Siguiendo con el programa de lectura ligado
con la Primera Guerra Mundial, leí Goodbye to All That, de Robert Graves.
Goodbye to All That es una autobiografía publicada cuando Graves tenía
unos 35 años. Allí relata su infancia, educación, experiencia en la guerra y
los primeros años después de esa experiencia. Como dice en un epílogo de unos
cuantos años más tarde, es la historia de una persona atravesada por “un
condicionamiento en la moralidad protestante de las clases gobernantes
inglesas, aunque cualificada por sangre mixta, una naturaleza rebelde y una
obsesión poética predominante” (p. 360).
El libro puede dividirse en tres partes. En la
primera relata su educación, incluyendo la historia de sus familias (irlandeses
protestantes del lado del padre, alemanes –von Ranke como el historiador– del
lado de la madre). La segunda parte, la más interesante para lo que yo buscaba
en esta lectura, es la experiencia de la guerra. La tercera es lo que sigue,
con Graves intentando procesar la guerra, su primer matrimonio, la falta de
dinero y sus comienzos como escritor.
En lo que hace específicamente a la guerra,
Graves desde lo individual apoya mucho de los puntos más importantes de
Strachan en su reciente historia de la guerra. En primer lugar, Graves, como la
mayoría, entra a la guerra con cierta inocencia, casi con alegría, y con la
idea de que sería una cosa más rápida de lo que fue. Es más, la recibe casi con
gratitud, porque le permite no ir a Oxford: “Recién había terminado con
Charterhouse [su escuela] (…) cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania.
Uno o dos días después decidí enrolarme. En primer lugar, aunque los diarios
predecían que sería sólo una guerra muy corta –terminaría como máximo para
Navidad– yo esperaba que durara suficiente como para retrasar mi entrada a
Oxford en octubre, lo que me asustaba muchísimo. (…) En segundo lugar, estaba
indignado con la cínica violación alemana de la neutralidad belga” (p. 68). El
segundo punto de la cita anterior se liga con el argumento de Strachan de que
para los contemporáneos no era una guerra sin sentido. Tenía sentido oponerse a
la agresión alemana.
En esa línea, más adelante en la guerra, y
aunque ya no creyera en ella, Graves tampoco se hace pacifista. Sin glorificar
la guerra, no muestra el espíritu antibélico que le asignamos a los escritores
después de haber leído a la generación perdida y los poetas de la guerra,
muchos de los cuales fueron amigos de Graves. La mayoría de los escritores de
la época fueron o hubieran ido a la guerra, dice Graves, más allá de que
“ninguno de ellos ahora creía en la guerra” (p. 258). Sin duda se generó un
quiebre entre los combatientes y los civiles: “Inglaterra se veía extraña para
nosotros, los soldados retornados. No podíamos entender la locura bélica rampante
por todos lados en busca de una salida seudo-militar” (p. 237). Pero cuando su
entonces amigo el poeta Siegfrid Sassoon publicó una carta en contra de la
guerra, en parte motivado por “los pacifistas”, Graves salió no tanto a
defender a Sassoon, sino a minimizar la carta, intentar que pasara debajo del
radar.
La experiencia militar y civil sin duda era
radicalmente distinta. Los soldados no peleaban por patriotismo o por dios,
como suponían muchos civiles, sino por sus compañeros y sus regimientos:
“estábamos todos de acuerdo en que el orgullo del regimiento seguía siendo la fuerza
moral más fuerte que mantenía al batallón como una unidad bélica efectiva; en
contraste especialmente con el patriotismo y la religión. El patriotismo, en
las trincheras, era un sentimiento demasiado remoto (….) [y] Apenas un soldado
cada cien estaba inspirado por sentimientos religiosos incluso de su forma más
primitiva” (p. 196-197).
El otro punto en el que la mirada subjetiva de
Graves apoya a la visión de Strachan es que, aunque las trincheras fueran
prácticamente fijas, la forma de pelear fue cambiando a lo largo de los años. Relata
la inutilidad del adiestramiento inicial: “En Wrexham, los subtenientes como yo
aprendíamos la historia del regimiento, instrucción, tiro, tácticas de campo de
la Guerra de los Boer, derecho y organización militar, cómo reconocer los
toques de clarines, cómo operar una ametralladora y la conducta a seguir en
ocasiones formales. No cavamos trincheras, no manipulamos bombas, pensábamos en
la compañía, y no en el pelotón, y mucho menos en la sección, como la unidad
táctica independiente más pequeña” (p. 83). Y describe así los primeros meses:
“Eran los primeros tiempos de la guerra de trincheras, los días de la granada
de lata de mermelada y el mortero de trinchera improvisado: todavía inocentes a
las ametralladoras Lewis o los morteros Stokes, los cascos de metal, las miras
de rifle telescópicas, las bombas de gas, los búnkeres, tanques, los asaltos a
trincheras bien organizados y todos los demás refinamientos tardíos de la
guerra de trincheras” (p. 97).
