sábado, 19 de diciembre de 2020

Otra odisea

 


Leí Alias Grace, de Margaret Atwood (genia), novela en la que se reconstruye como obra de ficción un doble asesinato ocurrido a mitad de siglo XIX en Canadá. En la realidad y en la ficción, la protagonista, una empleada doméstica irlandesa de 16 años, es acusada y condenada (junto con el encargado de los establos James McDermott) por el asesinato de su patrón Thomas Kinnear y de su amante Nancy Montgomery.

La novela se estructura a partir de las entrevistas que le hace a Grace en la prisión un joven médico, Simon Jordan; Jordan se está especializando en salud mental y es contratado por un comité que quiere que Grace, condenada a prisión perpetua, sea perdonada. Cada parte de la novela comienza con textos históricos sobre el caso y textos literarios de la época, para luego usar ya textos ficticios que incluyen cartas de los distintos protagonistas, las narraciones de Grace al Dr. Jordan, otras narraciones de Grace que no ocurren en esas entrevistas y secciones en tercera persona (a veces más tercera primera que otras) siguiendo al propio Jordan. Me recuerda a las distintas voces oficiales y personales que usó Belén López Peiró en Por qué volvías cada verano. Ese uso de distintas perspectivas subjetivas permite mantener en la ficción (como en la realidad) la indefinición respecto de qué ocurrió realmente y de quién es realmente Grace: una pobre inocente no muy inteligente e injustamente condenada; una mujer malvada e hipersexualizada que llevó a McDermott a matar por ella; una “histérica” en el sentido del siglo XIX, que atrae a los hombres pero rechaza atemorizada el contacto sexual, o con otros problemas mentales (desde amnesia hasta doble personalidad). Esa incógnita me mantuvo atrapado de principio a fin, y cerca del fin Atwood confirma que esa era la idea al hacer decir a Grace, respecto de otra cosa: “Es extraño saber que podés llevar dentro tuyo o una vida o una muerte pero no saber cuál de ellas.” (p. 459)

Además de la cuestión de la identidad, de quién es cada uno, de qué nos constituye como personas individuales (si algo nos constituye como tal), Atwood ataca una gran variedad de temas en la novela a modo de preguntas, nudos que deja ahí por si uno quiere desanudar. Hay una pregunta sobre el género y el lugar de la mujer: “algunos la llamaban la maldición de Eva pero ella pensaba que era estúpido, y que la verdadera maldición era tener que aguantarse las tonterías de Adán, quien apenas surgía algún problema le tiraba toda la culpa a ella.” (p. 164) También sobre la culpabilidad y la inocencia, sobre la moral sexual, sobre la relación entre los empleadores y el personal de servicio: “Ellos eran criaturas débiles e ignorantes, aunque fueran ricos, y la mayoría de ellos no podían prender un fuego ni aunque tuvieran los pies congelados, porque no sabían cómo, y era sorprendente que pudieran sonarse las propias narices o limpiarse sus propios traseros, eran por su naturaleza tan inservibles como un pito en un cura”. (p. 158) Atwood usa los sueños de los personajes y a veces eso implica dudar sobre vigilia y sueño, sobre qué es real y qué no; como dice Jordan, “mi estudio de Grace Marks tuvo un giro tan desconcertante que me cuesta determinar si yo mismo estaba despierto o dormido”. (p. 423)

