martes, 26 de diciembre de 2023

Tener en casa a tu papá (cuento)

 “¿Cuánto falta?”, preguntó Benja desde la tercera fila de asientos.

“Ocho minutos”, dijo Memo, porque eso decía Waze que faltaba hasta la esquina donde doblamos para ir a la cancha.

“Y de ahí ocho minutos hasta el acceso, ocho hasta el estacionamiento y ocho hasta el palco”, dije yo.

Fue premonitorio: tardamos exactamente eso hasta el puente rojo y el vallado donde controlan los permisos de estacionamiento; y ocho minutos a paso de hombre hasta el estacionamiento. El acceso estaba obstruido por colectivos estacionados, por gente caminando por la calle y por grupitos de hinchas vestidos de rojo alrededor de vendedores con heladeras de telgopor.

“Qué Fernet generoso”, dijo Sole; un tipo de musculosa negra servía el Fernet en vasos de plástico grandes, y otro abrió una botella de Coca que explotó por el gas, salpicando a todos los muchachos de la ronda.

Estacionamos y caminamos por Alsina; pasamos un cacheo, pasamos debajo de las vías y accedimos al predio. Después de otro cacheo usamos las entradas magnéticas en los molinetes.

“Hoy tenemos que tocar el botín izquierdo de Bochini, con el derecho perdimos”, dijo Benja. Unas semanas atrás, con el enano habíamos tocado el botín derecho de la escultura del ídolo del club tratando, sin éxito, de generar una cábala y una tradición.

“No sé, quizás tenemos que probar sin tocar al Bocha, Benja, ¿qué pensás?”, le dije.

“No, no, hoy el izquierdo, y si perdemos...”

“¡No, Benja!”, lo interrumpí, “hoy no podemos perder, hoy no vamos a perder”.

“No, no, ya sé”, me respondió el hijo menor de Memo, un primo que es amigo pero que en verdad es hermano.

Seguimos por el playón y entramos al estadio por la garganta. Subimos las escaleras y caminamos paralelo al arco de los milagros, viendo a la izquierda la pileta, verde en el final del invierno, y al llegar a la otra garganta enfilamos para el arco de las vías. Ahí miré el reloj heredado del viejo y puse mis manos en los bolsillos del jean. Se estaban cumpliendo los ocho minutos de la última etapa y yo caminaba con las manos en los bolsillos, la campera abierta, la bufanda roja sin atar, cayendo hacia cada uno de los bolsillos donde tenía mis manos, mis zapatos un poco hacia afuera, como si estuvieran marcando las dos menos diez. Estaba caminando en la postura típica de mi viejo, igual a la foto que tenía detrás de su bar, en la que estaba en el otro lugar de sus pasiones, el hipódromo.

Empezamos a bajar las escaleras y escuché a papá decir “vengan, chicos, quédense cerca”. “Síganme”, nos dijo, y nos pasamos del piso del palco que tenemos con Memo;  llegamos a la planta baja y doblamos a la izquierda, “por acá”, y entramos al túnel que lleva a la popular local. “Quiero ver cómo forma la reserva”, dijo el viejo, y ahí sobre la pared de siempre estaba pegado un papel membretado, con los números gordos en rojo. El equipo titular iba con Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero y Killer; Giusti, Marangoni, Burruchaga y Bochini; Morete y Calderón. En la reserva jugaba un diez que prometía, Merlini. Salimos del túnel de vuelta hacia las piletas y doblamos a la izquierda, caminamos unos metros y entramos a la confitería que está debajo de la popular local, la de la visera icónica. Comimos milanesas con papas fritas y papá nos dejó tomar Coca, que venía en botella de vidrio. Después de terminar, y antes de ir a nuestras plateas, papá le compró un gorrito tipo piluso a Memo, que desde ese día fue hincha de Independiente.

