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viernes, 16 de mayo de 2025

Abogado, hincha de Independiente y bon vivant

Ayer yendo a la cancha Waze me llevó por un lugar raro para evitar el colapso de la 9 de Julio. Le hice caso sin pensarlo y al minuto de doblar por Diagonal Norte me avivé de que no era la primera vez que hacía ese camino para ir a la cancha.

Mi viejo tenía un estudio de abogados con su hermano en el edificio La Unión, Diagonal Norte 811. Un día papá se había olvidado los carnets en el estudio y fuimos a buscarlos. Estacionó con balizas en la avenida y me dejó esperando mientras los buscaba. Quizás pasó más de una vez, pero ese era un sábado o domingo a la mañana y había llovido. Al rato el viejo bajó y seguimos.

Tengo mil recuerdos de mi viejo en la cancha. Cuando era chiquito yo le insistía para que me llevara: eran los tiempos del Bocha y de las copas. Después él dejó de ir y yo empecé a ir solo o con mi amigo y casi hermano al que hicimos del Rojo con papá: así vimos el campeonato de 1995. Y más tarde yo empecé a llevarlo a él. Vimos algunos partidos del campeonato con el Tolo Gallego y después otros ya en la mala, como en esta foto, que si no es la última vez que fue a la cancha le pega en el palo. 


El partido de ayer fue un día después del segundo aniversario de su muerte. La noche anterior habíamos ido a comer con mi esposa e hijas en conmemoración, porque al viejo le gustaba comer y tomar bien. (Esta foto, como me dijo el miércoles un amigo, mío y del viejo, "lo pinta de cuerpo entero").

Cuando entrábamos a la cancha con mi hija mayor le dije que de alguna manera, con ayuda de Waze, estos días lo había recordado con tres de sus facetas clave: abogado, hincha de Independiente y bon vivant. 

lunes, 14 de abril de 2025

Adiós, Mario

Hasta 2005 no leía “latinoamericanos”. Tenía un prejuicio contra el “realismo mágico” y sólo había leído Náufrago de Gabriel García Márquez y no había pasado de los primeros capítulos de Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa. Hasta 2005, además, leía poca ficción; desde que salí del secundario y hasta que defendí mi tesis de Maestría en aquel año, había concentrado la mayor parte de mi tiempo de lecturas en ciencias sociales e historia. Cuando entregué y defendí la tesis me juré no agarrar un libro de no ficción nunca más en mi vida.

Por supuesto que no cumplí con la conjura hiperbólica, pero sí empecé a leer ficción como nunca antes. Y al principio me dije que me debía leer a los latinoamericanos, a ver si quizás no era yo el gallego contramano en Libertador. Lo era, claro. García Márquez me volvió loco por la fluidez de su prosa, porque era miel líquida, porque yo no sabía que se podía escribir así, no sabía que la prosa podía ser poesía. Pero cuando se pone mágico el colombiano me aleja, y esas historias melodramáticas a veces también.

Vargas Llosa, en cambio… Quizás lo que más me gusta de Vargas Llosa es que junta dos de mis grandes intereses en la vida: la literatura y la política. De sus libros, los que más disfruté tienen un componente bien político: más obvio en La guerra del fin del mundo, Conversación en La Catedral y, claro, en La fiesta del Chivo; un poco más indirecto en La ciudad y los perros y Pantaleón y las visitadoras.

Hace años que no leo a Vargas Llosa, y es verdad que sus últimos libros están muy lejos de esos cinco, pero qué librazos que son esos cinco. A todos esos los leí antes de tener este blog, por lo cual carezco de mis notas, de mi memoria extraíble, de mi disco externo para recordar bien qué me parecieron en aquel momento. La fiesta del Chivo es un thriller político espectacular, pero escrito como debe escribirse. De La ciudad y los perros recuerdo esa sensación de violencia latente, de masculinidad física, de crudeza sorprendente. Pantaleón y las visitadoras y La guerra del fin del mundo son dos miradas geniales a esta locura que es América Latina, desde la selva y la corrupción hasta el fanatismo y los movimientos populares. Pero Conversación en la Catedral… Conversación es uno de los libros más inteligentes y bellos y tristes que recuerdo, un libro que piensa un país en relación con un grupo de personas y sus vínculos, o esas personas y vínculos con relación a un país. Es el tipo de libro que me hubiera gustado escribir para Argentina y que, quizás, ya ha sido escrito por Pedro Mairal con El año del desierto.

Adiós, Mario, y gracias. Algo me dice que pronto volveré a agarrar alguno de esos cinco libros, que van a quedar por siempre.

martes, 26 de diciembre de 2023

Tener en casa a tu papá (cuento)

 “¿Cuánto falta?”, preguntó Benja desde la tercera fila de asientos.

“Ocho minutos”, dijo Memo, porque eso decía Waze que faltaba hasta la esquina donde doblamos para ir a la cancha.

“Y de ahí ocho minutos hasta el acceso, ocho hasta el estacionamiento y ocho hasta el palco”, dije yo.

Fue premonitorio: tardamos exactamente eso hasta el puente rojo y el vallado donde controlan los permisos de estacionamiento; y ocho minutos a paso de hombre hasta el estacionamiento. El acceso estaba obstruido por colectivos estacionados, por gente caminando por la calle y por grupitos de hinchas vestidos de rojo alrededor de vendedores con heladeras de telgopor.

“Qué Fernet generoso”, dijo Sole; un tipo de musculosa negra servía el Fernet en vasos de plástico grandes, y otro abrió una botella de Coca que explotó por el gas, salpicando a todos los muchachos de la ronda.

Estacionamos y caminamos por Alsina; pasamos un cacheo, pasamos debajo de las vías y accedimos al predio. Después de otro cacheo usamos las entradas magnéticas en los molinetes.

“Hoy tenemos que tocar el botín izquierdo de Bochini, con el derecho perdimos”, dijo Benja. Unas semanas atrás, con el enano habíamos tocado el botín derecho de la escultura del ídolo del club tratando, sin éxito, de generar una cábala y una tradición.

