martes, 24 de febrero de 2026

Taller de lectura: El mejor de los mundos

 


Leyendo The Handmaid’s Tale de Margaret Atwood me puse a pensar en otras distopías que había leído y en que hay algo distópico en el aire de nuestros tiempos. Yuval Harari, por ejemplo, dice que la humanidad está en un punto de inflexión a partir del cual pueden cambiar los fundamentos no sólo de nuestras sociedades, sino hasta de nuestra biología. Con los avances de la biotecnología y la inteligencia artificial, dice, puede venir el fin del homo sapiens y la llegada de homo deus. Y otra lectura reciente, “AI 2027”, despierta el temor de un mundo dominado por dos grandes inteligencias artificiales, una en China y otra en EE. UU.

Esta confluencia me hizo querer releer algunas novelas distópicas que había leído hace ya mucho tiempo y ahí apareció la idea de este taller, en el que vamos a pensar cinco novelas en términos de la tradición de distopías, de sus propios méritos como obras literarias y de su relación con las realidades políticas y sociales en las que se escribieron. Primero pensé en ponerle algún título ligado con lo deprimente que parecía el tema. Pero después pensé que estas lecturas nos pueden hacer pensar que, al final de cuentas, este mundo, si no es el mejor de los posibles, tampoco es tan malo como algunas alternativas imaginables.

Propongo entonces seis encuentros virtuales. En el primero, más introductorio, y hasta casi “teórico”, vamos a poner un poco el marco que nos ayude a pensar estas obras. Y luego haremos cinco encuentros más, en cada uno de los cuales discutiremos una de las grandes novelas distópicas de la historia, según el siguiente detalle.

● Lunes 16 de marzo (19:30 a 21:00). Introducción y bienvenida: ¿qué es una distopía?

● Lunes 20 de abril (19:30 a 21:00). Un mundo feliz, Aldous Huxley (1932).

● Lunes 18 de mayo (19:30 a 21:00). 1984, George Orwell (1949).

● Lunes 22 de junio (19:30 a 21:00). Fahrenheit 451, Ray Bradbury (1953).

● Lunes 24 de agosto (19:30 a 21:00). El cuento de la criada, Margaret Atwood (1985).

● Lunes 21 de septiembre (19:30 a 21:00). La carretera, Cormac McCarthy (2006).

Aunque las novelas fueron escritas en inglés, las discutiremos en español y cada uno decidirá si la lee en uno u otro idioma. Además, para quienes se pierdan alguna sesión, los encuentros serán grabados para que los puedan ver asincrónicamente.

Algunas preguntas que nos pueden guiar en el camino. ¿Qué une a estas novelas? ¿Cuáles son sus diferencias? ¿Hay disparadores de las realidades sociales y políticas de sus autores para estas novelas? ¿Hay algo contra lo cual se esté escribiendo? ¿Hay algo que se esté defendiendo? ¿Hay una idea del hombre, de lo político? ¿Hay una idea de la literatura, de la palabra, del lenguaje? ¿Hay recursos literarios apoyando ese proyecto?

Si te interesa escribime a fsantillan@reddognarratives.net

lunes, 23 de febrero de 2026

Gatsby vive

 


Volví a leer después de bastante tiempo The Great Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Es una gran pequeña novela sobre sueños rotos y los límites del voluntarismo.

La volví a leer porque estoy preparando un taller de lectura sobre novelas de la Primera GuerraMundial, y la vi en un texto sobre literatura de la guerra. Eso llevó a un interesante intercambio con Gemini que comento como addenda (y con spoilers) abajo.

La historia es así: después de la guerra, Nick Carraway, un chico del Midwest, se va a Nueva York a trabajar en finanzas. Alquila una casita al lado de una mansión, y así conoce al dueño, un tal Jay Gatsby. Y Nick nos cuenta la historia de Jay, de cómo se hizo rico, de cómo se enamoró y de cómo eso no alcanzó. Porque a pesar de la guerra, las divisiones de clase son demasiado fuertes. El sueño americano es una mentira, o por lo menos tiene fuertes límites, nos dice. Mientras tanto, la novela se lee espectacular, es hermosa, y nos trasplanta por un tiempo a EE. UU. en los años veinte. No viene mal leerla y releerla.

