lunes, 18 de mayo de 2026

Una historia de amor

 


 Volví a leer después de mucho tiempo A Farewell to Arms, una de las novelas más famosas de la Primera Guerra Mundial, y quizás el primer hit de Ernest Hemingway.

Esta novela fue publicada en 1929, como Sin novedad en el frente y Goodbye to All That, entre muchos otros libros de la Gran Guerra, y tres años después de The Sun Also Rises, que es la novela de lo que viene después de la guerra, aunque con otros personajes. El argumento es relativamente sencillo: el narrador es el americano Frederick Henry, que está en el frente italiano como teniente en el servicio de ambulancias del ejército italiano. Allí conoce a una enfermera británica, Catherine Barkley; después de empezar a verla, Henry termina teniendo un gran amor con ella al ser herido y trasladado a un hospital en Milán, donde ella cuida de él. Con idas y vueltas entre el frente y la retaguardia, una novela de la guerra termina siendo una novela de amor.

Por detrás, claro, hay mucho más, porque en Hemingway siempre hay muchas cosas detrás. Hay, claro, un enjuiciamiento de la guerra, pero de forma mucho menos directa que en otros de los libros que estuve leyendo, incluyendo la citada Sin novedad en el frente, One Man’s Initiation 1917 y Le Feu, por ejemplo. El lugar más claro es el momento en el que Frederick Henry dice: “Siempre me daban vergüenza las palabras sagrado, glorioso y sacrificio y la expresión en vano. Las habíamos escuchado, a veces parados bajo la lluvia casi fuera de rango, de forma que sólo se escuchaban las palabras gritadas, y las habíamos leído, en proclamas que era pegadas en carteles por encima de otras proclamas, hacía un largo tiempo ya, y yo no había visto nada sagrado, y las cosas que eran gloriosas no tenían gloria y los sacrificios eran como los mataderos de Chicago si no se hubiera hecho nada con la carne más que enterrarla. Había muchas palabras que yo no podías soportar escuchar y al final sólo los nombres de los lugares tenían dignidad” (p. 134-135).

Como decía, el tema principal es la historia de amor entre el soldado americano y la enfermera británica. Discutiéndolo en el taller de lectura de novelas de la Primera Guerra, fui el único, creo, que se creyó la historia de amor. Los demás no se la creyeron demasiado. Para mí hay una clara progresión, donde al principio Henry la visita de puro aburrido y de poco se va enamorando. Para mí, hacia el final de la novela, están muertos el uno con el otro; arman un mundo propio, incluyendo mentiras que se entienden como tal, y hacen un hogar de cualquier lugar donde están juntos (un hospital, un hotel, una cabaña en la montaña).

“Nos podíamos sentir solos estando juntos, solos contra los demás. Sólo me pasó así una vez. Me he sentido solo estando con muchas chicas y esa es la manera en que podés sentirte más solitario. Pero nunca estábamos solitarios y nunca con miedo cuando estábamos juntos. Yo sé que la noche no es lo mismo que el día: que todas las cosas son diferentes, que las cosas de la noche no pueden ser explicadas de día, porque ahí no existen, y la noche puede ser un tiempo espantos para personas solitarias una vez que empezó su solitud. Pero con Catherine casi no había diferencia entre la noche scalvo que era un tiempo aún mejor. Si la gente trae tanto coraje a este mundo el mundo tiene que matarlos para romperlos, así que por supuesto los mata. El mundo rompe a todos y después muchos son fuertes en los lugares rotos. Pero a aquellos que no se rompen los mata. Mata a los muy buenos y a los muy amables y a los muy valientes imparcialmente. Si no sos uno de esos podés estar seguir de que te va a matar, pero sin un apuro especial” (p. 182-183).

Esa cita une el tema del amor con el tema ético. Más allá de que siempre nos vamos a morir y que somos los únicos animales conscientes de la propia mortalidad, el punto de Hemingway, acá como en muchos otros lados, es que hay una forma buena y otra mala de vivir. A lo largo de la novela Hemingway construye una dualidad: Dualidad: de un lado la montaña, la buena vida, el hogar, el amor y la vida, que en el frente es representado por el cura; del otro lado la planicie, la mala vida, el burdel, la guerra y la muerte, representadas por Rinaldi. Más allá de lo que ocurra al final, Catherine y Frederick Henry eligen el lado correcto. Al comienzo de la novela, el cura y Henry tienen un diálogo en el que el cura lo quiere llevar del lado del bien:

“Lo que me contás de las noches. Eso no es amor. Esos es sólo pasión y lujuria. Cuando amás querés hacer cosas para. Querés sacrificar para. Querés servir.