“No sé, quizás tenemos que probar sin tocar al Bocha, Benja, ¿qué pensás?”, le dije.

“No, no, hoy el izquierdo, y si perdemos...”

“¡No, Benja!”, lo interrumpí, “hoy no podemos perder, hoy no vamos a perder”.

“No, no, ya sé”, me respondió el hijo menor de Memo, un primo que es amigo pero que en verdad es hermano.

Seguimos por el playón y entramos al estadio por la garganta. Subimos las escaleras y caminamos paralelo al arco de los milagros, viendo a la izquierda la pileta, verde en el final del invierno, y al llegar a la otra garganta enfilamos para el arco de las vías. Ahí miré el reloj heredado del viejo y puse mis manos en los bolsillos del jean. Se estaban cumpliendo los ocho minutos de la última etapa y yo caminaba con las manos en los bolsillos, la campera abierta, la bufanda roja sin atar, cayendo hacia cada uno de los bolsillos donde tenía mis manos, mis zapatos un poco hacia afuera, como si estuvieran marcando las dos menos diez. Estaba caminando en la postura típica de mi viejo, igual a la foto que tenía detrás de su bar, en la que estaba en el otro lugar de sus pasiones, el hipódromo.

Empezamos a bajar las escaleras y escuché a papá decir “vengan, chicos, quédense cerca”. “Síganme”, nos dijo, y nos pasamos del piso del palco que tenemos con Memo;  llegamos a la planta baja y doblamos a la izquierda, “por acá”, y entramos al túnel que lleva a la popular local. “Quiero ver cómo forma la reserva”, dijo el viejo, y ahí sobre la pared de siempre estaba pegado un papel membretado, con los números gordos en rojo. El equipo titular iba con Goyén; Clausen, Villaverde, Trossero y Killer; Giusti, Marangoni, Burruchaga y Bochini; Morete y Calderón. En la reserva jugaba un diez que prometía, Merlini. Salimos del túnel de vuelta hacia las piletas y doblamos a la izquierda, caminamos unos metros y entramos a la confitería que está debajo de la popular local, la de la visera icónica. Comimos milanesas con papas fritas y papá nos dejó tomar Coca, que venía en botella de vidrio. Después de terminar, y antes de ir a nuestras plateas, papá le compró un gorrito tipo piluso a Memo, que desde ese día fue hincha de Independiente.

Volvimos a subir las escaleras, ahora oscuras como el Fernet, y escuché que papá me decía “vos seguí viniendo, Negro, seguí viniendo que veo todo con tus ojos”, y cuando salimos de las escaleras Benja me dijo “Perro: ¿estás bien, Perro?”

Tenía puesto el gorrito de lana que le compré para su cumple de ocho hace unos días y me acordé del partido contra Tigre, al final, cuando me preguntó, después del gol para la victoria en la última jugada del partido, con sus ojos enormes y su voz aguda, “¿estás llorando, Perro?”, y me acordé también del mensaje de WhatsApp que le dejó hace un par de meses a mi hija, con la misma voz inocente, diciéndole “no te preocupes, Lucre, tu abuelito ahora está mejor porque está con Jesús”, aunque el viejo siempre tuvo, más bien, simpatía por el diablo.

“Sí, Benja, ¿cómo no voy a estar bien? ¡Si le tocamos el botín izquierdo al Bocha!”

Abrí la puerta al palco y el estadio explotaba, el humo de los fuegos artificiales salpicándonos a todos como la espuma de la botella de Coca Cola, pero tiñendo todo de rojo.

miércoles, 14 de junio de 2023

Un mes

 

Mañana se cumple un mes desde que murió mi viejo. El diácono del Jardín de Paz lo va a mencionar en la misa de mañana y ninguno de sus deudos lo escuchará.

Mañana se cumple un mes desde que murió mi viejo y junto con la tristeza más grande que sentí en mi vida, que acecha en cada semáforo y en cada encuentro y cada vez que miro a mis hijas o en abrazos que le doy a mi perro cuando estamos solos en casa, o en cada mensaje de tantos amigos que están ahí, pendientes de mí, junto con esa tristeza, tengo una enorme incredulidad y sorpresa.

Mi viejo se venía muriendo hace cinco años por lo menos. O sea, todos nos estamos muriendo un poco, pero él venía con otro ritmo, digamos, con otra pendiente en la inexorable curva descendente. La muerte de mi viejo venía más anunciada que la también acechante e inexorable devaluación del peso y sin embargo o por eso mismo cuando ocurrió, no ese mismo día, sino desde el día siguiente al entierro, mi cerebro no lograba comprender lo ocurrido. No tenía una conversación significativa con mi viejo hacía más de cinco años (¿cuántas tuve en los cuarenta y pico anteriores?) y sin embargo no entendía que ya no lo iba a ver más. No entiendo que no lo voy a ver más. Que no vamos a hablar más, tomando un whisky juntos (¿cuándo fue el último? ¡Qué pocos fueron!). No lo entiendo. No me entra en la cabeza, amigos.

Y me sorprende toda esta tristeza. Me sorprende porque lo venía esperando y procesando. Escribí diez veces la muerte de mi papá. Hablé mil veces en terapia de él, de nosotros, de la relación que pudimos y de la que no pudimos construir. De lo que puse, de lo que traté. Entonces me sorprende esta tristeza, la siento, la miro, la toco, la masajeo, la pienso y digo fah, mirá, ¿quién lo hubiera esperado?, como cuando un jugador rústico tira un amague y decís ah, bueno, o cuando una chiquita escondida debajo de ropa demasiado grande para ella de pronto canta una estrofa y algo en tu corazón cambia por siempre. Ah bueno, no sabía que eso era posible, que estaba dentro de las posibilidades.

