lunes, 31 de julio de 2023

Silenciosa desesperanza

 


Antes de sentarme a escribir estas líneas sobre Mrs. Bridge, novela de Evan Connell publicada en 1959, pensé un segundo qué me evocaba y lo primero que surgió fue esas líneas de Pink Floyd: "hanging on in quiet desperation / is the English way", "bancársela en silenciosa desesperanza es el camino inglés".

Mrs. Bridge sigue básicamente durante el período de entreguerras (obviamente) a Mrs. Bridge, un ama de casa de Kansas City que es todo lo que uno puede imaginar de un tipo humano que ya casi no existe. Cuando nace su primera hija, sus “primeras palabras coherentes fueron ‘¿es normal?’” (l. 129) y lo que más deseaba escuchar decir sobre sus hijos no tenía que ver con su eventual genialidad, inteligencia o capacidad artística sino sobre “sus buenos modales, caracteres agradables y limpieza” (l. 137). Su deber era sencillo: “Había sido creada para creer sin dudar alguna que cuando una mujer se casaba era para el resto de su vida y que debía permanecer con el marido donde fuera que él estuviera, y bajo cualquier circunstancia, salvo que él la dirigiera de otra manera”. (l. 2172).

El libro no es el más divertido de todos. Es un poco desesperante seguir a esta señora sin agencia, sin proyectos más que ver el crecimiento de hijos cada vez más distantes y velar por el bienestar de su esposo durante años donde no pasa casi nada en su vida. Pero Connell tomó la muy buena decisión, y la ejecutó con maestría, de ir hilvanando la historia con las anécdotas más nimias de la vida de Mrs. Bridge en 117 secciones mínimas, de dos o tres páginas cada una. Y de a poco esas historias, de tan mínimas, van pintando esa vida, como pequeños trazos en un enorme lienzo impresionista. En este sentido, no el impresionista sino el de las pequeñas historias, y el contexto de una pequeña ciudad, el libro me hizo acordar un poco a Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson.

Mientras los años pasan, Mrs. Bridge no logra sostener sus pequeños proyectos (aprender español o pintura, por ejemplo). A su alrededor, todo empieza a cambiar (las cuestiones raciales o morales en lo cotidiano, la tormenta que se avecina en Europa) pero ella se mantiene constreñida por las convenciones del pasado, lo que la deja cada vez más cerca de la angustia y de la desesperanza: “cada día procedía como el anterior. Nada intenso, nada desesperado, pasaba jamás. El tiempo no se movía. El hogar, la ciudad, la nación, y la vida misma eran eternos” (l. 1417). Y era incapaz de transmitir sus sentimientos a la persona a la que había consagrado su vida: “¿Podía acaso explicar cómo el ocio de su vida -esa inactividad exquisita que él había creada al darle todo- la estaba volviendo loca?” (l. 2912).

Durante décadas, las vidas de cientos de miles de mujeres de cierto sector social era más o menos así, y el libro de Connell las describe muy bien a través de la desesperante historia de Mrs. Bridge.

 

Originales de las citas usadas

“They named her Ruth. After the delivery Mrs. Bridge’s first coherent words were, “Is she normal?” (l. 129).

“she hoped that when they were spoken of it would be in connection with their nice manners, their pleasant dispositions, and their cleanliness” (l. 137).

“She had been brought up to believe without question that when a woman married she was married for the rest of her life and was meant to remain with her husband wherever he was, and under all circumstances, unless he directed her otherwise”. (l. 2172).

“each day proceeded like the one before. Nothing intense, nothing desperate, ever happened. Time did not move. The home, the city, the nation, and life itself were eternal” (l. 1417).

“Could she explain how the leisure of her life—that exquisite idleness he had created by giving her everything—was driving her insane?” (l. 2912).

miércoles, 19 de julio de 2023

Una vida

 


Leí About Schmidt, de Louis Begley y fui gratamente sorprendido por una voz que no conocía.