“Yo no amo.

“Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.” (p. 54).

Catherine y Frederick eligen el lado correcto: la montaña, el amor, el hogar. Y por eso son héroes, más allá de todas sus fallas. Porque lo importante no es ganar o perder, sino jugar de la manera correcta a pesar de todo lo que sabemos, a pesar de la muerte, a pesar de saber que tantos otros juegan mal, a pesar de que perdemos más de las que ganamos.

No es una novela feliz, claro, pero es una lectura feliz. Hemingway escribía realmente muy bien, y en esta novela lo vemos un poco menos “Hemingway” que en otros libros, lo cual está bueno. Hemingway es famoso por su lenguaje austero, por sus oraciones cortas, por todo lo que no dice. Acá lo veo mucho más lírico que en los cuentos cortos e incluso que en The Sun Also Rises. Aunque la base es siempre lo observable, hay mucho pensamiento del narrador, incluso momentos de fluir de conciencia.

Sin duda, una de las grandes novelas de la Primera Guerra y del siglo XX.

 

Originales de las citas

“I was always embarrassed by the words sacred, glorious, and sacrifice and the expression in vain. We had heard them, sometimes standing in the rain almost out of earshot, so that only the shouted words came through, and had read them, on proclamations that were slapped up by bil posters over other proclamations, now for a long time, and I had seen nothing sacred, and the things that were glorious had no glory and the sacrifices were like the stockyards at Chicago if nothing was done with the meat except to bury it. There were many words that you could not stand to hear and final y only the names of places had dignity.” (134-135)

“We could feel alone when we were together, alone against the others. It has only happened to me like that once. I have been alone while I was with many girls and that is the way that you can be most lonely. But we were never lonely and never afraid when we were together. I know the night is not the same as the day: that all things are different, that the things of the night cannot be explained in the day, because they do not then exist, and the night can be a dreadful time for lonely people once their loneliness has started. But with Catherine there was almost no difference in the night except that it was an even better time. If people bring so much courage to this world the world has to kill them to break them, so of course it kills them. The world breaks every one and afterward many are strong at the broken places. But those that will not break it kills. It kills the very good and the very gentle and the very brave impartially. If you are none of these yo u can be sure it will kill you too but there will be no special hurry.” (182-183)

“What you tell me about in the nights. That is not love. That is only passion and lust. When you love you wish to do things for. You wish to sacrifice for. You wish to serve.

“I don’t love.”

“You will. I know you will. Then you will be happy.” 54

 

 

 

lunes, 11 de mayo de 2026

Viaje interior

 


Leí Estás muy callada hoy, de Ana Navajas, una verdadera belleza. Novela, “diario ficticio” o “ficción del yo”, en palabras de Pedro Mairal en la contratapa, es una narradora que está haciendo, o está preparando para empezar a hacer, el duelo por la muerte de la madre. O, lo que es casi lo mismo, una mujer que encuentra que para hacer el duelo de su madre tiene que escribir. O una mujer que se convierte en escritora haciendo el duelo de la madre.

No es spoiler: la primera oración del libro es “El cementerio donde está enterrada mi mamá es mi jardín favorito” (p. 11) Y la última es…. Ok, no, no, eso sí sería spoiler. Pero rápidamente sabemos, después de aquella primera oración, que se trata de algo más que del duelo, que hay una reflexión interna sobre la familia, sobre la maternidad, sobre ser hija, esposa, hermana. Nos lo dice en la segunda página: “empezamos a coordinar la logística del traslado. Una caravana fúnebre al litoral: después de todos somos especialistas en encadenarnos uno atrás de otro, como esos esclavos con grilletes arrastrándose en fila” (p. 12).

Así, la narradora va y viene. En el espacio, entre algún lugar del litoral donde se cría, donde la narradora era “la nieta del dueño de todo” (p. 93), y que todos imaginamos que es en el interior de Corrientes, y Buenos Aires. Y entre esa infancia y esta adultez de madre de tres hijos, de esposa, a quien la muerte de la madre le abre la pregunta sobre el propio deseo. El libro se convierte así en una investigación sobre la propia vida y la propia familia, y una especie de toque atención sobre el misterio de todo vínculo, y especialmente de lo insondable de lo femenino. Todo esto con un tono entre Hemingway y Virginia Woolf, con dos cortas y una larga, con pequeños saltos de sentido, como un poema de 130 páginas.

