lunes, 18 de febrero de 2019

Historiador del yo



Leí La caja Topper, de mi amigo Nicolás Gadano, y les recomiendo que dejen lo que están haciendo y corran a la librería más cercana para comprarlo. El planteo es sencillo: un hombre que está más cerca de los 50 que de los 40 recibe una caja con recuerdos de su madre recientemente fallecida; son documentos que informan la vida de su madre y su padre, una pareja de ex montoneros, y de sus hijos, el autor y su hermano. A través de la indagación consciente, meticulosa, precisa, de esos documentos, el autor se pregunta por su vida y la de sus padres, y por el propio sentido de la vida.
Aunque es el libro de una familia marcada por el exilio, no es un libro sobre los setenta. Obviamente lo que pasó importa, y a veces impacta: “Durante mi primer verano de vida, mi viejo se pasó cuatro meses de entrenamiento guerrillero en La Habana y la sierra cubana, mientras su esposa y sus dos hijos lo esperábamos en Buenos Aires.” (p. 53) O sorprende. A los que vivimos en épocas más pacíficas nos parece incomprensible que se haya puesto en peligro a hijos en nombre de… ¿de qué? Porque lo que se pregunta el autor no es tanto “qué nos pasó en la vida” sino “para qué vivimos”. ¿Para qué se convirtió papá en terrorista? ¿Fue por el horizonte de una revolución o para evitar el tedio de una vida burguesa? Y de la vida del padre a la propia; para qué o por qué hacemos lo que hacemos. Por una esperanza: “Esa esperanza de hacer algo grande y único que me acompaña desde chico, esa ilusión que es mi motor: jugar al fútbol y ser una estrella; componer grandes canciones; ser ministro, diputado o senador; escribir un libro emocionante y perdurable.” (p. 219)
Así, en la reconstrucción de la historia de sus padres, de su historia familiar, no sólo se reconstruye la vida ajena sino la propia. Y en esa reconstrucción se busca darle sentido a la experiencia de vivir. Escribir es un poco eso mismo: escribir es buscar el sentido de vivir, y buscar el sentido de vivir es vivir. Esto no es poco común; una gran cantidad de la literatura actual pasa por este carril. Lo que es original en La caja Topper, además de la particular historia del autor, es el método: Gadano se enfrenta a los recuerdos de su madre como un historiador frente a fuentes primarias; indaga a cada una de esas fuentes con sensibilidad, inteligencia y precisión; y somete a crítica a cada uno de los personajes que pasan por la caja y por el libro, hasta a él mismo (por ejemplo: “Me empieza a agarrar bronca con ese Nico del ‘84.” - p. 151) Gadano se convierte en algo así como un historiador de sí mismo, lo cual se potencia con la precisión con la que relata cosas que ya no existen pero que fueron parte de la vida de una generación: cómo se grababa un cassette para después escucharlo en un walkman, cómo se hacía una llamada internacional desde las oficinas de Entel de Av. Corrientes y Maipú, cómo se viajaba por la ciudad antes de Google Maps.
La caja Topper es un libro sensible, inteligente, emocionante y muchas veces gracioso - aunque en un momento Gadano le aclara directamente a sus lectores: “No estoy buscando que se rían” (p. 124) - y armado a través de una estructura de textos breves que lo convierte en un libro de excelente lectura. Un gran logro.

