lunes, 3 de agosto de 2026

Marines en acción

 


Nunca pensé que iba a leer libros de historia militar, pero las búsquedas a veces nos llevan a lugares inesperados. (Ahora que lo pienso, en algún momento sí leí otro libro de historia militar, "Comandos en Acción", de Isidoro Ruiz Moreno, pero antes de la existencia de este blog). El año pasado decidí coordinar un taller de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial, y así fue que estos últimos meses leí el libro de Strachan y novelas varias desde Le Feu a El Gran Gatsby, Adiós a las armas (y Fiesta), Sin novedad en el frente (y El camino de regreso), 1917, Goodbye to All That y Mrs. Dalloway. En ese camino, uno de los participantes del taller me dijo que me iba a prestar el libro de su hermano, y así fue como leí To the Limit of Endurance, de Peter Owen, teniente coronel en los Marines de EE. UU. y hermano de mi amigo.

To the Limit of Endurance relata la participación de un batallón específico de Marines en la Primera Guerra Mundial, el segundo batallón del sexto regimiento. Un batallón es una unidad de unos 1.000 soldados, generalmente compuesto por cuatro compañías de cuatro pelotones cada uno. Valiéndose de básicamente tres tipos de fuentes, Owen sigue a este batallón, el 2-6, desde su reclutamiento y entrenamiento hasta los seis enfrentamientos que tiene en el frente occidental. Las fuentes son los registros de los propios Marines, los de los regimientos alemanes que los enfrentaron en esas batallas y una cantidad de cartas y memorias de los propios combatientes.

Mi primera reacción al libro fue que me parece un verdadero logro que Owen haya podido hilvanar una narración bastante clara y llevadera de lo que ocurrió. No se lee como una novela, porque no hay prácticamente referencias a la vida interna de los personajes, pero sí como una crónica muy clara y directa. Para la historia militar, el libro tiene una importancia que yo no puedo juzgar; tercia sobre debates y discusiones de la historia de la participación de EE. UU. en la guerra y de cuestiones tácticas y operativas para las fuerzas que claramente no estoy en condiciones de juzgar. Pero para alguien que está leyendo novelas sobre la guerra, resulta más que interesante para tener una mirada más militar, si se quiere, del conflicto.

Complemento así lo que decía al comienzo. No sólo las búsquedas nos llevan a lugares extraños, sino que de esos terminamos obteniendo perspectivas que no suponíamos necesitábamos.

lunes, 13 de julio de 2026

Memorias de un guerrero

 


Leí Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los oficiales alemanes más condecorados de la Primera Guerra Mundial. Es uno de los libros que había incluido en el taller de novelas de la Gran Guerra, pero claro, no es una novela, sino memorias. Pero no unas memorias que incluyen el paso del autor por la guerra como parte de la historia más amplia del narrador, como puede ser Goodbye to All That, de Robert Graves, sino un libro absolutamente centrado en la guerra: no está el pasado ni el futuro del narrador, ni prácticamente otros personajes más que el narrador. Está la guerra. Por si queda alguna duda, el libro comienza cuando se bajan del tren en Francia y termina cuando, de regreso, Jünger recibe la medalla Pour le Meritè.

A Jünger se lo ha acusado de glorificar la guerra. No creo que sea así. También hay lugar para el reconocimiento del horror y para otros tópicos comunes de la literatura bélica (la extrañeza de que la naturaleza siga adelante en medio del horror, el papel del azar en definir si un hombre vive o muere), pero la mirada no es la de la desilusión. Jünger parece ver a la guerra como una gran aventura. Por momentos incluso casi un viaje de egresados, un grupo de muchachos que la pasan bien juntos: “Éramos cuatro oficiales, incluyendo al comandante de la compañía, y vivíamos juntos muy armoniosamente, tomando café en uno u otro de nuestros refugios, o cenando juntos, a menudo con una botella o dos, fumando, jugando a las cartas, y disfrutando de grandes conversaciones” (p. 63). Formateados por la literatura de la generación perdida, a veces nos cuesta creerlo, pero hubo otras maneras de experimentar la guerra. Para muchos hombres de clase trabajadora, la guerra era una experiencia mejor que las minas de carbón o las fábricas, y para muchos jóvenes una forma de vida excitante.

