lunes, 16 de febrero de 2026

Protesto


Leí Le Feu, de Henri Barbusse, la primera gran novela de la Primera Guerra Mundial. Publicada de forma serial en 1916, en el medio de la guerra, ganó el prestigioso Prix Goncourt de ese año a pesar de ser una fuerte crítica de la guerra y del sistema social que sacrificaba a millones de jóvenes en las trincheras. Es considerada, en este sentido, una precursora de la literatura de la “generación perdida”.

Le Feu fue traducido al español como El fuego, y en inglés como Under Fire, que no es lo mismo, claro. Yo la leí en una edición que usa la traducción original al inglés, a cargo de W. Fitzwater Wray, publicada también mientras la guerra continuaba, en 1917. Mientras leía el libro pensaba que la traducción no era muy buena, y al avanzar con esta entrada del blog fui convenciéndome de ello cada vez más. Tanto que fui al original para traducir algunas citas.

Le Feu tiene como subtítulo “Journal d’une escouade”, es decir, “Diario de un escuadrón”, pero no es del todo un diario, porque no hay una sensación de una secuencia de tiempo, sino más bien una compilación de anécdotas que tocan de alguna manera muchas de las experiencias típicas que podía vivir un escuadrón en el frente occidental, cerca del camino de Bethune, cerca de donde estuvo Graves si no me equivoco. (Una gran diferencia es que Graves vivió la experiencia de un oficial de bajo rango, mientras que el narrador de Barbusse es un soldado común; de hecho, en Le Feu casi ni hay oficiales, ni para atacarlos, salvo a los que están lejos del frente). Esas experiencias son el hambre, la lluvia, los muertes, la suciedad, las esperas eternas, la llegada del correo y las cartas que se escriben, el deseo de tener “una herida buena”, las estancias lejos del frente para descanso y recuperación, las muertes de los compañeros, la creciente diferencia y extrañeza con los civiles, las licencias, pasar por un hospital de campaña, sufrir un bombardeo intenso y, claro, el asalto a una trinchera enemiga.

El libro comienza al inicio de la guerra en un sanatorio en los Alpes suizos, probablemente para tuberculosos (como el sanatorio al que iría Hans Castorp en La montaña mágica, novela que describe el espíritu y las ideas previas a la guerra, y que concluye con el joven Castorp yendo a su probable muerte en un asalto a trincheras francesas). En esta escena inicial de Le Feu, enfermos de distintos lugares de Europa piensan correctamente, como lo sintieron tantas personas, que era un momento de quiebre para el continente y el mundo. Y también, como tantos otros, y equivocadamente, que sería la guerra para terminar con la guerra. Es un diálogo fragmentado, sin identificar personajes, algo que se repite a lo largo del libro y que es un rasgo del modernismo que estaba llegando: “¡Guerra! Algunos de los inválidos quiebran el silencio y dicen la palabra nuevamente bajo su respiración, reflexionando que este es el hecho más grande de la época y quizás de todas las épocas. (…) El tercero agrega, “quizás esta sea la última de todas las guerras” (p. 4).

La obra se divide en 24 capítulos además de aquel, llamado “Visión”. Los dos más importantes, el núcleo de la obra, son el que sigue al inicial, “En la tierra”, y “Fuego”, que relata el asalto a unas trincheras enemigas. Entre los dos son más o menos un tercio del libro. “En la tierra” describe la topografía de la guerra –las trincheras, la lluvia, el lodo– y los hombres que sufren y esperan: “Veo sombras que vienen desde esas fosas transversales y que se van moviendo, moles enormes y deformes, como osos, que gruñen y se revuelven. Ellos son ‘nosotros’. Estamos sofocados como esquimales (…) Por más de quince meses, por quinientos días en este lugar del mundo en el que estamos, los rifles y los grandes cañones han estado disparando de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Estamos enterrados en un campo de batalla eterno; pero como el tic tac de los relojes de nuestras casas en esos días que han pasado –en el ahora casi legendario Pasado– sólo oís el ruido cuando escuchás” (p. 8).

De aquella experiencia compartida surge ese “nosotros”. “En nuestro rebaño desordenado, en esta familia sin parentesco, este hogar sin hogar en el que nos reunimos, hay tres generaciones una al lado de la otra, viviendo, esperando, parados, como estatuas no terminadas, como postes” (p. 19). Después de hablar de la gran diversidad entre los personajes del escuadrón, muchos de los cuales morirán en los siguientes capítulos, habla de esto que los une, esta experiencia que los aleja de los civiles, pero los acerca con el enemigo; uno se pregunta si los soldados alemanes “en el fondo no son hombres más o menos como nosotros” (p. 40). (Sobre la muerte de compañeros destaco esta imagen; va saliendo el sol y el narrador cuenta: “Entonces giro de nuevo y miro a esos hombres muertos que el día está exhumando gradualmente, revelando sus formas manchadas y endurecidas. Son cuatro. Son nuestros compañeros Lamuse, Barque, Biquet y el pequeño Eudore. Se pudren muy cerca nuestro, bloqueando una mitad del surco ancho, serpenteante y embarrado que los vivos deben aún defender” – p. 272).