Una belleza, la verdad.

lunes, 27 de abril de 2026

Belleza

 


Leí So Late in the Day, selección de tres cuentos de Claire Keegan, quizás mi escritora favorita. En la contratapa de esta hermosa edición hay una cita al NBR: “If [Keegan] has published something that isn’t perfect, I haven’t seen it”. Si Keegan publicó algo que no sea perfecto, yo no lo vi.

Y es más perfecto en una edición como esta. Buen papel, tres cuentos, tapa dura. Leer en una edición linda no es lo mismo que leer en una edición cualquiera. Leer en papel no es lo mismo que leer en formato electrónico. Leo mucho en Kindle porque leo mucho en inglés y en Argentina no es tan fácil conseguir lo que uno quiere; porque accedo a muchos libros electrónicos gratis a través de una biblioteca pública; y porque me fui acostumbrando y me trato de acostumbrar a vivir con menos cosas físicas. Pero no es lo mismo, yo sé que no es lo mismo.

Esta edición incluye tres cuentos, dos que yo ya había leído (“The Long and Painful Death”, publicado en Walk the Blue Fields, y “Antarctica”, publicado en Antarctica) y el que le da el título a la colección, “So Late in The Day”, publicado originalmente en The New Yorker. Los tres cuentos tratan fundamentalmente del encuentro entre un hombre y una mujer.

En el primero, un hombre mira para atrás a una relación que estuvo a punto de terminar en matrimonio, algo que a última hora no ocurrió. Es en una primera tercera en el varón de la pareja, Cathal, un tipo no demasiado conectado y más preocupado por el dinero que por los sentimientos de su pareja. En un momento ella le dice que una colega le dijo que la mayoría de los hombres de la edad de Cathal sólo quieren que las mujeres se callen y les den a ellos lo que ellos quieren. “Él quería negarlo, pero parecía incómodamente cercano a una verdad que él nunca antes había considerado” (p. 34).

En el segundo cuento una escritora va a una casa lejana, anteriormente de un escritor famoso, a una residencia de escritura. Allí es abordada por un hombre que no parece contenta con que ella hubiera ganado la residencia y ella, con eso, hace lo que un buen escritor hace: literatura. Sin que te des cuenta, oración tras oración, Keegan transforma el relato a un relato del relato.

En el tercero, “Antarctica”, una mujer sale a explorar algo sobre sí misma, a extender sus fronteras, y termina descubriendo algo mucho más complejo. De vuelta, lo que me llama la atención ahora, unos días después de haberlo leído, es cómo se puede transformar radicalmente una sensación, una atmósfera, con sutiles cambios de palabras.

Claire Keegan es una genia. Si hay algo que haya publicado que no sea perfecto, no lo conozco.

lunes, 20 de abril de 2026

París era una fiesta


Volví a leer después de décadas A Moveable Feast, unas memorias de Hemingway de sus años en París en la década de 1920. Publicado póstumamente, el libro cuenta un poco la historia de su matrimonio con Hadley y su final, pero sobre todo cimenta el mito de Hemingway como escritor hambriento y presenta de alguna manera una teoría de la escritura basada en la simplicidad, la omisión y el understatement.

En París, Hemingway trabajaba como periodista, pero en un momento dejó de hacerlo para dedicarse enteramente a la escritura. El hambre, dice, era una buena disciplina, y la pobreza una virtud: “no nos veíamos a nosotros mismos como pobres. No lo aceptábamos. Pensábamos que éramos personas superiores y que otras personas a quienes mirábamos con desdén y de quienes desconfiábamos con razón eran ricas” (p. 277). La otra virtud clave era la confianza. “‘No te preocupes. Siempre escribiste en el pasado y vas a escribir ahora. Sólo tenés que escribir una oración verdadera. Escribí la oración más verdadera que conozcas’. Así que al final escribía una oración verdadera, y después seguía desde ahí” (p. 255). Se trataba de escribir “una historia sobre cada cosa sobre lo que sabía” (p. 255).

