Leí y releí Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, probablemente la novela más famosa de la Primera Guerra Mundial. Hace poco hice por acá una lectura de la secuela, El camino de regreso, y lo digo porque es interesante leerlas juntas –aunque mi recomendación es que sí lean Sin novedad en el frente y que no lean El camino de regreso–.
Sin novedad en el frente sigue a un protagonista y narrador, Paul Bäumer, durante unos años
durante la guerra. Desde el alistamiento y la instrucción hasta su muerte, con
idas y vueltas del frente, a la retaguardia y a casa de licencia. Usa una
cantidad relativamente pequeña de escenas para mostrarnos la monstruosidad de
la guerra y la destrucción física y psicológica de una generación, pero también
deja cierta esperanza de que la vida tiene una chispa inextinguible, que el
hombre se puede adaptar y seguir adelante. La guerra produce cambios
fuertísimos también en la sociedad: abre una grieta entre quienes pelearon en
el frente y los demás; y para esta generación un distanciamiento con las demás
y la pérdida total de confianza en la autoridad y en el futuro.
Lo hace con esa cantidad limitada de
escenas, en una primera persona pura y en presente (con la excepción de los dos
famosos párrafos del final). Vemos ese mundo de las trincheras y el quiebre con
el mundo anterior y con las generaciones precedentes a través de los ojos de
Paul y con los pensamientos de Paul, más los de sus compañeros través de
diálogos bastante creíbles (en comparación, por ejemplo, con unas disertaciones
políticas poco verosímiles en Le Feu y en One Man’s Initiation).
Ese relato directo, con poco juicio y opinión, y siempre en presente, ayuda a
hacer todo más directo y fáctico, como era la vida de esos chicos.
En ese mostrar y no contar, Remarque
produce algo parecido a lo que estaba haciendo su compañero de generación
Hemingway: Adiós a las armas y Sin novedad en el frente son de
1929, y Fiesta. The Sun Also Rises había sido publicado en alemán en
1928. No hay una gran poética, salvo en pocos momentos, sino más bien un
lenguaje directo, sin contemplaciones, con la dureza que adquieren los soldados
frente a la realidad de la guerra. En la traducción de Brian Murdoch de 1994
suena mejor que en la de A. W. Wheen de 1929 (sí, leí las dos), pero no creo
que esto cambie demasiado.
El tema principal es la guerra y cómo la
guerra destruye los cuerpos y los espíritus de los hombres. Además, hay una
clara delimitación de una generación nueva, que rompe totalmente con la
anterior y que está “perdida”, que perdió toda confianza en la generación
anterior y en el futuro. Aunque Remarque no usa la expresión “generación perdida”,
dice “Somos como chicos que han sido abandonados y tenemos la experiencia de
los viejos, somos ásperos, infelices y superficiales: yo creo que estamos
perdidos” (p. 85). Dice Eksteins: “De todos los libros de la guerra del final
de los años veinte (…) el de Remarque demuestra su punto, que esta era
realmente una ‘generación perdida’, de manera más directa y emocional, incluso
estridente, y este carácter directo y esta pasión están en el centro de su
atracción para el público” (Eksteins,
s.p.).
Lo único positivo que destaca de la guerra
es la camaradería que despierta entre quienes la sufren juntos (y el drama de El
camino de regreso es que esa camaradería se resquebraja en el mundo civil).
Sin embargo, hay por momentos cierta esperanza, alguna insistencia de que hay
una chispa vital y que mientras haya vida, hay esperanza. Más aun, por momentos
parece que Paul parece descubrir el camino, que puede haber, a pesar de todo,
un futuro, algo después de la guerra.
En un artículo bastante famoso sobre la
novela, “All Quiet on
the Western Front and the Fate of a War”, Modris
Eksteins dice que la novela no es tanto una novela sobre la guerra, sino más
bien “un reflejo de la mente de postguerra (…) La novela fue enormemente
exitosa no porque fuera una expresión precisa sobre la experiencia de guerra
del soldado del frente, sino porque fue una evocación apasionada del
sentimiento público del momento, no tanto sobre la guerra en sí sino sobre la
existencia en general en 1929”. Y es cierto que en muchos lugares vemos a Paul
y a sus compañeros pensando que será de ellos el día después, sabiendo que van
a volver física y emocionalmente rotos por todos lados. Dice Paul: “Soy joven,
tengo veinte años; pero no sé nada de la vida más que desesperanza, muerte,
miedo y la combinación de una superficialidad totalmente vacía con un abismo de
sufrimiento (…) toda mi generación está experimentando esto conmigo. (…)
Durante años nuestra ocupación ha sido matar –esa fue nuestra primera experiencia–.
Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué pasará después?
¿Qué puede llegar a suceder con nosotros?” (p. 180).
La gran tragedia de Sin novedad en el
frente es que Paul llega a tener una respuesta a esa pregunta. Y es la
misma idea que tiene Ernst Birkholz, el personaje que continúa al de Paul en El
camino de regreso: convertirse en un escritor pacifista, contarle al mundo lo
que sufrió su generación para que la guerra fuera la última guerra (idea muy
fuerte durante la Primera Guerra Mundial, que sería la guerra para terminar con
todas las guerras). En las trincheras, Paul piensa que de regresar querría “hacer
algo (…) que hiciera que todo esto tenga sentido, estar acá bajo fuego y todo
lo demás” (p. 61); y cerca de casa, al ver a prisioneros de guerra rusos a
quienes le cuesta ver como enemigos, piensa que quizás entender que nada nos
separa de los enemigos podría ser “la tarea a la que deberemos dedicar nuestras
vidas después de la guerra, para que todos los años de horror hayan tenido
sentido” (p. 133). Y en el clímax emocional de la novela, cuando acaba de matar
con sus manos a un soldado francés, le dice al cadáver: “Hoy tu turno, mañana el
mío. Pero si salgo de esta, amigo, voy a pelear contra las cosas que nos la arruinaron
a nosotros dos: tu vida y mi… Sí, mi vida también. Te prometo, amigo. No puede
volver a pasar nunca más” (p. 154).
