lunes, 4 de diciembre de 2023

Millennials

 


Leí Beautiful World, Where Are You, de Sally Rooney, de quien leí también Normal People. Debo decir que odié el final de Beautiful People… (que no voy a spoilear) y disfruté algo la mayor parte del libro. No un montón, no muchísimo, no sé si llega a bastante, pero por momentos avanzaba rapidísimo en la lectura.

La novela trata sobre las relaciones entre cuatro personajes: Eileen y Simon se conocían de chicos, aunque Simon era más grande, y siempre hubo algo ahí. Luego Eileen se conoció en la universidad con Alice, que con el tiempo devino una novelista exitosa, tuvo un breakdown, y se fue a vivir a un pueblo donde conoce a Felix a través de una aplicación. En ese momento empieza la trama que relaciona a estos cuatro millennials: Alice la novelista exitosa, Eileen la literata frustrada, Simon el abogado de izquierda y Felix que trabaja en un depósito.

Todo eso se estructura en dos tipos de textos. Por un lado, tenemos el relato en una tercera persona que busca ser muy tercera, muy objetiva, y que por momentos parece casi un guión o acotaciones teatrales, pero que por momentos no me parece aceptable, porque no es realmente una mirada objetiva sino que trata de aparentar objetividad. Por ejemplo, conocemos a Eileen en un capítulo que empieza así: “A las doce y veinte de un miércoles, una mujer estaba sentada detrás de un escritorio en una oficina compartida en el centro de Dublín, escroleando para abajo en un documento de texto.” (p. 19) O, hacia el final de una secuencia importante: “El mar hacia el oeste, el largo de una tela oscura. Y hacia el este, subiendo y a través de las rejas, la vieja rectoría, azul como la leche. Adentro, cuatro cuerpos durmiendo, despertando, durmiendo nuevamente.” (p. 258) Por otro lado, están los mails que se mandan entre Eileen y Alice, donde es todo subjetividad, pero que progresivamente me fueron aburriendo, y hasta irritando, sobre todo cuando se convierten en una crítica cultural de esta izquierda light tan millennial (la misma que está del lado equivocado en Medio Oriente en estos momentos, aunque no hay nada del tema en la novela, por supuesto) que encuentro tan irritante por livianita.

También me irritaba Eileen, la millennial patrón, con su neurosis galopante, pero eso en el fondo es lo que está bien del libro, la descripción de esta generación que no logra separarse de sus propios ombligos. Mujeres y varones de edad adulta que sigue comportándose un poco como adolescentes sin encontrar la manera de salir de su loop. Dice Eileen: “La gente de nuestra edad se casaba y tenía hijos y amantes, y ahora todos son solteros y viven con compañeros de departamento a los que nunca ven” (p. 186). La soledad de los hiperconectados, que no pueden decirse las cosas, que no pueden comunicarse, queda más puesta en evidencia por Felix, que dice cualquier cosa, sin mucho freno, sin ningún tacto, y que me resultó el personaje más querible. (Un ejemplo gracioso de Felix siendo Felix: "Digo, en serio, creo que si todos los hombres que se hayan portado más o menos mal en algún momento en un contexto sexual de golpe se murieran mañana, quedarían tipo once hombres vivos.” - p. 136).

Así que así los vemos a estos cuatro chicos, durante 250 o 300 páginas, tratando de darse cuenta de cómo va la cosa (como le dice Eileen a Alice en uno de esos mails: “¿Qué si estas cosas suben y retroceden naturalmente, como las mareas, mientras el significado de la vida se mantiene siempre igual - sólo vivir y estar con otras personas” - p. 161) y nos divertimos un poco y nos irritamos un poco y a veces los entendemos un poco y otras les decimos grow up already y después viene ese final que bueno, no voy a spoilear.

 

Originales

“At twenty past twelve on a Wednesday afternoon, a woman sat behind a desk in a shared office in Dublin city centre, scrolling through a text document.” (p. 19)

“The sea to the west, a length of dark cloth. And to the east, up through the gates, the old rectory, blue as milk. Inside, four bodies sleeping, waking, sleeping again.” (p. 258).

“People our age used to get married and have children and conduct love affairs, and now everyone is still single at thirty and lives with housemates they never see.” (p. 186).

"I mean honestly, I think if every man who had ever behaved somewhat poorly in a sexual context dropped dead tomorrow, there would be like eleven men left alive.” (p. 136).

