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miércoles, 16 de octubre de 2024

No se puede más

 

Floja la foto, lo sé: pero me dediqué a ver, no a fotografíar.


Más de 31 años después, ayer volví a ver a la selección argentina en la cancha. Fue la primera vez desde el 5 de septiembre de 1993. Sí: desde el 0 a 5 con Colombia.

Ese día fui invitado. El papá de mi amigo Sebastián tenía cinco entradas de cortesía; como la mamá no quiso ir, fuimos el padre, sus tres hijos y yo. Además del avión, lo que más recuerdo de esa pesadilla fue cuando ya estábamos en el auto de vuelta a nuestras casas. El papá de Sebastián, Jorge, dijo: "Bueno... qué bueno que no nos interesa tanto el fútbol." Se hizo un silencio. Y un ratito después dijo: "uy, perdón, Fernando."

Yo estaba con una remera de la selección de manga larga. Unos años antes me había traído un verano de Florianópolis una remera del Flamengo y después otro amigo de la escuela, Eduardo, que es brasileño, me ofreció el trueque de la de la selección que tenía él por la mía del Mengao. Cuando llegué a casa después del 0 a 5, aturdido, me saqué la remera de manga larga producto de aquel trueque y la colgué del balcón de mi cuarto en el departamento de mis viejos en Recoleta. Estuvo ahí colgada por años hasta que le ganamos un partido a Colombia.

En 1993 yo tenía 18 años y era fanático del fútbol. Hoy tengo 49 y sigo siéndolo. Lo demás cambió casi todo. Ya no voy más en bondi o con mi viejo a la cancha: mi viejo ya no está, y ahora tengo un palco en Independiente con amigos y vamos en auto y ya no se puede ir de visitante. De estudiante del CBC pasé a licenciado y magister con una carrera azarosa que aún busca su sentido. Pero, sobre todo, como diría @estebanschmidt, "me cargué una familia". Mi hija mayor tiene hoy la misma edad que tenía yo el día de aquel 0 a 5, y ayer estaba, con sus dos hermanas y sus padres, en River.

Desde aquel día muchas veces pensé a ir a ver a la selección, pero nunca terminaba de decidirme. No es que no sea "hincha" de la selección. Sigo sus partidos con la misma intensidad con la que sigo a los de Independiente. ¿Qué me frenaba? Un poco que el ambiente de cancha de la selección me motiva menos que el más apasionado y futbolero del fútbol de clubes.

Otro poco esa cancha, la de River, que me tiene de hijo: como hincha de Independiente, me tocó perder mucho ahí. De hecho, el único partido que recuerdo haber "ganado" en el Monumental fue en febrero de 1993, poco antes del 0 a 5. Fue River 0 - Newell's 1 por la Copa Libertadores (gol del Negro Zamora). Era el Newell's de Bielsa, el de Berizzo, Gamboa, Llop, el Tata Martino, el Loco Berti y cía. Me acuerdo de que me morí de frío en la popular visitante, que nos agarró una terrible lluvia y que a la vuelta por Lidoro Quinteros íbamos con el agua casi hasta la cintura.

Fui a Mar del Plata ida y vuelta en el mismo día y noche para ver a la generación dorada, hice viajes enteros para ver básquet y fútbol, pero nunca volví, hasta ayer, a ver a Argentina. El 0 a 5 era una nube, supongo, una cortina de humo que me impedía avanzar. Pero el jueves pasado estaba viendo el partido contra Venezuela, el relator dijo “el martes contra Bolivia en el Monumental” y abrí la computadora y ahí quedaban entradas. Mis tres hijas me dijeron que sí, que morían por ir, mi mujer también... y no lo pensé mucho más.

Ayer estaba ahí, quizás en la misma sección en la que había estado con mi amigo Sebastián y su familia, pero con mi familia, y con la misma remera de la selección de mangas largas y de dos estrellas. (Sí, todavía me entra bien). Lo viví todo bastante nervioso, porque así soy, y porque estaba yendo con tanta mujer a un estadio que no es el de todos los domingos, porque llegamos mucho más tarde de lo que me hubiera gustado y sí, porque el 0 a 5 seguía ahí. (De hecho, a la mañana, entrenando, le dije a mi amigo Diego que iba a ver a Argentina y que era la primera vez desde el 0 a 5 y me dijo algo así como "llegamos a perder y no podés ir más".)

Después del primer gol me empecé a relajar y empecé a sonreír. Hacia el final ya no podía dejar de hacerlo. En algún lugar, porque así también soy, me castigaba por haber sido tan cabeza de termo de no haber visto a Messi nunca antes, pero bueno, lo vi ayer con sus tres goles. Y a la bestia del Cuti Romero, a Alexis Mac Allister, que lleva adentro procesadores y chips de computadoras que todavía no se han inventado, y a todos los demás. Pero sobre todo, lo que me llevo es una jugada del segundo tiempo donde Messi, bastante cerca nuestro (nada es cerca en River), recibe una pelota como wing derecho y la para y gira con un movimiento que no parecía humano. (La imagen que me vino a la mente es la de un puré que comí una vez, el aligot, que es algo entre líquido y sólido y que fluye y que cuando lo probás estás en otra galaxia. Como Messi).