lunes, 11 de febrero de 2019

Visibilizar



Leí Invisible Man, de Ralph Ellison, que me pareció más importante que divertida. Tenía a Ellison en un (larguísimo) listado de autores norteamericanos que quiero leer, listado en el que cuando leo algún libro de algún autor pongo al texto en negrita y en verde. Además, volvió a aparecer en la lectura de Grand Expectations (historia de EE.UU. entre 1945 y 1974) y está bien, porque Invisible Man es una novela fundamental dentro de la historia de la literatura americana: es la primera novela escrita por un negro en ganar el National Book Award, en 1953.
La novela cuenta la historia de un joven negro del sur que es expulsado de una universidad progresista para negros (basada seguramente en el Tuskegee Institute en el que sobresalía Booker T. Washington). De ahí va a Nueva York (“Eso no es un lugar, es un sueño” p. 152, mientras que Washington “No es más que otra ciudad sureña”, p. 154.) y termina militando en Harlem en un movimiento político, la Hermandad, basado en el comunismo, que lucha permanentemente contra un movimiento nacionalista negro. Aparecen así todas las opciones políticas disponibles para un joven negro: el progresismo del tipo de Booker T. Washington, el marxismo y el nacionalismo separatista. Los primeros dos aparecen dominados por los blancos, que nunca logran ver realmente a los negros, y el último aparece como violento y ridículo, apelando a una identidad africana ajena. El personaje termina - como anticipa en el primer capítulo - escondido, hibernando en un agujero oscuro, porque no parece haber solución posible si no es reconociendo “el hermoso absurdo de la identidad americana y de la mía propia.” (p. 559) En esa línea, a veces se cataloga a Ellison como existencialista.
En un mundo de blancos, (“los blancos, la autoridad, los dioses, el destino, las circunstancias - la fuerza que tira de los hilos hasta que te rehúses a que te sigan tirando. El hombre grande que nunca está ahí, donde pensás que está.” - p. 154), el personaje se pregunta dónde se ubica un negro, o los negros, y cuál es su identidad. Y aunque la  respuesta nunca quede lejos del absurdo, el narrador parece decirnos que igual hay que intentar responderla, y que se construye en el discurso, hablando o escribiendo, con palabras.
Leída como una novela de ideas, Invisible Man es más interesante que divertida. Por momentos se me hizo francamente larga. Y a medida que avanzaba sentí que se reducían los momentos más poéticos, con metáforas interesantes, muchas veces corridas (“Las tejas torturadas por el sol descansaban en los techos como juegos de cartas mojados por el agua desplegados para secarse” - p. 46; “Rayos de calor del sol del final de la tarde trepaban desde el concreto gris, brillando como los tonos cansados de un clarín lejano que soplan en el aire calmo de la medianoche.” - p. 98) y me quedaba sólo con las aventuras de este personaje sin nombre y sus cavilaciones excesivas.

Originales de las citas usadas
“New York!” he said. “That’s not a place, it’s a dream.” (p. 152)
“You going to Washington. It’s just another southern town.” (p. 154)
“knowing now who I was and where I was and knowing too that I had no longer to run for or from the Jacks and the Emersons and the Bledsoes and Nortons, but only from their confusion, impatience, and refusal to recognize the beautiful absurdity of their American identity and mine.” (p. 559)
“They? Why, the same they we always mean, the white folks, authority, the gods, fate, circumstances—the force that pulls your strings until you refuse to be pulled any more. The big man who’s never there, where you think he is.” (p. 154)
“Sun-tortured shingles lay on the roofs like decks of water-soaked cards spread out to dry.” (p. 46)
“Heat rays from the late afternoon sun arose from the gray concrete, shimmering like the weary tones of a distant bugle blown upon still midnight air.” (p. 98)