Volvimos a subir las escaleras, ahora oscuras como el Fernet, y escuché que papá me decía “vos seguí viniendo, Negro, seguí viniendo que veo todo con tus ojos”, y cuando salimos de las escaleras Benja me dijo “Perro: ¿estás bien, Perro?”

Tenía puesto el gorrito de lana que le compré para su cumple de ocho hace unos días y me acordé del partido contra Tigre, al final, cuando me preguntó, después del gol para la victoria en la última jugada del partido, con sus ojos enormes y su voz aguda, “¿estás llorando, Perro?”, y me acordé también del mensaje de WhatsApp que le dejó hace un par de meses a mi hija, con la misma voz inocente, diciéndole “no te preocupes, Lucre, tu abuelito ahora está mejor porque está con Jesús”, aunque el viejo siempre tuvo, más bien, simpatía por el diablo.

“Sí, Benja, ¿cómo no voy a estar bien? ¡Si le tocamos el botín izquierdo al Bocha!”

Abrí la puerta al palco y el estadio explotaba, el humo de los fuegos artificiales salpicándonos a todos como la espuma de la botella de Coca Cola, pero tiñendo todo de rojo.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Hasta acá llegué

 


Empecé a leer There Your Heart Lies, de Mary Gordon, y no duré ni cincuenta páginas. Una chica de la alta sociedad deviene comunista, se casa sólo por apariencias con el ex amante homosexual de su hermano muerto, y se embarca a España para colaborar con la causa republicana durante la Guerra Civil. ¿Qué pasa después? No sé, apenas estuve unas noches con ellos en el barco, pero el realismo social y la discusión moral entre los personajes si está bien o no aceptar el upgrade a primera clase que reciben ya me molestó. Probablemente yo no esté pasando un buen momento para la ficción, así que no voy a decir mucho de Mary Gordon y su obra, solamente lo dejé, empecé algo de no ficción, y dejo acá asentado que no logró captar mi atención.

Millennials

 


Leí Beautiful World, Where Are You, de Sally Rooney, de quien leí también Normal People. Debo decir que odié el final de Beautiful People… (que no voy a spoilear) y disfruté algo la mayor parte del libro. No un montón, no muchísimo, no sé si llega a bastante, pero por momentos avanzaba rapidísimo en la lectura.

La novela trata sobre las relaciones entre cuatro personajes: Eileen y Simon se conocían de chicos, aunque Simon era más grande, y siempre hubo algo ahí. Luego Eileen se conoció en la universidad con Alice, que con el tiempo devino una novelista exitosa, tuvo un breakdown, y se fue a vivir a un pueblo donde conoce a Felix a través de una aplicación. En ese momento empieza la trama que relaciona a estos cuatro millennials: Alice la novelista exitosa, Eileen la literata frustrada, Simon el abogado de izquierda y Felix que trabaja en un depósito.

Todo eso se estructura en dos tipos de textos. Por un lado, tenemos el relato en una tercera persona que busca ser muy tercera, muy objetiva, y que por momentos parece casi un guión o acotaciones teatrales, pero que por momentos no me parece aceptable, porque no es realmente una mirada objetiva sino que trata de aparentar objetividad. Por ejemplo, conocemos a Eileen en un capítulo que empieza así: “A las doce y veinte de un miércoles, una mujer estaba sentada detrás de un escritorio en una oficina compartida en el centro de Dublín, escroleando para abajo en un documento de texto.” (p. 19) O, hacia el final de una secuencia importante: “El mar hacia el oeste, el largo de una tela oscura. Y hacia el este, subiendo y a través de las rejas, la vieja rectoría, azul como la leche. Adentro, cuatro cuerpos durmiendo, despertando, durmiendo nuevamente.” (p. 258) Por otro lado, están los mails que se mandan entre Eileen y Alice, donde es todo subjetividad, pero que progresivamente me fueron aburriendo, y hasta irritando, sobre todo cuando se convierten en una crítica cultural de esta izquierda light tan millennial (la misma que está del lado equivocado en Medio Oriente en estos momentos, aunque no hay nada del tema en la novela, por supuesto) que encuentro tan irritante por livianita.