Más adelante habla de la omisión como una estrategia clave, con dos ejemplos. El primero lo nombra, es el cuento “Out of Season”. El cuento es de una pareja joven que es guiada por un italiano viejo a pescar, aunque están fuera de temporada; pero el verdadero tema es la pelea que hubo entre la pareja antes de esta breve excursión. Además, se omite que después el viejo se suicida (aunque dicen por ahí que Hemingway se enteró de eso después de haber escrito el cuento). Dice: “Era un cuento muy simple llamado ‘Fuera de temporada’ y yo había omitido el final real que era que el viejo se colgaba. Esto se omitió bajo mi nueva teoría de que podías omitir cualquier cosa si vos sabías que lo omitías y la parte omitida fortalecería el cuento y haría que la gente sintiera algo más de lo que entendía” (p. 294). Hemingway se refiere en otro lado a esto como la teoría del iceberg: que se vea una parte y que siete partes queden omitidas.

El otro ejemplo es “Big Two-Hearted River”, que describe sin nombrar: “El cuento era sobre volver de la guerra pero no había mención a la guerra” (p. 295). Efectivamente, el cuento describe minuciosamente una excursión de pesca de un personaje habitual y alter ego de Hemingway, Nick Adams. La idea es que la gran trucha que va por debajo es el trauma de la guerra, y que la meticulosidad y la concentración absoluta de Nick en cada acción de pesca es una manera de lidiar con lo que hoy llamaríamos estrés postraumático. Por un lado es una genialidad; por el otro, si no sabés nada del autor o del personaje, el cuento es tan críptico que lo que tenés es un tipo pescando.

A Movable Feast también presenta el contexto parisino del que saldrá Jake Barnes y el resto de los personajes de Fiesta. The Sun Also Rises, incluyendo a Hemingway ahorrando para hacer el viaje a Pamplona que está en el centro de esa novela. Hemingway también cuenta acá el origen del mote de “generación perdida”, que es uno de los epígrafes de aquella novela. Aparentemente Gertrude Stein fue a un taller a arreglar su auto, y como los mecánicos no habían hecho su trabajo adecuadamente el patrón les dijo que eran una “génération perdue”. “‘Eso es lo que son. Eso son todos ustedes’, dijo la Srta. Stein. ‘Todos ustedes los jóvenes que estuvieron en la guerra. Son una generación perdida’. ‘¿En serio?’, dije. ‘Lo son’, insistió. ‘No respetan nada. Toman hasta morirse’.” (p. 266). Hemingway disputa esa idea, calificándola como una etiqueta fácil y sucia: “Yo pensé que todas las generaciones están perdidas por algo y que siempre lo estuvieron y siempre lo estarán” (p. 267). Pero los muchachos de Fiesta realmente parecen estar tomando hasta morirse. 

Además, A Movable Feast es un hermoso catálogo del arte de injuriar. Borges hubiera aprobado. Van algunos ejemplos.

“En los tres o cuatro años durante los que fuimos buenos amigos, no recuerdo a Gertrude Stein hablando bien de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente sobre su trabajo o hecho algo para avanzar su carrera, excepto por Ronald Firbank y, más adelante, Scott Fitzgerald” (p. 265).

Sobre Wyndham Lewis, pintor y escritor inglés: “no creo haber visto jamás un hombre más desagradable. Algunas personas muestran maldad como un gran caballo de carreras muestra linaje. Tienen la dignidad de un chancro endurecido. Lewis no mostraba maldad; solamente se veía desagradable (…) Bajo el sombrero negro, cuando los había visto por primera vez, los ojos habían sido los de un violador fallido” (p. 315).

A F. Scott Fitzgerald primero lo tilda de loco (“No podías enojarte con Scott, era como enojarse con alguien que estuviera loco” (p. 354); pero después de leer The Great Gatsby dice que decidió ayudarlo en todo lo que pudiera, pero el problema era su mujer, Zelda: “Yo estaba sguro de que si podía escribir un libro tan bueno como The Great Gatsby podía escribir uno incluso mejor. Yo todavía no conocía a Zelda, así que no sabía las terribles probabilidades que enfrentaba” (p. 363).

 

Originales de las citas

“we did not think ever of ourselves as poor. We did not accept it. We thought we were superior people and other people that we looked down on and rightly mistrusted were rich” (p. 277).

“‘Do not worry. You have always written before and you will write now. All you have to do is write one true sentence. Write the truest sentence that you know.’ So finally I would write one true sentence, and then go on from there” (p. 255).