También releí mi apunte de ese entonces y no está mal: sueños rotos, generación perdida. Ah, y leí otras cosas por ahí y sí, me gusta la idea de que en el fondo Nick es medio gay y está medio enamorado de Jay, aunque no se da del todo cuenta.

 

Discutiendo con Gemini: el cliente siempre tiene la razón

Yo no me acordaba que la guerra figurara en Gatsby; le pregunté a Gemini, la IA de Google y me dijo que sí, que era fundamental porque el hecho de que el narrador (Nick Carraway) y el personaje principal (Gatsby) hubieran combatido los ayuda a “crear un vínculo”; que la guerra le permitió a James Gatz convertirse en Jay Gatsby; que la guerra es lo que explica que hubiera perdido a Daisy en primer lugar; y que es lo que explica la atmósfera general de la novela. Concluye que “En The Great Gatsby la Primera Guerra Mundial es la causa de todo lo que ocurre.”

Si fuera Chequeado diría: EXAGERADO. Entonces le volví a preguntar. Le pregunté si no le parecía que la guerra era más el decorado que lo fundamental de la novela. Y Gemini dio mil volteretas para explicar que yo tengo razón y ella un poco también. “En la superficie, The Great Gatsby es indudablemente una novela sobre el Sueño Americano, la rígida división de clase entre los ‘viejos ricos’ y los ‘nuevos ricos’ y un romance obsesivo trágico. Absolutamente no es una ‘novela de la guerra’ en la manera en que sí lo son A Farewell to Arms de Hemingway o Three Soldiers de Dos Passos.” Pero después me dice que igual es “fundamental” como “catalizador” por tres razones: que James Gatz sólo pudo salir con Daisy porque estaba de uniforme; por el contexto de los años 20; y porque Carraway era un personaje desilusionado y por eso no vuelve al Midwest. Y concluye que la guerra es fundamental porque fue el “terremoto” que generó la fractura en la sociedad que le permitió a Gatsby ascender.

Me volvió a parecer exagerado. Y le dije que, a fin de cuentas, la victoria de Gatsby fue apenas momentánea. Que terminó muerto, por causa de Tom y Daisy Buchanan, y con sólo tres personas en el funeral. Y ahí me dio toda la razón. “Tenés toda la razón: la guerra proporcionó la ilusión de la movilidad social, pero no la realidad de ella. Le permitió a Gatsby colarse brevemente a la fiesta, pero nunca le dio realmente un asiento permanente en la mesa.”  

jueves, 19 de febrero de 2026

Taller de lectura: Dulce et decorum est



Dulce et decorum est: taller de lectura de novelas de la Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue uno de los eventos más dramáticos de la historia de la humanidad: fue la primera guerra auténticamente mundial y produjo entre 9 y 10 millones de muertos en combate (triplicando en un tercio del tiempo a la guerra anterior con más muertes); significó un cambio fundamental en el mapa mundial, con la destrucción de cuatro imperios; y dio fin a un período caracterizado por una gran confianza en el progreso de la humanidad, e inicio al siglo más violento y destructivo de la historia. Además, engendró una importante producción literaria por cantidad y calidad. 

Obviamente, no podemos leer todo, así que elegí algunos libros buscando que sean representativos de algunas líneas y de distintos teatros de la guerra. Propongo comenzar por una clase introductoria sobre la Primera Guerra y su lugar en la historia y lo que significó para la literatura y después discutir juntos un libro por mes. Será el primer lunes de cada mes de 19:30 a 21:00 de Argentina (salvo la sesión de agosto que sería el segundo lunes), de forma virtual, grabándose las clases para quien las quiera ver asincrónicamente. En definitiva, el cronograma sería el siguiente.