Creo que finalmente puedo enterrar el 0 a 5. Como creo que la final de Catar enterró, un poco, la de Brasil: pasó más de un año hasta que un día me di cuenta de que el anterior no había pensado en esa final perdida. Hoy revivo lo de ayer con emoción por lo que nos une el fútbol y por todo lo que ha significado y significa en mi vida. Por haberlo compartido con mis hijas. Por el recuerdo de la final, con mi viejo en la cama, sin entender que éramos campeones del mundo. En el mismo departamento de Recoleta donde vimos los goles de Diego contra Inglaterra una tarde de 1986. Donde unos meses después lo velamos.

La vida sigue, como sigue el fútbol después de cada derrota, aún la más dolorosa. Lo importante es seguir jugando, siempre, hasta que no se pueda más.

martes, 26 de diciembre de 2023

Tener en casa a tu papá (cuento)

 “¿Cuánto falta?”, preguntó Benja desde la tercera fila de asientos.

“Ocho minutos”, dijo Memo, porque eso decía Waze que faltaba hasta la esquina donde doblamos para ir a la cancha.

“Y de ahí ocho minutos hasta el acceso, ocho hasta el estacionamiento y ocho hasta el palco”, dije yo.

Fue premonitorio: tardamos exactamente eso hasta el puente rojo y el vallado donde controlan los permisos de estacionamiento; y ocho minutos a paso de hombre hasta el estacionamiento. El acceso estaba obstruido por colectivos estacionados, por gente caminando por la calle y por grupitos de hinchas vestidos de rojo alrededor de vendedores con heladeras de telgopor.

“Qué Fernet generoso”, dijo Sole; un tipo de musculosa negra servía el Fernet en vasos de plástico grandes, y otro abrió una botella de Coca que explotó por el gas, salpicando a todos los muchachos de la ronda.

Estacionamos y caminamos por Alsina; pasamos un cacheo, pasamos debajo de las vías y accedimos al predio. Después de otro cacheo usamos las entradas magnéticas en los molinetes.

“Hoy tenemos que tocar el botín izquierdo de Bochini, con el derecho perdimos”, dijo Benja. Unas semanas atrás, con el enano habíamos tocado el botín derecho de la escultura del ídolo del club tratando, sin éxito, de generar una cábala y una tradición.

“No sé, quizás tenemos que probar sin tocar al Bocha, Benja, ¿qué pensás?”, le dije.

“No, no, hoy el izquierdo, y si perdemos...”

“¡No, Benja!”, lo interrumpí, “hoy no podemos perder, hoy no vamos a perder”.

“No, no, ya sé”, me respondió el hijo menor de Memo, un primo que es amigo pero que en verdad es hermano.

Seguimos por el playón y entramos al estadio por la garganta. Subimos las escaleras y caminamos paralelo al arco de los milagros, viendo a la izquierda la pileta, verde en el final del invierno, y al llegar a la otra garganta enfilamos para el arco de las vías. Ahí miré el reloj heredado del viejo y puse mis manos en los bolsillos del jean. Se estaban cumpliendo los ocho minutos de la última etapa y yo caminaba con las manos en los bolsillos, la campera abierta, la bufanda roja sin atar, cayendo hacia cada uno de los bolsillos donde tenía mis manos, mis zapatos un poco hacia afuera, como si estuvieran marcando las dos menos diez. Estaba caminando en la postura típica de mi viejo, igual a la foto que tenía detrás de su bar, en la que estaba en el otro lugar de sus pasiones, el hipódromo.

Empezamos a bajar las escaleras y escuché a papá decir “vengan, chicos, quédense cerca”. “Síganme”, nos dijo, y nos pasamos del piso del palco que tenemos con Memo;  llegamos a la planta baja y doblamos a la izquierda, “por acá”, y entramos al túnel que lleva a la popular local. “Quiero ver cómo forma la reserva”, dijo el viejo, y ahí sobre la pared de siempre estaba pegado un papel membretado, con los números gordos en rojo. El equipo titular iba con Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero y Killer; Giusti, Marangoni, Burruchaga y Bochini; Morete y Calderón. En la reserva jugaba un diez que prometía, Merlini. Salimos del túnel de vuelta hacia las piletas y doblamos a la izquierda, caminamos unos metros y entramos a la confitería que está debajo de la popular local, la de la visera icónica. Comimos milanesas con papas fritas y papá nos dejó tomar Coca, que venía en botella de vidrio. Después de terminar, y antes de ir a nuestras plateas, papá le compró un gorrito tipo piluso a Memo, que desde ese día fue hincha de Independiente.

Volvimos a subir las escaleras, ahora oscuras como el Fernet, y escuché que papá me decía “vos seguí viniendo, Negro, seguí viniendo que veo todo con tus ojos”, y cuando salimos de las escaleras Benja me dijo “Perro: ¿estás bien, Perro?”

