bien escrito, no es de gran factura literaria, si se quiere. El libro pasó por un montón de ediciones que, de una manera extraña, reflejan la historia alemana de postguerra. La primera fue una edición no muy trabajada de los diarios de Jünger durante la guerra. Luego hubo una revisión muy grande, con un contenido más nacionalista. Pero con la llegada del nazismo (que buscó infructuosamente acercar a Jünger a sus fulas), el autor moderó esos aspectos. La versión final, de 1961, es sin duda mucho más trabajada que la inicial, pero sigue sin grandes valores estéticos. El gran valor es el de la autenticidad: Jünger te pone ahí adentro, te lo cuenta de primera mano, sin reflexiones filosóficas o políticas. Hay allí una verdad, y quizás por eso Borges sintió esa erupción volcánica.


Originales

“There were four of us officers, including the company commander, and we lived together very harmoniously, drinking coffee in one or other of our dugouts, or having supper together, often over a bottler or two, smoking, playing cards, and enjoying rather baronial conversations. (…) In the memory, such congenial hours made up for other days of blood, filth and work” (p. 63).

“These short expeditions, when a man takes his life in his hands, were a good means of testing our mettle and interrupting the monotony of trench life. There’s nothing worse for a soldier than boredom” (p. 88/89).

“After weeks of drumming, the infantry battle was about to begin; we had come at the right time” (p. 161).

“an almost sportsmanlike admiration for the other, and I’m sure we should have liked to exchange mementoes” (p. 57).

“Throughout the war it was always my endeavour to view my opponent without animus, and to form an opinion of him as a man on the basis of the courage he showed. I would always try and seek him out in combat and kill him, and I expected nothing else from him. But never did I entertain mean thoughts of him. When prisoners fell into my hands, later on, I felt responsible for their safety, and would always do everything in my power for them” (p. 58).

“What a beautiful country it was, and eminently worth our blood and our loves. (…) for the first time I sensed that this war was more than just a great adventure” (p. 33).

“Now and then, by the light of the flare, I saw steel helmet by steel helmet, blade by glinting blade, and I was overcome by a feeling of invulnerability. We might be crushed, but surely we could not be conquered” (p. 99).

 “They were also, we could see right away, bad for the men’s morale and honour. (…) it does more harm than good for the destroyer, and dishonours the soldier” (p. 128).

“At the sight of the dammed-up masses of men, the breakthrough appeared certain to me. (…) I was confident. The decisive battle, the last charge, was here. Here the fates of nations would be decided, what was at stake was the future of the world. I sensed the weight of the hour, and I think everyone felt the individual in them dissolve, and fear depart” (p. 231).

lunes, 15 de junio de 2026

Una hija

 


Leí ¿Y si no es suficiente?, de Maia Debowicz, uno de esos libritos chiquititos que publica Vinilo Editora (leí Yo también soy una mosca, de Esteban Serrano, El libro de las fobias, colección de autores varios y Match, de Pablo Ottonello).

Digo esto porque el formato hace al libro: Vinilo publica libritos pequeños. En este librito, Maia Debowicz piensa la relación con su padre a través de tres momentos de su relación, en tres capítulos. En el primero, “El peso de los rulos”, Maia es niña y no quiere llevar los rulos que heredó de su padre. Invierte tiempo y dinero en eliminar esa herencia: “Cada vez que pisara una peluquería tendría en la punta de la lengua el pedido de perdón por tener tanto pelo, tantos rulos. Por haber heredado el pelo de mi papá” (p. 18). Al padre no le gusta.

En el segundo, “De qué hablan los adultos”, aunque ella escribe y dibuja y no es organizada ni particularmente buena con el dinero, el padre le ofrece trabajar en su inmobiliaria, cobrando alquileres: “No entendía si lo hacía porque me conocía mucho o porque no me conocía nada”. (p. 39). Sus padres se habían separado, la relación entre padre e hija se había deteriorado, y quizás esa fue la forma de recrear una relación. No fue la mejor: “El motivo de su enojo conmigo era uno; que no me pareciera a él. Al año de trabajar juntos ya no pudo disimular esa desilusión de estar frente a frente con una hija que piensa y actúa diferente de lo que él soñó”. (p. 56).

En el tercero, “La soledad de los secretos”, el hermano del padre se enferma y ella se acerca desde otro lugar. Se termina acercando también a su nueva pareja: “Marisa nunca me había caído bien, pero una sola cosa me hizo respetarla como a ninguna otra madrastra: no hacía absolutamente nada para conquistarme” (p. 75). Como un rulo, el libro vuelve a su lugar inicial, pero llega a otro lado, y lo hace con mucha tranquilidad y gusto para el lector.

lunes, 8 de junio de 2026

Reconciliación

 


Leí A Son at the Front, de Edith Wharton, primera mujer en ganar el Premio Pulitzer, por The Age of Innocence. Wharton vivió prácticamente toda su vida entre EE. UU. y Europa, como su amigo Henry James, y su obra tiene mucho de ese tránsito cultural del Atlántico Norte. Wharton vivió además prácticamente toda la Primera Guerra Mundial en Francia; trabajó en distintas iniciativas de asistencia a refugiados y afectados por la guerra y fue una propagandista del esfuerzo bélico francés y del ingreso de EE. UU. a la guerra, campo en el que se destacan una novella, titulada The Marne y considerada un papelón por algunos críticos, y una colección de artículos titulado Fighting France.