La gente te dice que es normal. Que no te preocupes. Que es lógico, que no es lo mismo cuando ocurre, que tu papá será siempre tu papá sin que importe qué relación tuviste y muchas cosas más. Está bien, no me preocupo. Pero me quiero sacar esta cosa de la garganta, amigos; quiero volver, sentirme menos frágil, un poco más entero.

En verdad sí me preocupo. Me preocupo porque a veces lo que quiero es quedarme en la cama y no abrir las ventanas y ver series de las que no hay que pensar o jugar al mismo football manager de hace quince años durante horas y días enteros. Y no da. El mundo sigue adelante. La vida sigue. Mis hijas tienen que ir a la escuela. El mundo te pide cosas. (La AFIP, por ejemplo. No saben las cosas que nos pide la AFIP para que podamos pagar los impuestos del año pasado de mi papá muerto).

Ayer soñé cosas raras que en algún momento de la noche pensé que tienen que ver con mi propia mortalidad y que me ponían en situación infantil, en no poder hacer ciertas cosas, impotencia, depender de otros. Hace un mes se murió mi papá y me da una tristeza enorme no verlo más y entender que en algún lugar siempre me va a faltar siempre me faltó siempre voy a estar en ese lugar del chico al que no le dan mucha bola y al mismo tiempo, sí, al mismo tiempo, y aquí está la crueldad, me dicen vos también te vas a morir. Como resultado de la misma operación no querés vivir más, no querés enfrentar el mundo, querés acurrucarte en posición fetal bajo una manta y te sentís un viejo decrépito que tiene que aprovechar estos últimos meses o años que te quedan para vivir, para vivir, carajo, y quizás ahí está la fuente de la tristeza y de la incapacidad para comprender.

O en el hecho, más simple, más directo, de que hace un mes se murió mi viejo.

lunes, 1 de noviembre de 2021

El vuelo del Palomo

 


Ayer murió el chico con el que hacía dupla ofensiva en el mejor equipo de fútbol en el que jugué en mi vida.

Con el perdón de tantos otros equipos y amigos, el mejor equipo en el que jugué en mi vida fue Taciru, un equipo amateur en el Club O. Nuestra camiseta, que aún conservo en algún lado, era horrible. Una banda negra cruzaba en diagonal, dejando a cada lado un triángulo rojo y otro verde.

La base de Taciru eran cinco hermanos de un lado y cuatro primos del otro. El arquero era un primo de los hermanos, Fede R.; atrás jugaban tres de los cuatro hermanos y un amigo: Pablo L., Agustín L., Javi E. y Tomás L; en el medio, de 5, iba el quinto hermano, Andrés; a los costados iban dos primos míos, Guillermo B. a la derecha y Juan P. G. a la izquierda; de 10 otro “extranjero”, Vlado V; y la extraña pareja ofensiva éramos los otros dos primos, Iván P. y yo. Iván medía más de 1,90 pero iba por afuera, generalmente por derecha; parecía lento pero de pronto hacía un amague raro y adelantaba la pierna interminable y tiraba el centro, y yo, de poco más de 1,75, me escabullía detrás de los centrales y cabeceaba al arco, o le daba con la canilla o la rodilla y de rebotero entraba igual. Salimos campeones unas cuantas veces, y yo salí goleador más de una vez gracias a los pases de Juan y de Vlado, y de los centros de Iván.

Siempre me pareció un poco misterioso Iván. Así como en la cancha, parecía que iba a un lado e iba para el otro. De chicos nos veíamos mucho pero éramos como de grupos distintos. Después, durante la adolescencia, hicimos un grupo, estos cuatro primos más otro que jugaba menos al fútbol, Fede B., y el hermano de Iván, Santi P., un gran jugador de fútbol, un cinco durísimo pero con buen pie, y el hermano de Juan, Alejandro. Las peores patadas que sufrí y que dí fueron en picaditos entre nosotros, un tres contra tres en el jardín de alguno, una tarde de diciembre pasadas las siete de la tarde, después de un día de pileta y Coca Colas, con el sol poniéndose y los grillos silbando. La vida era eso: estar con amigos, jugar al fútbol, hablar de chicas (o, para algunos de nosotros, escuchar a nuestros amigos hablar de chicas), planificar vacaciones.

Taciru nació en unas vacaciones en la costa de Chile. Yo no estaba. Se encontraron esos hermanos con algunos de estos primos y se hizo todo un grupo de argentinos que iban a bailar a un boliche que se llamaba Tacirupeca, donde estaban todas las noches al borde de agarrarse a trompadas con chilenos. El boliche, como nuestra camiseta, era horrible. Yo fui a esa misma playa al año siguiente y un día la cosa se puso peluda con los chilenos; yo había tomado un poco, o no tan poco, quién sabe, y estaba la cosa ahí al borde y yo salté y dije “no, muchachos, ¿qué nos separa? ¿Una cordillera? ¿Distintos documentos?” Todavía tengo la nariz un poco doblada del ñoqui que me comí esa noche. ¿Dónde estaba Iván? Si no me equivoco estaba en el auto, con las chicas argentinas, siempre lejos del conflicto innecesario, preparado para llevárselas si se complicaba. Al día siguiente, yo seguía con hielo en la nariz cuando todos contaban los pormenores de la batalla campal; Iván escuchaba desde un costado con una sonrisa enigmática.

El equipo andaba muy bien, y siempre estábamos cerca del campeonato. Algunas veces lo logramos, otras no. Lo más difícil era que los hermanos L., que vivían a 5 minutos de la cancha, llegaran a tiempo. Llegaban siempre al borde de que nos declararan el walk over, en la camioneta F-100 verde en la que iban a las mañanas al Mercado Central a comprar la fruta y verdura que después repartían en los primeros barrios cerrados que aparecían por la Panamericana en los 90. Uno manejaba, los otros agitaban en la caja, haciendo flamear una bandera de Taciru. Nosotros, en cambio, llegábamos siempre a tiempo, ya sea que fuéramos desde el Oeste o desde Capital; en el Gacel de la hermana de Guillermo, el Gol de la mamá de Juan, el Fiat azul de la mamá de Fede B., nuestro fan número uno, siempre fumándose un pucho al costado de la cancha, o en el Duna 1989 de mis viejos, que nos obligaba a parar dos o tres veces a ponerle agua porque recalentaba. La clásica parada, viniendo de Capital, era la Dapsa de Figueroa Alcorta, donde comprábamos una lata de Coca con una moneda de un peso y un tubito de Pringles para el camino; yo al Duna le ponía $10 de nafta y con eso hacíamos Capital-Pilar-Capital y el tanque quedaba en cero para mi hermana.

