lunes, 2 de febrero de 2026

Al carajo con todo

 


Siguiendo con el programa de lectura ligado con la Primera Guerra Mundial, leí Goodbye to All That, de Robert Graves. Goodbye to All That es una autobiografía publicada cuando Graves tenía unos 35 años. Allí relata su infancia, educación, experiencia en la guerra y los primeros años después de esa experiencia. Como dice en un epílogo de unos cuantos años más tarde, es la historia de una persona atravesada por “un condicionamiento en la moralidad protestante de las clases gobernantes inglesas, aunque cualificada por sangre mixta, una naturaleza rebelde y una obsesión poética predominante” (p. 360).

El libro puede dividirse en tres partes. En la primera relata su educación, incluyendo la historia de sus familias (irlandeses protestantes del lado del padre, alemanes –von Ranke como el historiador– del lado de la madre). La segunda parte, la más interesante para lo que yo buscaba en esta lectura, es la experiencia de la guerra. La tercera es lo que sigue, con Graves intentando procesar la guerra, su primer matrimonio, la falta de dinero y sus comienzos como escritor.

En lo que hace específicamente a la guerra, Graves desde lo individual apoya mucho de los puntos más importantes de Strachan en su reciente historia de la guerra. En primer lugar, Graves, como la mayoría, entra a la guerra con cierta inocencia, casi con alegría, y con la idea de que sería una cosa más rápida de lo que fue. Es más, la recibe casi con gratitud, porque le permite no ir a Oxford: “Recién había terminado con Charterhouse [su escuela] (…) cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Uno o dos días después decidí enrolarme. En primer lugar, aunque los diarios predecían que sería sólo una guerra muy corta –terminaría como máximo para Navidad– yo esperaba que durara suficiente como para retrasar mi entrada a Oxford en octubre, lo que me asustaba muchísimo. (…) En segundo lugar, estaba indignado con la cínica violación alemana de la neutralidad belga” (p. 68). El segundo punto de la cita anterior se liga con el argumento de Strachan de que para los contemporáneos no era una guerra sin sentido. Tenía sentido oponerse a la agresión alemana.

En esa línea, más adelante en la guerra, y aunque ya no creyera en ella, Graves tampoco se hace pacifista. Sin glorificar la guerra, no muestra el espíritu antibélico que le asignamos a los escritores después de haber leído a la generación perdida y los poetas de la guerra, muchos de los cuales fueron amigos de Graves. La mayoría de los escritores de la época fueron o hubieran ido a la guerra, dice Graves, más allá de que “ninguno de ellos ahora creía en la guerra” (p. 258). Sin duda se generó un quiebre entre los combatientes y los civiles: “Inglaterra se veía extraña para nosotros, los soldados retornados. No podíamos entender la locura bélica rampante por todos lados en busca de una salida seudo-militar” (p. 237). Pero cuando su entonces amigo el poeta Siegfrid Sassoon publicó una carta en contra de la guerra, en parte motivado por “los pacifistas”, Graves salió no tanto a defender a Sassoon, sino a minimizar la carta, intentar que pasara debajo del radar.

La experiencia militar y civil sin duda era radicalmente distinta. Los soldados no peleaban por patriotismo o por dios, como suponían muchos civiles, sino por sus compañeros y sus regimientos: “estábamos todos de acuerdo en que el orgullo del regimiento seguía siendo la fuerza moral más fuerte que mantenía al batallón como una unidad bélica efectiva; en contraste especialmente con el patriotismo y la religión. El patriotismo, en las trincheras, era un sentimiento demasiado remoto (….) [y] Apenas un soldado cada cien estaba inspirado por sentimientos religiosos incluso de su forma más primitiva” (p. 196-197).