● Lunes 2 de marzo: introducción y presentación.

● Lunes 6 de abril: Sin novedad en el frente, Erich Maria Remarque (1929), ~74.000 palabras.

● Lunes 4 de mayo. Adiós a las armas, Ernest Hemingway (1929), ~89.000 palabras.

● Lunes 1 de junio. Un hijo en el frente, Edith Wharton (1923), ~63,000 palabras.

● Lunes 6 de julio. Tempestades de acero, Ernst Jünger (1920), ~72.000 palabras.

● Lunes 10 de agosto. El buen soldado Schweik, Jaroslav Hašek (1921-1923), ~188.000 palabras.

● Lunes 7 de septiembre. La señora Dalloway, Virginia Woolf (1929), ~50,000 palabras.

Interesados escribir a fsantillan@reddognarratives.net

De yapa va el poema que le da el título al taller, con una traducción veloz mía.


Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen (1893-1918)

Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of tired, outstripped Five-Nines that dropped behind.
Gas! Gas! Quick, boys!—An ecstasy of fumbling,
Fitting the clumsy helmets just in time;
But someone still was yelling out and stumbling
And flound'ring like a man in fire or lime...
Dim, through the misty panes and thick green light,
As under a green sea, I saw him drowning.
In all my dreams, before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.
If in some smothering dreams you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil's sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,—
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

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Doblados al medio, como viejos mendigos debajo de bolsas
Patizambos, tosiendo como brujas, puteamos en el barro,
Hasta que ante las fantasmales bengalas dimos nuestras espaldas
Y hacia nuestro distante descanso comenzamos a fatigar.
Hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas
Pero seguían rengueando, ensangrentados. Todos débiles; todos ciegos;
Borrachos de fatiga; sordos hasta para el ulular
De las cansadas, superadas, Cinco-Nueves que caían detrás.
¡Gas! ¡Gas! ¡Rápido, chicos! Un éxtasis de chapucería,
Poniéndonos los torpes cascos justo a tiempo;
Pero uno seguía aún gritando y tropezando
Y luchando como un hombre en el fuego o el fango---
Tenue, a través de los vidrios empañados y la densa luz verde,
Como bajo un mar verde, lo vi ahogándose.
En todos mis sueños, bajo mi mirada inútil.
Se zambulle hacia mí, derritiéndose, atragantándose, ahogándose.
En algunos sueños sofocantes vos también podrías caminar
Detrás del carro al que lo lanzamos,
Y ver los ojos blancos retorciéndose en su cara,
Su cara colgante, como la de un demonio harto del pecado;
Si pudieras escuchar, con cada sacudón, la sangre
Saliendo con gárgaras de los pulmones corrompidos de espuma,
Obscena como el cáncer, amarga como el bolo
De bilis, llagas incurables en lenguas inocentes,–
Amigo, no le dirías con tan altivo placer
A niños ardientes por alguna gloria desesperada,
La vieja Mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

lunes, 16 de febrero de 2026

Protesto


Leí Le Feu, de Henri Barbusse, la primera gran novela de la Primera Guerra Mundial. Publicada de forma serial en 1916, en el medio de la guerra, ganó el prestigioso Prix Goncourt de ese año a pesar de ser una fuerte crítica de la guerra y del sistema social que sacrificaba a millones de jóvenes en las trincheras. Es considerada, en este sentido, una precursora de la literatura de la “generación perdida”.

Le Feu fue traducido al español como El fuego, y en inglés como Under Fire, que no es lo mismo, claro. Yo la leí en una edición que usa la traducción original al inglés, a cargo de W. Fitzwater Wray, publicada también mientras la guerra continuaba, en 1917. Mientras leía el libro pensaba que la traducción no era muy buena, y al avanzar con esta entrada del blog fui convenciéndome de ello cada vez más. Tanto que fui al original para traducir algunas citas.