El Duna se calentaba siempre, Iván nunca. Siempre tranquilo, parsimonioso, con el tranco largo que parecía más lento de lo que era. Cuando llegó Usuariaga a Independiente, a Iván le empezamos a decir Palomo. Iba por un costado, amagaba para adentro, iba para afuera dando un paso largo, y soplaba un centro. Alguna vez era al revés y yo le tiraba el centro a él; me acuerdo de uno que me salió un poco bajo y el flaco tuvo que bajar en escalera a cabecearlo: Iván hizo una palomita en cámara lenta, le dio con la frente cuando las rodillas llegaban al piso y todos gritamos el gol.

En esos años hacíamos todo juntos. Vacaciones, boliche, fútbol. Nos juntábamos a estudiar aunque estudiáramos cosas distintas, pero nadie estudiaba nada. Prendíamos un fuego, tirábamos algo a la parrilla, nada nos preocupaba. Fueron dos o tres años que en la memoria parecen tanto más. Después comenzaron otras cosas, llegaron otras novias, trabajos, planes. Él se recibió de ingeniero, se fue a vivir a Tierra del Fuego, conoció a una chica, se casó, tuvo hijos. Mi último recuerdo de él es de mi casamiento, hace más de 20 años. No estoy seguro si lo volví a ver. Mis otros primos quedaron más en contacto, me contaban de él, de sus hijos, de su vida. Nunca pude hablar en serio con Iván, entenderlo del todo; salvo dentro de la cancha, nunca sabía para dónde podía salir. Salvo dentro de la cancha, nunca pude conectar del todo. Y aunque sea un cliché, su partida me hace pensar que hay algo de esa época, de esa falta de preocupación por el futuro, que hay que rescatar. Preocuparse menos por cosas sin importancia, buscar estar cerca de la gente que uno quiere, tirar centros para que otro cabecee.

Hoy el Palomo vuela en serio, y la banda negra que cruza los pechos de los que jugamos en Taciru adquiere otro sentido.

lunes, 27 de agosto de 2018

Embajador

Manu Ginobili fue, sin lugar a dudas, el mejor basquetbolista argentino de la historia. Y sin duda está entre los mejores deportistas argentinos de cualquier disciplina; en qué lugar no importa, la discusión no tiene sentido, pero que está ahí arriba con los más grandes no hay dudas.
Como bien dice JeffMcDonald en este artículo del San Antonio Express, que algún diario argentino debería conseguir permiso para publicar (el que lo haga, yo se lo traduzco gratis), Manu no será el mejor jugador de la historia de San Antonio; ese, claramente, es Tim Duncan; pero sí el más querido y el más distinto. Nunca habrá alguien como él, dice Jeff, y tiene razón.
Tuve la suerte y la claridad mental y la locura de ir a verlo unas cuantas veces. La primera vez que fui escribí esto, de lo cual no estoy muy orgulloso. Pero ese artículo llegó a los ojos de Jane Anne Craig, maestra de escuela texana jubilada y fanática de los Spurs y de Manu. Jane me escribió y me dijo: la próxima vez que vengas chiflá. Volví, chiflé, y ella me metió en la fila para el autógrafo. Cuando Jane me dijo que me acercara a Manu para una foto, él me miró y me preguntó “¿estás con ella?” y después le dijo a ella “she’s the ambassador from Argentina”.

Foto de Jane Anne Craig (@janieannie)

Jane – gracias Jane, por mí y por las decenas de argentinos a quienes ayudaste – es un ejemplo de algo muy fuerte en San Antonio: es gente muy amable, que te hace sentir como en casa, los Spurs son una familia, dice Jane. Un poco por eso, hoy tengo como amigo en Facebook a J. Sanford, el que hacía de la voz del estadio en San Antonio. Y un poco por eso tengo esta foto que sigue: la última vez que fui a San Antonio, Jane me presentó a Tony Morano, un fotógrafo que trabaja para los Spurs. Hablamos un rato con Tony, le conté que me gusta la fotografía y que después del partido me iba para un parque nacional a sacar fotos. Después vino Manu, nos pusimos a hablar y Tony sacó esta foto y me la mandó. (Sí, ya sé, parece que estoy enamorado pero me la banco y la subo igual.)

Foto de Tony Morano.

Manu es el Spur más querido, además de por su juego impresionante y creativo, porque es el último boy scout: todos dicen que es un gran compañero, gran esposo, gran padre. Como dice McDonald en ese artículo, si hay un premio que Manu debió haber ganado y no ganó es el Magic Johnson, el premio al que mejor atiende a la prensa. Y si lo hubiera, también al que mejor atiende a sus fans: como me decía Jane, los argentinos podemos ser un poco intensos, y “ese hombre es un santo”. Como quedó perdido en la anécdota de la foto de arriba, ese día Manu me vino a saludar a mí. Ya nos habíamos saludado un par de días antes y ese día no lo quería molestar porque era un partido chivo, pero el vino solito a charlar conmigo.
Una anécdota que pinta entero cómo fue Ginobili con sus hinchas ocurrió la vez que fui a un partido con hija#1. Ella no sabía mucho quién era Manu, pero ahí estábamos, haciendo cola esperando que apareciera para firmarle una remera. Y de pronto se escuchó “¿hay alguien de Argentina por acá?”. Era Manu; hija#1 saltaba para tratar de llamar la atención y decía “yo, yo”, y Manu seguía “¿dónde, dónde?” haciendo que buscaba a alguien con la mirada, e hija#1 seguía “yo, yo”, hasta que Manu se empezó a reír, se acercó a ella y le firmó la remera. Miles de argentinos lo vieron en San Antonio y en muchas otras ciudades y siempre estuvo, siempre respondió. No es fácil. 