Ligado con la cuestión de la identidad - ¿quién es Grace? ¿quién es Jordan? - está la de la memoria y el olvido. Al principio de la novela, Grace se pregunta sobre los álbumes que hacen las jovencitas de la sociedad para ser recordadas: “No entiendo por qué todas tienen tantas ganas de ser recordadas. ¿De qué les servirá? Hay algunas cosas que todos deberían olvidar, de las que no debería volver a hablarse jamás.” (p. 26) Más cerca del final, Jordan se pregunta si no “somos también - predominantemente - lo que olvidamos.” (p. 406) Y esto se liga también con lo que más me interesó de la novela, que es Grace como narradora. En una carta, el Dr. Bannerling, que había atendido a Grace en el manicomio un tiempo en que ella estuvo allí, le dice a Jordan: “haría bien en taparse los oídos con cera, como Ulises obligó a hacer a sus marineros para escapar de las Sirenas” (p. 71) Pero Grace no es una de las sirenas: Grace es Ulises. Grace es quien viajó de Irlanda a América, quien sobrevivió a pesar de toda su historia y quien luego la cuenta, como le conviene en cada caso y a cada interlocutor. En un momento Grace recuerda una canción y dice: “Yo sé que la había recordado mal (...) pero no veía por qué no podía hacer que saliera mejor; y mientras no le dijera a nadie lo que estaba en mi mente, no había nadie para hacerme responsable o para corregirme.” (p. 238) De la misma manera, la vemos acomodar la historia que le narra a Jordan (y luego a Walsh) para mantener su interés: “usted estaba tan interesado como el Sr. Walsh en saber sobre mis sufrimientos y adversidades en la vida (...) Yo me daba cuenta cuando su interés amainaba, porque su mirada se dispersaba; pero me daba gran alegría cada vez que yo lograba sacar algo que le interesara.” (p. 457)

Esas historias nos constituyen; como dice Grace: “hoy debo seguir con mi historia. O la historia debe seguir conmigo, llevándome adentro de ella, en el camino que debe recorrer, derecho hasta el final”. (p. 298) Grace parece decirnos que somos, quizás, la historia que contamos sobre nosotros o las historias que contamos sobre nosotros, lo que decidimos recordar y lo que decidimos olvidar.

 

Otras citas

“in this world you have to take your bits and ends of kindness where you can find them, as they do not grow on trees.” (p. 129-130) “en este mundo hay que tomar los pedacitos de amabilidad de donde los encuentres, porque no crecen en los árboles.”

“The difference between a civilized man and a barbarous fiend - a madman, say - lies, perhaps, merely in a thin veneer of willed self-restraint.” (p. 142) “La diferencia entre un hombre civilizado y un malvado bárbaro – un loco, digamos – yace, quizás, meramente en una fina capa de auto-control voluntario.”

“there are many dangerous things that may take place in a bed. It is where we are born, and that is our first peril in life; and it is where the women give birth, which is often their last. And it is where the act takes place between men and women (...) and some call it love, and others despair, or else merely an indignity which they must suffer through. And finally beds are what we sleep in, and where we dream, and often where we die.” (p. 161) “hay muchas cosas peligrosas que ocurren en una cama. Es donde nacemos, y ese es nuestro primer peligro en la vida; y es donde las mujeres dan a luz, que es muchas veces su último. Y es donde ocurre el acto entre hombres y mujeres (...) y algunos lo llaman amor, y otros desesperación, o meramente una indignidad que deben sufrir. Y finalmente las camas son donde dormimos, y donde soñamos, y muchas veces donde morimos.”

“It is alarming how quickly one descends into squalor.” (p. 288) “Es alarmante lo rápido que uno desciende a la mugre.”

“having a mistress (...) is worse than having a wife. The responsibilities involved are wightier, more muddled.” (p. 363) “tener una amante (...) es peor que tener una esposa. Las responsabilidades involucradas son más pesadas, más embarulladas.”

 

Originales de las citas usadas

“It is strange to know you carry within yourself either a life or a death, but do not know which one.” (p. 459)

“some called it Eve’s curse but she thought that was stupid, and the real curse of Eve was having to put up with the nonsense of Adam, who as soon as there was any trouble, blamed it all on her.” (p. 164 )

“They were feeble and ignorant creatures, although rich, and most of them could not light a fire if their toes were freezing off, because they didn’t know how, and it was a wonder they could blow their own noses or wipe their own backsides, they were by their nature as useless as a prick on a priest”. (p. 158)

“my study of Grace Marks took such an unsettling turn at the last, that I can scarcely determine whether I myself was awake or asleep.” (p. 423)

“I don’t know why they are all so eager to be remembered. What good will it do them? There are some things that should be forgotten by everybody, and never spoken of again.” (p. 26)

“‘Perhaps,’ says Simon, ‘we are also - preponderantly - what we forget.’” (p. 406)