(Ligado con lo anterior. En un momento de la
guerra, tras recuperarse luego de quedar al borde de la muerte por una herida,
Graves fue destacado en Inglaterra para adiestrar oficiales. Graves señala que
la forma de detectar buenos candidatos era verlos hacer deporte: “Realizábamos
nuestra selección final viendo a los candidatos jugar, especialmente rugby y
fútbol. El tipo de candidato que necesitábamos era el de los que eran duros,
pero no sucios, en el juego y aquellos que tenían reacciones rápidas, y
pasábamos la mayor parte del tiempo libre jugando con ellos” – p. 256).
Desde su unidad también se ve, por momentos,
el debate entre los objetivos de quebrar la línea enemiga o de ganar por
atrición del enemigo. Y, como también señala Strachan, todo el tiempo siguieron
pensando que la guerra duraría poco tiempo más (p. 137).
En lo que hay una gran diferencia es en la
idea de las proporciones de las bajas. Según Strachan, entre 1914 y 1918, del
total de los británicos bajo bandera, murieron alrededor de 12%. La mirada
subjetiva de Graves es mucho peor, en parte porque mucha de la gente que él
conoció era de las categorías más expuestas: jóvenes oficiales. “Al menos uno
de cada tres de mi generación en la escuela murió; porque todos tomaron
comisiones [como oficiales] tan pronto como pudieron, la mayoría en la
infantería y en el Royal Flying Corps. La expectativa de vida promedio de un
subalterno de infantería en el Frente Occidental era, en ciertas etapas de la
guerra, de sólo unos tres meses; para ese tiempo él habría sido o bien herido o
muerto.” (p. 60). Algo similar dice considerando su regimiento, los Royal Welch
Fusiliers: calcula que entre 15.000 y 20.000 hombres pasaron por dos batallones
que nunca tuvieron más de 800 hombres (p.92).
Finalmente están los efectos de la guerra
sobre Graves. Al volver “no sólo no tenía experiencia de una vida civil independiente,
habiendo ido directo de la escuela al ejército: todavía estaba organizado
mentalmente y nerviosamente para la guerra. Las bombas explotaban en mi cama a
medianoche, aún cuando la compartiera con Nancy; durante el día cualquier
extraño asumía la cara de amigos que habían muerto. Cuando ya tuve suficiente
fuerza para subir la colina detrás de Harlech y volver a visitar mi tierra
favorita, no podía dejar de verla como un posible campo de batalla” (p. 298).
Graves cuenta que esas pesadillas de día no lo dejaron hasta 1928, y agrega que
“Las escenas eran casi siempre recuerdos de mis primeros cuatro meses en
Francia; el aparato de registro de emociones parece haber fallado después de
[la batalla de] Loos” (p. 205). Durante mucho tiempo intentó deshacerse de ese
veneno escribiendo una novela sobre la guerra, decidiendo finalmente escribirlo
como memorias, “avergonzado de haber distorsionado el material con un argumento”
(p. 333).
Goodbye to All That me parece un librazo. Las memorias de un tipo que murió en 1985 (algo
que para mí es totalmente relacionable), pero que vivió todo eso. Un tipo educado
en el mundo victoriano del deber y la ética familiar y sexual de esa época, que
conoció a todos los escritores de esa época y en cuya biografía, como en muchas
otras, se ve el quiebre de todo ese mundo.
Originales de las citas
“a conditioning in the Protestant morality of
the English governing classes, though qualified by mixed blood, a rebellious
nature, and an overriding poetic obsession, is not easily” (p. 360).
“I had just finished with Charterhouse and
gone up to Harlech, when England declared war on Germany. A day or two later I
decided to enlist. In the first place, though the papers predicted only a very
short war – over by Christmas at the outside – I hoped that it might last long
enough to delay my going to Oxford in October, which I dreaded. Nor did I work
out the possibilities of getting actively engaged in the fighting, expecting
garrison service at home, while the regular forces were away. In the second place,
I was outraged to read of the Germans’ cynical violation of Belgian neutrality”
(p. 68).
“England looked strange to us returned
soldiers. We could not understand the war-madness that ran wild everywhere,
looking for a pseudo-military outlet” (p. 237).
