lunes, 13 de julio de 2026

Memorias de un guerrero

 


Leí Tempestades de acero, de Ernst Jünger, uno de los oficiales alemanes más condecorados de la Primera Guerra Mundial. Es uno de los libros que había incluido en el taller de novelas de la Gran Guerra, pero claro, no es una novela, sino memorias. Pero no unas memorias que incluyen el paso del autor por la guerra como parte de la historia más amplia del narrador, como puede ser Goodbye to All That, de Robert Graves, sino un libro absolutamente centrado en la guerra: no está el pasado ni el futuro del narrador, ni prácticamente otros personajes más que el narrador. Está la guerra. Por si queda alguna duda, el libro comienza cuando se bajan del tren en Francia y termina cuando, de regreso, Jünger recibe la medalla Pour le Meritè.

A Jünger se lo ha acusado de glorificar la guerra. No creo que sea así. También hay lugar para el reconocimiento del horror y para otros tópicos comunes de la literatura bélica (la extrañeza de que la naturaleza siga adelante en medio del horror, el papel del azar en definir si un hombre vive o muere), pero la mirada no es la de la desilusión. Jünger parece ver a la guerra como una gran aventura. Por momentos incluso casi un viaje de egresados, un grupo de muchachos que la pasan bien juntos: “Éramos cuatro oficiales, incluyendo al comandante de la compañía, y vivíamos juntos muy armoniosamente, tomando café en uno u otro de nuestros refugios, o cenando juntos, a menudo con una botella o dos, fumando, jugando a las cartas, y disfrutando de grandes conversaciones” (p. 63). Formateados por la literatura de la generación perdida, a veces nos cuesta creerlo, pero hubo otras maneras de experimentar la guerra. Para muchos hombres de clase trabajadora, la guerra era una experiencia mejor que las minas de carbón o las fábricas, y para muchos jóvenes una forma de vida excitante.

Tempestades de acero no es, sin embargo, meramente un libro de aventuras. El traductor Michael Hofmann –se recomienda muy fervientemente esta traducción y no la vieja de Basil Creighton– dice en la introducción a mi edición que se trata de una épica. Y creo que tiene razón. En varios momentos Jünger habla de la guerra como una gran aventura, como una prueba del cuerpo y espíritu del soldado. Así, dice de una patrulla: “Estas pequeñas expediciones, cuando un hombre toma su vida en sus manos, eran una buena manera de probar nuestro temple y de interrumpir la monotonía de la vida de trincheras. No hay nada peor para un soldado que el aburrimiento” (p. 88-89).

Los personajes de los libros típicos de la guerra, los de la desilusión y de la supuesta “generación perdida”, no temen el aburrimiento. Más bien rezan por un “sector tranquilo”, por un sector aburrido. Pero para Jünger no había nada peor que el aburrimiento. En otro momento dice: “Después de semanas de bombardeo, estaba por comenzar la batalla de infantería; habíamos llegado en el momento correcto” (p. 161). Los personajes de Sin novedad en el frente, por ejemplo, hubieran dicho que llegaron en el peor momento. En el prólogo a mi edición, el escritor y veterano de Vietnam Karl Marlantes se refiere a Jünger como “un soldado innato”, y algo de eso hay.

Como en las viejas épicas, la guerra es el campo donde se mide el valor de los hombres. Relacionado con esto, no hay odio al enemigo, y por momentos hasta hay admiración. Casi como si se tratara de un enfrentamiento deportivo. En un momento habla del encuentro con un oficial inglés en medio de un alto el fuego extraoficial y dice que tenían “casi una admiración de buenos deportistas el uno por el otro, y no tengo dudas de que nos hubiera gustado intercambiar mementos” (p. 57). Poco después resume: “A lo largo de la guerra siempre intenté ver a mi oponente sin animadversión, y formar una opinión de él como hombre sobre la base del coraje que mostrara. Siempre intentaría buscarlo en combate y matarlo, y no esperaba nada menos de él. Pero nunca tuve pensamientos malos sobre él” (p. 58). Es extraordinario: no tengo pensamientos malos sobre él, pero quiero matarlo.

Detrás de esas aventuras y esas pruebas está el valor del patriotismo. Como Aquiles peleando por Grecia, Jünger pelea por Alemania. Volviendo al frente después de una de sus estadías en el hospital (Jünger sufrió 14 heridas de importancia), reflexiona: “Qué país hermoso que era, y eminentemente digno de nuestra sangre y de nuestras vidas. (…) por primera vez tuve la sensación de que esta guerra era más que sólo una gran aventura” (p. 33). O, en uno de los pocos pasajes más poéticos: “Cada tanto, por la luz de una bengala, veía casco de acero contra casco de acero, hoja por hoja brillante, y me sobrecogía un sentimiento de invulnerabilidad. Podíamos ser aplastados, pero sin dudas no podríamos ser conquistados” (p. 99). Y la guerra se pelea con una sensación del honor; así, al final, cuando Alemania retrocede con acciones de tierra arrasada, Jünger lo juzga negativamente: eran “malas para la moral y el honor de los hombres. (…) hace más daño que bien para quien destruye y deshonra al soldado” (p. 128). En definitiva, es una épica, y la guerra tiene un sentido. “La batalla decisiva, el último asalto, había llegado. Aquí se decidirían los destinos de las naciones, lo que estaba en juego era el futuro del mundo. Sentía el peso de la hora, y creo que todos sentimos disolverse lo individual dentro nuestro y al miedo irse” (p. 231).