“you would do well to stop your ears with wax, as Ulysses made his sailors do, to escape the Sirens” (p. 71)

“I knew I’d remembered it wrong, and the real song said the pig was eat and Tom was beat, and the went howling down the street; but I didn’t see why I shouldn’t make it come out in a better way; and as long as I told no one of what was in my mind, there was no one to hold me to account, or correct me”. (p. 238)

“you were as eager as Mr. Walsh us to hear about my sufferings and my hardships in life (...) I could tell when your interest was slacking, as your gaze would wander; but it gave me joy every time I managed to come up with something that would interest you.” (p. 457)

“today I must go on with the story. Or the story must go on with me, carrying me inside it, along the track it must travel, straight to the end”. (p. 298)

martes, 1 de diciembre de 2020

La duplicidad de la literatura

 


En la línea de terminar - algún día, probablemente cuando la pandemia sea apenas un recuerdo torcido - las obras completas de Jorge Luis Borges, estuve leyendo Siete Noches (1980). Es un gran título Siete Noches para un libro o para una película: uno se puede imaginar un viaje de siete noches o un amor de siete noches. Y algo de eso hay, porque son siete conferencias, siete viajes, en las que Borges habló de algunos de sus grandes amores, obsesiones o tormentos: “La Divina Comedia”, “La pesadilla”, “Las mil y una noches”, “El budismo”, “La poesía”, “La cábala” y “La ceguera”.

Leo por acá y por allá que las conferencias fueron dictadas en 1977, y luego Borges las editó con Roy Bartholomew y se publicaron en 1980. Aparentemente, Bartholomew le leía los párrafos a Borges hasta siete veces hasta que finalmente el hombre aprobaba. El resultado son textos que parecen orales sin todos los vicios de la oralidad, que es, al fin de cuentas, otra manera de decir literatura. Las conferencias se pueden escuchar en este link, pero suenan mucho mejor en papel.

Algunas ideas se repiten en distintas conferencias. Una es que los libros son cosas vivas que se transforman con el tiempo y las nuevas lecturas: “la Comedia (...) será enriquecida por cada generación de lectores” (p. 228); “Las mil y una noches no han muerto. El infinito tiempo de Las mil y una noches prosigue su camino.” (p. 263); “Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lector de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.” (“La poesía”, p. 278) Esta idea es central a Borges en tanto él era, ante todo, un lector y alguien que reescribía lo leído (y su propia obra) una y otra vez. Borges fue seguramente el mejor lector de Borges.

Otra idea o concepto es la centralidad de lo estético, que aplica tanto a los sueños como al propio idioma. Su primera conclusión en “La pesadilla” es “que los sueños son una obra estética, quizá la expresión estética más antigua.” (p. 253) El propio lenguaje es eso cuando uno lo desnaturaliza; esto es, cuando mira un lenguaje desde afuera, no como nativo. “El lenguaje es una creación estética. (…) Al estudiar un idioma, uno ve las palabras con lupa, piensa esta palabra es fea, ésta es linda, ésta es pesada. Ello no ocurre con la lengua materna, donde las palabras no nos parecen aisladas del discurso.” (p. 281)

La tercera idea no sé si Borges la expresa en algún lugar o si es una idea mía (a veces ocurre…) y es la duplicidad del concepto borgeano de la literatura. Mirándola del lado del escritor, la literatura es, quizás como los sueños, una manera de procesar las desventuras de vivir: “Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas cosas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin.” (p. 307) “Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.” (p. 311) Del otro lado, sin embargo, del lado del lector, la literatura es puro placer y felicidad: “la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria. (...) he enseñado a mis estudiantes a que quieran la literatura, a que vean en la literatura una forma de felicidad.” (p. 282)

Perlitas:

·  “El encanto es, como dijo Stevenson, una de las cualidades esenciales que debe tener el escritor. Sin el encanto, lo demás es inútil.” (p. 229)

·       “la amistad es nuestra pasión argentina” (p. 233)

·       darme cuenta que nightmare es la “yegua de la noche” (p. 246)