El otro punto en el que la mirada subjetiva de Graves apoya a la visión de Strachan es que, aunque las trincheras fueran prácticamente fijas, la forma de pelear fue cambiando a lo largo de los años. Relata la inutilidad del adiestramiento inicial: “En Wrexham, los subtenientes como yo aprendíamos la historia del regimiento, instrucción, tiro, tácticas de campo de la Guerra de los Boer, derecho y organización militar, cómo reconocer los toques de clarines, cómo operar una ametralladora y la conducta a seguir en ocasiones formales. No cavamos trincheras, no manipulamos bombas, pensábamos en la compañía, y no en el pelotón, y mucho menos en la sección, como la unidad táctica independiente más pequeña” (p. 83). Y describe así los primeros meses: “Eran los primeros tiempos de la guerra de trincheras, los días de la granada de lata de mermelada y el mortero de trinchera improvisado: todavía inocentes a las ametralladoras Lewis o los morteros Stokes, los cascos de metal, las miras de rifle telescópicas, las bombas de gas, los búnkeres, tanques, los asaltos a trincheras bien organizados y todos los demás refinamientos tardíos de la guerra de trincheras” (p. 97).

(Ligado con lo anterior. En un momento de la guerra, tras recuperarse luego de quedar al borde de la muerte por una herida, Graves fue destacado en Inglaterra para adiestrar oficiales. Graves señala que la forma de detectar buenos candidatos era verlos hacer deporte: “Realizábamos nuestra selección final viendo a los candidatos jugar, especialmente rugby y fútbol. El tipo de candidato que necesitábamos era el de los que eran duros, pero no sucios, en el juego y aquellos que tenían reacciones rápidas, y pasábamos la mayor parte del tiempo libre jugando con ellos” – p. 256).

Desde su unidad también se ve, por momentos, el debate entre los objetivos de quebrar la línea enemiga o de ganar por atrición del enemigo. Y, como también señala Strachan, todo el tiempo siguieron pensando que la guerra duraría poco tiempo más (p. 137).

En lo que hay una gran diferencia es en la idea de las proporciones de las bajas. Según Strachan, entre 1914 y 1918, del total de los británicos bajo bandera, murieron alrededor de 12%. La mirada subjetiva de Graves es mucho peor, en parte porque mucha de la gente que él conoció era de las categorías más expuestas: jóvenes oficiales. “Al menos uno de cada tres de mi generación en la escuela murió; porque todos tomaron comisiones [como oficiales] tan pronto como pudieron, la mayoría en la infantería y en el Royal Flying Corps. La expectativa de vida promedio de un subalterno de infantería en el Frente Occidental era, en ciertas etapas de la guerra, de sólo unos tres meses; para ese tiempo él habría sido o bien herido o muerto.” (p. 60). Algo similar dice considerando su regimiento, los Royal Welch Fusiliers: calcula que entre 15.000 y 20.000 hombres pasaron por dos batallones que nunca tuvieron más de 800 hombres (p.92).

Finalmente están los efectos de la guerra sobre Graves. Al volver “no sólo no tenía experiencia de una vida civil independiente, habiendo ido directo de la escuela al ejército: todavía estaba organizado mentalmente y nerviosamente para la guerra. Las bombas explotaban en mi cama a medianoche, aún cuando la compartiera con Nancy; durante el día cualquier extraño asumía la cara de amigos que habían muerto. Cuando ya tuve suficiente fuerza para subir la colina detrás de Harlech y volver a visitar mi tierra favorita, no podía dejar de verla como un posible campo de batalla” (p. 298). Graves cuenta que esas pesadillas de día no lo dejaron hasta 1928, y agrega que “Las escenas eran casi siempre recuerdos de mis primeros cuatro meses en Francia; el aparato de registro de emociones parece haber fallado después de [la batalla de] Loos” (p. 205). Durante mucho tiempo intentó deshacerse de ese veneno escribiendo una novela sobre la guerra, decidiendo finalmente escribirlo como memorias, “avergonzado de haber distorsionado el material con un argumento” (p. 333).

Goodbye to All That me parece un librazo. Las memorias de un tipo que murió en 1985 (algo que para mí es totalmente relacionable), pero que vivió todo eso. Un tipo educado en el mundo victoriano del deber y la ética familiar y sexual de esa época, que conoció a todos los escritores de esa época y en cuya biografía, como en muchas otras, se ve el quiebre de todo ese mundo.