“What if these things just rise and recede naturally, like tides, while the meaning of life remains the same always - just to live and be with other people?” (p. 161).

La construcción de un imperio

 


El domingo 22 de octubre, mientras el país votaba, yo terminé de leer From Colony to Superponer. U.S. Foreign Relations since 1776, de George C. Herring, parte de la Oxford History de Estados Unidos. La colección está pensada en 12 volúmenes, 11 divididos cronológicamente y este temáticamente, concentrándose en las relaciones externas de EE.UU. De los 11 temáticos, leí 7, 3 no han sido publicados aún, y me falta el último, que va de Watergate a Bush vs Gore y que no creo que vaya a leer. Tampoco voy a leer los dos primeros, aún no publicados, que van a ser previos a la independencia. Es decir que quedé a un solo libro de terminar el proyecto, el de Bruce Shulman sobre el período 1896-1929, que es, de hecho, el período que quizás más me interesa. Así las cosas.

¿Qué decir sobre From Colony to Superpower? Lo primero que debo decir es que debe ser el libro que más tardé en leer en mi vida. Lo compré en diciembre de 2021, lo empecé a leer en algún momento de 2022 y luego lo dejé porque pasaron cosas, y lo retomé en algún momento de este año, hace quizás dos meses. Segundo, creo que está bueno haberlo leído para tener una mirada general sobre la historia de las relaciones internacionales de EE.UU., pero sobre todo creo que hay que pensarlo como un libro de consulta, al que podría acceder para ver, por ejemplo, la próxima vez que haya una intervención de EE.UU. en Medio Oriente. En fin…

Finalmente, me voy a concentrar en algunos puntos que hace el autor en la introducción. Primero, contraria a la lógica “aislacionista” de algunos actores presentes y pasados, “La política exterior ha sido central a la experiencia nacional desde el comienzo.” Más allá de ese “mito” aislacionista, “desde 1776 en adelante, Estados Unidos ha sido un jugador activo e influyente en los asuntos globales. La política exterior ha tenido un enorme impacto en la vida americana.” Ligado con esto, “Los americanos se piensan a sí mismos como amantes de la paz, pero pocas naciones han tenido tanta experiencia en guerras como Estados Unidos” (p. 1).

Luego, el autor comenta algunas peculiaridades americanas en lo que hace a la política exterior. “Los americanos han tenido miradas decididamente diferentes sobre el orden internacional y su lugar en él. Por un lado, han sido atraídos por las riquezas del mundo. (...) Por el otro, los americanos a menudo se han visto a sí mismos como un pueblo aparte.” (p. 2-3)

La idea de una “misión providencial ha motivado un deseo a hacer el bien en el mundo” pero también ha “engendrado arrogancia” (p. 4). Así, hay una tendencia de “fervor ideológico y mesianismo” pero también un pragmatismo muy americano que llevó a cierto “idealismo práctico”, representado por Franklin, Lincoln y F. D. Roosevelt. (p. 5) Como norma, los principios cuentan, más allá de las obvias excepciones. Herring dice que más que aislacionismo hay una fuerte y recurrente tendencia unilateralista en esta historia; el unilateralismo le sirvió bien en su primer siglo y medio “pero también generó cierto espíritu provinciano engreído y la sospecha hacia instituciones internacionales, además de indiferencia e incluso hostilidad hacia otros pueblos y culturas.” (p. 7) Otras peculiaridades vienen de su sistema político democrático y de su orden constitucional.

Con todo esto, “han sido agresivamente e implacablemente expansionistas” y, a pesar de una opinión popular contraria, “Estados Unidos ha sido espectacularmente exitoso en su política exterior” (p. 9). Así y todo, “no pudo asegurar completamente estar libre del miedo como deseaba George Washington.” (p. 10)

lunes, 20 de noviembre de 2023

A newsroom on the wire

Estuve viendo dos series viejas muy distintas, The Wire y The Newsroom.

El que primero me habló de The Wire fue @braunmi hace por lo menos ocho años. Quien me recordó de su existencia, hace unas semanas, fue @estebanschmidt, que republicó en Un correo de Esteban Schmidt una vieja reseña. Ahí me di cuenta de que ahora sí tengo HBO y podía verla y aproveché un viaje de mi esposa para meterle: bien que hice, porque es una serie violenta y cruda, de las que ella no disfruta. Además, a la mitad de mi consumo problemático de The Wire (llegué a ver más de tres episodios de una hora en un día) vi una nota en The Economist donde se la menciona como una de las grandes series de un momento de oro de la televisión que ya habría terminado.