·       “¿Qué es la magia? La magia es una causalidad distinta.” (p. 260)

martes, 24 de noviembre de 2020

Otro libro abandonado

Estuve leyendo el Rosas de John Lynch. ¿Qué explica esa decisión? Un poco el hecho de que mi hija mayor me había pedido ayuda para entender el período de Rosas, que estaba estudiando para el colegio. Otro poco el hecho de que tenía la cuestión gaucha en la cabeza por haber leído esos dos libros tan distintos que son El gaucho Martín Fierro y La vuelta de Martín Fierro. Y un poquito más porque allí el libro me saltó de la biblioteca de la casa que estoy alquilando, como me había ocurrido con Red Storm Rising. Y me pasó con Rosas lo mismo que con aquella novela: no lo pude terminar, lo dejé. Y esta vez ya no pienso que lo haya dejado porque el libro sea malo, ya tengo que pensar que algo me pasa a mí, que he aprendido a dejar libros, pero que no suelo hacerlo. Es verdad que la pandemia ha destruido mis hábitos de lectura, que se apoyaba en esa hora y media de transporte público que tenía todos los días. Pero me debe estar pasando algo como lector, también; se me ocurre que las dificultades de concentración tienen que ver con la incertidumbre que reina hoy en mi vida y en la de tantos otros, un poco en suspenso en este año extraño. En todo caso, lo más lindo de la experiencia fue encontrarme en los agradecimientos con Ezequiel Gallo, querido profesor que dirigió mi tesis.


lunes, 16 de noviembre de 2020

Segundas partes

Yo no sé si los expertos están de acuerdo con esto, pero La vuelta de Martín Fierro me parece un libro separado y distinto del primero y, como suele pasar con las secuelas, me parece mucho peor que la primera parte, Elgaucho Martín Fierro.

La ida es mucho más sencilla. Hay básicamente un narrador, el propio Martín Fierro, que canta sus pesares. Cuando Cruz se presenta, uno puede imaginar que el propio Fierro nos relata lo que dijo Cruz. La excepción es al final, cuando aparece un narrador anónimo. Podría pensarse que estamos todos en una pulpería y hay un cantor o recitador que hace la voz de Fierro, la de Cruz y la del narrador anónimo.

En la vuelta esto es todo más complejo: tenemos cinco narradores (Fierro, sus dos hijos, el hijo de Cruz y el anónimo) que se van intercalando en el uso de la palabra en una pulpería. Comienza Fierro en los cantos I al XI; le siguen el hijo mayor (XII), el menor (XIII a XIX), el anónimo (XX), el hijo de Cruz, Picardía (XXI-XXVIII), el anónimo (XXIX) y la payada entre Cruz y Fierro (XXX). Hasta acá, podemos pensar que están todos en una pulpería, pero después (XXXI) el narrador cuenta que Fierro y los tres muchachos se van y acampan al lado de un arroyo; luego Fierro les da sus consejos (XXXII) y el narrador cierra (XXIII). Estos últimos cantos pierden la verosimilitud del marco de la pulpería (salvo que imaginemos a todo como una obra de teatro, pero entonces tampoco se sostiene el marco de la pulpería).

El segundo gran problema es la verosimilitud del nuevo Fierro. Hasta el canto X, Fierro relata algo que continúa la ida. Cuenta cómo fueron con Cruz a las tolderías “Recordarán que con Cruz / para el desierto tiramos; / en la pampa nos entramos, / cayendo por fin del viaje / a unos toldos de salvajes, / los primeros que encontramos.” (199-204) Ahí quedan prisioneros de los indios, que los mantienen separados por dos años, muy a su pesar (esto de Kohan es buenísimo): “No pude tener con Cruz / ninguna conversación; / no nos daban ocasión, / nos trataban como agenos: / como dos años lo menos / duró esta separación.” (397-402) Fierro relata un malón y la muerte de viruela de Cruz, a quien llora como Aquiles a Patroclo: “Cual más, cual menos, los criollos / saben lo que es la amargura; / en mi triste desventura / no encontraba otro consuelo / que ir a tirarme en el suelo / al lao de su sepultura.” (955-960) Finalmente, Fierro sale a la ayuda de una cautiva y termina matando a un indio “no podía, por de contado, / escaparme de otra suerte / sino dando al indio muerte / o quedando allí estirado.” (1185-1888) Ello lo obliga a volver: “Dende ese punto era juerza / abandonar el desierto / pues me hubieran descubierto, / y, aunque lo maté en pelea, / de fijo que me lancean / por vengar al indio muerto.” (1371-1376).