 

Originales de las citas

“a conditioning in the Protestant morality of the English governing classes, though qualified by mixed blood, a rebellious nature, and an overriding poetic obsession, is not easily” (p. 360).

“I had just finished with Charterhouse and gone up to Harlech, when England declared war on Germany. A day or two later I decided to enlist. In the first place, though the papers predicted only a very short war – over by Christmas at the outside – I hoped that it might last long enough to delay my going to Oxford in October, which I dreaded. Nor did I work out the possibilities of getting actively engaged in the fighting, expecting garrison service at home, while the regular forces were away. In the second place, I was outraged to read of the Germans’ cynical violation of Belgian neutrality” (p. 68).

“England looked strange to us returned soldiers. We could not understand the war-madness that ran wild everywhere, looking for a pseudo-military outlet” (p. 237).

“we all agreed that regimental pride remained the strongest moral force that kept a battalion going as an effective fighting unit; contrasting it particularly with patriotism and religion. Patriotism, in the trenches, was too remote a sentiment (…) Hardly one soldier in a hundred was inspired by religious feeling of even the crudest kind” (p. 156-157).

“At Wrexham, we second-lieutenants learned regimental history, drill, musketry, Boer War field-tactics, military law and organization, how to recognize bugle calls, how to work a machine-gun, and how to conduct ourselves on formal occasions. We dug no trenches, handled no bombs, thought of the company, not of the platoon, still less of the section, as the smallest independent tactical unit” (p. 83).

“Those were early days of trench warfare, the days of the jam-tin bomb and the gas-pipe trench-mortar: still innocent of Lewis or Stokes guns, steel helmets, telescopic rifle-sights, gas-shells, pill-boxes, tanks, well-organized trench-raids, or any of the later refinements of trench warfare” (p. 97).

“Our final selection was made by watching the candidates play games, principally rugger and soccer. Those who played rough but not dirty, and had quick reactions, were the sort needed, and we spent most of our spare time playing games with them” (p. 256).

“At least one in three of my generation at school died; because they all took commissions as soon as they could, most of them in the infantry and Royal Flying Corps. The average life expectancy of an infantry subaltern on the Western Front was, at some stages of the war, only about three months; by which time he had been either wounded or killed” (p. 60).

“not only did I have no experience of independent civilian life, having gone straight from school into the army: I was still mentally and nervously organized for war. Shells used to come bursting on my bed at midnight, even though Nancy shared it with me; strangers in daytime would assume the faces of friends who had been killed. When strong enough to climb the hill behind Harlech and revisit my favourite country, I could not help seeing it as a prospective battlefield” (p. 298).

“These day-dreams persisted like an alternate life and did not leave me until well in 1928. The scenes were nearly always recollections of my first four months in France; the emotion-recording apparatus seemed to have failed after Loos” (p. 305).

“I made several attempts during these years to rid myself of the poison of war memories by finishing my novel, but had to abandon it – ashamed at having distorted my material with a plot, and yet not sure enough of myself to turn it back into undisguised history, as here” (p. 333).

 

Otras citas

“Aldous was unfit, otherwise he would certainly have been in the army like Osbert and Sacheverell Sitwell, Herbert Read, Siegfried, Wilfred Owen, myself, and most other young writers of the time, none of whom now believed in the war.” / “Aldous [Huxley] no era apto, de lo contrario sin duda hubiera estado en el ejército como Osbert y Sacheverell Sitwell, Herbert Read, Siegfried [Sassoon], Wilfred Owen y yo, como la mayoría de los escritores jóvenes de la época, ninguno de los cuales creía ahora en la guerra” (p. 258).

“At no time in the war did any of us believe that hostilities could possibly continue more than another nine months or a year, so it seemed almost worth while taking care; there might even be a chance of lasting until the end absolutely unhurt.” / “Ninguno de nosotros creíamos en ningún momento de la guerra que las hostilidades pudieran continuar por más de nueve meses o un año, así que casi que parecía tener sentido cuidarse; hasta podía ver una chance de durar hasta el final sin ningún tipo de herida” (p. 137).

