Leí Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los oficiales alemanes más condecorados de la Primera Guerra Mundial. Es uno de los libros que había incluido en el taller de novelas de la Gran Guerra, pero claro, no es una novela, sino memorias. Pero no unas memorias que incluyen el paso del autor por la guerra como parte de la historia más amplia del narrador, como puede ser Goodbye to All That, de Robert Graves, sino un libro absolutamente centrado en la guerra: no está el pasado ni el futuro del narrador, ni prácticamente otros personajes más que el narrador. Está la guerra. Por si queda alguna duda, el libro comienza cuando se bajan del tren en Francia y termina cuando, de regreso, Jünger recibe la medalla Pour le Meritè.
A Jünger se lo ha acusado de glorificar la
guerra. No creo que sea así. También hay lugar para el reconocimiento del
horror y para otros tópicos comunes de la literatura bélica (la extrañeza de que la naturaleza siga
adelante en medio del horror, el papel del azar en definir si un hombre vive o
muere), pero la mirada no es la de la desilusión. Jünger parece ver a la guerra
como una gran aventura. Por momentos incluso casi un viaje de egresados, un
grupo de muchachos que la pasan bien juntos: “Éramos cuatro oficiales,
incluyendo al comandante de la compañía, y vivíamos juntos muy armoniosamente,
tomando café en uno u otro de nuestros refugios, o cenando juntos, a menudo con
una botella o dos, fumando, jugando a las cartas, y disfrutando de grandes
conversaciones” (p. 63). Formateados por la literatura de la generación
perdida, a veces nos cuesta creerlo, pero hubo otras maneras de experimentar la
guerra. Para muchos hombres de clase trabajadora, la guerra era una experiencia
mejor que las minas de carbón o las fábricas, y para muchos jóvenes una forma
de vida excitante.
Tempestades de acero no es, sin embargo, meramente un libro de aventuras. El traductor
Michael Hofmann –se recomienda muy fervientemente esta traducción y no la vieja
de Basil Creighton– dice en la introducción a mi edición que se trata de una
épica. Y creo que tiene razón. En varios momentos Jünger habla de la guerra
como una gran aventura, como una prueba del cuerpo y espíritu del soldado. Así,
dice de una patrulla: “Estas pequeñas expediciones, cuando un hombre toma su
vida en sus manos, eran una buena manera de probar nuestro temple y de
interrumpir la monotonía de la vida de trincheras. No hay nada peor para un
soldado que el aburrimiento” (p. 88-89).
Los personajes de los libros típicos de la
guerra, los de la desilusión y de la supuesta “generación perdida”, no temen el
aburrimiento. Más bien rezan por un “sector tranquilo”, por un sector aburrido.
Pero para Jünger no había nada peor que el aburrimiento. En otro momento dice:
“Después de semanas de bombardeo, estaba por comenzar la batalla de infantería;
habíamos llegado en el momento correcto” (p. 161). Los personajes de Sin novedad en el frente, por ejemplo, hubieran dicho que llegaron en el peor momento. En
el prólogo a mi edición, el escritor y veterano de Vietnam Karl Marlantes se
refiere a Jünger como “un soldado innato”, y algo de eso hay.
Como en las viejas épicas, la guerra es el
campo donde se mide el valor de los hombres. Relacionado con esto, no hay odio
al enemigo, y por momentos hasta hay admiración. Casi como si se tratara de un enfrentamiento
deportivo. En un momento habla del encuentro con un oficial inglés
en medio de un alto el fuego extraoficial y dice que tenían “casi una
admiración de buenos deportistas el uno por el otro, y no tengo dudas de que
nos hubiera gustado intercambiar mementos” (p. 57). Poco después resume: “A
lo largo de la guerra siempre intenté ver a mi oponente sin animadversión, y
formar una opinión de él como hombre sobre la base del coraje que mostrara.
Siempre intentaría buscarlo en combate y matarlo, y no esperaba nada menos de
él. Pero nunca tuve pensamientos malos sobre él” (p. 58). Es extraordinario: no
tengo pensamientos malos sobre él, pero quiero matarlo.
