lunes, 30 de marzo de 2026

Otra que no


Leí La presa (La proie), de Irène Némirovsky, y no llegué a odiarla porque simplemente me aburrió. Pero quizás sí un poco la odié.

a presa cuenta la historia de Jean-Luc Daguerne, un ambicioso joven francés que, en el período de entreguerras, hace prácticamente cualquier cosa para conseguir crecer social y profesionalmente, para lograr poder y posición. En ese sentido, es una típica tragedia, porque las mismas cualidades que le permiten crecer (ambición, frialdad, manipulación) son las que finalmente llegan a su ruina cuando aparece algo que no puede controlar. Ese algo, claro, es el amor, sus sentimientos por una mujer. En la escena final, el hermano cita a Benjamin Disraeli, que habría dicho que “que el mundo es difícil de manejar”; y Jean-Luc responde: “Al contrario, es fácil. A la gente se le pueden susurrar sus deseos y hasta sus sueños. Quien es tremendamente difícil de manejar es uno mismo, el propio corazón” (p. 197).

Su caída, por otra parte, había sido anticipada por su padre, a quien Jean-Luc desmerecía. Cuando comienza su crecimiento, a través del casamiento con la hija de un banquero, su padre le advierte: “A tu edad no deberías buscar más que los placeres y las pasiones de la juventud. La ambición, el interés, vendrán más tarde. No hay que... No conviene madurar demasiado deprisa. (…) No debes ahogar la juventud en tu interior. Porque se venga. La ambición y el interés son pasiones de hombre maduro” (p. 52).

Bien, la novela no me gustó nada. No me gustó la trama un poco obvia, no me gustó ese narrador omnisciente que me contaba no sólo lo que sentía Jean-Luc, sino también otros personajes, no me gustaron las descripciones y los pensamientos larguísimos, no vi a los personajes y de la forma qué voy a decir más que que no me gusta leer traducciones.

Me decepcionó también porque no cumplió con la razón por la que la leí. Me habían dicho que era una de tres novelas de Némirovsky relacionadas con la guerra. Según David Budgen, La presa (1938), El peón en el tablero (1934) y Dos (1939) reflejan “un malestar explícita y repetidamente ligado con la Primera Guerra Mundial”. En el caso de La Presa, el malestar es obvio, pero no está tan explícitamente ligado a la guerra, que es mencionada directamente muy pocas veces: que la casa del padre de Jean-Luc, el protagonista, era una construcción anterior a la guerra; que el padre tenía una enfermedad contraída “durante su cautiverio en Alemania” (p. 7); y que el padre había llorado al llevar a Jean-Luc “al internado, al partir hacia el frente” (p. 31). Así que por ese lado me decepcionó. Dicen que lo bueno de Némirovsky es la Suite Francesa. No creo que la vaya a leer.

 

Otras citas

Este estilo me resultó molesto desde el principio: “De vez en cuando se la llevaba a los labios y aspiraba su olor. Édith... Aquella chica adinerada, criada y educada en un mundo que él no conocía, que apenas si era capaz de imaginar, un mundo de financieros y políticos —ella era hija del banquero Abel Sarlat—, aquella chica que nadaba en la abundancia sería su mujer.” (p. 19).

Esto me suena a telenovela: “Enamorado... Amor... Las palabras mismas le daban vergüenza. Su espíritu, su carácter, lo más firme, lo más apasionado que había en él, se negaba a conocer, a interesarse más que por el lado viril de la vida, por la política, el éxito, las intrigas... Pero su corazón sólo deseaba una cosa: sólo reclamaba la presencia de Marie.” (p. 166).

Esto me gustó: “Desengáñese, poca gente se mata por haber perdido dinero. Es más fácil que lo haga para no desmerecer en la consideración de los demás. Es lo que antaño se llamaba el miedo al deshonor. Es la vanidad. La gente nunca se ve tal como es.” (p. 80).

Esto es muy citable: “Para saber cómo reaccionan los seres humanos sólo hace falta inteligencia. Para saber cómo reaccionará uno mismo, hace falta experiencia.” (p. 181.)

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