Más allá del juicio sobre la televisión actual, The Wire es realmente extraordinaria: cinco temporadas con cinco capas sobre el mundo marginal de una ciudad marginal. En cada una de las temporadas se va agregando una capa: en la temporada uno es una serie de policías contra narcos; en la segunda se agrega el papel de los obreros del puerto de una ciudad post-industrial y de los contrabandistas que juegan con ellos; en la tercera entra la política y vemos experimentos sociales; en la cuarta la política toma un papel más importante y se le suma la escuela, el sistema educativo y los chicos para los que el menudeo de drogas es el camino de ascenso social más claro; y en la quinta entra un periodismo también en decadencia, con redacciones que se van reduciendo. Y a través de todo esto una gran mirada sobre esa ciudad, sobre ese mundo, con un idioma que suena real, el de los negros de las esquinas, el de los políticos, el de los policías, el de los portuarios, cada uno distinto. Y con todos los ingredientes que los autores quisieron incluir: la violencia, la droga, el sexo (sexo explícito, heterosexual, inter-racial, entre chicas, entre chicos), la decadencia institucional, política, económica, social, todo puesto ahí, no embellecido, algo que actualmente, según The Economist, es un poco más difícil. The Wire es el show don’t tell de Hemingway llevado a su máxima expresión: te cuenta todo, no juzga nada.

Sobre todo, The Wire muestra cómo se reproduce todo este mundo que parece tan lejos del ideal. Los gangsters capos son asesinados o encarcelados y aparecen otros. Lo mismo con los drogones, con los altos mandos policiales, con los chicos que venden en la esquina, con los estudiantes en la escuela. (Una directiva de la escuela le dice a Prezbo, un ex policía que deviene maestro, que no se encariñe demasiado con un chico, que ya vendrán nuevos al año siguiente, y en una de las últimas escenas de la serie lo vemos al chico inyectándose heroína).

La reproducción de la cadena del narcotráfico, de la cadena policial, de la cadena política, de la cadena periodística; se van unos, vienen otros, y al final del día todo queda más o menos igual. Y ese igual es una mierda, claro; una situación en la que no parece haber ninguna correlación entre los “buenos” y la victoria o la derrota; y ni siquiera es muy claro si hay buenos y quién gana y quién pierde (salvo, claro, cuando matan a alguno y es game over); todo va a seguir más o menos así, mal, con un ejército de drogones perdidos (drug fiends), abastecidos por tipos que van a matar para controlar el negocio mientras son perseguidos por un cuerpo policial sin ganas o sin capacidad de cambiar nada, a su vez dirigido por políticos que piensan en su carrera más que en los resultados, y todo cubierto por periodistas no siempre comprometidos con la verdad (y cuyo compromiso con ella no necesariamente es positivo para sus carreras).

Poco antes de comenzar este consumo había empezado a ver, esta sí acompañado, The Newsroom, que terminé de ver poco después de terminar The Wire y que podría considerarse básicamente su opuesto. Como prácticamente toda obra de Aaron Sorkin, The Newsroom es una obra moral: así como The West Wing nos comentaba cómo sería un presidente y un equipo presidencial perfectos, The Newsroom nos muestra un periodista y equipo periodístico perfectos. No hay malos en The Newsroom así como no hay buenos en The Wire. Por supuesto hay conflicto entre los buenos –sobre todo el presentador de noticias Will McAvoy y la productora McKenzie McHale– y otros que son menos buenos –sobre todo el presidente de la cadena, que los presiona para que suban el rating comprometiendo la calidad–. Pero al final los no tan buenos se dan cuenta, son persuadidos por argumentos o encuentran la fibra moral necesaria para darles la razón a los buenos-buenos. Y los buenos-buenos, claro, ganan, y el mundo es mejor, cambia para bien o hay esperanza de que lo haga, porque si las noticias se reportan mejor, los ciudadanos podrán votar mejor, ganarán los políticos reformistas, que pondrían, por ejemplo, mejores policías que hagan que menos narcos vendan menos drogas, que más chicos escapen al doble riesgo de ser narco o drogón.