También me irritaba Eileen, la millennial patrón, con su neurosis galopante, pero eso en el fondo es lo que está bien del libro, la descripción de esta generación que no logra separarse de sus propios ombligos. Mujeres y varones de edad adulta que sigue comportándose un poco como adolescentes sin encontrar la manera de salir de su loop. Dice Eileen: “La gente de nuestra edad se casaba y tenía hijos y amantes, y ahora todos son solteros y viven con compañeros de departamento a los que nunca ven” (p. 186). La soledad de los hiperconectados, que no pueden decirse las cosas, que no pueden comunicarse, queda más puesta en evidencia por Felix, que dice cualquier cosa, sin mucho freno, sin ningún tacto, y que me resultó el personaje más querible. (Un ejemplo gracioso de Felix siendo Felix: "Digo, en serio, creo que si todos los hombres que se hayan portado más o menos mal en algún momento en un contexto sexual de golpe se murieran mañana, quedarían tipo once hombres vivos.” - p. 136).

Así que así los vemos a estos cuatro chicos, durante 250 o 300 páginas, tratando de darse cuenta de cómo va la cosa (como le dice Eileen a Alice en uno de esos mails: “¿Qué si estas cosas suben y retroceden naturalmente, como las mareas, mientras el significado de la vida se mantiene siempre igual - sólo vivir y estar con otras personas” - p. 161) y nos divertimos un poco y nos irritamos un poco y a veces los entendemos un poco y otras les decimos grow up already y después viene ese final que bueno, no voy a spoilear.

 

Originales

“At twenty past twelve on a Wednesday afternoon, a woman sat behind a desk in a shared office in Dublin city centre, scrolling through a text document.” (p. 19)

“The sea to the west, a length of dark cloth. And to the east, up through the gates, the old rectory, blue as milk. Inside, four bodies sleeping, waking, sleeping again.” (p. 258).

“People our age used to get married and have children and conduct love affairs, and now everyone is still single at thirty and lives with housemates they never see.” (p. 186).

"I mean honestly, I think if every man who had ever behaved somewhat poorly in a sexual context dropped dead tomorrow, there would be like eleven men left alive.” (p. 136).

“What if these things just rise and recede naturally, like tides, while the meaning of life remains the same always - just to live and be with other people?” (p. 161).

La construcción de un imperio

 


El domingo 22 de octubre, mientras el país votaba, yo terminé de leer From Colony to Superponer. U.S. Foreign Relations since 1776, de George C. Herring, parte de la Oxford History de Estados Unidos. La colección está pensada en 12 volúmenes, 11 divididos cronológicamente y este temáticamente, concentrándose en las relaciones externas de EE.UU. De los 11 temáticos, leí 7, 3 no han sido publicados aún, y me falta el último, que va de Watergate a Bush vs Gore y que no creo que vaya a leer. Tampoco voy a leer los dos primeros, aún no publicados, que van a ser previos a la independencia. Es decir que quedé a un solo libro de terminar el proyecto, el de Bruce Shulman sobre el período 1896-1929, que es, de hecho, el período que quizás más me interesa. Así las cosas.

¿Qué decir sobre From Colony to Superpower? Lo primero que debo decir es que debe ser el libro que más tardé en leer en mi vida. Lo compré en diciembre de 2021, lo empecé a leer en algún momento de 2022 y luego lo dejé porque pasaron cosas, y lo retomé en algún momento de este año, hace quizás dos meses. Segundo, creo que está bueno haberlo leído para tener una mirada general sobre la historia de las relaciones internacionales de EE.UU., pero sobre todo creo que hay que pensarlo como un libro de consulta, al que podría acceder para ver, por ejemplo, la próxima vez que haya una intervención de EE.UU. en Medio Oriente. En fin…

