Leí La presa (La proie), de Irène Némirovsky, y no llegué a odiarla porque simplemente me aburrió. Pero quizás sí un poco la odié.
a presa cuenta la
historia de Jean-Luc Daguerne, un ambicioso joven francés que, en el período de
entreguerras, hace prácticamente cualquier cosa para conseguir crecer social y
profesionalmente, para lograr poder y posición. En ese sentido, es una típica
tragedia, porque las mismas cualidades que le permiten crecer (ambición,
frialdad, manipulación) son las que finalmente llegan a su ruina cuando aparece
algo que no puede controlar. Ese algo, claro, es el amor, sus sentimientos por una
mujer. En la escena final, el hermano cita a Benjamin Disraeli, que habría
dicho que “que el mundo es difícil de manejar”; y Jean-Luc responde: “Al
contrario, es fácil. A la gente se le pueden susurrar sus deseos y hasta sus
sueños. Quien es tremendamente difícil de manejar es uno mismo, el propio
corazón” (p. 197).
Su caída, por otra parte, había sido
anticipada por su padre, a quien Jean-Luc desmerecía. Cuando comienza su
crecimiento, a través del casamiento con la hija de un banquero, su padre le advierte:
“A tu edad no deberías buscar más que los placeres y las pasiones de la
juventud. La ambición, el interés, vendrán más tarde. No hay que... No conviene
madurar demasiado deprisa. (…) No debes ahogar la juventud en tu interior.
Porque se venga. La ambición y el interés son pasiones de hombre maduro” (p. 52).
Bien, la novela no me gustó nada. No me gustó
la trama un poco obvia, no me gustó ese narrador omnisciente que me contaba no
sólo lo que sentía Jean-Luc, sino también otros personajes, no me gustaron las
descripciones y los pensamientos larguísimos, no vi a los personajes y de la
forma qué voy a decir más que que no me gusta leer traducciones.
Me decepcionó también porque no cumplió con la
razón por la que la leí. Me habían dicho que era una de tres novelas de Némirovsky
relacionadas con la guerra. Según David Budgen, La presa (1938), El
peón en el tablero (1934) y Dos (1939) reflejan “un malestar explícita
y repetidamente ligado con la Primera Guerra Mundial”. En el caso de La
Presa, el malestar es obvio, pero no está tan explícitamente ligado a la
guerra, que es mencionada directamente muy pocas veces: que la casa del padre de
Jean-Luc, el protagonista, era una construcción anterior a la guerra; que el
padre tenía una enfermedad contraída “durante su cautiverio en Alemania” (p. 7);
y que el padre había llorado al llevar a Jean-Luc “al internado, al partir
hacia el frente” (p. 31). Así que por ese lado me decepcionó. Dicen que lo
bueno de Némirovsky es la Suite Francesa. No creo que la vaya a leer.
Otras citas
Este estilo me resultó molesto desde el principio:
“De vez en cuando se la llevaba a los labios y aspiraba su olor. Édith...
Aquella chica adinerada, criada y educada en un mundo que él no conocía, que
apenas si era capaz de imaginar, un mundo de financieros y políticos —ella era
hija del banquero Abel Sarlat—, aquella chica que nadaba en la abundancia sería
su mujer.” (p. 19).
Esto me
suena a telenovela: “Enamorado... Amor... Las palabras mismas le daban
vergüenza. Su espíritu, su carácter, lo más firme, lo más apasionado que había
en él, se negaba a conocer, a interesarse más que por el lado viril de la vida,
por la política, el éxito, las intrigas... Pero su corazón sólo deseaba una
cosa: sólo reclamaba la presencia de Marie.” (p. 166).
Esto me gustó: “Desengáñese, poca gente se mata por haber perdido dinero. Es más fácil que lo haga para no desmerecer en la consideración de los demás. Es lo que antaño se llamaba el miedo al deshonor. Es la vanidad. La gente nunca se ve tal como es.” (p. 80).
Esto es muy
citable: “Para saber cómo reaccionan los seres humanos sólo hace falta
inteligencia. Para saber cómo reaccionará uno mismo, hace falta experiencia.”
(p. 181.)

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