lunes, 16 de marzo de 2026

Segundas partes…

 


Leí The Way Back, de Erich Maria Remarque, secuela de All Quiet on the Western Front, y debo decir que cumplió con la vieja idea de que las segundas partes difícilmente están a la altura de las originales.

All Quiet… nos cuenta la guerra desde la perspectiva de un grupo de estudiantes que se convierten en soldados, y nos describe un poco qué hizo la guerra con estos muchachos, en una perspectiva muy generacional. The Way Back sigue a esos muchachos –aunque muchos estén muertos y los nombres cambien, son en términos generales los mismos– en su regreso a casa y sus primeros meses de vuelta. Y lo que pasa con ellos no es bueno: son pocos los que pueden ajustarse de nuevo a la vida civil; uno de ellos asesina a un hombre que le saca la novia, dos se suicidan, casi todos tienen desajustes psicológicos de mayor o menor magnitud. (Una escena muy buena es cuando Ernst lleva al perro que se trajo de las trincheras por un campo y el perro, sin que nadie le enseñe nada, logra conducir a unas ovejas instintivamente; para la mayoría de los soldados, no hay nada instintivo en la reinserción al mundo civil).

Los temas principales ya estaban en All Quiet…: los tremendos efectos físicos y psicológicos de la guerra sobre esta generación; la pérdida de autoridad de la generación anterior; el cisma que se abre entre civiles y soldados; el vínculo que se forma entre quienes luchan juntos (aunque en The Way Back no es cómo se forma, sino cómo se rompe o erosiona ese vínculo). No hay mucho nuevo acá.

En “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins comenta que, aunque pocos lo hubieran visto, “All Quiet… no era un libro sobre los eventos de la guerra –no eran memorias– sino una declaración enojada hecha después de la guerra sobre los efectos de la guerra sobre la joven generación que la había vivido”. Más aún, dice que Remarque encuentra en la experiencia de la guerra una explicación sobre un malestar personal que, de hecho, era anterior a la guerra: “La novela era una emocionada condena, una aseveración de instinto, un cri d'angoisse de una persona descontenta, de un hombre que no podía encontrar su nicho en la sociedad o las profesiones”, y que tenía, según Eksteins, esa predisposición antes de la guerra (como un poco la tenían los narradores de ambas novelas).

The Way Back es básicamente más de eso. Pero perdiendo lo mejor de All Quiet… La novela inicial tiene el gran logro de mostrarnos estas cosas sin gritárnoslas en la cara. Nos lo muestra a través de un conjunto de escenas, en un lenguaje muy directo, en primera persona (salvo el último párrafo) y en presente, a lo sumo con algunos pensamientos del personaje principal. Acá se lo grita, se lo declama, un poco como se declama la necesidad de que la guerra termine en una revolución social en Le Feu de Barbusse y One Man’s Initiation: 1917 de Dos Passos. Y de pronto pierde la narración en primera persona de Ernst Birkholz, sin mucho sentido, en mi humilde opinión.

Son pocas las escenas en las que siento que nos muestra bien lo que nos quiere mostrar. La escena con los maestros está bastante bien; allí el director de la escuela a la que vuelven hace un discurso con la típica pompa prebélica sobre los héroes caídos que duermen un “sueño eterno” bajo “verdes céspedes”; Willy le responde: “Verdes céspedes… verdes céspedes (…) ¿Sueño eterno? Están tirados en la basura en el fondo de un cráter de bomba, hechos pedazos, desgarrados, hundidos en una ciénaga… ¡Verdes céspedes! ¿Qué piensa que es esto, un ensayo de himnos religiosos?” (p. 103). En cambio, en la escena del juicio Ernst hace un discurso larguísimo sobre la generación perdida. “Escúchenme, se los voy a gritar lo más fuerte que pueda: ¡la juventud del mundo se levantó, y en todos los países pensaron que peleaban por la libertad! Y en todos los países fueron engañados y abusados, en todos los países estaban peleando por intereses creados y no por ideas, en todos los países fueron acribillados y se destruyeron los unos a los otros. (…) Se ha aniquilado a una generación. ¡Una generación llena de esperanza, convicción, voluntad, fuerza y habilidad, todos hipnotizados en dispararse los unos a los otros, aunque todos tenían los mismos objetivos en los diferentes países!” (p. 179). Un poco demasiado.