Esto me recuerda, como he recordado tantas veces, una gran escena del Nixon de Oliver Stone donde Nixon mira un retrato de Kennedy y le dice algo así como que los americanos ven en JFK aquello que quieren ser mientras que en él ven lo que realmente son. The Wire es algo bastante parecido al mundo real en el que vivimos, todo revuelto, por momentos revulsivo, donde se ganan algunas y se pierden un montón, donde los que tratan con todo a veces pierden porque uno no dio un mensaje o porque sí, porque es muy difícil, mientras que The Newsroom es el mundo ideal donde todos querríamos vivir. Y las dos pueden ser disfrutadas igualmente, a pesar de la desolación de una y la ingenuidad de la otra.

lunes, 13 de noviembre de 2023

Jugar en primera

 


Leí con gusto Las grandes ligas, colección de cuentos de Ignacio Valiente ganadora del premio del Fondo Nacional de las Artes 2022. Y la disfruté más al sentarme a escribir sobre ella, porque son cuentos engañosamente sencillos: detrás de una prosa directa, casi clínica, se esconden temas y formas más complejas.

Temáticamente hay de todo. Desde un encuentro de personas muy distintas (un candidato a intendente y un pequeño niño) con problemas distintos en un mismo lugar (la boca) hasta la soledad de una chica o la historia sexual de un hombre contada desde la vejez hacia la niñez, hay de todo en Las grandes ligas. Lo que hay en común es esa prosa directa, el understatement, la falta de estridencia del lenguaje. Doble click sobre el understatement. en “Hacer un hombre” se manifiesta haciendo que el cuento termine donde podría comenzar: se relata cómo dos hombres llevan a un joven a cumplir con su rito de iniciación y termina cuando lo dejan allí, a punto de enfrentar peligros desconocidos. En “Las amigas” lo no dicho parece ser el meollo: el periodista que es el narrador entrevista a Rita y Nelly buscando información sobre “el morocho”, que el lector imagina como Gardel, como para no olvidarnos de que la tradición va más allá de la literatura, y sobrevuela la pregunta sobre si es o no es, pero la pregunta parece ser menos sobre su nacionalidad que sobre su orientación sexual. Sobre todo, lo que hay en común es una manera de vivir que es preguntándose sobre este misterio que es la vida: ¿qué le pasa al otro, qué nos pasa a nosotros, cómo vamos de un casillero al otro? Es difícil decir de un libro que se trata sobre la vida misma sin parecer un idiota, así que para no parecerlo diría que es sobre el preguntarse sobre la vida misma; lo cual lleva incluso en alguna oportunidad a decirse de algún personaje que convertirá su sufrimiento en literatura (“Tema libre”).

El segundo punto que haría sobre este libro, siguiendo a partir de la palabra “literatura”, es que se inscribe claramente en la tradición. Las grandes ligas es un libro argentino no en el sentido de que ocurra en la Argentina o de que sus personajes sean argentinos (volveré a esto) sino en el sentido de que parece dialogar con la historia argentina y con la tradición literaria argentina. Seguramente me pierda un montón de conexiones posibles (¿”Desiertas cosas” se vincula con “La invención de Morel”?), pero esto lo veo sobre todo en “El desierto de neón” y “Las invasiones”. “Las invasiones” es un cuento un poco críptico, evidentemente argentino pero confundiendo tiempos y sucesos, en el que durante el virreinato un líder anarquista escapa hacia la otra orilla y cruza no tanto a otro país sino a otra época y termina con esta afirmación tan borgeana: “Gaspar Benavidez va en coche al muere” (p. 161). El cuento incluye también la borgeanísima expresión “la unánime noche” (p. 159) y parece una alegoría de un país atrapado en su propio pasado, una mirada sobre el país que también me remite al Mairal de El año del desierto.

Mi favorito de la colección también va en esta línea. “El desierto de neón” ocurre en Las Vegas, donde un gaucho moreno salido de un cuento de Borges, o que podría ser primo de Cruz, se propone “reconquistar la Patagonia” perdida en la Campaña del Desierto. Para ello busca reclutar como inversor a un jugador profesional, el narrador, en un cuento que junta lo ridículo con lo histórico, haciéndome recordar también al Soriano de Triste, solitario y final: humor, historia argentina, mirada argentina sobre Estados Unidos. El humor es otra constante; el cuento que le da el nombre a la colección tiene a una banda metalera vegana y un protagonista que es adicto al sexo con licencia psiquiátrica y tío de un adolescente que se llama Pibo.

