lunes, 6 de abril de 2020

Lecturas de cuarentena: 0


Leí un libro largo y aburrido del que no voy a hablar. Y con eso cierro mis lecturas del primer trimestre del año. Con la cuarentena, mi mujer está leyendo un montón - últimamente leyó The thing around your neck y Open - pero a mí me está costando mucho. Veremos si ahora retomo cierto ritmo con el libro de mi amigo Esteban Serrano, que sé que no me va a defraudar

Mientras tanto, esto fue el primer trimestre:
Michael Chabon, Moonglow
Jorge Luis Borges, El otro,el mismo.
Jorge Luis Borges, El hacedor.
Olivia Gallo, Las chicas no lloran.
Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones.
Jorge Luis Borges, El Aleph
Henry Brook, The Blitz.

lunes, 9 de marzo de 2020

Llegar a la luna


Leí Moonglow, una novela que no me volvió loco de uno de mis escritores favoritos, Michael Chabon. De Chabon leí (y amé) The Yiddish Policemen’s Union, un policial negro situado en una Alaska colonizada por judíos; Telegraph Avenue, una oda a Oakland y a la música contada a través del encuentro entre personajes negros y judíos; y The Amazing Adventures of Kavalier and Clay, una belleza situada en Nueva York entre 1930 y 1950 que mezcla el amor de Chabon por el cómic con la oposición al nazismo. 
Moonglow es una novela planteada como si fueran las memorias que el narrador (Mike) hace de su abuelo, construida principalmente por unos pocos encuentros mientras el nieto y su madre cuidaban de él poco antes de morir, en una casa en la zona de San Francisco. La novela trae algunos elementos ya conocidos del arsenal de temas típicos y obsesiones del autor (temas judíos, el Holocausto) y otros que no conocía (cohetes espaciales, tarot). 
Sentado al lado de la cama, Mike escucha a su abuelo contar su historia; y muchos años después, descubre piezas faltantes del rompecabezas para entender más sobre él y, sobre todo, sobre su abuela, lo que lo lleva a escribir el libro con esas fuentes más sus recuerdos y los de su madre. La vida del abuelo fue desde la costa Este hasta la Segunda Guerra Mundial, se acercó al mundo de la conquista del espacio y terminó en Florida. Pero en el medio se dedicó, sobre todo, a tratar infructuosamente de arreglar, como un ingeniero, a su abuela, que había logrado escapar de la Europa de la guerra pero no sin dramáticos efectos sobre su psiquis. (“Desde el principio eso fue parte de lo que lo atrajo de ella: no el hecho de que estuviera rota sino su potencial para ser arreglada y, más aún, el desafío que significaría arreglarla”. (p. 93) 
Como decía, no me volvió loco, quizás porque la novela está un poco demasiado desordenada, para mí gusto, en su ida y vuelta en el tiempo y en la vida del abuelo. Pero igual la disfruté mucho por momentos excelentes (por ejemplo, “su pecho tan extenso que podría haber alojado turbinas”, p. 7), porque Chabon es una máquina de fabricar escenas que parecen reales y porque, con todas sus limitaciones, no podés dejar de amar un poco al abuelo: por ejemplo, cuando tiene este diálogo: ‘“Te podrían mandar a la cárcel.” “Estuve en la cárcel,” dijo mi abuelo. “Pude leer un montón.”’ (p. 113). O cuando imaginaba colonizar la luna para ir con su esposa, imaginando que allí habría dos reglas: “En la luna no había capital que moliera al hombre trabajador de la luna. Y en la luna, a 230.000 millas del hedor de la historia, no había locura ni recuerdo de la pérdida.” (p. 86)
Moonglow es triste porque siempre, al final, hay más pérdidas y derrotas. Como dice el abuelo: “Estoy decepcionado en mí mismo. Mi vida. Toda la vida, todo lo que intenté, sólo lo hice por la mitad. Tratás de aprovechar el tiempo que tenés. Eso es lo que te dicen que hagas. Pero cuando sos viejo, mirás para atrás y ves que todo lo que hiciste, con todo ese tiempo, es un desperdicio. Solo tenés una historia de cosas que nunca empezaste o que no pudiste terminar. Cosas por las que peleaste con toda tu alma para construir y que no duraron, o contra las que peleaste con toda tu alma para que desaparecieran y siguen ahí. Estoy avergonzado de mí mismo.” (p. 241) Y por eso, también, lo querés un poco, por lo lejos que siempre estuvo de llegar a la luna.