Al final, sin embargo, Ernst parece poder ajustarse, o al menos encontrar la punta del ovillo. En la última escena está en una posada y parece decidir algo, aunque es bastante poco claro: “Quiero trabajar sobre mí mismo y estar preparado, quiero usar mis manos y mis pensamientos, no quiero tomarme a mí mismo demasiado en serio, y voy a seguir incluso cuando algunas veces simplemente quiera parar. Hay mucho que hay que reconstruir, y casi todo debe ser reparado, hay trabajo por hacer, y cosas que hay que volver a excavar, cosas que fueron enterradas en los años de las bombas y las balas de las ametralladoras. No todos debemos estar en el primer plano, también serán necesarias manos menos poderosas y fuerzas menores. Ahí es donde buscaré mi lugar en todo esto. Y entonces los muertos harán silencio y el pasado dejará de perseguirme y comenzará a ayudarme.” Y ahí Ernst no es tanto Ernst, ni Paul Bäumer, el de All Quiet… sino, me parece, el propio Remarque decidiendo dedicarse a escribir libros pacifistas sin tomarse a sí mismo demasiado en serio.

 

Originales de las citas usadas

“Very few contemporary reviewers noted, and even later critics have generally ignored, that All Quiet was not a book about the events of the war - it was not a memoir'4- but an angry postwar statement about the effects of the war on the young generation that lived through it.”

“The novel was an emotive condemnation, an assertion of instinct, a cri d'angoisse from a malcontent, a man who could not find his niche in society or the professions.”

“‘Verdant grasses – verdant grasses,’ he stutters. ‘Eternal sleep? They’re lying in the filth at the bottom of a shell-hole, shot to pieces, ripped apart, sunk down in a bog – verdant grasses! What do you think this is, hymn practice?’” (p. 103).

“‘Listen to me, I’ll shout it at you as loudly as I can: the youth of the world rose up, and in every country they thought they were fighting for freedom! And in every country they were deceived and abused, in every country they were fighting for vested interests rather than for ideas, in every country they were mown down, and they destroyed each other. (…) A generation has been wiped out. A generation full of hope, belief, will, strength and ability, all hypnotised into shooting one another down, even though they all had the same goals in all the different countries!’” (p. 179).

“I want to work on myself and be ready, I want to use my hands and my thoughts, I don’t want to take myself too seriously, and I’ll carry on even when sometimes I might want just to stop. There is a lot to be built up again, and practically everything to repair, there is work to be done, and things to be dug out again that were buried in the years of shellfire and machine-gun bullets. Not everyone needs to be at the forefront, less powerful hands and smaller strengths will also be needed. That’s where I’ll look for my place in it all. Then the dead will be silent and the past will stop persecuting me and start to help me.” (p. 284).

 

Otras citas

“Ella veía a la guerra simplemente como una horda de animales peligrosos que amenazaban la vida de su niño en peligro. Nunca le pasó por la cabeza que su niño en peligro podía ser un animal igualmente amenazante para los noños de otras madres. Saco la mirada de sus manos y miro las mías. Con ellas apuñalé a un francés en mayo de 1917. (…) ‘Ernst’, me dice suavemente, ‘te quería decir esto hace mucho tiempo: cambiaste mucho. Estás tan inquieto’. Sí, pienso amargamente, he cambiado. ¿Cuánto me conocés realmente, madre? Sólo tenés un recuerdo, nada más que un recuerdo del joven silencioso y soñador que solía ser. Nunca, jamás, deberías saber lo de los últimos años, nunca deberías siquiera sospechar cómo fue realmente y en qué me convirtió. La más pequeña porción de eso te rompería el corazón, dado que estás temblando de vergüenza por una única vulgaridad que ya te sacudió la imagen que tenías de mí” (p. 121).