Le Feu tiene como subtítulo “Journal d’une escouade”, es decir, “Diario de un escuadrón”, pero no es del todo un diario, porque no hay una sensación de una secuencia de tiempo, sino más bien una compilación de anécdotas que tocan de alguna manera muchas de las experiencias típicas que podía vivir un escuadrón en el frente occidental, cerca del camino de Bethune, cerca de donde estuvo Graves si no me equivoco. (Una gran diferencia es que Graves vivió la experiencia de un oficial de bajo rango, mientras que el narrador de Barbusse es un soldado común; de hecho, en Le Feu casi ni hay oficiales, ni para atacarlos, salvo a los que están lejos del frente). Esas experiencias son el hambre, la lluvia, los muertes, la suciedad, las esperas eternas, la llegada del correo y las cartas que se escriben, el deseo de tener “una herida buena”, las estancias lejos del frente para descanso y recuperación, las muertes de los compañeros, la creciente diferencia y extrañeza con los civiles, las licencias, pasar por un hospital de campaña, sufrir un bombardeo intenso y, claro, el asalto a una trinchera enemiga.

El libro comienza al inicio de la guerra en un sanatorio en los Alpes suizos, probablemente para tuberculosos (como el sanatorio al que iría Hans Castorp en La montaña mágica, novela que describe el espíritu y las ideas previas a la guerra, y que concluye con el joven Castorp yendo a su probable muerte en un asalto a trincheras francesas). En esta escena inicial de Le Feu, enfermos de distintos lugares de Europa piensan correctamente, como lo sintieron tantas personas, que era un momento de quiebre para el continente y el mundo. Y también, como tantos otros, y equivocadamente, que sería la guerra para terminar con la guerra. Es un diálogo fragmentado, sin identificar personajes, algo que se repite a lo largo del libro y que es un rasgo del modernismo que estaba llegando: “¡Guerra! Algunos de los inválidos quiebran el silencio y dicen la palabra nuevamente bajo su respiración, reflexionando que este es el hecho más grande de la época y quizás de todas las épocas. (…) El tercero agrega, “quizás esta sea la última de todas las guerras” (p. 4).

La obra se divide en 24 capítulos además de aquel, llamado “Visión”. Los dos más importantes, el núcleo de la obra, son el que sigue al inicial, “En la tierra”, y “Fuego”, que relata el asalto a unas trincheras enemigas. Entre los dos son más o menos un tercio del libro. “En la tierra” describe la topografía de la guerra –las trincheras, la lluvia, el lodo– y los hombres que sufren y esperan: “Veo sombras que vienen desde esas fosas transversales y que se van moviendo, moles enormes y deformes, como osos, que gruñen y se revuelven. Ellos son ‘nosotros’. Estamos sofocados como esquimales (…) Por más de quince meses, por quinientos días en este lugar del mundo en el que estamos, los rifles y los grandes cañones han estado disparando de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Estamos enterrados en un campo de batalla eterno; pero como el tic tac de los relojes de nuestras casas en esos días que han pasado –en el ahora casi legendario Pasado– sólo oís el ruido cuando escuchás” (p. 8).

De aquella experiencia compartida surge ese “nosotros”. “En nuestro rebaño desordenado, en esta familia sin parentesco, este hogar sin hogar en el que nos reunimos, hay tres generaciones una al lado de la otra, viviendo, esperando, parados, como estatuas no terminadas, como postes” (p. 19). Después de hablar de la gran diversidad entre los personajes del escuadrón, muchos de los cuales morirán en los siguientes capítulos, habla de esto que los une, esta experiencia que los aleja de los civiles, pero los acerca con el enemigo; uno se pregunta si los soldados alemanes “en el fondo no son hombres más o menos como nosotros” (p. 40). (Sobre la muerte de compañeros destaco esta imagen; va saliendo el sol y el narrador cuenta: “Entonces giro de nuevo y miro a esos hombres muertos que el día está exhumando gradualmente, revelando sus formas manchadas y endurecidas. Son cuatro. Son nuestros compañeros Lamuse, Barque, Biquet y el pequeño Eudore. Se pudren muy cerca nuestro, bloqueando una mitad del surco ancho, serpenteante y embarrado que los vivos deben aún defender” – p. 272).