lunes, 2 de marzo de 2020

Ya no sos igual



Leí El otro, el mismo (1964), que Borges define en el prólogo como el preferido entre sus libros de poemas, y decidí hacer una lectura muy personal y más incompleta.
En el “Poema conjetural” (p. 261/262), uno de los poemas más famosos de Borges, el doctor Francisco Laprida, unitario (liberal, gorila), es derrotado por los federales (nacionalistas, peronistas) y enfrenta la muerte. Un hombre que pensó que sería de letras, termina muriendo en batalla (acá Laprida es también Borges, que eligió las letras no sin algo de culpa o de vergüenza). Pero Laprida no se deprime sino que se llena de un “júbilo secreto” porque al fin se encuentra con su “destino sudamericano” al entrar “el íntimo cuchillo” en su garganta.
¿Cuál es el “destino sudamericano”? ¿Que el unitario muera por el federal, que el liberal pierda con el peronista? ¿Destino sudamericano es victoria de la barbarie, bananización de la Argentina? ¿O que de alguna manera se produzca, no una síntesis, sino una representación de la contradicción permanente entre civilización y barbarie? ¿Es el destino argentino repetir cada generación esa contradicción? Si es así, puede haber júbilo en morir representándola. Para Feinmann es esto último, el poema hace de esa contradicción una definición de argentinidad: “El cuchillo de la barbarie completa el rostro del doctor en leyes”. Yo, hoy, lo leo en clave personal: no quiero ser esa contradicción, no quiero vivir en la guerra permanente entre civilización y barbarie (tampoco quiero vivir en la barbarie). Dice Feinmann que Borges leyó (mal) su propio poema más de esta última forma; que “lo escribió cuando ya sentía sobre él la amenaza del peronismo”, y de hecho se publicó justo un mes después del golpe del 4 de junio de 1943 (y en La Nación). Que lo leyó más como muestra de la derrota de un bando que de la permanencia de esa vieja grieta.
En “Sarmiento” (p. 294) quizás hay más apoyo para la versión de Feinmann. El sanjuanino “Es él. Es el testigo de la patria, / el que ve nuestra infamia y nuestra gloria / la luz de Mayo y el horror de Rosas / y el otro horror y los secretos días / del minucioso porvenir.” En “Oda escrita en 1966 (p. 338/339), con su ya famoso “Nadie es la patria, pero todos lo somos” quizás menos: no se ve allí contradicción de dos polos, aunque sí diversidad, empezando, cuando no, por la diversidad entre quienes escriben versos y quienes empuñan espadas. Es verdad que, desde 1943, pasaron una cuantas rondas de este juego, y la historia se repite, como tragedia, como farsa y como cuántas cosas más…
“A quien está leyéndome” da fuerzas para emprender. Dice que somos invulnerables porque ya estamos muertos, que si nos damos cuenta de eso podremos vivir. Me recordó a una escena que amé de la miniserie Brothers in Arms en la que un teniente le dice a un soldado que la única manera de pelear es creer que ya se está muerto. El soldado comienza a pelear. Y poco después muere. Parafraseando a Arendt, los humanos sabemos que vamos a morir, pero no nacimos para eso. Nacimos para hacer cosas. Como nacimos para hacer cosas y como sabemos que moriremos, deberíamos hacer las cosas que queremos hacer y donde queramos hacerlas, porque igual ya estamos muertos.
Amé “Texas”: me llevó a un cruce de Houston a San Antonio, solo, viendo la Pampa de ellos y sintiéndola propia, y queriéndola un poco propia también. Traté de hacer una traducción y la primera versión fue floja y después vi que había una buena, que está acá. También, más borgeanamente, me recordó a lecturas, a los cowboys tardíos de Cormac McCarthy.