“Fuego”, donde ocurre aquella escena, describe el asalto a una trinchera alemana, casi la definición misma de la locura: “Están más allá de excesos instintivos. No están borrachos, ni física ni moralmente. Es en plena conciencia, como es en plena salud y en plena fuerza, que están amasados acá para lanzarse a sí mismos una vez más hacia ese especie de papel de loco impuesto sobre todos los hombres por el género humano. (…) No son del tipo de héroe que uno piensa, pero su sacrificio tiene más valor del que jamás podrán llegar a entender aquellos que no los han visto” (p. 292). Y si Le feu se destaca por describir decenas y decenas de cadáveres, este capítulo es probablemente el que más lo hacer. Al finalizar el asalto “El suelo está tan lleno de muertos que los desprendimientos de tierra descubren lugares erizados con pies, con esqueletos semivestidos y con osarios de cráneos puestos uno al lado del otro en la empinada cuesta como frascos de porcelana” (p. 325).

Por diseño o por defecto, en Le Feu no hay prácticamente personajes ni arcos narrativos. Los personajes son muy poco desarrollados. Quizás con el que se profundiza más es uno, Poterloo, que le pide al narrador que lo acompañe a ver lo que era su pueblo, Souchez; al llegar ven que no ha quedado nada. Y luego otro que cuenta que fue a ver a su familia y vio a su mujer hablando con un oficial alemán y a su hijo a upa de otro. Pero sobre todo es llamativo lo poco que sabemos del narrador: ni el nombre, ni qué hacía antes de la guerra ni de qué parte de Francia venía. Sabemos que va a escribir, e intuimos que ya era escritor o periodista, por un compañero: “Con su boca llena, y mandando hacia mi lado el vaho de una tienda de dulces, tartamudea: ‘decime, vos, tipo que escribe, más adelante vas a escribir sobre soldados, vas a hablar de nosotros, ¿eh?’ ‘Pero claro, querido, voy a hablar de vos, y de los muchachos, y de nuestra vida’.” (p. 205). Luego aparecen, sí, y como de la nada, sus ideas, en el capítulo final.

Efectivamente, con el correr de los capítulos, los textos pasan de ser más descriptivos a más de denuncia. Y el tema de lo que une a estos hombres pasa a ser cada vez más lo que los diferencia de los otros, de los civiles, de quienes no pelearon, de los que evitaron pelear, de los que los mandaron a pelear. Y el texto se convierte en una gran canción de protesta y un llamado a la revolución.

El capítulo final, “El amanecer”, retoma un poco la línea más filosófica del capítulo inicial (y también la pregunta de si será la última guerra). Después de un día tremendo de barro y agua, distintas voces hablan sobre la naturaleza de la guerra y del lugar del soldado, que es el lugar del pueblo. “Los pueblos no son nada y deberían serlo todo, dijo entonces el hombre que me había interrogado, rescatando sin saberlo una vieja frase histórica de más de un siglo, pero dándole finalmente su gran sentido universal” (p. 407). En este caso fui a la cita en francés y creo que eso ayuda a darle a la cita su verdadero sentido. La cita es al famoso texto “¿Qué es el Tercer Estado?” del Abate Sieyès. Y cuando dice que adquiere finalmente su sentido es porque parece decir que los pueblos deben buscar la revolución, la igualdad, que es el principio que destaca el narrador de los tres principios de 1789. “‘¡Pero sobre todo la igualdad!’ Les digo [¡aparece el narrador!] que la fraternidad es un sueño, un sentimiento nublado e inconsistente; que es contrario a la naturaleza de un hombre odiar a otro a quien no conoce, pero que es igualmente contrario amarlo. No se puede construir nada sobre la fraternidad. Ni sobre la libertad; es demasiado relativa en una sociedad en la que todas las fracciones se enfrentan necesariamente unas con las otras. Pero la igualdad es siempre la misma. La libertad y la fraternidad son dos palabras, mientras que la igualdad es una cosa” (p. 407 - de nuevo me ayudé del original, lo que me confirma que la traducción que usé no es muy buena).

Y termina con un alegato populista: “si naciones enteras van al matadero ordenadas en ejércitos para que los de la casta engalonada puedan escribir sus nombres principescos en la historia, para que otras personas doradas del mismo rango puedan meter mano en más negocios, y crecer en empleados y tiendas… veremos, apenas abramos los ojos, que las divisiones entre los hombres no son las que creíamos, y que aquellas que creíamos no son divisiones” (p. 410).  “Y con ellos están todos los curas, que buscan excitarte y dormirte con la morfina de su Paraíso, para que nada cambie. Están los abogados, los economistas, los historiadores –¿y cuántos más?– que te enredan con sus frases de teoría” (p. 413). Son “todas esas personas que no pueden ni quieren hacer la paz en la tierra; todos los que, por una u otra razón, se agarran al viejo estado de las cosas donde ellos encuentran o inventan las excusas: ¡esos son tus enemigos!” (p. 414) Y contra esos habrá que hacer la revolución.