Albert Schmidt, Schmidtie para sus amigos y por momentos hasta para él mismo, fue un abogado exitoso al que encontramos poco tiempo después de su jubilación anticipada por la enfermedad y muerte de su esposa Mary. Recientemente enviudado y retirado, Schmidtie recibe la noticia, poco agradable para él, de que su hija Charlotte, único fruto y proyecto de vida de aquella pareja (“Éramos una linda pareja del New York de nuestros tiempos” - p. 108), se va a casar con Jon Riker, joven abogado formado en parte por él pero, sobre todo, judío e hijo de psicoanalistas. Para Schmidtie, blanco, anglo-sajón y protestante, que se case con él es casi tan inaceptable como ser llamado anti-semita. Schmidtie es un cabrón importante, con un anti-semitismo de baja intensidad pero, más importante, con cierto desagrado por toda la gente que le rodea, e incluso por su propia hija, que se revela a lo largo de la novela como una persona no demasiado agradable. Schmidtie está permanentemente contando dinero, el que tiene, el que le va a dejar a su hija, el que tiene los demás, pero su hija también (y el futuro yerno y consuegros también). Nadie se salva en About Schmidt, no hay ningún personaje que no sea algo desagradable, pequeño, egoísta.

Y sin embargo un poco lo queremos al pobre Schmidtie, que está sufriendo, que llora cuando su hija le cuenta que se va a casar: “Dejó al lado el diario, miró a su hija, tan alta y, le pareció a él, tan dolorosamente deseable en su ropa de entrenamiento mojada de sudor, dijo estoy muy feliz por ustedes, ¿cuándo va a ser? y empezó a llorar” (p. 2). No es la única situación en la que llora, y lo vemos con mucha dificultad para conectarse con lo que le pasa. Es un WASP hecho y derecho, a quien no se le mueve un pelo hasta que sí. Claramente, Schmidtie no la está pasando bien (“Estaba cansado, apenas podía moverse; le dolían los huesos. ¿Cuántos años más de esto? Tenía sesenta años y buena salud: ¿diez? ¿Quince? ¿Veintitrés, como su padre?” (p. 56) y hasta se pregunta por qué no suicidó justo después de la muerte de Mary, como había pensado.

Ese sufrimiento nos hace empatizar un poco con el hijo de puta este, frío, distante, misántropo. Y nos hace querer que mientras se desarrolle la novela, logre desembarazarse un poco de Renata, la consuegra (“bruja metida”, “meddiling witch”, p. 216), sacarse de encima a la hija desagradecida y procesar mejor la muerte de Mary para encarar los años que vienen con mayor optimismo. (“Le parecía extraño que tantos de sus contemporáneos hubieran decidido dejar el tabaco, el alcohol y el café ­–y, por supuesto, también el queso, los huevos y las carnes rojas–. ¿Tenían acaso información sobre las ventajas, e incluso los placeres, de la longevidad que él ignoraba?” (p. 178).

About Schmidt me recordó mucho a la tetralogía de Frank Bascombe de Richard Ford (leímos los cuatro: The Sportswriter, Independence Day, The Lay of the Land y Let Me Be Frank With You) y no sólo porque sea una serie, en este caso de tres libros, sino más bien porque estamos frente a un personaje masculino que se piensa a sí mismo y reflexiona sobre su paso por este mundo. Un personaje masculino que se piensa sin ser un escritor, un personaje que parece bastante real o plausible, que se casó y formó una familia, y trabajo y ganó guita, y que se enfrenta con su mortalidad y con el misterio de vivir. A Bascombe lo queremos más, sin dudas, pero con Schmidtie sufrimos un poco y queremos verlo mejor. Por lo pronto, quiero leer el próximo, a ver qué más me dice Schmidtie, con una voz muy propia. 

 

Originales de las citas usadas

“We were a nice New York couple of our time.” (p. 108).

“He put aside the paper, looked at his daughter, so tall and, it seemed to him, painfully desirable in her sweatsoaked running clothes, said I am very happy for you, when will it be? and began to cry.” (p. 2).