Tenía puesto el gorrito de lana que le compré para su cumple de ocho hace unos días y me acordé del partido contra Tigre, al final, cuando me preguntó, después del gol para la victoria en la última jugada del partido, con sus ojos enormes y su voz aguda, “¿estás llorando, Perro?”, y me acordé también del mensaje de WhatsApp que le dejó hace un par de meses a mi hija, con la misma voz inocente, diciéndole “no te preocupes, Lucre, tu abuelito ahora está mejor porque está con Jesús”, aunque el viejo siempre tuvo, más bien, simpatía por el diablo.

“Sí, Benja, ¿cómo no voy a estar bien? ¡Si le tocamos el botín izquierdo al Bocha!”

Abrí la puerta al palco y el estadio explotaba, el humo de los fuegos artificiales salpicándonos a todos como la espuma de la botella de Coca Cola, pero tiñendo todo de rojo.

lunes, 27 de agosto de 2018

Embajador

Manu Ginobili fue, sin lugar a dudas, el mejor basquetbolista argentino de la historia. Y sin duda está entre los mejores deportistas argentinos de cualquier disciplina; en qué lugar no importa, la discusión no tiene sentido, pero que está ahí arriba con los más grandes no hay dudas.
Como bien dice JeffMcDonald en este artículo del San Antonio Express, que algún diario argentino debería conseguir permiso para publicar (el que lo haga, yo se lo traduzco gratis), Manu no será el mejor jugador de la historia de San Antonio; ese, claramente, es Tim Duncan; pero sí el más querido y el más distinto. Nunca habrá alguien como él, dice Jeff, y tiene razón.
Tuve la suerte y la claridad mental y la locura de ir a verlo unas cuantas veces. La primera vez que fui escribí esto, de lo cual no estoy muy orgulloso. Pero ese artículo llegó a los ojos de Jane Anne Craig, maestra de escuela texana jubilada y fanática de los Spurs y de Manu. Jane me escribió y me dijo: la próxima vez que vengas chiflá. Volví, chiflé, y ella me metió en la fila para el autógrafo. Cuando Jane me dijo que me acercara a Manu para una foto, él me miró y me preguntó “¿estás con ella?” y después le dijo a ella “she’s the ambassador from Argentina”.

Foto de Jane Anne Craig (@janieannie)

Jane – gracias Jane, por mí y por las decenas de argentinos a quienes ayudaste – es un ejemplo de algo muy fuerte en San Antonio: es gente muy amable, que te hace sentir como en casa, los Spurs son una familia, dice Jane. Un poco por eso, hoy tengo como amigo en Facebook a J. Sanford, el que hacía de la voz del estadio en San Antonio. Y un poco por eso tengo esta foto que sigue: la última vez que fui a San Antonio, Jane me presentó a Tony Morano, un fotógrafo que trabaja para los Spurs. Hablamos un rato con Tony, le conté que me gusta la fotografía y que después del partido me iba para un parque nacional a sacar fotos. Después vino Manu, nos pusimos a hablar y Tony sacó esta foto y me la mandó. (Sí, ya sé, parece que estoy enamorado pero me la banco y la subo igual.)

Foto de Tony Morano.

Manu es el Spur más querido, además de por su juego impresionante y creativo, porque es el último boy scout: todos dicen que es un gran compañero, gran esposo, gran padre. Como dice McDonald en ese artículo, si hay un premio que Manu debió haber ganado y no ganó es el Magic Johnson, el premio al que mejor atiende a la prensa. Y si lo hubiera, también al que mejor atiende a sus fans: como me decía Jane, los argentinos podemos ser un poco intensos, y “ese hombre es un santo”. Como quedó perdido en la anécdota de la foto de arriba, ese día Manu me vino a saludar a mí. Ya nos habíamos saludado un par de días antes y ese día no lo quería molestar porque era un partido chivo, pero el vino solito a charlar conmigo.
Una anécdota que pinta entero cómo fue Ginobili con sus hinchas ocurrió la vez que fui a un partido con hija#1. Ella no sabía mucho quién era Manu, pero ahí estábamos, haciendo cola esperando que apareciera para firmarle una remera. Y de pronto se escuchó “¿hay alguien de Argentina por acá?”. Era Manu; hija#1 saltaba para tratar de llamar la atención y decía “yo, yo”, y Manu seguía “¿dónde, dónde?” haciendo que buscaba a alguien con la mirada, e hija#1 seguía “yo, yo”, hasta que Manu se empezó a reír, se acercó a ella y le firmó la remera. Miles de argentinos lo vieron en San Antonio y en muchas otras ciudades y siempre estuvo, siempre respondió. No es fácil. 

Foto: Instagram de San Antonio Spurs.

Aunque hay argentinos difíciles, como decía Jane, la embajadora argentina a San Antonio, Manu siempre mostró la mejor versión de nosotros mismos; como dice Perantuono acá, es el argentino que queremos ser: competitivo pero honesto, creativo pero jugador de equipo, amable, inteligente. Su retiro le va a quitar visibilidad, pero no dudo que seguirá siendo un gran embajador para los argentinos. Siempre le estaré agraecido por las alegrías deportivas - el zapallazo contra Serbia, todo Atenas, Indiannapolis, la volcada contra Bosh en la final de 2014... - y por lo bien que se portó siempre personalmente conmigo, pero sobre todo por esa capacidad de representar sin buscarlo mucho de lo mejor que tenemos los argentinos.

miércoles, 25 de junio de 2014

Cobertura mundialista

Ayer se despidió Inglaterra del Mundial y con ella mi cobertura para el blog de Garrincha. Acá dejo mis tres crónicas de los tres partidos de los tres leones. La cobertura en el blog de Garrincha sigue: pasen y vean.