“Fuego”, donde ocurre aquella escena, describe el asalto a una trinchera alemana, casi la definición misma de la locura: “Están más allá de excesos instintivos. No están borrachos, ni física ni moralmente. Es en plena conciencia, como es en plena salud y en plena fuerza, que están amasados acá para lanzarse a sí mismos una vez más hacia ese especie de papel de loco impuesto sobre todos los hombres por el género humano. (…) No son del tipo de héroe que uno piensa, pero su sacrificio tiene más valor del que jamás podrán llegar a entender aquellos que no los han visto” (p. 292). Y si Le feu se destaca por describir decenas y decenas de cadáveres, este capítulo es probablemente el que más lo hacer. Al finalizar el asalto “El suelo está tan lleno de muertos que los desprendimientos de tierra descubren lugares erizados con pies, con esqueletos semivestidos y con osarios de cráneos puestos uno al lado del otro en la empinada cuesta como frascos de porcelana” (p. 325).

Por diseño o por defecto, en Le Feu no hay prácticamente personajes ni arcos narrativos. Los personajes son muy poco desarrollados. Quizás con el que se profundiza más es uno, Poterloo, que le pide al narrador que lo acompañe a ver lo que era su pueblo, Souchez; al llegar ven que no ha quedado nada. Y luego otro que cuenta que fue a ver a su familia y vio a su mujer hablando con un oficial alemán y a su hijo a upa de otro. Pero sobre todo es llamativo lo poco que sabemos del narrador: ni el nombre, ni qué hacía antes de la guerra ni de qué parte de Francia venía. Sabemos que va a escribir, e intuimos que ya era escritor o periodista, por un compañero: “Con su boca llena, y mandando hacia mi lado el vaho de una tienda de dulces, tartamudea: ‘decime, vos, tipo que escribe, más adelante vas a escribir sobre soldados, vas a hablar de nosotros, ¿eh?’ ‘Pero claro, querido, voy a hablar de vos, y de los muchachos, y de nuestra vida’.” (p. 205). Luego aparecen, sí, y como de la nada, sus ideas, en el capítulo final.

Efectivamente, con el correr de los capítulos, los textos pasan de ser más descriptivos a más de denuncia. Y el tema de lo que une a estos hombres pasa a ser cada vez más lo que los diferencia de los otros, de los civiles, de quienes no pelearon, de los que evitaron pelear, de los que los mandaron a pelear. Y el texto se convierte en una gran canción de protesta y un llamado a la revolución.

El capítulo final, “El amanecer”, retoma un poco la línea más filosófica del capítulo inicial (y también la pregunta de si será la última guerra). Después de un día tremendo de barro y agua, distintas voces hablan sobre la naturaleza de la guerra y del lugar del soldado, que es el lugar del pueblo. “Los pueblos no son nada y deberían serlo todo, dijo entonces el hombre que me había interrogado, rescatando sin saberlo una vieja frase histórica de más de un siglo, pero dándole finalmente su gran sentido universal” (p. 407). En este caso fui a la cita en francés y creo que eso ayuda a darle a la cita su verdadero sentido. La cita es al famoso texto “¿Qué es el Tercer Estado?” del Abate Sieyès. Y cuando dice que adquiere finalmente su sentido es porque parece decir que los pueblos deben buscar la revolución, la igualdad, que es el principio que destaca el narrador de los tres principios de 1789. “‘¡Pero sobre todo la igualdad!’ Les digo [¡aparece el narrador!] que la fraternidad es un sueño, un sentimiento nublado e inconsistente; que es contrario a la naturaleza de un hombre odiar a otro a quien no conoce, pero que es igualmente contrario amarlo. No se puede construir nada sobre la fraternidad. Ni sobre la libertad; es demasiado relativa en una sociedad en la que todas las fracciones se enfrentan necesariamente unas con las otras. Pero la igualdad es siempre la misma. La libertad y la fraternidad son dos palabras, mientras que la igualdad es una cosa” (p. 407 - de nuevo me ayudé del original, lo que me confirma que la traducción que usé no es muy buena).