“Up in that room I decided that I would write one story about each thing that I knew about” (p. 255).

“It was a very simple story called “Out of Season” and I had omitted the real end of it which was that the old man hanged himself. This was omitted on my new theory that you could omit anything if you knew that you omitted and the omitted part would strengthen the story and make people feel something more than they understood” (p. 294).

“The story was about coming back from the war but there was no mention of the war in it. But in the morning the river would be there and I must make it and the country and all that would happen” (p. 295).

“The patron had said to him, ‘You are all a génération perdue.’ ‘That’s what you are. That’s what you all are,’ Miss Stein said. ‘All of you young people who served in the war. You are a lost generation.’ ‘Really?’ I said. ‘You are,’ she insisted. ‘You have no respect for anything. You drink yourselves to death’.” (p. 266).

“But the hell with her lost-generation talk and all the dirty, easy labels” (p. 268).

“I thought that all generations were lost by something and always had been and always would be” (p. 267).

“In the three or four years that we were good friends I cannot remember Gertrude Stein ever speaking well of any writer who had not written favorably about her work or done something to advance her career except for Ronald Firbank and, later, Scott Fitzgerald.” (p. 265)

“I watched Lewis carefully without seeming to look at him, as you do when you are boxing, and I do not think I had ever seen a nastier-looking man. Some people show evil as a great race horse shows breeding. They have the dignity of a hard chancre. Lewis did not show evil; he just looked nasty (…) Under the black hat, when I had first seen them, the eyes had been those of an unsuccessful rapist.” (p. 315)

“You could not be angry with Scott any more than you could be angry with someone who was crazy” (p. 354).

“When I had finished the book I knew that no matter what Scott did, nor how he behaved, I must know it was like a sickness and be of any help I could to him and try to be a good friend. He had many good, good friends, more than anyone I knew. But I enlisted as one more, whether I could be of any use to him or not. If he could write a book as fine as The Great Gatsby I was sure that he could write an even better one. I did not know Zelda yet, and so I did not know the terrible odds that were against him” (p. 363).

lunes, 13 de abril de 2026

Bestseller bélico



Leí y releí Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, probablemente la novela más famosa de la Primera Guerra Mundial. Hace poco hice por acá una lectura de la secuela, El camino de regreso, y lo digo porque es interesante leerlas juntas –aunque mi recomendación es que sí lean Sin novedad en el frente y que no lean El camino de regreso–.

Sin novedad en el frente sigue a un protagonista y narrador, Paul Bäumer, durante unos años durante la guerra. Desde el alistamiento y la instrucción hasta su muerte, con idas y vueltas del frente, a la retaguardia y a casa de licencia. Usa una cantidad relativamente pequeña de escenas para mostrarnos la monstruosidad de la guerra y la destrucción física y psicológica de una generación, pero también deja cierta esperanza de que la vida tiene una chispa inextinguible, que el hombre se puede adaptar y seguir adelante. La guerra produce cambios fuertísimos también en la sociedad: abre una grieta entre quienes pelearon en el frente y los demás; y para esta generación un distanciamiento con las demás y la pérdida total de confianza en la autoridad y en el futuro.

Lo hace con esa cantidad limitada de escenas, en una primera persona pura y en presente (con la excepción de los dos famosos párrafos del final). Vemos ese mundo de las trincheras y el quiebre con el mundo anterior y con las generaciones precedentes a través de los ojos de Paul y con los pensamientos de Paul, más los de sus compañeros través de diálogos bastante creíbles (en comparación, por ejemplo, con unas disertaciones políticas poco verosímiles en Le Feu y en One Man’s Initiation). Ese relato directo, con poco juicio y opinión, y siempre en presente, ayuda a hacer todo más directo y fáctico, como era la vida de esos chicos.

En ese mostrar y no contar, Remarque produce algo parecido a lo que estaba haciendo su compañero de generación Hemingway: Adiós a las armas y Sin novedad en el frente son de 1929, y Fiesta. The Sun Also Rises había sido publicado en alemán en 1928. No hay una gran poética, salvo en pocos momentos, sino más bien un lenguaje directo, sin contemplaciones, con la dureza que adquieren los soldados frente a la realidad de la guerra. En la traducción de Brian Murdoch de 1994 suena mejor que en la de A. W. Wheen de 1929 (sí, leí las dos), pero no creo que esto cambie demasiado.