“She saw the war simply as being like a horde of dangerous animals, threatening the life of her endangered child. It never entered her head that her endangered child might be an equally threatening animal as far as other mothers’ children were concerned. I look away from her hands and down at my own. In May 1917 I stabbed a Frenchman with them. (…) ‘Ernst,’ she says softly, ‘I’ve wanted to say this for a long time: you’ve changed a lot. You’ve become so restless.’ Yes, I think bitterly, I’ve changed. How well do you actually know me now, Mother? All you have is a memory, nothing more than the memory of the quiet and dreamy youngster I used to be. You must never, ever find out about the last few years, you must never even suspect what it was really like and what it turned me into. The tiniest fraction of it would break your heart, since you are trembling with shame at a single vulgarity which has already shaken your image of me.” (p. 121).

lunes, 9 de marzo de 2026

Bildungsroman revolucionario

 


Leí One Man’s Initiation: 1917, de John Doss Passos, un libro sobre la Primera Guerra Mundial y sobre el germen revolucionario que despertó en una generación.

Hace unos años leí bastante de Dos Passos, pero como fue antes de que existiera este blog, que ya cumplió quince años, no tengo registro de esas lecturas. (Lo cual es, claro, una confirmación de que este blog es un gran recurso para mí como lector). Recuerdo que leí Three Soldiers, la USA Trilogy y Manhattan Transfer y recuerdo que me impresionó particularmente este último libro, ícono modernista que tengo ganas de releer: me olvidé mucho, pero lo que más recuerdo es el uso de muchas voces, y de voces que replican el acento de los inmigrantes, que al leer sabías si hablaba un irlandés o un italiano.

Como Vargas Llosa, Dos Passos es un autor que comenzó su vida o su carrera de escritor del lado de la izquierda y lo terminó firmemente en la derecha. (Mihente). Y One Man’s Initiation: 1917 es claramente un libro de la juventud, en el que a fin de cuentas se piensa a la guerra como una iniciación que haría que toda una generación se volcara a la revolución. Y un poco pasó, claro. Más allá de la revolución rusa, exitosa en conquistar el poder y retenerlo durante décadas, hubo intentos revolucionarios de mayor o menor fuerza en prácticamente toda Europa con efectos diversos. Esto está muy presente en la literatura de la Primera Guerra Mundial: Le Feu, de Barbusse, que Dos Passos leyó mientras era ambulancista durante la guerra, termina siendo un alegato comunista; The Way Back, la “continuación” de Sin novedad en el frente, de Remarque, relata la extrañeza de los soldados que retornan y se encuentran con Alemania en estado revolucionario. Entiendo que en The Case of Sergeant Grischa de Arnold Zweig y Men in Battle de Andreas Latzko también hay personajes que promueven activamente revoluciones.

Algo así pasa en One Man’s Initiation: 1917. El personaje principal, Martin Howe, comienza el libro en el barco que lo llevará a Europa, feliz de ser parte de la guerra en el servicio de ambulancias: “Martin está estirado en la cubierta en la popa del barco con un libro sin abrir a su lado. Nunca en su vida ha estado tan feliz. El futuro no es nada para él, el pasado no es nada para él” (p. 2). Es una imagen común: jóvenes de toda Europa y de EE. UU. yendo a la aventura. En la “iniciación” que supone la guerra, Martin perderá inocencia y parece ganar fe en la revolución socialista.

El tema de la pérdida de inocencia no es el único que nos remite a otros libros sobre la guerra. Está el aburrimiento, el tiempo de espera para que ocurra algo y lo que hacen los hombres para soportarlo; la angustia por matar a otro hombre, sobre todo si es mano a mano; la desacralización de la muerte –como en All Quiet… con el tema de qué hacer con las botas de un muerto–; el ridículo y el azar. Pero no es tanto un libro sobre la guerra, sino sobre lo que implica políticamente.