lunes, 4 de febrero de 2019

Una revolución interna



Días después de leer Grand Expectations, una historia de EE.UU. entre 1945 y 1974 por James Patterson, mi tía María me dijo que tenía que leer Revolutionary Road para ver con cuál de dos Richards quedarme entre Ford y Yates. A Ford lo amamos, sobre todo, por la tetralogía de Frank Bascombe (The Sportswriter, Independence Day, The Lay of the Land y Let me be Frank with You). A Yates lo había leído sin tanto amor en Eleven Kinds of Loneliness, pero entre la recomendación y la lectura reciente sobre la historia del período que retrata Revolutionary Road, decidí encararlo. Hice muy bien: la novela es excelente (y mucho mejor que la película, que había visto hacía poco tiempo aunque sólo me dí cuenta entrado unas páginas. La película es protagonizada por Di Caprio y Winslet, pero arrasa Kathy Bates como Mrs. Givings.)
En Revolutionary Road, Yates describe muchas de las cosas que Patterson muestra como centrales al período 1945-1974: el proceso de suburbanización; el despertar sexual de una nación que hacia afuera mantiene apariencias de un gran conservadurismo; la era como una era de ansiedades y el auge del psicoanálisis y de los problemas de salud mental. (El gran ausente es quizás el tema más importante del período: el racial, prácticamente sin lugar en la novela.)
Yates retrata esto a partir de la historia de una pareja de jóvenes (llegando a los treinta años) con dos hijos, April y Frank Wheeler. Hace unos años, los Wheeler se mudaron a los suburbios, comprando una casa en Revolutionary Road. (Se la compraron a Mrs. Givings, quien, junto a un marido que baja el volumen de su audífono cuando se cansa de ella y de su hijo, dan una mirada de los Wheeler desde afuera.) La ansiedad suburbana se describe desde la primera escena, con una obra de teatro amateur fallida que protagoniza April, y en muchas instancias. En una escena, después de leerle los chistes del diario a los hijos, Frank “luchó por ponerse de pie, respiró hondo silenciosamente, y se quedó ahí parado en el medio de la alfombra por varios minutos, cerrando con fuerza sus puños dentro de sus bolsillos para contenerse de hacer lo que de pronto pareció la única cosa en el mundo que real y verdaderamente quería hacer: levantar una silla y tirarla por la ventana al jardín.” (p. 59)
Para escapar a lo que Frank llama “el vacío sin esperanza de todo en este país” (p. 200), April embarca a Frank en el plan de mudar a toda la familia a París. Todos ven esta movida como una locura, incluyendo a los Givings y a sus amigos del barrio, Shep y Milly Campbell. El único que apoya y celebra el plan es el hijo de los Givings, que está internado en un manicomio: “hace falta un cierto nivel de huevos para ver el vacío, pero hace falta un buen pedazo más para ver la falta de esperanza” (p. 200), le dice a Frank. Y cuando Frank le dice a April que el plan suena poco realista ella le contesta: “A mí me parece que esto es poco realista. Me parece poco realista que un hombre con una buena cabeza siga año tras año trabajando como un perro en un trabajo que no soporta, volviendo a una casa que no soporta en un lugar que tampoco soporta”. (p. 115)
Más allá de la trama, lo que está muy bien es la construcción de los personajes, y eso es lo que me parece que cuesta más transmitir al cine. En la novela se profundiza más sobre las historias de cada uno de los personajes principales y aparecen sobre todo en la interacción entre ellos: en lo que cada uno opina sobre los demás se ve más sobre el que opina que sobre el observado. Y el influjo del psicoanálisis se ve va más allá de las menciones a la posibilidad de que alguno u otro de los personajes comience terapia. Frank y April, en el fondo, están luchando por evitar la repetición de las vidas de sus padres (o por que sus hijos repitan las de ellos.) En esa línea, el capítulo cinco de la primera parte es genial: comienza con un día de la infancia de Frank en que el padre lo lleva al trabajo y termina con su relación con el padre, con el trabajo y con su idea de qué es ser un hombre. Pero sobre todo lo que me parece notable, y digno de emular en el que quiera escribir, es que Yates escribe a fondo cada escena; se toma su tiempo para contarte el detalle de cada escena y de cada personaje, cómo habla, cómo come, qué hace con sus manos mientras habla; y en esa descripción minuciosa de la vida de sus personajes, Yates nos pinta una época.

* Nota al pie sobre el título (del libro y del post). La definición antigua de la idea de revolución pasa por un quiebre histórico sobre lo anterior. La definición antigua, en cambio, es más bien de un cambio recurrente pero que termina en el mismo lugar: como la revolución de un motor, que es de 360 grados. ¿Cambia verdaderamente algo en la novela? ¿El psicoanálisis es o puede ser revolucionario en sentido moderno? 

Originales de las citas usadas
“When the funnies were finished at last he struggled to his feet, quietly gasping, and stood for several minutes in the middle of the carpet, making tight fists in his pockets to restrain himself from doing what suddenly seemed the only thing in the world he really and truly wanted to do: picking up a chair and throwing it through the picture window.” (p. 59)
"it does take a certain amount of guts to see the emptiness, but it takes a whole hell of a lot more to see the hopelessness." (p. 200)
"I happen to think this is unrealistic. I think it’s unrealistic for a man with a fine mind to go on working like a dog year after year at a job he can’t stand, coming home to a house he can’t stand in a place he can’t stand either, to a wife who’s equally unable to stand the same things, living among a bunch of frightened little—my God, Frank, I don’t have to tell you what’s wrong with this environment—I’m practically quoting you." (p. 115)




viernes, 11 de enero de 2019

Explosión de derechos


Archivos en la LBJ Library (Austin, Texas).