El lector que haya llegado hasta acá se habrá dado cuenta de que el libro no me volvió loco. O sea, es increíble porque ahí en medio de la guerra, Barbusse la describió notablemente y logró captar el espíritu revolucionario que arrasaría a buena parte de Europa (y especialmente, claro, a Alemania y a Rusia, derivando en la revolución bolchevique). Como novela no corre demasiado, y termina con algo que es más política que literatura. Antes que yo lo dijo Hemingway: “El único buen libro que salió durante la última guerra fue Fuego de Henri Barbusse. Fue el primero en mostrarnos a nosotros, los chicos que fuimos directo de la escuela o la universidad a la guerra, de que podías protestar en otras cosas además de la poesía contra la inútil y gigantesca matanza y falta de incluso la más elemental inteligencia en los generales que caracterizó la conducción de la guerra por los Aliados entre 1915 y 1917 (…) Pero cuando querías leerlo de nbuevo para tratar de sacar algo permanente y representativo de él, el libro no se sostenía. Su mayor cualidad era su coraje en escribirlo cuando lo escribió (…) Barbusse había aprendido a decir la verdad sin gritar” (pero un poco grita al final, digo yo). En fin: un libro más importante que placentero.


Mínimo apunto sobre otras obras en Le Feu

Además de ese comienzo que me hizo recordar a La Montaña Mágica, hay dos momentos que me hicieron pensar en sendas obras bélicas. Hay una escena en la que, lejos del frente, en un granero donde descansan, los miembros de la escuadra se muestran las cosas que llevan, los elementos que están dispuestos a guardar y llevar a pesar del peso extra que suponen porque piensan que les pueden ser útiles. “Son pertenencias tristes, ciertamente. Todo lo hecho para el soldado es feo o de mala calidad” (p. 217). Esto me hizo recordar a What they carried, de Tim O’Brien. Y en otro momento se habla de un soldado que tiene cinco hermanos, y que todos murieron en la guerra, lo cual me recordó a Salvando al soldado Ryan.

 

Originales de las citas

“War! Some of the invalids break the silence, and say the word again under their breath, reflecting that this is the greatest happening of the age, and perhaps of all ages. Jan 28, 2026 Page 5 | Highlight (Yellow) The third adds, ‘Perhaps it is the last war of all’.” (p. 4).

“I see shadows coming from these sidelong pits and moving about, huge and misshapen lumps, bear-like, that flounder and growl. They are "us." We are muffled like Eskimos.” (p. 8)

“For more than fifteen months, for five hundred days in this part of the world where we are, the rifles and the big guns have gone on from morning to night and from night to morning. We are buried deep in an everlasting battlefield; but like the ticking of the clocks at home in the days gone by—in the now almost legendary Past—you only hear the noise when you listen” (p. 8).

“In our ill-assorted flock, in this family without kindred, this home without a hearth at which we gather, there are three generations side by side, living, waiting, standing still, like unfinished statues, like posts.” (p. 19)

“’Ah, mon vieux,’ says Tirloir, ‘we talk about the dirty Boche race; but as for the common soldier, I don't know if it's true or whether we're codded about that as well, and if at bottom they're not men pretty much like us’.” (p. 40)

“Then I turn again and look upon these dead men whom the day is gradually exhuming, revealing their stained and stiffened forms. There are four of them. They are our comrades, Lamuse, Barque, Biquet, and little Eudore. They rot there quite near us, blocking one half of the wide, twisting, and muddy furrow that the living must still defend” (p. 272).

“They are above instinctive excesses. They are not drunk, either physically or morally. It is in full consciousness, as in full health and full strength, that they are massed there to hurl themselves once more into that sort of madman's part imposed on all men by the madness of the human race. (…) They are not the kind of hero one thinks of, but their sacrifice has greater worth than they who have not seen them will ever be able to understand.” (p. 292).

“The ground is so full of dead that the earth-falls uncover places that bristle with feet, with half-clothed skeletons, and with ossuaries of skulls placed side by side on the steep slope like porcelain globe-jars.” (p. 325).

“With his mouth full, and wafting me the odor of a sweetshop, he stammers—'Tell me, you writing chap, you'll be writing later about soldiers, you'll be speaking of us, eh?’ ‘Why yes, sonny, I shall talk about you, and about the boys, and about our life.’” (p. 205)

“‘The people—they're nothing, though they ought to be everything,’ then said the man who had questioned me, recalling, though he did not know it, an historic sentence of more than a century ago, but investing it at last with its great universal significance.” / “Les peuples, c'est rien et ça devrait être tout, dit en ce moment l'homme qui m'avait interrogé, reprenant sans le savoir une phrase historique vieille de plus d'un siècle, mais en lui donnant enfin son grand sens universel.” (p. 407)