Ups and downs
(14/06/2014: Inglaterra 1 - Italia 2)

Unas horas antes del partido pasé por Manaos. Por arriba de Manaos, a 36.000 pies, en un Airbus de la aerolínea de bandera. Me sentí tan argentino, partiendo a Brasil por el medio desde el aire, que me dieron ganas de comer dulce de leche. Mientras pasaba por ahí imaginé la sombra de nuestro avión en la selva, como un mosquito, pequeño para los estándares locales, y pensé en el pobre Steven Gerrard, tan lejos de la ciudad de los Beatles, y me acordé de Fitzcarraldo. Bah, de las imágenes de Fitzcarraldo que recordé de las cosas que me dijeron de esa película, porque nadie normal la vio y yo soy normal. Soy re normal.
Finalmente bajé, en el gran país del norte. Hice migraciones, busqué mi valija, pasé aduana, hice check-in para mi vuelo de conexión, corriendo corriendo porque no llego, porque estoy justo, y cuando llegué a la puerta resultó que el vuelo estaba retrasado. En el bar de al lado estaba empezando el partido y entonces eso que parecía tan malo, tener que esperar, resultó bueno, porque puedo ver el partido, me dije. Y qué mejor lugar para ver un partido del Mundial que un aeropuerto, eso que alguna de esas personas re profundas llamaron un no-lugar. El Mundial tiene algo artificial también, un empaquetamiento de emociones desplazadas, la identidad del barrio mutada, empaquetada, marqueteada. Lo bajo del barrio, de Anfield, de Stanford Bridge, de Tottenham, convertido en lo alto de la FIFA. En el camino de abajo a arriba se pierde algo de alma, como una chica de Nebraska al llegar a Hollywood.
Mientras tanto, van 33 minutos, y los equipos suben y bajan en bloque. Los ves a todos en el mismo plano (salvo al arquero del equipo que ataca), bien compactos. Y desde que empecé a escribir este párrafo vino el gol de Italia (Marchisio tras gran jugada de Pirlo, que la dejó pasar) y el empate de Inglaterra, England, by Sturridge, tras centro de Rooney. Las emociones subieron y bajaron y escuché el llamado a mi vuelo justo después de que terminara el primer tiempo. Durante el segundo voy a volver a estar arriba, cruzando el Golfo de México en camino a Houston, pero no hay problema. Pase lo que pase, el fútbol siempre será esto, los altos y bajos, lo alto y lo bajo.


By George
(19/06/2014: Inglaterra 1 - Uruguay 2)

Oh sweet Georgia pie. Nosotros, los ingleses, conquistamos medio mundo y le pusimos nombres a muchas partes. Llegamos hasta este continente incontenible e hicimos colonias como esta y las nombramos como quisimos. A este le pusimos el nombre de nuestro rey y de nuestro santo, el que mataba dragones. Hace calor en Georgia y son las tres de la tarde. El Sticky Fingers Smokehouse está casi vacío y la rubia gordita de la barra me quiere hacer comer o tomar cosas. Sweet Georgia pie pido, porque hay una canción, mientras el juez le perdona la vida a Godín y nosotros, que somos caballeros ingleses, no protestamos. The pound sterling es una medida de plata, y este Sterling (que no es Roger) es la medida del fútbol de Inglaterra. Sterling y Rooney contra el mundo, con algo de Sturridge on the side, como un bowl de porridge, pero qué calor, no acá, no hoy. Metemos un cabezazo en el palo y tenemos un par de situaciones pero no entra y Cavani hace un jugadón y Suárez, el que juega en Liverpool, deja a Joe Hart a contrapié y a Inglaterra con un pie afuera.
Nos queda un tiempo y estoy solo en la barra. Cada tanto pasa la gordita y me pregunta si quiero algo más. Simpática la rubia. Estoy solo como el pobre Joe Hart en nuestro arco, que los uruguayos empiezan a cascotear con más calidad que fiereza. Oh England, England, nosotros que nombramos las cosas e inventamos el juego, England. La rubia se llama Brittany: a ella también le pusimos nosotros el nombre, los británicos, que conquistamos todo pero ya no podemos ni en los deportes que nosotros mismos inventamos. Y ahí va Rooney, tira el segundo caño de la tarde, como si fuera sudamericano, rioplatense, y Muslera empieza a hacerse grande hasta que la metemos, al fin, centro de Johnson y gol de Rooney. Pero de nuevo, como contra Italia, llega la desilusión porque no puede haber final feliz para Inglaterra y Suárez mete el segundo. Son las cinco y empiezan a llegar los gringos para la cena en el Sticky Fingers. Terminó el partido y yo solo, acá, en la barra vacía. La rubiecita se fue y yo salgo al calor de Georgia. Saint George nos abandonó y un millón de dragones vomitan su fuego sobre nuestras espaldas.