A Son at the Front no es propaganda, aunque a veces se le parece un poco. Los libros que vengo leyendo de combatientes son, en general, bastante mesurados con el enemigo. Para este libro (para sus protagonistas si no para Wharton), los aliados son la civilización y los alemanes son la barbarie. Así, con esas palabras. Para ser propaganda, claro, debió haber sido publicada antes. Wharton empezó a escribir A Son at the Front cerca del final de la guerra, pero luego interrumpió su escritura. Después de publicar dos novelas (su obra maestra en 1920 y The Glimpses of The Moon en 1922), retomó A Son at the Front, que publicó en 1923.

A través de una tercera primera centrada en un artista, John Campton, en este libro Wharton retrata cómo se vivió la guerra en París. A Son at the Front recibió inicialmente críticas mixtas y fue relativamente exitosa comercialmente, pero pasó al olvido por décadas, en gran medida porque se consideraban no del todo válidas las miradas de la guerra que no fueran las de los soldados que la sufrieron, y que expresaran la oposición a la guerra y la desilusión generada en esa supuesta “generación perdida”. Recién en la década de 1990 se la empezó a rescatar, un poco porque se empezó a rescatar la obra de mujeres en general; y otro poco porque en la literatura sobre la guerra en particular se empezó a releer libros que presentaban otras miradas (mujeres, no combatientes, otros países además de los típicos, etc.).

En mi primera lectura, mi conclusión fue que la novela estaba bien olvidada. En esa primera lectura me molestaron algunas cosas que me siguieron molestando un poco en la segunda: el personaje principal (un misántropo mezquino y neurótico); un estilo un poco demasiado siglo XIX, adjetivado y lírico; ciertas subtramas innecesarias (la tarotista española, la interna en la sociedad de amigos de los artistas en la que participa Campton) que la alargan innecesariamente; y cierta sobre explicación de muchas cuestiones, que en parte venía por el uso de esa tercera primera.

En la segunda lectura decidí aceptar más esa tercera primera como si fuera una primera persona, y los melones se me acomodaron. Realmente creo que la novela hubiera sido mucho mejor en primera, pero aceptando más eso, y que todo lo que aparece en el libro viene en verdad de la mente de Campton, todo queda mejor. Me ayudó a eso la introducción de Julie Olin-Ammentorp en mi muy buena edición de Oxford University Press. La crítica cita allí un artículo de Wharton, “The Writing of Fiction”, donde dice que a la hora de elegir al narrador hay que pensar en una mente que nos ayude a reflejar aquello que queremos mostrar.

Haciendo eso, resulta un libro interesante para entender cómo se vivió la guerra desde París, y especialmente por la comunidad americana de París. Sobre todo, se la vio colectivamente como algo que cambió todo: “Hace dos días todavía estábamos en la vieja y tranquila Europa en la que uno podía hacer planes, contratar pasajes en trenes y vapores, discutir sobre pinturas, libros, teatros, ideas, sacar toda la plata que uno quisiera del banco (…) Y acá estaban sentados en sus mismos trajes de noche, alrededor de la misma reluciente mesa de caoba, aparentemente el mismo grupo de hombres jóvenes y viejos libres e independientes, pero en verdad prisioneros, cada uno de ellos, esposados a este espantoso matón enmascarado de la ‘Guerra’!” (p. 48). Es también una manera de ver la entrada de EE. UU. a la guerra. La parábola de Campton, que aprende a aceptar que su hijo esté peleando y a apoyar el ingreso de su país a la guerra, es la de millones de americanos.

Finalmente es una declaración de amor. A París: “La guerra seguía; París seguía. Había tenido su gran hora de resistencia cuando, sola, expuesta e indefensa, había contenido al enemigo y quebrado su fuerza” (p. 67). Y a Francia: “Una Idea: eso es lo que Francia, desde que había existido, había sido siempre en la historia de la civilización; un punto luminoso alrededor del cual podían reunirse visiones y propósitos en pugna. Y en ese sentido había sido un hogar espiritual para Campton tanto como para Dastrey; para pensadores, artistas, para todos los creadores, ella siempre había sido un segundo país. Si Francia se perdía, la civilización occidental se perdía con ella; y entontes todo aquello en lo que habían creído y lo que los había guiado moriría” (p. 211/212).

¿Es lo mejor de Wharton? Claramente mi respuesta es que no, pero vale la pena igual, sobre todo si te interesa la Primera Guerra Mundial.

 

Originales de las citas

“Two days ago they were still in the old easy Europe, a Europe in which one could make plans, engage passages on trains and steamers, argue about pictures, books, theatres, ideas, draw as much money as one chose out of the bank (…) And here they sat in their same evening clothes, about the same shining mahogany writing-table, apparently the same group of free and independent youths and elderly men, and in reality prisoners, every one of them, hand-cuffed to  this hideous masked bully of “War”!” (p. 48).

“The war went on; Paris went on. She had had her great hour of resistance, when, alone, exposed and defenceless, she had held back the enemy and broken his strength” (p. 67).

“An Idea: that was what France, ever since she had existed, had always been in the story of civilization; a luminous point about which striving visions and purposes could rally And n that sense she had been as much Campton’s spiritual home as Dastrey’s; to thinkers, artists, to all creators, she had always been a second country. If France went, Western civilization went with her; and then all they had believed in and been guided by would perish” (p. 211/212).