Tempestades de acero no es, sin embargo, meramente un libro de aventuras. El traductor Michael Hofmann –se recomienda muy fervientemente esta traducción y no la vieja de Basil Creighton– dice en la introducción a mi edición que se trata de una épica. Y creo que tiene razón. En varios momentos Jünger habla de la guerra como una gran aventura, como una prueba del cuerpo y espíritu del soldado. Así, dice de una patrulla: “Estas pequeñas expediciones, cuando un hombre toma su vida en sus manos, eran una buena manera de probar nuestro temple y de interrumpir la monotonía de la vida de trincheras. No hay nada peor para un soldado que el aburrimiento” (p. 88-89).

Los personajes de los libros típicos de la guerra, los de la desilusión y de la supuesta “generación perdida”, no temen el aburrimiento. Más bien rezan por un “sector tranquilo”, por un sector aburrido. Pero para Jünger no había nada peor que el aburrimiento. En otro momento dice: “Después de semanas de bombardeo, estaba por comenzar la batalla de infantería; habíamos llegado en el momento correcto” (p. 161). Los personajes de Sin novedad en el frente, por ejemplo, hubieran dicho que llegaron en el peor momento. En el prólogo a mi edición, el escritor y veterano de Vietnam Karl Marlantes se refiere a Jünger como “un soldado innato”, y algo de eso hay.

Como en las viejas épicas, la guerra es el campo donde se mide el valor de los hombres. Relacionado con esto, no hay odio al enemigo, y por momentos hasta hay admiración. Casi como si se tratara de un enfrentamiento deportivo. En un momento habla del encuentro con un oficial inglés en medio de un alto el fuego extraoficial y dice que tenían “casi una admiración de buenos deportistas el uno por el otro, y no tengo dudas de que nos hubiera gustado intercambiar mementos” (p. 57). Poco después resume: “A lo largo de la guerra siempre intenté ver a mi oponente sin animadversión, y formar una opinión de él como hombre sobre la base del coraje que mostrara. Siempre intentaría buscarlo en combate y matarlo, y no esperaba nada menos de él. Pero nunca tuve pensamientos malos sobre él” (p. 58). Es extraordinario: no tengo pensamientos malos sobre él, pero quiero matarlo.

Detrás de esas aventuras y esas pruebas está el valor del patriotismo. Como Aquiles peleando por Grecia, Jünger pelea por Alemania. Volviendo al frente después de una de sus estadías en el hospital (Jünger sufrió 14 heridas de importancia), reflexiona: “Qué país hermoso que era, y eminentemente digno de nuestra sangre y de nuestras vidas. (…) por primera vez tuve la sensación de que esta guerra era más que sólo una gran aventura” (p. 33). O, en uno de los pocos pasajes más poéticos: “Cada tanto, por la luz de una bengala, veía casco de acero contra casco de acero, hoja por hoja brillante, y me sobrecogía un sentimiento de invulnerabilidad. Podíamos ser aplastados, pero sin dudas no podríamos ser conquistados” (p. 99). Y la guerra se pelea con una sensación del honor; así, al final, cuando Alemania retrocede con acciones de tierra arrasada, Jünger lo juzga negativamente: eran “malas para la moral y el honor de los hombres. (…) hace más daño que bien para quien destruye y deshonra al soldado” (p. 128). En definitiva, es una épica, y la guerra tiene un sentido. “La batalla decisiva, el último asalto, había llegado. Aquí se decidirían los destinos de las naciones, lo que estaba en juego era el futuro del mundo. Sentía el peso de la hora, y creo que todos sentimos disolverse lo individual dentro nuestro y al miedo irse” (p. 231).