“He felt tired, hardly able to move; his bones ached. How many more years of this? He was sixty and in good health: Ten? Fifteen? Twenty-three, like his father?” (p. 56).

“It struck him as strange that so many of his contemporaries had decided to give up smoking, alcohol, and coffee —and, of course, cheese, eggs, and red meat as well. Had they information about the advantages, perhaps even pleasures, of longevity, of which he had remained ignorant?” (p. 178).

 

lunes, 17 de julio de 2023

Cargas



Leí All the King’s Men, de Robert Penn Warren, un novelón, un thriller político, una historia de amor, un Bildungsroman y un tratado de práctica política todo en uno. Me gustó mucho, aunque por momentos se me hizo largo (tiene casi 700 páginas en mi edición de Kindle). Y me gustó mucho cómo me llevaba, la cadencia del lenguaje, las idas vueltas en el tiempo siguiendo la vida de Jack Burden.

Pero acá tengo que hacer un alto. Me molesta el uso del nombre del personaje como parte del libro, cosa que hacen muchos escritores, lo que creo que es un error, y este libro lo hace. Burden quiere decir “carga”, y quizás el tema principal del libro es la carga que todos llevamos dentro, la carga de un pasado familiar y personal que nos constituye. Y cómo hay que llegar a estar en paz con ese pasado si se quiere usar el futuro. Pero el autor usa la palabra burden y le pone ese apellido al personaje y eso me molesta. Más allá de eso, como digo, el tema, la carga, es el pasado, el origen. Y lo muestro con dos citas, mi primer y mi último subrayado del libro.

El último: “Traté de decirle que si no podés aceptar el pasado y su carga no puede haber futuro, porque sin uno no puede haber el otro, y cómo si podés aceptar el pasado podrías tener esperanza en el futuro, porque sólo del pasado podés hacer el futuro” (p. 656).

El primero: “Un hombre se va de su casa y está en él hacerlo. Se acuesta en camas extrañas en la oscuridad, y el viento es distinto en los árboles. Camina en la calle y hay caras frente a sus ojos, pero no hay nombres para esas caras. Las voces que escucha no son las voces que llevó consigo allá a lo lejos cuando se fue. Las voces que escucha son fuertes. Son tan fuertes que por un trecho de tiempo muy largo no escucha las voces que llevó consigo en sus oídos. Pero llega el minuto en que hay silencio y puede escuchar esas voces que llevó consigo en sus oídos un largo tiempo atrás. Logra entender lo que dicen, y dicen: volvé. Dicen: volvé, pibe. Así que vuelve.” (p. 16).

Crecer es poder volver. Y es entender que las categorías de la niñez ya no valen. Ya no hay bien y mal, que el bien y el mal se necesitan como el pasado y el futuro: “él creía que había que hacer el bien con lo malo porque no había nada más con qué hacerlo”. Jack Burden es un chico que iba a ser historiador, deviene periodista y después mano derecha de un gobernador maquiaveliano: “Y dijo, ‘El hombre es concebido en el pecado y nace de la corrupción y pasa de la baranda del pecho materno al hedor de la mortaja. Siempre hay algo’” (algo sucio en cualquier persona, p. 75). De hecho, hasta cita a Maquiavelo: “La billetera es donde duele. Un hombre puede olvidarse de la muerte del padre, pero nunca de la pérdida del patrimonio, dijo el florentino de cara fría, quien es el padre fundador del mundo moderno, y dijo una banda.” (p. 592). En ese camino, desde el estudiante hasta el operador político, Jack aprende y se convierte en un hombre: perdiendo la inocencia, entendiendo que el bien y el mal definen por penal, haciéndose cargo de ese pasado con el que carga, Jack puede dar el paso también en su historia de amor y crecer.

 

Originales de las citas usadas

“I tried to tell her how if you could not accept the past and its burden there was no future, for without one there cannot be the other, and how if you could accept the past you might hope for the future, for only out of the past can you make the future” (p. 656).