Detrás de esas aventuras y esas pruebas está
el valor del patriotismo. Como Aquiles peleando por Grecia, Jünger pelea por
Alemania. Volviendo al frente después de una de sus estadías en el hospital
(Jünger sufrió 14 heridas de importancia), reflexiona: “Qué país hermoso que
era, y eminentemente digno de nuestra sangre y de nuestras vidas. (…) por
primera vez tuve la sensación de que esta guerra era más que sólo una gran
aventura” (p. 33). O, en uno de los pocos pasajes más poéticos: “Cada tanto,
por la luz de una bengala, veía casco de acero contra casco de acero, hoja por
hoja brillante, y me sobrecogía un sentimiento de invulnerabilidad. Podíamos
ser aplastados, pero sin dudas no podríamos ser conquistados” (p. 99). Y la
guerra se pelea con una sensación del honor; así, al final, cuando Alemania
retrocede con acciones de tierra arrasada, Jünger lo juzga negativamente: eran “malas
para la moral y el honor de los hombres. (…) hace más daño que bien para quien
destruye y deshonra al soldado” (p. 128). En definitiva, es una épica, y la
guerra tiene un sentido. “La batalla decisiva, el último asalto, había llegado.
Aquí se decidirían los destinos de las naciones, lo que estaba en juego era el
futuro del mundo. Sentía el peso de la hora, y creo que todos sentimos disolverse
lo individual dentro nuestro y al miedo irse” (p. 231).
Borges leyó Tempestades de acero, pero
no dejó algo escrito sobre estas memorias hasat donde sé. En 1937 sí publicó una reseña bastantecrítica sobre un ensayo de Jünger, “La
guerra como una experiencia interior”. Según Borges, Jünger define allí a la
guerra como “una especie de arte minoritario o de religión esotérica. Muchos
son los llamados –a veces, todos: por ejemplo, durante el bombardeo de una
ciudad,– y pocos, o ninguno, los elegidos”. Al mismo tiempo, le critica “la
vana acumulación de metáforas insensatas”. En esa reseña Borges habla de Tempestades
de acero; la llama Entre los huracanes de acero y dice “que alaba y
agradece la guerra” y que era un libro “narrativo”.
En 1982 Borges visitó a Jünger en Alemania. Según el alemán, hablaron en una mezcla de alemán, español, francés e inglés sobre “Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, Don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert”. Jünger dice en sus memorias que “Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino”. Borges le habría dicho que esa lectura fue “una erupción volcánica”.
Imagino que la fascinación de Borges está en encontrar en Jünger esas dos ramas de su propia historia, la del guerrero de la rama paterna y la del escritor de la rama materna. Además, claro, del título de su obra más conocida. Como se sabe, Borges apreciaba mucho las kenningar, metáforas condensadas típica de la antigua poesía vikinga donde se reemplaza un sustantivo común con una expresión figurativa compuesta. En “Las Kenningar”, artículo publicado en Historia de la eternidad (1953), Borges da algunos ejemplos: “alimento de cuervos” es cadáver, “pradera de la gaviota” es el mar, “rocío de la espada” es la sangre y “tempestad de espadas es la batalla”. Sabiéndolo o no, Jünger tituló su libro con un kenning, Tempestades de acero, un punto más para pensarlo como una épica, una épica nórdica moderna.
Originales
“There were
four of us officers, including the company commander, and we lived together
very harmoniously, drinking coffee in one or other of our dugouts, or having
supper together, often over a bottler or two, smoking, playing cards, and
enjoying rather baronial conversations. (…) In the memory, such congenial hours
made up for other days of blood, filth and work” (p. 63).
“These
short expeditions, when a man takes his life in his hands, were a good means of
testing our mettle and interrupting the monotony of trench life. There’s
nothing worse for a soldier than boredom” (p. 88/89).
“After
weeks of drumming, the infantry battle was about to begin; we had come at the
right time” (p. 161).
“an almost
sportsmanlike admiration for the other, and I’m sure we should have liked to
exchange mementoes” (p. 57).
“Throughout
the war it was always my endeavour to view my opponent without animus, and to form an opinion of him as a man on
the basis of the courage he showed. I would always try and seek him out in
combat and kill him, and I expected nothing else from him. But never did I
entertain mean thoughts of him. When prisoners fell into my hands, later on, I
felt responsible for their safety, and would always do everything in my power
for them” (p. 58).
“What a
beautiful country it was, and eminently worth our blood and our loves. (…) for
the first time I sensed that this war was more than just a great adventure” (p.
33).
“Now and
then, by the light of the flare, I saw steel helmet by steel helmet, blade by
glinting blade, and I was overcome by a feeling of invulnerability. We might be
crushed, but surely we could not be conquered” (p. 99).
“They were also, we could see right away, bad
for the men’s morale and honour. (…) it does more harm than good for the
destroyer, and dishonours the soldier” (p. 128).
“At the
sight of the dammed-up masses of men, the breakthrough appeared certain to me.
(…) I was confident. The decisive battle, the last charge, was here. Here the
fates of nations would be decided, what was at stake was the future of the
world. I sensed the weight of the hour, and I think everyone felt the
individual in them dissolve, and fear depart” (p. 231).