Borges leyó Tempestades de acero, pero no dejó algo escrito sobre estas memorias hasat donde sé. En 1937 sí publicó una reseña bastantecrítica sobre un ensayo de Jünger, “La guerra como una experiencia interior”. Según Borges, Jünger define allí a la guerra como “una especie de arte minoritario o de religión esotérica. Muchos son los llamados –a veces, todos: por ejemplo, durante el bombardeo de una ciudad,– y pocos, o ninguno, los elegidos”. Al mismo tiempo, le critica “la vana acumulación de metáforas insensatas”. En esa reseña Borges habla de Tempestades de acero; la llama Entre los huracanes de acero y dice “que alaba y agradece la guerra” y que era un libro “narrativo”.

En 1982 Borges visitó a Jünger en Alemania. Según el alemán, hablaron en una mezcla de alemán, español, francés e inglés sobre “Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, Don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert”. Jünger dice en sus memorias que “Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino”. Borges le habría dicho que esa lectura fue “una erupción volcánica”.

Imagino que la fascinación de Borges está en encontrar en Jünger esas dos ramas de su propia historia, la del guerrero de la rama paterna y la del escritor de la rama materna. Además, claro, del título de su obra más conocida. Como se sabe, Borges apreciaba mucho las kenningar, metáforas condensadas típica de la antigua poesía vikinga donde se reemplaza un sustantivo común con una expresión figurativa compuesta. En “Las Kenningar”, artículo publicado en Historia de la eternidad (1953), Borges da algunos ejemplos: “alimento de cuervos” es cadáver, “pradera de la gaviota” es el mar, “rocío de la espada” es la sangre y “tempestad de espadas es la batalla”.  Sabiéndolo o no, Jünger tituló su libro con un kenning, Tempestades de acero, un punto más para pensarlo como una épica, una épica nórdica moderna.

No es un libro particularmente bien escrito, no es de gran factura literaria, si se quiere. El libro pasó por un montón de ediciones que, de una manera extraña, reflejan la historia alemana de postguerra. La primera fue una edición no muy trabajada de los diarios de Jünger durante la guerra. Luego hubo una revisión muy grande, con un contenido más nacionalista. Pero con la llegada del nazismo (que buscó infructuosamente acercar a Jünger a sus fulas), el autor moderó esos aspectos. La versión final, de 1961, es sin duda mucho más trabajada que la inicial, pero sigue sin grandes valores estéticos. El gran valor es el de la autenticidad: Jünger te pone ahí adentro, te lo cuenta de primera mano, sin reflexiones filosóficas o políticas. Hay allí una verdad, y quizás por eso Borges sintió esa erupción volcánica.


Originales

“There were four of us officers, including the company commander, and we lived together very harmoniously, drinking coffee in one or other of our dugouts, or having supper together, often over a bottler or two, smoking, playing cards, and enjoying rather baronial conversations. (…) In the memory, such congenial hours made up for other days of blood, filth and work” (p. 63).

“These short expeditions, when a man takes his life in his hands, were a good means of testing our mettle and interrupting the monotony of trench life. There’s nothing worse for a soldier than boredom” (p. 88/89).

“After weeks of drumming, the infantry battle was about to begin; we had come at the right time” (p. 161).

“an almost sportsmanlike admiration for the other, and I’m sure we should have liked to exchange mementoes” (p. 57).

“Throughout the war it was always my endeavour to view my opponent without animus, and to form an opinion of him as a man on the basis of the courage he showed. I would always try and seek him out in combat and kill him, and I expected nothing else from him. But never did I entertain mean thoughts of him. When prisoners fell into my hands, later on, I felt responsible for their safety, and would always do everything in my power for them” (p. 58).

“What a beautiful country it was, and eminently worth our blood and our loves. (…) for the first time I sensed that this war was more than just a great adventure” (p. 33).

“Now and then, by the light of the flare, I saw steel helmet by steel helmet, blade by glinting blade, and I was overcome by a feeling of invulnerability. We might be crushed, but surely we could not be conquered” (p. 99).