Lo trágico para Paul es que cuando parece
comprender un poco, cuando empieza a pensar que puede llegar a hacer algo al
volver a casa, muere. Y para el mundo, claro, que no sería ni de cerca la última de las guerras; que sería, más bien, el engendro de la siguiente. En un día calmo, sin nada que informar, Paul muere. Eso que Paul no
puede hacer lo hará Remarque, claro. Y terminar con las guerras, buenom nada parece indicar que esté en el horizonte.
Un comentario mínimo sobre la película
de 2022
Aunque tiene cosas muy buenas –la secuencia
inicial del reciclaje de los uniformes de los muertos me pareció genial–, odié
la adaptación de 2022, principalmente por dos decisiones que, a mi entender,
subvierten temas clave de la novela original.
La primera es que en la película Paul
Bäumer y sus amigos se enlistan en el ejército con gran fervor patriótico en
1917 y, por lo que fui leyendo, es muy difícil pensar que hacia 1917 quedaran
demasiados alemanes con tal fervor patriótico. El bloqueo inglés venía operando
hacía años y Alemania pasaba hambre, y ya casi no había duda de que la guerra
estaba perdida. Es difícil creer en esa ilusión, por lo que parece difícil
entender que uno de los temas clave de la novela es la desilusión que rompe a
esa generación.
La segunda, peor, es que los creadores de
la película aran un final totalmente distinto, según el cual la muerte de Paul
se produce el día del armisticio, poco antes de la hora señalada, debido a una
batalla ordenada por un general loco. Me molesta la batalla inventada, claro.
Pero más me molesta que hacer morir a Paul en esa batalla va en contra de la
ironía del título del libro. Los dos párrafos finales del libro informan
fríamente que Paul murió en un día en el que la burocracia militar informa que
no hay novedad en el frente, pero en la película no sólo está la novedad del
armisticio, sino también la de la batalla. La ironía del título inicial, que
estamos tan acostumbrados a la muerte que la de Paul no es una novedad, se
pierde totalmente. Juntando ambas cosas, la película puede estar muy bien, pero
no como adaptación de la novela de Remarque.
Originales de las citas
“We are like children who have been abandoned
and we are as experienced as old men, we are coarse, unhappy and superficial –
I think that we are lost.” (p. 85).
“Of all the
war books of the late twenties (…) Remarque's made its point, that his was a
truly 'lost generation', most directly and emotionally, indeed even stridently,
and this directness and passion lay at the heart of its popular appeal.” (Eksteins,
s.p.).
“All Quiet
was a reflection of the postwar mind (…) The novel became enormously successful
not because it was an accurate expression of the frontline soldier's war
experience, but because it was a passionate evocation of current public
feeling, not so much even about the war as about existence in general in 1929.”
(Eksteins, s.p.).
“I am young, I am twenty years of age; but I
know nothing of life except despair, death, fear, and the combination of
completely mindless superficiality with an abyss of suffering. (…) my whole
generation is experiencing this with me. (…) For year our occupation has been
killing – that was the first experience we had. Our knowledge of life is
limited to death. What will happen afterwards? And what can possibly become of
us?” (p. 180).
“if peace really came, what comes to my head is
that I’d like to do something (…) that would make it all worthwhile, being out
here under fire and all the rest.” (p. 61).
“the task that we must dedicate our lives to
after the war, so that all the years of horror will have been worthwhile” (p.
133).
“‘Your turn today, mine tomorrow. But if I get out of all of this, pal,
I’ll fight against the things that wrecked it for both of us: your life, and my
– ? Yes, my life too. I promise you, pal. It must never happen again’.” (p. 154).
Otras
citas seleccionadas
“We have turned into dangerous animals. We are not fighting, we are
defending ourselves from annihilation. We are not hurling our grenades against
human beings (…) the hands and the helmets that are after us belong to Death
himself, and for the first time in three days we are able to look Death in the
eyes, for the first time in three days we can defend ourselves against it, we
are maddened with fury, not lying there waiting impotently for the executioner
any more, we can destroy and we can kill to save ourselves, to save ourselves
and to take revenge. (…) We are dead men with no feelings, who are able by some
trick, some dangerous magic, to keep on running and keep on killing.” (p.
79/80, c. 6, el ataque).
“They were
supposed to be the ones who would help us eighteen-year-olds to make the
transition, who would guide us into adult life, into a world of work, of
responsibilities, of civilized behaviour and progress – into the future. Quite
often we ridiculed them and played tricks on them, but basically we believed in
them. In our minds the idea of authority – which is what they represented –
implied deeper insights and more humane wisdom. But the first dead man that we
saw shattered this conviction. (…) But now we were able to distinguish things
clearly, all at once our eyes had been opened. And we saw that there was
nothing left of their world. Suddenly we found ourselves horribly alone – and
we had to come to terms with It alone as well.” (p. 8/9)
“earlier values don’t count any longer, and
nobody really knows how things used to be. The differences brought about by
education and upbringing have been almost completely blurred and are now barely
recognizable. (…) We are soldiers, and only as an afterthought and in a strange
and shamefaced way are still individual human beings. It is a brotherhood on a
large scale” (p. 186)