La idea de iniciación es, primero, individual, de Howe: “Voy a hacer algo algún día, pero primero tengo que ver. Quiero ser iniciado en todos los círculos del infierno” (p. 47), le dice a Merrier, el aspirante a oficial, cuando se conocen. También es generacional, es el de una generación que tiene un despertar y que va a hacer algo con eso, una revolución. Y es también, aunque no sea bueno para la izquierda, la de un país, un país que ha sido iniciado para el mal; en palabras de Tom Randolph, el amigo de Howe, “nuestra entrada a la guerra es una tragedia. (…) Ahora somos una nación militar, un pirata organizado como Francia e Inglaterra y Alemania” (p. 80). Parece raro hoy, en medio de la guerra con Irán, pero hasta esta guerra EE. UU. vivía en cierta aislación del mundo (aunque menor de la que creían). Esta cita ilustra muy bien que la Primera Guerra Mundial marca la entrada de EE. UU. al escenario internacional, en un papel que sólo crecerá en los cien años que le siguen.

Randolph dice eso en la escena ideológicamente central del libro. Randolph y Howe entran a una casa de campo y se encuentran con cuatro soldados franceses, con quienes tienen un largo diálogo político. Hay un anarquista, Lully, que dice que al abolir la propiedad se elimina al Estado y la guerra. Está Chenier, el normando, quien comienza diciendo que la única solución es el gobierno de la Iglesia. Está Merrier, que es socialista y quiere la extinción de los ricos, y que tiene “demasiada poca fe para ser anarquista, pero (…) demasiada para creer en la religión” (p. 84). Y Dubois, quien, cansado de tantas palabras, pide acción y cuenta que tiene un arma alemana con 300 balas para aportar a la revolución. Todos terminan acordando, brindan “Por la revolución, la anarquía y el estado socialista” (p. 86), y Howe y Randolph se van esperanzados y diciendo que deben volver a ver a estos hombres: “Con gente así no debemos desesperar de la civilización”, dice Howe (p. 87). Claro que, pocas páginas después, en el último capítulo, Howe va a asistir a un Chenier herido de muerte, quien responde a las preguntas de Howe diciendo que todos los demás ya están muertos. Quizás ahí, en ese final, está prefigurado lo que pasaría con la fe socialista de Dos Passos:

“‘Están todos muertos. Vos estás muerto, ¿o no?’

‘No, yo estoy vivo, y vos. Un poco de valor… Tenemos que poner buen humor’.

‘No por mucho. Mañana, pasado mañana…’

Y los párpados azules resbalan de nuevo sobre los ardientes ojos locos y la cara vuelve a tomar la cérea imagen de la muerte” (p. 91).

 

Originales de las citas

“Martin is stretched on the deck in the bow of the boat with an unopened book beside him. He has never been so happy in his life. The future is nothing to him, the past is nothing to him” (p. 2).

“I am going to do something some day, but first I must see. I want to be initiated in all the circles of hell” (p. 47).

“To me our entrance into the war is a tragedy (…) Now we’re a military nation, an organised pirate like France and England and Germany” (p. 80).

“I have too little faith to be an anarchist, but I have too much to believe in religion” (p. 84).

“‘To Revolution, to Anarchy, to the Socialist state’, they all cried, drinking down the last of the champagne” (p. 86).

“‘With people like that we needn't despair of civilisation’,” said Howe.” (p. 87).

“‘Everybody's dead. You're dead, aren't you?’

‘No, I'm alive, and you. A little courage.... We must be cheerful.’

‘It's not for long. To-morrow, the next day....’

The blue eyelids slip back over the crazy burning eyes and the face takes on again the waxen look of death” (p. 91).



 

lunes, 2 de marzo de 2026

Fútbol, fútbol, fútbol

 


Leí Fútbol, eclipse de la razón, de Diego Vannucchi, con quien creo que compartimos el amor por el fútbol, pero no las ideas políticas (ampliaremos).

El libro me lo regaló mi esposa, después de una visita a una librería especial. ¡Qué lindas las librerías especiales, con magia! Creo que le bastó el título para decidir el regalo: después de más de treinta años juntos, todavía, creo, no logra comprender cómo su marido, una persona muy racional, casi nerd, puede convertirse en un ser bastante diferente durante 90 minutos frente al televisor. El título, en ese sentido, es muy bueno: para muchos, el fútbol eclipsa momentáneamente la razón. De hecho, hace poco decidí no ir a la cancha porque tenía otros programas que me divertían más y lo consideré un avance en mi saludmental.