Despedida
(24/06/2014: Inglaterra 0 - Costa Rica 0)

Me fui a Gibraltar, no a la roca sino a un pub, a ver un partido que más que partido era una despedida, la nuestra, la de Lampard, la de Gerrard. Caminando por el empedrado de San Telmo en mi cabeza sonaba la introducción de "I did it my way", pero en la versión decadente de los Sex Pistols: "And now, the end is near / And so I face the final curtain" dice Sid Vicious.
No era el final que esperábamos, no. Tan inesperado que tuve que ir a un pub inglés porque a nadie le importaba este partido. Hasta en Gibraltar estuvimos relegados: como si en la roca fueran primero los gallegos, en la tele grande de adelante pusieron Italia-Uruguay y nosotros quedamos atrás en la tele chiquita. (Me agarró tortícolis por mirar hacia arriba.) Un inglés me invitó a sentarme a su mesa mientras en la de al lado miraba nervioso el único costarricense de Buenos Aires, envalentonado por su equipo.
Pudimos haber ganado hoy. Sturridge tuvo una, dos, tres, cuatro oportunidades, pero no entró. Los ingleses alrededor se rieron cuando vieron a uno de ellos mostrando un cartel desde la cancha: "Pasajes £1.200, Entradas £1.200, Alojamiento £2.000. Ver el partido ya eliminados: no tiene precio". Así nos despedimos, con humor, riéndonos de nosotros mismos, de nuestra impotencia. "What's the difference between England and a tea bag?", preguntaban por las redes sociales: "a tea bag stays in the cup longer." Y nos reímos pensando en la bolsita ya casi seca y fría, como una pequeña pijiita después de mucho tiempo en la pileta, a shrivelled up penis.
Así llega nuestro final, nuestro telón tan lejos de la final y nos vamos con la tristeza de no haberlo hecho a nuestra manera, no como Frank, no como Sid. Nos pusimos a tocar como si fuéramos latinoamericanos, tiramos caños en vez de centros, jugamos 4-2-3-1 como España. Tomamos una pinta más, reímos hacia afuera manteniendo la compostura, como hacemos los ingleses, con la frente en alto, y mascullamos que extrañamos el four-four-fucking-two antes de salir de la puerta del bar y olvidarnos de toda esta mierda por cuatro años.

martes, 8 de enero de 2013

En el mejor escenario


Ahí están, dos grandes, en el mejor escenario. Yo vi a Ginobili y Prigioni en el Madison Square Garden, y después del partido vi cómo la tele entrevistaba a Pablo Prigioni, uno de los jugadores más destacados de la noche. Pablo terminó con 9 asistencias, 6 puntos y 3 robos en la victoria de los Knicks ante los Spurs. Ginobili y los Spurs tuvieron un partido flojo (era el cuarto partido en cinco noches y se notó el cansancio). Otra peregrinación que me dio una gran alegría, y una nueva manera de mostrar mi agradecimiento a estos gladiadores de la generación dorada. 

jueves, 3 de enero de 2013

Injugable

Llegaron mis vacaciones y juego más al golf. A veces, pocas veces, me sale un buen tiro. Otras veces, muchas veces, termino en lugares insólitos. Pocas veces, sin embargo, en lugares tan insólitos como éste.


Dice la regla 13: "La pelota debe ser jugada tal como se encuentra, salvo que las Reglas lo dispongan de otro modo."


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Un campeón

















Un campeón del grafitti este flaco. Le debe haber costado mucho encontrar las palabras justas, porque no sobra ni una sola. Expresa el deseo con claridad y profundidad. Un campeón del grafitti e hincha del campeón: un gran campeón, este Velez; juega bien y encuentra la manera de ganar cuando juega mal también, así que felicitaciones a los velezanos, más allá del grafitti.

martes, 6 de noviembre de 2012

Fantasmas

Fernando Santillan y sus fantasmas.
Estadio Libertadores de América (Independiente) - 5/11/2012
Foto de @alhoy. Gracias, Sebas.

lunes, 23 de julio de 2012

Un buen tiro



Una ronda de golf
puede ser un infierno
podés cagarte de calor
o de frío en invierno
te pueden agarrar mosquitos
o perder pelotas a lo pavote
podés sufrir como un condenado
pegando sólo cascotes
arrastrándote por la cancha
como las lombrices
podés errar putts hechos
podés equivocarte mil veces
pero un tiro de golf
un buen golpe volador
puede pagar muchas frustraciones
puede lograr que te envalentones
para volver a hacer macanas
por más sufrimientos
las próximas semanas.