“A man goes away from his home and it is in him to do it. He lies in strange beds in the dark, and the wind is different in the trees. He walks in the street and there are the faces in front of his eyes, but there are no names for the faces. The voices he hears are not the voices he carried away in his ears a long time back when he went away. The voices he hears are loud. They are so loud he does not hear for a long time at a stretch those voices he carried away in his ears. But there comes a minute when it is quiet and he can hear those voices he carried away in his ears a long time back. He can make out  what they say, and they say: Come back. They say: Come back, boy. So he comes back.” (p. 16).

“he believed that you had to make the good out of the bad because there wasn’t anything else to make it out of” (p. 395).

“And he said, “Man is conceived in sin and born in corruption and he passeth from the stink of the didie to the stench of the shroud. There is always something.” (p. 75)

The pocketbook is where it hurts. A man may forget the death of the father, but never the loss of the patrimony, the cold-faced Florentine, who is the founding father of our modern world, said, and he said a mouthful. Highlight (Yellow) | Page 592

 

Otras citas (lecciones políticas de Willy Stark)

“The beauty about Tiny is that nobody can trust him and you know it. You get somebody somebody can trust maybe, and you got to sit up nights worrying whether you are the somebody. You get Tiny, and you can get a night’s sleep.” / “Lo que es hermoso de Tiny es que nadie puede confiar en él y lo sabés. Agarrás alguien en el que alguien puede confiar, quizás, y te tenés que quedar hasta tarde en la noche preocupándote si sos parte de ese alguien. Agarrás a Tony y podés dormir tranquilo.” (p. 24)

“The Boss knew all about the so-called fallacy of the argumentum ad hominem. “It may be a fallacy,” he said, “but it is shore-God useful. If you use the right kind of argumentum you can always scare the hominem into a laundry bill he didn’t expect.” / “El jefe sabía sobre la así llamada falacia del argumentum ad hominem. ‘Puede ser una falacia’, dijo, ‘pero sí que es útil. Si usás el argumentum indicado siempre podés cagar al hominem y hacerlo pagar una cuenta que no esperaba.” (p. 346)

“I’ve bought too many sons-of-bitches already. Bust ’em and they’ll stay busted, but buy ’em and you can’t tell how long they’ll stay bought.” / “Ya compré demasiados hijos de puta. Hacélos mierda y quedan hechos mierda, pero si los comprás nunca sabés por cuánto tiempo van a quedar comprados.” (p. 348)

 

Otras citas

“maybe you cannot ever really walk away from the things you want most to walk away from.” / “quizás nunca podés realmente dejar atrás las cosas que más querés dejar atrás” (p. 66)

“There is nothing more alone than being in a car at night in the rain.” / “No hay cosa más sola que estar a la noche en un auto en el tren cuando llueve.” (p. 192)

 

Una cita borgeana

“’Kubla Khan,’ the benzine ring, Caedmon’s song—they all came in the dream.” / “’Kubla Khan’, el anillo de bencina, la canción de Caedmon – todo eso vino de un sueño.” (p. 332)

viernes, 30 de junio de 2023

Desesperar

 


Leí Desperate Characters, de Paula Fox, novela de 1970 de la que nunca había escuchado hablar. Y está mal eso, porque es una gran novela, me parece.

Desperate Characters sigue a una pareja, Sophie y Otto Bentwood, durante más o menos un fin de semana. La sigue más a ella que a él, en una especie de tercera primera persona, pero el punto central es la pareja, son ellos dos, una pareja de 40 y cortos que decidió no tener hijos y que se encuentra en un momento curioso de la vida. Ella está volviendo de un romance del que él parece no haberse enterado (pero no es obvio), él está justo en el momento en que se está separando de su socio de años o décadas. Y en estos tres o cuatro días en que los vemos les pasan cosas: a ella la muerde un gato de la calle y temen que haya contraído rabia, un hombre negro entra a su casa, descubren que alguien vandalizó su casa de fin de semana, y todo esto sobre el telón de fondo de la Nueva York dura y en flujo social de fines de los sesenta, como en lucha permanente por los espacios entre sectores sociales, y con Vietnam ahí detrás.