Además del título, el libro tiene cosas muy buenas. Es un conjunto de relatos muy relacionados con el fútbol (y algunos bastante con la política). Unos cuantos son reconstrucciones de hechos reales: “El Chino” relata el “partido fantasma” entre Chile y la URSS en 1973, y el no saludo a Pinochet de uno de los jugadores; “Berna” cuenta cómo unos militantes pusieron una bandera en contrade Videla en un partido de la selección jugado en Suiza en 1979; “El otro” recrea el cuento de Borges, pero con el día que J. J. López jugó un superclásico para Boca; “Tríptico” relata la muerte de un chico en el estadio Nacional de Lima por una bengala; “Dejarla correr” reconstruye la jugada en que Tevez lesiona a Ezequiel Ham en 2015. El resto son, hasta donde sé, ficticios (¿no lo es todo?), incluyendo picados, barrabravas, chicos que se van a probar, a veces con relatos muy realistas, otros con más realismo mágico (dobles, tiempos superpuestos). Todos se leen realmente muy bien.

En lo temático, hay, como decía, también bastante política, y política setentista. Está el que se enfrentó a Pinochet, los de la bandera, soldados jugando al fútbol en Malvinas a pesar de oficiales hijos de puta, un chico que es levantado arbitrariamente con un Ford Falcon, etc. No me molesta por estar contra Videla o Pinochet, claro, sino porque me parece que el setentismo ya está bien tratado, personalmente me aburre un poco. Habiendo dicho esto, no me molestó en la lectura, ni redujo el placer obtenido de este libro sobre una de las cosas que más me gustan en este mundo, hasta eclipsarme un poco la razón.

martes, 24 de febrero de 2026

Taller de lectura: El mejor de los mundos

 


Leyendo The Handmaid’s Tale de Margaret Atwood me puse a pensar en otras distopías que había leído y en que hay algo distópico en el aire de nuestros tiempos. Yuval Harari, por ejemplo, dice que la humanidad está en un punto de inflexión a partir del cual pueden cambiar los fundamentos no sólo de nuestras sociedades, sino hasta de nuestra biología. Con los avances de la biotecnología y la inteligencia artificial, dice, puede venir el fin del homo sapiens y la llegada de homo deus. Y otra lectura reciente, “AI 2027”, despierta el temor de un mundo dominado por dos grandes inteligencias artificiales, una en China y otra en EE. UU.

Esta confluencia me hizo querer releer algunas novelas distópicas que había leído hace ya mucho tiempo y ahí apareció la idea de este taller, en el que vamos a pensar cinco novelas en términos de la tradición de distopías, de sus propios méritos como obras literarias y de su relación con las realidades políticas y sociales en las que se escribieron. Primero pensé en ponerle algún título ligado con lo deprimente que parecía el tema. Pero después pensé que estas lecturas nos pueden hacer pensar que, al final de cuentas, este mundo, si no es el mejor de los posibles, tampoco es tan malo como algunas alternativas imaginables.

Propongo entonces seis encuentros virtuales. En el primero, más introductorio, y hasta casi “teórico”, vamos a poner un poco el marco que nos ayude a pensar estas obras. Y luego haremos cinco encuentros más, en cada uno de los cuales discutiremos una de las grandes novelas distópicas de la historia, según el siguiente detalle.

● Lunes 16 de marzo (19:30 a 21:00). Introducción y bienvenida: ¿qué es una distopía?

● Lunes 20 de abril (19:30 a 21:00). Un mundo feliz, Aldous Huxley (1932).

● Lunes 18 de mayo (19:30 a 21:00). 1984, George Orwell (1949).

● Lunes 22 de junio (19:30 a 21:00). Fahrenheit 451, Ray Bradbury (1953).

● Lunes 24 de agosto (19:30 a 21:00). El cuento de la criada, Margaret Atwood (1985).

● Lunes 21 de septiembre (19:30 a 21:00). La carretera, Cormac McCarthy (2006).

Aunque las novelas fueron escritas en inglés, las discutiremos en español y cada uno decidirá si la lee en uno u otro idioma. Además, para quienes se pierdan alguna sesión, los encuentros serán grabados para que los puedan ver asincrónicamente.