Foto: Instagram de San Antonio Spurs.

Aunque hay argentinos difíciles, como decía Jane, la embajadora argentina a San Antonio, Manu siempre mostró la mejor versión de nosotros mismos; como dice Perantuono acá, es el argentino que queremos ser: competitivo pero honesto, creativo pero jugador de equipo, amable, inteligente. Su retiro le va a quitar visibilidad, pero no dudo que seguirá siendo un gran embajador para los argentinos. Siempre le estaré agraecido por las alegrías deportivas - el zapallazo contra Serbia, todo Atenas, Indiannapolis, la volcada contra Bosh en la final de 2014... - y por lo bien que se portó siempre personalmente conmigo, pero sobre todo por esa capacidad de representar sin buscarlo mucho de lo mejor que tenemos los argentinos.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Gracias, Philip


Ayer murió Philip Roth, quizás el autor que más leí; debe estar palo y palo con Cormac McCarthy y un poco por arriba de Richard Ford. El New Jersey judío de Roth, el Northeast protestante de Ford y el Oeste violento de McCarthy son galaxias en ese universo que son los US of A.

Mucho de lo que leí de Roth - como American Pastoral, Portnoy’s Complaint, The Professor of Desire y The Human Stain – lo leí antes de tener mi blog. En el blog tengo apuntes de Patrimony, Counterlife, Letting go, The Ghost Writer y Nemesis. Con citas de esos cinco libros armé este homenaje veloz. 

Seré egoísta pero no siento tristeza por su muerte. Lo que siento es una enorme gratitud.



1. a vida es inverosímil. "He had only to distinguish for himself between the impact one had on the lives of others and the sheer momentum of fate - chance, luck, accident, for which no man who had merely crossed another's path could be held responsible." (Letting go, p. 788)

2. Y eso queda claro al final, en el cementerio. “My mother and the other dead had been brought here by the impelling force of what was, after all, a more unlikely accident – having once lived.” (Patrimony, p. 20).

3. Aferrarse a la memoria es aferrarse a la vida. “You mustn’t forget anything – that’s the inscription on his coat of arms. To be alive, to him, is to be made of memory – to him if a man’s not made of memory, he’s made of nothing.” (Patrimony, p. 124).

4. Y con el recuerdo hacemos historias, de todo eso que es la vida humana creamos otra cosa que refleja o reflecciona sobre aquello.  “As he spoke I was thinking, the kind of stories that people turn life into, the kind of lives that people turn stories into.” (Counterlife, p. 111)

5. El trabajo del novelista es ese: recordar, registrar, haciendo original lo banal, haciendo universal lo individual. “Most people (beginning with the novelist – himself, his family, just about everybody he knows) are absolutely unoriginal, and his job is to make them appear otherwise.” (Counterlife, p. 156)

6. Y el oficio parece en sí mismo banal. “I turn sentences around. That’s my life. I write a sentence and then I turn it around. Then I look at it and then I turn it around again. Then I have lunch. Then I come back in and I write another sentence. Then I have tea and turn the new sentence around. Then I read the two sentences over and turn them both around. Then I lie down on my sofa and think. Then I get up and throw them up and start from the beginning.” (The Ghost Writer, p. 17-18)

7. La vida sigue adelante signada siempre por esa contingencia. "Sometimes you're lucky and sometimes you're not. Any biography is chance, and, beginning at conception, chance - the tyranny of contingency - is everything." (Nemesis, p. 243)

8. Y después se termina, aunque la muerte parezca tan inverosímil como la propia vida. “even as an adult one continues, like a child, to believe that when someone dies it’s some kind of trick, that death isn’t entirely death, that they are in the box and not in the box, that they are somehow capable of jumping out from behind the door and crying, ‘Had you fooled!’ or turning up on the street to follow you around." (Counterlife, p. 221)

9. En su defensa, la muerte tiene un costado positivo. “‘What happened to Charlie Raskus?’ ‘He’s dead. He died. Natural causes. He wasn’t that old. Even the bastards die’, my father said. ‘That’s about the only good thing you can say for death – it gets the sons of bitches too’.” (Patrimony, p. 204)

10. Aunque en el algún lado nunca alcance, siempre necesitemos un poquito más. “‘I was a faithful husband, a loyal American, a proud Jew, I gave two wonderful boys every opportunity I myself never had, and what I am demanding is only what I deserve – another eighty-six years! Why’, he would ask him, ‘should a man die at all?’ And of course, he would have been right to ask. It’s a good question.” (Patrimony, p. 134)

lunes, 23 de octubre de 2017

Tiempo gato

desde hace unos buenos días en verdad desde hace semanas o quién sabe cuánto
se me ocurrió esta idea de hacer un caligrama un poema más o menos
así con la forma de un reloj de arena que va de a poco, así,
perdiendo su caudal y justo antes de venir acá leí al
meses se murió mi papá
entonces me prometí
hacer todo el
tiempo
lo  que me
hiciera feliz. si
me divierte viajar viajo.
si me divierte estar solo estoy solo.
si me divierte  estar con amigos todo el día estoy
con amigos todo el día y si quiero salir y comer, salgo y como.
hay que hacer lo más que se pueda porque esto se acaba y se acaba mucho
más rápido de lo que uno piensa. lo único que nos llevamos es lo que vivimos.”

miércoles, 14 de junio de 2017

14 de junio

Hoy se cumple otro aniversario del fin de la guerra de Malvinas. En Facebook, mi amigo Sánchez subió este poema de Wilfred Owen que leí por primera vez en el colegio hace un millón de años. Sánchez y Owen comparten las condiciones de ex combatientes y de poetas. Amo ese poema, pero no me copó la traducción que subió Sánchez, así que le regalo esta otra (y abajo el original).


Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen (traducción de Fernando Santillan)

Doblados como viejos pordioseros bajo bolsas de arpillera,
chuecos, tosiendo como brujas, puteamos en el barro
hasta que vimos las bengalas tormentosas y nos dimos vuelta
y empezamos a arrastrarnos hacia nuestro descanso distante.
Algunos marchaban dormidos. Muchos sin sus botas seguían igual,
rengueando, manchados de sangre. Todos débiles, ciegos;
borrachos de fatiga, sordos hasta para los silbidos
de las bombas de gas que caían suavemente detrás.

¡Gas! ¡GAS! ¡Rápido, muchachos! Éxtasis de chapucería
poniendo los torpes cascos justo a tiempo,
pero alguien todavía gritaba y trastabillaba
y se iba a pique como un hombre bajo fuego o cal.
Lo vi ahogándose bajo un mar verdoso,
atenuado detrás del visor borroso y la pesada luz verde.

Ante mi inútil mirada se zambulle en cada uno de mis sueños 
acanalándose, asfixiándose, ahogándose.

Si en algún sueño ardiente vos también pudieras caminar
detrás del carro al que lo lanzamos,
y ver sus ojos blancos retorciéndose en su cara,
su cara ahorcada, como la de un diablo cansado del pecado;
si pudieras escuchar con cada sacudida a su sangre
haciendo gárgaras desde pulmones corrompidos por la espuma,
obsceno como el cáncer, amargo como un vómito 
de bilis, llagas incurables en lenguas inocentes,—
entonces, querido amigo, no dirías con ese placer elevado
a niños ardiendo por alguna gloria desesperada
esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

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Dulce et Decorum Est
Wilfred Owen

Bent double, like old beggars under sacks,
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge,
Till on the haunting flares we turned our backs,
And towards our distant rest began to trudge.
Men marched asleep. Many had lost their boots,
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind;
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots
Of gas-shells dropping softly behind.

Gas! GAS! Quick, boys!—An ecstasy of fumbling
Fitting the clumsy helmets just in time,
But someone still was yelling out and stumbling
And flound’ring like a man in fire or lime.—
Dim through the misty panes and thick green light,
As under a green sea, I saw him drowning.

In all my dreams before my helpless sight,
He plunges at me, guttering, choking, drowning.

If in some smothering dreams, you too could pace
Behind the wagon that we flung him in,
And watch the white eyes writhing in his face,
His hanging face, like a devil’s sick of sin;
If you could hear, at every jolt, the blood
Come gargling from the froth-corrupted lungs,
Obscene as cancer, bitter as the cud
Of vile, incurable sores on innocent tongues,—
My friend, you would not tell with such high zest
To children ardent for some desperate glory,
The old Lie: Dulce et decorum est
Pro patria mori.



martes, 28 de enero de 2014

Red Barchetta


Paro en un semáforo y algo me llama la atención. 
Un auto. 
Rojo. 
Enfoco: Red Barchetta. 
¿Cómo me perdí a Rush en Buenos Aires?
Carajo.


miércoles, 24 de julio de 2013

Destino


ah, esa torta
esa torta de manzana
esa que no comí
esa torta
esa torta que mañana
dejé de sentir
ah, esa torta
esa torta de manzana
algo rota en el desmolde
tan necesaria
mañana
con los mates del desayuno
desayunar con torta
desayunar con tarta
despertar me harta
desayuno con apuro
me apuno con el rulo
me supuro por el culo
ahijuna
la luna.

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martes, 2 de julio de 2013

Dolor italiano



oh, ñoqui de papas
oh, ñoqui de sémola
cómo me faltas
tu ausencia una rémora.

oh, ñoqui de espinaca
oh, ñoqui de calabaza
nunca
sabés
serás un ñoqui de papas
pero tu ausencia
me parte
igual

sos tanto más
que el veintinueve
tu ser me conmueve
por demás

4 quesos
salsa rosa
tuco
pesto
parisienne
tus mil caras
oh, vos, ñoqui
hoy me duelen
más que ayer

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martes, 4 de junio de 2013

Corazón (cuento)