El tema de la paternidad -o falta de- está muy presente en el libro. ¿A dónde va una pareja que no tiene hijos? ¿Cómo se pasa a la adultez y la vejez incluso sin hijos? ¿Es la desesperanza causa de la falta de hijos o es acaso solo una forma diferente de la desesperanza?

El primer día van a una fiesta en lo de unos amigos y se encuentran con amigos del hijo de la casa. Otto, a quien poco antes Sophie acusa de apenas estar en el siglo correcto, lo que él acepta, comenta sobre la generación más joven: “‘Eligieron seguir siendo niños’, dijo como adormecido, ‘sin saber que nadie tiene esa opción’. ¿Qué era un niño? ¿Y cómo podría saberlo ella? ¿Dónde estaba la niña que había sido? ¿Quién podía decirle cómo había sido ella de niña?” (p. 30). La falta de maternidad / paternidad y el hecho de estar envejeciendo igual, dejando de ser niños, jóvenes. “Ya no podía comer y beber como lo hacía antes. Inexorablemente terminaba siendo invadida por elementos que eran al mismo tiempo desagradables e irrisorios. Sólo hacía muy poco tiempo se había dado cuenta de que una es vieja por mucho tiempo.” (p. 48).

Mientras los seguimos durante el fin de semana, los Bentwood se nos presentan por momentos como perfectamente íntimos y en otros momentos totalmente ajenos. “Habían estado casados quince años. ¿Qué sabía ella de los pensamientos de él?” (p. 148) Y así como no quieren ver la fealdad de la ciudad que los rodea –“‘Ojalá hubiera otra manera de ir a Flynders’, murmuró Sophie. ‘Leéme’, pidió Otto. ‘Ya salimos de esto.’ ‘Es tan desesperanzadoramente feo.’ ‘No lo miros’, dijo él rápido.” (p. 119)–, tampoco parecen querer ver demasiado hacia adentro, de cada uno o de la pareja. Y a pesar de todo lo que falta, de lo que no está bien, parecen seguir eligiéndose, así como pueden, por desesperación o por desesperanza. Como dice Otto: “Yo estaría mejor si fuera un poco más como mi padre. El basó su vida en el supuesto de que nada resultaría de nada. Y la esperanza irrumpía en él de la misma manera que la decepción irrumpe en la vida de otros. Odiaba la esperanza. Lo desarmaba. Supón lo peor, hijo mío, y nunca te decepcionarás…” (p. 122)

 

Originales de las citas usadas

“‘Charlie’s right’, she said. ‘You’re barely in the right century.’ ‘That’s true’.” (p. 11).

“‘They’ve chosen to remain children’, he said sleepily, ‘not knowing that nobody has that option.’ What was a child? And how would she know? Where was the child she had been? Who could tell her what she had been like? She had one photograph of herself at four, sitting in a wicker rocker, a child’s chair, her legs straight out, in white cotton panties, wearing someone’s Panama hat that was too big for her.” (p. 30).

“She could not eat and drink the way she once had. Inexorably, she was being invaded by elements that were both gross and risible. She had only recently realized that one was old for a long time.” (p. 48).

“They had been married for fifteen years. What did she know of what he thought?” (p. 148)

“‘I wish there was another way to go to Flynders’, Sophie murmured. ‘Read to me’, urged Otto. ‘We’ll be out of this soon.’ ‘It’s so hopelessly ugly.’ ‘Don’t look at it’, he said quickly.” (p. 119)

“I’d be better off if I were more like my father. He based his life on the assumption that nothing would come of anything. And hope broke in upon him the way disappointment breaks in on other people’s lives. He hated hope.It unmanned him. Assume the worst, my son, and you’ll never be disappointed….” (p. 122).

lunes, 26 de junio de 2023

Esa tierra monstruosa

 


En 1960, cuenta la historia, John Steinbeck salió a reconectarse con Estados Unidos (¡Americah!): se hizo adaptar una pickup como casa rodante, a la que bautizó Rocinante, la cargó de comida y bebida, subió a su perro Charley y salió a la ruta. El resultado es Travels with Charley. In Search of America, una bitácora de viaje acusada de ser poco veraz pero definitivamente interesante de leer, por lo que cuenta, por tener una mirada de una persona como Steinbeck de los EE.UU. de comienzos de los 60, al borde de la gran hecatombe que se avecinaba, y porque el muchacho sabía escribir, claro.