Llegás a la salida del hoyo tres
mirás los obstáculos, mirás la bandera
son ciento veinticinco yardas
dice el cartel de madera
hay una laguna en el medio
y del otro lado el green y la bandera roja
el green, esa cama de pasto cortito,
va a estar pesado porque ayer llovió
y hoy está todo húmedo y brumoso
la pelota va a hundirse en el pasto
va a hacer un agujerito que vas a arreglar
con la horquilla de hierro que tenés
en el bolsillo derecho, el arregla pique
la pelota va a caer y rodar sólo un poco.
Ciento veinticinco yardas,
sin viento, sin subida ni bajada
hierro 9, entero pero tranquilo.
Seguís mirando
a la izquierda hay una banca
una zona de arena que tenés que evitar
y a la derecha hay otra, pero está más atrás
no entra en juego si elegiste bien el palo
y lo elegiste bien, es hierro nueve: sacalo.
Hay que errar por derecha
así que ponés el tee en la izquierda
de la línea que hacen las dos
bochas blancas que indican la salida
para hacer una línea recta
de izquierda a derecha
y así evitar la banca siniestra.

El tee es un palito de madera
con punta para enterrar en la tierra
y una base del otro lado
para apoyar la pelota
el tee es blanco y la bola también
nuevita, recién salida de la caja
una Callaway Warbird tres.
Te agachás y plantás el tee
en la tierra húmeda con pasto bien fino
y ponés la pelota con cuidado
de modo que la marca quede mirándote
y te queda en los dedos tierrita y arena
que te sacás en el pantalón.

Te ponés detrás de la pelota
en línea recta quedan
vos, la pelota y la bandera
en el medio la laguna, el agua
donde nadan tres patos;
afuera, a la izquierda, por donde
vas a caminar al green después de pegar
hay un grupito de teros que te miran
pero no pensás en los teros ni los patos
en sus vuelos y sus alas de guerra
pensás en la bola en el aire
la Warbird
el águila guerrera
en el cielo
mientras en el suelo
queda el pasto, el agua, el tero.
Viste toda la jugada desde ahí atrás
ahora tenés que ejecutar.
Tenés en la mano el hierro nueve
con su cabeza bien abierta
para que la pelota vuele más hacia arriba
que hacia adelante
te tomás un segundo para asegurarte
que lo tenés bien en la mano
con la presión correcta,
con la posición adecuada.

Ahora te parás frente a la pelotita
con la cabeza del palo justo detrás
haciendo la línea imaginaria
hacia el objetivo, el hoyo, la bandera.
Das un paso atrás para el swing de práctica
levantá con la izquierda,
volvé con la izquierda,
te decís
entero pero suave, sin fuerza
sin sacarle la vista, te recordás
y lo hacés:
llevás el palo atrás
y como un limpiaparabrisas volvés
con el mismo tempo hacia adelante;
agarraste en el camino unos pastitos
que volaron y un poco de tierra quedó ahí
en la cabeza del hierro nueve.

El swing se sintió bien
limpiás la tierra del palo con tu zapato
y te ponés de nuevo en posición
tus pies, la cabeza del palo y la pelota
apuntan todas a la bandera roja
el grip está bien, con la presión indicada
el peso está en la parte delantera de los pies
el culo un toque para afuera
estás a punto de arrancar
y te acordás de la laguna
y la sacás de tu cabeza y ponés en su lugar
la imagen de la pelota en el aire
se te mete en la cabeza el tero y lo sacás
y así hasta que sólo quedan tus ojos
y la pelota, el águila guerrera,
y es todo silencio y vacío.

Levantás el palo suave, lento y derecho
llega hasta el final y vuelve casi solo
sin que tu voluntad lo lleve
sin que te des cuenta
y terminaste bien al final
y sos apenas consciente
de que en el camino impactaste a la pelota
más que un golpe fue un empujón
y sólo sentiste una caricia
hecha por la bola a través del palo
en las palmas de tu mano
y un ruido entre swish y tic
lejos del smock o del toc
el swing fue entero, libre, hasta el final
y quedó el peso en la rodilla izquierda
se sintió bien, en armonía, sin violencia
con el tiempo justo, sin fuerza,
y entonces sí
levantaste finalmente tu cabeza
tu mirada
y buscaste la pelota en el aire
y ahí está todavía subiendo y subiendo
alta se eleva
el águila guerrera
pensás y te acordás del primario
ahí está
por encima de la laguna y los juncos
y hasta creés que la ves girar en el aire
y entonces para de subir
se detiene en el medio del cielo
como un helicóptero sin aspas
y entonces dudás: ¿llega?
sí, llega, llega, te decís
volá, volá, le pedís sin decir nada
porque es todo silencio
y la pelota empieza a caer
casi en línea recta
cae del cielo como un pedazo de granizo
hasta que finalmente llega al piso
desde los cien metros imaginás
escuchar la caída, el pique
el abrazo con el pasto corto y mojado
con la tierra del green
y ves el saltito mínimo,
y ves que rueda un toque
blanco sobre verde
hasta que queda ahí
en el medio del green
cerquita de la bandera
y exhalás
guardás el palo en la bolsa
qué lindo que es esto, pensás
y seguís adelante
en una ronda de golf
que todavía puede ser un infierno
pero un tiro
un buen tiro
un vuelo libre y sereno
esa sensación en la mano
puede hacer
que no sea todo en vano.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Otra vez a la final

Me dice un lector anónimo acá que esperaba para hoy un comentario sobre la victoria argentina en la Copa Davis. Como me debo a mis lectores, vaya como comentario esta conversación que mantuvimos el viernes por Twitter con dos amigos.