No me acuerdo cómo llegó a mi poder, pero desde hace un par de años siempre sé dónde está. Especialmente los domingos.
Es un escudo bordado, del tamaño de la palma de mi mano. El borde blanco tiene cinco puntas arriba y una abajo. El interior es rojo, cruzado por una franja en diagonal blanca que dice ".C.A.I." No sé cómo llegó a mi poder pero es mío.
Hay pocas cosas más mías que ser hincha de Independiente. He hecho claves de Internet con diversos juegos de números que representan momentos o jugadores gloriosos del club. He hecho hincha de Independiente a un amigo de chiquito, y ahora apunto a las nuevas generaciones con mis hijos, sobrinos y ahijados.
De chiquito me llevaba papá. Le rompía las bolas todos los domingos para ir. Papá tuvo plateas, tuvo palcos cerrados y palcos abiertos en el viejo estadio de la Doble Visera en distintos momentos. Me acuerdo un partido contra Chaco For Ever que ganamos 7-0. Con esa victoria y con un gorrito hicimos hincha a Gustavo, mi amigo de siempre. Me acuerdo un día en los ochenta con gases lacrimógenos, me acuerdo que un día la hinchada cantó contra la dictadura y me dije acá pasa algo, me acuerdo el día de 1983 que le ganamos a Racing 2-1, que se fueron a la B y salimos campeones. Y siempre con el escudito en el bolsillo delantero derecho del jean, ahí donde pongo la billetera.
No me quiero ir a la B. Hace como tres años tengo un Excel en mi compu con los promedios. Vengo sufriendo en silencio hace dos años. Y ahora más. Pensé que ya no, que ya no sufriría. Mi último sufrimiento con el fútbol había sido en 2002. Yo estaba enamorado de la selección nacional de Bielsa; al fin, al fin un equipo que quiere ganar siempre, que quiere atacar siempre y que es exitoso, me decía. Hasta el Mundial. Quedamos afuera en primera vuelta por un gol de tiro libre de Anders Svensson. Lo miré recién por Youtube: la pelota le pasa justo por arriba de la cabeza al Piojo López, de Racing.
Hace un tiempo un amigo del Rojo que está en cine me contó que se reunió con Francella, fanático de Racing. Se citaron en un café y, de casualidad, era el día del clásico de Avellaneda. Cada tanto Francella le preguntaba a mi amigo Sebas cómo iba el partido hasta que le preguntó de qué cuadro era hincha. "Del Rojo", dijo Sebas. Francella hizo una pausa, lo miró a los ojos, y le dijo "Está bien. Yo no odio a Independiente. Yo sólo sufro por Racing."
Después del Mundial 2002 decidí no sufrir más por el fútbol. El fútbol ya no valía la pena la inversión de emoción: si te tirabas atrás con dos líneas de cuatro como Inglaterra y Suecia, si lograbas meter un zapatazo de tiro libre como Svensson, o que un delantero livianito como Owen le sacara un penal a Pochettino, pasabas a la próxima ronda. Si querías jugar, si proponías, si buscabas velocidad y precisión, te ibas a tu casa. Yo me fui al básquet. Justo llegó un flaquito de Bahía a la NBA, y se juntó con otros muchachitos para sacarnos subcampeones mundiales y campeones olímpicos. Hice miles de kilómetros para ver a ese bahiense jugar en Mar del Plata, en San Antonio (Texas), en el fucking Madison Square Garden de Nueva York. Y el fútbol que se vaya a la puta que lo parió.
Los que sufrían eran los de Racing. Se fueron a la B y cuando volvieron los jodíamos cada vez con eso. "Vos sos de la B, vos sos de la B." Y después los jodíamos con que no salían campeones, porque pasaron 35 años desde el campeonato de 1966 hasta el de 2001. Les cantábamos el feliz cumple años: toda la hinchada contaba hasta el número que fuera y después arrancaba el feliz cumple años. "Que los cumplas, feliz, que los cumplas, La Academia, que los cumplas feliz." En esa época ellos nos cargaban a nosotros porque no les ganábamos: nos empataban siempre en el último minuto con algún zapatazo del Chelo Delgado, con un cabezazo de Allegue - de Allegue, boludo - y hasta con un gol con la mano del Turco García. Después se quedaron sin club, porque el club quebró y lo gerenciaba una empresa. Le decíamos Ra sin club.
Ahora nos toca a nosotros. Hicimos un estadio nuevo. El diseño es hermoso, pero lo construyeron para la mierda. Y le falta. Y ya salió más de diez veces lo que estaba presupuestado entero. Se afanaron todo, y el club está en convocatoria de acreedores, y al borde del descenso. Y por eso volví. Volvimos.
Cuando mi viejo dejó de ir a la cancha pasaron unos años hasta que me animé a ir solo. Tenía 15 o 16 y por un rato me sacaba todos los distintivos de mi origen de clase para seguir al Rojo: afuera las Nike y adentro las Topper; usaba los jeanes rotos y decía "sho" en vez del "cho" medio cheto que me sale. Los fines de semana mis viejos se iban al country y yo aprovechaba. Los sábados me iba en tren a jugar al rugby y cuando volvía a la tarde disfrutaba de tener la casa sólo para mí. Hoy, cuando mi mujer y mis hijos no están, siento una libertad igual, una soledad encantadora. A la noche, si tenía suerte, convencía a alguna noviecita a que viniera a casa y quedábamos siempre al borde de coger. Al día siguiente leía el diario sin que papá me jodiera con las secciones que él quería leer, miraba algún partido en televisión (pero no había tantos como ahora) y me hacía unos patys a la plancha antes de salir para la cancha. Me vestía siempre igual, con jeans, la remera del Rojo y, en invierno, un buzo rojo con capucha. En el bolsillo derecho, siempre, el escudito.
Por esos años el escudito y yo conocimos todas las canchas de la región metropolitana: River, Boca, Huracán, Vélez, San Lorenzo, Platense, Banfield, Lanús, Racing, Deportivo Español, Gimnasia y Estudiantes de la Plata, Ferro. ¡Qué linda la cancha de Ferro! La popular de tablón, con toda la gente saltando, hacía que los tablones te impulsaran al cielo, y yo me preocupaba de que se me saliera el encendedor del bolsillo, o el escudo. Después de ponerlo en el bolsillo, y de tomarme el bondi o los bondis necesarios, compraba la popular evitando a los morochos que te pedían "un peso pa' la hinchada", "pa' los trapos", y entraba, siempre al mismo lugar: el para-avalanchas de la derecha en la popu local. En esa época el escudito quedaba ahí salvo en dos ocasiones previamente estipuladas. Justo antes de que empezaran ambos tiempos lo ponía entre mis dos manos, subía las dos manos hasta cubrirme parte de la nariz, la boca y la pera. Entonces le daba un beso al escudo y susurraba "vamos Rojo". Después de eso, el escudito volvía al bolsillo, y cuando llegaba de vuelta a casa lo ponía en el mismo lugar: en el mueblecito blanco del baño, en el estante de más arriba y bien al fondo, para lo que tenía que llevar un banquito desde mi cuarto.