Leí Grand Expectations: The United States, 1945-1974, de James T. Patterson, acercándome al objetivo de completar la lectura de la Oxford History de EE.UU. La gran virtud del libro es cómo logra unificar una gran cantidad de temas, tendencias y cambios en una narrativa unificada, en un argumento central. (La contracara es que lo hace, a veces, exagerando en la repetición de dicho argumento central).
Ese argumento es más o menos el siguiente: EE.UU. sale de la Segunda Guerra Mundial como el país más importante del mundo y preparado para un crecimiento económico sin precedentes. Dicho crecimiento genera una mejora de las condiciones de vida también sin precedentes y, a su vez, un aumento cada vez mayor de las expectativas, que se ve reforzado por un optimismo cada vez mayor que produce una revolución de derechos; derechos que son sancionados legalmente y en los tribunales (sobre todo en lo que concierne a la cuestión racial). Las expectativas y los derechos son como un globo que se infla sin pausa desde 1945 hasta 1965-1968, momento a partir del cual explota con una reacción conservadora, generando una sociedad polarizada y con mayores niveles de violencia.
Lo que comienza con una sociedad unida por la guerra, confiada y en crecimiento (aunque obviamente con durísimas inequidades, de vuelta, sobre todo raciales), optimismo que hace pico en el plan de Lyndon Johnson de una “Gran Sociedad”, termina con una economía estancada y con alta inflación, con mayores niveles de violencia (asesinatos de Jack y Bobby Kennedy, Martin Luther King, etc.) y con la confianza destruida en lo que hace a su papel en el mundo (Vietnam) y en su dirigencia (Watergate). Así se termina, de alguna manera, el gran arco liberal (en el sentido americano de opuesto a conservador) inaugurado por Roosevelt: desde 1945 a 1969, sólo gobierna un presidente republicano (Eisenhower), y sólo 23% del tiempo, contra 77% del tiempo para Roosevelt, Truman, Kennedy y Johnson.
En el origen está un boom económico que “catapultó a millones de personas a los niveles de las clases medias propietarias, de alto consumo y mejor educadas.” (l. 1089) “La producción por empleado aumentó en un impresionante 3,3% por año entre 1947 y 1965, a comparación con niveles de entre 2 y 2,5% entre 1900 y 1940 (y de 1,4% entre 1973 y 1977)”. (l. 1101) Esto no es sólo cuantitativo sino cualitativo; es la centralidad del automóvil, la migración del campo a la ciudad y la suburbanización, el auge de la televisión y el consumo masivo. Es “Mad Men”, Cheever, Richard Yates. Esto despertó preocupación en la izquierda sobre un achatamiento cultural y de la derecha por “el aumento de la liberación sexual, la delincuencia juvenil y el cambio generacional.” (l. 5916)
Todo esto se daba con la Guerra Fría como contexto. Guerra Fría que se convirtió en caliente en Corea (1950-1953) y Vietnam, y que generó miedo real de una conflagración nuclear (sobre todo con las crisis de los misiles en 1962 y de Berlín). Un primer punto central en términos de relaciones exteriores es que de la Segunda Guerra salió un consenso: “la opinión pública viró decisivamente hacia la aceptación de un compromiso sustancial de los EE.UU. con el resto del mundo” (l. 1410). Más aún, había un compromiso más sustantivo - al menos hasta Nixon - respecto de ese compromiso: “Prevenir la propagación del comunismo” fue durante todo el período “la estrella guía de la política americana.” (l. 9997) Esa postura y la “teoría del efecto dominó”, es la principal explicación de Vietnam. Al menos desde Kennedy, todos los presidentes tenían claro que era imposible ganar y sin embargo tardaron años (y miles de vidas) en salirse, en gran parte por ese consenso compartido, expresado más sucintamente por la doctrina Truman. (Para la guerra de Vietnam hay que ver este documental.)
A pesar de la Guerra Fría, que tendía a llevar la política americana a la derecha, el rasgo principal de la época fue el creciente impulso del liberalismo (hasta 1965-1968). El desarrollo principal en este sentido fue el movimiento por los derechos civiles de los negros, tratando de concluir lo que la Guerra de Secesión y la “Reconstrucción” habían dejado trunco. El avance en este sentido fue impresionante; al mismo tiempo, sin embargo, fue insuficiente (en el sentido de que generó cada vez más reclamos sustantivos cada vez más difícil de satisfacer) y generó desde el comienzo una gran resistencia en el Sur (y eventualmente una gran reacción en todo el país en la medida que la protesta se tornó cada vez más violenta.) De esta época son la ley de derechos civiles de 1964 (“por lejos la ley más importante en la historia de las relaciones raciales en EE.UU.” - l. 9015) y la ley de derecho al sufragio de 1965. 
Esas dos leyes, más leyes de ayuda federal a la educación y de reforma inmigratoria, marcan el pico del liberalismo, guiado por la maestría legislativa de Lyndon Johnson y el empuje que le dio el asesinato de Kennedy. “A ningún otro presidente le importó tanto la política doméstica y los derechos civiles como a Johnson, y ninguno desde FDR en los años 30 había llegado ni cerca a conseguir tantas leyes, muchas de ellas esperadas por mucho tiempo por los partidarios de la reforma. Hacia mediados de 1965, sin embargo, había señales de que la marea estaba por bajar.” (l. 9750) 1968, con un aumento de la violencia (incluyendo los asesinatos de M. L. King y Bobby Kennedy), fue el punto de inflexión hacia la reacción, que llegó a su auge en 1972 con la elección de Nixon.
(No voy a defender a Nixon, pero es curioso que Patterson, que claramente no quiere a Nixon y lo hace responsable de la creciente polarización, no tiene más opción que marcar algunos de sus éxitos. Por ejemplo, que logró “legislación significativa” entre 1969 y 1972, incluyendo cambios que abren la puerta al “affirmative action” y la creación de la agencia ambiental (EPA). Y en cuestiones internacionales que logró finalmente salir de Vietnam, abrir relaciones con China y cierta pacificación con la Unión Soviética - detente). Sea como fuera, “La escalada de demandas de derechos después de 1965, y especialmente los disturbios urbanos (...) despertó una reacción significativa, la más vívida de muchas consecuencias que surgieron de la polarización de la era. Sobrevivió con creces a los 60.” (l. 11035) Patterson acusa a Nixon de inflamar “esas ansiedades con el objetivo de acercarlos, junto con blancos del sur, al partido Republicano.” (l. 12102) Eso ocurrió, como atestigua la coalición de Reagan años después, en parte por virtud de Nixon, en parte porque el compromiso de Johnson con los derechos civiles expulsó del partido de Lincoln a muchos blancos en el Sur y en el Norte (el mismo Johnson era consciente de esto.)
A pesar de esta reacción, Patterson termina con una mirada optimista. Más allá de la reacción violenta y de la polarización, mucho quedó. Principalmente, “la mayoría de las personas se mantuvieron comprometidas después de 1974 con las leyes de derechos civiles que habían transformado el estatus legal de las minorías desde 1974. (...) Los americanos también continuaron apoyando altos niveles de gasto interno para salud, educación y seguridad social (...) Un tercer legado liberal de la era de la postguerra, los avances en las libertades civiles, también sobrevivieron a los 70. (...) Otro objetivo de muchos americanos (...), mayor elección personal, también avanzó con particular velocidad”. (l. 12944-12961)