Y termina con un alegato populista: “si naciones enteras van al matadero ordenadas en ejércitos para que los de la casta engalonada puedan escribir sus nombres principescos en la historia, para que otras personas doradas del mismo rango puedan meter mano en más negocios, y crecer en empleados y tiendas… veremos, apenas abramos los ojos, que las divisiones entre los hombres no son las que creíamos, y que aquellas que creíamos no son divisiones” (p. 410).  “Y con ellos están todos los curas, que buscan excitarte y dormirte con la morfina de su Paraíso, para que nada cambie. Están los abogados, los economistas, los historiadores –¿y cuántos más?– que te enredan con sus frases de teoría” (p. 413). Son “todas esas personas que no pueden ni quieren hacer la paz en la tierra; todos los que, por una u otra razón, se agarran al viejo estado de las cosas donde ellos encuentran o inventan las excusas: ¡esos son tus enemigos!” (p. 414) Y contra esos habrá que hacer la revolución.

El lector que haya llegado hasta acá se habrá dado cuenta de que el libro no me volvió loco. O sea, es increíble porque ahí en medio de la guerra, Barbusse la describió notablemente y logró captar el espíritu revolucionario que arrasaría a buena parte de Europa (y especialmente, claro, a Alemania y a Rusia, derivando en la revolución bolchevique). Como novela no corre demasiado, y termina con algo que es más política que literatura. Antes que yo lo dijo Hemingway: “El único buen libro que salió durante la última guerra fue Fuego de Henri Barbusse. Fue el primero en mostrarnos a nosotros, los chicos que fuimos directo de la escuela o la universidad a la guerra, de que podías protestar en otras cosas además de la poesía contra la inútil y gigantesca matanza y falta de incluso la más elemental inteligencia en los generales que caracterizó la conducción de la guerra por los Aliados entre 1915 y 1917 (…) Pero cuando querías leerlo de nbuevo para tratar de sacar algo permanente y representativo de él, el libro no se sostenía. Su mayor cualidad era su coraje en escribirlo cuando lo escribió (…) Barbusse había aprendido a decir la verdad sin gritar” (pero un poco grita al final, digo yo). En fin: un libro más importante que placentero.


Mínimo apunto sobre otras obras en Le Feu

Además de ese comienzo que me hizo recordar a La Montaña Mágica, hay dos momentos que me hicieron pensar en sendas obras bélicas. Hay una escena en la que, lejos del frente, en un granero donde descansan, los miembros de la escuadra se muestran las cosas que llevan, los elementos que están dispuestos a guardar y llevar a pesar del peso extra que suponen porque piensan que les pueden ser útiles. “Son pertenencias tristes, ciertamente. Todo lo hecho para el soldado es feo o de mala calidad” (p. 217). Esto me hizo recordar a What they carried, de Tim O’Brien. Y en otro momento se habla de un soldado que tiene cinco hermanos, y que todos murieron en la guerra, lo cual me recordó a Salvando al soldado Ryan.

 

Originales de las citas

“War! Some of the invalids break the silence, and say the word again under their breath, reflecting that this is the greatest happening of the age, and perhaps of all ages. Jan 28, 2026 Page 5 | Highlight (Yellow) The third adds, ‘Perhaps it is the last war of all’.” (p. 4).

“I see shadows coming from these sidelong pits and moving about, huge and misshapen lumps, bear-like, that flounder and growl. They are "us." We are muffled like Eskimos.” (p. 8)

“For more than fifteen months, for five hundred days in this part of the world where we are, the rifles and the big guns have gone on from morning to night and from night to morning. We are buried deep in an everlasting battlefield; but like the ticking of the clocks at home in the days gone by—in the now almost legendary Past—you only hear the noise when you listen” (p. 8).