El tema principal es la guerra y cómo la guerra destruye los cuerpos y los espíritus de los hombres. Además, hay una clara delimitación de una generación nueva, que rompe totalmente con la anterior y que está “perdida”, que perdió toda confianza en la generación anterior y en el futuro. Aunque Remarque no usa la expresión “generación perdida”, dice “Somos como chicos que han sido abandonados y tenemos la experiencia de los viejos, somos ásperos, infelices y superficiales: yo creo que estamos perdidos” (p. 85). Dice Eksteins: “De todos los libros de la guerra del final de los años veinte (…) el de Remarque demuestra su punto, que esta era realmente una ‘generación perdida’, de manera más directa y emocional, incluso estridente, y este carácter directo y esta pasión están en el centro de su atracción para el público” (Eksteins, s.p.).

Lo único positivo que destaca de la guerra es la camaradería que despierta entre quienes la sufren juntos (y el drama de El camino de regreso es que esa camaradería se resquebraja en el mundo civil). Sin embargo, hay por momentos cierta esperanza, alguna insistencia de que hay una chispa vital y que mientras haya vida, hay esperanza. Más aun, por momentos parece que Paul parece descubrir el camino, que puede haber, a pesar de todo, un futuro, algo después de la guerra.

En un artículo bastante famoso sobre la novela, “All Quiet on the Western Front and the Fate of a War”, Modris Eksteins dice que la novela no es tanto una novela sobre la guerra, sino más bien “un reflejo de la mente de postguerra (…) La novela fue enormemente exitosa no porque fuera una expresión precisa sobre la experiencia de guerra del soldado del frente, sino porque fue una evocación apasionada del sentimiento público del momento, no tanto sobre la guerra en sí sino sobre la existencia en general en 1929”. Y es cierto que en muchos lugares vemos a Paul y a sus compañeros pensando que será de ellos el día después, sabiendo que van a volver física y emocionalmente rotos por todos lados. Dice Paul: “Soy joven, tengo veinte años; pero no sé nada de la vida más que desesperanza, muerte, miedo y la combinación de una superficialidad totalmente vacía con un abismo de sufrimiento (…) toda mi generación está experimentando esto conmigo. (…) Durante años nuestra ocupación ha sido matar –esa fue nuestra primera experiencia–. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué pasará después? ¿Qué puede llegar a suceder con nosotros?” (p. 180).

La gran tragedia de Sin novedad en el frente es que Paul llega a tener una respuesta a esa pregunta. Y es la misma idea que tiene Ernst Birkholz, el personaje que continúa al de Paul en El camino de regreso: convertirse en un escritor pacifista, contarle al mundo lo que sufrió su generación para que la guerra fuera la última guerra (idea muy fuerte durante la Primera Guerra Mundial, que sería la guerra para terminar con todas las guerras). En las trincheras, Paul piensa que de regresar querría “hacer algo (…) que hiciera que todo esto tenga sentido, estar acá bajo fuego y todo lo demás” (p. 61); y cerca de casa, al ver a prisioneros de guerra rusos a quienes le cuesta ver como enemigos, piensa que quizás entender que nada nos separa de los enemigos podría ser “la tarea a la que deberemos dedicar nuestras vidas después de la guerra, para que todos los años de horror hayan tenido sentido” (p. 133). Y en el clímax emocional de la novela, cuando acaba de matar con sus manos a un soldado francés, le dice al cadáver: “Hoy tu turno, mañana el mío. Pero si salgo de esta, amigo, voy a pelear contra las cosas que nos la arruinaron a nosotros dos: tu vida y mi… Sí, mi vida también. Te prometo, amigo. No puede volver a pasar nunca más” (p. 154).

Lo trágico para Paul es que cuando parece comprender un poco, cuando empieza a pensar que puede llegar a hacer algo al volver a casa, muere. Y para el mundo, claro, que no sería ni de cerca la última de las guerras; que sería, más bien, el engendro de la siguiente. En un día calmo, sin nada que informar, Paul muere. Eso que Paul no puede hacer lo hará Remarque, claro. Y terminar con las guerras, buenom nada parece indicar que esté en el horizonte.

 

Un comentario mínimo sobre la película de 2022

Aunque tiene cosas muy buenas –la secuencia inicial del reciclaje de los uniformes de los muertos me pareció genial–, odié la adaptación de 2022, principalmente por dos decisiones que, a mi entender, subvierten temas clave de la novela original.