Originales de las citas
“the dominant, increasingly celebrated trend of these years was economic progress that ultimately—in the 1950s and 1960s—shot millions of people into the ranks of the home-owning, high-consuming, ever-bettereducated middle classes.” (l 1089)
“Output per employee increased by a remarkable 3.3 percent per year between 1947 and 1965, compared to rates of between 2 and 2.5 percent between 1900 and 1940 (and 1.4 percent between 1973 and 1977).” (l. 1101)
“Much of the hand-wringing about "mass culture" in the 1950s came from the Left. From right-wing contemporaries came different laments: over the rise of sexual liberation, juvenile delinquency, and generational change.” (l. 5916)
“public opinion shifted decisively toward acceptance of substantial American engagement with the rest of the world: the people, following their leaders, developed large expectations about the role of American foreign policy.” (l. 1410)
“Preventing the spread of Communism, after all, remained the guiding star of American policy. Presidents Truman, Eisenhower, and Kennedy had followed it, as had their partisan opponents. All three Presidents had affirmed American support of South Vietnam and enunciated versions of the domino theory as a rationale.” (l. 9997)
“The civil rights act was nonetheless a significant piece of legislation, far and away the most important in the history of American race relations.” (l. 9015)
“No other President cared so much as Johnson did about domestic policies or about civil rights, and none since FDR in the 1930s had come close to securing so many laws, many of them long awaited by reformers. It was a high tide of American liberalism in the postwar era. By mid-1965, however, there were signs that the tide was about to ebb.” (l. 9750)
“The escalating demands for rights after 1965, and especially the riots, did more than bewilder people. They also aroused significant backlash, the most vivid of the many reactions that arose amid the polarization of the era. It long outlasted the 1960s.” (l. 11035)
“Far from trying to muffle the resentments of many in the working and lower-middle classes, Nixon fanned their anxieties in the hope of drawing them, along with southern whites, to the Republican party. Hard-working and patriotic people, he said in 1969, were the "great silent majority" of Americans.” (l. 12102)
“the majority of people remained committed after 1974 to the civil rights statutes that had dramatically transformed the legal status of minorities since 1945. (…) Americans also continued to support higher levels of domestic spending for health, education, and Social Security (…) A third liberal legacy of the postwar era, advances in civil liberties, also survived the 1970s. (…) Another goal of many Americans in the postwar era, greater personal choice, also advanced with special speed”. (l. 12944-12961).