“Apart from wounds, gas, and the accidents of war, the life of the trench soldier could not be called unhealthy while his ductless glands still functioned well. Plentiful food and hard work in the open air made up for the discomfort of wet feet, wet clothes, and draughty billets. A continual need for alertness discouraged minor illnesses” / “Sin contar las heridas, el gas y los accidentes de la guerra, la vida del soldado de trincheras no puede ser calificada de no saludable mientras sus glándulas sin conductos aún funcionaran adecuadamente. Mucha comida y trabajo duro en al aire libre compensaban la molestia de pies mojados, ropa mojada y alojamientos ventosos” (p. 179).

“The embarrassments of our wedding-night (Nancy and I being both virgins) were somewhat eased by an air-raid: Zeppelin bombs dropping not far off set the hotel in an uproar.” / “Las vergüenzas de nuestra noche de bodas (siendo tanto Nancy como yo vírgenes) fueron aliviadas en cierta medida por un ataque aéreo: las bombas de Zeppelin que cayeron no demasiado lejos produjeron gran alboroto en el hotel” (p. 284).

lunes, 26 de enero de 2026

Clásico vigente

 


Leí Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, libro que había leído ya hace tanto tiempo que todavía no tenía este blog.

Voy a coordinar un taller de lectura sobre novelas relacionadas con la Primera Guerra Mundial, y voy a cerrar con esta novela. Aunque no trata directamente sobre la guerra, la guerra está permanentemente en el aire en esta historia, que ocurre en un día de Londres en 1923. Uno de los personajes clave, el contrapunto de Clarissa Dalloway, es un excombatiente que sufre lo que por esa época comenzaba a conocerse como shell shock y hoy se denominaría estrés post-traumático.

La guerra no sólo está ahí por este personaje (Septimus) y otros que hacen referencia a ella, sino que hay de alguna manera un salto atrás permanentemente en la conciencia de todos los personajes a un pasado casi idílico. No dicen “antes de la guerra”, pero es “antes de la guerra”, cuando Clarrisa y Peter Walsh y casi todos los personajes pasaban veranos en Bourton, la casa de campo de la familia de ella.

Mrs. Dalloway es considerada un clásico del modernismo (otros autores modernistas son Joyce, T.S. Eliot y, ahí cerquita, John Dos Passos). La novela se construye con el fluir de conciencia (típico del modernismo) de distintos personajes mientras van durante ese día por distintos lugares de Londres. La fragmentación, característica típica del modernismo, se da no sólo a través de los distintos personajes, sino un poco también porque ninguno es monolítico: todos van cambiando, todos van cambiando de idea sobre las mismas cosas, con un foco en la subjetividad de cada uno de ellos.

La leí en unos pocos días, dejando que fluyera, sin concentrarme demasiado en cada ida y vuelta, un poco porque sabía que la voy a volver a leer, con mucha más atención y con la computadora en frente, en unos pocos meses cuando esté terminando el taller. Es cierto que alguien que la lea por primera vez y que no se quiera perder nada podría requerir de más atención, pero igual me parece que es un libro hermoso que se lee super bien cien años después.

lunes, 19 de enero de 2026

Nueva historia de una vieja guerra


Leí The First World War: A New History, de Hew Strachan, y un poco me da la sensación de que ahora sé menos que antes de leerlo. En rigor, claro, eso es una buena señal: lo que me deja el libro es que lo que creía que sabía era muy simplificado y en cierto sentido equivocado.

Quizás el punto principal de Strachan es que esa idea que tenemos muchos de que la Primera Guerra Mundial fue una carnicería sin sentido es una interpretación muy simplificada y que no representa cómo la vivieron millones de personas: “buscamos recuperar las miradas de la guerra prevalecientes antes de que cayera en manos de los escritores y novelistas de finales de la década de 1920” (l. 5122). También se cree que tuvo menos sentido porque la guerra que vino después sí pareció “la importante”. Pero la primera guerra no careció de sentido: “se peleó porque estaban en juego temas grandes, algunos de los cuales son conceptos que siguen formando nuestros valores y nuestras miradas del mundo” (l. 5123).