“In our ill-assorted flock, in this family without kindred, this home without a hearth at which we gather, there are three generations side by side, living, waiting, standing still, like unfinished statues, like posts.” (p. 19)

“’Ah, mon vieux,’ says Tirloir, ‘we talk about the dirty Boche race; but as for the common soldier, I don't know if it's true or whether we're codded about that as well, and if at bottom they're not men pretty much like us’.” (p. 40)

“Then I turn again and look upon these dead men whom the day is gradually exhuming, revealing their stained and stiffened forms. There are four of them. They are our comrades, Lamuse, Barque, Biquet, and little Eudore. They rot there quite near us, blocking one half of the wide, twisting, and muddy furrow that the living must still defend” (p. 272).

“They are above instinctive excesses. They are not drunk, either physically or morally. It is in full consciousness, as in full health and full strength, that they are massed there to hurl themselves once more into that sort of madman's part imposed on all men by the madness of the human race. (…) They are not the kind of hero one thinks of, but their sacrifice has greater worth than they who have not seen them will ever be able to understand.” (p. 292).

“The ground is so full of dead that the earth-falls uncover places that bristle with feet, with half-clothed skeletons, and with ossuaries of skulls placed side by side on the steep slope like porcelain globe-jars.” (p. 325).

“With his mouth full, and wafting me the odor of a sweetshop, he stammers—'Tell me, you writing chap, you'll be writing later about soldiers, you'll be speaking of us, eh?’ ‘Why yes, sonny, I shall talk about you, and about the boys, and about our life.’” (p. 205)

“‘The people—they're nothing, though they ought to be everything,’ then said the man who had questioned me, recalling, though he did not know it, an historic sentence of more than a century ago, but investing it at last with its great universal significance.” / “Les peuples, c'est rien et ça devrait être tout, dit en ce moment l'homme qui m'avait interrogé, reprenant sans le savoir une phrase historique vieille de plus d'un siècle, mais en lui donnant enfin son grand sens universel.” (p. 407)

“’But principally equality!’ I tell them that fraternity is a dream, an obscure and uncertain sentiment; that while it is unnatural for a man to hate one whom he does not know, it is equally unnatural to love him. You can build nothing on fraternity. Nor on liberty, either; it is too relative a thing in a society where all the elements subdivide each other by force. But equality is always the same. Liberty and fraternity are words while equality is a fact.” / “Mais surtout l'égalité ! Je leur dis que la fraternité, c'est un rêve, un sentiment nuageux, inconsistant ; qu'il est contraire à la nature de l'homme de haïr un inconnu, mais qu'il lui est également contraire de l'aimer. On ne peut rien asseoir sur la fraternité. Ni sur la liberté non plus : c'est trop relatif dans une société où toutes les fractions se gênent forcément les unes les autres. Mais l'égalité est toujours la même. La liberté et la fraternité sont des mots, tandis que l'égalité est une chose.” (p. 407).

“if whole nations go to slaughter marshaled in armies in order that the gold-striped caste may write their princely names in history, so that other gilded people of the same rank can contrive more business, and expand in the way of employees and shops—and we shall see, as soon as we open our eyes, that the divisions between mankind are not what we thought, and those one did believe in are not divisions.” / “Si des peuples entiers vont à la boucherie, rangés en armées, pour que la caste galonnée puisse écrire ses noms de princes dans l'histoire, pour que d'autres gens dorés de la même classe puissent tripoter plus d'affaires, et s'étendre en fait de fonctionnaires et de boutiques... on verra, dès qu'on ouvrira les yeux, que les divisions entre les hommes ne sont pas celles qu'on croyait, et que celles qu'on croyait ne sont pas des divisions.” (p. 410).