Finalmente, rara vez los cuentos son transparentes o directos. Hay casi siempre cierta opacidad: las cosas casi nunca son como parecen, o no exactamente como uno las imagina. A veces esa opacidad es clara, digamos: en “Desiertas cosas” un pequeño grupo de humanos rescata objetos que trae el mar o de pueblos desiertos para arreglarlos y venderlos, quizás en un mundo post-apocalíptico, pero no sabemos dónde ni cuándo estamos. (El desierto es un concepto importante también en la tradición argentina). En otros casos las cosas están corridas o modificadas o confundidas, como lo que sería el Río de la Plata en “Las invasiones”, donde parece ser que esta orilla está en el siglo XIX y la oriental en el XXI; o una Buenos Aires transformada, con un aeropuerto Ezeiza Norte, una “autopista híbrida” y un “túnel del oeste” en “El adulto responsable”.

En definitiva, una muy interesante colección de cuentos que resulta más interesante todavía cuando uno tiene que pensarla un poco: “Las grandes ligas” claramente juega en primera.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Muerte, locura, belleza



¿Se puede vivir siendo consciente de la muerte sin enloquecer? ¿No es más loco estar cuerdo que loco cuando sabemos que vamos a morir, que todos vamos a morir, que van a morir todas las personas que amamos? Me costó mucho I Am Homeless If This Is Not My Home, la última novela de Lorrie Moore. Me costó mucho porque la parte central es el viaje de un muchacho más cerca de la locura que de la salud con su novia muerta. Y no me llevo muy bien con la fantasía, y el muchacho, Finn, hace un viaje de cientos de kilómetros con su ex novia muerta, Lilly. Difícil. Me costó mucho, también, porque trata de la muerte cuando la muerte de papá está tan fresca. Porque el libro es sobre un chico que no logra procesar la muerte de su hermano.

Es rara la novela. Porque en verdad no sabés muy bien qué pasa y qué no pasa. ¿Hace ese viaje Finn o está todo en su cabeza? Empiezo por la estructura. Tenés la historia, con una primera gran secuencia que es básicamente la última visita de Finn a su hermano Max, que está en un hospicio en New York esperando que el cáncer termine con él. Después Finn recibe un mensaje diciendo que tiene que volver a su casa porque pasa algo con Lilly, y va y se entera que está muerta, y va al cementerio y aparece Lilly y se sube al auto y hacen un viaje de cientos o miles de kilómetros, de días, el loco y la muerta, el vivo y la suicida. Y después tenés el final, cuando Finn vuelve a New York a enterrar al hermano. Todo eso, a su vez, está intercalado por una serie de cartas que una hermana le escribe a su hermana muerta, en algún momento poco después de la guerra civil, y desde una posada que sería la misma en la que un día duermen Finn y Lilly.

Los temas son dos: la muerte y la locura (o la vida y la cordura, que quizás es lo mismo). Que Finn no tiene los patitos demasiado alineados lo sabemos desde la primera escena: “Tomaba largos tragos de café y comprobaba su salud mental cada mañana de la misma forma que hacía cuando no estaba de viaje: agarraba su laptop y respondía a los editoriales del Times y esperaba a ver si su respuesta realmente se publicaba” (p. 15). Con tantos indicios de que Finn está más loco que cuerdo, es razonable pensar que todo eso del medio, ese gran viaje con Lilly, no ocurrió más que en su mente. Finn es un maestro de escuela; enseña historia pero cuando lo encontramos está suspendido porque –si le creemos– le enseñaba matemáticas a los chicos, porque ve que no saben nada. También puede ser que lo hayan echado, o que la razón (de la suspensión o la exoneración) haya sido que presenta a los chicos teorías conspiratorias. Lilly, si existió, trabajaba de payaso. “Trabajaba tanto con niños como adultos y hasta usaba zapatos de payaso, con cuyos cordones una vez había intentado ahorcarse a sí misma” (p. 32). Muy graciosa la payasa.

¿Viajó Finn con Lilly muerta? ¿Se murió Lilly? ¿Existió Lilly? Tenemos indicios de que no. Sigrid –la mujer del jefe y amiga de Lilly que, según Finn, se lo quería levantar, y nos preguntamos si no habrá sido al revés y que por eso lo echaron– le dice a Finn: “Lilly no es un invento tuyo (...) No es un personaje en una obra que vos mismo pensaste” (p. 76) Pero quizás sí, claro. (Paralelamente, en la primera carta del período post-bélico, la hermana viva le escribe a la muerta: “Cuando vuelvo a los lugares del pasado, nada está más ahí, como si lo hubiera inventado todo yo” (p. 11).