lunes, 17 de febrero de 2020

Hacedor de nuestra tradición


Me cansó un poco Borges, me digo, pero reviso El Hacedor (1960) y veo los temas y algunas citas y no puedo dejar de admirar al viejo Georgie. Es increíble lo que construyó a base de libros y obsesiones; como dice en el Epílogo a esta obra, “De cuantos libros he entregado a la imprenta, ninguno, creo, es tan personal”; y al mismo tiempo dice que “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído.” (p. 248) De un poco de vida y mucha biblioteca, construye una obra interminable. Y cansadora, claro.
El Hacedor contiene poemas y breves ensayos. Tiene, cuando no, textos sobre la literatura, incluyendo al que le da nombre al libro, sobre Homero, el hacedor de la cultura occidental, y sobre Shakespeare (“Everything and nothing”). Todo texto sobre la literatura es, para Borges, autobiográfico, pero “Borges y yo” lo es más; allí habla de dos Borges, el que vive y el que escribe, que son el mismo y el otro, al punto que termina (alguno de los dos) el texto así: “No sé cuál de los dos escribe esta página”. (p. 197) Y en “La Luna”, entre otras cosas, hace mención a quienes “ejercemos el oficio / de cambiar en palabras nuestra vida.” (p. 208) Su vida son los libros y termina en libros.
La colección tiene también textos sobres las obsesiones de Borges: los tigres (“Dreamtigers” y “El otro tigre”, donde se vuelve a mezclar la literatura con la realidad), los espejos (“Los espejos velados”, “Los espejos”) y la filosofía, que es siempre en él, quizás, una búsqueda  religiosa. En “El ajedrez” vuelve a la idea de una cadena infinita (como en “Las ruinas circulares”, por ejemplo): “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?” (p. 203)
Quizás más que en otras obras, hay muchos textos sobre la historia argentina o sobre la Argentina. Perón aparece en “El simulacro” y en el “Martín Fierro” (junto con Rosas, Mitre y otros); y en “Diálogo de muertos” Facundo Quiroga recibe a Rosas tras su muerte y comentan sobre la obra de un sanjuanino. En “Oda compuesta en 1960” trata de entender esta locura: “Eres más que tu largo territorio / y que los días de tu largo tiempo, / eres más que la suma inconcebible / de tus generaciones”. (p. 227)
Mientras tanto, el viejo Georgie te deja líneas inigualables; por ejemplo, dos de “Adrogué”, una en la que define “esa suerte / de cuarta dimensión que es la memoria” (p. 235); otra con esta imagen que es ritmo y onomatopeya: “la canilla periódica gotea” (p. 234). Cansador, pesado por momentos, pero imprescindible como hacedor de nuestra tradición.

lunes, 3 de febrero de 2020

Sabiduría


Leí Las chicas no lloran, de Olivia Gallo: me movilizó y me perturbó por su contenido y me atrapó por su forma.
En la contratapa del libro, Maga Etchebarne dice que la autora es una joven “sabia”. La palabra me llamó la atención porque me acordé de que en la contratapa del libro de Maga, Los mejores días, Inés Estévez decía que era un libro sobre “mujeres sabias” y a mí no me pareció. Me pareció que las chicas de los cuentos de Maga no habían aprendido a vivir; que creían que porque hacían cosas que sus padres no aprobarían (coger, tomar drogas, tomar alcohol) eran sabias y eso, a mí, no me parecía sabiduría. (Quizás leo demasiado como padre de hijas...) Estévez hablaba de los personajes de Magalí, y Magalí habla de Olivia, no de sus personajes. Yo me quedo con sus personajes, no con la autora, y sus personajes no me parecen sabias; no me despiertan admiración, ni siquiera envidia, como podría ocurrir: me despiertan tristeza.
El hilo conductor principal de estos cuentos es la desesperanza, la nostalgia (a una edad muy temprana), la tristeza y la falta de sentido, de proyecto. La nostalgia es muy llamativa: como dice en “Caramelos ácidos de limón”, un excelente cuento en el que una chica es testigo del suicidio de un amigo de sus padres, “Esa fue la primera vez que sentí en el pecho el nudo horrible y hermoso de la nostalgia.” (p. 34) La nostalgia está presente en “El lugar más seguro del mundo”, en el que una chica vuelve a Mar del Plata, recuerda años pasados y ve que ya no es tan chica; está en “El ruido de mil moscas”, en el que una chica va al zoológico con un novio con el que ya sabe que no vale la pena seguir (mientras piensa si sale con otro chico). 
Hay algo de esperanza en tres cuentos. En “Áfrika”, dos chicos se van, quizás para no volver; y aunque parece un escape más que un proyecto, no podemos asegurar que no vaya a funcionar. En “La primera letra”, una chica tiene un novio que no le convence y comienza una amistad con un compañero de trabajo. Y en “El susurrador de caballos”, una chica reactiva, mucho tiempo después, una amistad con un chico que había sido cortada por la adolescencia. En los tres casos, la esperanza se intuye apenas (en el tercero el cuento termina con un “hola” en un chat). Por lo demás, ahí andan estas chicas: en parejas que no van a ningún lado, y con más conciencia del bajón que del high de sus experiencias con las drogas: leemos “Yo empecé a sentir el bajón: una especie de tristeza prehistórica y latente que de repente se despertaba y se expandía por el cuerpo.” (p. 27) pero no la descripción del momento de euforia. Son chicas para quienes “La fiesta siempre está en otro lugar.” (p. 39)
La tristeza “prehistórica” es el bajo continuo de esta obra que es al mismo tiempo hermosa por el tono, las imágenes y por una poética especial. Hay “edificios plateados que se amontonan sobre las avenidas como liendres” (p. 9), árboles que crecen “altos y torcidos como adolescentes” (p. 77-8) y “una calle lacia, distinta de las adoquinadas” (p. 105). Es un libro tan bello como triste.