Leí Por qué
volvías cada verano, de Belén López Peiró, un libro que es una denuncia, una
rebeldía, un acto de curación. Es un libro en el que no importa tanto la forma
porque lo que importa es lo que dice, el contenido; las palabras no son acá
parte de un acto artístico sino político y curativo.
Todos los veranos,
una chica era llevada por sus padres desde Buenos Aires a la casa de unos tíos
en un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires. Todos los veranos,
su tío, comisario, violento, golpeador, abusaba de ella (como abusaba también
de tantas otras). Años después, y a partir de un episodio en el que el padre de
la chica casi descubre in fraganti al tío abusando de su hija, la chica
denuncia lo que venía ocurriendo hacía años, lo que despierta movimientos
judiciales, familiares e internos.
El libro se
construye oralmente con tres tipos de textos. Por un lado, oficios judiciales:
declaraciones testimoniales o decisiones judiciales donde se tramita la causa.
Por otro lado, diálogos truncados (y esto es probablemente lo más interesante
desde lo formal): se leen las alocuciones de un personaje hacia otro sin las
respuestas, como si se escuchara solo un lado de una conversación telefónica;
digo que esto es lo más interesante porque subraya la subjetividad del punto de
vista de cada actor. Y, finalmente, textos de la víctima, de la chica.
Así pasan
distintas personas involucradas: la víctima, sus padres, su hermano, la tía,
primas, abogados, fiscales, psicólogos, médicos. Así vemos cómo la víctima, la
chica, debe enfrentarse al deseo de tantos por callar lo que ella necesita
decir; las debilidades o mezquindades o simplemente maldades del mundo
judicial, la dificultad de derribar a personas grandes en pueblos chicos; la
guerra de intereses dentro de las familias, donde se mezcla lo emocional con lo
económico.
Es un libro difícil por su dureza y crudeza pero casi que da culpa decirlo, escribirlo: mucho más
crudo y duro fue lo que vivió la víctima, la chica, que era usada “como a un
galpón, [él] venía a hacerse chapa y pintura, a poner su pija en remojo”. (p. 10) El
libro te oprime el pecho y te despierta bronca por todos los que hicieron y
permitieron. En parte, el proceso que relata el libro y el libro mismo son el
camino para que la víctima, la chica, pueda permitir que se despierte esa
bronca en ella, y que saque la culpa de su interior y la pase afuera: “Lo culpo
a él por hijo de re mil puta, la culpo a mi tía por cómplice, los culpo a mis
viejos por ausentes, a mi pediatra por no notar mi concha rebanada y también a
mi abogado por pelotudo desalmado. Pero nada es suficiente.” (p. 99)
Las palabras pasan
a ser parte del proceso curativo. El silencio es enfermedad, la palabra es
salud. “Callar fue siempre el peor castigo para ellas, para mí. Hablar libera y
eso que todavía no desataron sus cadenas.” (p. 86) La víctima, la chica,
necesita hablar para dejar de ser víctima y pasar a ser, o tratar de ser, solo,
nada más, nada menos, que chica.
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