 “They were also, we could see right away, bad for the men’s morale and honour. (…) it does more harm than good for the destroyer, and dishonours the soldier” (p. 128).

“At the sight of the dammed-up masses of men, the breakthrough appeared certain to me. (…) I was confident. The decisive battle, the last charge, was here. Here the fates of nations would be decided, what was at stake was the future of the world. I sensed the weight of the hour, and I think everyone felt the individual in them dissolve, and fear depart” (p. 231).

lunes, 15 de junio de 2026

Una hija

 


Leí ¿Y si no es suficiente?, de Maia Debowicz, uno de esos libritos chiquititos que publica Vinilo Editora (leí Yo también soy una mosca, de Esteban Serrano, El libro de las fobias, colección de autores varios y Match, de Pablo Ottonello).

Digo esto porque el formato hace al libro: Vinilo publica libritos pequeños. En este librito, Maia Debowicz piensa la relación con su padre a través de tres momentos de su relación, en tres capítulos. En el primero, “El peso de los rulos”, Maia es niña y no quiere llevar los rulos que heredó de su padre. Invierte tiempo y dinero en eliminar esa herencia: “Cada vez que pisara una peluquería tendría en la punta de la lengua el pedido de perdón por tener tanto pelo, tantos rulos. Por haber heredado el pelo de mi papá” (p. 18). Al padre no le gusta.

En el segundo, “De qué hablan los adultos”, aunque ella escribe y dibuja y no es organizada ni particularmente buena con el dinero, el padre le ofrece trabajar en su inmobiliaria, cobrando alquileres: “No entendía si lo hacía porque me conocía mucho o porque no me conocía nada”. (p. 39). Sus padres se habían separado, la relación entre padre e hija se había deteriorado, y quizás esa fue la forma de recrear una relación. No fue la mejor: “El motivo de su enojo conmigo era uno; que no me pareciera a él. Al año de trabajar juntos ya no pudo disimular esa desilusión de estar frente a frente con una hija que piensa y actúa diferente de lo que él soñó”. (p. 56).

En el tercero, “La soledad de los secretos”, el hermano del padre se enferma y ella se acerca desde otro lugar. Se termina acercando también a su nueva pareja: “Marisa nunca me había caído bien, pero una sola cosa me hizo respetarla como a ninguna otra madrastra: no hacía absolutamente nada para conquistarme” (p. 75). Como un rulo, el libro vuelve a su lugar inicial, pero llega a otro lado, y lo hace con mucha tranquilidad y gusto para el lector.

lunes, 8 de junio de 2026

Reconciliación

 


Leí A Son at the Front, de Edith Wharton, primera mujer en ganar el Premio Pulitzer, por The Age of Innocence. Wharton vivió prácticamente toda su vida entre EE. UU. y Europa, como su amigo Henry James, y su obra tiene mucho de ese tránsito cultural del Atlántico Norte. Wharton vivió además prácticamente toda la Primera Guerra Mundial en Francia; trabajó en distintas iniciativas de asistencia a refugiados y afectados por la guerra y fue una propagandista del esfuerzo bélico francés y del ingreso de EE. UU. a la guerra, campo en el que se destacan una novella, titulada The Marne y considerada un papelón por algunos críticos, y una colección de artículos titulado Fighting France.

A Son at the Front no es propaganda, aunque a veces se le parece un poco. Los libros que vengo leyendo de combatientes son, en general, bastante mesurados con el enemigo. Para este libro (para sus protagonistas si no para Wharton), los aliados son la civilización y los alemanes son la barbarie. Así, con esas palabras. Para ser propaganda, claro, debió haber sido publicada antes. Wharton empezó a escribir A Son at the Front cerca del final de la guerra, pero luego interrumpió su escritura. Después de publicar dos novelas (su obra maestra en 1920 y The Glimpses of The Moon en 1922), retomó A Son at the Front, que publicó en 1923.