Finalmente, me voy a concentrar en algunos puntos que hace el autor en la introducción. Primero, contraria a la lógica “aislacionista” de algunos actores presentes y pasados, “La política exterior ha sido central a la experiencia nacional desde el comienzo.” Más allá de ese “mito” aislacionista, “desde 1776 en adelante, Estados Unidos ha sido un jugador activo e influyente en los asuntos globales. La política exterior ha tenido un enorme impacto en la vida americana.” Ligado con esto, “Los americanos se piensan a sí mismos como amantes de la paz, pero pocas naciones han tenido tanta experiencia en guerras como Estados Unidos” (p. 1).

Luego, el autor comenta algunas peculiaridades americanas en lo que hace a la política exterior. “Los americanos han tenido miradas decididamente diferentes sobre el orden internacional y su lugar en él. Por un lado, han sido atraídos por las riquezas del mundo. (...) Por el otro, los americanos a menudo se han visto a sí mismos como un pueblo aparte.” (p. 2-3)

La idea de una “misión providencial ha motivado un deseo a hacer el bien en el mundo” pero también ha “engendrado arrogancia” (p. 4). Así, hay una tendencia de “fervor ideológico y mesianismo” pero también un pragmatismo muy americano que llevó a cierto “idealismo práctico”, representado por Franklin, Lincoln y F. D. Roosevelt. (p. 5) Como norma, los principios cuentan, más allá de las obvias excepciones. Herring dice que más que aislacionismo hay una fuerte y recurrente tendencia unilateralista en esta historia; el unilateralismo le sirvió bien en su primer siglo y medio “pero también generó cierto espíritu provinciano engreído y la sospecha hacia instituciones internacionales, además de indiferencia e incluso hostilidad hacia otros pueblos y culturas.” (p. 7) Otras peculiaridades vienen de su sistema político democrático y de su orden constitucional.

Con todo esto, “han sido agresivamente e implacablemente expansionistas” y, a pesar de una opinión popular contraria, “Estados Unidos ha sido espectacularmente exitoso en su política exterior” (p. 9). Así y todo, “no pudo asegurar completamente estar libre del miedo como deseaba George Washington.” (p. 10)

lunes, 20 de noviembre de 2023

A newsroom on the wire

Estuve viendo dos series viejas muy distintas, The Wire y The Newsroom.

El que primero me habló de The Wire fue @braunmi hace por lo menos ocho años. Quien me recordó de su existencia, hace unas semanas, fue @estebanschmidt, que republicó en Un correo de Esteban Schmidt una vieja reseña. Ahí me di cuenta de que ahora sí tengo HBO y podía verla y aproveché un viaje de mi esposa para meterle: bien que hice, porque es una serie violenta y cruda, de las que ella no disfruta. Además, a la mitad de mi consumo problemático de The Wire (llegué a ver más de tres episodios de una hora en un día) vi una nota en The Economist donde se la menciona como una de las grandes series de un momento de oro de la televisión que ya habría terminado.

Más allá del juicio sobre la televisión actual, The Wire es realmente extraordinaria: cinco temporadas con cinco capas sobre el mundo marginal de una ciudad marginal. En cada una de las temporadas se va agregando una capa: en la temporada uno es una serie de policías contra narcos; en la segunda se agrega el papel de los obreros del puerto de una ciudad post-industrial y de los contrabandistas que juegan con ellos; en la tercera entra la política y vemos experimentos sociales; en la cuarta la política toma un papel más importante y se le suma la escuela, el sistema educativo y los chicos para los que el menudeo de drogas es el camino de ascenso social más claro; y en la quinta entra un periodismo también en decadencia, con redacciones que se van reduciendo. Y a través de todo esto una gran mirada sobre esa ciudad, sobre ese mundo, con un idioma que suena real, el de los negros de las esquinas, el de los políticos, el de los policías, el de los portuarios, cada uno distinto. Y con todos los ingredientes que los autores quisieron incluir: la violencia, la droga, el sexo (sexo explícito, heterosexual, inter-racial, entre chicas, entre chicos), la decadencia institucional, política, económica, social, todo puesto ahí, no embellecido, algo que actualmente, según The Economist, es un poco más difícil. The Wire es el show don’t tell de Hemingway llevado a su máxima expresión: te cuenta todo, no juzga nada.

