Leí El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, una de las novelas más raras de la Primera Guerra Mundial.
Hašek (1883-1923) fue
un personaje bastante extraño, con una vida signada por la inestabilidad y la
inconstancia. Nacido en Praga el mismo año que Kafka, fue escritor, periodista
y activista político, primero anarquista y luego comunista, y se casó dos veces
sin haberse divorciado ni enviudado, aunque en distintos países. Desde más o
menos los 20 años se dedicó al periodismo, la escritura y la vida bohemia,
además de estar cerca de grupos anarquistas, con períodos de empleo un poco más
estable que no duraban mucho. Según su traductor al inglés Cecil Parrott: se
dedicó a la escritura y a la vagancia.
Hašek escribió El
buen soldado Švejk al volver de la guerra (fue conscripto en el ejército
austrohúngaro, pero luego revistó en la Legión Checa y en el Ejército Rojo).
Comenzó en 1921 y fue publicando los primeros cuatro tomos, pero la muerte le
impidió terminar los últimos dos que tenía planeados. El buen soldado
Schvejk es su obra más reconocida, y la obra checa más traducida de la
historia. Además de esta novela, Hašek tiene unos 1.200 cuentos publicados
conocidos.
El buen soldado Švejk
es básicamente una
sátira picaresca. El libro sigue el deambular de Švejk más o menos desde
el momento en que matan al archiduque Franz Ferdinand y suponemos que
terminaría con el fin de guerra. Švejk es un gordito simplón que cuenta
historias larguísimas y que muestra tanto entusiasmo por defender al Imperio
que todos dudan de si ese entusiasmo es serio o irónico. Quienes más lo
conocen, como el teniente Lukáš, se la pasan preguntando, a lo largo del libro,
si es idiota o se hace. Ni él ni el lector tiene una respuesta obvia, como
veremos.
Como es común con las
picarescas, la novela sigue a este personaje en todo tipo de aventuras, sin mucho
argumento, con personajes caricaturescos y estereotipos, y con el uso de la
ironía y del humor. El humor en general es del tipo más básico y chabacano,
incluyendo una inusitada cantidad de referencias a excrementos y vómitos. Por
ejemplo, en un hospital al que mandan al bueno de Švejk los médicos ordenan a
todos los pacientes, sin importar el diagnóstico, el mismo tratamiento, de aspirinas
y enemas, y Švejk concluye que el futuro de “Austria descansa sobre estos
enemas” (p. 69).
Lo que convierte a la
novela en una sátira es que detrás del humor está la intención de hacer una
crítica social y política. Y no simple ni principalmente de la guerra y de lo
militar; decía al comienzo que es un libro raro de la Primera Guerra Mundial, y
lo es en no poca medida porque en 750 páginas nunca se dispara un tiro y no hay
escena alguna de combate. La novela es claramente más que una obra humorística:
es una sátira sobre el imperio austrohúngaro, sobre el ejército austrohúngaro,
sobre la iglesia y la religión en general. E incluso, más generalmente, sobre
la burocracia y el Estado.
El
ejército y su oficialidad son constantemente burlados por su corrupción,
incompetencia y normas ridículas. Un capítulo empieza así: “El coronel
Friedrich Kraus, quien llevaba el título adicional de von Zillergut por una
aldea en el distrito de Salzburgo que había sido ya completamente desplumada
por sus ancestros en el siglo dieciocho, era un verdaderamente venerable
idiota” (p. 201). Describe a unos cuantos generales de pocas luces, incluyendo
uno que hacía que los soldados se numeraran sólo con los números uno y dos y
otro que ordenaba que todos los soldados fueran a las letrinas a la misma hora
y dice que “Austria tenía masas de generales así” (p. 522). También se burla
permanentemente de la religión. Uno de los primeros oficiales con los que se
relaciona Švejk es un capellán que se la pasa tomando y apostando y que luego
sabemos que era judío y que sólo había elegido el sacerdocio como una decisión
de carrera. Cuidando en un tren a otro capellán, borracho, Švejk dice que
todos los capellanes que conoció “tienen un talento especial derivado de Dios
para emborracharse sin límite en cada oportunidad” (p. 318).
Se
burla también de Austria Hungría en general (“Una monarquía tan idiota como
esta no debería ni existir”, p. 208), pero en el fondo la burla es a toda
burocracia, a toda institución que busca controlar y regir a los hombres. Švejk
se la pasa siendo mandado y disciplinado por estructuras militares, médicas o
judiciales, y siempre lo afronta con una sonrisa tonta, pero al hacerlo nos
muestra la ridiculez del sistema. En una escena tribunalicia, Hašek nos dice:
“Todo el establecimiento de la oficina del fiscal militar era magnífica. Todo
estado al borde del colapso político, económico y moral tiene un
establecimiento así. El aura del poder y la gloria pasados se adhiere a sus
cortes, policía, gendarmería y banda de informantes venales” (p. 79). Y la
oficina de otro fiscal militar, Ruller: “Tenía un tomo del código legal frente
a él, y arriba de él descansaba una taza de té mitad consumida. En la mesa de
la derecha había un crucifijo hecho de imitación de marfil con un Cristo
polvoriento, quien miraba desesperanzado el pedestal de su cruz, donde había
cenizas y colillas de cigarrillos” (p. 388); el símbolo de la ley usado como
posavasos y el de la religión como cenicero. La Biblia junto al calefón.