“’But principally equality!’ I tell them that fraternity is a dream, an obscure and uncertain sentiment; that while it is unnatural for a man to hate one whom he does not know, it is equally unnatural to love him. You can build nothing on fraternity. Nor on liberty, either; it is too relative a thing in a society where all the elements subdivide each other by force. But equality is always the same. Liberty and fraternity are words while equality is a fact.” / “Mais surtout l'égalité ! Je leur dis que la fraternité, c'est un rêve, un sentiment nuageux, inconsistant ; qu'il est contraire à la nature de l'homme de haïr un inconnu, mais qu'il lui est également contraire de l'aimer. On ne peut rien asseoir sur la fraternité. Ni sur la liberté non plus : c'est trop relatif dans une société où toutes les fractions se gênent forcément les unes les autres. Mais l'égalité est toujours la même. La liberté et la fraternité sont des mots, tandis que l'égalité est une chose.” (p. 407).

“if whole nations go to slaughter marshaled in armies in order that the gold-striped caste may write their princely names in history, so that other gilded people of the same rank can contrive more business, and expand in the way of employees and shops—and we shall see, as soon as we open our eyes, that the divisions between mankind are not what we thought, and those one did believe in are not divisions.” / “Si des peuples entiers vont à la boucherie, rangés en armées, pour que la caste galonnée puisse écrire ses noms de princes dans l'histoire, pour que d'autres gens dorés de la même classe puissent tripoter plus d'affaires, et s'étendre en fait de fonctionnaires et de boutiques... on verra, dès qu'on ouvrira les yeux, que les divisions entre les hommes ne sont pas celles qu'on croyait, et que celles qu'on croyait ne sont pas des divisions.” (p. 410).

“With them are all the parsons, who seek to excite you and to lull you to sleep with the morphine of their Paradise, so that nothing may change. There are the lawyers, the economists, the historians—and how many more?—who befog you with the rigmarole of theory” (p. 413).

“all those people who cannot or will not make peace on earth; all those who for one reason or another cling to the ancient state of things and find or invent excuses for it—they are your enemies!” / “tous ces gens-là qui ne peuvent pas ou ne veulent pas faire la paix sur la terre ; tous ceux qui, pour une raison ou pour une autre, s'accrochent à l'ancien état des choses et lui trouvent ou lui inventent des excuses — ce sont vos ennemis !” (p. 414)

“The only good war book to come out during the last war was Under Fire by Henri Barbusse. He was the first to show us, the boys who went from school or college to the last war, that you could protest in anything besides poetry, the gigantic useless slaughter and lack of even elemental intelligence in generalship that characterized the Allied conduct of that war from 1915 to 1917... But when you came to read it over to try to take something permanent and representative from it the book did not stand up. Its greatest quality was his courage in writing it when he did... [Barbusse] had learned to tell the truth without screaming.”

“They are mournful belongings, indeed. Everything made for the soldier is commonplace, ugly, and of bad quality” (p. 217).

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Lo que pudo haber sido

 


Leí La última piel, de Patricia Gutiérrez, una historia de amor, una novela sobre el tacto (y los sentidos) y una reflexión sobre lo que pudo haber sido.

Después de enterrar a su hermana, ya de grande, Nélida recuerda el gran amor de su vida y reflexiona de alguna manera sobre lo que pudo haber sido. Desde el principio sabemos que ese amor no llegó a buen puerto, y la novela te atrapa porque querés entender por qué. Nélida es una costurera hija de inmigrantes españoles, con sueños de convertirse en modista. Se engancha con León, el hijo rebelde, músico, de una familia quizás patricia, con padre general y todo. León y Nélida vienen de lugares muy diferentes, pero eso no parece importar: la atracción es directa, total, de piel. La novela viene con un epígrafe de Pablo Maurette sobre el tacto como algo “ineludible, impostergable, imposible de olvidar”. En el caso de Nélida, esa conexión desde la piel con León nunca se olvida. Pero algo les permitió, en su momento, postergarlo, eludirlo.

La historia comienza en 1927 y podría haber tenido como epigrafe esta cita de Borges en El idioma de los argentinos: “Vivimos una era de promisión. Mil novecientos veintisiete: gran víspera argentina. (…) El porvenir (cuyo nombre mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones” (tomo I, p. 343). En La última piel se respira ese espíritu de época. El padre le dice a Nélida que “El pasado es pasado, mija. No hay nada que recordar. En esta tierra se mira al futuro y ya” (p. 36); una amiga le dice que vale la pena dejar su trabajo en un taller para emprender su propio negocio porque “vivimos en un país que te permite hacerlo” (p. 84); y la misma Nélida dice: “no creo que haya mucha diferencia entre Nueva York y Buenos Aires” (p. 61).

Nélida y León y Argentina parecen ser dos proyectos destinados al éxito, pero de alguna manera ambos fracasan. En la novela no hay una definición ni una hipótesis sobre el fracaso argentino, ni tiene por qué haberlas, claro está. El lector puede suponer una subyacente: como la familia de Nélida es yrigoyenista y la de León es anti-yrigoyenista, y los primeros son buenos y los segundos no tanto, podemos imaginar algo. Sobre la relación tampoco es tan claro: pareciera que la relación fracasó porque sus partes no siguieron el llamado de la piel; pero Nélida construyó igual una vida que parece haber sido, a pesar de ello, exitosa en sus ojos.  