A través de una tercera primera centrada en un artista, John Campton, en este libro Wharton retrata cómo se vivió la guerra en París. A Son at the Front recibió inicialmente críticas mixtas y fue relativamente exitosa comercialmente, pero pasó al olvido por décadas, en gran medida porque se consideraban no del todo válidas las miradas de la guerra que no fueran las de los soldados que la sufrieron, y que expresaran la oposición a la guerra y la desilusión generada en esa supuesta “generación perdida”. Recién en la década de 1990 se la empezó a rescatar, un poco porque se empezó a rescatar la obra de mujeres en general; y otro poco porque en la literatura sobre la guerra en particular se empezó a releer libros que presentaban otras miradas (mujeres, no combatientes, otros países además de los típicos, etc.).

En mi primera lectura, mi conclusión fue que la novela estaba bien olvidada. En esa primera lectura me molestaron algunas cosas que me siguieron molestando un poco en la segunda: el personaje principal (un misántropo mezquino y neurótico); un estilo un poco demasiado siglo XIX, adjetivado y lírico; ciertas subtramas innecesarias (la tarotista española, la interna en la sociedad de amigos de los artistas en la que participa Campton) que la alargan innecesariamente; y cierta sobre explicación de muchas cuestiones, que en parte venía por el uso de esa tercera primera.

En la segunda lectura decidí aceptar más esa tercera primera como si fuera una primera persona, y los melones se me acomodaron. Realmente creo que la novela hubiera sido mucho mejor en primera, pero aceptando más eso, y que todo lo que aparece en el libro viene en verdad de la mente de Campton, todo queda mejor. Me ayudó a eso la introducción de Julie Olin-Ammentorp en mi muy buena edición de Oxford University Press. La crítica cita allí un artículo de Wharton, “The Writing of Fiction”, donde dice que a la hora de elegir al narrador hay que pensar en una mente que nos ayude a reflejar aquello que queremos mostrar.

Haciendo eso, resulta un libro interesante para entender cómo se vivió la guerra desde París, y especialmente por la comunidad americana de París. Sobre todo, se la vio colectivamente como algo que cambió todo: “Hace dos días todavía estábamos en la vieja y tranquila Europa en la que uno podía hacer planes, contratar pasajes en trenes y vapores, discutir sobre pinturas, libros, teatros, ideas, sacar toda la plata que uno quisiera del banco (…) Y acá estaban sentados en sus mismos trajes de noche, alrededor de la misma reluciente mesa de caoba, aparentemente el mismo grupo de hombres jóvenes y viejos libres e independientes, pero en verdad prisioneros, cada uno de ellos, esposados a este espantoso matón enmascarado de la ‘Guerra’!” (p. 48). Es también una manera de ver la entrada de EE. UU. a la guerra. La parábola de Campton, que aprende a aceptar que su hijo esté peleando y a apoyar el ingreso de su país a la guerra, es la de millones de americanos.

Finalmente es una declaración de amor. A París: “La guerra seguía; París seguía. Había tenido su gran hora de resistencia cuando, sola, expuesta e indefensa, había contenido al enemigo y quebrado su fuerza” (p. 67). Y a Francia: “Una Idea: eso es lo que Francia, desde que había existido, había sido siempre en la historia de la civilización; un punto luminoso alrededor del cual podían reunirse visiones y propósitos en pugna. Y en ese sentido había sido un hogar espiritual para Campton tanto como para Dastrey; para pensadores, artistas, para todos los creadores, ella siempre había sido un segundo país. Si Francia se perdía, la civilización occidental se perdía con ella; y entontes todo aquello en lo que habían creído y lo que los había guiado moriría” (p. 211/212).

¿Es lo mejor de Wharton? Claramente mi respuesta es que no, pero vale la pena igual, sobre todo si te interesa la Primera Guerra Mundial.

 

Originales de las citas

“Two days ago they were still in the old easy Europe, a Europe in which one could make plans, engage passages on trains and steamers, argue about pictures, books, theatres, ideas, draw as much money as one chose out of the bank (…) And here they sat in their same evening clothes, about the same shining mahogany writing-table, apparently the same group of free and independent youths and elderly men, and in reality prisoners, every one of them, hand-cuffed to  this hideous masked bully of “War”!” (p. 48).