“we all agreed that regimental pride remained
the strongest moral force that kept a battalion going as an effective fighting
unit; contrasting it particularly with patriotism and religion. Patriotism, in
the trenches, was too remote a sentiment (…) Hardly one soldier in a hundred
was inspired by religious feeling of even the crudest kind” (p. 156-157).
“At Wrexham, we second-lieutenants learned
regimental history, drill, musketry, Boer War field-tactics, military law and
organization, how to recognize bugle calls, how to work a machine-gun, and how
to conduct ourselves on formal occasions. We dug no trenches, handled no bombs,
thought of the company, not of the platoon, still less of the section, as the
smallest independent tactical unit” (p. 83).
“Those were early days of trench warfare, the
days of the jam-tin bomb and the gas-pipe trench-mortar: still innocent of
Lewis or Stokes guns, steel helmets, telescopic rifle-sights, gas-shells,
pill-boxes, tanks, well-organized trench-raids, or any of the later refinements
of trench warfare” (p. 97).
“Our final selection was made by watching the
candidates play games, principally rugger and soccer. Those who played rough
but not dirty, and had quick reactions, were the sort needed, and we spent most
of our spare time playing games with them” (p. 256).
“At least one in three of my generation at
school died; because they all took commissions as soon as they could, most of
them in the infantry and Royal Flying Corps. The average life expectancy of an
infantry subaltern on the Western Front was, at some stages of the war, only
about three months; by which time he had been either wounded or killed” (p. 60).
“not only did I have no experience of
independent civilian life, having gone straight from school into the army: I
was still mentally and nervously organized for war. Shells used to come
bursting on my bed at midnight, even though Nancy shared it with me; strangers
in daytime would assume the faces of friends who had been killed. When strong
enough to climb the hill behind Harlech and revisit my favourite country, I
could not help seeing it as a prospective battlefield” (p. 298).
“These day-dreams persisted like an alternate
life and did not leave me until well in 1928. The scenes were nearly always
recollections of my first four months in France; the emotion-recording
apparatus seemed to have failed after Loos” (p. 305).
“I made several attempts during these years to
rid myself of the poison of war memories by finishing my novel, but had to
abandon it – ashamed at having distorted my material with a plot, and yet not
sure enough of myself to turn it back into undisguised history, as here” (p.
333).
Otras citas
“Aldous was unfit, otherwise he would
certainly have been in the army like Osbert and Sacheverell Sitwell, Herbert
Read, Siegfried, Wilfred Owen, myself, and most other young writers of the
time, none of whom now believed in the war.” / “Aldous [Huxley] no era apto, de
lo contrario sin duda hubiera estado en el ejército como Osbert y Sacheverell
Sitwell, Herbert Read, Siegfried [Sassoon], Wilfred Owen y yo, como la mayoría
de los escritores jóvenes de la época, ninguno de los cuales creía ahora en la
guerra” (p. 258).
“At no time in the war did any of us believe
that hostilities could possibly continue more than another nine months or a
year, so it seemed almost worth while taking care; there might even be a chance
of lasting until the end absolutely unhurt.” / “Ninguno de nosotros creíamos en
ningún momento de la guerra que las hostilidades pudieran continuar por más de
nueve meses o un año, así que casi que parecía tener sentido cuidarse; hasta
podía ver una chance de durar hasta el final sin ningún tipo de herida” (p. 137).
“Apart from wounds, gas, and the accidents of
war, the life of the trench soldier could not be called unhealthy while his
ductless glands still functioned well. Plentiful food and hard work in the open
air made up for the discomfort of wet feet, wet clothes, and draughty billets.
A continual need for alertness discouraged minor illnesses” / “Sin contar las
heridas, el gas y los accidentes de la guerra, la vida del soldado de
trincheras no puede ser calificada de no saludable mientras sus glándulas sin
conductos aún funcionaran adecuadamente. Mucha comida y trabajo duro en al aire
libre compensaban la molestia de pies mojados, ropa mojada y alojamientos
ventosos” (p. 179).
“The embarrassments of our wedding-night
(Nancy and I being both virgins) were somewhat eased by an air-raid: Zeppelin
bombs dropping not far off set the hotel in an uproar.” / “Las vergüenzas de
nuestra noche de bodas (siendo tanto Nancy como yo vírgenes) fueron aliviadas
en cierta medida por un ataque aéreo: las bombas de Zeppelin que cayeron no
demasiado lejos produjeron gran alboroto en el hotel” (p. 284).