Algunas preguntas que nos pueden guiar en el camino. ¿Qué une a estas novelas? ¿Cuáles son sus diferencias? ¿Hay disparadores de las realidades sociales y políticas de sus autores para estas novelas? ¿Hay algo contra lo cual se esté escribiendo? ¿Hay algo que se esté defendiendo? ¿Hay una idea del hombre, de lo político? ¿Hay una idea de la literatura, de la palabra, del lenguaje? ¿Hay recursos literarios apoyando ese proyecto?

Si te interesa escribime a fsantillan@reddognarratives.net

lunes, 23 de febrero de 2026

Gatsby vive

 


Volví a leer después de bastante tiempo The Great Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Es una gran pequeña novela sobre sueños rotos y los límites del voluntarismo.

La volví a leer porque estoy preparando un taller de lectura sobre novelas de la Primera GuerraMundial, y la vi en un texto sobre literatura de la guerra. Eso llevó a un interesante intercambio con Gemini que comento como addenda (y con spoilers) abajo.

La historia es así: después de la guerra, Nick Carraway, un chico del Midwest, se va a Nueva York a trabajar en finanzas. Alquila una casita al lado de una mansión, y así conoce al dueño, un tal Jay Gatsby. Y Nick nos cuenta la historia de Jay, de cómo se hizo rico, de cómo se enamoró y de cómo eso no alcanzó. Porque a pesar de la guerra, las divisiones de clase son demasiado fuertes. El sueño americano es una mentira, o por lo menos tiene fuertes límites, nos dice. Mientras tanto, la novela se lee espectacular, es hermosa, y nos trasplanta por un tiempo a EE. UU. en los años veinte. No viene mal leerla y releerla.

También releí mi apunte de ese entonces y no está mal: sueños rotos, generación perdida. Ah, y leí otras cosas por ahí y sí, me gusta la idea de que en el fondo Nick es medio gay y está medio enamorado de Jay, aunque no se da del todo cuenta.

 

Discutiendo con Gemini: el cliente siempre tiene la razón

Yo no me acordaba que la guerra figurara en Gatsby; le pregunté a Gemini, la IA de Google y me dijo que sí, que era fundamental porque el hecho de que el narrador (Nick Carraway) y el personaje principal (Gatsby) hubieran combatido los ayuda a “crear un vínculo”; que la guerra le permitió a James Gatz convertirse en Jay Gatsby; que la guerra es lo que explica que hubiera perdido a Daisy en primer lugar; y que es lo que explica la atmósfera general de la novela. Concluye que “En The Great Gatsby la Primera Guerra Mundial es la causa de todo lo que ocurre.”

Si fuera Chequeado diría: EXAGERADO. Entonces le volví a preguntar. Le pregunté si no le parecía que la guerra era más el decorado que lo fundamental de la novela. Y Gemini dio mil volteretas para explicar que yo tengo razón y ella un poco también. “En la superficie, The Great Gatsby es indudablemente una novela sobre el Sueño Americano, la rígida división de clase entre los ‘viejos ricos’ y los ‘nuevos ricos’ y un romance obsesivo trágico. Absolutamente no es una ‘novela de la guerra’ en la manera en que sí lo son A Farewell to Arms de Hemingway o Three Soldiers de Dos Passos.” Pero después me dice que igual es “fundamental” como “catalizador” por tres razones: que James Gatz sólo pudo salir con Daisy porque estaba de uniforme; por el contexto de los años 20; y porque Carraway era un personaje desilusionado y por eso no vuelve al Midwest. Y concluye que la guerra es fundamental porque fue el “terremoto” que generó la fractura en la sociedad que le permitió a Gatsby ascender.

Me volvió a parecer exagerado. Y le dije que, a fin de cuentas, la victoria de Gatsby fue apenas momentánea. Que terminó muerto, por causa de Tom y Daisy Buchanan, y con sólo tres personas en el funeral. Y ahí me dio toda la razón. “Tenés toda la razón: la guerra proporcionó la ilusión de la movilidad social, pero no la realidad de ella. Le permitió a Gatsby colarse brevemente a la fiesta, pero nunca le dio realmente un asiento permanente en la mesa.”