Sobre todo, The Wire muestra cómo se reproduce todo este mundo que parece tan lejos del ideal. Los gangsters capos son asesinados o encarcelados y aparecen otros. Lo mismo con los drogones, con los altos mandos policiales, con los chicos que venden en la esquina, con los estudiantes en la escuela. (Una directiva de la escuela le dice a Prezbo, un ex policía que deviene maestro, que no se encariñe demasiado con un chico, que ya vendrán nuevos al año siguiente, y en una de las últimas escenas de la serie lo vemos al chico inyectándose heroína).

La reproducción de la cadena del narcotráfico, de la cadena policial, de la cadena política, de la cadena periodística; se van unos, vienen otros, y al final del día todo queda más o menos igual. Y ese igual es una mierda, claro; una situación en la que no parece haber ninguna correlación entre los “buenos” y la victoria o la derrota; y ni siquiera es muy claro si hay buenos y quién gana y quién pierde (salvo, claro, cuando matan a alguno y es game over); todo va a seguir más o menos así, mal, con un ejército de drogones perdidos (drug fiends), abastecidos por tipos que van a matar para controlar el negocio mientras son perseguidos por un cuerpo policial sin ganas o sin capacidad de cambiar nada, a su vez dirigido por políticos que piensan en su carrera más que en los resultados, y todo cubierto por periodistas no siempre comprometidos con la verdad (y cuyo compromiso con ella no necesariamente es positivo para sus carreras).

Poco antes de comenzar este consumo había empezado a ver, esta sí acompañado, The Newsroom, que terminé de ver poco después de terminar The Wire y que podría considerarse básicamente su opuesto. Como prácticamente toda obra de Aaron Sorkin, The Newsroom es una obra moral: así como The West Wing nos comentaba cómo sería un presidente y un equipo presidencial perfectos, The Newsroom nos muestra un periodista y equipo periodístico perfectos. No hay malos en The Newsroom así como no hay buenos en The Wire. Por supuesto hay conflicto entre los buenos –sobre todo el presentador de noticias Will McAvoy y la productora McKenzie McHale– y otros que son menos buenos –sobre todo el presidente de la cadena, que los presiona para que suban el rating comprometiendo la calidad–. Pero al final los no tan buenos se dan cuenta, son persuadidos por argumentos o encuentran la fibra moral necesaria para darles la razón a los buenos-buenos. Y los buenos-buenos, claro, ganan, y el mundo es mejor, cambia para bien o hay esperanza de que lo haga, porque si las noticias se reportan mejor, los ciudadanos podrán votar mejor, ganarán los políticos reformistas, que pondrían, por ejemplo, mejores policías que hagan que menos narcos vendan menos drogas, que más chicos escapen al doble riesgo de ser narco o drogón.

Esto me recuerda, como he recordado tantas veces, una gran escena del Nixon de Oliver Stone donde Nixon mira un retrato de Kennedy y le dice algo así como que los americanos ven en JFK aquello que quieren ser mientras que en él ven lo que realmente son. The Wire es algo bastante parecido al mundo real en el que vivimos, todo revuelto, por momentos revulsivo, donde se ganan algunas y se pierden un montón, donde los que tratan con todo a veces pierden porque uno no dio un mensaje o porque sí, porque es muy difícil, mientras que The Newsroom es el mundo ideal donde todos querríamos vivir. Y las dos pueden ser disfrutadas igualmente, a pesar de la desolación de una y la ingenuidad de la otra.