La primera es que en la película Paul Bäumer y sus amigos se enlistan en el ejército con gran fervor patriótico en 1917 y, por lo que fui leyendo, es muy difícil pensar que hacia 1917 quedaran demasiados alemanes con tal fervor patriótico. El bloqueo inglés venía operando hacía años y Alemania pasaba hambre, y ya casi no había duda de que la guerra estaba perdida. Es difícil creer en esa ilusión, por lo que parece difícil entender que uno de los temas clave de la novela es la desilusión que rompe a esa generación.

La segunda, peor, es que los creadores de la película aran un final totalmente distinto, según el cual la muerte de Paul se produce el día del armisticio, poco antes de la hora señalada, debido a una batalla ordenada por un general loco. Me molesta la batalla inventada, claro. Pero más me molesta que hacer morir a Paul en esa batalla va en contra de la ironía del título del libro. Los dos párrafos finales del libro informan fríamente que Paul murió en un día en el que la burocracia militar informa que no hay novedad en el frente, pero en la película no sólo está la novedad del armisticio, sino también la de la batalla. La ironía del título inicial, que estamos tan acostumbrados a la muerte que la de Paul no es una novedad, se pierde totalmente. Juntando ambas cosas, la película puede estar muy bien, pero no como adaptación de la novela de Remarque.

 

Originales de las citas

“We are like children who have been abandoned and we are as experienced as old men, we are coarse, unhappy and superficial – I think that we are lost.” (p. 85).

“Of all the war books of the late twenties (…) Remarque's made its point, that his was a truly 'lost generation', most directly and emotionally, indeed even stridently, and this directness and passion lay at the heart of its popular appeal.” (Eksteins, s.p.).

“All Quiet was a reflection of the postwar mind (…) The novel became enormously successful not because it was an accurate expression of the frontline soldier's war experience, but because it was a passionate evocation of current public feeling, not so much even about the war as about existence in general in 1929.” (Eksteins, s.p.).

“I am young, I am twenty years of age; but I know nothing of life except despair, death, fear, and the combination of completely mindless superficiality with an abyss of suffering. (…) my whole generation is experiencing this with me. (…) For year our occupation has been killing – that was the first experience we had. Our knowledge of life is limited to death. What will happen afterwards? And what can possibly become of us?” (p. 180).

“if peace really came, what comes to my head is that I’d like to do something (…) that would make it all worthwhile, being out here under fire and all the rest.” (p. 61).

“the task that we must dedicate our lives to after the war, so that all the years of horror will have been worthwhile” (p. 133).

“‘Your turn today, mine tomorrow. But if I get out of all of this, pal, I’ll fight against the things that wrecked it for both of us: your life, and my – ? Yes, my life too. I promise you, pal. It must never happen again’.” (p. 154).

 

Otras citas seleccionadas

“We have turned into dangerous animals. We are not fighting, we are defending ourselves from annihilation. We are not hurling our grenades against human beings (…) the hands and the helmets that are after us belong to Death himself, and for the first time in three days we are able to look Death in the eyes, for the first time in three days we can defend ourselves against it, we are maddened with fury, not lying there waiting impotently for the executioner any more, we can destroy and we can kill to save ourselves, to save ourselves and to take revenge. (…) We are dead men with no feelings, who are able by some trick, some dangerous magic, to keep on running and keep on killing.” (p. 79/80, c. 6, el ataque).

“They were supposed to be the ones who would help us eighteen-year-olds to make the transition, who would guide us into adult life, into a world of work, of responsibilities, of civilized behaviour and progress – into the future. Quite often we ridiculed them and played tricks on them, but basically we believed in them. In our minds the idea of authority – which is what they represented – implied deeper insights and more humane wisdom. But the first dead man that we saw shattered this conviction. (…) But now we were able to distinguish things clearly, all at once our eyes had been opened. And we saw that there was nothing left of their world. Suddenly we found ourselves horribly alone – and we had to come to terms with It alone as well.” (p. 8/9)

“earlier values don’t count any longer, and nobody really knows how things used to be. The differences brought about by education and upbringing have been almost completely blurred and are now barely recognizable. (…) We are soldiers, and only as an afterthought and in a strange and shamefaced way are still individual human beings. It is a brotherhood on a large scale” (p. 186)