El libro incluye una dedicatoria a quienes “sueñan con lo que pudo haber sido”. Y lo que pudo haber sido no es necesariamente mejor o peor, sino un mix distinto de éxitos y fracasos, de experiencias y de sentidos.

lunes, 2 de febrero de 2026

Al carajo con todo

 


Siguiendo con el programa de lectura ligado con la Primera Guerra Mundial, leí Goodbye to All That, de Robert Graves. Goodbye to All That es una autobiografía publicada cuando Graves tenía unos 35 años. Allí relata su infancia, educación, experiencia en la guerra y los primeros años después de esa experiencia. Como dice en un epílogo de unos cuantos años más tarde, es la historia de una persona atravesada por “un condicionamiento en la moralidad protestante de las clases gobernantes inglesas, aunque cualificada por sangre mixta, una naturaleza rebelde y una obsesión poética predominante” (p. 360).

El libro puede dividirse en tres partes. En la primera relata su educación, incluyendo la historia de sus familias (irlandeses protestantes del lado del padre, alemanes –von Ranke como el historiador– del lado de la madre). La segunda parte, la más interesante para lo que yo buscaba en esta lectura, es la experiencia de la guerra. La tercera es lo que sigue, con Graves intentando procesar la guerra, su primer matrimonio, la falta de dinero y sus comienzos como escritor.

En lo que hace específicamente a la guerra, Graves desde lo individual apoya mucho de los puntos más importantes de Strachan en su reciente historia de la guerra. En primer lugar, Graves, como la mayoría, entra a la guerra con cierta inocencia, casi con alegría, y con la idea de que sería una cosa más rápida de lo que fue. Es más, la recibe casi con gratitud, porque le permite no ir a Oxford: “Recién había terminado con Charterhouse [su escuela] (…) cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Uno o dos días después decidí enrolarme. En primer lugar, aunque los diarios predecían que sería sólo una guerra muy corta –terminaría como máximo para Navidad– yo esperaba que durara suficiente como para retrasar mi entrada a Oxford en octubre, lo que me asustaba muchísimo. (…) En segundo lugar, estaba indignado con la cínica violación alemana de la neutralidad belga” (p. 68). El segundo punto de la cita anterior se liga con el argumento de Strachan de que para los contemporáneos no era una guerra sin sentido. Tenía sentido oponerse a la agresión alemana.

En esa línea, más adelante en la guerra, y aunque ya no creyera en ella, Graves tampoco se hace pacifista. Sin glorificar la guerra, no muestra el espíritu antibélico que le asignamos a los escritores después de haber leído a la generación perdida y los poetas de la guerra, muchos de los cuales fueron amigos de Graves. La mayoría de los escritores de la época fueron o hubieran ido a la guerra, dice Graves, más allá de que “ninguno de ellos ahora creía en la guerra” (p. 258). Sin duda se generó un quiebre entre los combatientes y los civiles: “Inglaterra se veía extraña para nosotros, los soldados retornados. No podíamos entender la locura bélica rampante por todos lados en busca de una salida seudo-militar” (p. 237). Pero cuando su entonces amigo el poeta Siegfrid Sassoon publicó una carta en contra de la guerra, en parte motivado por “los pacifistas”, Graves salió no tanto a defender a Sassoon, sino a minimizar la carta, intentar que pasara debajo del radar.

La experiencia militar y civil sin duda era radicalmente distinta. Los soldados no peleaban por patriotismo o por dios, como suponían muchos civiles, sino por sus compañeros y sus regimientos: “estábamos todos de acuerdo en que el orgullo del regimiento seguía siendo la fuerza moral más fuerte que mantenía al batallón como una unidad bélica efectiva; en contraste especialmente con el patriotismo y la religión. El patriotismo, en las trincheras, era un sentimiento demasiado remoto (….) [y] Apenas un soldado cada cien estaba inspirado por sentimientos religiosos incluso de su forma más primitiva” (p. 196-197).

El otro punto en el que la mirada subjetiva de Graves apoya a la visión de Strachan es que, aunque las trincheras fueran prácticamente fijas, la forma de pelear fue cambiando a lo largo de los años. Relata la inutilidad del adiestramiento inicial: “En Wrexham, los subtenientes como yo aprendíamos la historia del regimiento, instrucción, tiro, tácticas de campo de la Guerra de los Boer, derecho y organización militar, cómo reconocer los toques de clarines, cómo operar una ametralladora y la conducta a seguir en ocasiones formales. No cavamos trincheras, no manipulamos bombas, pensábamos en la compañía, y no en el pelotón, y mucho menos en la sección, como la unidad táctica independiente más pequeña” (p. 83). Y describe así los primeros meses: “Eran los primeros tiempos de la guerra de trincheras, los días de la granada de lata de mermelada y el mortero de trinchera improvisado: todavía inocentes a las ametralladoras Lewis o los morteros Stokes, los cascos de metal, las miras de rifle telescópicas, las bombas de gas, los búnkeres, tanques, los asaltos a trincheras bien organizados y todos los demás refinamientos tardíos de la guerra de trincheras” (p. 97).