“The war went on; Paris went on. She had had her great hour of resistance, when, alone, exposed and defenceless, she had held back the enemy and broken his strength” (p. 67).

“An Idea: that was what France, ever since she had existed, had always been in the story of civilization; a luminous point about which striving visions and purposes could rally And n that sense she had been as much Campton’s spiritual home as Dastrey’s; to thinkers, artists, to all creators, she had always been a second country. If France went, Western civilization went with her; and then all they had believed in and been guided by would perish” (p. 211/212).


lunes, 1 de junio de 2026

Más Hemingway

 


Leí Men Without Women, colección de cuentos de Ernest Hemingway publicada originalmente en 1927. Es decir, después de The Sun Also Rises y antes de A Farewell to Arms (recientemente leí también A Moveable Feast, memorias póstumas).  

En el libro hay toreros y boxeadores (“The Undefeated”, “Banal Story”, “Fifty Grand”); relaciones de pareja complicadas (“Hills like white elephants”, “A Canary for One”): y soldados en el frente italiano (“In Another country”, “A Simple Enquiry”, “Now I Lay Me”). Está el famoso “The Killers” y hay un tríptico de una visita a Italia (“Che ti dice la patria”, “A Meal in Spezia” y “After the Rain” donde se critica al fascismo a la Hemingway; esto es, mostrando y no diciendo. De hecho, termina muy simplemente: “Todo el viaje había tomado apenas diez días. Naturalmente, en un viaje tan corto, no tuvimos oportunidad de ver cómo estaban las cosas para el país o para la gente” (p. 478). Hay un cuento sobre la adicción (“A Pursuit Race”), otro sobre el joven Nick Anderson penando de amor (“Ten Indians”) y un cuento escabroso sobre un cadáver (“An Alpine Idyll”) y hasta una pequeña obra de teatro en la que tres soldados van al bar de un hebreo y toman vino mientras discuten la crucifixión de Jesús.

No voy a decir nada demasiado original. Lo que se destila, primero, es el estilo económico (el show don’t tell y el iceberg). Quizás el ejemplo más claro es el de “Hills Like White Elephants”, donde una pareja discute sobre un posible aborto sin discutir y sin mencionar la posibilidad de un aborto ni un embarazo. El varón apenas dice que es una “operación realmente muy sencilla”, que casi ni es una operación. Dos ejemplos más. No dice que hace frío, sino que “En el restaurante podías ver tu respiración” (p. 475). No dice cuán fuerte pega un boxeador, sino que te lo hace escuchar: “Cada vez que se acerca, Jack lo traba, y después libera una mano y le da un uppercut, pero cuando Walcott libera sus manos le pega a Jack en el cuerpo y lo pueden escuchar afuera en la calle. Es un pegador” (p. 502).

Segundo, hay una ética detrás; algunos personajes están dentro y otros fuera del “código”. Pero no desde el dedito levantado ni siempre siendo todo claro, y con algo de fatalidad. Hay más perdedores que ganadores, pero se puede ganar al perder si se pierde de la manera correcta.

Tercero, la meticulosidad de los relatos. El gran ejemplo es “Now I Lay Me”, donde Nick Anderson está en el hospital recuperándose de una herida a kilómetros del frente y no puede dormir. Hemingway describe minuciosamente las estrategias de Nick para no volverse loco ante el insomnio generado por el estrés post traumático.

En fin, un genio a quien hay que leer siempre.

 

Originales de las citas

“The whole trip had only taken ten days. Naturally, in such a short trip. We had no opportunity to see how things were with country or the people” (p. 478).

“In the restaurant you could see your breath” (p. 475).

“Every time he gets in close, Jack ties him up, then gets one hand loose and uppercuts him, but when Walcott gets his hands loose he socks Jack in the body so they can hear it outside in the street. He’s a socker” (p. 502).