La otra cosa que intenta dejar de lado Strachan es la centralidad del frente occidental. Creo que una gran mayoría de la gente al pensar en la IGM piensa en las trincheras donde Alemania intentó doblegar a Francia e Inglaterra (y después a EE. UU.). Pero la guerra empezó y casi que terminó en los Balcanes. De hecho, fue guerra mundial un poco de casualidad, porque lo que podría muy bien haber sido una guerra limitada entre Austria-Hungría y Serbia terminó escalando: ingresó Rusia del lado de Serbia, ingresó Alemania del lado de Austria-Hungría, entró Francia por su alianza con Rusia y Gran Bretaña por la invasión alemana a Bélgica.

Muchos de estos pasos podrían no haberse dado, pero se dieron y la guerra fue mundial. Al frente occidental, en Bélgica y Francia, se le agrega el oriental, entre Alemania y Austria-Hungría contra Rusia. Austria-Hungría peleaba también contra los serbios y, más adelante, contra los italianos. En los Balcanes entraron luego Bulgaria (del lado de los Poderes Centrales, derrotando a Serbia) y Rumania (del lado de la Entente, contra Bulgaria, siendo derrotada por ellos y los Austor-húngaros). Además, británicos y franceses entraron también en los Balcanes (Salónica, Galípoli). Los alemanes pelearon contra franceses e ingleses en distintos lugares de África. El Imperio Otomano entró con los poderes centrales en Medio Oriente (contra franceses e ingleses). Japón entró del lado de la Entente y le sacó algunas posesiones a Alemania en China. Y hubo guerra naval en el Pacífico y en el Atlántico, y una gran batalla naval a la salida del Báltico.

Fue mucho más que las trincheras de Flanders militarmente y más también. Porque fue “guerra total”, que movilizó a todas la sociedades beligerantes, las industrias fueron reconvertidas, más mujeres entraron a la fuerza laboral y sobre todo al sector industrial. De hecho, los frentes internos tuvieron consecuencias en el frente: en Rusia derivó en la caída del zar y la revolución bolchevique, pero también hubo momentos cuasi revolucionarios en Alemania y Austria, y esa es una de las razones por las que Alemania despuso las armas a pesar de que seguía controlando territorios enemigos en ambos frentes. 

Strachan define a la guerra como “revolucionaria” porque sin dudas cambió el mundo como pocas otras cosas en la historia. “La Primera Guerra rompió los imperios de Alemania, Rusia, Austria-Hungría y Turquía. Motorizó la Revolución Rusa y se constituyó como los cimientos de la Unión Soviética; forzó a un renuente Estados Unidos hacia el escenario internacional y le dio nueva vida al liberalismo. En los bordes de Europa puso las semillas para el conflicto en Medio Oriente. En pocas palabras, le dio forma no sólo a la Europa sino al mundo del siglo veinte. Enfáticamente no fue una guerra sin sentido o propósito.” (l. 5088).

Revisando todo lo que leí, y más allá de que me queda todo un poco revuelto, entiendo que eso es normal porque fue un proceso realmente complejo y confuso. En ese sentido, pensándolo, me parece realmente increíble cómo Strachan va hilvanando toda esa gran cantidad de temas y los frentes de la guerra en una narrativa coherente. Tendré que leer más, pero es una gran lectura.


lunes, 12 de enero de 2026

Y punto



Hace un mes en un grupo con el que hago teatro nombraron a otra persona como “el nerd del grupo” y un poco me ofendí. ¿Cómo va a ser Tomi más nerd que yo? Bueno, ahora tengo una prueba irrefutable de nerditud: me regalaron un libro sobre la historia de la puntuación. Más aún, lo leí; entero. Se trata de Cómo la puntuación cambió la historia, de Bard Borch Michaelsen (traducción del noruego de Christian Kupchik).

El argumento central del libro es que la puntuación es “la coronación final de los lenguajes escritos en Europa (…) no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental” (p. 14). Los primierostextosseescribíanasí, sin espacios y sin signos de puntuación; eso venía asociado con la lectura en voz alta, donde una persona, normalmente dotada de cierta jerarquía, como un cura, interpretaba cómo debía ser leído un texto. La incorporación de espacios y signos permite pasar a la lectura silenciosa e individual: al “disponerse de manera accesible, de conformidad con las convenciones relacionadas con la puntuación”, los libros podían ser comprendidos por cualquiera.