(Ligado con lo anterior. En un momento de la guerra, tras recuperarse luego de quedar al borde de la muerte por una herida, Graves fue destacado en Inglaterra para adiestrar oficiales. Graves señala que la forma de detectar buenos candidatos era verlos hacer deporte: “Realizábamos nuestra selección final viendo a los candidatos jugar, especialmente rugby y fútbol. El tipo de candidato que necesitábamos era el de los que eran duros, pero no sucios, en el juego y aquellos que tenían reacciones rápidas, y pasábamos la mayor parte del tiempo libre jugando con ellos” – p. 256).

Desde su unidad también se ve, por momentos, el debate entre los objetivos de quebrar la línea enemiga o de ganar por atrición del enemigo. Y, como también señala Strachan, todo el tiempo siguieron pensando que la guerra duraría poco tiempo más (p. 137).

En lo que hay una gran diferencia es en la idea de las proporciones de las bajas. Según Strachan, entre 1914 y 1918, del total de los británicos bajo bandera, murieron alrededor de 12%. La mirada subjetiva de Graves es mucho peor, en parte porque mucha de la gente que él conoció era de las categorías más expuestas: jóvenes oficiales. “Al menos uno de cada tres de mi generación en la escuela murió; porque todos tomaron comisiones [como oficiales] tan pronto como pudieron, la mayoría en la infantería y en el Royal Flying Corps. La expectativa de vida promedio de un subalterno de infantería en el Frente Occidental era, en ciertas etapas de la guerra, de sólo unos tres meses; para ese tiempo él habría sido o bien herido o muerto.” (p. 60). Algo similar dice considerando su regimiento, los Royal Welch Fusiliers: calcula que entre 15.000 y 20.000 hombres pasaron por dos batallones que nunca tuvieron más de 800 hombres (p.92).

Finalmente están los efectos de la guerra sobre Graves. Al volver “no sólo no tenía experiencia de una vida civil independiente, habiendo ido directo de la escuela al ejército: todavía estaba organizado mentalmente y nerviosamente para la guerra. Las bombas explotaban en mi cama a medianoche, aún cuando la compartiera con Nancy; durante el día cualquier extraño asumía la cara de amigos que habían muerto. Cuando ya tuve suficiente fuerza para subir la colina detrás de Harlech y volver a visitar mi tierra favorita, no podía dejar de verla como un posible campo de batalla” (p. 298). Graves cuenta que esas pesadillas de día no lo dejaron hasta 1928, y agrega que “Las escenas eran casi siempre recuerdos de mis primeros cuatro meses en Francia; el aparato de registro de emociones parece haber fallado después de [la batalla de] Loos” (p. 205). Durante mucho tiempo intentó deshacerse de ese veneno escribiendo una novela sobre la guerra, decidiendo finalmente escribirlo como memorias, “avergonzado de haber distorsionado el material con un argumento” (p. 333).

Goodbye to All That me parece un librazo. Las memorias de un tipo que murió en 1985 (algo que para mí es totalmente relacionable), pero que vivió todo eso. Un tipo educado en el mundo victoriano del deber y la ética familiar y sexual de esa época, que conoció a todos los escritores de esa época y en cuya biografía, como en muchas otras, se ve el quiebre de todo ese mundo.

 

Originales de las citas

“a conditioning in the Protestant morality of the English governing classes, though qualified by mixed blood, a rebellious nature, and an overriding poetic obsession, is not easily” (p. 360).

“I had just finished with Charterhouse and gone up to Harlech, when England declared war on Germany. A day or two later I decided to enlist. In the first place, though the papers predicted only a very short war – over by Christmas at the outside – I hoped that it might last long enough to delay my going to Oxford in October, which I dreaded. Nor did I work out the possibilities of getting actively engaged in the fighting, expecting garrison service at home, while the regular forces were away. In the second place, I was outraged to read of the Germans’ cynical violation of Belgian neutrality” (p. 68).

“England looked strange to us returned soldiers. We could not understand the war-madness that ran wild everywhere, looking for a pseudo-military outlet” (p. 237).

“we all agreed that regimental pride remained the strongest moral force that kept a battalion going as an effective fighting unit; contrasting it particularly with patriotism and religion. Patriotism, in the trenches, was too remote a sentiment (…) Hardly one soldier in a hundred was inspired by religious feeling of even the crudest kind” (p. 156-157).

“At Wrexham, we second-lieutenants learned regimental history, drill, musketry, Boer War field-tactics, military law and organization, how to recognize bugle calls, how to work a machine-gun, and how to conduct ourselves on formal occasions. We dug no trenches, handled no bombs, thought of the company, not of the platoon, still less of the section, as the smallest independent tactical unit” (p. 83).