El amigo @nicogimb dijo otras cosas, pero ninguna refuta el punto.
Agregamos: (1) no me meto en la interna no interna, se quieren no se quieren entre David y Delpo; es otro tema, y no me interesa. (2) El comentarista anónimo también hacía una pregunta / comentario: “¿por qué será que a los argentinos nos surge un fuerte sentimiento patriótico casi exclusivamente ante éxitos deportivos?” Es buena la pregunta. Mi primera intuición es preguntar en qué otros campos hemos tenido éxitos “objetivos”.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Gracias


Sí, ya sé, me repito.
Ya dije gracias acá, y ya hablé de mi primera peregrinación acá.
Pero lo de estos muchachos es increíble. Es talento, garra, inteligencia, ganas de ganar, trabajo en equipo, esfuerzo, dedicación, humildad. Por eso tienen resultados de manera consistente. Y por eso, por el resultado final pero sobre todo por la manera, por el proceso para llegar ahí: gracias. 

Fuente: Clarín.com

lunes, 5 de septiembre de 2011

Agradecimiento y alegría

El viernes a las dos y media de la tarde mis amigos Miguel y Pablo me pasaron a buscar por la oficina. Hicimos 400 kilómetros de Buenos Aires a Mar del Plata para estar tres horas en un estadio viendo un partido de básquet. Al terminar hicimos otros 400 kilómetros para volver a casa, donde llegamos a eso de las 3:30 de la mañana.
Cuando uno lo dice así suena un poco loco, y quizás lo es. Pero queríamos disfrutar de un espectáculo y queríamos, sobre todo, agradecer a un equipo por todo lo que nos dio; rendir nuestro homenaje, como decía el otro día, de forma similar a aquella peregrinación. Quisimos agradecer a esos jugadores y a quienes vinieron antes por poner a la Argentina en el primer plano del básquet mundial: por la medalla de plata en Indianápolis 2002, por el oro en Atenas 2004, por el bronce en Beijing 2008.
Esto tenía en la cabeza al salir de Buenos Aires. Cuando el partido se puso difícil en la primera mitad y el escolta puertorriqueño Arroyo empezó a meter todo no nos preocupamos tanto. Pero cuando el equipo resurgió en el tercer cuarto, cuando nos metimos todos los hinchas en el partido, lo que surgió fue una alegría completa, sin limitaciones; nada, ningún pensamiento, se oponía a vivir ese momento con todas las emociones. Quizás, en parte, debido a la certeza de estar disfrutando de algo único, de algo que difícilmente se repita: un equipo argentino, una generación, que ganó el oro olímpico.
Antes de empezar el partido lo hablamos con otro grupo de tres amigos que estaba una fila abajo nuestro en la tribuna: ¿cuándo más vamos a poder volver a vivir esto? Y en ese momento mágico, cuando el equipo dio todo y torció el rumbo de ese partido y todo el estadio vibraba, después de una buena racha argentina y un tiempo pedido por el técnico rival, emocionado por ese equipo empecé desde el codo alto B el clásico grito de “Argentina, Argentina”, con bracitos extendiéndose y me siguieron mis vecinos y después todo el estadio y así, la alegría y el agradecimiento se hicieron uno y tuve unos segundos de felicidad completa.

De izquierda a derecha se ve a Pepe Sánchez, Chapu Nocioni, Manu Ginobili y Luifa Scola. También jugaron para Argentina Pablo Prigioni, Carlos Delfino, Fabricio Oberto y Pancho Jasen. Gracias a ellos y a los que faltan por tantas alegrías. Gracias Miguel por la foto. Y gracias La Nación por este recuadro en la cobertura del partido:

POR FIN SE NOTÓ EL PÚBLICO
Fue el primer partido en que los hinchas se hicieron sentir. Y Emanuel Ginóbili, que llegó a pedirles aliento, lo destacó: "Fue muy lindo jugar en estadio lleno y con el público apoyando constantemente. Un placer vivirlo así. Desde que empezó el Himno fue emocionante".

miércoles, 31 de agosto de 2011

Otra ilusión en marcha

Ayer comenzó el Preolímpico de Básquet en Mar del Plata y se puso en marcha una nueva ilusión, tres días después de que se cumpliera el séptimo aniversario no tanto del sueño sino del milagro de lograr la medalla de oro olímpica. En 2004 todo empezó de manera complicada y gloriosa, con aquel notable doble sobre el cierre de Manu Ginóbili contra Serbia. Fue un doble tan notable que lo pongo dos veces: fíjense el festejo de los comentaristas argentinos en la versión en español, y el del entonces técnico Rubén Magnano en la versión en inglés.

En español: festejan los comentaristas.
En inglés: festeja Magnano.