lunes, 31 de diciembre de 2018

Lecturas 2018


Durante 2018 leí 36 libros, 3 menos que en 2017 pero un poco por encima del promedio desde 2012 (año en que llevo registro de mis lecturas en este blog.)
Siguiendo con algo que empezó en 2017, volví a leer mucho no ficción: 33% este año (36% el año pasado.) Lo principal en no ficción fue historia americana: leí las memorias del general Ulysses S. Grant y 5 de los 12 volúmenes de la Oxford History of the United States. De los 12, no voy a leer los 2 primeros; de los 10 que pienso leer, leí 6 y estoy leyendo el séptimo. Me tuve que saltear 1896-1929 porque no está publicado y voy por 1950.
De ficción (donde incluyo poesía), 31% de los libros fueron escritos por mujeres. Esta proporción es un poco menor a la del año pasado (40%) pero bastante mayor a los primeros años del blog.
En el podio de este año: Alice Munro; Andre Agassi y Joyce Carol Oates.
Las tres lecturas más leídas: Julian Barnes, Pablo Ottonello y Argentino contemporáneo. (Pero el post más leído fue Embajador, sobre la despedida de Manu Ginobili.)

La lista completa de lecturas
Ulysses Grant, Personal Memoirs: muy bueno y muy largo.
Jeffrey Eugenides, The Marriage Plot: me gustó mucho.
Richard White, The Republic for Which it Stands: sólido.
Carolina Aguirre, Elamor, el amor, el amor: no me volvió loco.
Julian Barnes, Talking it Over: Julian es siempre un sí.
Mary Oliver, A Handbook of Poetry: me encantó.
Julian Barnes, Love, Etc.: ¿no te dije que sí? 
Robert Middlekaupf, The Glorious Cause: amé. 
Robert Lowell, Notebook, 1967-68: qué se yo... viste cómo es la poesía.
Zadie Smith, The Autograph Man: me gustó bastante. 
Andre Agassi, Open: amé.
Autores varios, Antología Premio Mujica Láinez: desparejo, obviamente.
Pedro Mairal, Elgran surubí: amé.
Romina Paula, ¿Vosme querés a mí?: me gustó mucho pero quizás ya leí demasiado a Paula. 
Eduardo Galeano, Cerrado por fútbol: eh, no, un error no haberlo cambiado.
 Gordon S. Wood, Empire of Liberty: sólido.
Joyce Carol Oates, Black Water: amé.
John Williams, Stoner: está bien, sí, pero no cumplió con el hype.
Abel Lanzac y Christophe Blain, Quai D’Orsay. Crónicas diplomáticas: lindo.
Pablo Ottonello, Veteranos de la guerra del día: Pablito es crack.
Daniel Walker Howe, What Hath God Wrought: sólido. 
Ford Madox Ford, The Good Soldier: did not age that well.
Milena Busquets, Esto también pasará: otro de los que no cumplieron mis expectativas. 
Nicholson Baker, The Anthologist, no me volvió loco.
Argentino contemporáneo, Libro de poesía: no me gustó nada.
Mariana Travacio, Cenizas de Carnaval: no me volvió loco. 
Peggy Noonan, On Speaking Well: superó expectativas, tendría que haberlo leído antes. 
Richard Yates, Eleven Kinds of Loneliness: me gustó mucho.  
Nicholson Baker, Travelling Sprinkler: el extraño caso en el que la secuela gusta más que el primero. 
Zygmunt Miloszewski, La mitad de la verdad: demasiado ajeno, no pude con él. 
David M. Kennedy, Freedom from Fear: muy bueno. 
Norman Mailer, The Naked and the Dead: muy bueno (y muy duro). 
Tulio Halperín Donghi, La larga agonía de la Argentina peronista: es un gran libro... pero esa prosa, maestro...
Federico Stange, ElGauchito Hit: me encantó.
Fernando Aramburu, Patria: me gustó mucho.