“Those were early days of trench warfare, the days of the jam-tin bomb and the gas-pipe trench-mortar: still innocent of Lewis or Stokes guns, steel helmets, telescopic rifle-sights, gas-shells, pill-boxes, tanks, well-organized trench-raids, or any of the later refinements of trench warfare” (p. 97).

“Our final selection was made by watching the candidates play games, principally rugger and soccer. Those who played rough but not dirty, and had quick reactions, were the sort needed, and we spent most of our spare time playing games with them” (p. 256).

“At least one in three of my generation at school died; because they all took commissions as soon as they could, most of them in the infantry and Royal Flying Corps. The average life expectancy of an infantry subaltern on the Western Front was, at some stages of the war, only about three months; by which time he had been either wounded or killed” (p. 60).

“not only did I have no experience of independent civilian life, having gone straight from school into the army: I was still mentally and nervously organized for war. Shells used to come bursting on my bed at midnight, even though Nancy shared it with me; strangers in daytime would assume the faces of friends who had been killed. When strong enough to climb the hill behind Harlech and revisit my favourite country, I could not help seeing it as a prospective battlefield” (p. 298).

“These day-dreams persisted like an alternate life and did not leave me until well in 1928. The scenes were nearly always recollections of my first four months in France; the emotion-recording apparatus seemed to have failed after Loos” (p. 305).

“I made several attempts during these years to rid myself of the poison of war memories by finishing my novel, but had to abandon it – ashamed at having distorted my material with a plot, and yet not sure enough of myself to turn it back into undisguised history, as here” (p. 333).

 

Otras citas

“Aldous was unfit, otherwise he would certainly have been in the army like Osbert and Sacheverell Sitwell, Herbert Read, Siegfried, Wilfred Owen, myself, and most other young writers of the time, none of whom now believed in the war.” / “Aldous [Huxley] no era apto, de lo contrario sin duda hubiera estado en el ejército como Osbert y Sacheverell Sitwell, Herbert Read, Siegfried [Sassoon], Wilfred Owen y yo, como la mayoría de los escritores jóvenes de la época, ninguno de los cuales creía ahora en la guerra” (p. 258).

“At no time in the war did any of us believe that hostilities could possibly continue more than another nine months or a year, so it seemed almost worth while taking care; there might even be a chance of lasting until the end absolutely unhurt.” / “Ninguno de nosotros creíamos en ningún momento de la guerra que las hostilidades pudieran continuar por más de nueve meses o un año, así que casi que parecía tener sentido cuidarse; hasta podía ver una chance de durar hasta el final sin ningún tipo de herida” (p. 137).

“Apart from wounds, gas, and the accidents of war, the life of the trench soldier could not be called unhealthy while his ductless glands still functioned well. Plentiful food and hard work in the open air made up for the discomfort of wet feet, wet clothes, and draughty billets. A continual need for alertness discouraged minor illnesses” / “Sin contar las heridas, el gas y los accidentes de la guerra, la vida del soldado de trincheras no puede ser calificada de no saludable mientras sus glándulas sin conductos aún funcionaran adecuadamente. Mucha comida y trabajo duro en al aire libre compensaban la molestia de pies mojados, ropa mojada y alojamientos ventosos” (p. 179).

“The embarrassments of our wedding-night (Nancy and I being both virgins) were somewhat eased by an air-raid: Zeppelin bombs dropping not far off set the hotel in an uproar.” / “Las vergüenzas de nuestra noche de bodas (siendo tanto Nancy como yo vírgenes) fueron aliviadas en cierta medida por un ataque aéreo: las bombas de Zeppelin que cayeron no demasiado lejos produjeron gran alboroto en el hotel” (p. 284).

lunes, 26 de enero de 2026

Clásico vigente

 


Leí Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, libro que había leído ya hace tanto tiempo que todavía no tenía este blog.

Voy a coordinar un taller de lectura sobre novelas relacionadas con la Primera Guerra Mundial, y voy a cerrar con esta novela. Aunque no trata directamente sobre la guerra, la guerra está permanentemente en el aire en esta historia, que ocurre en un día de Londres en 1923. Uno de los personajes clave, el contrapunto de Clarissa Dalloway, es un excombatiente que sufre lo que por esa época comenzaba a conocerse como shell shock y hoy se denominaría estrés post-traumático.

La guerra no sólo está ahí por este personaje (Septimus) y otros que hacen referencia a ella, sino que hay de alguna manera un salto atrás permanentemente en la conciencia de todos los personajes a un pasado casi idílico. No dicen “antes de la guerra”, pero es “antes de la guerra”, cuando Clarrisa y Peter Walsh y casi todos los personajes pasaban veranos en Bourton, la casa de campo de la familia de ella.