“With them are all the parsons, who seek to excite you and to lull you to sleep with the morphine of their Paradise, so that nothing may change. There are the lawyers, the economists, the historians—and how many more?—who befog you with the rigmarole of theory” (p. 413).

“all those people who cannot or will not make peace on earth; all those who for one reason or another cling to the ancient state of things and find or invent excuses for it—they are your enemies!” / “tous ces gens-là qui ne peuvent pas ou ne veulent pas faire la paix sur la terre ; tous ceux qui, pour une raison ou pour une autre, s'accrochent à l'ancien état des choses et lui trouvent ou lui inventent des excuses — ce sont vos ennemis !” (p. 414)

“The only good war book to come out during the last war was Under Fire by Henri Barbusse. He was the first to show us, the boys who went from school or college to the last war, that you could protest in anything besides poetry, the gigantic useless slaughter and lack of even elemental intelligence in generalship that characterized the Allied conduct of that war from 1915 to 1917... But when you came to read it over to try to take something permanent and representative from it the book did not stand up. Its greatest quality was his courage in writing it when he did... [Barbusse] had learned to tell the truth without screaming.”

“They are mournful belongings, indeed. Everything made for the soldier is commonplace, ugly, and of bad quality” (p. 217).

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Lo que pudo haber sido

 


Leí La última piel, de Patricia Gutiérrez, una historia de amor, una novela sobre el tacto (y los sentidos) y una reflexión sobre lo que pudo haber sido.

Después de enterrar a su hermana, ya de grande, Nélida recuerda el gran amor de su vida y reflexiona de alguna manera sobre lo que pudo haber sido. Desde el principio sabemos que ese amor no llegó a buen puerto, y la novela te atrapa porque querés entender por qué. Nélida es una costurera hija de inmigrantes españoles, con sueños de convertirse en modista. Se engancha con León, el hijo rebelde, músico, de una familia quizás patricia, con padre general y todo. León y Nélida vienen de lugares muy diferentes, pero eso no parece importar: la atracción es directa, total, de piel. La novela viene con un epígrafe de Pablo Maurette sobre el tacto como algo “ineludible, impostergable, imposible de olvidar”. En el caso de Nélida, esa conexión desde la piel con León nunca se olvida. Pero algo les permitió, en su momento, postergarlo, eludirlo.

La historia comienza en 1927 y podría haber tenido como epigrafe esta cita de Borges en El idioma de los argentinos: “Vivimos una era de promisión. Mil novecientos veintisiete: gran víspera argentina. (…) El porvenir (cuyo nombre mejor es el de esperanza) tira de nuestros corazones” (tomo I, p. 343). En La última piel se respira ese espíritu de época. El padre le dice a Nélida que “El pasado es pasado, mija. No hay nada que recordar. En esta tierra se mira al futuro y ya” (p. 36); una amiga le dice que vale la pena dejar su trabajo en un taller para emprender su propio negocio porque “vivimos en un país que te permite hacerlo” (p. 84); y la misma Nélida dice: “no creo que haya mucha diferencia entre Nueva York y Buenos Aires” (p. 61).

Nélida y León y Argentina parecen ser dos proyectos destinados al éxito, pero de alguna manera ambos fracasan. En la novela no hay una definición ni una hipótesis sobre el fracaso argentino, ni tiene por qué haberlas, claro está. El lector puede suponer una subyacente: como la familia de Nélida es yrigoyenista y la de León es anti-yrigoyenista, y los primeros son buenos y los segundos no tanto, podemos imaginar algo. Sobre la relación tampoco es tan claro: pareciera que la relación fracasó porque sus partes no siguieron el llamado de la piel; pero Nélida construyó igual una vida que parece haber sido, a pesar de ello, exitosa en sus ojos.  

El libro incluye una dedicatoria a quienes “sueñan con lo que pudo haber sido”. Y lo que pudo haber sido no es necesariamente mejor o peor, sino un mix distinto de éxitos y fracasos, de experiencias y de sentidos.