Antes de irme de la casa de los viejos ya había dejado de ir regularmente a la cancha. Durante muchos años fui poco y sin el escudo. Ahora que lo pienso, no sé dónde estuvo ese escudo durante mucho tiempo. Hace un par de años apareció y lo dejé en un cajón de mi escritorio. Mi escritorio, que da una ventana que mira a la pileta, en la casa que tenemos en Adrogué, en el antiguo barrio de mi mujer, lejos de mis orígenes, es un mueble grande y pesado de madera oscura. Tiene una cajonera a la izquierda y una a la derecha. Un día apareció en el cajón de abajo a la izquierda, el que menos abro, el que tiene fotos viejas, las revistas amateurs que hacíamos del campeonato de fútbol interno en el secundario, cables de equipos de música que ya no existen y cosas así. Un día, todo boludo porque cumplía 20 años de egresado, me puse a buscar la foto de mi noviecita del secundario, que estaba seguro que estaría ahí en ese cajón. La foto no apareció, pero sí el escudo.
Estaba a punto de empezar el campeonato Inicial 2012. Mi Excel, que llevaba en ese mismo escritorio donde apareció el escudo, mostraba que el año futbolístico que comenzaba sería terrible. River acababa de volver a la A, pero se había ido. Ya no era imposible suponer que un grande se iría. Nos podíamos ir. Un día, en el baño, mientras nos lavábamos los dientes, y por millonésima vez mi mujer me puteaba por meter el cepillo de dientes debajo del agua mientras ella todavía no había terminado, le dije que la necesitaba más que nunca. "Se viene un año difícil", le dije. "¿Por qué decís? ¿Se viene una crisis económica, quilombo político?" "No, no, el Rojo. Nos podemos ir a la B y necesito que me acompañes." Se me cagó de la risa.
Al día siguiente busqué un video en You Tube y le llevé la laptop al cuarto. "Mirá", le dije. "¿Qué es esto? ¿Me traés porno de vuelta? Ya te dije que no me interesa..." "No, boluda, mirá, vos mirá." Fue mirando y se cagaba de la risa. Era el Tano Pasman, el hincha de River que puteaba como loco, filmado por sus hijos, mirando la hecatombe de su equipo. La mina se cagaba de la risa. "¿Qué es esto? ¿Quién es ese pibe?" "Ese tipo puedo ser yo", le dije, y dejó de reírse. "Necesito que estés atenta y que me acompañes, ¿OK?" Ahí entendió.
Está siendo un año muy complicado y ella ya no me acompaña. El segundo partido del año, el segundo partido de ese Campeonato Inicial 2012, escuché que mi hija le decía a mi mujer: "mami, papá le está gritando a la tele de vuelta". Ahí me di cuenta de que no podía seguir así. Llamé a mi amigo Alberto: "Toto, ¿tenés lugar en el palco? Esto me está haciendo muy mal..." "A mí ni me lo digas: mi médico me recetó Alplax; me tomo una pastilla antes de cada partido." Empecé a ir con ellos todos los partidos de local, y volvió el escudito.
Me convertí en un enfermo. Me visto siempre igual y llevo el escudito, ahora en el bolsillo izquierdo. Un día, de casualidad, me llevé a la cancha un muñequito de juguete de mi hijo; hurgué en el bolsillo para buscar el escudo y apareció el muñeco. Es un muñeco de plástico de una sola pieza, tiene un gorrito rojo y blanco en la cabeza y en la mano un tenedor. Ese día le ganamos 2 a 0 Racing y desde ese momento el muñeco va a la cancha todos los domingos junto con el escudo. Y cuando llego a casa los guardo juntos. Lo más raro de todo es que estoy viviendo en casa de mis viejos, porque me separé. Mi mujer no se bancó más los viajes, no se bancó más que sólo le hablara de eso. Y yo no me banqué más a mi mujer, que me rompía las bolas cada día de partido. Además, luchando por el descenso todos los días todo el tiempo hay partido: San Martín de San Juan, Quilmes, Rafaela, Argentinos, Unión, siempre hay un resultado que importa. Así que empecé a dejar el escudito en el mismo lugar de antes: en el mueble del baño, en el estante de más arriba, en el fondo, y ahí apareció la foto de mi ex novia del secundario. La saqué, la miré, la tiré y dejé ese lugar para el escudo y el muñequito.
Ahora ya no tengo momentos preestablecidos para el escudito: ya no es más con los pitazos iniciales. Lo saco cuando está por empezar el partido y lo tengo conmigo hasta que termina. Lo tengo entre mis manos, y lo llevo a los labios y le hablo durante todo el partido. "Vamos, Rojito, vamos", le digo, "te llevamos en el corazón, te queremos ver campeón". Lo tengo un poco como mi hija tenía su peluche cuando era chiquitita, para olerlo y chuparse el dedo. No me chupo el dedo, no, pero sí lo huelo. Huele a cancha, huele a mi niñez, huele a mi papá, huele a tabaco, a maní y a mostaza, huele a esperanza y al temor de ya no ser de primera.
Yo no creo que haya dejado de ser de primera. Es verdad que ya no trabajo, que casi no veo a mis hijos y que vivo en lo de mis papás. Pero es transitorio. Voy a volver, como volverá el Rojo si nos vamos. Mientras tanto, tengo el escudo conmigo todo el tiempo. Sobre todo en la cancha. Lo huelo, lo llevo a mi cara, acaricio su superficie con la uña de mi dedo gordo. Como tiene filas de tela, mi uña hace ruidito, un ruidito que me acompaña todo el partido. Para arriba y para abajo, pero no vamos a bajar, no, y si bajamos volveremos a subir, Rojo.
No lo dejo más al escudito, ahora, ni siquiera en la semana. Lo tengo siempre en el bolsillo, y lo llevo a la cama a la noche, lo pongo debajo de la almohada y sueño y recuerdo. Me acuerdo de los pases del Bocha en los ochenta, entre bosques de piernas pasaba una pelota en cámara lenta para dejar sólo a Percudani. Me acuerdo del campeonato de 1989, con el Gallego Insúa y Alfaro Moreno, el partido final en la cancha de Ferro. El campeonato de 1994, con Gustavito López y el Palomo Usuariaga, y el de 2002, con el otro Insúa, el Pocho, y el Rolfi Montenegro. Les hablo a todos ellos a la noche, y les digo que los extraño, que lo quiero de vuelta en el Rojo, porque no podemos descender, no. Pero si me voy para abajo, me voy con el escudito.