Borges leyó Tempestades de acero, pero no dejó algo escrito sobre estas memorias hasat donde sé. En 1937 sí publicó una reseña bastantecrítica sobre un ensayo de Jünger, “La guerra como una experiencia interior”. Según Borges, Jünger define allí a la guerra como “una especie de arte minoritario o de religión esotérica. Muchos son los llamados –a veces, todos: por ejemplo, durante el bombardeo de una ciudad,– y pocos, o ninguno, los elegidos”. Al mismo tiempo, le critica “la vana acumulación de metáforas insensatas”. En esa reseña Borges habla de Tempestades de acero; la llama Entre los huracanes de acero y dice “que alaba y agradece la guerra” y que era un libro “narrativo”.

En 1982 Borges visitó a Jünger en Alemania. Según el alemán, hablaron en una mezcla de alemán, español, francés e inglés sobre “Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, Don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert”. Jünger dice en sus memorias que “Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino”. Borges le habría dicho que esa lectura fue “una erupción volcánica”.

Imagino que la fascinación de Borges está en encontrar en Jünger esas dos ramas de su propia historia, la del guerrero de la rama paterna y la del escritor de la rama materna. Además, claro, del título de su obra más conocida. Como se sabe, Borges apreciaba mucho las kenningar, metáforas condensadas típica de la antigua poesía vikinga donde se reemplaza un sustantivo común con una expresión figurativa compuesta. En “Las Kenningar”, artículo publicado en Historia de la eternidad (1953), Borges da algunos ejemplos: “alimento de cuervos” es cadáver, “pradera de la gaviota” es el mar, “rocío de la espada” es la sangre y “tempestad de espadas es la batalla”.  Sabiéndolo o no, Jünger tituló su libro con un kenning, Tempestades de acero, un punto más para pensarlo como una épica, una épica nórdica moderna.

No es un libro particularmente bien escrito, no es de gran factura literaria, si se quiere. El libro pasó por un montón de ediciones que, de una manera extraña, reflejan la historia alemana de postguerra. La primera fue una edición no muy trabajada de los diarios de Jünger durante la guerra. Luego hubo una revisión muy grande, con un contenido más nacionalista. Pero con la llegada del nazismo (que buscó infructuosamente acercar a Jünger a sus fulas), el autor moderó esos aspectos. La versión final, de 1961, es sin duda mucho más trabajada que la inicial, pero sigue sin grandes valores estéticos. El gran valor es el de la autenticidad: Jünger te pone ahí adentro, te lo cuenta de primera mano, sin reflexiones filosóficas o políticas. Hay allí una verdad, y quizás por eso Borges sintió esa erupción volcánica.


Originales

“There were four of us officers, including the company commander, and we lived together very harmoniously, drinking coffee in one or other of our dugouts, or having supper together, often over a bottler or two, smoking, playing cards, and enjoying rather baronial conversations. (…) In the memory, such congenial hours made up for other days of blood, filth and work” (p. 63).

“These short expeditions, when a man takes his life in his hands, were a good means of testing our mettle and interrupting the monotony of trench life. There’s nothing worse for a soldier than boredom” (p. 88/89).

“After weeks of drumming, the infantry battle was about to begin; we had come at the right time” (p. 161).

“an almost sportsmanlike admiration for the other, and I’m sure we should have liked to exchange mementoes” (p. 57).

“Throughout the war it was always my endeavour to view my opponent without animus, and to form an opinion of him as a man on the basis of the courage he showed. I would always try and seek him out in combat and kill him, and I expected nothing else from him. But never did I entertain mean thoughts of him. When prisoners fell into my hands, later on, I felt responsible for their safety, and would always do everything in my power for them” (p. 58).

“What a beautiful country it was, and eminently worth our blood and our loves. (…) for the first time I sensed that this war was more than just a great adventure” (p. 33).

“Now and then, by the light of the flare, I saw steel helmet by steel helmet, blade by glinting blade, and I was overcome by a feeling of invulnerability. We might be crushed, but surely we could not be conquered” (p. 99).

 “They were also, we could see right away, bad for the men’s morale and honour. (…) it does more harm than good for the destroyer, and dishonours the soldier” (p. 128).

“At the sight of the dammed-up masses of men, the breakthrough appeared certain to me. (…) I was confident. The decisive battle, the last charge, was here. Here the fates of nations would be decided, what was at stake was the future of the world. I sensed the weight of the hour, and I think everyone felt the individual in them dissolve, and fear depart” (p. 231).

No hay comentarios:

Publicar un comentario