Steinbeck, que ya tenía casi 60 años, salió “a tratar de redescubrir esta tierra monstruosa” (p. 4). Lo es, en primer lugar, en sentido físico: no termina nunca. “Y de pronto Estados Unidos devino increíblemente gigante e imposible de cruzar. Me pregunté cómo carajo me había involucrado en un proyecto que no podía completarse. Era como empezar a escribir una novela” (p. 19). Y es así: Estados Unidos es interminable, como aprendí una vez que hice un viaje desde el sur de Florida hasta Colorado, unos 3.500 kilómetros. Steinbeck habría hecho algo así como 15.000, cubriendo a largos rasgos la frontera del país: de Nueva York al norte, de allí al oeste hasta el Pacífico; paralelo en dirección sur hasta el final de California, y de allí al este (Texas, el Sur) y luego al norte hasta Nueva York.

Steinbeck nota cuánto han cambiado ya las cosas, a veces con más optimismo, otras pareciendo el viejo de los Simpsons que le grita a las nubes. Por ejemplo, discute la pérdida de los acentos regionales, menciona la relativa igualdad de género y cuestiona la moral laxa, que todo lo perdona, del psicoanálisis: “Es práctica habitual ahora, al menos en las grandes ciudades, escuchar de nuestro sacerdocio psiquiátrico que los pecados no son realmente pecados sino accidentes puestos en movimientos por fuerzas fuera de nuestro control.” (p. 71). También tiene percepciones sobre el decaimiento de las ciudades y el ambiente natural degradado: “En el pasado hemos sido obligados a cambiar a pesar de nuestras reticencias por el clima, las calamidades y las plagas. Ahora la presión viene de nuestro propio éxito biológico como especie. Hemos vencido a todos los enemigos menos a nosotros mismos” (p. 178).

Donde más se acerca a ver los cambios que se avecinan es al llegar al Sur. “Enfrentaba al Sur con pavor. Acá, sabía, había dolor y confusión y todos los resultados maniáticos del desconcierto y el miedo. Y como el Sur es una extremidad de la nación, su dolor se propaga hacia todos los Estados Unidos.” (p. 220). Steinbeck llega a New Orleans en medio de la crisis por la desegregación de las escuelas, y es testigo de cómo señoras blancas de clase media (las “Cheerleaders”) se oponen presentándose para vociferar e insultar a una pobre chiquita negra que quiere entrar a la escuela. (Imaginar a los 10 energúmenos que putean al jugador rival que va a patear un córner, pero 50 señoras gordas contra una chiquita de 12 años). A modo de conclusión, dice: “sí sé que es un lugar con problemas y un pueblo atrapado en un lío. Y sé que la solución, cuando llegue, no será fácil ni sencilla.” (p. 248) Claramente, eso resultó una subestimación: la hoguera de los 60 fue espectacular, con el movimiento por los derechos civiles, Vietnam, Watergate y demás. Y los debates actuales, entre el critical race theory, el liberalismo tradicional y el conservadurismo renovado parecen decirnos que no existe tal cosa como una “solución” posible. Aquí también, aunque Steinbeck no lo dice, EE.UU. es una tierra monstruosa.