Cabe
recordar que en la misma época y básicamente en el mismo lugar, Franz Kafka escribía
El proceso. Es curioso, porque Kafka y Hašek viven casi en el mismo
tiempo y en el mismo lugar, pero nunca se cruzan. Vivían en Pragas totalmente
distintas; la burguesa, judía y en idioma alemán de Kafka, y la proletaria y
checa de Hašek. Uno iba a cafés, el otro a tabernas y burdeles. Hašek no leía
alemán y Kafka publicó muy poco en vida, por lo que es casi imposible que el
checo lo haya leído. Y es posible que Kafka haya leído algún cuento de Hašek,
pero no hay documentación de ello. Pero hay dos puntos en que se cruzan; en que
Max Brod, el amigo de Kafka responsable de su publicación póstuma fue quien
primero tradujo parte de la novela de Hašek; y en la temática: los dos escriben
en gran medida sobre lo mismo (el hombre aplastado por la burocracia), aunque
con abordajes totalmente distintos.
Y
en idiomas distintos. Sin duda, todos los que lo leemos en traducción nos perdemos
muchísimo. El original está escrito en varios idiomas. Prácticamente todos los
diálogos están escritos en el checo informal de las clases populares; es un
idioma con gramática no estándar, palabras alteradas y con muchas palabras
prestadas del alemán. En cambio, la voz del narrador y de todo lo que es
oficial (telegramas, cortes marciales, proclamas) está en checo formal. Además,
Hašek incluye mucho texto en alemán, porque el ejército se manejaba en parte en
alemán, más allá de la lengua de cada regimiento; y porque los oficiales por
momentos hablan en alemán. Finalmente, hay algo de diálogo en otros de los
idiomas del imperio (húngaro, serbo-croata y polaco).
Hašek
es un innovador en usar el checo informal en literatura, y habla de esto
explícitamente en el epílogo del primer libro. El punto es defender el checo
coloquial, el que hablan las clases populares, para que no quede relegado por
el checo formal que quieren imponer los constructores de la nueva nación y
cultura checoeslovaca. Es otra manera de defender al individuo frente al
Estado. En esa misma línea, la insistencia en el chiste fácil y en las
funciones corporales también tiene un sentido. No sólo porque es el chiste
popular y fácil de entender de la “baja comedia”. También porque ayuda a poner
en ridículo a la burocracia con un ejercicio muy simple: contraponer el absurdo
de la burocracia y ese lenguaje pomposo y grandilocuente con lo más básico que
nos une a todos, nuestras necesidades básicas, nuestros cuerpos endebles. Así,
por ejemplo, el narrador describe un momento: “Y mientras las tropas pasaban y
acampaban en los alrededores podía verse por todos lados pequeñas pilas de
excremento humano de extracción internacional perteneciente a todos los pueblos
de Austria, Alemania y Rusia. El excremento de solados de todas las
nacionalidades y confesiones yacía uno lado al lado o uno encima del otro sin
ocasionar ninguna pelea” (p. 598).
Ese narrador es a
veces medio molesto, porque tiene un registro totalmente distinto de los
personajes y a veces se pasa en la bajada de línea. Es una manera de decirnos
que esto es más que una picaresca, una farsa, que estamos hablando de temas
importantes. Pero se hace un poco pomposo. Y la novela se hace larga. Muy
larga. Como dice su traductor al inglés, Cecil Parrott, Hašek escribía rápido y
desprolijo, y quizás borracho. Los lectores, decía antes, no sabemos si Švejk es
idiota o se hace, y no queda claro si eso es por diseño o por defecto. Y sin
duda al libro le sobran muchas páginas, muchas aventuras, muchas historias
contadas por Švejk. Al libro le faltó un editor que tuviera tijera fácil. Igualmente,
es un libro divertido e interesante, una manera muy distinta de contar la
experiencia de la guerra. Y aunque es cierto que no es estrictamente una novela
de la guerra, sirve para recordar que Austria Hungría, que es probablemente el
país más responsable de que esa matanza ridícula haya ocurrido, era un poco esa
compleja mezcla de nacionalidades y religiones, de incompetencia y corrupción.
Originales de las citas
“Try hard to think that Austria rests on these enemas and victory is ours” (p. 69).
“Colonel Friedrich Kraus, who bore the additional title of von Zillergut after a village in the district of Salzburg which his ancestors had already completely fleeced in the eighteenth century, was a most venerable idiot” (p. 201).
“Austria had masses of generals like that” (p. 522).
“All these chaplains, never mind whether they’re senior or junior, have a special gift from God of getting themselves stinking drunk at every opportunity” (p. 318).
“A monarchy as idiotic as this ought not to exist at all” (p. 208).
“The whole establishment of the office of the judge advocate was magnificent. Every state on the brink of total political, economic and moral collapse has an establishment like this. The aura of past power and glory clings to its courts, police, gendarmerie and venal pack of informers” (p. 79).
“A volume of the legal code lay before him, and a half-consumed glass of tea stood on top of it. On the table of the right stood a crucifix made out of imitation ivory with a dusty Christ, who looked despairingly at the pedestal of his cross, on which were ashes and cigarette stubs” (p. 388).
“And as the troops passed through and camped in the neighbourhood there could be seen everywhere little heaps of human excrement of international extraction belonging to all peoples of Austria, Germany and Russia. The excrement of soldiers of all nationalities and of confessions lay side by side or heaped on top of another without quarrelling among themselves” (p. 598).
No hay comentarios:
Publicar un comentario