lunes, 7 de septiembre de 2020

En una vitrina

 


Releí, después de mucho tiempo, The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger y quedé anonadado con lo buena que es, de cuánto mejor es de lo que la recordaba (y tenía un muy buen recuerdo). Hace unos años decía de la otra gran obra maestra de Salinger, sus Nine Stories, que quizás habría que leerla todos los años, como The old man and the Sea; a Catcher hay que releerlo y releerlo. Como un caleidoscopio, como la vida misma, las perspectivas son todo: releer a Catcher con hijas entrando a la adolescencia es muy distinto (y aterrador) que leerlo durante aquel período o en esa etapa intermedia en la que pensás que la adolescencia es cosa del pasado.

La adolescencia es el gran tema de Catcher; el narrador es un chico de 17 años, Holden Caulfield, que relata “estas cosas de locos que me pasaron cerca de la última Navidad antes de que me viniera bastante para abajo y tuviera que venir acá y tomármela más tranquilo.” (p. 1) Holden cuenta tres días de locos pero mucho más: cuenta los momentos dramáticos de su vida (la muerte de un hermano, el suicidio de un ex compañero en un colegio, sus dificultades frente a la sexualidad) y cómo todo eso concluye en esos tres días y finalmente con él internado en una institución psiquiátrica. Es notable cómo construye Salinger ese relato, con flashbacks permanentes, de una manera totalmente creíble. El relato suena como el relato de un adolescente; pasaron casi 70 años y sigue sonando como un adolescente; y suena verosímil cómo Holden va sacando en determinados momentos temas del pasado que ilustran esa vida y que van creando el personaje, su historia y la novela misma. Es increíble cómo logra eso Salinger.

El segundo comentario que quiero hacer es sobre el equívoco. El título del libro viene de un equívoco muy bien logrado y que es clave para esa urdimbre de la que hablaba arriba. El domingo a la mañana, cuando por un momento el lector puede imaginar que lo del sábado fue un exceso y que el narrador se puede encaminar, Holden ve a un chico caminando por la calle cantando una canción: “If a body catch a body coming through the rye”, escucha. A la noche, cuando Holden ya se ve mucho más deshilachado y va a la casa de sus padres a ver a su hermanita, ella le pregunta qué quiere hacer y él responde que se imagina siendo alguien que atrapa a chicos que están cayendo, como en la canción. Ahí Phoebe le aclara que el poema de Burns no dice “If a body catch a body” (si una persona atrapa a otra persona) sino “If a body meet a body” (una persona o un cuerpo se encuentra con otro). Con esa imagen del guardián en el centeno, del que atrapa a chicos en caída para que no se lastimen, Holden está, primero, proyectando: lo que quiere, en verdad, es que alguien lo rescate a él. (Unos minutos antes, Holden recordaba el suicidio de un compañero que se tiró de una ventana en la escuela, James Castle, y que un maestro, el Sr. Antolini, lo cubrió con su abrigo.)

Además, está diciendo algo más; el poema de Burns tiene una obvia lectura sexual y en el libro hay muchas ocasiones donde vemos que la sexualidad es un área muy problemática para él. Mucho antes, Holden nos había dicho que “El sexo es algo que simplemente no entiendo. Lo juro por Dios, no lo entiendo.” (p. 63) y hay varias instancias donde nos hacen dudar de su inclinación sexual. Es decir que con el equívoco Holden está diciendo que quiere ser rescatado y que quiere resolver esa cuestión central en la adolescencia. Como si fuera poco, de esa visita a Phoebe, Holden va a lo del Sr. Antolini, que le dice que está yendo hacia “una caída terrible de algún tipo, una caída terrible” (p. 186), y luego se pone en juego una vez más la duda sobre la sexualidad de Holden.

No es la única vez en la que Holden proyecta; ese mecanismo se repite en la escena en la que espera a Sally Hayes en el Biltmore; está mirando a todas las chicas preparadas para sus citas y piensa: “De cierta manera era más o menos deprimente, también, porque te quedabas pensando qué carajo les iría a pasar a todas ellas. Cuando terminaran la escuela y la universidad, digo.” (p. 123) Además de entender su sexualidad, Holden está intentando pensarse hacia adelante. También está tratando de entender y aceptar todo eso extraño y feo de la vida. Como le dice el Sr. Antolini, “te vas a dar cuenta de que no sos la primera persona en estar confundida o asustada e incluso asqueada por la conducta humana”. (p. 189) Es decir, está, además, haciendo el duelo por el fin de la infancia. La otra metáfora genial de Holden, además del guardián en el centeno, es cuando recuerda las vitrinas del Museo de Ciencia Natural, que son las mismas de siempre, y dice: “Algunas cosas deberían quedarse siempre igual. Debería poderse meterlas en una de esas cajas de vidrio enormes y dejarlas solitas. Ya sé que es imposible, pero igual es un bajón.” (p. 122)

Leer The Catcher in the Rye como padre de niñas que entran en la adolescencia es querer, por un rato, construir esas vitrinas.

 

Originales de las citas usadas

“I’ll tell you about this madman stuff that happened to me around last Christmas just before I got pretty run-down and had to come out here and take it easy.” (p. 1)

“Sex is something I just don’t understand. I swear to God I don’t.” (p. 63)

“I have the feeling that you’re riding for some kind of a terrible, terrible fall.” (p. 186)

“you’ll find you’re not the first person who was ever confused and frightened and even sickened by human behavior.” (p. 189)

“Certain things they should stay the way they are. You ought to be able to stick them in one of those big glass cases and just leave them alone. I know that’s impossible, but it’s too bad anyway.” (p. 122)

“In a way, it was sort of depressing, too, because you kept wondering what the hell would happen to all of them. When they got out of school and college, I mean.” (p. 123)

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