¿Entonces? Hacia el final, Steinbeck dice que “Sería agradable poder decir de mis viajes con Charley ‘salí a buscar la verdad sobre mi país y la encontré’” (p. 189) pero quizás tal cosa no es posible. “La realidad externa se las ingenia para no ser, al final de cuentas, tan externa. Esta tierra monstruosa, esta la más poderosa de las naciones, este engendro del futuro, termina siendo el macrocosmos del microcosmos yo.” (p. 189) Steinbeck habla de una identidad americana como “una cosa exacta y comprobable” (p. 190) aunque más adelante también lo pone en duda: “gradualmente comencé a sentir que los americanos existen, que realmente tienen características generalizadas a pesar de sus estados, su situación social o financiera, su educación, sus convicciones religiosas o políticas (...) Pero cuanto más inspeccionaba esta imagen americana, menos seguro estaba respecto de qué es” (p. 219-220). De nuevo, no son palabras de Steinbeck, pero esta es la tercera manera en la que es una tierra monstruosa, en esa paradójica mezcla de diversidad universal y uniformidad. (Dice al comienzo Steinbeck que “Cuando tengamos estas autopistas en todo el país, como tendremos y debemos tener, será posible manejar de New York a California sin ver una sola cosa.” - p. 82. Y hoy eso es verdad: sin ver una sola cosa que no sea una cadena, un Marriott, un McDonalds, un Dunkin’ y una Exxon, como vi yo en aquel viaje hecho casi exclusivamente por interstates.)

¿Y entonces? Steinbeck se pregunta por sus fellow Americans, se pregunta por el hombre, se pregunta por él, y viaja con un perro, Charley, sobre el que tiene varios comentarios interesantes a lo largo del libro. Su comentario sobre las Cheerleaders, casi una cita a Diógenes, incluye esto: “He visto una mirada en los ojos de los perros, una mirada de asombrado desprecio que desaparece rápidamente, y estoy convencido de que los perros básicamente piensan que los humanos están de la cabeza.” (p. 244)

 

Otra cita que es también un recordatorio a mí mismo

“The next passage in my journey is a love affair. I am in love with Montana. For other states I have admiration, respect, recognition, even some affection, but with Montana it is love, and it’s difficult to analyze love when you’re in it.” / “El próximo pasaje de mi viaje es una historia de amor. Estoy enamorado de Montana. Para otros estados tengo admiración, respecto, reconocimiento, incluso algo de afecto, pero con Monatana es amor, y es difícil analizar el amor cuando estás dentro de él.” (p. 143).

 

Originales de las citas usadas

“to try to rediscover this monster land” (p. 4).

“And suddenly the United States became huge beyond belief and impossible ever to cross. I wondered how in hell I’d got myself mixed up in a project that couldn’t be carried out. It was like starting to write a novel.” (p. 19).

“It is our practice now, at least in the large cities, to find from our psychiatric priesthood that our sins aren’t really sins at all but accidents that are set in motion by forces beyond our control.” (p. 71).

“We have in the past been forced into reluctant change by weather, calamity, and plague. Now the pressure comes from our biologic success as a species. We have overcome all enemies but ourselves.” (p. 178).

“I faced the South with dread. Here, I knew, were pain and confusion and all the manic results of bewilderment and fear. And the South being a limb of the nation, its pain spreads out to all America.” (p. 220).

“But I do know it is a troubled place and a people caught in a jam. And I know that the solution when it arrives will not be easy or simple.” (p. 248).

“It would be pleasant to be able to say of my travels with Charley, “I went out to find the truth about my country and I found it.” (p. 189).

“External reality has a way of being not so external after all. This monster of a land, this mightiest of nations, this spawn of the future, turns out to be the macrocosm of microcosm me.” (p. 189).

“gradually I began to feel that the Americans exist, that they really do have generalized characteristics regardless of their states, their social and financial status, their education, their religious, and their political convictions. (...) But the more I inspected this American image, the less sure I became of what it is.” (p. 219-220).

“When we get these thruways across the whole country, as we will and must, it will be possible to drive from New York to California without seeing a single thing.” (p. 82).

“I’ve seen a look in dogs’ eyes, a quickly vanishing look of amazed contempt, and I am convinced that basically dogs think humans are nuts.” (p. 244).