Ayer, con la cómoda victoria frente a Paraguay (84-52), comenzó otra ilusión para Argentina. Pero más allá de la clasificación a Londres y de lo que se logre allí, lo importante es que el público argentino pueda darle a esta generación de jugadores el homenaje que se merece. Como en aquella peregrinación, los fieles argentinos deberían dar una muestra de su agradecimiento por tantos éxitos.


lunes, 8 de agosto de 2011

Competencia

El otro día decía que ese invento de la kermese, el campeonato de 38 equipos, también pasaría. Mi argumento principal era que en un mundo sometido a al menos algo de competencia, uno no empeora su producto porque sí. En el límite, la competencia de un campeonato de fútbol, como la de cualquier producto de entretenimiento, es infinita: otros campeonatos, otros deportes, el cine, todos los libros del mundo…
Ayer tuve una ventana de 15 minutos para ver televisión y fui directo a los canales de deporte. En un canal tenía San Lorenzo vs Lanús. Interesante, me dije, pero seguí buscando. Un canal arriba, Manchester United vs Manchester City. Ni lo dudé y bien que hice. Hace mucho que en Argentina no se ve un gol como el del empate de Nani.

miércoles, 27 de julio de 2011

Esto también pasará

Iba a escribir de otra cosa, pero quiero dejar sentado acá mi opinión sobre el supuesto cambio de formato en el fútbol de la AFA. Sin mucho análisis, me parece una locura organizativa: como mínimo, recordemos que hoy no se aceptan hinchas visitantes en el Nacional B por cuestiones de seguridad. Además: ¿cuánto dinero se perderá por hacer jugar a equipos convocantes contra equipos realmente pequeños? Se responderá que el dinero vendrá de otro lado (de nuestros impuestos) pero, a fin de cuentas, nunca puede ser bueno alejar al producto de quienes estarían realmente dispuestos a pagar por él. Finalmente, sólo se escuchan críticas y muy pocos apoyos al proyecto.

"Todo pasa", dice el mítico anillo de Julio Grondona

¿Entonces? ¿Alcanza con que se estaría “ascendiendo” a River y atacando a Clarín? No lo veo: por eso, no creo que el cambio se lleve a la práctica. Puede que me equivoque y, desde ya, no tengo acceso a lo único que parece importar para saber qué puede pasar en el fútbol argentino: la mente de un hombre que está al borde de los 80 años. Pero parece una cosa muy rara, un gran globo de ensayo y, sobre todo, una cortina de humo, para no hablar del fracaso en la Copa América y de los persistentemente erráticos rumbos de nuestra selección nacional. Insisto, quizás me equivoque, pero esto parece hecho para que la decepción actual "pase" y me parece, además, que esto también pasará.

viernes, 8 de julio de 2011

Lamento mágico

“Olé, olé, olé: Diego, Diego”, cantó la gente el miércoles en el empate contra Colombia. Diego no estaba en la cancha. Diego tiene más de 50, así que difícilmente pueda resolver algo desde adentro. Diego fue DT, y su equipo no convenció; nos fuimos con una derrota muy dura y fue muy criticado. Recuerdo otro partido con Colombia; estuve en la cancha y no lo olvido. Perdimos 5 a 0 y la pasé mal. La pasé muy mal. Muchos cantaron la misma canción, y Diego volvió. Con Diego y un “speedy coffee” de nuestro lado, pasamos con un poco de suerte con un gol de cadera. Después vino otro grito “Diego, Diego” de un parrajaco y un golazo contra Grecia y después la enfermera pelirroja y “nos cortaron las piernas”.
¿Qué decía la tribuna con ese canto? ¿Que vuelva a jugar? ¿Qué vuelva a dirigir? ¿O simplemente fue un infantil “esto no me gusta”? El canto es un llanto, un lamento. Esto no me gusta. Papá Diego, resolveme el problema. Buaaaa. Llanto. Capricho. Y algo de magia. Si viene Diego se resuelve todo. Con una buena cosecha nos salvamos. Que aguante el precio de la soja así sigue la fiesta de consumo. Dale que va. Es, además de un llanto, una suerte de apelación mágica, pero no es un insulto. Si queremos criticar, mejor la canción que insulta derecho viejo: “jugadores / la concha de su madre…” Ustedes son los responsables, dice esa canción. El canto por Diego casi que los absuelve: porque a nadie se le puede pedir que sea Maradona; ni en talento, ni en ganas de ganar, ni en confianza, ni en huevos ni en amor por la camiseta.
Osé criticar el canto por Twitter y se vino la avalancha. Una amiga mandó, con onda e ironía: “mirá santillan, acá te vamos a dar libertad para expresarte sobre lo q quieras, siempre y cuando veneres a d10s”. Agradezco a Maradona porque me hizo feliz; el otro día se cumplieron 25 años de México y se dijo muy poco. Yo rendí el homenaje debido al mejor gol de la historia, al barrilete cósmico. Pero cuando las cosas salen mal debemos mirar a los responsables y buscar soluciones: el barrilete cósmico ya no está; está Grondona, está Batista, están Messi y Tévez, Cambiasso y Romero; eso es lo que está. El grito por Diego es algo más que una protesta generalizada o individualizada: es un lamento mágico. Un lamento de quien aún cree que puede ser salvado por alguna fuerza sobrenatural. Odio ese canto, lo odio.