El libro también trae una breve historia de la puntuación. Un hito se da en Egipto, donde Aristófanes de Bizancio (257-180 a. C.) desarrolla “el primer sistema de puntuación del mundo” (p. 23), con tres distinctiones que marcaban tres tipos de pausas distintas a realizar en el texto. Gran parte de eso se perdió, aunque algo se mantuvo en los monasterios irlandeses. El segundo hito es Alcuino de York (735-804 d. C.), quien trabajaba para Carlomagno y creó un sistema similar al de Aristófanes, con una distinctio (como el punto) y una subdistinctio (como la coma). Algo similar creó Boncompagno da Signa (ca. 1170-1240), con una vírgula planus - (afín al punto) y una vírgula suspensiva / (afín a la coma).

El verdadero héroe, sin embargo, sería Aldo Manuzio (1449/50-1515), un impresor al que Michaelsen equipara con Steve Jobs: “Gutemberg inventó el arte de la impresión, pero fue Manuzio quien hizo uso de esa tecnología y la desarrolló aún más” (p. 50). “Lo que llevó a cabo Manuzio en 1514 no solo fue crear nuevas formas de representar los signos de puntuación, sino también implementar la estandarización de un sistema que ayudó a hacer del lenguaje escrito un medio de comunicación fundamental” (p. 50/51). Su nieto Aldo publicó en 1566 el primer manual de puntuación, donde se indicaba que “el propósito de las comas, puntos, dos puntos y punto y coma era aclarar la sintaxis, es decir, la forma en que estaban estructuradas las oraciones”; y que el propósito no era “retórico”, es decir, indicaciones sobre cómo leer en voz alta los textos. El debate de las funciones (retórica o gramática) sigue hasta cierto punto hasta nuestros días.

La segunda parte del libro recorre los distintos signos (punto, punto y coma, coma, signos de exclamación e interrogación,) describiendo un poco para qué sirve y contando algo de la historia. Por momentos Michaelsen parece querer ser gracioso, pero no le sale mucho, queda un poco goofy y se repite un poco. Y en la tercera parte un poco que vuelve a todos los temas vistos anteriormente, por lo que me da la impresión que más que un libro, debió haber sido un artículo largo. En definitiva, la idea central es que “Los códigos comunes del lenguaje fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años, y el sistema de puntuación común una de sus bases fundamentales” (p. 154). La tesis tiene sentido en términos generales, pero me parece un poco exagerada.

Igual me divirtió, porque soy un nerd, claro.


lunes, 5 de enero de 2026

Lecturas 2025

En 2025 leí bastante, y bastante mejor que el año pasado.

En lo estadístico, leí 40 libros, convirtiéndose en el máximo desde que sigo mis lecturas en este blog (¡2012!). Con este año, el promedio llega a 31,5 libros por año, con un mínimo de 22 (2022) y un máximo de 40 (2025). Poco menos de tres cada cuatro fueron libros de ficción. En términos de género, casi dos cada tres fueron de autores varones (el promedio desde 2012 es 76%). Y también casi dos de cada tres libros fueron en idioma inglés (el promedio desde 2012 es 56%). El cuadrante mujeres en español fue casi siempre el más bajo, lo que me llevó por momentos a buscar explícitamente leer más mujeres en español: en 7 de los 13 años no llegué al 10%. Este año, con 18% de las lecturas siendo de mujeres en español, está claramente por encima del promedio.

Hoy diría que los cinco libros que más disfruté fueron los siguientes:

Consider the Lobster, de David Foster Wallace;

Kingmaker, de Sonia Purnell;

The Heart in Winter, de Kevin Barry;

Walk the Blue Fields, de Claire Keegan; y

The Road, Cormac McCarthy.

Cierro con mis deseos de buenas lecturas para mis preciados (y no sólo por su reducido número) lectores.