En el canto XI vemos una transición; mientras se prepara para cantar su hijo mayor, Fierro hace un raconto de su biografía: que estuvo diez años padeciendo (tres en la frontera, dos como matrero y cinco con los indios) y que se encontró con sus hijos. Este Fierro parece el mismo de la ida: Fierro nunca trabajó, mató, robó y huyó, y regresó no porque entendió los beneficios de la civilización sino porque mató una vez más y debió escapar. Este Fierro me parece el verdadero, y el de los consejos del canto XXXII me parece otro, sin que haya un arco narrativo, una progresión que me lo justifique; no entiendo cómo ahora puede decir “El trabajar es la ley” (4649), “Respeten a los ancianos” (4697), “obedezca el que obedece / y será bueno el que manda” (4719-4720), “pero el hombre de razón / no roba jamás un cobre” (4729-4730) y “El hombre no mate al hombre / ni pelée por fantasía” (4733-4734). ¿Quién es este boy scout y dónde está Fierro?

Los capítulos anteriores, los que relatan sus hijos y el de Cruz, no varían demasiado en los tópicos. Cada uno relata su sufrimiento (quien más sufre mejor es, como si se tratara de un concurso nacional de la victimización); y siempre el Estado y la ley están en contra de ellos: el hijo mayor va a la cárcel por un crimen que no cometió; desaparece la herencia del menor; como dice Picardía “la ley se hace para todos, / mas sólo al pobre le rige. // La ley es tela de araña, / en mi inorancia lo esplico: / no la teme el hombre rico, / nunca la tema el que mande, / pues la ruempe el bicho grande / y sólo enrieda a los chicos.” (4233-4240) ¿Cómo se explica ahora la moralina de Fierro? El Martín Fierro debería terminar con la ida o, a lo sumo, al terminar el canto X de la vuelta. Si tengo energía, voy a leer comentaristas a ver si alguien está de acuerdo pero mientras voy a seguir leyendo el Rosas de Lynch porque todo tiene que ver con todo.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Lecturas alquiladas

 


La casa en la que estoy viviendo temporalmente por quién sabe cuánto tiempo tiene muchos libros en bibliotecas desordenadas. Hay muchas cosas en italiano y sobre Italia y los italianos en Argentina; detecté unos cuantos libros sobre Malvinas; hay muchos libros de management, y hay literatura de la buena y de la no tanto. Un día, pasando por una de las bibliotecas, me llamó la atención un lomo, el de Red Storm Rising, de Tom Clancy. Recordé haberlo leído prácticamente en dos días un verano en casa de un amigo y desde entonces cada vez que pasaba por ahí me decía “quizás lo agarro”. Finalmente, después de tantas lecturas culturosas, de tanta Ilíada y Odisea, Borges y José Hernández, me dije dale que va y empecé a leerlo. Le puse ganas y leí como 70 páginas pero la verdad es que no tenía sentido seguir. Es malo, es muy malo. No hay una metáfora, no hay un personaje desarrollado, está lleno de clichés – sobre todo clichés americanos sobre el funcionamiento de la Unión Soviética, claro – y ni siquiera te atrapa la trama. Primero pensé: es pura trama, ya no me interesa la pura trama, no vale la pena seguir. Después pensé: no existe tal cosa como pura trama o, más bien, nada que sea pura trama puede funcionar, necesitás algo más, un personaje, una música, una idea. Ahora me dieron ganas de leer The Hunt for Red October, que me pareció de chico la mejor de Clancy, o eso creo recordar. Pero no lo vi por acá, lo que sí vi es el Rosas de Lynch, y quizás esa sea mi próxima lectura de alquiler.