Tengo para mí que pobre Finn, que ya no podía con su vida, no pudo con la muerte de su hermano. Que cuando vio que le llegaba la hora, su cabecita se fue volando, con Lilly, la muerta, la que nunca existió quizás, y que sólo pudo volver cuando Max ya no estaba más ahí. De hecho, Finn no se desarma cuando se entera de la muerte de Lilly, ni cuando la ve muertita ahí en el cementerio, sino cuando, mucho más tarde, con Lilly en otro lugar, tiene la sensación de que se está muriendo su hermano. “Y acá empezó a atragantarse, porque pudo sentir ahora que su hermano se estaba muriendo ahí mismo en ese mismo momento, justo cuando decía estas palabras” (p. 169). Finn, como el de Slaughterhouse, 5, se inventa algo porque la realidad es demasiado insoportable, y así sobrevive a la muerte de su hermano. Unas pocas páginas después Finn sí vuelve, del mundo de los muertos, a enterrar a su hermano. Y baila con la viuda y ahí piensa: “Todas las personas que alguna vez lo amaron ya se habían ido. Y al sentir su ausencia sintió su propio yo deshuesado, bruñido, acariciado, y luego siendo empujado por un acantilado” (p. 187).

El libro se me hizo difícil por los temas y por la forma y porque cada oración y cada párrafo es especial. Porque Lorrie no para de tirar metáforas tremendas, llenas de humor negro, y con un lenguaje complejo, difícil, demandante, pero sobre todo hermoso. Hermoso. Muerte, locura, belleza. Qué se yo, la primera que marqué es esta: “His mustache is black and thick as broom bristle and the words come flying out from beneath it like the lines of a play in a theater on fire.” / “Su bigote era negro y duro como cerda de escoba y las palabras salían volando por debajo de él como las palabras de una obra en un teatro incendiándose”. (p. 4) O el hermano en el hospicio: “He had the smooth hue of an apricot. He was a manila envelope getting ready to be mailed.” / “Tenía el tinte suave de un damasco. Era un sobre de papel madera listo para ser enviado.” (p. 22) O, Finn y Lilly muerta: “Ahora le había llegado la locura y los había atrapado a ambos en este extraño sueño de crepúsculo tardío, que era como soñar despierto pero con más solidez, menos luz, y más duda.” (p. 89) Pero olvídense de mi traducción y escuchen esa oración en inglés.

Hay que ser lector para leer esta novela. Hay que ponerle ganas y tiempo y esfuerzo. Como a la vida. ¿Pero para qué, si nos vamos a morir? Vamos a volver a la casa del padre. ¿Tenemos casa o somos homeless? Hay una mención directa a la casa. Lilly la muerta le dice a Finn: “¿Y sin embargo? (...) ¿Acá con vos? Esta es mi casa” (p. 135). El vínculo, el amor, puede ser una casa; pero si Lilly no quiso estar más con él o se murió o nunca existió; si no está más Max, quizás Finn ya no tiene nada.

Al final lo vemos a Finn, ya de vuelta en Ohio o donde sea, poniendo claves en sitios web, completando CAPTCHAs para demostrar que no es un robot. “Confirma tu humanidad, era lo que se pedía” (p. 193). Los humanos somos los únicos animales conscientes de nuestra propia mortalidad. Y de quienes nos rodean. Y es una locura que eso no nos enloquezca a todos.

 

Originales de las citas

“He took large swallows of coffee and tested his sanity every morning the same way he did when not on the road: he took his laptop and replied to the online Times editorials, and waited to see if his reply was actually posted.” (p. 15)

“She worked with both children and adults and even wore floppy shoes, the laces of which she had once used to strangle herself.” (p. 32)

 “‘Lilly is not your own invention’, she said. ‘She is not a character in a play you yourself have thought up’.” (p. 76)

“When I go back to the places of the past, nothing is there anymore, as if I have made the whole thing up.” (p. 11)

“And here he started to choke, for he could feel now that his brother was dying right then at that very moment, just as he uttered these words”. (p. 169)

“All the people who had ever loved him were gone. And in feeling their absence he felt his own self pitted, burnished, caressed, then given a shove off the cliff.” (p. 187)

“Confirm your humanity, was the request.” (p. 193)