Mrs. Dalloway es considerada un clásico del modernismo (otros autores modernistas son Joyce, T.S. Eliot y, ahí cerquita, John Dos Passos). La novela se construye con el fluir de conciencia (típico del modernismo) de distintos personajes mientras van durante ese día por distintos lugares de Londres. La fragmentación, característica típica del modernismo, se da no sólo a través de los distintos personajes, sino un poco también porque ninguno es monolítico: todos van cambiando, todos van cambiando de idea sobre las mismas cosas, con un foco en la subjetividad de cada uno de ellos.

La leí en unos pocos días, dejando que fluyera, sin concentrarme demasiado en cada ida y vuelta, un poco porque sabía que la voy a volver a leer, con mucha más atención y con la computadora en frente, en unos pocos meses cuando esté terminando el taller. Es cierto que alguien que la lea por primera vez y que no se quiera perder nada podría requerir de más atención, pero igual me parece que es un libro hermoso que se lee super bien cien años después.

lunes, 19 de enero de 2026

Nueva historia de una vieja guerra


Leí The First World War: A New History, de Hew Strachan, y un poco me da la sensación de que ahora sé menos que antes de leerlo. En rigor, claro, eso es una buena señal: lo que me deja el libro es que lo que creía que sabía era muy simplificado y en cierto sentido equivocado.

Quizás el punto principal de Strachan es que esa idea que tenemos muchos de que la Primera Guerra Mundial fue una carnicería sin sentido es una interpretación muy simplificada y que no representa cómo la vivieron millones de personas: “buscamos recuperar las miradas de la guerra prevalecientes antes de que cayera en manos de los escritores y novelistas de finales de la década de 1920” (l. 5122). También se cree que tuvo menos sentido porque la guerra que vino después sí pareció “la importante”. Pero la primera guerra no careció de sentido: “se peleó porque estaban en juego temas grandes, algunos de los cuales son conceptos que siguen formando nuestros valores y nuestras miradas del mundo” (l. 5123).

La otra cosa que intenta dejar de lado Strachan es la centralidad del frente occidental. Creo que una gran mayoría de la gente al pensar en la IGM piensa en las trincheras donde Alemania intentó doblegar a Francia e Inglaterra (y después a EE. UU.). Pero la guerra empezó y casi que terminó en los Balcanes. De hecho, fue guerra mundial un poco de casualidad, porque lo que podría muy bien haber sido una guerra limitada entre Austria-Hungría y Serbia terminó escalando: ingresó Rusia del lado de Serbia, ingresó Alemania del lado de Austria-Hungría, entró Francia por su alianza con Rusia y Gran Bretaña por la invasión alemana a Bélgica.

Muchos de estos pasos podrían no haberse dado, pero se dieron y la guerra fue mundial. Al frente occidental, en Bélgica y Francia, se le agrega el oriental, entre Alemania y Austria-Hungría contra Rusia. Austria-Hungría peleaba también contra los serbios y, más adelante, contra los italianos. En los Balcanes entraron luego Bulgaria (del lado de los Poderes Centrales, derrotando a Serbia) y Rumania (del lado de la Entente, contra Bulgaria, siendo derrotada por ellos y los Austor-húngaros). Además, británicos y franceses entraron también en los Balcanes (Salónica, Galípoli). Los alemanes pelearon contra franceses e ingleses en distintos lugares de África. El Imperio Otomano entró con los poderes centrales en Medio Oriente (contra franceses e ingleses). Japón entró del lado de la Entente y le sacó algunas posesiones a Alemania en China. Y hubo guerra naval en el Pacífico y en el Atlántico, y una gran batalla naval a la salida del Báltico.

Fue mucho más que las trincheras de Flanders militarmente y más también. Porque fue “guerra total”, que movilizó a todas la sociedades beligerantes, las industrias fueron reconvertidas, más mujeres entraron a la fuerza laboral y sobre todo al sector industrial. De hecho, los frentes internos tuvieron consecuencias en el frente: en Rusia derivó en la caída del zar y la revolución bolchevique, pero también hubo momentos cuasi revolucionarios en Alemania y Austria, y esa es una de las razones por las que Alemania despuso las armas a pesar de que seguía controlando territorios enemigos en ambos frentes. 

Strachan define a la guerra como “revolucionaria” porque sin dudas cambió el mundo como pocas otras cosas en la historia. “La Primera Guerra rompió los imperios de Alemania, Rusia, Austria-Hungría y Turquía. Motorizó la Revolución Rusa y se constituyó como los cimientos de la Unión Soviética; forzó a un renuente Estados Unidos hacia el escenario internacional y le dio nueva vida al liberalismo. En los bordes de Europa puso las semillas para el conflicto en Medio Oriente. En pocas palabras, le dio forma no sólo a la Europa sino al mundo del siglo veinte. Enfáticamente no fue una guerra sin sentido o propósito.” (l. 5088).

Revisando todo lo que leí, y más allá de que me queda todo un poco revuelto, entiendo que eso es normal porque fue un proceso realmente complejo y confuso. En ese sentido, pensándolo, me parece realmente increíble cómo Strachan va hilvanando toda esa gran cantidad de temas y los frentes de la guerra en una narrativa coherente. Tendré que leer más, pero es una gran lectura.